Educación

Muertos en el salón de belleza

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La tanatoestética es la aplicación de técnicas de maquillaje para difuntos, mientras que la tanatopraxia se refiere al conjunto de prácticas empleadas sobre un cadáver para su adecuada higienización, embalsamamiento y conservación
La tanatoestética es la aplicación de técnicas de maquillaje para difuntos, mientras que la tanatopraxia se refiere al conjunto de prácticas empleadas sobre un cadáver para su adecuada higienización, embalsamamiento y conservación

La técnica de devolver el aspecto natural a los cadáveres y retrasar su descomposición, incluso quitarles las marcas traumáticas de un accidente, es una práctica en auge. La tanatopraxia mejora el aspecto del cuerpo y también lo desinfecta por dentro y por fuera, evitando la putrefacción, un factor clave para funerales prolongados o circunstancias en las que los cementerios están abarrotados y hay demoras para los entierros.

El proceso puede ir desde el maquillaje y la hidratación de la piel del rostro -la tanatoestética- hasta intervenciones complejas de reconstrucción para borrar las huellas de accidentes o los cortes de los forenses en las autopsias.

Esta técnica quita el ‘color a muerto’ y parece como si estuviera dormido. Esto es importante para la familia de quien ha fallecido pues no es lo mismo despedirse de un familiar que de un cadáver.

Según los expertos, esta práctica está poco difundida en muchos países por desconocimiento y por ciertos tabúes frente al fenómeno de la muerte.

Daniel Larovere, tanatopráctico y comercializador de camillas especiales para realizar estas intervenciones, apunta a la cualificación de quienes aplican esta técnica como el factor diferencial que determinará el rumbo futuro de la tanatopraxia.

“Hay buenos expertos, que hacen incisiones mínimas, y otros que, en cambio, hacen una carnicería”, se queja.

Para Larovere, uno de los mayores referentes mundiales en la materia es el francés Jean Monceau, que intervino en los cadáveres de la princesa Lady Di, de la actriz Bette Davis y del modisto Guy Laroche.

La tanatopraxia tiene sus orígenes más remotos en el antiguo Egipto y empezó a ser utilizada con mayor asiduidad durante la Guerra de Secesión en los Estados Unidos (1861-1865) para preservar por más tiempo los cadáveres de los muertos en combates.

Inicialmente se usaba arsénico, pero resultaba muy peligroso para los tanatoprácticos, por lo que luego comenzó a utilizarse formol. Hoy se utiliza una combinación de químicos para estabilizar la materia corpórea y evitar la putrefacción por un mínimo de quince días y hasta por un máximo de 45 días.

El proceso, que puede demandar unas dos horas de trabajo, se inicia con la profilaxis externa del cuerpo y sigue con la introducción de líquidos conservantes a través de las arterias -unos ocho litros para un cuerpo de 75 kilos-. A medida que se introducen estos líquidos, se extrae la sangre. En algunos casos también se extraen los gases encerrados en diversos órganos.

Una clave es conocer de qué ha fallecido la persona pues, por ejemplo, si murió de hepatitis B y se le inyectan ciertos químicos, se puede producir un contraste de colores y el cuerpo vira al verde.

En casos de muertes traumáticas o de cortes por autopsias, se requiere primero cerrar las heridas y los cortes que presente el cadáver para luego iniciar la inyección de líquidos conservantes.

Quienes realizan esta práctica deben adquirir conocimientos de anatomía, biología y química porque, si se da un paso equivocado, no es posible revertirlo.

Fue Víctor Hugo quien alguna vez postuló en un poema que “la belleza y la muerte son dos cosas profundas, con tal parte de sombra y de azul que diríanse dos hermanas terribles a la par que fecundas, con el mismo secreto, con idéntico enigma”.

Devolver algo de belleza a un cadáver está lejos de tener pretensiones poéticas, pero al menos intenta dar a los vivos un poco de consolación.

