Curiosidades

El lado sombrío del amoroso Dickens

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Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary
Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary

El escritor inglés Charles Dickens fue conciencia del coste humano que tuvo la Revolución Industrial en la Inglaterra victoriana. En las librerías españolas puede encontrarse ‘Dickens enamorado’, un inédito con las cartas de amor a María Beadnell, su primer y oculto amor.

‘Dickens enamorado’ está pergeñado por la editorial Fórcola, en edición de Amelia Pérez de Villar. Según el crítico Harold Blomm, el autor inglés poseía un talento desbordante para crear personajes memorables, al igual que Shakespeare.

‘David Copperfield’, ‘Oliver Twist’, ‘Tiempos difíciles’, ‘Los papeles del club Pickwick’, ‘Grandes esperanzas’ o ‘La pequeña Dorrit’ son algunos de los grandes títulos de Dickens, uno de los creadores de la novela moderna, espejo del Londres con humos de chimeneas y manchas de betún, de niños tiznados de hollín, hambrientos y maltratados.

Dickens y Beadnell

El ‘Dickens enamorado’ tiene su origen en la correspondencia entre Charles Dickens y María Beadnell. Unas cartas reunidas en un libro que George Baker, catedrático de Literatura inglesa de Oxford, editó en 1908 para la Sociedad Bibliófila de Boston y que el editor de Fórcola, Javier Jiménez, rastreador del epistolario de Dickens, adquirió para traducirlo ahora al español.

Su amor siempre permaneció en penumbra; primero por la familia de ella que censuraba la relación, después por el amigo y biógrafo de Dickens, John Forster, y hasta por el propio autor a pesar de la importancia que dio a este amor, primero de juventud, y luego de relación epistolar cuando ambos ya estaban casados.

A pesar de que no hay una autobiografía del gran escritor, el propio Dickens confiesa a María en una de las cartas que recoge este libro: “Hace algunos años (justo antes de ‘David Copperfield’) comencé a escribir mi biografía, con la pretensión de que alguien encontrara el manuscrito entre mis papeles cuando el tema de su objeto llegase a término”. “Pero -continúa- a medida que me acercaba a esa parte de mi vida [la historia de amor de ambos] me faltó valor y prendí fuego a lo que quedaba”.

Una pira que se produjo en 1860, como recuerda la experta y traductora encargada de la edición del libro Amelia Pérez de Villar, quien explica que por ello se conservan muy pocas cartas de Dickens.

El Dickens más desconocido

El libro recoge en su mayoría misivas entre 1830 y 1833. Una historia que parece que aquí acaba, ya que los Beadnell enviaron a María a París para que olvidara al joven entonces periodista y aprendiz de escritor porque no era ni banquero ni hacendado.

Pero esta relación tiene una segunda etapa, 23 años después, con el periodo de cartas más interesantes, y ya con un Dickens casado, con nueve hijos y convertido en un escritor consagrado. Una relación que se desarrolló a lo largo de unos meses de 1855. Durante este año tuvieron un encuentro con sus respectivos cónyuges, y la decepción de Dickens fue tal que parece que la que fuera su amor de juventud le inspiró después el personaje de Flora, la gorda, glotona, y parlanchina de ‘La pequeña Dorrit’.

“He querido enfocar el libro -explica la editora- como el Dickens menos conocido, el de su faceta amorosa, y no solo con María, sino con otras mujeres, incluso con las hermanas de su mujer, Catherine Thompson Hogarth, con las que tuvo una relación intensa, pero sin sexo y sin amor”.

“El escritor inglés era un hombre muy serio, muy especial, cuyas relaciones estuvieron marcadas también por la que tuvo con su madre, algo ambigua porque el nunca olvidó que fue ella quien quiso que trabajara en una fábrica de betún para ayudar a la familia y que fue su padre quien le retiró para que siguiera estudiando”, concluye Pérez de Villar.

Amor canallesco

Por otro lado, el periodista David Ruiz se hace eco del lado sombrío del autor inglés en sus relaciones afectivas. “Charles Dickens y su esposa Catherine Thompson Hogarth tuvieron 10 hijos (y 20 embarazos) en 22 años de matrimonio. Pero su relación no fue ni sencilla ni apacible. El amor terminó, quizás después del nacimiento de su hija Kate, en el cuarto año de casados. Y la convivencia se acabó volviendo imposible, con el escritor intentando recluir a su mujer en un manicomio”.

