Educación

Mayo del 68, la revolución de la testosterona

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La historiadora y feminista Malka Markovich, nacida en 1959 opina que “mayo del 68 desembocó en un movimiento feminista esencial para la evolución social de Francia, (…) pero también ha tenido daños colaterales”. Por ejemplo:[el movimiento, que ella considera violento] “llevará al capitalismo pornográfico, el desarrollo de la industria del sexo completamente desenfrenado que cosifica al ser humano en lugar de darle cierta dignidad
La historiadora y feminista Malka Markovich opina que “mayo del 68 desembocó en un movimiento feminista esencial para la evolución social de Francia, (…) pero también ha tenido daños colaterales”. Por ejemplo:[el movimiento, que ella considera violento] “llevará al capitalismo pornográfico, el desarrollo de la industria del sexo completamente desenfrenado que cosifica al ser humano en lugar de darle cierta dignidad

El movimiento francés de Mayo del 68 puso el embrión para el combate feminista, pero también tuvo sus daños colaterales: la mujer vista como un objeto y el sexo considerado una “mera mercancía”.

Libros como “L’autre héritage de 68” (“La otra herencia del 68”), de Malka Markovich, o “Filles du 68” (“Hijas del 68”), de Michelle Perrot, han hecho balance del impacto en la lucha feminista medio siglo más tarde de la revolución cultural y social que paralizó Francia e influyó en los países occidentales.

Mientras los hombres copaban los puestos de liderazgo -con Daniel Cohn-Bendit y Alain Geismar a la cabeza-, las mujeres se organizaron alrededor del Movimiento de Liberación de las Mujeres (MLF) para, entre otras reivindicaciones, pedir el derecho a la píldora anticonceptiva y al aborto, dos conquistas que se conseguirían en años posteriores al 68.

“Ellas tenían una creatividad fantástica, pero su voz caía en el desierto, un desierto formado por una marabunta de hombres que no querían cuestionarse las antiguas relaciones entre hombres y mujeres”, denuncia la historiadora Markovich, nacida en 1959.

“Mayo del 68 desembocó en un movimiento feminista esencial para la evolución social de Francia, (…) pero también ha tenido daños colaterales”, agrega.

Daños que se plasman en convertir a las “mujeres en meros objetos sexuales” en el que se mezcló de forma caprichosa “libertad, libertinaje y, en algunos casos, pedofilia”, a su juicio.

Eslóganes como “disfrutar sin límites”, “mi cuerpo me pertenece” y “prohibido prohibir” se volvieron contra las propias mujeres en el momento que se asumió que cuerpo y mente de las féminas podían ir por separado.

“Este hecho banalizó los comportamientos más ancestrales y arcaicos y permitió la eclosión de una industria sexual capitalista”, lamenta.

Del rol femenino en el 68 hay muchos documentos gráficos -uno de ellos, el de una joven enarbolando la bandera de Vietnam en la plaza parisina de Edmond-Rostand, se convirtió en icono de la revolución-, pero ni casi rastro de su participación en los primeros rangos del movimiento.

“Había mucha virilidad en el movimiento (…) con pocas mujeres en las delegaciones estudiantiles”, señala Perrot (París, 1928) en el prefacio de su obra, que recoge los testimonios de mujeres que tenían entre 15 y 54 años en el periodo del movimiento.

El libro de la historiadora recoge emocionantes testimonios de jóvenes madres para las que Mayo del 68 supuso la luz al final del túnel y de otras que, en la cincuentena, vivieron el movimiento también a través del implicación de sus hijos.

Para Perrot, el legado más importante para las mujeres fue el de “liberación” de la palabra en público.

“Hubo un antes y un después: antes el silencio reinaba y las preguntas se las hacía una misma. Después, se liberó la palabra y fue entonces cuando comenzaron a aparecer soluciones”, sostiene.

Cincuenta años más tarde del 68, estereotipos franceses como el de la galantearía masculina siguen enraizados, a pesar de que se han puesto en tela de juicio a partir del movimiento de denuncia de acoso y agresión sexual “#MeToo”.

“Detesto la idea de la galantearía. Significa una relación jerárquica, una visión desfasada de las mujeres”, apunta Markovich.

Para Perrot, la galantearía “transforma las relaciones entre los sexos en una especie de comercio del espíritu del que el corazón y los sentidos no forman parte”.

“Se trata de un juego mental. Es lo contrario a la pasión”, resume la autora.

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A lomos del caballo pertinaz

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Urdida desde hace casi dos siglos, la teoría del envenenamiento opiáceo de la población con fines políticos ha ido saltando de un lado al otro del tablero sociocultural a lo largo de la historia. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con la creación del nuevo orden global y la asunción del prohibicionismo como asentado modelo de conducta en los estados modernos, su articulación se reconfiguró en el crisol holístico de la contracultura, propalándose a partir de entonces en el formato puramente conspiracional: «Sistema vs. ciudadano». Disfrazada de vieja incógnita en círculos amplios de la sociedad, creída como verdad irrefutable en otros, su influencia, lejos de desintegrarse en la era de la información, gravita aún hoy desde la ambigua nevera del subconsciente colectivo.
Urdida desde hace casi dos siglos, la teoría del envenenamiento opiáceo de la población con fines políticos ha ido saltando de un lado al otro del tablero sociocultural a lo largo de la historia. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con la creación del nuevo orden global y la asunción del prohibicionismo como asentado modelo de conducta en los estados modernos, su articulación se reconfiguró en el crisol holístico de la contracultura, propalándose a partir de entonces en el formato puramente conspiracional: «Sistema vs. ciudadano». Disfrazada de vieja incógnita en círculos amplios de la sociedad, creída como verdad irrefutable en otros, su influencia, lejos de desintegrarse en la era de la información, gravita aún hoy desde la ambigua nevera del subconsciente colectivo

La  nueva obra del historiador y sociólogo castellonense Juan Carlos Usó, intenta desmontar el mito del uso de la heroína por las fuerzas de seguridad para alinear a la juventud rebelde de la Transición.

