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Palabras a ras de césped

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Sublime poeta, lúcido escritor y extraordinario cineasta, Pier Paolo Pasolini también era un enamorado del fútbol. En este célebre texto nos habla sobre los lenguajes del juego. El futbol, a lo largo de la historia, ha despertado grandes pasiones entre los escritores, pero también grandes fobias, como las que sentía Kipling y Borges. Pero en los últimos tiempos una gran nómina de reputados autores, como Camus, Nabokov, Benedetti, Neruda, Galeano o Javier Marías han saltado al terreno de juego para demostrar que la literatura no está reñida con el futbol
Sublime poeta, lúcido escritor y extraordinario cineasta, Pier Paolo Pasolini también era un enamorado del fútbol, que, a lo largo de la historia, ha despertado grandes pasiones entre los escritores, pero también grandes fobias, como las que sentía Kipling y Borges. Pero en los últimos tiempos una gran nómina de reputados autores, como Camus, Nabokov, Benedetti, Neruda, Galeano o Javier Marías han saltado al terreno de juego para demostrar que la literatura no está reñida con el futbol

Ilusión, solidaridad, diversión, alegría, pasión o incitación al olvido y al rencor. Éstas son algunas palabras que van unidas al deporte del futbol, y que narradores y poetas han acuñado desde los tiempos más remotos, como en la literatura griega que ya cantaba a los héroes deportivos.

Pero el futbol, el deporte rey, el más universal, el que une a ricos y pobres y a gente de todos los rincones del planeta, también desde hace años ha sido criticado y despreciado por algunos de los grandes de las letras. Un divorcio que comenzó en 1880 con el escritor británico Rudyard Kipling, quien decía que son “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.

Desprecio intelectual

Una idea a la que se sumó el gran Jorge Luis Borges, quien odiaba el futbol y lo consideraba una estupidez, “una estupidez de ingleses”, decía. “Feo estéticamente y un deporte violento que despierta las peores pasiones”, añadía.

Pero como dijo el sociólogo e historiador holandés Johan Huizinga en su famoso libro Homo ludens: el hombre es juego. “El hombre juega como un niño, por gusto y recreo, por debajo del nivel de la vida seria…”

Y esta pasión, que mueve a millones de almas, y que alcanza su máxima gloria con los Mundiales de Futbol, ha tenido y tiene en el mundo de las letras a infinitos enamorados que hacen que el tópico sobre que los intelectuales desprecian el balón, y frases como “pensar con los pies”, se difumine cada día más.

El hombre es juego para Camus, Pasolini, Neruda o Alberti

Para Albert Camús, quien jugó de portero, todo lo que sabía “con mayor certeza respecto a la moral” y a las obligaciones de los hombres lo había aprendido del futbol.

Una pasión que también tocó a un iconoclasta Pier Paolo Pasolini, quien escribió que “el goleador es siempre el mejor poeta del año”, y a Vladimir Nabokov, autor de Lolita , quien también fue arquero durante su estancia en Cambridge.

Los poetas también se han visto inspirados al ver una pelota correr y Pablo Neruda escribió el poema Los jugadores : “Juegan, juegan/Agachados, arrugados, decrépitos…”. Tiempo después compuso Colección nocturna , incluido en Residencia en la tierra .

También Rafael Alberti se sintió subyugado por el futbolista húngaro Franz Platko, guardameta del Barcelona en los años 20 del siglo pasado, a quien le escribió Oda a Platko : “No nadie, nadie, nadie/camisetas azules y blancas, sobre el aire/camisetas reales, contrarias, contra ti, volando y arrastrándote…”.

El poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti fue otro apasionado del futbol, como mucho de sus compatriotas, un romance que dio a los lectores uno de los cuentos más famosos del balompié: Puntero izquierdo, que en opinión de algunos especialistas ayudó mucho a romper ese supuesto divorcio entre las letras y el balón, sobre todo viniendo de alguien de la izquierda, un pensamiento que muchas veces ha relacionado al futbol con el opio del pueblo, y a frases como “pan y futbol” o “pan y toros”.

Y otro de los autores que más ha reflexionado y ficcionado sobre las letras y la teoría del balón es el uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra y quien ha hablado de este apasionado asunto.

“Abundan los intelectuales que aman a la humanidad —dice— pero desprecian a la gente. Y no importa si son, o dicen ser, de izquierdas o de derechas: si son de izquierdas creen que el futbol tiene la culpa de que la gente no piense, y si son de derechas creen que el futbol es la prueba de que la gente piensa con los pies”.