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El talento musical de las personas con síndrome de Williams

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Para las personas con Síndrome de Williams algunos sonidos cotidianos, como el de una aspiradora, pueden resultar desagradables o incluso dolorosos
Para las personas con Síndrome de Williams algunos sonidos cotidianos, como el de una aspiradora, pueden resultar desagradables o incluso dolorosos

Una investigación liderada por la Universidad Nacional de Educación a Distancia señala que las habilidades musicales de las personas con síndrome de Williams, un trastorno del neurodesarrollo de origen genético, se desarrollan de manera atípica. Los resultados indican que en estas personas las áreas del cerebro asociadas a la música no están preservadas.

El síndrome de Williams es un trastorno del neurodesarrollo de origen genético que implica discapacidad intelectual. Una parte de la comunidad científica considera que, mientras algunas áreas de su funcionamiento cognitivo están dañadas, otras se encuentran preservadas. Entre las áreas privilegiadas estarían aquellas asociadas a la música, lo que ha contribuido a extender la idea de que las personas con este síndrome tienen una predisposición genética en este sentido o, dicho de otro modo, poseen un talento innato para la música. No obstante, estudios posteriores han demostrado que tales habilidades no están intactas, concluyendo que su funcionamiento está afectado por el déficit cognitivo que estas personas presentan.

Por todo ello, este síndrome ha sido un caso de estudio recurrente que ha servido para encarar dos visiones casi opuestas del desarrollo cognitivo: la primera es defendida en posturas innatistas y considera que desde el inicio el cerebro está especificado en módulos de funcionamiento independiente que pueden alterarse o preservarse de forma selectiva; por otro lado, el enfoque neuroconstructivista adopta una visión sistémica o de conjunto, donde distintos factores interactúan a lo largo de todo el desarrollo para dar cuenta del funcionamiento cognitivo de las personas.

Ahora, una investigación llevada a cabo en Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en colaboración con la Universidad Autónoma de Madrid, arroja nuevas evidencias en esta última dirección al observar que las personas con síndrome de Williams desarrollan sus habilidades musicales de manera diferente al resto.

En la mayoría de la población esta capacidad tiende a ir aumentando a la par que los distintos marcadores de desarrollo cognitivo, pero no sucede así en quienes presentan el síndrome, tal y como señalan los resultados publicados en la revista Research in Developmental Disabilities. A pesar de las evidencias que ya apuntaban a que las habilidades musicales de las personas con síndrome de Williams no están preservadas, es la primera vez que se pone la lupa en el desarrollo.

Foco en el desarrollo

“El síndrome de Williams es un trastorno del desarrollo y, como tal, es en el desarrollo donde tenemos que poner el foco de estudio, aunque a veces se olvide o resulte difícil hacerlo” comenta Pastora Martínez, profesora del psicología evolutiva de la UNED, quien ha dirigido la investigación.

En el estudio participaron 74 niños y niñas (20 de ellos con el síndrome de Williams) que realizaron diversas pruebas; las primeras estaban relacionadas con mecanismos de cognición generales, y posteriormente se llevaron a cabo actividades específicas para evaluar la pericia musical, como por ejemplo la percepción de disonancias o la discriminación tonal.

Los investigadores recurrieron a una metodología novedosa para medir la trayectoria del desarrollo de manera transversal: “Para emplear esta metodología era preciso contar con un grupo suficientemente heterogéneo ya que, en vez de medir a la misma persona en distintos momentos a lo largo del tiempo, empleamos una función estadística para inferir lo que está sucediendo. De esta forma hemos conseguido estudiar la evolución de estas habilidades a lo largo del tiempo y observar su relación con determinadas áreas cognitivas” explica Manuel Rodríguez, coautor del estudio e investigador de la UNED.

Los resultados también revelaron otros marcadores que indican un desarrollo diferente: “Llama la atención obervar que, en el síndrome de Williams, el orden de adquisición de las habilidades musicales parece ser diferente” apunta Pastora. “También es llamativo ver cómo en un momento dado se produce una estabilización en algunas áreas musicales, a pesar de que se siga avanzando en el desarrollo cognitivo” concluye Rodríguez. En la publicación, los autores del estudio destacan el mayor calado científico y social que tradicionalmente han tenido los postulados innatistas a este respecto, a pesar de las evidencias cada vez más numerosas que señalan en otra dirección.

