Educación

El vals de las entrañas

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Aprenden a comer, a leer, a jugar pero desconocen, como la gran mayoría de los adultos, qué emociones sienten y cómo pueden gestionarlas. Educar a los menores en inteligencia emocional podría dar lugar a una sociedad menos violenta y conflictiva
Aprenden a comer, a leer, a jugar pero desconocen, como la gran mayoría de los adultos, qué emociones sienten y cómo pueden gestionarlas. Educar a los menores en inteligencia emocional podría dar lugar a una sociedad menos violenta y conflictiva

“La inteligencia emocional es la capacidad para identificar nuestras propias emociones, sentirlas, regularlas y expresarlas, así como poder reconocer las de los demás”, una definición de la psicóloga Julia Vidal que toma como referente el concepto que los psicólogos Peter Salovey y John Mayer desarrollaron en 1990.

Educar en el manejo de las emociones desde niños, pero también en los adultos, supone conseguir “regulación emocional, mejor autoestima, desarrollar el potencial de cada uno, mejorar las relaciones y gestionar mejor los conflictos”, explica la directora del Centro de Psicología Área Humana de Madrid donde se imparten cursos de inteligencia emocional para niños a partir de 5 años y adolescentes.

Sin embargo, en los colegios públicos y privados españoles no es habitual encontrar programas de desarrollo de las emociones, “algo que marcaría un antes y un después”, señala la psicóloga, para contribuir a formar una sociedad con menos violencia y menos conflictos en las relaciones.

“Los hombres -añade- están muy por debajo de la media, tienen menos inteligencia emocional que las mujeres, pero a medida que van cumpliendo años van aprendiendo”.

Según Julia Vidal, “nuestra sociedad no se para a analizar qué siente en cada momento y por qué lo siente. Estamos llenos de miedos, dificultades para ser asertivos, no sabemos decir que “no”. Hay déficit y carencias por todas partes”.

Para convertirnos en personas de comportamientos estables, el Centro de Psicología Área Humana organiza cursos de inteligencia emocional donde se estudian cada una de las cinco emociones básicas y universales: alegría, tristeza, miedo, ira y asco.

La psicóloga infantil Mariola Bonilla, de Área Humana, es la encargada de impartir estos talleres prácticos donde se trabajan las emociones y las habilidades sociales, con especial hincapié en el desarrollo de la empatía.

“Se les enseña a reconocer y a describir las emociones, a pararse a pensar para cambiar, por ejemplo, un enfado, para regularlo. Se les muestran estrategias cognitivas para que saquen lo mejor de ellos mismos”, indica.

Y para ello se utilizan distintas herramientas, como el medidor emocional, un cuadrante de colores donde cada día apuntan qué sienten. Emociones distintas para cada cuadrante: en el amarillo (emociones muy agradables y elevada energía, como el entusiasmo); en el verde (emociones agradables y baja energía, como la tranquilidad); en el azul (emociones desagradables y baja energía, como la tristeza) y en el rojo (emociones desagradables y elevada energía, como enfado).

El niño llega al curso sin saber cómo manejar sus sentimientos y sale con un diario de emociones donde anotan cómo se han sentido cada día. Empiezan a atender emociones que pasaban desapercibidas, y empiezan a entender, por ejemplo, por qué se enfadan con frecuencia.

Otro de los cambios que experimentan es en el lenguaje, se amplia el vocabulario emocional para describir mejor lo que sienten, explica la psicóloga infantil.

Por estos cursos han pasado niños tímidos, hiperactivos, tristes…pero con el factor común de tener unos padres concienciados de la importancia de la estabilidad emocional.

Este es el caso de Carolina V.Fernández que decidió llevar a su hijo Hugo, de 8 años a los talleres porque “es muy inteligente y sensible y enfocaba erróneamente sus emociones, mostraba mucha ira hacia cosas que no eran tan importantes”.

“Nada está bien o mal, hay connotaciones y queríamos que las aprendiera”, comenta esta madre, quien ha notado como Hugo ha ampliado su vocabulario sobre sentimientos y le cuesta menos expresarse “y eso nos ayuda a nosotros”.

