Lectura

El lado sombrío del amoroso Dickens

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Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary
Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary

El escritor inglés Charles Dickens fue conciencia del coste humano que tuvo la Revolución Industrial en la Inglaterra victoriana. En las librerías españolas puede encontrarse ‘Dickens enamorado’, un inédito con las cartas de amor a María Beadnell, su primer y oculto amor.

‘Dickens enamorado’ está pergeñado por la editorial Fórcola, en edición de Amelia Pérez de Villar. Según el crítico Harold Blomm, el autor inglés poseía un talento desbordante para crear personajes memorables, al igual que Shakespeare.

‘David Copperfield’, ‘Oliver Twist’, ‘Tiempos difíciles’, ‘Los papeles del club Pickwick’, ‘Grandes esperanzas’ o ‘La pequeña Dorrit’ son algunos de los grandes títulos de Dickens, uno de los creadores de la novela moderna, espejo del Londres con humos de chimeneas y manchas de betún, de niños tiznados de hollín, hambrientos y maltratados.

Dickens y Beadnell

El ‘Dickens enamorado’ tiene su origen en la correspondencia entre Charles Dickens y María Beadnell. Unas cartas reunidas en un libro que George Baker, catedrático de Literatura inglesa de Oxford, editó en 1908 para la Sociedad Bibliófila de Boston y que el editor de Fórcola, Javier Jiménez, rastreador del epistolario de Dickens, adquirió para traducirlo ahora al español.

Su amor siempre permaneció en penumbra; primero por la familia de ella que censuraba la relación, después por el amigo y biógrafo de Dickens, John Forster, y hasta por el propio autor a pesar de la importancia que dio a este amor, primero de juventud, y luego de relación epistolar cuando ambos ya estaban casados.

A pesar de que no hay una autobiografía del gran escritor, el propio Dickens confiesa a María en una de las cartas que recoge este libro: “Hace algunos años (justo antes de ‘David Copperfield’) comencé a escribir mi biografía, con la pretensión de que alguien encontrara el manuscrito entre mis papeles cuando el tema de su objeto llegase a término”. “Pero -continúa- a medida que me acercaba a esa parte de mi vida [la historia de amor de ambos] me faltó valor y prendí fuego a lo que quedaba”.

Una pira que se produjo en 1860, como recuerda la experta y traductora encargada de la edición del libro Amelia Pérez de Villar, quien explica que por ello se conservan muy pocas cartas de Dickens.

El Dickens más desconocido

El libro recoge en su mayoría misivas entre 1830 y 1833. Una historia que parece que aquí acaba, ya que los Beadnell enviaron a María a París para que olvidara al joven entonces periodista y aprendiz de escritor porque no era ni banquero ni hacendado.

Pero esta relación tiene una segunda etapa, 23 años después, con el periodo de cartas más interesantes, y ya con un Dickens casado, con nueve hijos y convertido en un escritor consagrado. Una relación que se desarrolló a lo largo de unos meses de 1855. Durante este año tuvieron un encuentro con sus respectivos cónyuges, y la decepción de Dickens fue tal que parece que la que fuera su amor de juventud le inspiró después el personaje de Flora, la gorda, glotona, y parlanchina de ‘La pequeña Dorrit’.

“He querido enfocar el libro -explica la editora- como el Dickens menos conocido, el de su faceta amorosa, y no solo con María, sino con otras mujeres, incluso con las hermanas de su mujer, Catherine Thompson Hogarth, con las que tuvo una relación intensa, pero sin sexo y sin amor”.

“El escritor inglés era un hombre muy serio, muy especial, cuyas relaciones estuvieron marcadas también por la que tuvo con su madre, algo ambigua porque el nunca olvidó que fue ella quien quiso que trabajara en una fábrica de betún para ayudar a la familia y que fue su padre quien le retiró para que siguiera estudiando”, concluye Pérez de Villar.