Ruiz recuerda que “el novelista trataba a su esposa con mucha rudeza, además de insultarla en presencia de los niños, los empleados o incluso ante algunos invitados. Dickens, además, habría tenido varias relaciones extramatrimoniales, incluida una con la actriz Ellen Ternan e incluso otra con la hermana de Catherine, Georgina, antes de separarse de su esposa en 1858”.

La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise
La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise

Ruiz contactó para su investigación con John Bowen, especialista en literatura inglesa de la Universidad de York. ”Los biógrafos y los eruditos han sabido durante años lo mal que se comportó Dickens (durante su matrimonio), pero ahora parece que incluso trató de forzar la ley para encerrar a la madre de sus hijos en un manicomio, a pesar de su evidente cordura”, explica el profesor Bowen.

Bowen, que también es presidente del Dickens Fellowship, ha tenido acceso a 98 cartas que se guardaban en la Universidad de Harvard y a las que nunca se había prestado demasiada atención. En ellas ha encontrado nuevos detalles de la problemática relación entre los cónyuges, que incluyó el intento fallido de Dickens de aislar a su esposa en un centro para enfermos mentales.

Un médico descubrió que no había pruebas que indicaran que Catherine Thompson sufriera ningún tipo de trastorno mental, con lo que descartó su internamiento. “Lo que descubrí fue a la vez detallado y sorprendente. Creo que es un hallazgo muy importante y, que yo sepa, fui el primer académico en transcribir y analizar estas cartas”, señala Bowen.

La historia aparece relatada en una misiva que Edward Dutton Cook, vecino de Catherine en Camden, en el norte de Londres, el lugar a donde se fue a vivir tras su separación de Dickens, envió al periodista William Moy Thomas. Cook, que ya era amigo del hijo mayor del novelista, labró juntó a su esposa Lynda una estrecha amistad con la exesposa del autor de autor de grandes obras de la literatura universal como Oliver Twist, David Copperfield, Cuento de Navidad o Grandes Esperanzas.

“La mayoría de los relatos de la ruptura del matrimonio provienen del lado de él. Ahora escuchamos qué pasó desde el punto de vista de su mujer. Ya sabíamos que Dickens la había acusado de padecer un ‘trastorno mental’, pero ahora sabemos que en realidad intentó que la pusieran en un manicomio, aunque estaba completamente sana”, añade Bowen.

Edward Dutton Cook dejó frases lapidarias en su carta. Afirmaciones que dejaban en muy mal lugar a Charles Dickens como persona. “En mi opinión – escribió Cook-, estaba loco o era un sinvergüenza” en el momento de la separación. El profesor Bowen considera que esta “es una historia muy triste. Dickens era un buen hombre en muchos sentidos, pero durante la ruptura con su mujer se comportó de manera vergonzosa”.

Fue la propia Catherine Thompson la que, en su lecho de muerte, le contó a Cook como se había comportado su marido 20 años antes, cuando conoció a la joven actriz Ellen Ternan y decidió romper su largo matrimonio. La revelación crucial sale en una carta de enero de 1879. La exesposa de Dickens estaba muy enferma y se inyectaba morfina dos veces al día para reducir su dolor.

Cook relata: “Al final descubrió que ella ya no le gustaba. Había tenido diez hijos y había perdido parte de su buena apariencia física, de hecho estaba envejeciendo. ¡Incluso trató de encerrarla en un manicomio, pobre! Pero por mala que sea la ley con respecto a las pruebas de la locura, él no pudo conseguir su propósito“.

Las cartas estudiadas también permitieron descubrir al médico que muy probablemente se enfrentó a Dickens. Fue el doctor Thomas Harrington Tuke, que ejerció de superintendente del Manor House Asylum de Chiswick entre 1849 y 1888. Tuke y el escritor se conocían bien, ya que habían intercambiado varias cartas e incluso fue invitado al bautizo de su hijo.

Tras determinar que Catherine no sufría ninguna enfermedad mental, la amistad entre ambos hombres se enfrió y, ya en 1864, Charles Dickens consideraba que era “un desgraciado” y un “médico burro”. “Algo había sucedido que provocó que Tuke fuera vilipendiado de esa manera. Parece probable que fuera su negativa a ayudar en el complot contra Catherine”, concluye Bowen.