“De cualquier manera —aclara el escritor—, digan lo que digan, el futbol bien jugado es una suerte de danza con pelota, una fiesta de las piernas que lo juegan y los ojos que lo miran, y ésa es la explicación que a la vista está, de que los Mundiales sean de veras Mundiales. Es casi unánime.

“Y digo casi —continúa Galeano—, por sus pocas excepciones. Un periodista deportivo de los Estados Unidos me dijo: “Aquí el futbol es el deporte del futuro. Y siempre lo será”. Sin embargo, hasta ellos están empezando a incorporarse a la única religión universal que no tiene ateos. Están empezando ellas, en realidad. Muchísimas mujeres estadounidenses juegan al futbol, el ‘soccer’ que le dicen, y juegan muy bien”, concluye.

El boom de la literatura latinoamericana con Gabriel García Márquez a la cabeza, quien se confesó hincha, también reveló su romance con el balón, como Onetti o Vargas Llosa, quien se ha manifestado recientemente “hincha hasta la muerte” del “Universitario de Deportes”.

Valdano, Javier Marías y el Real Madrid

El argentino Jorge Valdano, ex jugador y actual director general del Real Madrid, y quien tiene el corazón partido entre la pelota y las letras, es uno de los grandes compiladores de cuentos de futbol.

Relatos de prestigiosos escritores unidos en dos volúmenes, editados por Alfaguara, y en cuyo prólogo Valdano escribe: “Este libro es un encuentro para el músculo y el pensamiento con la intención de que vayan perdiendo la desconfianza que se tienen. Un juego, el del futbol, metido dentro de otro juego, el de la literatura”.

Otro de los más reputados escritores actuales, el madrileño Javier Marías, quien fue extremo izquierdo en la infancia, también ha dejado por escrito su pasión futbolera y su incondicional amor al Real Madrid, en un libro que reúne todo su material acerca del futbol y que se acaba de reeditar con treinta nuevos textos, con motivo del Mundial de Sudáfrica.

“Pocas cosas me han hecho tanta ilusión en los últimos años como que me pidieran escribir sobre futbol de vez en cuando: un descanso”, escribió el autor al margen de su primer texto futbolístico Vida del fantasma , en 1995. Para Marías, el futbol va unido a su infancia.

El uruguayo Horacio Quiroga, el austríaco Peter Handke, el checo Milan Kundera y los españoles Camilo José Cela, Miguel Hernández, Miguel Delibes, Vázquez Montalbán, Enrique Vila-Matas, Joaquín Sabina, Ray Loriga, Gonzalo Suárez o García Hortelano son otros de los escritores que han teorizado, ficcionado o mostrado su pasión por todo lo que pasa en los terrenos de juego.

Al igual que el escritor madrileño Javier Reverte para quien el posible recelo que existe entre los literatos y los futboleros se reduce a “una cosa muy española”.

“Yo creo que esto sólo pasa en España, donde se dice eso de ‘pan y toros’ o ‘pan y circo’, porque en Estados Unidos no ocurre. Allí los grandes autores norteamericanos han escrito de rugby americano, de boxeo, de beisbol. Y en el mundo anglosajón tampoco, donde hay grandes cronistas deportivos”.

Tópico español

Para Javier Reverte, que fue jugador, y autor de libros de viajes como la trilogía de África, o la trilogía de Centroamérica, el futbol es “solidaridad, alegría, triunfo compartido, euforia”, y nunca está ligado a ningún régimen político, “como algunas veces quieren hacer ver”. Es verdad que el poder ha utilizado al futbol, como Franco lo hizo en España, o como ahora (Joan) Laporta lo está haciendo con el Barcelona, que parece que quiere que represente a un independentismo, pero no así.

“La selección actual española es buenísima y está compuesta con chicos de todas las partes y autonomías de España”, concluye.

Es este sentido, y ante el Mundial de Sudáfrica acaban también de salir al mercado dos libros, Los secretos de la Roja , con prólogo de Iker Casillas y escrito por Miguel Ángel Díez, donde se cuenta la “intrahistoria” de la selección, y el Libro de futbol , que reúne relatos y pinturas sobre el tema.

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El perdedor asido a una birra

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Salem sitúa a su protagonista en una vorágine de envolvente irracionalidad, bañada en espuma de cerveza
Salem sitúa a su protagonista en una vorágine de envolvente irracionalidad, bañada en espuma de cerveza

A pesar de que al narrador, poeta y periodista argentino Carlos Salem no le gustan las etiquetas, sí que ha querido crear una teoría para acotar su torrente creativo, “la cerveza ficción”, una nominación que define su último libro de cuentos, “Relatos negros, cerveza rubia”.