Maestra infantil, Carolina considera que sería necesario que se realizaran programas de inteligencia emocional y habilidades sociales en las aulas porque se evitarían o resolverían con mayor facilidad muchos de los conflictos que surgen en el aula.

“Con inteligencia emocional -señala la psicóloga Julia Vidal- habría menos niños violentos, menos acoso en las escuelas, menos fracaso escolar porque se aprendería, por ejemplo, a ser empático o a identificar la envidia como una emoción normal que no debe significar dañar al otro, sino colaborar con él para obtener la fórmula de todos ganamos”.

“Pero esta sociedad está empañada, nos contagiamos la mala educación emocional”, concluye la especialista.

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La vida aprieta, la naturaleza reclama

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Cada vez son más numerosos los estudios que demuestran que la persistente desconexión con la naturaleza afecta, y mucho, a la salud física y mental de las personas, especialmente a los niños, a su nivel de estrés y su capacidad de concentración
Cada vez son más numerosos los estudios que demuestran que la persistente desconexión con la naturaleza afecta, y mucho, a la salud física y mental de las personas, especialmente a los niños, a su nivel de estrés y su capacidad de concentración

Algunos expertos se atreven hablar del “trastorno por déficit de naturaleza”, un trastorno no descrito como tal en los manuales médicos,  pero que refleja un estilo de vida en el que está ausente una naturaleza “que es estratégica en la  estimulación del sistema nervioso”.

Este “trastorno” en las sociedades occidentales parece estar asociado a la aparición de problemas físicos, como el aumento de las tasas de obesidad infantil y problemas respiratorios; psicológicos, como el incremento del diagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Incluso se ha observado un mayor riesgo de exclusión social.

Así lo explica el catedrático de Psicología Ambiental de la Universidad Autónoma de Madrid, José Antonio Corraliza, autor, junto a Silvia Collado, de varias investigaciones con 2.000 niños en edad escolar, compiladas ahora en el libro “Conciencia Ecológica y Bienestar en la Infancia” (Editorial CCS).

El estudio concluye que el mayor contacto con la naturaleza o espacios verdes reduce los niveles de estrés de los niños, aumenta su capacidad para afrontar los eventos adversos y favorece su capacidad de atención.

Y es que, según Corraliza, en términos evolutivos vivimos en las ciudades hace 10 segundos y nuestro sistema nervioso y fisiológico aún no se ha adaptado a los entornos urbanos actuales que caracterizan a los países desarrollados.

La naturaleza, mucho más que un capricho

Conservar la naturaleza es algo más que un capricho porque, no solo se trata de proteger animales y plantas, “es también una vía para mantener la calidad de vida y garantizar el futuro”, defiende Asunción Ruiz, directora ejecutiva de SEO/BirdLife, organización pionera en la conservación de la naturaleza y la biodiversidad en España, que ha abierto una nueva linea de trabajo para relacionar naturaleza y salud.

Recuerda que son ya muchas las publicaciones científicas que demuestran como más allá de los servicios ambientales que proporciona la naturaleza, ésta contribuye también a paliar algunos de los problemas de salud más importantes detectados en Europa, como los pulmonares y cardiovasculares por la contaminación del aire; los trastornos del sueño, hipertensión, irritación, derivados del ruido…; o el estrés generado por las cada vez más crecientes olas de calor.

Y a juicio de Ruiz, es “muy alentador” que se esté demostrando que la naturaleza puede ser una fantástica herramienta para combatir los principales problemas de salud a los que que se enfrentan los ciudadanos europeos y también una herramienta muy buena de integración social; además, un reciente estudio del Instituto Europeo de Políticas Ambientales resalta estos valores y anima a seguir trabajando en esta dirección.

Medicina forestal para la fibromialgia

Pero la vuelta a la naturaleza como fuente de salud tiene hoy en día una de sus máximas expresiones en la llamada “medicina forestal”

Esta medicina está muy extendida en algunos países como Japón, donde se han invertido grandes cantidades en investigación para demostrar el valor terapéutico de los bosques y además se han incorporado esas terapias en la cartera pública de servicios.

En España contamos con algunos proyectos pilotos, como el llevado a cabo en los hospitales de Santa Caterina y Josep Trueta , en Gerona, para aliviar los dolores de los pacientes con fibromialgia.