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Las claves del arte de las vísceras

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Modelo de cabeza, cuello y parte superior del tórax de una mujer adulta analizada en el estudio. Cuando las donaciones de cadáveres a las facultades de Medicina para que los estudiantes hicieran prácticas de anatomía eran escasas, se empezaron a utilizar a partir del siglo XIX esculturas hiperrealistas de cera sobre una parte ósea real
Modelo de cabeza, cuello y parte superior del tórax de una mujer adulta analizada en el estudio. Cuando las donaciones de cadáveres a las facultades de Medicina para que los estudiantes hicieran prácticas de anatomía eran escasas, se empezaron a utilizar a partir del siglo XIX esculturas hiperrealistas de cera sobre una parte ósea real

En los siglos pasados, cuando no existían tantas donaciones de cadáveres a las facultades de Medicina y tampoco estaban avanzadas las técnicas de conservación, los estudiantes de Medicina realizaban escasas prácticas reales de anatomía, es decir, de disección de cadáveres. Sin embargo, los profesores contaban con esculturas hiperrealistas, elaboradas principalmente con cera, que les permitían mostrar a sus alumnos la estructura y la disposición de las distintas partes del cuerpo humano.

El Museo Anatómico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid (UVa) cuenta con la colección más amplia de España de piezas de estas características procedentes del taller parisino Vasseur-Tramond, unas tallas elaboradas a partir de una técnica denominada ceroplástica, con la que se trataba de reproducir de la forma más fielmente posible una disección real, con el objetivo de que perdurase en el tiempo.

“El origen de estas imitaciones de cera del cuerpo humano se encuentra en la época del Renacimiento (siglo XV), principalmente en Italia, aunque no fue hasta el siglo siguiente cuando el interés por la Anatomía llevó a los artesanos a construir modelos anatómicos humanos, de animales y de plantas”, detalla Juan Francisco Pastor, director del Museo de Anatomía de la UVa, quien añade que la ceroplástica alcanzó su apogeo en el siglo XVIII en Italia. Ya a mediados del siglo XIX, París se convirtió en el principal centro de fabricación.

Talleres como el de Vasseur-Tramond comenzaron a vender estas ceras a facultades de Medicina y escuelas de cirugía europeas alrededor de 1880. En el caso de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid, fue el ilustre Salvino Sierra, director del Instituto Anatómico Sierra –germen del actual Museo de Anatomía–, quien adquirió a principios del siglo XX la colección completa, de la cual hoy se conservan unas 114 piezas.

“Se han perdido bastantes piezas y otras están muy deterioradas, porque se han utilizado mucho en la enseñanza. No obstante, hoy el valor artístico de estas piezas supera al didáctico, y por ello estamos restaurándolas poco a poco, ya que su recuperación es muy costosa”, señala el profesor Pastor.

El “misterio” de los métodos utilizados

Pero, ¿qué métodos utilizaban los artesanos para construir estas piezas hiperrealistas? Cada escultor tenía sus propias técnicas, que guardaba bajo un estricto secreto profesional, por lo que no existe documentación al respecto.

“Sabemos que intervenían, por un lado, el anatómico que realizaba la disección y, por otro, el escultor anatómico, pero cada uno tenía su propia forma de hacerlo y por ello existía un gran secretismo. Lo que conocemos es que tenían que trabajar apresuradamente, ya que no existían los métodos de conservación actuales y los cadáveres no tardaban en descomponerse, de modo que extraían unos moldes y, sobre una parte ósea real, empezaban a aplicar la cera”, apunta Pastor

El director del Museo de Anatomía de la UVa, junto con otros investigadores del departamento de Anatomía y Radiología de la Universidad de Valladolid, del Servicio de Radiodiagnóstico del Hospital Clínico Universitario y de la Universidad de las Artes de Londres (Reino Unido), ha logrado desvelar por primera vez algunos de los métodos y materiales utilizados en estos modelos anatómicos.

En un estudio publicado en la revista Journal of Anatomy, los investigadores han analizado una de las piezas más valiosas del Museo de Anatomía de la UVa, en concreto un modelo de cabeza, cuello y parte superior del tórax de una mujer adulta, mediante tomografía computarizada multicorte (TCMC) –que permite realizar una reconstrucción tridimensional de la pieza y llevar a cabo diversas medidas, como la densidad de los tejidos– y rayos X por medio de microscopía electrónica de barrido ambiental.