Chimpancés y humanos quieren ser espectadores del ‘ojo por ojo’

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Ejecución pública en el estado de Virgina (EE.UU.), en 1897
Ejecución pública en el estado de Virgina (EE.UU.), en 1897

Si alguien perjudica a otros, los humanos tendemos a querer que se le castigue para que no se vuelva a repetir su mala acción. Un equipo de científicos ha analizado los orígenes de esta motivación en unos experimentos con niños y con chimpancés y concluye que tanto los grandes simios como los niños a partir de los seis años quieren ver cómo el otro recibe el castigo.

Cuando una persona hace algún tipo de daño a otros, nace en los adultos la motivación de ver cómo se castiga a ese individuo para que no se vuelvan a producir situaciones de injusticia. Pero ¿qué sienten los niños y otras especies de primates ante estos casos?

Un equipo internacional, liderado por el Max Planck Institute for Human Cognitive and Brain Sciences, ha estudiado los orígenes filogenéticos de esta motivación que subyace a la acción de castigar al que ha obrado mal. Por ello, han realizado una serie de experimentos con niños de cuatro a seis años y chimpancés.

Los resultados, publicados en la revista Nature Human Behaviour, demuestran que tanto los chimpancés como los niños de seis años (pero no los menores de esa edad) escogen ver el castigo hacia el actor que ha actuado mal, incluso si esto supone un coste para ellos. Ambas especies compartimos mecanismos psicológicos similares destinados a buscar el castigo de aquellos que nos dañan.

“Las raíces filogenéticas de la motivación por la venganza parecen comunes entre chimpancés y humanos a partir de seis años, ya que ambos están dispuestos a correr costes para continuar viendo cómo se castiga a un actor que previamente les ha retirado un elemento valioso”, señala a Sinc Nereida Bueno-Guerra, coautora del estudio e investigadora ahora en la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid.

Según los científicos, el origen de los sistemas jurídicos, legales y morales se encuentra en una necesidad de castigo compartida entre ambas especies, que en algún momento de nuestra historia evolutiva se amplió para cubrir las situaciones en que son otros (y no solo nosotros) los afectados por un daño. “Esta ampliación tal vez se debe a los efectos de una larga historia de educación en valores empáticos y de cooperación”, recalca Bueno-Guerra, que era investigadora en la Universidad de Barcelona mientras se realizó el trabajo.

Sin embargo, a diferencia de los humanos, los chimpancés no comparten la motivación de ver aplicar los castigos cuando ellos no han sido los perjudicados. En este caso, “la motivación de las personas por el castigo merecido incluye las situaciones que sufren terceras personas, lo que lleva a establecer mecanismos sociales como tribunales o declaraciones universales de derechos humanos”, apunta la experta.

Experimentos en busca de venganza

Para llegar a estas conclusiones, el equipo de científicos realizó unos experimentos en los que el sujeto (niño o chimpancé) aprendía que existían un actor prosocial (que le daba juguetes o comida) y otro antisocial (que le quitaba juguetes o comida). En el caso de los niños, estos actores eran marionetas y en el caso de los chimpancés eran personas (experimentadores).

“Una vez que habían aprendido esto, veían como un tercer sujeto (otra marioneta/otro investigador) entraba en escena y comenzaba a pegar a cada uno de ellos por separado. En el momento de pegarle, en la condición “invisible” la acción podía desaparecer de la vista de los sujetos (en el caso de los niños, las marionetas desaparecían tras un telón tipo teatro, y en el caso de los chimpancés, los experimentadores se desplazaban hacia un sitio de la sala desde la cual el chimpancé no podía seguir viendo la acción) y en la condición “visible” el castigo continuaba sucediendo a la vista de los sujetos”, explica Bueno-Guerra.

Para comprobar si los niños y los chimpancés realmente querían seguir viendo el castigo en la situación “invisible” –aquella en la que la acción desaparecía de su vista–, los científicos les pidieron que depositaran unas monedas en una caja para seguir viéndolo o en otra para dejar el telón caído, sabiendo que en el primer caso las perderían. Los animales tuvieron que abrir una puerta muy pesada que les daba acceso a otra sala.

Así comprobaron que los niños de seis años y los grandes simios eligen seguir viendo el castigo hacia el actor antisocial. Los niños además mostraron una mezcla de expresiones faciales tanto de emociones positivas como negativas (sonreír y fruncir las cejas).