Los primeros resultados arrojan que estos pacientes pueden llegar a reducir a la mitad los días que sufren dolor cuando realizan ejercicios en esos espacios naturales.

El antídoto contra el abuso puede ser un cuento

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Los relatos infantiles ayudan a padres y tutores a identificar y evitar el abuso sexual a los niños, y que también aportan a los pequeños una herramienta eficaz para protegerse desde edades tempranas
Los relatos infantiles ayudan a padres y tutores a identificar y evitar el abuso sexual a los niños, y que también aportan a los pequeños una herramienta eficaz para protegerse desde edades tempranas

Los cuentos infantiles ayudan a desarrollar la creatividad, imaginación, percepción y sensibilidad de los niños, así como su destreza verbal, gusto por la lectura y capacidad de comprender y comunicarse. Pero existen otros que también pueden servirles de ayuda ante posibles abusos sexuales a edades tempranas.

“Clara y su sombra”, de la psicóloga Elisenda Pascual; “¡Estela, grita muy fuerte!”, de la traductora y profesora de idiomas Bel Olid; “Kiko y la mano”, de la campaña preventiva europea; ‘La Regla de Kiko’ y “Ojos verdes”, de las psicólogas Sara Arteaga y Luisa Fernanda Yágüez, son algunos ejemplos de cuentos que ayudan a prevenir el abuso sexual infantil (ASI).

A esta lista acaban de sumarse los títulos: “Tu cuerpo es tu tesoro” y “¿De qué color son tus secretos?”, de Margarita García Marqués, psicóloga por la Universidad de Salamanca (España), psicoterapeuta y experta en abusos sexuales infantiles, que “aportan información y recursos, tanto a los menores como a los adultos, para detectar, evitar y frenar el ASI”, según indica.

García Marqués es fundadora de la Asociación para la Sanación y la Prevención del Abuso Sexual Infantil (AspaSi) y autora de “Señales de alerta del maltrato infantil” en la Guía Práctica del Buen Trato al Niño, así como colaboradora en el informe de Save the Children, “La justicia española frente al abuso sexual infantil en el entorno familiar”.

La osita que enseña a protegerse

“Estos cuentos tienen el objetivo de enseñar a los niños a que conozcan sus partes íntimas, a protegerse de los abusos, a poner límites si alguien los toca de forma sexualizada, a pedir ayuda si sucede algo inadecuado, a que distingan conductas abusivas de los adultos y a que expresen con naturalidad si alguien intenta propasarse con ellos”, explica la autora a Efe.

Los libros también incluyen orientaciones y consejos dirigidos a los padres para que puedan detectar y prevenir el abuso hacia sus hijos en situaciones cotidianas, y también para que sepan cómo actuar si tienen indicios o una considerable certeza de que el ASI ya se ha producido.

En el cuento “Tu cuerpo es tu tesoro”, editado para edades de entre 3 y 8 años e ilustrado por Nuria Diez Crespo, la osita Aspasi enseña a Andrea y Andrés que su cuerpo es un tesoro sobre el que pueden decidir, pudiendo decir NO a besos, abrazos y cosquillas, cuando no los quieren recibir, resalta la psicóloga.

“La osita enseña a los niños cuál son sus partes íntimas y les explica que ningún adulto puede jugar con ellas. También les da consejos y les anima a hablar con los mayores de confianza si alguna vez alguien pretende abrir su “tesoro” sin permiso”, apunta.

“En “Tu cuerpo es tu tesoro” se enseñan a los niños cuatro reglas clave para proteger su cuerpo, y se abordan todas estas cuestiones de manera que los niños no se asusten, tratando de normalizar las cosas para que vivan la sexualidad de forma sana, sin vergüenza ni culpa”, destaca Eloína Prado Llera, editora del libro.

“El abuso es un delito penado con cárcel, pero el cuento no se centra en ese aspecto, ya que si los niños lo ven tan malo, teniendo en cuenta que el 87 % de los ASI ocurren en el ámbito familiar, y suele cometerlos una persona a quien quieren, la mayoría no lo contará y lo mantendrá en secreto, porque no quiere que encarcelen al abusador”, indica García Marqués.

