Arte

Generosos amantes del arte

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Los expertos apuntan que este fenómeno no tiene nada que ver con los ingresos económicos o la clase social
Los expertos apuntan que este fenómeno no tiene nada que ver con los ingresos económicos o la clase social

Las personas que disfrutan de la pintura, de las esculturas, de obras literarias, en fin, del arte en general, son más propensas a ayudar a otras personas, según señala un estudio realizado por investigadores de las Universidades de Kent y Lincoln (Gran Bretaña), quienes además aseguran que “este fenómeno no tiene nada que ver con los ingresos económicos o la clase social”.

Para llegar a esta conclusión, un grupo de psicólogos analizó el comportamiento de más de 30.000 individuos. Estudiaron los factores de la llamada “conducta prosocial”, es decir, tener comportamientos que no dañan, que no son agresivos. Durante dos años de estudio descubrieron que las personas que participaban más vivamente en actividades culturales estaban más predispuestas a ofrecerse como voluntarios y a donar dinero para obras benéficas.

El equipo evaluó la relación entre asistir a eventos artísticos o participar de forma activa en el arte y dar caridad o participar en algún tipo de voluntariado. Descubrieron que incluso después de tener en cuenta las variables demográficas -género, recursos individuales, ingresos personal… incluso el compromiso deportivo-, quienes participaban en las artes tenían aún más probabilidades de exhibir un comportamiento prosocial, publicó el diario La Vanguardia.

“Es notable que, independientemente de la personalidad, edad, educación, empleo y ahorros de las personas, su compromiso con las artes sigue siendo un mejor elemento para predecir su prosocialidad que cualquier otra variable”, explica Dominic Abrams, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Kent.

Sólo la edad y el ahorro mensual tuvieron mayores efectos en las donaciones caritativas que la participación de las artes. Y solo el nivel educativo y las horas de trabajo tuvieron un mayor impacto en el voluntariado. Los expertos sugieren que la inversión en las artes debe comportar ganancias sociales y económicas sustanciales, sobre todo si las políticas gubernamentales hacen que las artes estén disponibles para personas de todos los orígenes sociales.

“Nos sorprendió la solidez estadística de estos hallazgos, y nos impresionaron las poderosas implicaciones del papel de las artes en la creación y mantenimiento de la prosocialidad en toda la sociedad”, apunta Julie Van de Vyver, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Lincoln.

“Si la cultura puede ser un catalizador psicológico social tan poderoso para fomentar y mantener la prosocialidad, se demuestra que las artes hacen una contribución crucial hacia una sociedad cohesiva y socialmente próspera. Es particularmente interesante que las personas que se comprometieron más con las artes hace dos años continúen demostrando una mayor prosocialidad ahora”, añade.

Dominic Abrams considera que dada “la complejidad de la sociedad, no se puede confiar únicamente en las interacciones individuales para la cooperación. Pero hay otros factores que pueden crear estos beneficios. Cualquier persona puede dedicarse a las artes, ya sea creando o disfrutando las creaciones de los demás. El compromiso con la cultura es una forma en que las experiencias y el significado se comparten”.

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Lorca, un comodín olvidado

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Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con "La Argentinita"
Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con “La Argentinita”

Por sorprendente que parezca, la ciudad de Federico García Lorca, Granada, la que amó y odió por igual, carece de una ruta lorquiana indicada para el turista, que no sólo visita la capital por su más imponente monumento, la Alhambra, sino también para conocer de cerca a uno de los poetas más importantes del siglo XX.

Basta con acudir a textos de expertos lorquianos como el hispanista Ian Gibson o a los de su propio hermano Francisco (sobre todo, en el libro Federico y su mundo), para comprobar que en algunas calles o plazas de Granada, junto al sonido de las fuentes o los pájaros, también es posible escuchar al poeta en sus tardes de juego o en sus clases de piano.

Lorca vino al mundo en Fuente Vaqueros, a unos 20 kilómetros de Granada, un 5 de junio de 1898, pero desde 1906 hasta 1915 residió en el centro de la ciudad, en dos casas señoriales, gracias a la buena situación económica que los negocios de su padre.

