Pienso luego… ¿plagio?

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La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestras razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda
La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestra razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda

El título de “Antoniana Margarita” apenas dice nada al común de los mortales, pero este libro español del siglo XVI ha provocado acalorados debates de eruditos sobre si Descartes lo plagió en su obra fundamental y ha excitado la codicia de empedernidos bibliófilos.

El título completo de este tratado de 1554 de Gómez Pereira es “Antoniana Margarita. Una obra tan útil como necesaria para físicos, médicos y teólogos”, o más bien habría que decir “Opus nempe physicis, medicis ac theologis non minus vtile quam necessarium”, porque no se publicó en castellano hasta el año 2000 y había que ser muy ducho con el latín para atreverse siquiera a mencionarlo.

Toda una corriente de pensadores sostiene que ese libro puso las bases del pensamiento científico moderno e inspiró una de las obras fundamentales de la Historia de la Filosofía, “El discurso del método”, de René Descartes (1637), por no decir algo menos decoroso para el autor francés, que incluso tuvo que defenderse en vida del reproche de haber fusilado las tesis del médico y humanista español.

El libro solo se publicó dos veces, por lo que poseer una copia estaba al alcance de muy pocos. De hecho, una de las mentes más enciclopédicas que ha dado España, Menéndez Pelayo, llegó a escribir de él: “Más estimaría poseer un ejemplar que ser rey de Celtiberia”.

El intelectual montañés no hacía esa afirmación a la ligera, sino después de dedicarle todo un estudio a una obra que predica la duda como método científico y en la que Gómez Pereira acaba sentenciando: “Nosco me aliquid noscere: at quidquid noscit, est: ergo ego sum”. Es decir: “Conozco que conozco algo. Todo lo que conoce existe; luego yo existo”, frase más que parecida a la célebre cita de Descartes, escrita 83 años después: “Cogito ergo sum” (“Pienso, luego existo”).

Pasadas tres décadas de la muerte de don Marcelino, en marzo de 1944, dos exiliados españoles en el Reino Unido discuten por carta quién ha podido comprar un ejemplar que acaba de vender un librero de Óxford, en dos misivas tan llenas de referencias ilustradas como de acendradas pullas entre antiguos amigos con cuentas pendientes.

Son el último jefe de gobierno de la República, el científico canario Juan Negrín, y el exembajador de España en Alemania y Francia, el periodista cántabro y líder socialista Luis Araquistáin.

La obra es un caramelo para apasionados de los libros antiguos, sobre todo si su interés versa sobre la historia de la ciencia en España. Y tanto Negrín como Araquistáin, distanciados hace tiempo por sus diferencias políticas, están enfermos de ese virus.

En marzo de 1944, el exdiputado socialista escribe al dirigente republicano para pedirle que se pase por su casa de Londres “a comer un arroz”. “Y de paso me traerá usted un libro de Gómez Pereira que no hace mucho vendió el librero Rosenthal, de Oxford, y como en este país no hay seguramente más que dos personas a quien esa obra interesa, usted y yo, sólo usted debe ser el comprador”.

La carta de Araquistáin se encuentra en el archivo del gobernante y forma parte de la exposición que su Fundación y el Instituto Cervantes mostrarán en Valencia a partir de este martes, dedicada a su pasión por los libros (“La biblioteca errante. Negrín y los libros”), tras haber pasado por París y Las Palmas de Gran Canaria.

Araquistáin le dice a Negrín que esa obra de Gómez Pereira trata poco de medicina y más de otros asuntos de su interés, por lo que apela a “la justicia cultural y la calidad humana” para que se lo cambie por otro de su biblioteca que “también sea digno de la suya”.

Negrín le responde días después, también por escrito, que tiene otro libro de Gómez Pereira sobre medicina, publicado en 1558, pero no la “Antoniana Margarita”, obra -dice- que hace tiempo que persigue. “Si cayera en mis manos, no la soltara, por las razones que van y por las que vienen”, escribe un coleccionista que posee primeras ediciones de “El Quijote”, del siglo XVII, bulas papales originales o valiosos volúmenes de intelectuales del Siglo de Oro.

Pero le miente sin recato. Se vendió en Sotheby’s en una subasta en la que fueron precisos dos días (3 y 4 de febrero de 1958) para dar salida a 544 lotes de libros “propiedad de un coleccionista privado español”, que no era otro que Negrín, muerto dos años antes.

“Y solo era la biblioteca que consiguió formar en Londres”, remarca José Medina, presidente de la Fundación Negrín, que recuerda que la otra, la que le siguió de Madrid a Barcelona, Valencia y Francia permanece en la casa de la familia en París, con miles de libros por catalogar, algunos casi únicos, como una edición de “España en el corazón”, de Pablo Neruda, editada en 1938 con una imprenta de campaña y papel elaborado con ropas de los soldados.

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