“Por este motivo en el cuento se presenta al abusador como alguien que no sabe comportarse adecuadamente y hay que enseñarle, poniéndole límites y pidiendo ayuda a los padres u otros adultos de confianza”, enfatiza la autora.

Secretos de distintos tipos, formas y colores

“En el cuento “¿De qué color son tus secretos?”, para niños/as de 3 a 10 años e ilustrado por María Jesús Santos, la protagonista es Alma, una niña que tiene una osita de peluche llamada Aspasi, y explica a los pequeñ@s cómo les hace sentir cada secreto, qué pueden hacer con ellos y con quién han de compartirlos”, señala García Marqués.

“En este libro Alma enseña que los secretos pueden ser de distintos tipos, formas y colores, y que se pueden distinguir unos de otros por las sensaciones más o menos buenas o malas que nos provoca el hecho de mantenerlos”, matiza la psicóloga.

“También enseñamos a los pequeños a expresarse y comunicar lo que les preocupa, procurando así reducir los abusos de todo tipo”, añade.

“La mayoría de los abusadores utilizan el secreto para conseguir que los niños guarden silencio, y este cuento está creado para que los pequeños compartan los secretos que les hacen sentir mal y ofrecerles un espacio de confianza donde poder expresarlos”, añade García Marqués.

“¿De qué color son tus secretos?” busca fomentar el buen trato hacia la infancia, prevenir abusos y promover la expresión emocional infantil y, por ello, es importante que el menor se sienta acompañado en su lectura”, señala la psicóloga Mercedes Bermejo, que dirige la colección Senticuentos, a la que pertenece este libro.

“Además de leer el cuento, el chiquillo puede responder las preguntas planteadas a lo largo de las páginas, reflexionar, compartir ideas y recuerdos con la compañía de un adulto, dibujar en las hojas del final, colocar pegatinas y buscar a la osita Aspasi por las páginas interiores”, puntualiza Bermejo.

Consultada sobre la idoneidad de tratar el tema del ASI desde edades tan tempranas, García Marqués indica: “hay que informar a los niños porque algunos son abusados con tres años o menos y, si conocen el tema, es más fácil que los podamos proteger”.

La fundadora de AspaSi asegura que una parte considerable de los pacientes que trata por abusos tienen menos de cinco años, “además, generalmente, los abusadores eligen a niños/as de corta edad porque piensan que nadie va a creerles o, posiblemente, no van a hablar de lo que le está sucediendo”, concluye.

Educación inclusiva desde el uniforme a la escuela

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Tailandia es un país sensibilizado con las inquietudes del colectivo transgénero, que es considerado un regalo de los dioses. A la izquierda, modelo estándar. A la derecha, uniforme para Ladyboys
Tailandia es un país sensibilizado con las inquietudes del colectivo transgénero, que es considerado un regalo de los dioses. A la izquierda, modelo para Tomboys. A la derecha, uniforme para Ladyboys

¿Falda para chicas y pantalones para chicos? En un mundo globalizado y cambiante, ¿no es algo vetusto este planteamiento simple, que perpetúa estereotipos sexistas? ¿Por qué el fin de semana las más pequeñas visten pantalones, pero de lunes a viernes ciertos colegios imponen falda en sus uniformes? ¿Que hay de los estudiantes transgénero y de sus derechos?

El debate no es nuevo y de ello da buena cuenta la plataforma Change.org, que ha recogido peticiones para acabar con los uniformes sexistas de todos los puntos del planeta. Alergia a los leotardos fue una de las primeras causas que se pudieron leer en esta red colaborativa de apoyo. Una pequeña no podía jugar libremente en el patio porque no soportaba la lana de los leotardos y no quería enseñar su ropa interior al dar volteretas en el patio. No todas las peticiones atienden a la misma causa.

En Melbourne, la madre de una niña de 6 años impulsó una campaña porque su hija sencillamente quería llevar pantalones. Más de 16.000 firmas han avalado el deseo de la niña y el colegio ha accedido: la pequeña Asha podrá vestir pantalón como el resto de sus compañeros.