En “¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de Estado”, editado por Libros Crudos tras más de cuatro años de investigación, Usó afirma que la realidad de la heroína en España fue “menos sórdida” de lo que “amplificaron”, a través de los medios de comunicación, los partidarios de esta teoría.

Usó es experto en drogas y contracultura en España, escritor especializado en la influencia histórica de las sustancias estupefacientes y autor de libros como “Drogas y cultura de masas”, y está considerado el continuador de la obra del filósofo y máximo experto en la materia, Antonio Escohotado, del que fue alumno.

La teoría conspirativa que motiva su libro apunta a que la introducción de la heroína en España estuvo “alentada, posibilitada e inducida” por los poderes del Estado con el fin de neutralizar el poder subversivo de la juventud española durante la Transición.

Una leyenda que, explica Usó, no es nueva y ha ido adaptándose a cada país y momento histórico para hacer “más digerible” una realidad tan “cruda” como absurda, en el caso que narra su libro, como que el auge en el consumo de heroína en la España de los 70 se debiera “a los propios consumidores” y no a un plan diseñado por poderes ocultos.

En España, las primeras denuncias públicas corresponden a 1915, cuando el periodista Mateo Santos Cantero denunció el envenenamiento que la droga, difundida en las farmacias, estaba causando. Era el pistoletazo de salida para las sucesivas teorías conspirativas, muchas de ellas cargadas de un moralismo que ahora resulta hasta inocente. Para descartar mitos, esa ‘cara B’ de la historia a la que tantos se aferran a pesar de las evidencias,

Usó repasa punto por punto los mayores hitos de una historia que parece no tener final a la vista. Analiza, por ejemplo, qué tuvo de verdad que ver el FBI con la abrupta historia de violencia del movimiento Black Panther Party (BPP). O cuánto hay de cierto en la propagación del ‘caballo’ en la juventud española de la transición y los años 80. Hay también espacio para otras anecdóticas y delirantes especulaciones, como las que ponen en el punto de mira al Club Bilderberg e incluso otras que mezclan, a modo de cocktail, a ‘dealers’ con grupos de rock y a psiquiatras conductistas con traficantes de armas.

“Este mito en torno a la heroína y antes incluso al opio se viene arrastrando desde el siglo XIX. En las guerras del opio ya se acusa a Inglaterra de envenenar a la población china con esta sustancia para colonizar el país. Más tarde se increpó a la China comunista de contaminar al mundo occidental por esta vía; y en los 70, la culpable fue la CIA”, añade.

El autor afirma además que dentro de la formulación del mito en España, éste se ha regionalizado. Tiene, por tanto, su lectura en Euskadi, otra en Cataluña, “donde hay quien dice que las fuerzas de seguridad abortaron así el pujante movimiento anarquista en Barcelona”, y lo mismo ocurre en Madrid “por parte de la Liga Comunista Revolucionaria”.

“Con el tiempo ves que esa teoría no tiene ni pies ni cabeza. Presenta a los consumidores como buzones de correos, como gente sin voluntad. Un fenómeno de consumo no se puede explicar sólo desde la oferta. ¿Qué hay de la demanda?”, apostilla.

En su libro también concluye que las muertes y el dolor ligados al consumo de esta droga “se han amplificado” por los medios, cuando a su juicio la realidad en España es “menos sórdida de lo que fue” y se identifica en muchas ocasiones con el sida.

En un impagable último capítulo, el autor realiza un análisis en el que explica las razones por las que cree que las teorías de la conspiración calan tan hondo, más aún gracias al poder de difusión y visibilidad que ahora les concede Internet. El ensayista estadounidense Mark Dery lo resume afirmando que “el exceso de racionalidad puede producir monstruos”. Y es posible pensar que los partidarios de ellas creen en un mundo en el que todo es más simple y responde a intereses ocultos. En el que el hombre no está solo y el mundo no avanza sin timón. Por compasión, irresponsabilidad, consuelo… Usó explica además sus razones para mostrarse a favor de la despenalización de las drogas.

La era de la verdad enmarañada

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La validez de las evidencias clásicas, como grabaciones, fotografías, etc., ha caído en desuso en la era de la posverdad
La validez de las evidencias clásicas, como grabaciones, fotografías, etc., ha caído en desuso en la era de la posverdad

El concepto de posverdad se ha convertido en una palabra de moda. “Ha tenido éxito porque, en parte, suena apocalíptico, está dotado de espectacularidad, y, en parte también, porque es un concepto extremadamente moralista y con escasa fundamentación teórica”, apunta Pilar Carrera, autora de un estudio, publicado en la Revista Latina de Comunicación Social.