Amor canallesco

Por otro lado, el periodista David Ruiz se hace eco del lado sombrío del autor inglés en sus relaciones afectivas. “Charles Dickens y su esposa Catherine Thompson Hogarth tuvieron 10 hijos (y 20 embarazos) en 22 años de matrimonio. Pero su relación no fue ni sencilla ni apacible. El amor terminó, quizás después del nacimiento de su hija Kate, en el cuarto año de casados. Y la convivencia se acabó volviendo imposible, con el escritor intentando recluir a su mujer en un manicomio”.

Ruiz recuerda que “el novelista trataba a su esposa con mucha rudeza, además de insultarla en presencia de los niños, los empleados o incluso ante algunos invitados. Dickens, además, habría tenido varias relaciones extramatrimoniales, incluida una con la actriz Ellen Ternan e incluso otra con la hermana de Catherine, Georgina, antes de separarse de su esposa en 1858”.

La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise
La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise

Ruiz contactó para su investigación con John Bowen, especialista en literatura inglesa de la Universidad de York. ”Los biógrafos y los eruditos han sabido durante años lo mal que se comportó Dickens (durante su matrimonio), pero ahora parece que incluso trató de forzar la ley para encerrar a la madre de sus hijos en un manicomio, a pesar de su evidente cordura”, explica el profesor Bowen.

Bowen, que también es presidente del Dickens Fellowship, ha tenido acceso a 98 cartas que se guardaban en la Universidad de Harvard y a las que nunca se había prestado demasiada atención. En ellas ha encontrado nuevos detalles de la problemática relación entre los cónyuges, que incluyó el intento fallido de Dickens de aislar a su esposa en un centro para enfermos mentales.

Un médico descubrió que no había pruebas que indicaran que Catherine Thompson sufriera ningún tipo de trastorno mental, con lo que descartó su internamiento. “Lo que descubrí fue a la vez detallado y sorprendente. Creo que es un hallazgo muy importante y, que yo sepa, fui el primer académico en transcribir y analizar estas cartas”, señala Bowen.

La historia aparece relatada en una misiva que Edward Dutton Cook, vecino de Catherine en Camden, en el norte de Londres, el lugar a donde se fue a vivir tras su separación de Dickens, envió al periodista William Moy Thomas. Cook, que ya era amigo del hijo mayor del novelista, labró juntó a su esposa Lynda una estrecha amistad con la exesposa del autor de autor de grandes obras de la literatura universal como Oliver Twist, David Copperfield, Cuento de Navidad o Grandes Esperanzas.

“La mayoría de los relatos de la ruptura del matrimonio provienen del lado de él. Ahora escuchamos qué pasó desde el punto de vista de su mujer. Ya sabíamos que Dickens la había acusado de padecer un ‘trastorno mental’, pero ahora sabemos que en realidad intentó que la pusieran en un manicomio, aunque estaba completamente sana”, añade Bowen.

Edward Dutton Cook dejó frases lapidarias en su carta. Afirmaciones que dejaban en muy mal lugar a Charles Dickens como persona. “En mi opinión – escribió Cook-, estaba loco o era un sinvergüenza” en el momento de la separación. El profesor Bowen considera que esta “es una historia muy triste. Dickens era un buen hombre en muchos sentidos, pero durante la ruptura con su mujer se comportó de manera vergonzosa”.

Fue la propia Catherine Thompson la que, en su lecho de muerte, le contó a Cook como se había comportado su marido 20 años antes, cuando conoció a la joven actriz Ellen Ternan y decidió romper su largo matrimonio. La revelación crucial sale en una carta de enero de 1879. La exesposa de Dickens estaba muy enferma y se inyectaba morfina dos veces al día para reducir su dolor.

Cook relata: “Al final descubrió que ella ya no le gustaba. Había tenido diez hijos y había perdido parte de su buena apariencia física, de hecho estaba envejeciendo. ¡Incluso trató de encerrarla en un manicomio, pobre! Pero por mala que sea la ley con respecto a las pruebas de la locura, él no pudo conseguir su propósito“.

