Se ha ido la luz, pero queda la palabra

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El cuento como género y lenguaje de lo posible, fue magistralmente cultivado por Onetti a lo largo de su vida
El cuento como género y lenguaje de lo posible, fue magistralmente cultivado por Onetti a lo largo de su vida

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti imprimió un giro copernicano a la literatura latinoamericana con una escritura desabrida y escéptica, pero a la vez rebosante de humanidad y destinada a hacer de la imaginación su bandera.

Onetti renovó la forma de escribir en español desde la pasión y con un estilo que estaba “en el límite del idioma”, según señaló en una ocasión el escritor español Antonio Muñoz Molina.

Si con “El Pozo” (1939) rozó el existencialismo y se adelantó a Sartre y Camus en su desolada visión de lo cotidiano, con “La vida breve” (1950) Onetti dio ese golpe de timón que demandaba la novela hispanoamericana y que impulsó más tarde, de una u otra forma, a los autores del llamado “boom”.

“Con Onetti aparecieron esas historias del novelista de la decadencia, el escritor del nihilismo. Yo creo que fue una expresión de lo que luego se llamó filosofía de la existencia”, señala alguien que conoció bien al escritor, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti.

Si bien los personajes de “El astillero”, “Juntacadáveres” o “La vida breve” aparecen “atados a la decadencia, a la falta de horizontes, a los pequeños grandes odios”, finalmente son siempre “redimidos de algún modo por un ramalazo de amor que aparece en su espíritu”, afirma el político y ensayista.

Es el mismo “humanismo” que ve en el fondo de la obra de Onetti el catedrático de literatura y director de Cultura del Gobierno uruguayo, Hugo Achugar, para quien, con sólo 30 años, Onetti fue capaz de dar la vuelta al panorama literario de su época.

La publicación de “El pozo”, explica Achugar, supuso “un antes y un después”, que se reafirmó con la publicación de “La vida breve”, once años después.

“Se convirtió en un escritor de escritores”, añade, para subrayar el peso que tuvo en los autores del boom, como el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa o el chileno José Donoso.

La experiencia fue una buena fuente para esa materia literaria; Juan Carlos Onetti nunca terminó unos estudios superiores, pero desde muy joven amó la escritura y tendió hacia ella como única alternativa a la existencia gris.

Para sobrevivir desempeñó muchos trabajos, pero fue finalmente el periodismo, en Uruguay y en Argentina, se convirtió en el mal menor.

Como le citara en una entrevista muchos años más tarde su cuarta esposa -y compañera hasta el final de sus días-, Dorothea “Dolly” Muhr, el periodismo era “el oficio más soportable” para un escritor.

La factura de ambos soportes de escritura, los artículos y las novelas, era, sin embargo, bien distinta; según explica Mario Vargas Llosa, “para los periódicos (Onetti) buscaba las palabras. Las de los cuentos y las novelas le asaltaban”.

El escritor peruano define a “La vida breve” en su libro sobre Onetti “El viaje a la ficción” como “la primera novela moderna” en lengua castellana, donde “es el primero en aplicar la revolución formal de la narrativa”, la que en la novela europea y norteamericana habían llevado a cabo su admirado Faulkner, Proust, Joyce, Kafka o Mann. Es en “La vida breve” donde inicia el ciclo de “Santa María”, esa ciudad imaginaria a mitad de camino de Buenos Aires y Montevideo, pero sin ser ninguna de ellas, donde viven, traicionan y desesperan los personajes (Larsen, Brausen, Díaz Grey…) que se reiteran en toda su obra narrativa, una de las huellas que le dejara Faulkner.

A esa obra le siguen otras de brillo similar, como “El astillero“ (1961) y “Juntacadáveres” (1964), donde el estilo de Onetti crece entre prostíbulos, sórdidos personajes y derrotas sin esperanzas, y Santa María deviene en territorio de leyenda, como el Macondo de García Márquez o la Yoknapatawpha de Faulkner.
Dictadura y exilio

La vida de Onetti, y la difusión de su obra, da un giro de 180 grados con la instauración de la dictadura en Uruguay en 1973.

En 1974, el escritor es encarcelado durante tres meses por el formar parte de un jurado que premió un cuento condenado por el régimen como pornográfico y subversivo.

Onetti aprovecha una invitación a un simposio en Madrid para quedarse, ya hasta su muerte, en España.
Aquí publicará en 1979 otra novela clave, “Dejemos hablar al viento”, un broche de oro más en su currículum y que contribuirá a que un año más tarde sea recompensado con el Premio Cervantes.

Al retornar la democracia a Uruguay, en 1985, el primer presidente constitucional, Julio María Sanguinetti, le invita a regresar, pero Onetti ya no se ve ni con las ganas ni con las fuerzas para hacerlo.

Es entonces cuando se recluye en su piso de la madrileña Avenida de América, cada vez más aficionado al whisky, el tabaco y las novelas negras, pero con la energía precisa para seguir escribiendo: “Cuando entonces” (1987) y “Cuando ya no importe” (1993).

El 30 de mayo de 1994 muere en una clínica madrileña, dejando bien claro que no quería exequia alguna y renegando de que le recordaran por esa “entrega visceral” a la literatura, como le atribuyó Vargas Llosa, “que se llevaba a cabo en la soledad y sin esperar otra recompensa que saber que escribiendo le sacaba la vuelta a la puta vida”.

Locura y desazón

Juan Carlos Onetti bordeó “la locura”, “la desazón” y “la indigencia material y afectiva”, y no pudo evitar reflejarse en el “el espejo” de sus personajes, opina la autora uruguaya Mercedes Vigil, quien, no obstante, destaca la “coherencia“ y “singularidad” literaria del gran escritor.

Onetti es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura
Onetti es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura

Vigil evoca  el perfil humano y literario de quien considera “uno de los mejores narradores de la segunda mitad del siglo XX de las letras hispanoamericanas”.

“Hace poco tiempo que empezó a dársele el lugar que merece en la constelación de astros de la literatura universal”, dice Vigil, una de las figuras más populares de las letras uruguayas contemporáneas y autora de novelas históricas.

Según la escritora, Onetti fue “tan coherente” con su concepción de la literatura que “en pleno boom latinoamericano, seguía buceando en la miseria interior de él y de cada uno de los seres humanos, mientras García Márquez salía a pescar mariposas en Macondo y a imaginar mundos posibles”.

“Eso habla de la singularidad de Onetti”, apostilla.

Vigil resalta cómo el autor, que pasó sus últimos años de vida postrado en una cama, pobló su literatura de hombres divorciados, con muchos fracasos a sus espaldas y “relaciones tortuosas”.

Así, “no hacía más que mirar el mundo y escribirlo con el cristal que él lo veía”, sostiene.

Según Vigil, también influyó en su obra “que no tuviera dinero para comprar pan, que se divorciara tres veces o que fuese hostigado por la dictadura, acusado de pornógrafo”, tras formar parte del jurado de un concurso literario en el que resultó ganador un cuento que las autoridades consideraron subversivo. No obstante, “millones y millones de seres vivieron en esas circunstancias y ninguno fue Onetti”, finalizó.

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