Según esta investigadora del departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la UC3M, “este término se utiliza tanto para denominar la supuesta superación de un estado previo en el que, al parecer, la verdad era la norma, como para legitimar determinados procedimientos que tienen mucho más que ver con la esfera del poder que con la de la verdad.

Si acudimos a la definición que proporciona la RAE sobre posverdad, nos damos cuenta de lo poco novedoso del fenómeno: ‘Distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones, con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales’.

Sin embargo, agrega, “hay algo nuevo. Y lo nuevo es, precisamente, que se pretenda que el fenómeno es nuevo. Declarándolo tal se consigue, entre otras cosas, focalizar la atención en fenómenos subsidiarios desde el punto de vista sistémico, como las llamadas fake news, que no cabe duda de que son bastante menos peligrosas y eficaces en términos de manipulación que las que se siguen tomando por verdaderas”, indica Carrera.

Brexit y Donald Trump

Cuando se apela a ‘hechos fundacionales’ de la era de la posverdad, se habla del Brexit y de Donald Trump, es decir, se recurre a eventos y personas directamente vinculadas con la esfera del poder político, afirma el estudio.

Se sostiene, por ejemplo, a modo de prueba de la existencia de la posverdad, que la validez de las evidencias clásicas (por ejemplo, grabaciones, fotografías, etc.) ha caído en desuso, y se dice que Donald Trump ya no se sonroja por negar algo que había sido grabado o fotografiado. “En ningún momento se cuestiona el frágil estatuto probatorio de una grabación o de una fotografía, sea analógica o digital”, precisa la investigadora.

La noción de posverdad y otras conexas (como las fake news) han florecido a la sombra de Internet y la supuesta superabundancia informativa que se le atribuye. Se dice que, en parte, esto se debe a que hablan fuentes no autorizadas, todo el mundo comenta y se crea el caos. El artículo matiza y cuestiona esta atribución de responsabilidades.

“Estamos culpando al usuario cuando éste normalmente es un viralizador y no un generador de contenidos. Quien finalmente acaba consiguiendo viralidad no es el ciudadano de a pie, sino estrategias muy planificadas que requieren de emisores en determinadas instituciones”, señala la investigadora.

Esta investigación también reflexiona sobre el papel que asumen los medios de comunicación que realizan fact-checking como una solución para combatir la posverdad. Esta “cruzada contra lo falso” puede ser interpretada también como parte de un simulacro o escenografía mediáticos, según la autora.

Cuando se busca el antídoto para la posverdad, a menudo se apela a los hechos, como si estos fueran entidades preexistentes al discurso y a la interpretación.

Hechos discursivos

“La mayor parte de las veces, lo que denominamos hechos son, en realidad, hechos discursivos o fragmentos de mediación. Pensemos de qué se componen, esencialmente, los denominados relatos de no ficción (periodísticos o documentales)”, señala Carrera. “La mentira, en el ámbito mediático, no se refuta con hechos, sino con argumentos y documentos”.

Desde hace décadas, en teoría de la comunicación se dice que las noticias están atravesadas por intereses y que tienen una agenda, un punto de vista y un enfoque.

“Convertir en verdaderas aquellas noticias que no son fakes, es peligroso. Ninguna noticia es transparente y todas, empezando por las que se toman por verdaderas, deben ser leídas como productos discursivos, como relatos sujetos siempre a interpretación y atravesados por intereses de diverso signo, no como hechos”, concluye.

Un pensamiento para el cambio ecológico

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El ser humano, individualista, ha olvidado su terrenalidad, su conexión íntima con el entorno
El ser humano, individualista, ha olvidado su terrenalidad, su conexión íntima con el entorno

Una investigación de la profesora del departamento de Filosofía y Sociología de la Universitat Jaume I Irene Comins critica que la sociedad contemporánea “legitime la manipulación instrumental de los recursos naturales a la vez que la naturaleza se ha convertido en un objeto más del capitalismo”. Los resultados de este estudio, que defiende la transición hacia una nueva autoconciencia ecológica, se han publicado en Daimon, Revista Internacional de Filosofía.

Irene Comins aborda las contribuciones de la filosofía del cuidar al pensamiento ecológico y recomienda la revisión de “centrismos excluyentes y reduccionistas de la realidad, como por ejemplo la jerarquía de superioridad del ser humano por encima del medio ambiente”, comenta la investigadora de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales. De hecho, este trabajo se enmarca en la línea de construir una ecosofía: una filosofía ecológica capaz de orientar el gran cambio de ideas que ha tenido lugar en las últimas décadas en relación con el deterioro del medio ambiente.

Este estudio presenta la Carta de la Tierra –promovida por las Naciones Unidas para la protección ambiental, los derechos humanos, el desarrollo igualitario y la paz– como ejemplo de declaración internacional que asume la filosofía del cuidar como marco de sentido para la construcción de una nueva conciencia ecológica. Comins recuerda que la historia del pensamiento occidental, a excepción de algunas corrientes puntuales, “se ha caracterizado por el antropocentrismo, es decir, por situar al ser humano en un plano superior al de la naturaleza”.

Por un lado, en opinión de la profesora, “la naturaleza se conceptualiza como una materia inerte, susceptible de ser objeto de una relación instrumentalizada al servicio del ser humano. La ciencia occidental, de tradición galileana, ha contribuido a esa transformación de la naturaleza de una madre viva y nutricia en una materia inerte y manipulable, una transformación conceptual que se adaptaba perfectamente a la exigencia de explotación del capitalismo”. Y, por otro lado, “el ser humano, individualista, ha olvidado su terrenalidad, su conexión íntima con el entorno”, argumenta Comins.