Un paso más allá, la Priory School, en Sussex (Reino Unido) ha saltado a los periódicos por haber cambiado su política de uniformes, en un intento de incluir a los estudiantes del llamado tercer sexo, tal y como recoge The Guardian. Así, en este centro y desde este curso, todos los alumnos deben usar pantalones. Tony Smith, director de esta escuela, ha afirmado que el cambio lo impulsaron varios alumnos que habían estado preguntando por qué el uniforme atribuía ciertas prendas a los niños y otras a las niñas. “Además, hemos tenido en cuenta que tenemos un pequeño pero creciente número de alumnos transgénero para quienes el uniforme es muy importante”. La longitud de las faldas escolares -que decrece a la misma velocidad a la que crece la edad de las alumnas- también ha influido en la toma de esta decisión, según el director de esta escuela.

Pero si hay un ejemplo en esto del fin de los uniformes para chicos y para chicas es Tailandia, un país donde los transgénero son respetados por todos, teniendo incluso su propio certamen de belleza seguido por audiencias millonarias. Los terceros cuartos de baño ya son una realidad en miles de centros educativos de todo el país y hace unos años llegó el cambio a los obligatorios uniformes universitarios: la Universidad de Bangkok creó un código de vestir con faldas y pantalones “trans”. Eso sí, pantalones más estrechos y femeninos para “ladyboys” y faldas más largas y masculinas para “tomboys”.

La Escuela de Bellas y Artes Aplicadas de la Universidad de Bangkok publicó sus códigos de vestimenta en su página de Facebook, permitiendo a los estudiantes elegir uniforme de acuerdo a su identidad de género.

La letra, con cine entra

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Escena de Los 400 golpes", de Truffaut
Escena de Los 400 golpes”, de Truffaut

El escritor canadiense David Gilmour propone una nueva educación sentimental a través del cine en el libro “Cineclub”, que cuenta la historia real y conmovedora de un padre que intenta acercarse a su hijo adolescente.

Gilmour admite que “Cineclub” (Mondadori en castellano, Empuries en catalán) puede constituir “un manual o guía de cómo tratar a adolescentes”, pero en realidad el mensaje que pretende transmitir el libro es que “es importante que cualquier chico pase tiempo con su padre”.

La mayoría de problemas que hay en Norteamérica con los chicos adolescentes, añade el autor, suceden por ser “jóvenes que no tienen en sus vidas la figura del padre”.

El punto de partida de la experiencia fueron las malas notas de su hijo Jesse, incapaz de acabar la secundaria y que comenzó a ausentarse del instituto.

Fue entonces cuando Gilmour planteó la disyuntiva a su hijo. “Podrás abandonar el instituto, no tienes que trabajar, no tienes que pagar alquiler, puedes dormir hasta las cinco todos los días y nada de drogas”, y lo único que le exigió fue ver juntos tres películas a la semana, elegidas por el padre.

“Es la única educación que vas a recibir”, le dijo Gilmour, quien mantuvo esta estratagema durante tres años, entre los 16 y los 19 años de Jesse.

En esos tres años vieron juntos filmes esenciales como “Los 400 golpes”, “La dolce vita”, “Desayuno con diamantes”, “El padrino”, “Annie Hall”, “Psicosis” o “Un tranvía llamado deseo” y otros menos relevantes pero interesantes para la conversación como “Alerta máxima”, “Showgirls” o “Corrupción en Miami”.

Sobre la validez de esta ‘educación cinematográfica’, Gilmour cree que “no es seguro que la gente podamos aprender algo del arte, pues aprendemos sobre la vida desde la vida misma, pero en nuestro caso las películas, el cine, nos sirvió para estar juntos y a partir de ahí entablar una conversación”.

Al respecto, “Cineclub” es “una biografía de la relación entre un padre y su hijo y, en definitiva, una carta de amor de un padre a un hijo”, algo poco habitual, porque normalmente los hombres “suelen escribir sobre lo mucho que se enamoran y aman a las mujeres, sobre el deporte que les gusta practicar, pero rara vez escriben sobre lo que quieren a sus hijos”.

Gilmour aclara que durante los tres años que duró el ‘experimento’ “jamás se me había pasado por la cabeza escribir un libro y, de hecho, fue Jesse quien me dio la idea”.