Así, los García Lorca se instalaron en la Acera del Darro, 44, actualmente donde se encuentra el hotel Montecarlo, un edificio de dos plantas con alegres ventanas que, aunque ha sufrido grandes cambios en el interior, sigue guardando en su exterior la estética de aquella época.

Pero la fachada conserva algo más: la gran puerta de madera por la que la familia entraba y salía, y que ahora ha perdido su esplendor. Ya en el interior, tras abandonar el recibidor, es grato ver cómo se ha conservado la escalinata y la cúpula, antes de acceder a las habitaciones.

Eso sí, también se sabe que en este vestíbulo existía un aljibe que la familia usaba para guardar el agua que los aguadores le traían de la Fuente del Avellano. Así se lo cuenta a los turistas Antonio Bonilla, un guía granadino que ha montado la única oferta en la ciudad para algunas de las huellas de García Lorca. “Cuentan que un día se disfrazó de moro y le dio un gran susto a la vecina”, relata Bonilla.

En 1916 la familia se traslada a una vivienda situada en Puerta Real, el centro de la ciudad. Aunque en la actualidad no hay rastro del edificio original, se sabe que las puertas de entrada eran de caoba y tenían dos llamadores con la forma de monos, por lo que para llamar debías pegar en el trasero a los simios.

Una anécdota a la que el autor se refiere en su poema Oda al Rey de Harlem: “Con una cuchara arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos”.

Tertulias y flamenco

A escasos pasos de Puerta Real, en la vecina plaza del Campillo, se encuentra uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, Chikito, negocio que, entre 1915 y 1929 fue el café Alameda, donde se celebraba la tertulia literaria El Rinconcillo.

Este espacio fue el lugar donde Federico recitó algunos de sus primeros poemas, así como donde fraguó una gran amistad con el compositor Manuel de Falla.

Uno de los camareros de Chikito, aunque con asombro, reconoce que muchos turistas entran a la sala del restaurante preguntando por el lugar de El Rincocillo: “Una vez llegó una irlandesa y, cuando la sentamos en la mesa donde creemos que estaba la tertulia, se puso a llorar”.

Muy cerca de esta tertulia, nació su amor por el cante jondo y que le llevó, en junio de 1922, a organizar junto con el compositor Manuel de Falla y Miguel Cerón el Concurso de Cante Jondo de Granada.

Más allá de esta pasión por el flamenco, el amor por la música en Lorca está presente desde pequeño, cuando comienza a aprender a tocar el piano. Un instrumento que, como describe Bonilla mientras enfoca su mirada al número 6 de la calle Varela, fue el motivo por el que Fernando de los Ríos, quien se convirtió en su protector y llegó a ser ministro de Instrucción Pública en la II República Española, conoció a un joven poeta que bien podría haberse dedicado a ofrecer conciertos de piano.

“Aquí estaba el Centro Artístico literario, y Lorca venía a tocar”, rememora el guía granadino, mientras aligera el paso hacia la calle Escudo del Carmen, 8, un bloque de viviendas donde recibía clases de piano del profesor Antonio Segura Mesa.

Huellas borradas

Incredulidad. Esto es lo que se puede sentir al ver cómo nadie se ha preocupado en señalar que en esta calle se situaba la Librería Enrique Prieto, ahora una zapatería, donde el poeta compraba sus libros de Víctor Hugo o Paul Verlain.

Que nadie intente buscar una placa o indicación, “porque no existen”, expresa con rotundidad el guía lorquiano, que, como frenado por el aire, se detiene frente a la fachada de un edificio estrecho de esta misma calle Mesones.

Aunque en la actualidad sea una tienda de deportes cerrada por la crisis, se trata del lugar donde estaba la imprenta de Paulino Ventura Traveser, el taller de donde salió Impresiones y paisaje, el primer libro del joven Federico en 1918.

Si su vida en la capital comenzó en una casa ahora convertida en hotel, también llega a su fin en otro hotel, el Reina Cristina, en la calle Ángulo, que en 1936 fue la residencia de la familia Rosales.