El legado de las mujeres

En el camino hacia una nueva autoconciencia ecológica, la profesora de la UJI considera especialmente interesante “dirigir la mirada hacia las voces silenciadas por el pensamiento occidental hegemónico: las de las mujeres y las de los pueblos no occidentales». Las principales aportaciones ecologistas provenientes de estas dos voces, tienen, según la autora, «algunos puntos en común: una visión que considera a la vida sagrada, a la tierra como madre y a sus seres como profundamente interconectados”.

Esta investigación de Irene Comins se centra en las aportaciones del legado de las mujeres a la construcción de esa nueva conciencia ecológica. “Frente a la lógica excluyente de la dominación y de la acumulación económica –asevera– hay que promover una lógica alternativa de la sostenibilidad de la vida, que esté construida sobre el eje relacional de los cuidados. La atribución histórica a las mujeres de las tareas del cuidar ha hecho que estas desarrollen unas determinadas habilidades morales –de mantenimiento de las conexiones, la sostenibilidad y el cuidado de la vida– que descubrimos ahora como fuente de una cosmovisión biocéntrica”.

Ante la lógica de la acumulación económica, «la lógica de la sostenibilidad de la vida otorga un lugar prioritario a la supervivencia, al mantenimiento de la salud, a las tareas de reproducción y de cuidado, tareas que además de mantener la vida proporcionan una comprensión práctica de que hay que preservar la naturaleza si queremos sobrevivir», concluye.

Azaña, un intelectual en el fango

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El político alcalaíno falleció a los 60 años en su exilio francés en Montauban (unos 50 kilómetros al norte de Toulouse), tras cruzar la frontera definitivamente el 5 de febrero de 1939 y dimitir de su máxima responsabilidad el 27 de febrero
El político alcalaíno falleció a los 60 años en su exilio francés en Montauban (unos 50 kilómetros al norte de Toulouse), tras cruzar la frontera definitivamente el 5 de febrero de 1939 y dimitir de su máxima responsabilidad el 27 de febrero

En tiempos en los que la memoria se pierde entre la neblina del olvido y mucho después de la muerte de Manuel Azaña, el periodista y escritor Miguel Ángel Villena reivindica en una biografía la figura de quien sin duda fue uno de los intelectuales y políticos más importantes del siglo XX, “símbolo de todos los perdedores de la guerra civil”.

“España le debe todavía a Azaña una restitución histórica”, afirma hoy Villena, que repasa algunas de las facetas más importantes de quien llegó a ser ministro, jefe del Gobierno y presidente de la II República, y de quien “antepuso la ética y sus principios a cualquier otra consideración”.

Azaña, el intelectual y el político, “es el mayor exponente de una impotencia, de un fracaso histórico que, tras la derrota republicana, sumió al país en la etapa más terrible de su historia contemporánea. Los vencidos no obtuvieron ni paz, ni piedad, ni perdón, como imploró el jefe del Estado en su famoso discurso de Barcelona de julio de 1938”, escribe Villena en el prólogo de la biografía “Ciudadano Azaña”, publicada por Península.

Perteneciente a una familia republicana, Villena (Valencia, 1956) siente admiración por Azaña desde que, de niño y adolescente, oía con frecuencia a sus padres y abuelos elogiar la figura de este político, orador portentoso y excelente cronista, que murió “enfermo y dramáticamente envejecido” en Francia, ese país que tanto admiraba pero que “lo defraudó al someterse a los nazis”.

Villena es también autor de “Españoles en los Balcanes” y de las biografías “Ana Belén” y “Victoria Kent”, y desde el principio tuvo claro que su libro sobre Azaña (Alcalá de Henares, 1880- Montauban, 1940) tenía que ser “riguroso” pero de “divulgación”, “porque hay un déficit muy grande sobre el conocimiento de nuestra historia reciente y se ignoran personajes clave como Azaña”.

Con epílogo de Jorge M. Reverte, la biografía pretende además “poner en valor” la faceta de Azaña como escritor, “que quedó eclipsada por su figura política”, y mostrar su lado humano. Villena refleja en su libro el carácter de este hombre “sobrio, austero, cabal, ceremonioso, discreto, un punto triste y algo misógino”.

España, asegura Villena, “es un país de memoria frágil”, y esa es una de las razones de que, hoy día, la figura de Azaña sea desconocida para muchos y de que su obra literaria no posea la debida influencia, pese a que un libro como “La velada en Benicarló” tenga “una actualidad absoluta”.

Pero hay más motivos para que no disfrute del reconocimiento que se merece: la memoria de este gran político “se borró durante el franquismo. Hubo un empeño deliberado de la dictadura por considerarlo un monstruo”.

También, en la Transición “no se le hizo justicia” y la democracia “ha sido muy cicatera con figuras incómodas como Azaña”, que, históricamente, “se movió entre dos aguas”:

“Era un burgués, hijo de un alcalde de Alcalá de Henares y nieto de un notario. Le hubiera tocado estar alineado con ‘los suyos’, pero no lo hizo. Era partidario de una gran reforma de España, de una democratización, pero no era revolucionario en absoluto”, señaló Villena.

Azaña “nunca aspiró al poder”, pero las circunstancias históricas excepcionales que le tocó vivir, y su “gran capacidad de consenso”, contribuyeron a que ocupara los puestos más altos durante la II República.