Consciente de que “Cineclub” ofrece sólo una visión de aquellos tres años de convivencia mutua con el séptimo arte, Gilmour aclara que “si mi hijo hace algo, no será un libro, sino una película, pues ahora está estudiando en la Escuela de Arte Dramático y ya ha escrito un guión, del que saldrá en su caso una historia radicalmente distinta, porque la experiencia vital de nuestros hijos es diferente de lo que nosotros nos imaginamos que es”.

Cree el escritor canadiense que “criar a los hijos es concatenar una serie de adioses: adiós a los pañales, a la niñez y finalmente a la casa”, pero como le ha recordado el cineasta canadiense David Cronenberg, “los hijos suelen volver”.

Aunque es cierto que vuelven, como ahora le ha pasado con Jesse después de estar un tiempo en Vietnam, “ya no es un retorno como hijos, sino como invitados”, aclara.

Gilmour, que fue crítico de cine durante quince años y llegó a dirigir el Festival de Cine de Toronto, trató de “sacar a Jesse del aburrimiento y del fracaso escolar y proporcionarle una experiencia placentera a través del cine, que era lo único que le gustaba, porque detestaba los libros y el teatro, y si había alguna rendija para introducir algún elemento educativo siempre lo aprovechaba”.

A Jesse, que acompañó a su padre en la promoción de “Cineclub” por EEUU, no acabó de agradarle el libro: “Es como un álbum con 250 fotos de mi hijo y evidentemente no todas las fotos le gustan, y por eso sólo lo ha leído una vez y, en cambio, mis novelas las lee una y otra vez”.

Por un sentimiento de culpa, para complacerle, Gilmour cedió a su hijo el 25% de los derechos generados por “Cineclub” y “cuando ha visto que se ha convertido en superventas en todos los sitios está más contento”.

Sueños elevados al cuadrado

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Louis Armstrong, Paul Newman y Duke Ellington
Louis Armstrong, Paul Newman y Duke Ellington

Los antiguos griegos ya reconocían que las artes y las matemáticas estaban íntimamente relacionadas, y esa simbiosis ha continuado hasta nuestros días. Notices of the American Mathematical Society, la revista más leída por la comunidad matemática, ha dado cuenta varias veces de este tema. La música, la mímica y el propio arte de la naturaleza se relacionan con las matemáticas.

“En la dicotomía tradicional entre ciencia y arte, las matemáticas cautelosamente se sitúan entre las dos… y las une el intento humano de dar sentido al Universo”, comenta en el prólogo el matemático Michael Atiyah, profesor honorario de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido) y ganador de una medalla Fields.

El veterano investigador considera que entre todas las artes la que mejor se puede comparar con las matemáticas es la arquitectura, en la que se pueden encontrar variedad de funciones (desde iglesias hasta estaciones de ferrocarril), materiales (del vidrio al ladrillo), y belleza en todos sus niveles. Las teorías matemáticas presentan una variedad parecida, pero su belleza es más difícil de apreciar.

Atiyah reconoce que explicar el concepto de belleza requeriría muchas páginas y mucho tiempo, “aunque esencialmente un resultado o razonamiento matemático bello es aquel que combina elegancia, profundidad, perspicacia, sorpresa y simplicidad, combinadas con complejidad y universalidad”. “La belleza se escapa a una definición precisa, pero uno la reconoce cuando la ve”, aprecia el profesor.

El matemático destaca que la disciplina que profesa puede ser arte, pero se queja de que muchas personas consideren las matemáticas como un “arte negro”, próximo a la magia y al misterio. “Pero afortunadamente hay muchas formas en que el arte y la belleza aparecen en las matemáticas, y algunas de ellas las puede apreciar el gran público”.

La infinita cuerda invisible

Los tres artículos del Notices van en esa línea. En uno de ellos Tim Chartier, profesor de matemáticas del Davidson College (EE UU) y también mimo formado con el legendario Marcel Marceau, plantea cómo las artes escénicas pueden ayudar a explicar y meditar sobre los conceptos matemáticos.