Los menores de seis años comprendían la situación pero tenían dificultades para tomar decisiones al enfrentarse a situaciones morales complejas, seguramente por el entorno o el desarrollo cerebral. Estos hallazgos brindan una nueva perspectiva sobre la evolución del castigo como una forma de hacer cumplir las normas sociales y garantizar la cooperación.

Dietas que alimentan el engranaje emocional

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Un mejor bienestar se relaciona con el consumo recomendado de frutas, verduras, azúcar y grasa
Un mejor bienestar se relaciona con el consumo recomendado de frutas, verduras, azúcar y grasa

Tener pocos amigos o ser objeto de burlas son algunos de los problemas emocionales que sufren cada día muchos niños y niñas. Ahora, un estudio publicado en la revista BMC Public Health vincula estos aspectos con la alimentación.

El trabajo asocia la ingesta de productos saludables con una mejor autoestima y menos trastornos emocionales en los menores, independientemente del peso corporal. De la misma forma, una mejor autoestima se relaciona con una mejor adherencia a las pautas de alimentación sana.

“Una dieta saludable puede mejorar el bienestar de los niños”, explica Louise Arvidsson, una de las autoras de la Universidad de Gotemburgo (Suecia). “En los pequeños hay una asociación entre el cumplimiento de las pautas dietéticas saludables y un mejor bienestar psicológico –lo que incluye menos problemas emocionales, mejores relaciones con otros niños y una mayor autoestima– dos años después”.

Tras examinar a 7.675 niños de dos a nueve años de ocho países europeos (Bélgica, Chipre, Estonia, Alemania, Hungría, España y Suecia), los investigadores encontraron que una puntuación mayor en un índice de adherencia alimentaria saludable (HDAS) al inicio del estudio estaba asociado con una mejor autoestima y menos problemas emocionales y con sus semejantes un par de años después.

Además, las asociaciones entre HDAS y el bienestar fueron similares para los niños que tenían un peso normal y los que sufrían sobrepeso. “Fue sorprendente descubrir que la asociación entre la dieta inicial y un mayor bienestar dos años después era independiente de la posición socioeconómica de los niños y su peso corporal”, añade Arvidsson.

El HDAS tiene como objetivo capturar el cumplimiento de las pautas dietéticas saludables, que incluyen limitar la ingesta de azúcares refinados, reducir las grasas y comer frutas y verduras. Un HDAS más alto indica una mejor adherencia a las recomendaciones, es decir, una alimentación más saludable. Las pautas son comunes a los ocho países incluidos en este estudio.

Más pescado y verduras

Los autores utilizaron datos de un estudio prospectivo de cohortes que pretende comprender cómo prevenir el sobrepeso en los niños y al mismo tiempo considerar los múltiples factores que contribuyen a ello.

Al comienzo del período de estudio, se les pidió a los padres que informaran con qué frecuencia por semana sus hijos consumían alimentos de una lista de 43 artículos. Dependiendo de su consumo de estos alimentos, a los niños se les asignó una puntuación HDAS.

El bienestar psicosocial se evaluó en función de la autoestima, las relaciones con los padres, los problemas emocionales y con los compañeros. También se midieron la altura y el peso de los niños. Todos los cuestionarios se repitieron dos años después.

El estudio es el primero en analizar los componentes individuales incluidos en el HDAS y sus asociaciones con el bienestar de los niños. Los autores encontraron que la ingesta de pescado de acuerdo con las directrices (2-3 veces por semana) se asoció con una mejor autoestima y con una ausencia de problemas emocionales y entre compañeros. La ingesta de productos integrales se asoció con una falta de conflictos entre iguales.

Las asociaciones iban en ambas direcciones, es decir, un mejor bienestar se relaciona con el consumo recomendado de frutas, verduras, azúcar y grasa; una mejor autoestima se asocia con la ingesta de azúcar de acuerdo con las directrices; las buenas relaciones con los padres con el consumo de frutas y verduras ponderado; menos problemas emocionales con la toma de grasa aceptable; y menos problemas con los compañeros se asocian con el consumo de frutas y verduras saludable.

