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Jaque al cazatesoros

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Con guión y dirección de Agustí Mezquida, el filme documenta que fue en Valencia donde se gestó la aparición en el juego de la poderosa dama, pieza que antes los árabes denominaban "visir", con menos valor que la reina, una denominación que probablemente se debió al creciente poder de las soberanas en la época renacentista
Con guión y dirección de Agustí Mezquida, el filme documenta que fue en Valencia donde se gestó la aparición en el juego de la poderosa dama, pieza que antes los árabes denominaban “visir”, con menos valor que la reina, una denominación que probablemente se debió al creciente poder de las soberanas en la época renacentista

Una investigación sobre la vida del ajedrecista Francesch Vicent en la Valencia del siglo XV y la búsqueda de un incunable escrito por él son el hilo conductor del documental “La Dama del Ajedrez”, que constata cómo se fraguaron en España las modernas normas que revolucionaron al rey de los juegos.

Con guion y dirección de Agustí Mezquida, el filme documenta que fue en Valencia donde se gestó la aparición en el juego de la poderosa dama, pieza que antes los árabes denominaban “visir”, con menos valor que la reina, una denominación que probablemente se debió al creciente poder de las soberanas en la época renacentista.

El documental hace un detallado recorrido por la historia y evolución del ajedrez, surgido del antiguo juego indio del chaturanga, adoptado después por los persas y llevado a Europa por los árabes.

Mezquida resalta que, a finales del siglo XV, la ciudad de Valencia vivía un momento de esplendor económico y cultural, y entre la elite intelectual, en gran parte de origen judío, se consolidará un ajedrez con unas nuevas normas que daban mayor agilidad a la lenta y reposada forma de jugar anterior, que se utilizaba incluso como ritual de cortejo entre la nobleza.

Es en el poema alegórico “Scachs d’Amor”, datado en 1475 y obra de tres autores valencianos, donde por primera vez se menciona la aparición de la dama en el juego, con lo que quedaría descartado que esta pieza se inspirara en la figura de la reina Isabel la Católica.

Mezquida considera que la aparición de la dama “podría estar más relacionada con María de Castilla, consorte de Alfonso el Magnánimo, aunque la especialista Marilyn Yalom, de la Universidad de Stanford, estima que probablemente esta pieza no surge de una sola figura, sino del hecho de que, desde hacía un par de siglos, las reinas tenían un protagonismo en la gobernanza del que antes carecían”.

Veinte años más tarde, en 1495, el erudito judío valenciano Francesch Vicent recopila estas normas y publica el considerado primer tratado del ajedrez moderno bajo el título “Llibre dels jochs partitis dels scachs en nombre de 100”, considerado el “santo grial” de los libros dedicados al juego.

El edicto de expulsión de los judíos de los Reyes Católicos obligó probablemente a Vicent a dejar la Península y, así, existen evidencias de se refugió en los Estados Pontificios bajo la protección de la Familia Borgia.

Diversos testimonios escritos e investigaciones como las del especialista José Antonio Garzón sitúan a Francesch Vicent como maestro de ajedrez de Lucrecia Borgia, y localizan parte de su obra reproducida en manuscritos hallados en Perugia y Cesena (Italia), o en el libro atribuido a un portugués, Pedro Damiano, tal vez un seudónimo, publicado en Roma en 1512.

Agustí Mezquida apunta que “durante años se pensó que el ajedrez moderno había nacido en Italia por el libro de Damiano, del que se hacen muchas ediciones, y porque es desde Italia donde se expande por todo el mundo”, si bien ahora los expertos reconocen su origen valenciano.

La última parte del documental se centra en la búsqueda del rastro del incunable de Vicent, del que solo se conservaba un ejemplar en la biblioteca del monasterio de Montserrat, que desapareció en 1811 tras el asalto y saqueo de la abadía por las tropas napoleónicas, aunque probablemente fue salvado de las llamas por los monjes.

La pista del libro se recupera en Barcelona hacia 1913, fecha en la que “se acredita una venta a un misterioso coleccionista americano por parte del librero Salvador Babra, según relata el también librero Antoni Palau en un libro de memorias, además de conservarse cartas en las que se documenta la existencia del ejemplar”, relata Mezquida.

Ante la sospecha de que el reservado comprador fuera el coleccionista americano de libros de ajedrez John G. White, Mezquida se traslada hasta la Biblioteca Pública de Cleveland, donde se conserva el legado del bibliófilo, pero sus responsables aseguran que nunca han llegado a tener el libro de Vicent, por lo que su paradero sigue siendo una incógnita.

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El vanguardista obsesivo y compulsivo

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 El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal
“Dadme dos páginas cualesquiera de la Biblia y con ellas haré una película”, decía Cecil B. DeMille, el tiránico cineasta que en el Hollywood primerizo levantó faraónicas superproducciones como “Los diez mandamientos” y fundó la estatuilla más famosa de todos los tiempos: el Oscar.

