Diego del Gastor, el gurú de flamencos y jipis

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En los conservatorios de música de Japón se estudia el estilo de Diego del Gastor como paradigma del buen toque y que, en Nueva York, existe una escuela de guitarra que estudia sus formas y modelos artísticos
En los conservatorios de música de Japón se estudia el estilo de Diego del Gastor como paradigma del buen toque, y en Nueva York existe una escuela de guitarra que hace hincapié en sus formas y modelos artísticos

El legendario guitarrista Diego Flores Amaya “Diego del Gastor” nació en Arriate (Málaga) en el año 1908, aunque desde muy joven se avecindó junto a su familia en la localidad sevillana de Morón de la Frontera donde pasaría toda su vida y prácticamente desarrollaría su carrera como profesional. Sus falsetas y variaciones se hicieron muy célebres al servir de sintonía al programa de televisión “Rito y Geografía del Flamenco”. No obstante, su poder creador, siempre ligado a su personalísima intuición popular era realmente admirable. Sus improvisaciones y sus bellísimas disonancias, poseían una inconfundible personalidad.

Estudiosos, profesionales, aficionados, cuantos se han aproximado a la obra de Diego del Gastor coinciden en señalar que creó una escuela de toque limitada de repertorio, pero profundamente jonda y personal, con un raro encanto en géneros como la bulería, la solea y la seguiriya. Excepcional en el acompañamiento al cante de artistas como Juan Talega, Perrate, Manolito María, Joselero o Fernanda de Utrera, aficionados y estudiosos vienen a coincidir en las geniales facultades que el del Gastor atesoraba para acompañar al cante. Otras facetas que contribuyen a la grandeza del toque de Diego son su exquisito talento para acompañar al cante. Aunque lo más importante de todo no es lo que tocaba, sino cómo lo tocaba. Diego poseía el corazón y el talento de convertir, incluso la falseta más anodina, en una red que va tejiendo, hasta capturar la más pura expresión de un arte, que no es simplemente un aluvión de notas, sino una expresiva combinación de música y alma.

Diego del Gastor murió en Morón de la Frontera en 1973, la misma mañana del día en el que se suele celebrar el tradicional festival del Gazpacho Andaluz que en aquella ocasión fue suspendido debido al fallecimiento de un artista que era el alma del flamenco de Morón.

El estudioso del flamenco Fermín Lobatón se refiere a Diego del Gastor como “tocaor de gran influencia y creador de una escuela y un estilo de toque”- A su juicio, “Diego Amaya Flores, Diego del Gastor reunió en torno a su persona y obra elementos que lo han convertido en guitarrista de culto y figura de tintes legendarios. Sus falsetas, de vigorosa alzapúa, se escuchan vivas de las manos de jóvenes guitarristas e incluso un grupo, Son de la Frontera, nació para reivindicar su herencia”.  A este fenómeno “ha contribuido, sin duda, su personalísimo toque -‘bordonudo y pastueño, como lo definió J. M. Gamboa-, pero también, y en gran parte, lo peculiar de su vida y su trayectoria profesional.”

Lobatón se refiere a que “la mayor parte de su existencia la pasó en la localidad sevillana de Morón de la Frontera, de donde apenas saldría”. Para trabajar lo hizo en muy contadas ocasiones: “sus casi únicas comparecencias artísticas se limitan a los festivales de pueblos del entorno. Nunca pisó un estudio de grabación, pero, a cambió, regaló con generosidad su toque en innumerables fiestas acompañando a figuras legendarias como Manolito de María, Fernanda de Utrera, Juan Talega o Perrate, dejando registradas centenares de horas de toque hoy afortunadamente salvadas y digitalizadas”.

Sus primeras falsetas o variaciones se las puso su hermano y él continuó su formación, de manera autodidacta, en reuniones y fiestas de ámbito reducido en un sistema de aprendizaje que influyó a la creación de un estilo personal casi intransferible. “Fue un genial guitarrista solitario y, por supuesto, un acompañante imprescindible para cantaores de influencia cercanos a su zona geográfica: Fernanda y Perrate de Utrera, Juan Talega de Dos Hermanas o su cuñado Joselero de Morón -aunque nacido en La Puebla de Cazalla-, así como todos aquellos que presenciaron los años felices y románticos del Morón de la segunda mitad del siglo pasado”.

Otro estudioso del cante y del toque, Juan Diego Martín Cabeza, recuerda aquel cónclave mágico que hibridó la psicodelia y lo jondo. “Allí, en aquel pueblo enclavado entre la campiña y los últimos coletazos de la serranía rondeña, se dieron una serie de circunstancias que enriquecieron a la larga cultura musical de nuestro país. La base americana trajo soldados y aviones y, con ellos, discos de artistas ‘yankis’ cuyo sonido se fue mezclando paulatinamente con la propia música de aquella parte de Andalucía. Se fue generando así un caldo de cultivo de entendimiento y de verdadero diálogo musical”.