El trabajo desvela que la arteria carótida y sus ramas tenían una densidad uniformemente alta, compatible con la utilización de algún elemento metálico en su composición. Gracias a la microscopía, los investigadores determinaron que se trataba de sulfuro de mercurio mezclado con alguna sustancia orgánica, posiblemente grasa.

“Fue toda una sorpresa. El anatómico y el artesano inyectaron este compuesto directamente en los vasos sanguíneos del cuerpo diseccionado. Después esperaron a que se solidificara para realizar cortes en varios puntos y sumergir el árbol vascular en un líquido corrosivo para eliminar los restos de la arteria original y que solo quedara el interior, que se transportaba a la pieza de cera”, detalla el profesor Pastor.

Los científicos analizaron además otros aspectos de la pieza, como el pelo, también natural, así como los soportes y dispositivos utilizados para sujetar las distintas capas del modelo. Una información que contribuirá sin duda a la restauración y conservación de estas pequeñas obras de arte.

Polluelos: a más caca, más defensas

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Las crías de aves producen heces encapsuladas en una cobertura mucosa
Las crías de aves producen heces encapsuladas en una cobertura mucosa

El mundo animal sigue normas estrictas para sortear fuentes de contaminación y posibles peligros, como la depredación. En el caso de las aves, retiran los excrementos de sus crías a diario para conservar la higiene del nido.

Un estudio demuestra que la presencia de heces en los nidos atrae insectos y provoca la activación del sistema inmunitario de las crías, lo que proporciona importantes pistas sobre el porqué de este hábito sanitario.

Hasta ahora, en la ornitología –la rama de la zoología dedicada al estudio de las aves– predominaba la hipótesis de que la eliminación de los excrementos se producía para evitar la atracción de organismos parásitos. Sin embargo, esta nueva investigación lo refuta.

“Nuestro estudio pone de manifiesto que la atracción de parásitos no parece ser la causa que ha favorecido la evolución de este comportamiento, a pesar de asumirse como tal tradicionalmente”, declara a Sinc Juan Diego Ibáñez-Álamo, autor principal del estudio e investigador en la Estación Biológica de Doñana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y en la Universidad de Groninga (Países Bajos).

Respuesta del sistema inmune

Los científicos utilizaron tres experimentos diferentes con trampas de insectos, nidos artificiales y nidos reales de mirlos para observar la atracción que los excrementos producían en los parásitos.

Aunque las predicciones apuntaban que se encontraría una mayor cantidad de parásitos si había heces, “los sacos fecales no atrajeron a un mayor número parásitos”, afirma el investigador.

El sistema inmunitario de las crías se vio afectado por la presencia de las heces, concretamente, la proporción de heterófilos con respecto a los linfocitos –células sanguíneas que luchan frente a agentes perjudiciales como parásitos–, que es un indicador fisiológico de la respuesta al estrés en aves. “Esta proporción en las crías que vivían cerca de los sacos fecales fue significativamente más alta que la de aquellos que no tenían heces a su alrededor”, declaran los autores.

Los científicos encontraron además un incremento en la atracción de moscas y una reducción en los ácaros debido a los excrementos de las crías. Los autores apuntan la capacidad de las moscas como vectores para transmitir microorganismos perjudiciales como una de las causas que provocaría la activación del sistema inmune.

Las crías de aves producen heces encapsuladas en una cobertura mucosa. Esta singular estructura, que un estudio previo demostró que posee una función de aislante bacteriano, podría también ser la responsable de evitar la atracción de parásitos. “Es posible que la mucosa actúe como una barrera para impedir que se propaguen las pistas químicas que podrían usar los parásitos para localizar a los pollos”, declara Ibáñez-Álamo.

“Los resultados de nuestra investigación parecen indicar que los microorganismos podrían estar jugando un papel muy importante en relación con la limpieza del nido de las aves”, añade el investigador.

No obstante, los autores consideran que este hábito parental es resultado de varios factores: “No podemos descartar que el comportamiento de los padres pueda ser alterado por la existencia de heces cerca del nido”, declaran. Incluso la depredación podría ser otra causa determinante para este comportamiento.