Unos relatos firmado por el Bukowski en castellano, llenos de humor ácido, que también son un homenaje a la picaresca española, según explica Salem (Buenos Aires, 1959).

“Se trata de un tipo de relatos noctámbulos y canallas, que sí que pueden tener un registro Bukowski pero que quieren rescatar la picaresca callejera española, que veo que ha desaparecido en la literatura. Esconden un humor absurdo, como la vida”, subraya este polifacético escritor afincado en España desde hace más de treinta años.

Relatos que se desarrollan en su mayoría en un bar como territorio y en el ámbito de la noche. “En la noche todo el mundo es como quiere ser. Muchas veces nos disfrazamos para salir de día y por la noche nos mostramos como somos o como queremos ser. El que de día es cobarde se siente por la noche valiente y arriesgado… Y en los bares, además, se encierran muchos misterios”, precisa el autor de “Camino de ida” y “Matar y guardar la ropa”.

Publicado por Navona Negra, “Relatos negros, cerveza rubia”, tiene como protagonista, en la mayoría de sus piezas, plagadas de personas solitarias e incomprendidas, a Poe, un hombre medio poeta que ha sido periodista y escribe y pretende ser un maldito pero no lo es, como reconoce Salem.

“Quiere ser cínico pero no lo es; eso sí, no le asombra nada y, como está harto de equivocarse, lleva un bolsillo lleno de cerillas. Cuando tiene que tomar una decisión, las echa sobre la mesa y, si sale un número par, hace lo que le proponen, y si sale impar, no lo hace. Es un juego que inunda la locura”, sostiene.

Se trata el termino “cerveza ficción” de un título broma, una pincelada irónica sobre la negritud de la noche, un juego canalla que este escritor, muy admirado en Francia, ya lo ha aplicado a dos de sus libros anteriores, “En el cielo no hay cerveza” y “El huevo izquierdo del talento”.

Atracos a un banco al que sus protagonista habían ido para meter el dinero robado en otro banco, monólogos etílicos y envenenados en los mercados madrileños convertidos en bares, relatos con el dictador argentino Rafael Videla como protagonista camino del purgatorio o un diálogo entre Hitler y Carlos Gardel conforman este trepidante libro de cuentos.

Poeta, narrador, autor teatral, Carlos Salem no para de crear y el próximo mes de mayo publica un libro de poesía, “Un pájaro de menos” (Espasa), además de haber terminado la adaptación para novela gráfica de su libro “El huevo izquierdo del talento” con el ilustrador Kike Narcea.

Salem está traducido al alemán y al francés. Francia es un país donde es todo un fenómeno, como los es su faceta de poeta en la red, ya que el autor de poemarios como “Animal” o “Si Dios me pide un ‘bloody mary'” tiene un blog de enorme éxito.

Premio de la Semana Negra de Gijón por “Camino de ida”, Salem presenta actualmente en la Cadena Ser el programa semanal de miedo, intriga y novela negra “Negra y Criminal”.

A la vida, a la muerte

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Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer 'Gracias a la vida', una de sus canciones más reconocidas
Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer ‘Gracias a la vida’, una de sus canciones más reconocidas

La poesía hace visible lo invisible, cura o mata, porque esa sensibilidad de los poetas para regalar al mundo experiencias radicales puede tener un coste caro y más si se es mujer. Violeta Parra, Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik son algunas de estas poetas que pusieron fin a su vida de forma trágica.

Y así lo muestra el libro, “Poetas suicidas y otras muertes extrañas” de Luzmaría Jiménez Faro, que publica Torremozas y que recoge la biografía de poetas de América Latina y España que tuvieron la presencia oscura de la muerte en sus vidas.

Edelmira Agustini, Eunice Odio, Julia de Burgos, Teresa Wilms, Carolina Coronado, Clementina Suárez y María Mercedes Carranza forman parte de este libro, que encabeza por Parra, Storni y Pizarnik.

“Cuando la palabra se vuelve desesperanza, cuando las horas se deshojan, cuando no se ve la luz al fondo del túnel, cuando se pierde la ilusión y nos rodea la indiferencia (…) aparece la necesidad de transgredir la frontera de la vida”, escribe en el prólogo del libro Jiménez Faro.

Suicidas o víctimas de una muerte trágica, estas mujeres inteligentes, creativas y con ciencia de género tuvieron una vida apasionante con amores y desamores al límite. Todas ellas forman hoy parte de la gran historia de la literatura, como dice Jiménez faro y todas ellas tienen en común que escriben en español.