Los resultados deben confirmarse

Los autores advierten que los niños con mala alimentación y bajo bienestar eran más propensos a abandonar los estudios y, por tanto, estaban subrepresentados en el seguimiento a dos años, lo que complica las conclusiones acerca de las verdaderas tasas de mala alimentación y bajo bienestar.

Es más, como el estudio es observacional y se basa en datos facilitados por los padres, no es posible extraer conclusiones sobre la causa y el efecto. “Estas asociaciones deben confirmarse en estudios experimentales que tengan en cuenta a los niños con diagnóstico clínico de depresión, ansiedad u otros trastornos del comportamiento, en lugar del bienestar informado por los padres”, concluye Arvidsson.

Aprendiendo a estudiar

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El profesor sostiene que la escuela está diseñada "casi al revés" de lo que debería ser, "porque tenemos un sistema puramente evaluativo en el que apenas importa el aprendizaje del alumno sino el resultado de las pruebas"
El profesor sostiene que la escuela está diseñada “casi al revés” de lo que debería ser, “porque tenemos un sistema puramente evaluativo en el que apenas importa el aprendizaje del alumno sino el resultado de las pruebas”

El profesor y asesor en rendimiento escolar Fernando Alberca asegura que cuando un niño no estudia es porque “no sabe hacerlo”, no porque sea “vago” o incapaz, y necesita aprender a estudiar “con autonomía, ilusión y entusiasmo”.

Alberca desarrolla la fórmula para obtener mejores resultados académicos y la motivación de los estudiantes en su último libro, Tu hijo a Harvard y tú en la hamaca (Espasa), que “no se trata de un manual de técnicas de estudio, sino que busca de una forma moderna que el niño cambie la manera de ver las cosas”.

En una entrevista, expone que cada niño tiene “todos los ingredientes” para sacar un rendimiento “fantástico” y conseguir hacer lo que quiera, y advierte de que la falta de lectura está muchas veces detrás de la falta de estudio.

“Pasar de suspensos a sobresalientes requiere poco tiempo y esfuerzos, sólo precisa saber cómo aprovechar y empezar bien”, comenta este profesor de la Universidad de Córdoba, considerado como uno los mayores expertos en motivación, creatividad, conducta del niño y éxito escolar.

Recomienda afrontar el estudio con una actitud adecuada, que pasa por comprender los textos, para lo que es necesario aprender a “sintetizar y expandir”. El estudiante tiene que comprimir y “sacar la esencia” de la página que estudia, para sintetizarlo en un esquema con unas características concretas “que hacen que la memoria lo pueda grabar muy bien”.

Explica que hay que contraer la información y jugar con ella, con ejercicios como jugar con las frases o relatar películas en dos minutos, que ayudan a los estudiantes a sintetizar y huir de la complejidad.

A la hora del examen, anima a hacer el ejercicio contrario, el de expandir el esquema para que “se abra la dosis memorizada”, que es una cantidad pequeña de información que el estudiante tiene que desarrollar en la prueba.

Comenta que como profesor se encuentra con estudiantes que “saben la lección” pero no saben hacer exámenes, alumnos que tienen motivación para estudiar pero a los que les falta saber qué pasos dar para tener un buen rendimiento en el test, porque no saben expresar lo que han memorizado.

Para sacar buenas notas, la recomendación que da a los estudiantes es “no querer comerse la tarta de un único bocado, sino cucharita a cucharita. Yo les digo a mis alumnos que tienen que concentrarse en los próximos quince minutos, nunca en el examen que vendrá”.

Asegura que todos los escolares que sacan malas notas merecen un profesor que les enseñe cómo salir de esa situación, que empieza a ser un “fracaso personal” y afecta también a la relación familiar.

Pero el experto señala también que el papel de los padres es “primordial” y tienen que exigir a sus hijos “con amabilidad y confianza”, dar seguridad de que ellos pueden cambiar cualquier situación de sus notas.

Dirigiéndose a los padres de niños que suspenden, les recomienda que entiendan que sus hijos no estudian “porque están hartos de recibir la experiencia del fracaso”, que mina su autoestima y sus posibilidades de motivación.