Manipulador mojigato; voyeur bíblico; megalómano del cine; poseía una estrambótica colección de libros pornográficos, y tenía una fijación enfermiza por los tobillos y los pies de las mujeres.

En el apogeo de la censura norteamericana, utilizó los relatos sagrados para mostrar mujeres de pechos desbordados, hombres bien dotados, diálogos lascivos, escenas lujuriosas, orgías, crímenes y lenguajes descarnados, a pesar del severo “Código Hays”.

Cecil B. DeMille mezcló la religiosidad con el mercantilismo de sus mastodónticas películas, con miles de extras, efectos especiales nunca vistos, escenarios monumentales y una voracidad pantagruélica por las ganancias ante todo.

Según él, los norteamericanos solo sentían atracción por el sexo y el dinero; temas que explotó en las 70 películas que dirigió desde que en 1913 produjera The Squaw Man o El prófugo , considerado el primer largometraje del cine. El término squaw –derivado de la lengua indígena algonquina– se usa de manera peyorativa, racista y sexista para referirse a las mujeres nativas en Estados Unidos.

Sus biógrafos lo consideran el inventor de la narrativa cinematográfica y creador del primer estilo fílmico, que por primera vez logró transformar al espectador en cómplice de lo que sucedía en la pantalla.

El público identifica a DeMille con las cintas que suelen proyectarse en Semana Santa: Los diez mandamientos; Sansón y Dalila; Cleopatra; El signo de la cruz; Rey de reyes; o su obra magna: El espectáculo más grande del mundo , que le mereció el Óscar a mejor filme en 1953.

Los dueños de los Estudios Paramount consideraban que los filmes bíblicos eran un pésimo negocio y, por eso, no querían financiar Sansón y Dalila; pero Cecil los convenció al enseñarles las provocativas fotos de Víctor Mature y Hedy Lamarr, actriz de origen checo que había realizado –en 1932– un desnudo y un orgasmo en la película Éxtasis .

DeMille pidió a la actriz que, en la primera escena de Sansón y Dalila , apareciera sentada en un muro, pero con las piernas abiertas, lo cual encendió a los espectadores y engatusó a los censores de la Liga de la Decencia con el cuento de que era una escena del Antiguo Testamento.

Algo similar ocurrió con Los diez mandamientos. Los productores querían a la ingenua de Audrey Hepburn para el papel de Nefertari, esposa el faraón Ramsés. DeMille se opuso porque consideró a Hepburn muy enclenque y prefirió a la exuberante y carnal Anne Baxter, que, a su vez, heredó el rol de Sephora –esposa de Moisés– a la extraordinaria Yvonne De Carlo.

Su versión del Signo de la cruz, de 1932, está plagada de orgías, sadismo y otras acrobacias sexuales; Claudette Colbert –como la malvada Popea– destila erotismo y se baña en leche mientras el emperador Nerón –interpretado por Charles Laughton– la devora con los ojos.

Ese interés por las imágenes sensuales también está presente en Rey de reyes , de 1927, que arranca con una sensual y cortesana María Magdalena, asediada por los hombres.

Aún así, DeMille siempre se mantuvo a la vanguardia cinematográfica y, en 1922, con su película Manslaughter, filmó el primer beso del cine entre dos lesbianas. El Código Hays permitía ósculos entre parejas heterosexuales, pero únicamente en posición vertical. Vale recordar que el filme Don Juan, de 1926, contiene 191 besos: uno cada 53 segundos.

Vida épica

El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal, y probó suerte como actor y escritor de varias obras representadas en el Madison Square Theater, en la ciudad de Nueva York.

DeMille nació el 12 de agosto de 1881, en Massachusetts y cuando Henry murió, su madre Matilda fundó una escuela para niñas y más tarde una agencia teatral, con la cual mantuvo al pequeño Cecil y a su hermano William.

La formación del futuro cineasta comenzó en un Colegio Militar; más tarde estudió en una Academia de Arte Dramático, que lo llevó a interpretar su primera obra en 1900: Hearts are Trumps.

Durante un tiempo integró una compañía itinerante y así conoció a su esposa Constance Adams, con la cual estuvo casado hasta su muerte el 21 de enero de 1959. La pareja tuvo una hija biológica, Cecilia, pero adoptó tres niños más: Katherine, Richard y John.

El espíritu emprendedor de Cecile lo encaminó hacia otros negocios. Uno de ellos fue la Mercury Aviation, primera aerolínea comercial en transportar pasajeros con itinerario en 1919. También fue director del Banco de Italia, nombre original del Banco de América, y de ahí se vinculó con la financiación de la industria cinematográfica, reseñó Scott Eyman en La vida épica de Cecil B. DeMille.