Una princesa pacifista contra Hitler

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Noor siempre fue educada en los valores pacifistas, pero la situación en Europa le revolvía el estómago, así que decidió tomar cartas en el asunto y apuntarse en la WAAF, la sección femenina del ejército inglés. Fue allí donde aprendió todo lo que pudo y más sobre las comunicaciones por radio
Noor siempre fue educada en los valores pacifistas, pero la situación en Europa le revolvía el estómago, así que decidió tomar cartas en el asunto y apuntarse en la WAAF, la sección femenina del ejército inglés. Fue allí donde aprendió todo lo que pudo y más sobre las comunicaciones por radio

Noor Inayat Khan, la denominada “Princesa Espía” durante la Segunda Guerra Mundial, nació en 1914 en San Petesburgo. Su padre, Inayat Khan, pertenecía a la aristocracia india y era maestro sufí. Conoció a su madre en los Estados Unidos en la época en la que se expandió el sufismo en Norteamérica. Noor se crió en un ambiente familiar culto y armonioso donde la música era una constante, allá donde estuvieran, en Rusia o en Francia. Componía, como su padre, música para piano y arpa.

Noor estudió Psicología Infantil y Música en la Universidad de la Sorbona. Desafortunadamente, la muerte de su padre, cuando Noor tenía solamente 13 años, cambió su forma de vida. Tuvo que hacerse cargo de sus hermanos, ya que la salud de la madre había quedado devastada ante la muerte de su marido. Unos años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo Noor publicó su libro de fábulas budistas para niños ‘Veinte Cuentos Jataka’.

París fue invadido por los nazis, y Noor con su madre y dos hermanos escaparon de Francia en el último barco posible para el Reino Unido. A pesar de haber conseguido huir, Noor y un hermano no se conformaron. Decidieron dar un paso adelante. El hermano se registró en el ejército británico y ella fue reclutada por el SOE gracias a su conocimiento y dominio del inglés y el francés.

El SOE es el Servicio de Operaciones Especiales del MI5 del Reino Unido, durante la Segunda Guerra Mundial fue un departamento activo donde reclutaban mujeres que hablaban perfectamente francés. Su objetivo era boicotear la invasión nazi en Francia desde dentro. A pesar de su voluntad para ayudar, Noor no pasó las pruebas. Su fragilidad física le impidió seguir el intenso entrenamiento al que se sometían tanto hombres como mujeres. Pero también influyó en su comportamiento, su moral y ética, que seguían grabadas fielmente en su espíritu por el sufismo. No lograba sujetar una pistola en la mano y era incapaz de mentir.

Aún así, la enviaron a territorio nazi en un paracaídas y con una maleta que contenía la emisora de radio para enviar mensajes en morse y en clave. El nombre de guerra de Noor en el SOE era Madeleine.

Emprendió esta aventura de espaldas a su madre, que nunca supo la actividad a la que se dedicaba su culta hija hasta el final de su vida. El SOE se encargaba de entregar las cartas de Noor a su familia, de forma que no hubiera ninguna sospecha de que la agente se encontraba en Francia en una misión especial.

El promedio de vida de un agente de la resistencia en territorio nazi era de unas tres semanas. Noor consiguió burlar a la Gestapo durante cuatro meses. Finalmente, la descubrieron, pero no por un error de la princesa, si no por una traición de la hermana de un agente francés que vendió su paradero por dinero.

En los cuatro meses que sobrevivió en Paris, Noor cargaba todos los días con su pesada maleta de 14 kilos de hotel en hotel, de casa en casa. Su camino cambiaba para burlar a los nazis y poder seguir enviando mensajes. Se hizo cada vez más osada e incluso, en una ocasión, emitió información desde un edificio cercano al centro de operaciones de la Gestapo en París.

Tras su captura, los nazis se apoderaron de la radio y continuaron emitiendo mensajes a la SOE con información falsa. Mensajes que pasaron por reales durante meses ya que los británicos pensaron que era Noor quien los enviaba.

Sin embargo, la princesa ya estaba en el campo de concentración de Dachau junto a otras agentes de la resistencia. Fue calificada como prisionera altamente peligrosa, ya que intentó escaparse varias veces, por lo que era aislada de otras prisioneras y esposada.

Testigos de la muerte de estas valientes mujeres, dijeron después de la Segunda Guerra Mundial que la princesa frágil, que no tenía resistencia en la formación militar, se mantuvo firme en silencio mientras la torturaban. Nunca traicionó a los suyos. En 1944, antes de recibir un tiro en la nuca, su última palabra fue: ¡Liberté!