“Eso le provocó grandes dramas internos, grandes desgarros, porque, para Azaña, la moral siempre estaba por delante de la política”, subraya Villena, periodista de “El País” durante años y, actualmente, asesor de la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional.

El autor refleja en su biografía las luces y sombras de Azaña, y entre las primeras ocupan un lugar destacado la reforma militar y religiosa que impulsó en los años 30 y que “equiparó a España al resto de democracias occidentales”.

Pero también hay sombras, y una de ellas es “la ingenuidad”. “Azaña debería haber sido más radical; pecó de buena fe y de ingenuidad con respecto a la reacción que iba a tener la derecha española”.

“También se le reprocha una cierta cobardía a la hora de afrontar circunstancias adversas. Yo creo que Azaña durante la Guerra se hunde, la violencia le desgarra y en algunos momentos peca de una actitud abandonista”, dijo Villena tras recordar que el político intentó dimitir dos o tres veces como presidente de la República y sus colaboradores “lo convencieron” de que no lo hiciera.

Su derrota en la Guerra Civil supuso que durante los siguientes 40 años de dictadura franquista su figura fuera literalmente demonizada por el pensamiento de la época. Ya en democracia, en 1980, con el centenario de su nacimiento, y en 1990, con el cincuentenario de su muerte, surgieron otras voces que buscaban rehabilitarlo.

Son muchos, no solo en el espectro ideológico de la derecha, quienes critican la escasa habilidad política de esta figura clave en la II República, bien señalándole como uno de los responsables de que se llegara a la Guerra Civil, bien apuntando que la República ‘se le fue de las manos’ al no saber controlar a las diversas fuerzas políticas, algunas de ellas extremistas, que acabaron por propiciar la caída del régimen.

Ante la quema de conventos de mayo de 1931 y el incremento de la violencia social y política muchos le acusan de una actitud pasiva. También es criticado por la maniobra que le alzó como presidente de la República, aprovechando un subterfugio legal en lo que su predecesor en el cargo, Niceto Alcalá-Zamora, calificó en sus memorias como un “golpe de Estado parlamentario”. Este subterfugio se basó en un artículo de la Constitución que estipulaba que a la segunda vez que el Presidente disolviera las Cortes estas podían enjuiciar su actuación y destituirle: quienes querían defenestrarle contaron como una de ellas la disolución de las Cortes Constituyentes.

Azaña fue el primer presidente del Gobierno de la República y a la vez su primer ministro de Guerra (1931-1933). Un año antes de llegar al poder, participó en el Pacto de San Sebastián del 17 de agosto de 1930, una reunión de los partidos republicanos de la época en la que se preparó la estrategia para poner fin a la monarquía de Alfonso XIII y proclamar la II República.

A este pacto se sumaron en octubre el PSOE y la UGT, en Madrid. El partido y el sindicato socialista promovieron la organización de una huelga general y de una inserrucción militar para derrocar la Monarquía e instaurar la República.

Para este fin se creó un ‘comité revolucionario’ del que formaban parte, junto con Azaña, otras de las personalidades políticas que desempeñarían un papel protagonista en la República: el propio Alcalá-Zamora, Miguel Maura, Diego Martínez Barrio, Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz, Santiago Casares Quiroga, Luis Nicolau d’Olwer y los socialistas Francisco Largo Cabellero, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos.

La huelga general no llegó a declararse pero sí hubo un intento de golpe de Estado militar previsto para el 15 de diciembre de 1930, que fracasó porque los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández sublevaron la guarnición de Jaca tres días antes, el 12 de diciembre. Ambos fueron fusilados el domingo 14.

Si en algo concita un consenso favorable la figura de Azaña, es en sus cualidades como orador y escritor. De verbo fuerte y dicción clara, uno de sus dicursos más recordados es el llamado ‘de las tres pés’ (Paz, Piedad y Perdón), que pronunció el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona.

“Cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”.

Como escritor fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1926 por su biografía Vida de don Juan Valera. Entre sus obras, principalmente diarios, cartas, discursos, novelas y ensayos, destacan otros títulos como ‘El jardín de los frailes’ (que recoge su experiencia en el colegio de los agustinos de El Escorial), ‘La invención del Quijote y otros ensayos’ y ‘La velada en Benicarló’ (una reflexión sobre la guerra civil), además de sus diarios completos (en los que no deja títere con cabeza) y sus discursos completos.

La estupidez pesa

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Carlo M. Cipolla
Carlo M. Cipolla

Uno de los trabajos más divulgados de Carlo M. Cipolla es su breve análisis económico, demográfico e histórico de la estupidez humana que publicó en su libro “Allegro ma non troppo” de 1988. No es su trabajo más formal, ni el mas serio, ni el que le dio más prestigio académico, pero vamos a hacer aquí una presentación somera de su contenido en la confianza de pueda servir de aviso al lector y contribuir así al progreso del conjunto de la sociedad.

Cipolla fue un autor prolífico, creativo y con diversidad de intereses. Su autoridad fue siempre reconocida en la historia económica, especialmente en la historia del dinero y de la población, pero trabajó también en la historia de la tecnología, la alfabetización y los sistemas sanitarios.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana

En “Allegro ma non troppo”, Cipolla enumera estas premisas concernientes a la estupidez:

Primera Ley Fundamental: Siempre e inevitablemente todos subestiman el número de individuos estúpidos en circulación.