Uno de los grandes ejemplos lo encarna la poeta y cantante chilena Violeta Parra (1917-1967) a la que Pablo Neruda bautizó “Santa de greda pura” y que en algún momento ya había dicho que “el día que no tenga un amor, me dejaré morir”, se quitó la vida de un tiro en la cabeza, poco después de escribir lo que sería su legado más importante “Gracias a la vida”.

Apasionada, la hermana del poeta Nicanor Parra, se casó con Luis Cereceda en 1938 con el que tuvo dos hijos, Violeta Isabel y Luis Ángel, y al que advirtió que nunca dejaría de cantar. Se separaron y en 1949 se volvió a casar con Luis Arce, ebanista, con el que tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosita Clara. Pero tras separase y ya muy desilusionada le llegó un amor loco con un músico suizo, Gilbert Favre, 18 años más joven, del que se enamoró perdidamente.

Un amor que no fue nada fácil, con distancias y altibajos, pero que hace que Violeta pueda “volver a los diecisiete”, otra de su composiciones míticas. Aunque finalmente “el cansancio, las dudas, la nostalgia…” contribuyen a que su vida se vuelva oscura. Y así, el 5 de febrero en la “Carpa de la Reina”, el barrio de Santiago de Chile, aparcó su vida de un disparo en su pequeña habitación.

Otra amante de la palabra, defensora reivindicadora del universo femenino y suicida es Alfonsina Storni, que nació el 29 de mayo de 1892 en Suiza, aunque se trasladó a los cuatro años a Argentina. Mujer apasionada, y al final víctima de un cáncer de pecho, el 18 de octubre de 1938 tomó un trena con dirección al Mar de plata, se alojó en una pensión y a los pocos días, el 25, por la noche envuelta en un manto se entregó al mar.

Una muerte que se ha convertido en leyenda y en canción “Alfonsina y el mar” de Ariel Ramírez e interpretada por Mercedes Sosa.

Dos poetas simbólicas a las que se suman en el libro, la argentina Delfina Tiscorida (1966-1996, autora del poema “Quiero arrancar la muerte de vida” o la limeña Marta Kornblith (1959-1997), que se quito la vida tirándose de un quinto piso, autora de “La calle está llena/ y hay una mujer que en el fondo de su cuarto/llora sola”.

El libro que reproduce muchos poemas, encierra a estas poetas y a otras mucho menos conocidas y se completa con abundante material gráfico en un capítulo denominado “Ellas y el silencio”.

Quejío desde el profundo oriente andaluz

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Siguiendo los pasos de los viajeros románticos del siglo XIX, Ramón Rodríguez y Antonio G. Olmedo, recorren los secos y escarpados caminos del Sureste de la península buscando las raíces de unas músicas y tradiciones a punto de desaparecer
Siguiendo los pasos de los viajeros románticos del siglo XIX, Ramón Rodríguez y Antonio G. Olmedo, recorren los secos y escarpados caminos del Sureste de la península buscando las raíces de unas músicas y tradiciones a punto de desaparecer

Andalucía, y hasta España, se identifican con el flamenco, las sevillanas y los compases del bajo Guadalquivir, pero la otra mitad de la región, la oriental, posee un folclore arcaico, profundo y raro que está al borde de la extinción, según el libro de viajes del profesor granadino de música Ramón Rodríguez. Historiador y autor de varios trabajos de campo antropológicos, Rodríguez explica que ese folclore agrario de las provincias de Granada, Málaga, Almería y parte de las de Jaén y Córdoba es de los más apegados a la tierra labrada y al trabajo rural, como quiere expresar el título que ha elegido para encabezar estas páginas, “El corazón de la besana” (Traspiés).

En estas comarcas “el instrumento típico del campo andaluz es el violín, que se toca en las rondas, en los verdiales malagueños, en los fandangos y para acompañar los trovos”, ilustra Rodríguez, que lamenta que el violín siempre se asocie al mundo celta, pero nunca al folclore sureño’.

“El corazón de la besana”, según su autor, no es un trabajo de campo, sino una obra literaria que incluye relatos populares y poesía popular, lo más parecido a un libro de viaje que aglutina experiencias y hallazgos cosechados a lo largo de tres años. “Salíamos buscando celebraciones y fiestas y encontrábamos cosas por casualidad; con idea de ir más allá de los trabajos etnomusicales o antropológicos, queríamos hacer algo que pudiera leer todo el mundo, incluso los propios troveros”, señala Rodríguez aludiendo al fotógrafo, también granadino, Antonio G. Olmedo, su acompañante en todos estas búsquedas y viajes. Olmedo firma el libro con Rodríguez y sus imágenes en blanco y negro hacen dudar de que estén tomadas en el siglo XXI, como si fuesen una demostración de que el tiempo, lejos de la ciudad, conserva su propio ritmo, ajeno a invasiones tecnológicas y culturales.