Con Jesee L. Lasky y Samuel Goldwyn, fundó la empresa The Lasky, que años después se convertiría en la Paramount Pictures, con la cual filmaría El signo de la cruz, su primer mazazo en la taquilla.

Fuera del cine fue director y anfitrión, de 1936 a 1944, del programa Lux Radio Theater, que adaptó a la radiodifusión películas populares, con la asistencia de reconocidas artistas y luminarias de Hollywood. Todo iba de maravilla hasta que se peleó con la Federación de Artistas de Radio y el programa se suspendió.

Sus problemas con el gremio artístico llegaron al punto más álgido cuando algunos colegas lo acusaron de soplón y de redactar una lista negra para el Comité de Actividades Antiamericanas, del senador Joseph McCarthy.

Cecil transformó la manera en que se producía el cine en Hollywood y murió con las botas puestas. Durante la filmación de Los diez mandamientos sufrió un ataque cardíaco en unas locaciones en Egipto, pero se recobró apenas para finalizar lo que sería su última película.

Estrenada en 1956 contó con un reparto de ensueño; 12.000 extras, 15.000 animales, rodada en Egipto y el Monte Sinaí, usó casi millón y medio de litros de agua para la escena del Mar Rojo; un guion tan ágil que los espectadores apenas notan las cuatro horas de duración del filme.

Marcado por el deseo

Más que un cineasta parecía un faraón, con poderes omnímodos y un despliegue de grandeza propio de un emperador del celuloide. En La vida secreta de los grandes directores se describe su fetichismo. Su oficina parecía el palacio de Odín; tenía el piso tapizado con pieles de oso polar, donde retozaba como un lobezno mientras un criado tocaba el violín. Adondequiera que iba lo acompañaba un sirviente filipino con un taburete a cuestas para que el director tuviera donde asentar sus augustas posaderas.

Quienes caían en su gracia podían ser invitados a una cabaña íntima, donde unas sugerentes mujeres bailaban la danza de los siete velos al ritmo del bolero de Ravel, para después saciar los apetitos de la mesa y de la cama.

No obstante, la obsesión que roía sus entrañas eran los pies y los tobillos de las mujeres, al punto que la actriz Bebe Daniels –una de sus amantes– reveló que DeMille se limitaba a lamerle el calcañar (o talón), mientras se autocomplacía. Esa pasión surgió, según algunos, después de que leyó que la artista Julia Faye presumía de tener “los pies y tobillos más hermosos de Estados Unidos”.

Una vez, Paulette Goddard, irrumpió en la oficina de Cecil y puso sus pies desnudos sobre el escritorio para que DeMille los catara y obtener así un papel en el filme Policía montada de Canadá.

Más allá de esos fetichismos era un marido maravilloso, y Claudette Colbert le echó los perros sin éxito cuando filmó El signo de la cruz. “Le amé profundamente. Debo confesar que por más que me insinué, por más situaciones que puse para comprometerle, nunca conseguí nada. ¡Estaba demasiado enamorado de su esposa! ¡Fue una lástima!”

Las mujeres lo adoraban por su nobleza, educación, ternura y elegancia. Filmar bajo sus órdenes era más importante que la paga o el trabajo mismo.

“Tenía el encanto del hombre maduro y del niño que todos los hombres llevan tras de sí. Hizo que me sintiera orgullosa de tener 29 años y ser como soy” recordó Gloria Grahame. Para Gloria Swanson, actuar en las obras de Cecil fue lo más gratificante de su carrera.

Actores como Charlton Heston o Yul Brynner lo consideraban un maestro, un confidente, un amigo y un padre que rescató lo mejor de sus personalidades, y les permitió interpretar sus papeles con absoluta libertad.

La actriz Hedy Lamarr dijo: “Nadie como él para extraer todo el erotismo que había en mí, y para hacer que Dalila fuera el mismo demonio. Estaba pendiente hasta de los más mínimos detalles sobre mi vestuario, si veía un pliegue que no le convencía de mi túnica, repetía la escena hasta estar convencido de que su caída era perfecta. Jamás conocí a alguien como Cecil, era único”.

El director Cecil B. DeMille creó el mito de las luminarias y las estrellas con sus desbordantes películas, hizo del cine el espectáculo más grande del mundo e inventó Hollywood.