A primera vista esta afirmación puede parecer trivial, o más bien obvia, o poco generosa, o quizá las tres cosas a la vez. Sin embargo, un examen más atento revela de lleno la rotunda veracidad de esta afirmación. Cipolla considera que por muy alta que sea la estimación cuantitativa que se haga de la estupidez humana, siempre quedaremos sorprendidos de forma repetida y recurrente por el hecho de que:

  • Personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado resultan ser inequívocamente estúpidas;
  • Día tras día, con una monotonía incesante, vemos cómo entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos menos oportunos.

La Primera Ley Fundamental impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población. Cualquier estimación numérica resultaría ser una subestimación. Por ello en las líneas que siguen se designará la proporción de personas estúpidas en el seno de una población con el símbolo σ.

Segunda Ley Fundamental: La probabilidad de que cierta persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.

No todos los humanos son iguales ya que unos son más estúpidos que otros. Según Cipolla, el grado de estupidez viene determinado genéticamente por la naturaleza pero no está asociado a ninguna otra característica de raza, sexo, nacionalidad o profesión.

El profesor Cipolla realizó amplios estudios demográficos con muy diversos sectores de la población. Inicialmente afirma haber comprobado que entre los trabajadores “de cuello azul” existía una fracción σ de estúpidos y que esa fracción era mayor de lo que esperaba, con lo que se confirmaba la primera Ley. Sospechando que podía deberse a falta de cultura o a marginalidad social estudió muestras de trabajadores “de cuello blanco” y a estudiantes, comprobando que entre ellos se mantenía la misma proporción. Más sorprendido aún quedó al medir el mismo parámetro entre los profesores de universidad. Decidió por tanto expandir sus estudios hasta la élite de la sociedad, los laureados con el Premio Nobel. El resultado confirmó el poder supremo de la naturaleza: una proporción σ de laureados con el Nobel son estúpidos.

Tercera Ley Fundamental (o de Oro): una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas.

El análisis de costes y beneficios de Carlo M. Cipolla permite clasificar a los seres humanos en cuatro tipos de personas, cada uno de los cuales ocupa un cuadrante en un sistema de coordenadas. Si representamos en el eje de abcisas el beneficio, positivo o negativo, que obtiene el individuo y en el eje de ordenadas el beneficio (+) o coste (-) que causa a los demás, podemos definir y estimar las coordenadas de los siguientes tipos:

  • Desgraciado (D): aquel que se causa un perjuicio a sí mismo, beneficiando a los demás.
  • Inteligente (I): aquel que se beneficia a sí mismo, beneficiando a los demás.
  • Bandido (B): aquel que obtiene beneficios para sí mismo, perjudicando a los demás.
  • Estúpido (E): aquel que causa pérdidas a otros, perjudicándose a la vez a sí mismo.

Distribución de Frecuencia

La mayoría de los individuos no actúa consistentemente. Bajo ciertas circunstancias una persona puede actuar inteligentemente y en otras actuar como desgraciado. La única importante excepción a esta regla es la de las personas estúpidas que normalmente muestran una fuerte tendencia hacia un comportamiento estúpido en cualquier actividad o empresa. Para los demás, podremos calcular su posición en el eje de coordenadas del gráfico 1 como una media de los resultados de sus acciones en términos de costes y beneficios causados sobre sí mismos y sobre los demás. Esta posibilidad nos permite hacer la siguiente digresión:

Consideraremos un “bandido perfecto” aquel que mediante sus acciones obtiene para sí mismo un beneficio igual al coste que origina en los demás. Es el caso del ladrón que roba a otro cien euros sin causarle ningún coste adicional. Esta situación puede ser definida como un “juego de suma cero” en el que el conjunto de la sociedad ni gana ni pierde. El “bandido perfecto” quedaría representado en el eje de coordenadas del gráfico 2 sobre la línea OM que bisecta el cuadrante B.

Sin embargo los bandidos perfectos son relativamente escasos. Es más frecuente que haya bandidos inteligentes (Bi) que obtienen más beneficios que los costes que causan, o bandidos estúpidos (Be), que para obtener algún beneficio causan un coste alto a los demás. Desgraciadamente los bandidos que permanecen por encima de la línea OM son relativamente poco numerosos. Es mucho más frecuente el individuo Be. Ejemplo de este último puede ser el ladrón que destroza los cristales de un coche para robar su radio o el que asesina a alguien para irse con su mujer a pasar un fin de semana en Montecarlo.

El poder de la estupidez

Los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un bandido. Las acciones de un bandido siguen un modelo de racionalidad. El bandido quiere obtener beneficios. Puesto que no es suficientemente inteligente como para imaginar métodos con que obtener beneficios para sí procurando también beneficios a los demás, deberá obtener su beneficio causando pérdidas a su prójimo. Ciertamente, esto no es justo, pero es racional, y siendo racional, puede preverse. En definitiva, las relaciones con un bandido son posibles puesto que sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones pueden preverse y, en la mayoría de los casos, se puede preparar la oportuna defensa.

Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible. Tal como está implícito en la Tercera Ley Fundamental, una criatura estúpida nos perseguirá sin razón, sin un plan preciso, en los momentos y lugares más improbables y más impensables. No existe modo racional de prever si, cuando, cómo y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.