Entre los personajes consignados por Olmedo figura Doroteo Hidalgo, violinista autodidacto de la aldea de Charilla (Alcalá la Real, Jaén), que falleció a la edad de 99 años, al que Rodríguez considera “un héroe” por haber preservado “los fandangos tradicionales que se bailaban a la luz de un candil en los cortijos” y haber sido capaz de haber grabado un disco con ellos. Doroteo, que fue cartero en los años de la República es, según Rodríguez, “uno de esos personajes a los que la música siempre ha acompañado” y que merecía haber visto cumplido su deseo de haber grabado un segundo disco con su violín.

Entre los instrumentos más extraños y antiguos que ha consignado Rodríguez está la chicharra o instrumento cordófono con una vejiga de cerdo inflada como caja de resonancia que se toca con un arco accionado desde arriba, además de zambombas caseras de todo tipo, incluso fabricadas con las antiguas cañerías de barro romanas, y violines hechos con lata o cartón. “Ya nadie experimenta fabricando violines caseros, porque resulta más barato comprar un violín chino”, según Rodríguez, quien también ha oído la profundidad de las zambombas de medio metro de diámetro, fabricadas con orzas en la localidad cordobesa de Alamedilla.

Los troveros de la Alpujarra (Granada y Almería) son denominados poetas en la cordobesa Sierra Subbética y su talento como repentistas o improvisadores podría salvar parte de este folclore como, señala Rodríguez, ha sucedido en Cuba, Canarias o el País Vasco, “donde casi nadie conocía a los versolaris hace algo más de diez años y ahora tienen su público”. Pero Ramón Rodríguez, que los ha escuchado mientras que Olmedo los retrataba, no se muestra demasiado optimista con el porvenir de estas costumbres de otros tiempos: “Creo que no van a continuar, porque no se conoce, y cuando no se conoce algo no se puede conservar”.

Concepción Arenal, el pensamiento que arrima el hombro

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Concepción Arenal es uno de los nombres propios del feminismo en nuestro país, de hecho está considerada como una de las primeras mujeres españolas en enfrentarse al orden establecido y defender los derechos de su género. Lo hizo ayudando a los demás y escribiendo textos cercanos que se convirtieron en lectura indispensable para aquellas que siguieron sus pasos en años posteriores. Se vistió de hombre para poder estudiar en la universidad, se casó en dos ocasiones y luchó en favor de los más desfavorecidos. Entre ellos, las mujeres, a las que por primera vez considera como uno más de los grupos sociales marginados. La educación y el respeto hacia ellas como seres humanos y no como flores débiles a las que hay que tratar como si fueran objetos fueron unas de sus principales ideas que defendió a lo largo de su vida
Concepción Arenal es uno de los nombres propios del feminismo en nuestro país, de hecho está considerada como una de las primeras mujeres españolas en enfrentarse al orden establecido y defender los derechos de su género. Lo hizo ayudando a los demás y escribiendo textos cercanos que se convirtieron en lectura indispensable para aquellas que siguieron sus pasos en años posteriores. Se vistió de hombre para poder estudiar en la universidad, se casó en dos ocasiones y luchó en favor de los más desfavorecidos. Entre ellos, las mujeres, a las que por primera vez considera como uno más de los grupos sociales marginados. La educación y el respeto hacia ellas como seres humanos y no como flores débiles a las que hay que tratar como si fueran objetos fueron unas de sus principales ideas que defendió a lo largo de su vida

Ecologista, pacifista, defensora de los derechos humanos y protofeminista, Concepción Arenal fue todo eso en el siglo XIX, aunque de ella solo se recuerdan “unas cuantas frases”, dice Anna Caballé, que ha rescatado en una biografía a esta pensadora que “intuía” el futuro.

“Odia el delito y compadece al delincuente” es quizá la frase más conocida de Concepción Arenal (Ferrol, 1820 – Vigo, 1893), una mujer con un “pensamiento impresionante” que ha quedado “oscurecida por la indiferencia general” y reducida a un puñado de consignas, a pesar de haber sido pionera del posterior movimiento feminista en España y de la Filosofía del derecho.

“Yo creo que estamos en deuda con ella. Esta mujer merece que la sociedad española reconozca lo que hizo y el valor que tuvo”, comenta Anna Cabellé (Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1954), escritora y crítica literaria que ha recorrido multitud de archivos y conocido a los descendientes de Arenal para juntar las escurridizas piezas del puzle de la trayectoria de la pensadora.