Las cartas estudiadas también permitieron descubrir al médico que muy probablemente se enfrentó a Dickens. Fue el doctor Thomas Harrington Tuke, que ejerció de superintendente del Manor House Asylum de Chiswick entre 1849 y 1888. Tuke y el escritor se conocían bien, ya que habían intercambiado varias cartas e incluso fue invitado al bautizo de su hijo.

Tras determinar que Catherine no sufría ninguna enfermedad mental, la amistad entre ambos hombres se enfrió y, ya en 1864, Charles Dickens consideraba que era “un desgraciado” y un “médico burro”. “Algo había sucedido que provocó que Tuke fuera vilipendiado de esa manera. Parece probable que fuera su negativa a ayudar en el complot contra Catherine”, concluye Bowen.

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Satán, su ‘vendetta’ y la succión de demonios

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A William Blake le debemos la imagen gráfica de Satán como un héroe romántico (la literaria se la debemos a John Milton), una visión muy alejada de su imagen como macho cabrío heredada de la iconografía asociada al dios Pan de la mitología romana
A William Blake le debemos la imagen gráfica de Satán como un héroe romántico (la literaria se la debemos a John Milton), una visión muy alejada de su imagen como macho cabrío heredada de la iconografía asociada al dios Pan de la mitología romana

El periodista y escritor cántabro Fermín Bocos es el autor de ‘Viaje a las puertas del infierno. Las entradas ocultas del Hades’ (Colección Ariel), un libro “complejo a la hora de definir” porque aúna viajes a lugares antiguos donde se creía que estaban las puertas del infierno con una reflexión que bordea el ensayo sobre la desaparición del miedo al infierno y al diablo.

Así lo explica el autor, que ha apuntado que “en el mundo occidental de repente ha desaparecido algo que durante veinte siglos estuvo gravitando durante las conciencias de la gente”: el temor a ir al infierno.

Sin embargo, Bocos cree que “basta con abrir un periódico o ver la televisión para comprender que el mal no sólo existe, sino que se extiende”. “El jefe de Recursos Humanos del infierno y del mal es el diablo”, afirma.

A su juicio, la pérdida de ese temor se debe a que “los planes de estudio han confinado la Historia Sagrada y la de las religiones a opciones de padres y alumnos” y a que “se ha ido prescindiendo del legado histórico”, entrado en una “zona de niebla” en relación con la memoria del mundo”.

Esta reflexión marca el ‘Viaje a las puertas del infierno’ de Fermín Bocos, a través de 17 capítulos, “unidos simplemente por la idea del viaje” a numerosos lugares, algunos más cercanos como El Monastrio de El Escorial en Madrid y otros remotos que se ubican en Japón, China, India, Israel o Babilonia en plena Guerra de Irak, a donde el escritor viajó en una “irrupción periodística” durante los primeros tiempos de la invasión de Estados Unidos.

Precisamente el capítulo que transcurre en Babilonia es el más antiguo de todos, ya que los demás corresponden a viajes recientes. “Ha sido un proceso de acumulación durante 4 ó 5 años. Un viaje y vuelta. Previa documentación, bien vivirlo, bien contarlo y, al final, sale el libro”, manifiesta.

Según relata el escritor, una de las anécdotas que se recogen en el libro sucedió en Sicilia (Italia), a donde viajó en dos ocasiones. Justo al subir al altar de Ceres, estaba “lloviendo a mares” y sonó su teléfono. “No se me ocurrió otra cosa que cogerlo”, indica Bocos, para después de revelar que un rayo le “pegó un zurriagazo” que le mantuvo dos o tres meses sin sensibilidad en tres dedos de una mano.