Preocupado por cómo las detenciones y los fusilamientos a republicanos eran constantes en este año, en el que un poco más tarde estallará la Guerra Civil española, decidió refugiarse en casa de unos amigos, aunque de corte político distinto al suyo.

Pero nadie pudo impedir que el 16 de agosto de 1936 Federico García Lorca fuera detenido por una tropilla. Poco se sabe qué hizo el genio durante el tiempo de su arresto ni dónde fue enterrado, tras su fusilamiento.

El fotógrafo del pentagrama bastardo

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Sonny Stitt, inmortalizado por el objetivo de Herman Leonard
Sonny Stitt, inmortalizado por el objetivo de Herman Leonard

El fotógrafo estadounidense Herman Leonard es autor de inolvidables retratos de astros del jazz como Billie Holiday, Charlie Parker, Louis Armstrong, Frank Sinatra o Miles Davis. Leonard, que se hizo famoso por sus legendarias fotografías en blanco y negro tomadas entre bambalinas, está considerado uno de los principales cronistas del panorama del jazz de mediados del siglo pasado. Sus estilizadas instantáneas presentan salas oscuras, relucientes micrófonos y mucho humo de cigarros.

La carrera del artista comenzó en los años 40. Entre 1948 y 1956 fotografió el mundo del jazz en Nueva York, y luego se mudó a París.

En 1985 se publicó su libro “The Eye of Jazz” en Francia, al que siguieron varios más. En los ’80 se instaló en Nueva Orleans, y el huracán “Katrina” destrozó en 2005 más de ocho mil de sus históricas fotografías. No obstante, antes ya se había ocupado de poner a buen recaudo los negativos.

Leonard se une a la partida de otro de los grandes fotógrafos americanos del jazz, William Claxton, muerto en 2008 y cuyas imágenes poblaron portadas de discos con sesiones que hoy se pueden adquirir además en publicaciones de la editorial Taschen.

Hijo de unos inmigrantes judíos de origen rumano, Leonard nació en Allentown, Pensilvania, en 1923. El pequeño Herman, con 12 años, queda fascinado con la fotografía cuando su hermano mayor le regala su primera cámara. Empeñado en convertirse en fotógrafo, se matricula en la Universidad de Ohio, la única que ofrece un grado en fotografía.

Durante la II Guerra Mundial es llamado a filas, pero no ejerce como fotógrafo porque en el examen de selección falla la composición de un revelador. Terminada la contienda, Leonard trabaja durante un año con uno de los mejores retratistas de su época, el canadiense Yousuf Karsh. Además de la técnica fotográfica y de trucos para manejar al retratado, el aprendiz se lleva del veterano, como único pago a todo ese año, un consejo que lleva a la práctica hasta el extremo: “Retrata la verdad, pero siempre desde la belleza”.

Y belleza es lo que saca del mundo del jazz, donde entra de lleno a partir de 1948 en los locales de Nueva York. Para poder escuchar y fotografiar gratis a las estrellas intercambia sus fotos con los dueños de los locales, que las usan para anunciar actuaciones. Por el objetivo de su cámara Speed Graphic pasan Milles Davis, Charlie Parker, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Dizzy Gillespie o Billie Holiday.

Las fotos de Leonard transmiten la esencia de los clubes de jazz, llenos de humo, de público y de la emoción del directo. Consigue captar el ambiente trasladando las luces estroboscópicas de su estudio a los locales y colocándolas en el mismo sitio desde donde se ilumina la escena. “Solo quería sentirme cerca de esa música. No tenía idea de que me iba a convertir en parte de su historia”, diría años más tarde en su libro Tras la escena: la fotografía de Herman Leonard. “La obra de Herman es música para mis ojos”, decía de sus fotos el músico Quincy Jones, “consiguió escribir la Biblia de la fotografía del jazz”.