Noor Inayat recibió las medallas post mortem de Francia (Cruix de Guerre) y del Reino Unido (George Cross).

Eunucos de voz fina y larga vida

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Pintura coral de Farinelli (en el centro) junto a varios de sus colaboradores. La única forma de calmar al Rey Felipe V, quien padecía de un grave trastorno bipolar, era escuchar la hipnotizante voz de Carlo Broschi, conocido por el sobrenombre de Farinelli, el más famoso de los cantantes castrati que se popularizaron en las cortes europeas del siglo XVIII. Farinelli acudió invitado para pasar unos meses por la Reina Isabel de Farnesio a la Corte madrileña, y terminó residiendo allí durante casi 25 años. Fue un influyente pero discreto personaje de la España de Felipe V y Fernando VI
Pintura coral de Farinelli (en el centro) junto a varios de sus colaboradores. La única forma de calmar al Rey Felipe V, quien padecía de un grave trastorno bipolar, era escuchar la hipnotizante voz de Carlo Broschi, conocido por el sobrenombre de Farinelli, el más famoso de los cantantes castrati que se popularizaron en las cortes europeas del siglo XVIII. Farinelli acudió invitado para pasar unos meses por la Reina Isabel de Farnesio a la Corte madrileña, y terminó residiendo allí durante casi 25 años. Fue un influyente pero discreto personaje de la España de Felipe V y Fernando VI

Los castrati —en singular, «castrato»— eran hombres capaces de cantar con una tonalidad de voz muy aguda. Tanta, que causaron furor durante el Barroco, época en la que llegaron a convertirse en el equivalente a las actuales estrellas musicales. Sin embargo, la historia que se esconde tras estos hombres con voz de mujer es mucho más triste y oscura.

A diferencia de lo que ocurre con los contratenores actuales, que consiguen su tono de voz de forma natural, ejercitando sólo una parte de sus cuerdas vocales, los castrati, alcanzaban su tesitura mediante una intervención quirúrgica.

Como el propio nombre de estos cantantes indica, esa operación consistía en la amputación de los testículos, con el fin de que no pudiesen producir hormonas sexuales masculinas, responsables de la muda vocal que se opera en la adolescencia. Por ello, la intervención solía realizarse entre los 8 y los 12 años de edad.

Hay que señalar que en sentido estricto, no era una castración de todo el aparato genital. Así, había quienes aseguraban que aquellos castrati que conseguían desarrollar un pene adulto —generalmente por haber sido sometidos a la intervención después de los diez años— eran los mejores amantes del mundo.

El resultado de esa poco ética intervención quirúrgica era una espectacular voz que mezclaba el colorido tímbrico masculino y femenino. Poseía la potencia propia de un hombre y, a la vez, tenía una gran ligereza y capacidad para hacer agudos portentosos como una mujer. Esta voz híbrida era considerada celestial por el público de la época, entre el que causaba furor.

La castración de seres humanos nunca estuvo formalmente permitida, pero se toleraba y generalmente era enmascarada con supuestos accidentes o enfermedades que la justificaban. Con el fin del Barroco y la incorporación de las mujeres a la escena musical, las voces de los castrati desaparecieron de los escenarios, aunque siguieron vivos en los coros eclesiásticos hasta bien entrado el siglo XIX. Alesandro Moreschi, el último castrato conocido falleció en 1922.

En la actualidad, su papel es asumido por los contratenores, que logran agudizar su voz con una técnica depurada, en lugar de recurrir a prácticas aberrantes.

Los castrados son más longevos

Las hormonas sexuales masculinas pueden ser la causa de que los hombres vivan menos que las mujeres, afirma un estudio según el cual los eunucos de la corte imperial coreana eran mucho más longevos que sus congéneres.

Los científicos coreanos Kyung-Jin Min y Cheol-Koo Lee llegaron a esta conclusión tras analizar los archivos genealógicos de la corte imperial de la dinastía Chosun (1392-1910) y comprobar que los eunucos vivían entre 14 y 19 años más que los hombres que no habían sido castrados.

“El descubrimiento aporta una importante pista más para entender por qué hay una diferencia en la expectativa de vida de una mujer y un hombre”, señala el biólogo Kyung, de la Universidad de Inha, uno de los autores del estudio que publica este lunes la revista Current Biology.