A través de sus viajes, plasmados ahora en este libro, Bocos cuenta que Turín es la ciudad del diablo, que en Roma hay una iglesia en la que “hay vestigios de personas que han vuelto de purgatorio para dar fe de que existe”, que existe un templo dedicado al diablo en pleno centro de Tokio o un mercado del diablo las noches de los sábados en la ciudad china de Xian, donde también se encuentran los famosos Guerreros de Terracota.

Asimismo, el escritor cántabro detalla que en su novela también hay un recorrido por los oráculos y agrega que, de hecho, el libro estuvo a punto de titularse ‘Cuando los Dioses hablaban con los hombres’.

Acerca del tipo de lector al que se dirige esta novela, Bocos entiende que “los libros no son de quien los escribe, sino de quien los recibe”.

En este sentido,  indica que así como sus libros anteriores son novelas de ficción e históricos con un público “muy concreto”, este es un libro “transversal” porque puede interesar a los aficionados al mundo antiguo, a personas a las que les gusta viajar y conocer lugares, así como a quienes puedan sentir “una pulsión que es común a todos los seres humanos”, que es la espiritual.

“La melancolia de los seres humanos procede del silencio de Dios”. Con esta frase arranca el libro Fermín Bocos, quien cree que “el silencio de Dios, en una época en la que hay tanto mal a la vista, realmente a mucha gente le preocupa”. “Es una forma poética de preguntarnos qué hacemos para intentar vencer el mal. A veces la fe es la esperanza que nos lleva a pensar que el mal no prevalecerá”, concluye.

Diablo por aquí, diablo por allá

El escritor y periodista Francisco J. de Lys reflexiona sobre los pactos con el diablo y el mal en su novela, “El Laberinto de Oro” (Ediciones B).

Con Barcelona como protagonista principal de toda la trama, el autor confiesa que su mayor reto consistió en mantenerse “entre el límite mismo del mundo real y el mundo fantástico, sin traspasarlo”, aunque adentrándose lo más posible “en el misterio, en lo ultraterrenal”.

“Mis personajes son reales y viven en un mundo real, aunque estén rodeados de formulas alquímicas de oro, brujas y reuniones sabáticas, pero sin recurrir a elementos fantásticos”, apunta de Lys.

Así, la fórmula de obtención del oro alquímico, los pactos demoníacos y los muchos asuntos esotéricos de esta novela “se suplantan de manera muy sutil por fetiches, juguetes antiguos o inocentes recortables infantiles que pasan a convertirse en sibilinas armas”, subraya el autor.

Otro de los hechos que le diferencia de novelas similares sobre esta ciudad sería, en su opinión, que la trama ocurre en la Barcelona actual, con personajes de hoy en día, “y en una acción acotada tan sólo a unas horas de tiempo, pero que da la sensación al lector de haber vivido una intensa historia familiar”.

En la noche de Todos Los Santos, las calles de Barcelona conforman los tramos de un gigantesco laberinto en donde los dos protagonistas principales de esta novela, Gabriel Greig y Lorena, deben resolver un enigma que se esconde en el centro urbano y en un plazo de sólo cuarenta y tres horas.

La novela comienza en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona cuando un anciano decrépito le pide al protagonista que salde un antiguo contrato en una noche en la que se mezclan pactos con el diablo, oro alquímico, una portentosa joya y los asesinatos en serie perpetrados por un monje bibliómano en la Barcelona del siglo XIX.

De Lys, periodista que es autor también de El Alfabeto de Babel, confiesa que su novela forma parte de una tetralogía iniciada “con la visión hernandiana de las tres heridas: la de la vida, la de la muerte y la del amor”.

“Mi primera obra trató sobre Dios y la Vida, ésta sobre el mal y el diablo, en la tercera abordaré la idea de la muerte y en el último volumen podría reflexionar sobre el amor”, puntualiza.