El jazz le abre las puertas a otros mundos. En 1954 acompaña como fotógrafo personal a Marlon Brando en un viaje por Hawai, Bali, Filipinas y Tailandia.El sello musical Barclay Record lo contrata como fotógrafo oficial en 1956, con lo que traslada su estudio a París, sede de la empresa. Además de corresponsal en Europa de Playboy y los retratos a sus amigos del jazz en el mítico club St. Germain, Leonard trabaja para revistas como Elle o para modistas como Yves Saint Laurent, Chanel o Balenciaga.

También le llueven reportajes por todo el mundo, que le llevan a Afganistán, Etiopía o India. En 1980, cansado de la frenética vida del fotógrafo de éxito, decide retirarse a Ibiza con su familia. Siete años dura la aventura balear, hasta que agota sus ahorros y empieza a agobiarse por la presencia del turismo. Para impulsar su carrera, se ve obligado a los 65 años a financiar en Londres una exposición sobre sus retratos del jazz, un éxito de ventas y público.

Tras una breve etapa en San Francisco, el fotógrafo solo puede recalar en una ciudad: Nueva Orleans. “Nunca me he sentido tan a gusto dentro de mi propia piel como en esa ciudad”, dirá de la ciudad que suena a jazz. Allí sigue fotografiando a los mejores músicos del momento. Solo el huracán Katrina en 2005 hace que el fotógrafo se despegue de la ciudad, a la que volvió como protagonista de un documental, Saving Jazz. Una vez le preguntaron a Milles Davis por él. “¿Herman? ¡El mejor!”, contestó.

La dudosa amabilidad del cínico solitario

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Las referencias culturales, de carácter musical en su gran mayoría, destacan a lo largo de todo el cómic
Las referencias culturales, de carácter musical en su gran mayoría, destacan a lo largo de todo el cómic

Individuo malcarado y pasota, Raúl es el difícil protagonista de “No seas amable conmigo”, un cómic de Daniel Serrano y Josep Casanovas que reflexiona sobre el miedo a no cumplir las expectativas, ya sean propias o ajenas. “Raúl teme no estar a la altura. Es demasiado estricto con todo el mundo, pero sobretodo con él mismo. Si solo lo fuera con los demás sería una auténtico cretino, y no podríamos dejar de sentir odio hacía él. Creo que eso no ocurre”, detalla Serrano, guionista del tebeo.

La historia nos introduce en el día a día del personaje, un treintañero que pasa las horas en el mostrador de una tienda de discos. “Conocemos su forma peculiar de relacionarse con el mundo, o más bien lo que viene a ser su percepción del mundo, quizás algo hostil”, señala el escritor.

El guiño es deliberado por parte de los autores, pero no deja de sorprender la relación entre la historia de Raúl y las peripecias de Rob Fleming, figura principal de la novela de Nick Hornby “Alta fidelidad”.

“Entendemos perfectamente la asociación, y por eso la nombramos. Pero si nuestra historia hubiese transcurrido en cualquier otro lugar, esa conexión no existiría. Lo de Raúl es otra cosa, aunque no lo descubrimos hasta bien adentrada la historia”, advierte Serrano.

El libro deviene en un fresco sobre los jóvenes actuales, incapaces de encontrar su lugar en la sociedad. “Las generaciones anteriores dirán que lo hemos tenido todo demasiado fácil. Ahora empezamos a ver que las cosas están más negras de lo que parecía. Veremos qué piensan los que están por venir”, expone Serrano.

Como ya apuntara Paul Watzlawick en “El arte de amargarse la vida”, el ser humano detenta la mala costumbre de ahogarse en un vaso de agua. Quizás desde otra perspectiva, este planteamiento sobrevuela varias páginas de “No seas amable conmigo” (La Cúpula).

“La vida es amarga, y cuando no lo es demasiado en nuestro caso, pero sí en general, nos sentimos mal por ello, por vivir en un mundo demasiado injusto con casi la mayoría de la gente…”, lamenta el autor, incapaz de terminar la respuesta.

Las referencias culturales, de carácter musical en su gran mayoría, destacan a lo largo de todo el cómic. “Durante mucho tiempo ha servido de válvula de escape a Raúl. Ahora ya ni eso, porque se tortura con la música. Josep y yo sentimos pasión por la música, las portadas, la memorabilia…”, confiesa Serrano.