Puesto que las acciones de una persona estúpida no se ajustan a las reglas de la racionalidad, es lógico pensar que tienen todas las de ganar porque:

  • Generalmente el ataque nos coge por sorpresa.
  • Incluso cuando se tiene conocimiento del ataque, no es posible organizar una defensa racional porque el ataque, en sí mismo, carece de cualquier tipo de estructura racional.

El hecho de que la actividad y los movimientos de una criatura estúpida sean absolutamente erráticos e irracionales, no sólo hace problemática la defensa, sino que hace extremadamente difícil cualquier contraataque. Y hay que tener en cuenta también otra circunstancia: la persona inteligente sabe que es inteligente; el bandido es consciente de que es un bandido y el desgraciado incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Pero al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido y esto contribuye en gran medida a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su poder devastador.

No hay que asombrarse de que las personas desgraciadas e incautas, es decir, las que en los gráficos 1 y 2 se sitúan en el cuadrante D, no reconozcan la peligrosidad de las personas estúpidas. El hecho no representa sino una manifestación más de su falta de previsión. Pero lo que resulta verdaderamente sorprendente es que tampoco las personas inteligentes ni los bandidos consiguen muchas veces reconocer el poder devastador y destructor de la estupidez. Es extremadamente difícil explicar por qué sucede esto. Se puede tan sólo formular la hipótesis de que, a menudo, tanto los inteligentes como los bandidos, cuando son abordados por individuos estúpidos, cometen el error de abandonarse a sentimientos de autocomplacencia y desprecio en lugar de preparar la defensa y segregar inmediatamente cantidades ingentes de adrenalina ante tamaña situación de peligro.

Uno de los errores más comunes es llegar a creer que una persona estúpida sólo se hace daño a sí misma, pero esto no es más que confundir la estupidez por la candidez de los desgraciados.

A veces hasta se puede caer en la tentación de asociarse con un individuo estúpido con el objeto de utilizarlo en provecho propio. Tal maniobra no puede tener más que efectos desastrosos porque:

  • Está basada en la total incomprensión de la naturaleza esencial de la estupidez.
  • Da a la persona estúpida la oportunidad de desarrollar sus capacidades aún más allá de lo originalmente supuesto. Uno puede hacerse la ilusión de que está manipulando a una persona estúpida y, hasta cierto punto, puede que incluso lo consiga, pero debido al comportamiento errático del estúpido, no se pueden prever todas sus acciones y reacciones y muy pronto uno se verá arruinado y destruido sin remedio.

A lo largo de los siglos, en la vida pública y privada, innumerables personas no han tenido en cuenta la Cuarta Ley Fundamental y esto ha ocasionado pérdidas incalculables.

Macroanálisis y Quinta Ley Fundamental: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.

Las consideraciones finales de la Ley cuarta nos conducen a un análisis de tipo “macro”, según el cual, en lugar del bienestar individual, se toma en consideración el bienestar de la sociedad, definido, en este contexto, como la suma algebraica de las condiciones del bienestar individual. Es esencial para efectuar este análisis una completa comprensión de la Quinta Ley Fundamental. No obstante, es preciso añadir que de las cinco leyes fundamentales, la Quinta es, de largo, las más conocida.

El corolario de la ley dice así: El estúpido es más peligroso que el bandido.

La formulación de la ley y el corolario son aún del tipo “micro”. Sin embargo, tal como hemos anunciado anteriormente, la ley y su corolario tienen profundas implicaciones de naturaleza “macro”. Si todos los miembros de una sociedad fuesen bandidos perfectos, la sociedad quedaría en una situación estancada pero no se producirían grandes desastres. Todo quedaría reducido a transferencias masivas de riqueza y bienestar. Pero cuando los estúpidos entran en acción las cosas cambian completamente. La personas estúpidas ocasionan pérdidas a otras personas sin obtener ningún beneficio para ellas mismas y, por consiguiente, la sociedad entera se empobrece.

El gráfico 3 muestra un sistema de clasificación simple entre las acciones que causan beneficio o perjuicio a la sociedad como un todo. Toda actividad representable a la derecha de la línea NOM implica una redistribución con beneficio social neto, mientras que las actividades que caen a la izquierda o debajo de dicha línea implican pérdidas sociales netas.

El profesor Carlo M. Cipolla, erudito historiador que investigó intensamente la sociedad clásica romana, la sociedad medieval y muchas otras de la antigüedad, se sintió cualificado para afirmar que el coeficiente σ es una constante histórica. ¿Por qué entonces unas sociedades prosperan y otras entran en decadencia? Depende exclusivamente de la capacidad de los individuos inteligentes para mantener a raya a los estúpidos.

Más aún: en las sociedades en decadencia, el porcentaje de individuos estúpidos sigue siendo igual a σ; sin embargo, en el resto de la población Cipolla observa, sobre todo entre los individuos que están en el poder, una alarmante proliferación de bandidos con un elevado porcentaje de estupidez. Y entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los desgraciados incautos. Tal cambio en la composición de la población de los no estúpidos es el que refuerza inevitablemente el poder destructivo de la fracción σ y conduce al país a la ruina.