“Mi novela está diseñada para mantener al lector en constante atención y que el interés no decrezca, sino que vaya ‘in crescendo’; cada capitulo engloba su propio planteamiento, nudo y desenlace y todos ellos están interconectados entre sí”, subraya el escritor.

De Lys tiene claro que su novela debe ser de obligada lectura, frente a las de autores como Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones o Chufo Llorens, con Barcelona también como telón de fondo, “porque mientras que la ciudad enmarca a sus personajes en sus obras, en El Laberinto de oro se convierte en la protagonista principal”, puntualiza.

Al final de la novela se muestra un plano de la Barcelona esotérica y mágica narrada por De Lys, “con un setenta por ciento de los edificios reales y otro treinta por ciento basado en leyendas”, subraya.

Una leyenda como aquélla que asegura que el diablo se pasea tranquilamente por las Ramblas vestido como un caballero muy elegante, dispuesto a tomar como presa a cualquier incauto ávido de codicia.

“Una de las razones que me impulsó a escribir novelas de misterio fue poner en conocimiento de la gente esos ‘no-lugares’ que nunca figuran en las guías turísticas, a medio camino entre una pesadilla de Poe o una quimera de Lovecraft”, asegura De Lys, editor de un plano-guía de la ruta del modernismo catalán durante muchos años.

Butts, la pecaminosa olvidada

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Como una voz distintiva y original dentro del movimiento del Modernismo, la novelista inglesa Mary Butts fue un prodigio de estilo, aprendizaje y energía, que escribió con una poderosa perspectiva sobre la Generación Perdida. Su flamante estilo de vida en Londres y Francia en la década de 1920 desafortunadamente ensombreció la importancia de su trabajo. Durante las últimas décadas, sin embargo, ha habido un resurgimiento del interés en Mary Butts, la escritora , y, después de haber estado "perdida" por más de 50 años, su trabajo se ha unido a sus contemporáneos HD, Djuna Barnes, Virginia Woolf y Mina. Loy, en el panteón del modernismo literario
Como una voz distintiva y original dentro del movimiento del Modernismo, la novelista inglesa Mary Butts fue un prodigio de estilo, aprendizaje y energía, que escribió con una poderosa perspectiva sobre la Generación Perdida. Su flamante estilo de vida en Londres y Francia en la década de 1920 desafortunadamente ensombreció la importancia de su trabajo. Durante las últimas décadas, sin embargo, ha habido un resurgimiento del interés en Mary Butts, la escritora , y, después de haber estado “perdida” por más de 50 años, su trabajo se ha unido a sus contemporáneos HD, Djuna Barnes, Virginia Woolf y Mina. Loy, en el panteón del modernismo literario

Nadie lee a la “diosa de la tormenta” Mary Butts (1890-1937), una mujer que buscaba con más frecuencia de lo imaginable el virtuosismo. Admirada por sus contemporáneos Ezra Pound, Ford Madox Ford y Marianne Moore, de Butts la escritura (que da cobijo cualquier resquicio de luz creativa) tiende a verse ensombrecida por sus notorias aventuras, que incluyen practicar magia negra con Aleister Crowley, fumar enormes cantidades de opio y abandonar a su único hijo.

Mary Butts nació en Dorset en 1890. El periodista Ignasi Franch la describe como “Pacifista, bisexual y precursora del ecologismo”. La autora vivió en Inglaterra, Italia y Francia, lugares en los que entró en contacto con los principales intelectuales y artistas de su tiempo: además de los ya nombrados, tuvo trato muy directo con T. S. Eliot,  May Sinclair, Jean Cocteau y  Virginia Woolf. Su obra, que incluye novelas, ensayos, poemas, diarios y relatos con un marcado carácter experimental, cayó en el olvido tras su muerte en 1937, hasta que en los años 80 y 90 del pasado siglo volvió a ser reeditada y estudiada, adquiriendo la consideración de autora de culto del modernismo inglés.