Un diluvio de belleza

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A finales de la década de los cincuenta era difícil no ver la escultural y aristocrática figura de Dorian Leigh ocupando la portada de las grandes revistas del mundo de la moda, como Vogue. Era algo más que una cover girl, fue toda una inspiración
A finales de la década de los cincuenta era difícil no ver la escultural y aristocrática figura de Dorian Leigh ocupando la portada de las grandes revistas del mundo de la moda, como Vogue. Era algo más que una cover girl, fue toda una inspiración

El rostro de Dorian Leigh, que desfiló para todas las casas de alta costura desde los años 40 hasta principios de los años 60 del pasado siglo, se popularizó en los 50 con campañas publicitarias de la firma de cosméticos Revlon, como Fire and Ice y Cherries in the Snow, con fotos tomadas por el célebre fotógrafo Richard Avedon. Nacida el 23 de abril de 1917 en San Antonio (Texas, EEUU), la pionera del fenómeno de las grandes top model, que más tarde protagonizarían Linda Evangelista, Carla Bruni, Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Twiggy u otras, presumía de una aristocrática imagen que apareció también en las portadas de las revistas de moda más importantes del mundo, como en Vogue, cuya primera página copó siete veces sólo en 1946, Harper’s Bazaar, McCall’s y Look

Dorian Leigh tenía nombre de criatura de Oscar Wilde, aunque jamás pactara con el maleficio de la belleza eterna. Guapa, alta, estilizada, flaquísima sin aspavientos, deslumbró con su físico de gacela carnívora en las portadas de moda de los años 40. Más aún, ejerció como la primera gran supermodelo muchos años antes de que tal categoría fuese alumbrada.

Leigh arrebataba a la cámara con el erotismo a reacción de una criatura no coartada por convenciones. De sonrisa para fuera parecía cerebral, casi aristocrática, sin duda amable, pero todos los que la conocieron, y los millones que la admiraron y supieron de ella por las revistas, sabían que había algo más, un secreto no revelado y definitivo para explicar su embrujo.

“Tenía muchos estrógenos, como algunos hombres están llenos de testosterona”, según la modelo Carmen Dell’Orefice. Ese algo más, ese plus dulce y morboso, engatusó la imaginación de la gente como respuesta fina al sexo abierto de las pin ups, aquellas muchachas que amenizaban a golpe de muslo los relojes de la noche americana.

Leigh había nacido con el nombre de Dorian Parker. Con el tiempo, cambió su apellido por el de Leigh. Lo que importa es que renunciaba a su identidad previa para labrarse un camino de mujer biónica e imposible, y para eso necesitaba sacudirse la vieja identidad y modelar una nueva. Antes de ser descubierta como modelo, prosiguen los cronistas americanos, Leigh hizo de todo, desde estudiar cálculo hasta trabajar en la industria aeronáutica.

Al fin, a la edad de 27 años, Harry Conover, agente de numerosas guapas, la envió a Harper’s Bazaar. Deslumbrados, los fotógrafos de la publicación pronto la convirtieron en su musa, y así el cuento de la cenicienta proletaria alcanza ya el éxtasis de los diamantes, las cenas y los rumores por medio mundo, de la Costa Azul a San Francisco. Leigh fue fotografiada por los mejores retratistas de todos los tiempos, como Richard Avedon, Cecil Beaton o Irving Penn.

Dorian Leigh fotografiada por Suzy Parker
Dorian Leigh fotografiada por Suzy Parker

Coleccionista de maridos (cinco, incluido Alfonso Cabeza de Vaca, marqués de Portago), dicen que Truman Capote, amigo personal, la usó de modelo para crear a la protagonista de Desayuno en Tiffany’s. Como recuerda Douglas Martin en su pieza del ‘Times’, Gerald Clarke, autor de la monumental y definitiva biografía del escritor, dudaba de que eso fuera cierto. Según Clark, la mitad de las mujeres que conocieron a Capote afirmaban ser la inspiración de su risueña, volcánica y adorable criatura.

Más extraño hubiera sido que alguien solicitara el parentesco con la actriz principal de Mojave, con sus líos crepusculares, un matrimonio asexual y un futuro de cortinones, servidumbre y asco. Sea como fuere, Leigh fue durante más de un lustro la modelo más cotizada y retratada del planeta, y su rostro se transformó en metáfora o símbolo de la hermosura inalcanzable y el refinamiento absoluto.

Para Leigh hubo vida después de la pasarela. Abrió diversos negocios, de agencias de modelos a restaurantes. También escribió libros de cocina, siempre bien recibidos, movida quizá por el inconfesable deseo de comer sin tapujos que su profesión le había estropeado. Su hermana pequeña, Suzy, también fue modelo, es posible que incluso más famosa que ella.

La breve ascensión de la gata dominicana

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María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood
María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood

La dominicana María Montez (1912-1951) pasó a la posteridad como una de las más bellas y famosas actrices de su época, pero todo en su vida no fue éxito y felicidad, también hubo sufrimiento y dolor, según revela el escritor Pablo Clase en su libro “María Montez: Mujer y Estrella”.