“En los años sesenta empezaron a llegar jóvenes americanos que huían de los reclutamientos para luchar en Vietnam o que simplemente buscaban nuevas experiencias, nuevos paisajes y nuevas músicas. Diego del Gastor se convirtió en un gurú para aquellos jóvenes que comprendieron que estaban ante un músico excepcional que, sin embargo, manifestaba su arte en ámbitos muy reducidos por convicción personal. El flamenco que surgía de las cuerdas de la guitarra de Diego era tan íntimo, que no se parecía a nada de lo que se había hecho hasta entonces”, rememora Martín Cabeza..

Estas grabaciones caseras, un hito tecnológico para aquellos años, se explican por la presencia de una colonia de aficionados norteamericanos -muchos de ellos discípulos suyos- que, durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, paraban en Morón reunidos en torno al flamencólogo Don Pohren y su cortijo Espartero. Estos mismos visitantes le proporcionaron una curiosa fama en Norteamérica que sorprendió, en su primera gira por esas tierras, a un joven Paco de Lucía, quien, por cierto, nunca se ha confesado admirador del tocaor de Morón.

La estudiosa Marina Muñoz da datos muy interesantes acerca del curioso mimetismo entre los yankis y los flamencos. “Desde 1953, la base aérea de Morón de la Frontera es base militar compartida por el Ejército del Aire de España y por la Fuerza Aérea de Estados Unidos. La gran proximidad entre la población y el recinto militar, bien adobada con la natural simpatía y hospitalidad de ser andaluz, propició que muchos estadounidenses se establecieran y habitaran en el pueblo sevillano”.

“Uno de ellos, Don E. Pohren, que trabajaba como administrativo en la base, sintió arder en sus adentros la llama del flamenco la primera vez que tuvo la oportunidad de escuchar una copla, y, sin saber cómo, se dejó arrastrar pletórico de entusiasmo hacia ese mundo. Llevado por una avidez extrema de conocer y palpar la esencia misma del flamenco, leyó todo cuanto caía en sus manos, asistía a todas reuniones flamencas que pudo e incluso se inició en el arte, aprendiendo a tocar, y bien, la guitarra”, concede Muñoz.

En 1961, tiene lugar un hecho decisivo: el encuentro entre Diego y Pohren, un encuentro que marcaría la vida del guitarrista andaluz y que sería la causa inmediata de que fuese conocido universalmente. El evento es explicado sin fisuras por Muñoz: “Pohren, atraído por la magia del flamenco, acudió a la celebración del «V Potaje de Utrera». Allí, Diego acompañaba en el toque los cantes de Fernanda y Bernarda de Utrera. La soleá de Fernanda, acompañada por los acordes de Diego, en esa simbiosis que los convertían en un solo ser, impresionó tanto al norteamericano que, dos días después, fue a buscarlo a Morón”.

“La afición de Pohren por el flamenco era singular, tanto que, en 1964, le había llevado a fundar en Madrid el ‘Club de Estudios Flamencos’, que funcionaba en los bajos de ‘Los Gabrieles’”, prosigue Marina Muñoz. “Y, en 1965, contando con el aplauso amistoso de Diego y otros artistas, decide abrir, a las afueras de Morón, una pensión a la que puso el típico nombre de ‘Finca El Espartero’, donde, además de hospedaje, se daban clases de guitarra y, de camino, se abría el paso a continuas fiestas flamencas para amigos, compañeros y paisanos suyos. Muchos fueron los jóvenes americanos que se dejaron ver por aquella pensión, atraídos por el tipismo andaluz que allí se respiraba. De la organización de estas ‘reuniones’ se encargó, en muchas ocasiones, Diego, con ayuda de sus sobrinos Juan y Paco”.

“Es en esas fiestas de amigos en las que se hicieron las grabaciones privadas de las que antes hemos hablado. Desde luego, mucho contribuyó a ello Pohren, quien, eclipsado por Diego y el flamenco, escribe dos libros sobre el tema; el primero, The Art of Flamenco, no solo tuvo un gran éxito en Estados Unidos, sino también en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Inglaterra y Francia; y el segundo, Lives and Legends of Flamenco, tuvo aún más repercusión.”, asevera.

Tal fue el fervor que se suscitó por lo flamenco que, a finales de los 60, venían a Morón guitarristas de todas partes para aprender la magia de la guitarra de Diego. Sus grabaciones eran comercializadas a precio de coleccionista. Con este reconocimiento universal, el toque de Diego empieza a influir en el mundo de la música, no solo en el flamenco, sino que músicos especialistas en otras modalidades musicales beberán del arte de Diego; sobre todo, de su capacidad de improvisación.

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