El resultado de esta investigación es “Concepción Arenal. La caminante y su sombra”, una biografía editada por Taurus dentro de la colección “Españoles eminentes”, en la que por primera vez se reúne la vida de una mujer, la de una eminencia intelectual profundamente desconocida.

Arenal dedicó su vida a la defensa de la mujer y los más desfavorecidos, a la reforma penal y la causa obrera, pero en vida le pesó un “prejuicio de genio” que con el tiempo ha hecho que su figura se perdiera en el olvido.

Ni siquiera las Administraciones han mantenido en pie las casas por las que fue pasando, en Madrid, en su refugio en Potes (Cantabria) o en el solariego Pazo de los Núñez, donde fallecería el 4 de febrero de 1893 sin que apenas nadie se interesase por esta mujer a la que veneraban en Europa.

“Se produce la contradicción de que todas las ciudades españolas tienen calles, hospitales, escuelas que se llaman Concepción Arenal, pero vas por la calle y le preguntas a alguien, o a un profesor universitario, y nadie la ha leído”, se lamenta Caballé, profesora titular de Literatura Española y responsable de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona.

Esa paradoja es fruto, explica la escritora, de una “falta de respeto por nuestro pasado y nuestra memoria”, aunque en los últimos años la “presión del feminismo hace que la sociedad tenga que evolucionar rápidamente” y se reescriba la historia de las mujeres.

“He querido demostrar que es una mujer con un pensamiento impresionante”, añade Caballé sobre Arenal, una pensadora que quiso combatir la sociedad de su tiempo “desde el punto de vista moral” a través de una reforma de las costumbres y a la que le movía una gran vocación intelectual y compasiva, pero con el hándicap de ser mujer.

Por ello y por sus vestimentas, marcadas casi siempre por el uso de pantalones, algo insólito en el siglo XIX, a Arenal se le trataba como una “anomalía”, porque “su inteligencia era la de un varón pero en un cuerpo femenino”.

“Vive en un estado de tensión permanente entre unos sentimientos íntimos poderosos muy intensos y la necesidad de plegarse a una sociedad que la encuentra demasiado fuerte como mujer”, comenta Caballé sobre esta eminencia marcada por la prematura muerte de su padre y la de su esposo.

Su biografía se podría dividir en dos épocas muy marcadas: una juventud nerviosa, sensible y arrogante, con dificultades para encontrar el equilibro entre la razón y el temperamento, y una madurez donde la escritora, pensadora y activista se atrevería a grandes cosas.

“Lo que más me ha llamado la atención ha sido la profundidad de su pensamiento, porque no me lo esperaba. Me ha seducido mucho. Y la modernidad de sus pensamientos. Es una mujer que intuye el futuro, comprende por dónde irán las cosas. Tiene todos los ítems que hoy admiramos en una persona”, apostilla Caballé.

“Defiende -continúa la escritora- el ecologismo, el pacifismo, va contra los toros, cree que la sociedad no puede fomentar la industria de una forma indiscriminada, y es una protofeminista que defenderá los derechos humanos de los presos, de los niños. En lo único que no era adelantada a su tiempo era su visión de la sexualidad”.

Reconoce que le costó “hincar el diente” a una mujer apasionante pero “escurridiza”. “Se llama Concha, y con el tiempo genera una concha, un caparazón, para protegerse”, concluye Caballé sobre la pensadora gallega.

Don Pío en las entrañas del arte

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Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián, en 1872.  Hermano del pintor y escritor Ricardo Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja. En su infancia y juventud, llevó una vida itinerante debido a la profesión de su padre, ingeniero de minas, lo que contribuyó a su desarraigo. En 1900 publicó su recopilación de cuentos titulada “Vidas sombrías”, muy bien recibida por Unamuno, Azorín y Perez Galdós. Siempre se declaró partidario de la “novela abierta”, lo que ha contribuido a su mala fama entre los puristas. Pasó sus últimos años en Madrid, donde reunía en su casa una tertulia que frecuentaba el por entonces joven novelista, Camilo José Cela. Murió en Madrid, en 1956
Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián, en 1872. Hermano del pintor y escritor Ricardo Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja. En su infancia y juventud, llevó una vida itinerante debido a la profesión de su padre, ingeniero de minas, lo que contribuyó a su desarraigo. En 1900 publicó su recopilación de cuentos titulada “Vidas sombrías”, muy bien recibida por Unamuno, Azorín y Perez Galdós. Siempre se declaró partidario de la “novela abierta”, lo que ha contribuido a su mala fama entre los puristas. Pasó sus últimos años en Madrid, donde reunía en su casa una tertulia que frecuentaba el por entonces joven novelista, Camilo José Cela. Murió en Madrid, en 1956

La figura taciturna, de boina calada y barba recortada, con que se recuerda a Pío Baroja asomó por primera vez en 1899 en París, ciudad que nunca dejó de buscar y que jamás logró conquistar, una experiencia que recupera una ruta literaria del Instituto Cervantes.