En una de sus representaciones Chartier consigue sorprender a la audiencia con el concepto de “infinito”. El mimo tropieza con lo que parece ser una cuerda invisible, la examina detenidamente y descubre que es de una longitud infinita por ambos extremos. Tras un cómico enredo con la soga, el actor decide cortarla. Un fragmento se pierde imaginariamente tras las butacas y el otro queda sujeto al brazo del mimo, que formula entonces la pregunta: ¿Cómo es de larga ahora esta cuerda?

Chartier confiesa que sus respuestas favoritas vienen de los niños y niñas: “muy larga”, “la mitad de larga”, y por supuesto también “infinitamente larga”. ¿Cómo puede ser, tras haberla cortado? El mimo deja ahí la reflexión sobre la naturaleza de lo infinito, pero pone más ejemplos para recordar que con la mímica, el teatro, los malabares, la danza u otras artes escénicas cualquiera se puede acercar a las matemáticas.

Espectrogramas y fractales

La música también se puede relacionar con esta disciplina, según demuestran en otro estudio Gary D. Don, profesor de música en la Universidad de Wisconsin-Eau Claire (EE UU), y tres colegas matemáticos de la misma institución y de la Universidad Estatal de Nueva York.

Los investigadores emplean unas funciones matemáticas denominadas “transformadas de Gabor” para analizar los sonidos y generar espectrogramas, gráficos que representan las variaciones de la señal en el tiempo. Además se pueden visualizar en vídeo.

La técnica permite valorar, por ejemplo, si la voz de Louis Armstrong suena como su trompeta. Y efectivamente, al analizar su interpretación de La Vie en Rose, los espectrogramas por separado del canto y del sonido de la trompeta reflejan que las vibraciones y los momentos álgidos son similares.

Del mismo modo se puede cuantificar lo que tienen en común Beethoven, Benny Goodman y Jimi Hendrix; o las disonancias que se aplican intencionadamente en la música rock, además de analizar el ritmo de las melodías e incluso crear composiciones musicales.

De forma casual, una de las formas de inventar música nueva de Don y sus colegas comienza con las imágenes fractales de Michael F. Barnsley, profesor del Instituto de Ciencias Matemáticas en la Universidad Nacional de Australia y autor del tercero de los artículos.

Barnsely establece un paralelismo entre las formas biológicas, como los helechos, y las formas matemáticas. El investigador emplea funciones iterativas o el juego del caos para generar imágenes fractales (compuestas por infinitos elementos cuyo aspecto no varía aunque cambie la escala). Algunas de ellas se han vendido en exposiciones de arte.

Estos trabajos científicos tan solo representan unos pocos ejemplos de hasta dónde puede llegar la creatividad en las matemáticas y su relación con el arte. Algunos de los profesionales de los números y la geometría, como Atiyah, incluso se atreven con la poesía:

“A plena luz del día los matemáticos revisan sus ecuaciones y sus pruebas, no dejando piedra sin levantar en su búsqueda del rigor. Pero por la noche, bajo la luna llena, ellos sueñan, flotan entre las estrellas y se preguntan sobre el milagro de los cielos. Se inspiran. Sin sueños no hay arte, no hay matemáticas, no hay vida”.

Psicoanálisis contra exclusión

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En la imagen Anna y Sigmund Freud en el sexto congreso internacional de psicoanálisis, La Haya (1920)
En la imagen, Anna y Sigmund Freud, en el sexto congreso internacional de psicoanálisis, La Haya (1920)

Más de 160 cartas inéditas de Anna Freud (1895-1982) y del pedagogo August Aichhorn (1878-1949) aportan nueva luz a un movimiento pionero del psicoanálisis en la Viena de entreguerras, cuyo objetivo es hoy tan actual como entonces: el rescate de niños y jóvenes del desamparo y la delincuencia.

“Opino que tiene mucho sentido recordar de una manera más exhaustiva estas ideas y los protagonistas que, digamos, las han encarnado, y con ello impulsar quizás un debate”, explica el psicoanalista y pedagogo social Thomas Aichhorn, nieto de August y autor del libro en el que edita las citadas cartas.