A modo de interludios oníricos, algunos pasajes están protagonizados por animales como osos y hormigas. “Permite remarcar la sensación de fábula. Somos más conscientes de que son actos un tanto infantiles e inmaduros del personaje. Aunque también entendemos la razón al final de la historia”, explica el guionista.

El discurso narrativo se fundamenta en un mensaje (“Intercepta la simetría”) que se repite periódicamente en las viñetas del libro. “Significa varias cosas: elegir el propio camino, no seguir las pautas o simplemente un consejo a la hora de leer el cómic. La intención es que cada lector lo haga suyo”, afirma Serrano.

Tras debutar como pareja artística en “El invasor microscópico”, “No seas amable conmigo” es el segundo trabajo conjunto de Daniel Serrano y Josep Casanovas. “Es una gozada en todos los sentidos, en el personal, en el artístico…”, proclama el guionista.

Letras en los jardines de la adicción

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En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida
En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida

Si los dibujos y cuadernos de Antonin Artaud hablaran desprenderían un aullido de dolor, un lamento de sufrimiento y zozobra que fue lo que condujo la vida de este genio maldito, enfermo y loco.

Poeta, actor, dramaturgo y dibujante, Antonin Artaud (Marsella, 1896-Ivry, 1948) recorrió un periodo del siglo XX convulso y frenético. Con sus primeros poemas sedujo a los surrealistas. liderados por André Breton, pero al poco tiempo los abandonó y comenzó su carrera de actor y, al no tener el reconocimiento deseado, se dedicó a la estudio teórico del teatro.

Considerado por los críticos franceses como el “padre de la nueva escena”, en 1938 aparece una recopilación de sus ensayos bajo el título “El teatro y su doble” -obra mítica junto a “Para acabar con el juicio de Dios”-, que incluye el texto “El teatro y la crueldad”, donde escribe “En el punto de desgaste a que ha llegado nuestra sensibilidad, lo cierto es que tenemos necesidad ante todo de un teatro que nos despierte: nervios y corazón”.

De familia de clase media, enfermo desde niño y tratado por psiquiatras, Artaud siempre fue un rebelde al que sus padres no sabían cómo tratar.

Tras vivir varios meses en México con los indios tarahumanos, experiencia de la que saldría “Los Tarahumaras”, permaneció una etapa de diez años en un sanatorio psiquiátrico por sus obsesiones y delirios.

Desde joven los médicos le recomendaron el uso del opio y otras drogas para mitigar su dolor, una adicción que marcaría toda su vida.

Fue un periodo muy duro, en plena ocupación nazi, con un tratamiento arcaico a enfermos en instituciones que apenas habían evolucionado desde la Edad Media.

Pero en 1943, a petición de su familia, el doctor Gaston Ferdière, director del hospital psiquiátrico de Rodez (Averyon), amigo de los surrealistas y un médico culto, pionero en las terapias artísticas, consiguió que le trasladaran a un psiquiátrico de Rodez, en una zona no ocupada.

En esa época los electroshock se mezclaron en la vida de este creador y seductor, de intensos ojos azules, con el dibujo, la pintura, los textos de inspiración mística y su interés por San Juan de la Cruz, la Cábala, Eckhart, la Biblia o Baudelaire.

Estos dibujos, hechos en su mayoría en el psiquiátrico de Rodez, con los papeles que le daba el doctor Ferdière, los hacia de pie, y entre ellos destacan sus propias retratos (“hechos sin espejo”) con un rostro envejecido, escuálido de mirada perdida y torturada.

“Mis dibujos nos son dibujos sino documentos, hay que mirarlos y comprender lo que hay dentro”, escribió.

Abrumado, o infecciosamente lúcido, Antonin Artaud  pasó en los sanatorios una buena parte de su vida. De ellos dijo: «El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales». En su Carta a los directores de manicomios, el artista, sometido a terapias electroconvulsivas, sostenía que la concepción de la realidad de aquellos llamados «locos» era tan legítima como la de cualquier otro.