Montez tuvo que soportar un verdadero “drama interior” al no poder alcanzar una meta que se había fijado en su vida artística, “lo que le generaba amargura e insatisfacción”, explica el autor del libro.

La diva caribeña alcanzó el éxito en Europa solo con la película “El mercader de Venecia “pero todo lo que la hizo famosa en Hollywood no pasó de ser mediocre”, y sin embargo “el público la adoraba porque era carismática”, dice.

La ‘Reina del Tecnicolor’ triunfó en Hollywood a pesar de no tener formación ni experiencia en materia cinematográfica.

“Tenía un físico exótico y aparte de eso siempre tenía a flor de labio frases ingeniosas que encantaban a los periodistas y eran destacadas en los titulares de los periódicos. Ella fue su propia promotora”, asegura el autor del libro, reeditado para la ocasión.

La biografía de la artista, cuya primera edición data de 1985 resalta también su gran espiritualidad. “Ella era muy devota de San Antonio, pero también un poco supersticiosa y amiga de visitar astrólogos”.

Esa era “la otra cara de María Montez”, una mujer muy diferente en público y en su vida privada, donde siempre fue discreta y nunca se vio envuelta en escándalos. “No tenía amantes ni nada de eso. Era una simple mujer de su hogar, que cuidaba a su niña y que nunca se separó de sus hermanas”, agrega.

Sin embargo, Clase admite que su condición de estrella era artificial y no duró más allá de cinco o diez años. Su máximo esplendor duró el tiempo que el mercado estadounidense la necesitó, entre 1942 y 1947.

Después su fulgor comenzó a apagarse y se fue de los Estados Unidos al no poder renovar su contrato cinematográfico, aunque “ella estaba convencida de que podía seguir adelante como actriz; de que había mucha María Montez por delante”, comenta el autor.

En todo caso, su país le brindó el máximo reconocimiento, y hasta recibió del entonces presidente Rafael Trujillo la Orden del Mérito de Juan Pablo Duarte y un pergamino entregado por su hija Flor de Oro.

El pueblo la idolatró y a su muerte se decretó duelo nacional y se guardó un minuto de silencio en las salas donde se proyectaban sus películas.

“Ninguna actriz dominicana logró la fama que ella logró”, aunque su figura “después quedó un poco en el olvido” y ahora recibe nuevos reconocimientos, indica Clase.

La figura de María Montez ha sido objeto también de otros muchos estudios y biografías, como la de Margarita Vicens, una de las principales conocedoras de esta artista, de la que Clase señala que, como allegada a su familia “quiere que quede muy bien el personaje”, mientras que él intenta “ser un poco más crítico”.

Con esta reedición sale a la luz “un trabajo que estaba olvidado”, según el biógrafo, corrector de estilo del periódico Listín Diario y autor también de la biografía de Porfirio Rubirosa y de otras cincuenta figuras dominicanas, como el diseñador Óscar de la Renta, los expresidentes Juan Bosch y Joaquín Balaguer, el jugador de béisbol Juan Marichal y otros. Jesús Sanchis

Silueta terroríficamente sensual

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Karen Black se convirtió en una de las grandes musas del Nuevo Cine Americano participando en films tan míticos como 'Easy Rider' (Dennis Hopper, 1967), 'Mi vida es mi vida' (Bob Rafelson, 1970), por la que obtuvo su única nominación al Oscar como secundaria, 'El Gran Duelo' (Lamont Johnson, 1971), 'El Gran Gatsby' (Jack Clayton, 1974), 'Nashville' (Robert Altman, 1975), 'Como plaga de langosta' (John Schlesinger, 1975) y 'Capricornio Uno' (Peter Hyams, 1977), entre otros muchos
Karen Black se convirtió en una de las grandes musas del Nuevo Cine Americano participando en films tan míticos como ‘Easy Rider’ (Dennis Hopper, 1969Karen Black), ‘Mi vida es mi vida’ (Bob Rafelson, 1970), por la que obtuvo su única nominación al Oscar como secundaria, ‘El Gran Duelo’ (Lamont Johnson, 1971), ‘El Gran Gatsby’ (Jack Clayton, 1974), ‘Nashville’ (Robert Altman, 1975), ‘Como plaga de langosta’ (John Schlesinger, 1975) y ‘Capricornio Uno’ (Peter Hyams, 1977), entre otros muchos

Belleza morena y enigmática, actriz de títulos significativos del nuevo cine estadounidense de los setenta como «Five Easy Pieces», de Bob Rafelson, o «Nashville», de Robert Altman, y última actriz fetiche de Hitchcock en «La trama», Karen Black fue la musa de la contracultura de los 60, la heroína del cine comercial de los 70 y el ídolo kitsch del cine de terror de los últimos años, cantante de country candidata a un Grammy cuando Robert Altman se lo pidió para Nashville o el nombre de esa banda de glam punk que decidió llamarse The Voluptuous Horror of Karen Black en su honor.

