Fidel

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usb_pamontPor Horacio Plata

Se llamaría Fidel. No en honor a la Revolución cubana. Era un nombre bisílabo, que no se prestaba a chanzas escolares. Su padre recordaba que cuando era un púber, su abuelo le hablaba de que, en el colegio, a una compañera que se apellidaba «De Cabeza», sus progenitores tuvieron la ocurrencia de llamarla «Dolores». Así que a Dolores de Cabeza le hicieron la vida imposible. A Fidel no le pasaría eso, no.

Él pertenecía a la cuarta generación de niños con puerto USB compatible con HDMI adherido al cogote. Cuarenta años antes, los avances de la Ciencia habían conseguido traspasar información desde soportes al cuerpo humano. En nombre de la austeridad, lo siguiente fue poner de patitas en la calle a cientos de miles de profesores en todo el mundo. Ya no eran necesarios sus conocimientos. Ahora, el certificado básico de estudios tardaba minuto y medio en implantarse sólo con introducir al niño información desde un disco duro o un pen-drive. Era el paquete educativo simple. Si los progenitores querían más cultura o competitividad, debían pagar por ello.

Para la domesticación social había todo tipo de datos en discos duros. La oferta más asequible al bolsillo era aquella que conformaba una personalidad aparentemente rebelde entre los 15 y los 25 años, que evolucionaba al conformismo entre la horquilla de 30 y 50 años y finalizaba con miedo y puerilidad en la vejez. Gran invento el de los puertos en el cogote. Cuántos quebraderos de cabeza evitaron a sufridos padres cuyas jornadas laborales de 16 horas diarias impedían cualquier tipo de respaldo afectivo a sus hijos. Además, la niñez cándida era solo un recuerdo de un pasado de vegetación, agua y risas. Desde que la humanidad vivía bajo tierra y se alzaba la vista hacia una cúpula, no hacía falta fantasear con un cielo inexistente.

Fidel agachó la cabeza y cerró los ojos. Transcurrido un minuto y medio, su personalidad estaba conformada. No haría falta pelear, ni sufrir en un medio hostil a lo largo de años. Sería uno más de tantos, rebelde a los 20, adocenado a los 40 y asustado a los 70, con un cometido claro: ser eficiente. No tendría que pelear por subsistir, ni porfiar por el amor, que había sido catalogado como efecto colateral de la gastritis. Su vida se limitaría a ser funcional en un guión preconcebido. De 0 a 4 años, realidad virtual. De 4 a 8, entrenamiento conductual. A partir de 8 años, trabajo: primero, en fábricas; luego, en cubículos, clasificando información hasta su muerte física. Tras ella, su experiencia vital quedaría almacenada en PLIN, la gran computadora que se alimentaba de la siempre sobrevalorada condición humana.

En sus años de adocenamiento, Fidel sería padre. Solo haría falta que en alguna cena de ensaladas gourmets de algas genéticamente modificadas, una mujer le propusiese ser su polinizador. Sin cortejo, sin lágrimas, sin anhelar ni desear. Solo un inseminador y una hembra compatible. No era un mundo ideal, como tampoco lo fueron tiempos pasados.

Si en algún momento la melancolía flirteaba con su subconsciente, recordaría de nuevo a su tatarabuelo, el abuelo de su padre, aquel que contaba la historia de Dolores de Cabeza. Ese señor sin puerto USB compatible con HDMI adherido al cogote, lloró por el miedo a perder y peleó por sueños que él creía posibles, amó tanto que olvidó para no infringir daño, y trabajó sin descanso en un universo laboral improductivo. Había un firmamento, pero el horizonte nunca estaba despejado en aquellos tiempos pretéritos. Así que Fidel, en esos instantes de quiebra, se jactaría de ser cabeza de ratón, en jornadas grises, sin degradados, sin experimentar las emociones que habían fagocitado a sus antepasados. Al final del día, una ensalada gourmet, y quizás una mujer, le esperarían.

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