En cuanto a la situación de la educación en el país, el profesor sostiene que la escuela está diseñada “casi al revés” de lo que debería ser, “porque tenemos un sistema puramente evaluativo en el que apenas importa el aprendizaje del alumno sino el resultado de las pruebas”.

“Yo empezaría por cuidar mucho mas la relación entre profesor y alumnos y concentrarse en que los niños aprendan a leer e interpretar los gestos, porque no están aprendiendo a leer”, afirma.

Define el momento actual como el tiempo idóneo “para cambiar la forma de concebir los estudios” porque el sistema se ha roto no sólo en España, “sino en todo el primer mundo” y requiere una reforma que pase por la motivación.

Vídeos para el aprendizaje creativo

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El rol activo del alumno en el proceso de aprendizaje genera una actividad docente mucho más activa y creativa
El rol activo del alumno en el proceso de aprendizaje genera una actividad docente mucho más activa y creativa

El uso del vídeo como herramienta educativa favorece un aprendizaje reflexivo y progresivo entre el alumnado, a la vez que despierta su creatividad y curiosidad. Así lo recoge un estudio europeo con más de 2.000 estudiantes de Primaria, Secundaria, Bachillerato y universidad liderado desde la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid.

Los estudios realizados en los distintos países (Reino Unido, Portugal, Suecia, Alemania y España), dentro del marco del proyecto europeo de JuxtaLearn, indican que las actividades que emplean el vídeo como herramienta educativa consiguen que el aprendizaje sea progresivo y reflexivo, a la vez que fomentan la creatividad y curiosidad de los alumnos. En todas las experiencias educativas realizadas con estudiantes de Primaria, Secundaria, Bachillerato y universidad se resalta el poder innovador de este modelo de aprendizaje.

El proyecto lo han liderado investigadores del Laboratorio de Tecnologías de la Información en la Educación (LITE) de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), que han realizado distintas experiencias educativas en diversos países, donde más de 2000 alumnos de distintos niveles educativos han estado involucrados en actividades basadas en el aprendizaje a través de la creación de vídeos. Los detalles se han publicado en la revista IEEE Transactions on Learning Technologies.

El equipo ha desarrollado ClipIt, una red educativa diseñada específicamente para el aprendizaje basado en vídeo, aunque puede ser usada con cualquier tipo de contenido educativo. A través de esta plataforma, los alumnos son los creadores de los propios vídeos y se convierten en revisores del material educativo de sus compañeros. De esta forma, toman un papel protagonista en su proceso de aprendizaje y fomentan su creatividad mientras usan tecnologías educativas.

“El profesor les propone una serie conceptos relacionados con alguna de las asignaturas para que realicen el vídeo, incluyendo el guión, preparación de materiales previos, fase de grabación y edición”, explica Estefanía Martín, investigadora del grupo LITE, quien añade: “Este proceso reflexivo que tiene lugar en un contexto de aprendizaje entre iguales hace que los alumnos comenten en un ambiente seguro su opinión acerca de los vídeos producidos por sus compañeros, aportando ideas de mejora a los mismos y detectando inconsistencias en su propio aprendizaje”.

Los investigadores concluyen en este proyecto que el rol activo del alumno en el proceso de aprendizaje genera una actividad docente mucho más activa y creativa. Entre los métodos docentes innovadores empleados destacan el flipped classroom (donde el alumno es el creador de los vídeos para explicar a sus compañeros conceptos relacionados con la asignatura que ayudan a mejorar su comprensión), el blended learning (que integra metodologías presenciales y virtuales), la revisión entre iguales o el mobile learning (donde los estudiantes trabajan desde distintos dispositivos, como mesas multicontacto, tabletas, ordenadores y dispositivos móviles).

Aparte del feedback obtenido por los participantes de estas experiencias educativas, este proyecto recoge una comparativa entre los aspectos positivos y negativos más importantes encontrados en los diferentes países en función de la tecnología. Según las opiniones y valoraciones de los estudiantes, el hecho de tener que explicar un concepto concreto hace que tengan que adquirir conocimientos de una forma profunda para poder transmitírselo a sus compañeros. Además, los alumnos han destacado la importancia de la colaboración y el trabajo en equipo a diferentes niveles, así como el carácter lúdico y creativo de la experiencia educativa.

