Las encrucijadas del miedo

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Regan Mc Neil, más conocida como "la niña del exorcista", en los instantes en los que su posesión demoníaca comienza a hacerse palpable.
Regan Mc Neil, más conocida como «la niña del exorcista», en los instantes en los que su posesión demoníaca comienza a hacerse palpable.

Fredy Kruger, Jason, Regan Mc Neil (más conocida como “la niña del exorcista”), Samara Morgan (la niña de The Ring), Mike Myers (Halloween), It (el payaso), Leatherface (La matanza de Texas), Chucky…

La lista es larguísima. Existen una infinidad de personajes que nos han quitado el sueño. Muchas personas se declaran miedosas recalcitrantes, incapaces de pasar ni 10 minutos con cualquiera de los “maravillosos” personajes anteriores. Esa es la razón por la cual existe una atracción hacia la curiosidad por entender por qué a la gente le gusta pasarlo mal, y peor aún, pagar para eso.

Se han realizado diversos estudios sobre el tema. En 2009, un equipo de investigadores de las universidades de California y de Florida (EEUU) afirmaban que, cuando alguien ve una película de terror, lo que siente realmente es excitación. En el momento previo a un asesinato (por ejemplo), la amígdala (que es la zona cerebral relacionada con las emociones) recibe una fuerte activación. Curiosamente es lo mismo que sucede cuando sentimos placer. Esta estimulación de la amígdala, provoca que después de la sensación de miedo, nos invada una sensación de gratificación. Es decir, la gente disfruta al tener miedo.

También se activa la corteza prefrontal, que es el lugar donde se evalúa el peligro, es decir, nos permite llegar a la conclusión que ese miedo no es real, sino que es solo una película y no hace falta que salgamos corriendo. Así que es una mezcla entre excitación y alivio. Es decir, sentimos emociones positivas y negativas de forma simultánea. Los investigadores Joel B. Cohen y Eduardo Andrade dicen que los espectadores “son felices al ser infelices.” El hecho que exista tan poco espacio entre los estímulos positivos y los negativos, provoca que tengamos sentimientos positivos cuando aún tenemos miedo.

Las películas de terror, consiguen que liberemos adrenalina, lo que hace que muchas personas consigan evadirse temporalmente de sus problemas. Existen personas que disfrutan con los aumentos fisiológicos de adrenalina, mientras que hay otras que tienen más dificultad para descartar los estímulos no deseados, teniendo el umbral de la sensibilidad más bajo, es decir, siendo hipersensibles, por tanto estas personas son más propensas a las reacciones fisiológicas excesivas (porque el cerebro no sabe descartar bien los estímulos no deseados). Éstas serían las personas a las que no les gustan las películas de terror, porque precisamente les provocan eso, mucho terror (ahí es donde me situaría yo, es bueno saberlo).

Pero no todo es positivo, también se ha demostrado que al ver una película de terror, llevamos al cerebro a rememorar malas experiencias y a reorganizar su modo de funcionamiento. El experimento dirigido por Erno Hermans, de la Universidad de Nueva York, muestra cómo el cerebro se reorganiza en una situación de estrés (al ver escenas violentas por ejemplo) lo que hace que se revivan situaciones de estrés ocurridas en el pasado. Las películas de terror, crean en nosotros un estado de alerta que fortalece los recuerdos de experiencias estresantes, perjudicando nuestra capacidad de análisis.

Fotograma de "Nosferatu", obra clave del cine expresionista alemán y muestra primigenia del mito de Drácula.
Fotograma de «Nosferatu», obra clave del cine expresionista alemán y muestra primigenia del mito de Drácula.

Otra de las conclusiones del estudio es que se activan en el cerebro las regiones implicadas en la atención y la alerta, así como el sistema neuroendocrino (que es el sistema nervioso más el sistema endocrino, es el que controla y regula funciones vitales a través de las hormonas, es decir, que nuestro comportamiento y manifestaciones externas son un reflejo de nuestros cambios hormonales y de nuestro bienestar o malestar psicológico).

A partir de esta necesidad de saber qué ocurre en la mente del espectador, ha surgido la disciplina del neurocine. Ésta utiliza imágenes de resonancia magnética funcional para observar qué zonas del cerebro estimula cada escena de una película. Así, cada director puede comprobar cómo captar la atención de su espectador, e incluso, si así lo quisiera, mantener su cerebro continuamente estimulado.

Ahora todo queda mucho más claro, ya sabemos la razón por la cual algunas personas disfrutan y por qué con éste tipo de películas. Así que si eres de los que le gustan las películas de terror, no obligues a los demás a verlas, porque quizá entre tus amigos existe un hipersensible, que esa noche no podrá dormir. Dulces sueños.

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