Actriz cultivada en el Actor’s Studio de Lee Strasberg o por siempre recordada como la azafata que salva el día en Aeropuerto 1975. Black hizo de todo y todo lo hizo bien, incluso cuando los papeles eran malos.

Nacida el 1 de julio de 1939 en Park Ridge (Illinois, Estados Unidos) y formada en la legendaria escuela de interpretación de Lee Strasberg, Karen Blanche Ziegler, su verdadero nombre, había enfocado su formación a los teatros de Broadway, donde debutó en 1966 con «The Playroom», pero pronto fue descubierta por los estudios de Hollywood.

La actriz hizo su primera aparición en un título tan clave como «Easy Rider», de Dennis Hopper, y allí conoció a Jack Nicholson, que se convirtió en su compañero en la cinta de su consagración. «Five Easy Pieces», de Bob Rafelson, le reportó su única nominación al Óscar en la categoría de mejor actriz secundaria y por la que ganó un Globo de Oro.

Con sangre checa y noruega, especializada en mujeres de vida disipada o trasfondo conflictivo y de una sensualidad felina pero frágil, Black tuvo en los setenta los mejores años de su carrera, pues participó en «The Great Gatsby» (1974) y sedujo al ya casi octogenario Alfred Hitchcock para el canto de cisne del maestro del suspense: «Family Plot» («La trama») (1976).

Pese a su cabello moreno, Hitch no pudo evitar adjudicarle en algunas secuencias, fiel a sus obsesiones, una peluca rubia en su papel de ladrona de diamantes.

Después de una filmografía poco destacable durante los ochenta y los noventa -con honrosas excepciones como «Come Back to the Five and Dime, Jimmy Dean, Jimmy Dean», de Robert Altman (con quien ya había trabajado en «Nasville»)-, Karen Black cayó en el olvido del gran público aunque nunca dejó de trabajar.

Además de talento, Black siempre tuvo ese aspecto diferente a las demás. Una sonrisa amplia de labios carnosos (antes incluso de que estuvieran de moda) y unos ojos demasiado juntos y profundamente oscuros mucho antes de que Amy Winehouse hubiera nacido. Como añadió Fonda, la actriz tenía “una monstruosa belleza”. Fonda, al igual que Dennis Hopper y Jack Nicholson fueron cruciales en la carrera de Black, quien saltó a la fama como reina de la contracultura gracias a ese viaje de LSD que protagonizó en Easy Rider. Más tarde volvería a repetir con Nicholson en el papel que la acercaría al Oscar, cuando consiguió una candidatura como mejor actriz secundaria por su papel en Mi vida es mi vida. En ella interpretó a esa camarera de pocas luces pero perdidamente enamorada de Nicholson. Un trabajo para el que Bob Rafelson no quería contratarla por considerarla demasiado lista para el papel. Alfred Hitchcock también admiró su talento cuando trabajó con ella en el que sería el último filme del maestro del suspense, La trama. De hecho los juegos de palabras que se trajeron actriz y director llevaron a la primera a regalarle un diccionario a Hitchcock, un volumen que tituló “DictionHarry”.

En la pantalla Black fue camarera, puta, asesina, ladrona, transexual o lo que le pidiera el papel siempre con la misma convicción. Así dio tantos bandazos como el cine de su época, ese que se movió entre el cine contracultural o las grandes películas de masas tipo Aeropuerto 1975. La actriz nacida en Park Ridge (Illinois, EEUU) y que adoptó como nombre artístico el apellido de casada de su primer matrimonio también interpretó a Myrtle Wilson en la versión de El Gran Gatsby de 1974, junto a Robert Redford y Mia Farrow, y fue la joven buscando fama en Como plaga de langosta.

Musa del terror

También musa del terror gracias a la serie de televisión «Trilogy of Terror» -llegó a dar nombre a la banda de glam-punk The Voluptuous Horror of Karen Black-, una de sus últimas apariciones notables en el cine fue, precisamente, en este género, con «House of 1.000 Corpses», de Rob Zombie, en la que asumía un rol digno del «grand guignol» y la serie B.

Black se casó en cuatro ocasiones (con Charles Black, del que tomó el apellido; con el actor Robert Burton, el guionista L.M.Kit Carson y su viudo, Stephen Eckelberry) y tuvo un hijo biológico, Hunter, y una hija adoptada, Céline.