Tanto su reinvención del lenguaje como su crítica a la institución psiquiátrica, que sólo tenía sobre los pacientes «la superioridad que da la fuerza», calaron en los artistas de la posguerra. ¿Qué es en realidad el lenguaje y cómo Artaud trató de trascender sus límites? ¿Acaso no se pueden inventar nuevos códigos que transmitan con la misma efectividad, o incluso más, el contenido de un mensaje?

Artaud fue un pensador radical, vanguardista, que propuso las ideas de lo que llamó el Teatro de la Crueldad, que impactara profundamente en el espectador hasta hacerlo salir de la complaciente pasividad ante el teatro de entretenimiento. Junto a ello ponía como ejemplo el teatro balinés -asistió fascinado a dos representaciones en 1922 y 1931-, basado exclusivamente en la fisicidad y el simbolismo, opuesto a los excesos del diálogo en el teatro burgués occidental. Los textos reunidos en El teatro y su doble (publicado en 1938) siguen siendo una lectura intensa y reveladora, no sólo para los amantes de este género.

Vertiginoso Hitchcock

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En Vértigo, Hitchcock presenta una historia de suspenso que roza al terror y convence al espectador, al principio de la película, de que su protagonista está en realidad poseída. El director logra engañar a Scottie, el otro protagonista, tanto como al espectador
En Vértigo, Hitchcock presenta una historia de suspenso que roza al terror y convence al espectador, al principio de la película, de que su protagonista está en realidad poseída. El director logra engañar a Scottie, el otro protagonista, tanto como al espectador

La muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados. Considerada una de las mejores películas de la historia del cine, “Vértigo” de Alfred Hitchcock nunca pasa de moda. Aunque en un principio las críticas fueron un tanto dispares, la película ha sido coronada como una de las grandes obras maestras.

Considerada una de las mejores películas del mago del suspense, su estreno mundial tuvo lugar en 1958 en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y consiguió dos nominaciones en los Oscars -eso sí, ‘menores’- gracias a una temática que combina el suspense con una historia de amor fou.

Aunque se quedó sólo a las puertas de las codiciadas estatuillas de Hollywood, Hitchcock sí se llevó la ‘Concha de Plata al mejor director’ del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, mientras que su protagonista, James Stewart, se hizo con la del mejor actor en el mismo certamen.

Y poco más. Las críticas en su momento fueron mixtas: aunque reconocían la maestría del director británico a la hora de escenificar esa torturada historia de amor y muerte, los expertos -o supuestos expertos- no supieron identificar a la que, con los años, sería reconocida como una de las grandes películas de la historia del cine.

Sólo sería en la década de los 60, y tras el pleno reconocimiento que recibió de los cineastas de la nouvelle vague francesa -una de cuyas expresiones es el magnífico libro de Truffaut en la que revisa la obra de Hitchcock- cuando empezó a aparecer en todos los rankings de los cinéfilos.

Inadvertida para el gran público

Sin embargo, y pese a su ascenso a los ‘altares’ del celuloide, “Vértigo”, a diferencia de otros hitos de la historia del cine como Ciudadano Kane o Centauros del Desierto, ha pasado más inadvertido para el gran público.

Quizás debido a que la historia de un policía torturado y con problemas sexuales enamorado de una muerta era demasiado avant la lettre para el público estadounidense de las décadas de los 50 ó 60.

Su imparable escalada en todos los rankings de grandes películas -hasta llegar a situarse en el puesto número 9 según AFI- habla de que esta película, adelantada a su tiempo, ya ha empezado a ser reconocida como lo que es: un auténtico muestrario de los peores monstruos que el amor es capaz de crear y, sobre todo, un álbum preciosista que recoge la iconografía del psicoanálisis y de una especie de surrealismo light, de clara vocación romántica, muy en boga en esa época.