Inhóspita y atrayente desde el principio, París acogió al escritor vasco durante tres meses, la mitad de la duración prevista en principio por Baroja (1872-1956), que regresó con un billete de vuelta pagado por el Consulado de España en París.

Fue la primera de muchas visitas -no menos de 15- del francófilo Baroja, que consideraba que los escritores de provincia debían salir a Madrid para formarse, y más tarde, emprender camino hacia tierras foráneas.

En París, destino imprescindible de la intelectualidad castiza de principios del siglo pasado, conoció el novelista incipiente a los hermanos Antonio y Manuel Machado y al precursor del Modernismo en poesía, Rubén Darío.

“No sabía bien a qué iba, únicamente a probar fortuna”, escribiría años más tarde en sus prolijas memorias un Baroja que situó 27 de sus novelas en la ciudad de Víctor Hugo y de los autores realistas decimonónicos que tanto admiraba.

“Un caso excepcional en la literatura española, poco conocido del gran público”, señala el escritor José Manuel Pérez Carrera, autor de la reciente ruta que dedica el Instituto Cervantes de París al autor de “La busca”.

Carrera cita “Los últimos románticos” y “Las tragedias grotescas” como ejemplos más significativos del apego de Baroja por una urbe donde jamás consiguió esculpirse un nombre ni abrirse hueco entre los relumbrones de la cultura gala, para su gran desazón.

El itinerario traza la huella de Baroja en lugares como el Café de Flore, al que el literato solo pudo permitirse asistir en sus últimas y más pudientes temporadas en París, el Museo del Louvre, la Sorbona, el restaurante La Closerie des Lilas y el Colegio de España.

En la pinacoteca se entusiasmó con los lienzos de Botticelli, mientras que en la Sorbona dictó ante los estudiantes de español una conferencia sobre las claves de su propia obra que supuso uno de los pocos homenajes que recibió al otro lado de los Pirineos, donde no llegó a frecuentar a los prebostes de las letras galas.

“En la cena en su honor organizada en La Closerie des Lilas se congregaron treinta y tantas personalidades españolas e hispanoamericanas, pero ninguna primera figura francesa”, destaca Pérez Carrera.

El desinterés se extiende, según Pérez Carrera, a otros escritores patrios, ya que mientras el cineasta Luis Buñuel, el pintor Pablo Picasso o el músico Joaquín Rodrigo se dan a conocer en París, pocas plumas nacionales lo logran.

Algo debido en parte a su “provincianismo” literario, que les lleva a centrarse en preocupaciones propias de la sociedad española, razona Pérez Carrera, aunque un despechado Baroja argumentará que “los franceses son maestros en vender lo suyo y despreciar e ignorar lo demás”.

Tras huir en 1936 de la Guerra Civil, se instaló en el Colegio de España, el lugar de Francia donde más tiempo seguido permaneció y donde coincidió con el escritor Azorín, el filólogo Ramón Menéndez Pidal y el médico Gregorio Marañón.

Cerca de tres años que recoge en el volumen titulado “Aquí París” y en los que vivió acosado por las penurias, al contar únicamente con los trescientos francos que conseguía por un artículo mensual en el diario bonaerense “La Nación”.

En sus ratos libres, el asiduo paseante que era Baroja se convirtió en una presencia errante que se detenía con frecuencia en los puestos de libros a orillas del Sena.

Pero si su curiosidad le llevó a atravesar con sus pisadas el mapa completo de la ciudad, el territorio literario del autor queda acotado a la margen izquierda del río.

“Para él, más allá del Sena no había nada. Le interesaba sobre todo el Barrio Latino, porque era muy meticuloso con sus descripciones, y ese era el lugar que realmente conocía”, desgrana Carrera.

Y donde, después de su muerte, pueden seguir su pista los lectores contemporáneos.

El regreso del taxista sin escrúpulos

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En su regreso a Edimburgo, tras su paso por Miami en La vida sexual de las gemelas siamesas, Welsh coloca al frente a un secundario – de Cola y Porno, dos de sus novelas anteriores – para construir otra de sus comedias humanas, tan sucia, hipersexualizada y, por momentos, ridículamente macabra, como el resto
En su regreso a Edimburgo, tras su paso por Miami en La vida sexual de las gemelas siamesas, Welsh coloca al frente a un secundario – de Cola y Porno, dos de sus novelas anteriores – para construir otra de sus comedias humanas, tan sucia, hipersexualizada y, por momentos, ridículamente macabra, como el resto

El escritor escocés Irvine Welsh, autor de la novela “Trainspotting”, regresa a su Edimburgo natal en su última novela publicada en España, “Un polvo en condiciones”, un crisol de historias y personajes que bailan al son de uno de sus personajes más celebrados, el peculiar taxista Juice Terry Lawson.