Según la Organización Mundial de la Salud, las mujeres viven como término medio de seis a ocho años más que los varones en los países industrializados. En la época analizada en el estudio se guardaban celosamente los árboles genealógicos para demostrar la pertenencia a la nobleza.

Los 81 eunucos estudiados habían perdido sus órganos reproductivos en accidentes como la mordedura de un perro o se habían sometido voluntariamente a la castración para ganar acceso a palacio, donde se les permitía casarse y formar una familia con niños castrados y niñas.

Los eunucos vivieron entre 14 y 19 años más que los demás hombres y tres de ellos alcanzaron e incluso superaron la edad de cien años, por lo que la incidencia de centenarios entre los eunucos coreanos era 130 veces mayor de lo que se da hoy en los países desarrollados, subraya por su parte Cheol, de la Universidad de Corea.

Según este profesor, este hecho no puede explicarse simplemente por la calidad de vida de la que se disfrutaba en el palacio, ya que la mayoría de los eunucos pasaba casi tanto tiempo fuera como dentro de ese recinto.

De hecho, los reyes y varones de la familia real tenían las vidas más cortas y normalmente no pasaban de mediados de los cuarenta, según el estudio. Estos datos brindan algunas claves sobre la longevidad, según ambos científicos, quienes recomiendan a los hombres que para mantenerse saludables y vivir más “se alejen del estrés y aprendan lo que puedan de las mujeres”.

Sanar gracias al gen perezoso

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La proteína NEMURI promueve el descanso en situaciones en las que el sueño es vital
La proteína NEMURI promueve el descanso en situaciones en las que el sueño es vital

El ser humano pasa de media un tercio de su vida durmiendo. Para saber más sobre los factores genéticos involucrados en el sueño, un equipo de investigadores de la Universidad de Pensilvania (EE UU) ha analizado el genoma de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), que tiene similaridades con el de los mamíferos.

En el estudio, publicado en la revista Science, los científicos identificaron un gen, llamado nemuri, que aumenta la necesidad de dormir de estos insectos cuando están enfermos. En concreto, este gen, que codifica una proteína antibacteriana, se activa para combatir a los gérmenes durante una infección. Su sobreexpresión en el cerebro adormece y prolonga el sueño.

“La proteína NEMURI promueve el descanso en situaciones en las que el sueño es vital como cuando estamos enfermos”, señala el experto en neurociencia Hirofumi Toda, autor principal del trabajo.

“Aunque ya se sabía que dormir está estrechamente relacionado con el proceso de curación, nuestro estudio vincula directamente el sueño con el sistema inmunitario y proporciona una posible explicación de cómo aumenta la necesidad de descansar durante una enfermedad”, precisa Amita Sehgal, directora del Programa de Cronobiología de Penn de la Universidad de Pensilvania.

En el año 2000 se secuenció el genoma completo de la mosca de la fruta. Desde entonces, se conoce que más del 70 % de los genes relacionados con enfermedades descritas en humanos tienen correspondencia en el código genético de la Drosophila y un 50 % de las secuencias proteínicas de la mosca tiene análogos en los humanos.

Asimismo, comparten todas las características fundamentales del sueño de los mamíferos. “Este insecto es un gran modelo genético que se utilizan para comprender el sueño humano. En nuestro caso, lo más relevante es que tienen un reloj biológico cirdardiano de 24 horas parecido al de los humanos”, declara a Sinc Sehgal.

En los ensayos, los expertos privaron a las moscas de la muestra de su descanso diario. Al hacerlo, observaron que el gen nemuri se estimulaba y se sobreexpresaba en un conjunto de neuronas situado cerca de una región del cerebro implicada en el sueño. En consecuencia, los animales se volvían más somnolientos. Por el contrario, sin el gen se despertaban con mayor facilidad.

Según los autores del estudio, aunque se han detectado péptidos (moléculas formadas por la unión de varios aminoácidos) similares en ciertos vertebrados, como peces y ranas, aún no se han identificado en mamíferos.

“En la próxima fase de nuestro trabajo, planeamos investigar el mecanismo por el cual nemuri promueve el sueño”, concluyen los investigadores.

