Una idea, una historia

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Isaiah Berlin (1909-97) nació en Riga, actual capital de Letonia. En 1921 emigró a Inglaterra y en 1942 fue nombrado primer secretario de la embajada inglesa en Washington. Notable por sus estudios sobre la historia del pensamiento, es celebre por su defensa del pluralismo ético
Isaiah Berlin (1909-97) nació en Riga, actual capital de Letonia. En 1921 emigró a Inglaterra y en 1942 fue nombrado primer secretario de la embajada inglesa en Washington. Notable por sus estudios sobre la historia del pensamiento, es celebre por su defensa del pluralismo ético

No deja de ser un dato interesante que Isaiah Berlin, para muchos el pensador liberal más importante del siglo veinte, fuera, como tantas otras figuras intelectuales destacadas de su tiempo, un exiliado. Nacido en la capital letona de Riga –a la sazón, una ciudad rusa– en 1909, llegó a Inglaterra en 1921 huyendo de San Petersburgo con su familia tras la Revolución bolchevique de 1917.

No obstante, al final de su vida y antes de morir en 1997, Berlin llegó a convertirse, a pesar de su procedencia extranjera, en un miembro indiscutible del «establishment» intelectual británico.

Sin embargo, aunque adquirirá renombre intelectual como defensor del liberalismo, será la publicación en 1939 de su primer libro sobre Karl Marx la que va a señalar un cambio de dirección hacia el campo en el que iba a recibir gran parte de su prestigio académico: la historia de las ideas.

¿Dónde radica el interés de la obra de Berlin? En un lugar común se ha convertido, sin duda, la célebre afirmación de Joseph de Maistre de que a lo largo de su existencia había visto franceses, italianos, rusos o que incluso, gracias a Montesquieu, sabía de la existencia de persas, pero que, en cuanto al hombre, nunca había en su vida encontrado ninguno. Hoy, desde luego, tras las catástrofes totalitarias del siglo pasado, sabemos también que no sólo se puede ser trágicamente hombre «a secas», sin determinaciones o anclajes sustantivos, como es el caso de los inmigrantes «sin papeles» que, como fantasmas, desbordan nuestras fronteras del bienestar, sino también que existe una ceguera típicamente nacionalista: la de únicamente ver sólo vascos, españoles, irlandeses o ingleses, que reduce la complejidad del «hombre» a mero miembro de una gloriosa o colonizada entidad nacional y territorial.

En esta tensión trata de habitar la obra de Berlin. Lejos de perseguir un interés erudito, él trató, por un lado, de arrojar luz sobre el papel histórico de las ideas en su presente desde este cuestionamiento de la «armonía racional» apuntado por el tradicionalismo de De Maistre, aunque sin ceder, por otro, a la tentación irracionalista. Básicamente, esta reconstrucción del mapa ideológico del siglo veinte le llevó a distinguir entre la posición «monista» y la «pluralista», una contraposición que, desde un punto de vista histórico, tendrá como contrincantes principales a la Ilustración y la «contrailustración» romántica, pero que recorre el siglo bajo otras etiquetas. No en vano Berlin estudió a autores inclasificables como Vico, Herder, J. G. Hamann, Maquiavelo, Montesquieu o Tolstoi, entre otros, aparte de interesarse por los movimientos intelectuales de los siglos XVIII y XIX.

Sin embargo, la contribución más famosa de Berlin a la filosofía política no es un libro, un artículo o un ensayo, sino la lección inaugural impartida por él en 1958 como profesor de Teoría Política y Social titulada «Dos conceptos de libertad», obra que luego volvería a ser publicada (junto con «Inevitabilidad histórica» y dos contribuciones más) en el ya clásico «Cuatro ensayos sobre la libertad».

En este célebre artículo, Berlin trata de demostrar que, desde el pensamiento moderno en adelante, la filosofía occidental se debate con dos nociones de libertad: la «positiva» y la «negativa». Allí donde la primera incorpora el ideal moral de autonomía al entender la libertad como la facultad de no obedecer ninguna ley externa en cuya elaboración no se haya prestado consentimiento, la segunda tendría como rasgos distintivos la no coacción y la limitación. Esta última consiste en la ausencia de impedimentos externos de las acciones, de modo que cada individuo pueda con sus acciones buscar su felicidad con tal de no impedir la de los demás. Si Rousseau pasa por ser el pensador por excelencia de la libertad positiva, es la tradición liberal, desde Hobbes en adelante, la que habría encarnado el proyecto de la negativa, al defender la prioridad absoluta de la libertad frente a la igualdad.

Hijo de un emigrante ruso comerciante de maderas, judío, que se instala en Inglaterra, Isaiah Berlin consiguió los mayores honores en su país de acogida y, sobre todo, ser considerado uno de los pensadores políticos más influyentes del siglo XX. Entre 1957 y 1967 fue profesor de Teoría Social y Política en la Universidad de Oxford, fundó y presidió el Wolfson College, fue presidente de la Academia Británica entre 1974 y 1978 y recibió, en 1979, el Premio Jerusalén. Entre sus estudios publicados en castellano figuran «El erizo y la zorra: un ensayo sobre el enfoque de la historia de Tolstoi» (1953), «Dos conceptos de libertad» (1958), «Cuatro ensayos sobre la libertad» (1969), «Contra la corriente: ensayo sobre la historia de las ideas» (1979), «Ha nacido Isaías Nitor» (1992) o «El sentido de la realidad» (1996).

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