Después de sus devaneos por Miami con “La vida sexual de las gemelas siamesas”, Welsh ha vuelto a Edimburgo, piedra angular de su universo literario, alrededor de la cual orbitan unos personajes que se van entrecruzando en las sucesivas novelas ambientadas en la ciudad.

“Miami y Edimburgo son sitios muy distintos. En Miami hay una cultura visual más suave y es un lugar fantástico para escribir, pero después del referéndum por la independencia era un buen momento para volver a Escocia”, ha señalado hoy en Barcelona Welsh, que ha añadido: “Un atractivo adicional era el huracán -Ophelia, en octubre del 2017-, un fenómeno que no se había vivido en Escocia en los últimos cien años”.

En su opinión, “la gente no se tomó en serio el huracán y, aunque no se puede tener pena por un huracán, sí se puede sentir por cómo la gente se tomó el tema del huracán”.

Preguntado por cómo ha cambiado Edimburgo desde los años 90 a ahora, Welsh apunta que, “al igual que Barcelona, Edimburgo se ha convertido en una ciudad llena de turistas en la que se han perdido rincones y lugares”.

Un atractivo más para el autor fue recurrir a Juice Terry como “perfecto guía para llevarme de la mano, por ser tan conocedor del terreno”.

Juice Terry protagoniza “Un polvo en condiciones” (Anagrama) después de haber aparecido en sus anteriores novelas “Cola” y “Porno”. Es un taxista, seductor chulopiscinas, traficante de drogas, encargado de una sauna regentada por mafiosos, adicto al sexo y actor porno aficionado, que rueda películas cutres para la web de SickBoy.

Con ese momento huracanado de fondo, Terry se reencuentra con una antigua amante en un funeral; ayuda al simplón Wee Jonty a buscar a su chica desaparecida, la hermosa Jinty Magdalen; lleva en su taxi a una joven dramaturga suicida; y le detectan un problema de corazón que le obliga a guardar abstinencia sexual.

Y además hace de chófer para un americano llamado Ronald Checker, rico promotor inmobiliario y presentador de un exitoso “reality show” televisivo que puede hacer pensar en Donald Trump.

Para Welsh, resulta importante “prestar atención a los pequeños personajes porque, si un secundario es suficientemente interesante, tendrá sustancia para poder recuperarlo y ampliar una nueva historia” y, de hecho, guarda notas de todos los personajes, que “están como en una lista de espera”.

El autor escocés ve cada uno de esos personajes como “una herramienta que se busca en función de cada trabajo” y de ahí la importancia de que, cuando crea un personaje, tiene que “sentir su aliento en tu nuca y que sea tridimensional”.

Considera el autor de “Escoria” y “Acid House” que, “si tienes muchos personajes memorables en un libro, la historia se narrará prácticamente sola, y los escenarios cobrarán vida”.

Así, recuerda las palabras de Martin Amis: “Te pones a escribir una novela como si te llegara un mensaje del subconsciente, de tu mente, como si de repente te despertaras y recordaras un sueño que has tenido; y a partir de ahí viene la idea que te lleva a escribir”.

Se trata, agrega Welsh, de que “los personajes hagan lo más posible para que el escritor tenga que hacer lo menos”.

Ha revelado que construye sus personajes a través de la música: “Me planteo qué música escucharía cada uno de ellos” y, de hecho, en la primera fase de cada novela junto a la mesa de trabajo tiene un equipo de música en el que la escucha a toda potencia.

Para el caso de Ronald Checker, Welsh apunta que “Trump no era todavía presidente, pero es difícil encontrar un personaje que no lee, no cocina y no escucha música, que es lo que hacemos la mayoría de los mortales”.

Confiesa que visita Barcelona frecuentemente y asegura estar al tanto de cómo fue el referéndum del 1-O y la actuación policial: “Sería un entorno estupendo para una de las historias porque sucedieron cosas peculiares con la policía, el barco de Piolín o la gente que no quería que estuvieran allí, mucho material a la par cómico y dramático”.

Detecta Welsh paralelismos entre el independentismo catalán y el escocés: “En Escocia también se pelean entre y contra ellos mismos”.