Los saqueadores cósmicos

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martePor Ambrosio Zarzal

La vida se extinguía en lo que en su día fue un mosaico de color y luz. La avaricia de unos pocos y el silencio cobarde de la mayoría habían exterminado la esencia de aquel planeta que ahora tenía la tonalidad del azafrán. La búsqueda de culpables o de una explicación al epílogo dio paso a las primeras investigaciones para huir de aquel lugar y buscar acomodo en otra esfera. Ni el oxígeno ni las condiciones de habitabilidad del nuevo mundo suponían un obstáculo, pues la estupidez de aquella civilización iba en consonancia a sus medios tecnológicos.

Los dirigentes de aquel delirio peleaban como alimañas, y la ciudadanía se sacaba los ojos mientras el sol languidecía y el aire se hacía más irrespirable. Todo era desierto, el agua era un preciado tesoro y un gran negocio para los mismos especuladores que en su día negaban que el fin estuviese cerca o que el calor insoportable, que ahogaba siempre más, estuviesen ligados a la condición infinitamente destructiva de aquella especie.

Los árboles dejaron de crecer. No había peces en un mar envenenado. El género masculino había dejado de tener interés en el contacto físico desde que la realidad virtual se aplicó al sexo, y el femenino se autoabastecía emocionalmente en encuentros metafísicos de «estiramiento conductual». Caminar por la calle era como deambular por un paraje de idiotas agarrados a sus dispositivos, supuestamente más comunicados que nunca pero realmente solos e indefensos. Desde el cielo, un nicho de insectos sin pauta ni patrón. Eso era Marte.

No muy lejos, en el mismo sistema solar, un planeta salvaje se erigió como principal candidato a la polinización cósmica. Pensaron que con ingeniería y algo de tiempo era posible crear una atmósfera y posteriormente, vida. Vida para un nuevo amanecer. Las primeras expediciones corroboraron la idea de implantar la simiente. Soltaron la primera cápsula en un océano embravecido y dejaron pasar una de sus semanas. Después, otro regalo con material genéticamente modificado que alteraba el anterior. Así, semana a semana marciana, el nicho evolutivo estaba en marcha.

Aquella civilización de seres hedonistas que dedicaban buena parte del día a mirarse al espejo y dedicar sus morritos al prójimo decidió poner fecha a su partida. Como siempre, una decisión pensada para la mayoría, pero de la que realmente sólo iban a participar unos pocos: los avaros. Además, las cápsulas de vida en aquel mundo cercano habían generado en tres meses marcianos cinco razas primitivas, muy similares a la del planeta del azafrán, que serían utilizadas como mano de obra y también como nutrientes energéticos. Sabían que a su llegada serían vistos como dioses caídos del cielo, todo un espaldarazo a su autoestima sideral de mequetrefes.

El día de la despedida, los elegidos (por ellos mismos) fueron vitoreados, y prometieron volver a por el resto. Eran cinco, de apariencia humanoide y con prendas blancas y brillantes, adheridas a sus cuerpos de modo recalcitrante para realzar su figura. Era la moda entonces. Lo que no pasaba de moda era su visión única del universo, en la que Ellos se veían a sí mismos como la excepción a la norma del infinito oscuro, solitario y frío . Por esa razón, si la existencia se acababa, casi siempre por su culpa, siempre habría otro nido en el que poner el huevo, pues su capacidad de transformar el medio a su antojo y destruir mientras se llenaban la boca con la palabra vida no eran virtudes al alcance de otras criaturas, adorables pero limitadas en lo científico.

Cinco pardillos en una nave que dejaron plantados, al arbitrio de un designio letal, a sus semejantes. Cinco egoístas acicalados hasta el más mínimo detalle. Cinco seres con capacidad de someter y adoctrinar a su antojo por siempre jamás. Cinco dioses de pacotilla con destino a un planeta azul cuyo futuro, en sus manos, estaba ya más que escrito.

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