Guante blanco, locura y olvido

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Nacido en 1890 en Capellades, Barcelona, fue hijo del dueño de una fábrica de papel expropiada por un banco. Como consecuencia de ello, nuestro protagonista desarrolló una marcada aversión al gremio de los banqueros, a quienes acabaría convirtiendo en sus víctimas predilectas. Antonio era un niño de portentosa inteligencia y sabía también, mejor que nadie, mentir y fabular. Y sobre todo, poseía un carisma fuera de lo normal: era persuasivo, ingenioso y seductor. Tal vez en otra época podría haber liderado una secta, pero en el tiempo que le tocó vivir se propuso sacar partido a sus extraordinarias aptitudes siguiendo un plan individualista.
Nacido en 1890 en Capellades, Barcelona, Lluciá fue hijo del dueño de una fábrica de papel expropiada por un banco. Como consecuencia de ello, nuestro protagonista desarrolló una marcada aversión al gremio de los banqueros, a quienes acabaría convirtiendo en sus víctimas predilectas. Antonio era un niño de portentosa inteligencia y sabía también, mejor que nadie, mentir y fabular. Y sobre todo, poseía un carisma fuera de lo normal: era persuasivo, ingenioso y seductor. Tal vez en otra época podría haber liderado una secta, pero en el tiempo que le tocó vivir se propuso sacar partido a sus extraordinarias aptitudes siguiendo un plan individualista.

El periodista y escritor Sergi Doria se ha inspirado en la vida de Antoni Llucià, conocido a principios del siglo pasado como el rey de los estafadores, para armar “No digas que me conoces”, en la que a ritmo vertiginoso va desvelando la peripecia de un hombre que llegó a desplumar a poderosos bancos.

Diarios como The New York Times le tildaron de “maestro de los falsificadores”, otros como Le Figaro escribieron de él que era “el rey de los ladrones”, mientras que ABC lo calificó de “El nuevo Fantomas”, tanto por lo que consiguió con sus estafas, ingentes cantidades de dinero, como por sus cambios de identidad constantes.

Doria ha explicado que la primera vez que se cruzó con este personaje, nacido en Capellades (Barcelona) en 1890, fue hace ya muchos años cuando estaba preparando su tesis doctoral, y pensó que su vida alrededor del mundo merecía ser novelada.

En su opinión, Antoni Llucià Bussé, fallecido en su piso de paseo de Gràcia en circunstancias todavía no aclaradas a los cuarenta años de edad, tenía como único dios el dinero, pero ha querido subrayar que “nunca engañó a viejecitas ni se aprovechó de los pobres”. “Tenía mucha más clase que cualquiera de los estafadores de ahora, porque les pegó unos palos a los bancos que los dejó temblando”, apostilla.

Durante el tiempo que ha estado indagando en los documentos que todavía conserva la familia -al morir dejó esposa y dos hijos- y en numerosos diarios y revistas de la época, Doria ha podido seguir el hilo de su historia, desde que era un niño en su pueblo natal hasta sus idas y venidas por Latinoamérica, Nueva York, Suiza o Francia, lugares en los que dejó su huella como estafador.

Este seductor personaje, que acabó sus días “disfrazado de hombre gris”, después de un par de décadas de zozobra en las que llegó a convertirse en Alfonso XIII en algunas ocasiones o de honorable cura que no daba absoluciones, fue un niño “posiblemente superdotado, que pronto dominó cuatro idiomas e hizo cursos de medicina”.

Doria calcula que llegó a tener prácticamente una treintena de identidades diferentes, casándose en siete ocasiones -seis con nombres falsos- con mujeres a las que acababa burlando y dejando con los bolsillos vacíos.

El primero de sus actos delictivos pudo ser el que perpetró en la Academia Berlitz de Barcelona, donde empezó estudiando idiomas y acabó de director, “distrayendo para sí 3.000 pesetas”.

Es, asimismo, un hombre que estuvo encerrado en dos ocasiones en un manicomio, la primera vez después de que en la cárcel de Cervera se enamorara de la hija del director y éste decidiera que para alejarlo de ella fuera diagnosticado de “idiotismo moral”, una patología muy de los años veinte, relacionada con personas propensas a mentir.

Por otra parte, también fue famoso, como se narra en esta novela publicada por Plaza & Janés, porque en una ocasión logró escapar de la cárcel de Avilés (Asturias) en la que se encontraba encerrado, junto al resto de presos, gracias a que descubrió que en el techo había humedades y se podía hacer un agujero por el que acceder al tejado.