Los investigadores también han analizado las interacciones entre los estudiantes y el contenido de los comentarios vertidos en la plataforma mediante la combinación de técnicas de análisis de redes sociales (SNA, en inglés). Los resultados han puesto de manifiesto que los grupos con mayor compromiso con la actividad fueron los más generosos en cuanto a la realimentación que otorgaron a otros grupos y a las valoraciones emitidas. También se han encontrado diferencias entre los usuarios dependiendo de alguna característica de su perfil, como el género o la edad.

“Hemos observado que las mujeres están más interesadas en recomendaciones basadas en los contenidos y comentarios incluidos por sus contactos, mientras que los hombres prefieren que las sugerencias se hagan en base sólo a contenidos relacionados con los suyos propios”, destaca la investigadora de la URJC.

En cuanto a la edad, los usuarios más jóvenes valoran más los trending topics, frente a los estudiantes con mayor edad, que dan más importancia a lo que sucede en su red social más cercana y a los comentarios de sus contactos. Además, los investigadores también han observado diferencias entre los alumnos con experiencia laboral y los que no la tienen, puesto que aquéllos que tienen experiencia previa valoran mucho su tiempo disponible y dan prioridad a aquellas sugerencias relacionadas con sus intereses y objetivos de aprendizaje.

Palabras con buena onda

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En clásicos como "Moby Dick" predominan, pese a sus momentos truculentos,  las palabras positivas
En clásicos como “Moby Dick” predominan, pese a sus momentos truculentos, las palabras positivas

Un estudio publicado por la Universidad de Vermont (Burlington) revela que las palabras positivas son predominantes, se aprenden con mayor facilidad, son usadas con frecuencia y se consideran más significativas.

El equipo de académicos de la Universidad de Vermont, liderado por Peter Sheridan Dodds y Christopher Danforth, establece que “la comunicación humana a través del lenguaje es predominantemente positiva”.

El estudio se realizó a partir de la hipótesis denominada “Pollyanna”, formulada por los estudiosos Charles Osgood y Jerry Boucher en 1969, que ponía de manifiesto que las personas, independientemente de la cultura a la que pertenezcan, utilizan con mayor frecuencia palabras positivas.

Los diez idiomas analizados fueron el inglés, el español, el portugués, el alemán, el francés, el chino, el ruso, el indonesio, el árabe y el coreano y los resultados revelaron que “la comunicación en la lengua española es la más positiva”, seguida de cerca por la portuguesa y la inglesa.

Asimismo, entre todos los idiomas analizados, los resultados revelaron que “el intercambio en chino y en ruso suele ser los menos positivos”.

El estudio analizó 100.000 palabras en veinticuatro soportes diferentes, como entradas de Twitter, letras de canciones, subtítulos de programas televisivos, emisiones de radio y clásicos de la literatura universal.

Dodds y Danforth concluyen que la hipótesis Pollyanna sigue siendo válida después de 45 años respecto a la tendencia de “usar palabras positivas en la comunicación”.

En este sentido, el informe sugiere que los humanos tienden a recordar mejor la información gratificante que las vivencias desagradables y que el ser positivo juega un rol importante en la sicología humana.

El equipo de la universidad de Vermont cataloga además cerca de cincuenta valoraciones por palabra analizada, unas 10.000 en total, a partir de la clasificación realizada por parte de los participantes, a los que se les pagó para valorar sus sensaciones buenas o malas.

Con una base de datos en la que se recogieron alrededor de cinco millones de valoraciones por persona, Dodds y Danforth distribuyeron los resultados de acuerdo con la percepción favorable o desfavorable de cada idioma analizado.

El informe revela además que el uso de palabras positivas es “muy frecuente” y “sobrepasa a los términos negativos” en los clásicos de la literatura universal, como Moby Dick, El Quijote, Ulises, Oliver Twist, Crimen y Castigo o El Conde de Montecristo.

A partir de los resultados del estudio, los académicos han puesto en marcha una herramienta en internet denominada Hedonometro, que permite visualizar un análisis de las obras literarias en cuanto al lenguaje positivo que utilizan.