La Bauhaus permanece, Moholy prevalece

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Lucía Moholy además de fotógrafa fue historiadora y escritora y, por permanecer a la sombra de László Moholy-Nagy, con quien se casó en 1921, no ha sido reconocida hasta las últimas décadas
Lucía Moholy además de fotógrafa fue historiadora y escritora y, por permanecer a la sombra de László Moholy-Nagy, con quien se casó en 1921, no ha sido reconocida hasta las últimas décadas

El espíritu de la Bauhaus vive a través de la mirada y el objetivo de Lucia Moholy, una fotógrafa modernista, audaz y de gran talento, que usó las sombras y los contraste para componer imágenes complejas y de cierta tensión.

El trabajo de esta artista ha sido esencial para conocer la filosofía y la estética propia de un movimiento artístico crucial. Moholy nació en Praga en 1894 y aunque en 1915 comenzó ya a jugar con la fotografía, no se dedicó por completo a ella hasta 1923, cuando se incorporó a la Bauhaus junto a su marido, Lászlo Moholy-Nagy.

Él lo hizo para dirigir el taller de metal y ella se dedicó voluntariamente a documentar el día a día de la escuela de arte, diseño y arquitectura fundada por Walter Gropius, que no tenía la fotografía entre sus disciplinas.

Utilizó una cámara de 18 x 24 centímetros y negativos de cristal para plasmar esa actividad a lo largo de cinco años, hasta 1928 en que abandona Dessau con su esposo y el matrimonio Groipius para trasladarse a Berlín, aunque siguió colaborando con otros miembros de la escuela.

Moholy, que en Alemania había trabajado como escritora y editora, ayudó a Gropius a editar “La nueva arquitectura y la Bauhaus”, un libro con abundancia de imágenes, de las cuales más de cincuenta eran de ella.

Autora fundamentalmente de retratos, edificios y objetos no firmó las fotografías que hizo de los prototipos y objetos diseñados por Gropius, Anni Albers, Marianne Brandt y Kandinsky, entre otros miembros de la Bauhaus.

En sus obras se descubre la audacia y el talento que poseía Moholy a la hora de retratar edificios, personas y objetos. Consigue una síntesis y belleza exquisita. No deja indiferente.

Moholy comenzó su carrera en Alemania como editora, pero tras casarse con el artista húngaro László Moholy en 1921, colabora en trabajos teóricos y experimentos fotográficos creando imágenes que hoy se consideran pioneras.

Cuando László Moholy-Nagy se incorporó como profesor a la Bauhaus en 1923, Lucia Moholy se dedicó a documentar los estudios, talleres, objetos, diseños y artistas de la Bauhaus. Walter Gropius, director de la escuela, reconoció la valía de Moholy y utilizó su trabajo para promover la filosofía y estética de la Bahaus.

Sobre fondos anodinos, ofrece fabulosos retratos que dan muchísima información del personaje con ángulos inusuales y otros tratamientos poco convencionales para su tiempo.

Cuando se estudia su trabajo se descubren personas de gran talento, como Anni Albers, la mujer más importante del textil en la escuela alemana.

Moholy fue artista, historiadora y escritora, una gran intelectual que durante quince años hizo más de 600 negativos de la Bauhaus, material que sirvió para alumbrar 14 libros de la escuela.

Esta fotógrafa siempre trabajaba con luz natural y los días que amanecía nublados con el fin de que se aprecien los detalles y la gama cromática de blancos, grises y negros, analiza la fotografía como herramienta de reproducir la realizad y también para producir arte. Y a la hora de componer, también buscaba que se viera la singularidad del objeto. No solo buscaba reproducirlo.

Con su marido, del que se separó en 1929, aunque siguieron colaborando, firmó un artículo en 1922 en el que reflexionaban sobre la doble función de la fotografía, como medio de expresión artística (produktion) y como herramienta para reproducir la realidad (reproduktion).

Moholy solo hizo 580 fotografías entre 1923 y 1938, algunas de ellas ya en Londres, de intelectuales y aristócratas, como el de “Emma, condesa de Oxford y Aquith”, que cuelga en las paredes de San Telmo.

Junto a retratos de artistas como Anni Albers, Theo Van Doesburg y Franz Roh, entre otros, la artista captó los objetos que salieron de la Bauhaus, así como imágenes del interior y exterior del edificio que la escuela tenía en Dessau, y que la inestabilidad política alemana llevó al cierre en 1933.

No realizó apenas fotografías de corte documental, algunas en Yugoslavia, con las que, tiempo después, se reivindica el papel desempeñado por esta mujer, que pudo recuperar parte de su legado tras un largo proceso legal a principios de los años 60.

A pesar de su talento, por diversas razones, Moholy no obtuvo el reconocimiento que su modernidad merecía y por el que luchó hasta su muerte en Zurich en 1989.

