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Las tasas cada vez más elevadas de depresión son, incuestionablemente, consecuencia de la modernidad
Las tasas cada vez más elevadas de depresión son, incuestionablemente, consecuencia de la modernidad

Andrew Solomon sabe de lo que habla, pues en varios momentos de su vida ha visto de cerca el rostro del «diablo de la depresión», una enfermedad con la que se ha acostumbrado a convivir y que él combate a base de «pastillas y amor», una combinación que es «la mejor medicina».

«Me considero un superviviente, sí, pero también me veo a mí mismo como alguien que sigue teniendo depresión. La controlo bastante bien, ya no me afecta tanto, pero no es algo que haya quedado atrás definitivamente. Sigue ahí, esperando levantar su fea cabeza en cualquier momento», destaca el escritor y ensayista estadounidense.

Profesor de Psiquiatría en la Universidad de Cornell y asesor para cuestiones de LGTB en la de Yale, este neoyorkino con estudios de arte y psicología, colaborador habitual de The New York Times y de la revista The New Yorker, es autor de «El demonio de la depresión» (Debate), un ensayo monumental y multidisciplinar que ha sido superventas en muchos países.

En 2002, el libro fue finalista del Premio Pulitzer. Un año antes obtuvo el prestigioso National Book Award.

Un reciente estudio sobre la dolencia, «tan común como incomprendida», en palabras de Solomon, asegura que afecta al 4,3 % de la población española, que uno de cada dos casos no se detecta y que entre los que están diagnosticados solo se tratan adecuadamente dos de cada tres.

Unos datos que no extrañan a Andrew Solomon, pues en su país unos 19 millones de personas sufren cada año episodios de depresión, de los cuales más de dos son niños. «Es la principal causa de incapacidad, allí y en otros muchos lugares del mundo», además de estar detrás de, aproximadamente, el 15 % de los suicidios.

Cinco años invirtió Solomon en poner en papel su propia experiencia con la enfermedad, «un agujero en mi vida», dice, y la de muchos otros enfermos a los que entrevistó, cuyos testimonios ofrecen una amplia y certera panorámica sobre un mal que, por encima de todo, «eclipsa la capacidad de dar o recibir afecto».

«Es la enfermedad -dice Solomon- de la soledad, que destruye no solo el vínculo con los otros, sino también la capacidad de sentirse bien con uno mismo».

Andrew Solomon habla claro cuando asegura que «no se puede hablar» de curación de la depresión. «Se puede y se debe hablar de tratamiento efectivo. Hay gente que lo recibe y no recae. Es una enfermedad que hay que tratar, controlar y hacer que se convierta en algo manejable».

Pero hacerla desaparecer, «como si de una infección bacteriana se tratara, eso no se consigue. Una vez que la sufres, está ahí, bien metida en tu cerebro, para siempre. Se puede vivir con ella sin estar obsesionado».

Para Solomon la depresión no es una enfermedad «de la vida moderna y de la clase media alta. Ha existido -advierte- a lo largo de toda la historia y en todos los contextos».

«Hay -argumenta- una actitud colonialista, paternalista, que hace que parezca que las enfermedades del cerebro, la depresión entre ellas, estuvieran relacionadas con la sofisticación, que fueran el resultado de nuestra sociedad moderna».

No. Se trata de una «experiencia común» a todos los seres humanos y en cualquier momento de la historia. «En el mundo desarrollado lo único que hay -advierte- es un mayor acceso al tratamiento, complicado y caro, no disponible en todas partes».

Ahora bien, «las tasas cada vez más elevadas de depresión son, incuestionablemente, consecuencia de la modernidad», sostiene Solomon.

El ritmo de vida, «el caos tecnológico, la alienación, la ruptura de las estructuras familiares tradicionales, la soledad endémica, el fracaso de los sistemas de creencias (religiosas, morales, políticas, sociales,…todo lo que alguna vez pareció dar sentido y orientación a la vida) nos ha llevado a una situación catastrófica», escribe.

«La modernidad -añade- tiene mucho de bueno. El problema es cuando se convierte en un sustituto. Y no lo es, no puede ser un sustituto. Las redes sociales no pueden ser el sustituto de una persona mirándote a los ojos. La reciprocidad es fundamental para la coherencia humana».

Solomon habla de una sociedad «poco tolerante con el abatimiento», y de la necesidad de transformar «el sufrimiento, pero no de olvidarlo, de negarse a él, ni de eliminarlo».

«Siempre he argumentado que lo contrario de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad. Cuando alguien está deprimido no es tanto que se sienta increíblemente triste, no, es que se siente incapaz de actuar, de funcionar.»

Y «nunca» eliminaría «los estados de ánimo negativos, las emociones negativas, porque entonces -concluye- los sentimientos y emociones positivas pierden su significado».

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