Un paseo por el amor y la muerte

Desde su singular código de colores -verde para el recuerdo como fuente originaria del amor, rojo para la pasión y el deseo-, hasta su simbología -la torre Coit de San Francisco como símbolo fálico por excelencia, la secuencia de los sueños, la acrofobia que sufre el protagonista…-, “Vértigo” es un alucinante paseo por el amor y la muerte y, de nuevo, el amor y la muerte. O bien una canción de amor a una mujer doblemente imposible: por muerta y por ficticia.

Todo ello hace de Vértigo la expresión máxima del cine como creación de una realidad total, envolvente y fascinante; llena de significados entre líneas.

Una doble lectura

Valga como ejemplo la primera vez que el detective John ‘Scottie’ Ferguson -encarnado por James Stewart- contempla a la misteriosa Madeleine -que luego será Judy y que fue representado por Kim Novak- lo hace en un restaurante con paredes rojas que en Vista Visión, el estridente sistema en el que fuera filmada la película, configura una tramoya alucinante en la que ella se pasea, éterea y vestida de verde:

Y es que todo tiene una doble lectura en la película más personal, posiblemente, de Alfred Hitchcock. El ‘mago del suspense’, tras comprar los derechos de la novela francesa de Boileau y Narcejac, se empeñó obsesivamente en adaptarla a su propio imaginario. Tanto que llegó a controlar hasta la posición en la que se disponía el objeto más nimio en cada una de las escenas.

A fin de cuentas, “Vértigo” sugiere una ficción que parece extraída del propio director: un hombre insólito, con enfermizas fantasías sentimentales y sexuales -y si no que le pregunten a Tippi Hedren, protagonista de un par de películas suyas que no sabía cómo librarse del acoso psicológico de su descubridor-, y que era capaz de ‘crear’ mujeres de hechizante belleza y torturado y excitante pasado donde sólo había vulgaridad de starlette.

La tremenda disyuntiva del autor

No sólo eso, para el bueno de Hitch, esta historia de amor, la madre de todas ellas, posiblemente, ponía en evidencia la tremenda disyuntiva de todo artista de calibre como él: la tortura de vivir enamorado de un imposible o la realidad torturante de una vida doméstica.

Quizás por eso, en el desenlace alternativo que sólo se emitió fuera de Estados Unidos y que finalmente sería suprimido, mostraba como final de la película una escena doméstica entre la sosa y común ‘Midge’/Barbara Bel Geddes y un Stewart en estado de shock. Lo único que le queda, tras volver a perder por segunda vez a Madeleine/Judy, es la horripilante vida conyugal.

Además, “Vértigo”, además de ser la gran obra del grandísimo, genial y macabro Hitchcock -posiblemente el que mejor ha entendido qué es el cine: una gran mentira en la que todo es técnica y casi nada sentimiento- permanece como referente a la hora de crear una atmósfera: nunca una banda sonora ha tenido tanta capacidad de subrayar una obra maestra -obra del grandísimo genio Bernard Herrmann- y nunca los algo más de dos minutos que duran unos títulos de crédito han tenido tanta entidad y han sabido quedar arraigados en la iconografía de los expertos -gracias otro genio, esta vez Saul Bass-:

Una de las grandes secuencias de la historia

Posiblemente por eso, la gran secuencia de la historia del cine, junto con el tremendo plano secuencia de “Sed de Mal”, o a la grúa que se alza sobre muertos y heridos en la estación de Atlanta de “Lo Que el Viento se Llevó”, sea ese larguísimo beso sobre un fondo verde que se dan James Stewart y Kim Novak tras haber acabado de transformar el uno a la otra en la reencarnación de aquella mujer que tanto amó y después perdió.

Ese travelling circular resume la maravilla que es Vértigo: el morbo necrofílico del detective que besa a su amada, muerta y reencarnada en una dependienta, a la que ha arreglado como si fuera aquella dama de la alta sociedad de San Francisco que se suicidara a mitad de metraje.

La muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados, cumplen años con pedigrí. Y lo seguirán haciendo. Disfrútenlo.