Arte más allá de la arruga

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Geta Bratescu no fue tomada en serio en el ámbito internacional hasta que cumplió 90 años. La anciana apenas sale de su casa de Bucarest, donde desde hace más de medio siglo produce una ingente cantidad de arte
Geta Bratescu no fue tomada en serio en el ámbito internacional hasta que cumplió 90 años. La anciana apenas sale de su casa de Bucarest, donde desde hace más de medio siglo produce una ingente cantidad de arte

¿Se puede empezar a despuntar con 100 años? ¿Se puede hacer carrera siendo centenario? En el mundo del arte es cada vez más habitual que galerías y museos descubran talentos de avanzada edad que cosechan sus primeros éxitos internacionales décadas después de jubilarse.

La artista cubano-estadounidense Carmen Herrera, a sus 102, constituye un claro ejemplo. Esta pintora es considerada una pionera del expresionismo abstracto en Estados Unidos. Herrera es seguramente la artista más longeva que permanece en activo, pero no es la única. En la documenta de Kassel y en la Biennale de Venecia, los críticos también se rindieron a los pies de la rumana Geta Bratescu, de 91 años.

A sus 78 años, el artista conceptual alemán Franz Erhard Walther figura en el mundillo como uno de los más jóvenes, casi como una promesa. En la Biennale veneciana su “trabajo radical” le hizo merecedor del León de Oro al mejor artista.

La lista no termina ahí. En la actualidad, en la ciudad de Siegen, en el centro-oeste de Alemania, se expone una retrospectiva con más de 200 obras de la artista Takako Saito, de 88 años.

Los ancianos definen de forma decisiva el discurso del arte actual. Con Herrera y Bratescu se transmite además el mensaje de que, como mujeres, fueron durante décadas ignoradas tanto por la historia del arte como por el mercado.

Herrera vendió su primer cuadro cuando contaba con 89 años. Sus composiciones geométrico-abstractas en colores llamativos no eran menos vanguardistas que las que pintaban otros colegas hombres como Josef Albers o Piet Mondrian, con quienes ya participó en exposiciones colectivas tras la Segunda Guerra Mundial.

“Museos e instituciones están tratando de dar una nueva mirada de la historia del arte”, asegura Katia Baudin, directora del Museo de Arte Krefeld, que en el pasado ya comisarió muestras de Herrera.

En los últimos años la perspectiva femenina ha centrado buena parte de las atenciones. “Se quiere mostrar que las obras hechas por mujeres tenían la misma calidad y estaban en las mismas redes que las de los hombres”, agrega Baudin.

Pero, ¿por qué tienen actualmente tanto éxito los artistas de edad avanzada? “Quien es artista no desempeña un trabajo de nueve de la mañana a cinco de la tarde en el que se puede retirar a los 65 años. Quien es artista lo es de por vida”, explica.

Walther, que se alzó con el preciado León de Oro en Venecia, nunca antes había sido invitado al prestigioso certamen. “El es un artista de verdad, cuya obra es indiscutible”, declara la catedrática de Historia del Arte Ulli Seegers, quien recuerda que para muchos artistas jóvenes Walther constituye un modelo a seguir.

La calidad y la obra de los “bisabuelos artistas” también llama la atención del jurado de premios prestigiosos como el británico Turner, donde recientemente nominaron a artistas que, de largo, superaban los 50 años.

Juerg Judin, galerista berlinés, entiende que detrás de esta tendencia de artistas ancianos se esconde también el mero interés comercial. “El empuje que hay detrás del redescubrimiento de un artista es el del mercado del arte, no el de un museo”, opina.

En su opinión, Carmen Herrera fue relanzada de forma “deliberada” hace algunos años. “En el mundo del arte, la mayor parte de los redescubrimientos espectaculares que se dieron en los últimos años llevan la firma del mercado. Los galeristas se han dado cuenta de que ‘reeditar’ a un artista es más fácil y menos arriesgado que lanzar un artista joven”, sostiene Judin.

Los artistas veteranos parten con la ventaja de que ya tienen un valor y un pequeño lugar en la historia del arte. “Se trata solo de darles un poco de brillo”, precisa el berlinés.

Geta Bratescu no fue tomada en serio en el ámbito internacional hasta que cumplió 90 años. La anciana apenas sale de su casa de Bucarest, donde desde hace más de medio siglo produce una ingente cantidad de arte.

También otros artistas germanos como Günther Uecker, de 87 años, o Heinz Mack, de 86, trabajan a diario en sus talleres. Preguntado por cuál es el secreto para seguir siendo creativo en la tercera edad, el gerontólogo Andreas Kruse aporta una explicación científica.

“Los mayores tiene hoy, de media, una mejor educación, buena salud, una gran independencia y tienen a su alcance un gran número de medicinas. Todos estos son motivos importantes para que la creatividad se pueda seguir desarrollando”, concluye.