“El psicoanálisis solo puede florecer donde reina la libertad de pensamiento”, dice Anna, hija de Sigmund Freud, en una de las misivas a Aichhorn en 1946, y esta sentencia titula la obra que, publicada por la editorial alemana Brandes & Apsel, se presenta el próximo jueves en la Sociedad Psicoanalítica de Viena.

El autor destaca que el intenso trabajo desarrollado por un grupo en torno a ambos, si bien hoy puede considerarse histórico, se vio truncado no por falta de éxito, pues ha obtenido reconocidos resultados, sino por los acontecimientos políticos de 1938, cuando Austria fue anexada al Tercer Reich de Adolf Hitler.

El régimen nazi desintegró a la Sociedad Psicoanalítica de Viena, y casi todos sus integrantes (además de psicoanalistas, esta entidad formaba pedagogos y asistentes sociales) huyeron a diversos países.

Anna Freud se exilió en Londres, y Aichhorn permaneció en Viena, un distanciamiento geográfico que dio lugar al mayor número de las cartas, cuando tras el fin de la Segunda Guerra Mundial ambos buscan recuperar su antigua relación en Viena.

Ampliamente comentadas por el autor, y complementadas por numerosos documentos, reflejan no sólo el afecto entre ambos, sino sobre todo el compromiso común por el trabajo psicoanalítico con menores que marcaba su afectuoso vínculo.

Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, Aichhorn asumió la dirección de un importante centro de menores en Oberhollabrunn, en el noroeste de Viena, donde aplicó con éxito un método que luego desarrolló teóricamente en cooperación con A. Freud.

Sus conclusiones las reflejó en su libro “Juventud Desamparada” (1925) que, traducido a múltiples idiomas, contribuyó al renombre internacional que conquistó en su época como educador pionero.

Para A. Freud, Aichhorn era uno de los precursores de un campo de creciente aplicación de los descubrimientos de Sigmund Freud.

Y es que debía tratar formas de perturbaciones en las “que no se encuentran las condiciones intrapsíquicas originales del psicoanálisis”, como las histerias, fobias o neurosis, y que por eso requerían de nuevas técnicas, destaca Th. Aichhorn.

Recuerda que su abuelo decía que sus éxitos anteriores al psicoanálisis eran “éxitos por casualidad”, se debían a una constelación favorable pero difícilmente imitable. Su idea era que los conocimientos surgidos del psicoanálisis permitían una comprensión que a su vez sería la base de una forma de enseñanza.

“Y buena parte de su vida profesional posterior estuvo dedicada a desarrollar un método que le permita capacitar también a otros para trabajar con éxito con estos jóvenes”, señala.

En su enfoque es “esencial, en contraste con otros enfoques de trabajo psicoanalista, que no se desempeña en lo privado, es decir, en un consultorio o en el también marco privado de una familia”.

“Su idea era influir asimismo en los sistemas o entidades públicas de educación y ayuda social”, y en consecuencia él estableció en Viena una nueva forma de trabajar en centros de asesoramiento de educación en oficinas municipales.

“Se puede afirmar que en cierto sentido inventó un nuevo tipo de institución”, con una importante función profiláctica.

“La idea era que si se logra controlar cuanto antes historias de vidas críticas, o también influir pronto en el entorno, sería posible que la vida transcurra desde un comienzo de tal forma que los comportamientos desagradables que suelen aparecer sobre todo en la juventud, ni siquiera aparezcan”.

Pero si aparecen, defendía entonces determinadas formas de tratamiento, muy lejanas de las que eran y aún son habituales”, recuerda Th. Aichhorn.

Y añade: “Lo que le importaba no era que los jóvenes se adapten a las formas sociales dominantes, sino poder capacitarles para que vivan de manera que eviten la intervención (negativa, castigadora) del Estado en sus vidas”, pues estimaba que los castigos, incluida la cárcel, podían destruir definitivamente esas vidas.

Aichhorn llegó a integrar el círculo más cercano a Sigmund Freud y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial reabrió la Sociedad Psicoanalista de Viena.

Junto a la citada obra, Th. Aichhorn pergeña otro libro, titulado “Augusto Aichhorn, pionero del trabajo social psicoanalítico”, con una recopilación de conferencias que pronunció su abuelo (editorial vienesa Löcker).