Abejas en las profundidades del alma

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Cuando una abeja recoge el néctar no lo hace para sí misma. Lo hace porque es fundamental para la supervivencia de la colmena. Las abejas recolectoras viven aproximadamente unos 30 días. El tiempo que se requiere para producir la miel es de dos meses. Así que ellas mismas no reciben ese fruto de su trabajo. Su generosidad es abrumadora
Cuando una abeja recoge el néctar no lo hace para sí misma. Lo hace porque es fundamental para la supervivencia de la colmena. Las abejas recolectoras viven aproximadamente unos 30 días. El tiempo que se requiere para producir la miel es de dos meses. Así que ellas mismas no reciben ese fruto de su trabajo. Su generosidad es abrumadora

Las abejas y su organización en colmenas constituyen el “espejo ideal de la humanidad” ya que “nos han acompañado a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental”, explican los escritores franceses Pierre Henri y François Tavoillot, que han escrito “El filósofo y la abeja”.

Ambos hermanos, que publican esta obra por la editorial Espasa, trabajan cada uno por su cuenta pero “regularmente hacemos balance conjunto” de sus respectivas investigaciones.

Piere Henri es profesor de filosofía en la Universidad de París y François trabaja como apicultor en el Alto Loira y cada uno desde su sector ha estudiado el significado de la abeja como símbolo para el pensamiento occidental.

“Nuestra gran sorpresa fue descubrir que nos ha acompañado a lo largo de toda la historia” en reflexiones de filósofos, eruditos e intelectuales europeos, empezando por la mitología griega, donde figura la leyenda de Aristeo, hijo del dios Apolo y la ninfa Cirene, y el primero que enseñó a los hombres a domesticar abejas gracias a las colmenas.

La simbología en “El filósofo y la abeja”

Desde entonces, el colmenar se ha empleado simbólicamente en todas las teorías políticas, “algunas de ellas muy opuestas entre sí” pues mientras Aristóteles la comparaba con el ideal aristocrático, Séneca lo veía más representativo de la monarquía, Cicerón la relacionaba con la república y pensadores posteriores la asimilaron con el comunismo, el liberalismo e incluso la anarquía.

En todo caso, “en el mundo de las abejas se puede encontrar las grandes cuestiones que, desde tiempos inmemoriales, se han planteado los seres humanos“, han señalado los hermanos Tavoillot.

Y es que esta especie de insectos ha sido tomada como modelo a seguir en muy distintas profesiones como, por ejemplo, entre científicos e ingenieros, debido a su capacidad para construir celdas “perfectamente geométricas” y a su “excepcional organización” fabricando miel o cera.

Los autores de “El filósofo y la abeja” consideran que, en cierto modo, también han sido “las inventoras del desarrollo sostenible” puesto que su forma de cosechar el néctar “lejos de dañar la flora, contribuye a fortalecer y promover la polinización“.

En peligro su supervivencia

Sin embargo, esta especie se enfrenta, sobre todo desde los años 90 del siglo XX, a serios problemas de supervivencia debido a “la calamidad” que supone el uso de muchos pesticidas que emplean neonicotinoides para el tratamiento de semillas.

Estos productos, asimilados incluso en dosis muy bajas, tienen un devastador efecto neurológico en las abejas, al causarles parálisis y muerte.

Los problemas para la reproducción de las plantas se han hecho evidentes ya en zonas de China, donde la muerte masiva de abejas ha obligado al ser humano a llevar a cabo la polinización de forma manual,  indican estos especialistas.

La situación en China es sólo “la punta del iceberg” pues los hermanos Tavoillot han insistido en el hecho de que la tercera parte de la producción de bienes agrícolas está relacionada con la polinización, por lo que lo que “está en peligro es nuestro propio futuro“.

Remontándonos en el curso de la historia, nos damos cuenta de que los pensadores de todas las épocas y civilizaciones han buscado en la colmena mucho más que la miel: ejemplos, modelos, guías para la vida y, también, los secretos de la naturaleza y los misterios de la cultura. Y, así, se ha descrito a la abeja como pozo de ciencia o modelo de virtud. Se ha hecho de ella el emblema de la monarquía o del imperio, pero también de la anarquía, de la democracia, del comunismo y de la sociedad de mercado.

De su comportamiento se han extraído lecciones de industria, de dominación, de poesía, de piedad, de castidad e, incluso, de… polinización. El ruido de su vuelo también ha dado nombre al rumor de la era Internet: ¡el buzz! La polinización se ha convertido en un paradigma muy apreciado para «modelizar» la economía numérica. Recientemente, la colmena ha permitido aprehender la inteligencia colectiva, la modelización sistémica y, también, los fenómenos de la ciudadanía participativa.

Todos estos conceptos, y muchos otros, han sido explotados, pues la abeja siempre va más allá de lo que es. El espectáculo de su vuelo, la contemplación de su organización, la degustación de sus productos llevan inevitablemente a una especie de ensoñación metafísica, como si la abeja nos condujese a la filosofía…

El mito de las abejas de Aristeo gira, precisamente, en torno a su pérdida pues, como causante indirecto de la muerte de la ninfa Eurídice, los dioses le castigaron destruyendo sus colmenas.

Para recuperarlas, tuvo que levantar altares y sacrificar “cuatro bueyes y cuatro vacas, tras lo cual las ninfas le perdonaron y bendijeron para que obtuviese una abundante cosecha de miel” y de los cadáveres surgió un nuevo enjambre de abejas con el que pudo recuperar su actividad.

Hoy día, los apicultores tratan de compensar la pérdida de abejas gracias a la tecnología para mejorar su cría, por lo que “la apicultura sigue siendo una profesión dinámica y atractiva“, han concluido.