Héroes anónimos e inspiradores

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Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y planteó dos temas cruciales, que se complementan visualmente y tienen un significado conjunto: el violento ataque del pueblo de Madrid a las tropas de Murat en la mañana del 2 de mayo y la consiguiente represalia del ejército francés.
Goya pintó solamente dos cuadros con los hechos del 2 de mayo de 1808 y planteó dos temas cruciales, que se complementan visualmente y tienen un significado conjunto: el violento ataque del pueblo de Madrid a las tropas de Murat en la mañana del 2 de mayo y la consiguiente represalia del ejército francés

Francisco de Goya, con sus pinceles, legó para la historia el ejemplo de los héroes anónimos que el 2 de mayo (Carga de los Mamelucos) y el 3 de mayo de 1808 (Fusilamientos de Príncipe Pío), protagonizaron dos momentos claves de la historia contemporánea que han inspirado a Germán Díez para armar un relato.

El resultado es una novela, “¡Los reyes nos han vendido!” (M.A.R.) en la que Germán Díez Barrio (Buenavista de Valdavia, Palencia, 1952) se pregunta: “¿quién hace la historia? ¿Los que aparecen en grandes letras con títulos y honores o los héroes anónimos que hicieron posible ese brillo con su sacrificio?”.

Este escritor, profesor de instituto jubilado y con una amplia trayectoria dedicada a la literatura infantil y juvenil, ha respondido a esas preguntas en forma de novela con un personaje central, el ‘hombre de la camisa blanca’, que destaca en el lienzo de Goya con su indumentaria, el rostro oscurecido y los brazos en cruz antes de recibir la descarga de fusilería del invasor francés.

“Los héroes tienen que ser los que no tienen nombre, eso es lo que realmente me interesa, en este caso los que se levantaron en Madrid contra Napoleón”, algunos de los cuales han roto el anonimato con nombres como el de la adolescente costurera Manuela Malasaña, explica el autor.

Al igual que hizo Galdós en sus Episodios Nacionales con la figura de Gabriel de Araceli, Germán Díez se ha servido del ‘hombre de la camisa blanca’ y del ‘cojo de la Puerta del Sol’ para recrear los sucesos previos al inicio de la Guerra de la Independencia (1808-1812), derivada de la actitud de Carlos IV y Fernando VII, “de lo más negado que ha tenido la historia de España”, subraya.

“Fueron unos inútiles totales y por culpa de ellos Madrid vivió el 2 y 3 de mayo de 1808 los días más aciagos”, insiste este escritor que centra buena parte de su imaginario literario en el Siglo de Oro, “de una grandeza literaria y social”.

A la manera cervantina, Díez Barrio también desliza buena parte de su mensaje a través de las conversaciones mantenidas entre el cojo y el de la camisa blanca, “unos diálogos cargados de ironía y humor dentro de la tristeza y desolación del momento”, como expresión del momento que atravesaba el país.

“¡Qué tristeza para un país no tener a nadie en quien creer! ¡Era tanta la necesidad de tener un rey estable!”, se lamenta el hombre de la camisa y pantalón amarillo horas antes de ser prendido tras atacar con una navaja a un soldado francés y de rendir su vida en el promontorio de Príncipe Pío.

Doscientos años y más después, los restos de los fusilados descansan en el mismo lugar donde pasaron a la historia, en el denominado Cementerio de los Patriotas, sin señalizar y promocionar apenas, junto a una ermita cerca de las gemelas de San Antonio de la Florida, cerca del Manzanares y de la Quinta del Sordo desde la que Goya vio o se imaginó ese cuadro.

Díez, especializado también en gastronomía y tradiciones populares, reivindica a estos innominados “que representan al pueblo como protagonista verdadero de la historia”, en este caso con su levantamiento contra el tirano de Europa, similar al que después se propagó en diversos lugares de España durante una guerra que ha dejado batallas de renombre (Moclín, Bailén, Arapiles y Vitoria, entre otras).

“Me gusta mucho la historia, disfruto con ella especialmente la del Siglo de Oro, que no tiene fondo, aunque me cuesta el doble de esfuerzo por la documentación y la búsqueda de una forma diferente de contarla, de otra manera, no lineal”, resume el escritor.