¡Glub!

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palabrasPor James Raga

En el saco de las palabras siempre había expresiones que le reconfortaban, y otras que le azotaban. Tanto verbo era sedante. Cada vez que en cualquier página de prensa, publicación o noticia acertaba a leer una frase de Paulo Coelho u otra sacada de un manual de autoayuda, sus fusibles se encaminaban al cortocircuito. Glub.

Una vez leyó que en la sucesión de hechos cotidianos, las cosas ocurren por algo y que hay una especie de plan cósmico que lo explica todo. Nada obedece al azar. Claro, que el que escribe el plan puede levantarse con el pie izquierdo y colocar a determinadas personas en el capítulo de l@s resignad@s que apuestan y no ganan, lo cual es de agradecer, ya que, si eres elegid@, al menos formas parte de un libro celestial y aunque el azar sea esquivo, eres una página en la que se habla de la cadena alimentaria y en la que tu nombre está revestido de piel de oveja. Glub.

En otra irrupción de palabras iluminadas, pudo intuir que el tiempo es un gran aliado que hace que todo encaje. Podía ocurrir, muy a menudo, que el tiempo sólo fuese un sonido de tic-tac y unos segundos que pasan. Sentarse a esperar que el tiempo diese el empujón a sus anhelos era ciertamente osado. Y si al final criar malvas era el encaje, pues habría que dar la razón al diseñador multimedia y, por supuesto, postrarse ante todos los que aluden al tiempo en sus frases lapidarias. Glub.

En cierta ocasión leyó que las personas que se cruzan en nuestra vida se llevan algo de nosotros y nosotros algo de ellas. Cuando alguien le importaba un pimiento o bien cuando se encontraba ante una encrucijada que se le escapaba de las manos, esa reflexión le hidrataba. Pero cuando buscaba reciprocidad y no la hallaba, aquella frase le sonaba a cuento de la lechera. Efectivamente, todos los días trataba a personas que se llevaban algo de su ser. Y también notaba cómo en sus adentros se almacenaban rescoldos de sus interacciones. Pero no era un pensamiento agradable. Recordó las películas de Drácula y en su mente tomó forma la idea de que este planeta está poblado por vampiros, quienes tras una succión aluden a Paulo Coelho para que el mordisco duela menos. Glub.

No quería más oraciones explicativas, calmantes o pseudo-metafísicas, acompañadas de un fondo de corazón, un ángel o un sol que amanece o anochece, dependiendo de la intención de su autor. Decidió, pues, escribir todas aquellas frases y hacer con ellas una pelota de papel que lanzó al espacio infinito. La pelota no se elevó más de dos metros, pero dado que toda la esta realidad también forma parte del espacio infinito, el viaje fue homologable y, por supuesto, mereció la pena. Después, bebió agua y respiró sin ánimo alguno. Sólo tomó aire, intrascendentemente.

Se encaminó a un árbol y miccionó. Comprendió que el árbol agradecía aquel regalo y que el líquido fluía en armonía con la Madre Tierra. Supo que el tiempo había puesto la orina en su sitio y que tanto ‘miccionante’ como ‘miccionado’ habían intercambiado energía, llevándose algo el uno del otro. Dio las gracias a Paulo Coelho, recogió el papel hecho pelota y lo usó para recoger caquita de perro. Y durante un tiempo, nunca más tuvo ganas de hacer «Glub».

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