Franch recuerda que Butts “tuvo una vida notablemente agitada en el plano sentimental, pero consideraba que la creación era una parte principal de su vida. Por ello, consiguió producir una obra literaria y crítica considerablemente extensa que no siempre pudo publicar por las temáticas (como el amor lésbico) que abordaba”. En cualquier caso, “la herencia de su padre, que le facilitó una renta desde los 21 años, allanó parte de un camino difícil”, concede.

“Las estancias de la autora en el París de los artistas facilitó que los aspectos más potencialmente polémicos de su vida no se convirtiese en el yugo que tuvieron y tienen que sufrir personas afincadas en otros entornos sociales y culturales”, defiende Franch, quien destaca la inquietud vital de la escritora. “Compartió charlas y drogas con creadores como Jean Cocteau, el ilusionista de la poesía y las artes visuales, conoció al músico George Auric o a la bailarina Isadora Duncan. Formaría parte del ambiente creador de su época, como escritora, como interlocutora y también como crítica literaria. E incluso fue discípula de los magos Philip Heseltine y Aleister Crowley, de quienes se terminaría alejando”.

Huida del Mal

Según Crowley, la revelación contenida en El Libro de la Ley, convertido en un libro sagrado, le fue dictada por un ente llamado Aiwass (el Santo Ángel de la Guarda o Seth, el temible dios destructor asesino de Osiris). Años más tarde, en Cefalú (Sicilia), organizó su primer templo, la Abadía de Thelema, donde puso en práctica sus enseñanzas y rituales de magia sexual e invocación de toda clase de demonios y seres sobrenaturales hasta que fue expulsado de Italia por orden del mismo Mussolini.

Para esta tarea mágica (el alumbramiento del Eón de Horus), Crowley, considerado ya por la prensa como «el hombre más malvado del mundo», necesitaba a la Mujer Escarlata, Babalon, la apocalíptica Madre de las Abominaciones, la Novia del Caos que «cabalgará a la Bestia». Leah Hirsig, con el nombre mágico de Alostrael 31–666–31, no fue la primera de estas, pero sí una de las más importantes y quien dejó un más fiel y sobrecogedor testimonio de lo que sucedía diariamente en la abadía, sus rituales y penalidades, esperanzas y momentos aterradores, la increíble vida cotidiana de una comuna mágica.

Butts había huido tras contemplar, entre otros portentos – tal y como lo declara John Symmonds – a Leah Hirsig, la “Mujer Escarlata” copulando, o mejor dicho, sin conseguir copular, con un macho cabrío que “no se sentía excitado por un ser humano y contemplaba indiferente el trasero de Leah” (La Gran Bestia p 381).

Indecencia y luz

Con su vitalidad legendaria, Butts no siempre fue leída: en la década de 1920, publicó piezas en The Little Review , un periódico de cabecera por aquel entonces , y sus novelas, especialmente Armed With Madness (editada en España por Epicuro Ediciones) y Death of Felicity Taverner fueron elogiadas y  a la sazón despreciadas por los más renombrados y recordados de los modernistas. Presa de un ataque de pánico ante los escritos de Butts, Virginia Woolf calificó su obra, con su implacable cuestionamiento de los valores, como “indecente”. Tal vez no sea sorprendente dada la predilección natural de Butts por lo estrafalario.

Más generoso en su evaluación es Paul West, quien compara a Butts con Clarice Lispector y le escribe que su originalidad más conspicua consistió en su resolución de representar lo más abyecto de la existencia, con vistas a una transformación redentora, lo que significa mimetizarse con el sentido de la masiva e impersonal embestida de la Creación.

Escrito como un inverso de la desolada tierra baldía de Eliot , Armado de la locura es el mejor trabajo de Butts, una búsqueda extática y alegórica de significado en un mundo destrozado por la guerra y el nihilismo. Armados de locura trata de las vidas de un grupo de amigos y amantes que viven a caballo entre la cosmopolita Paris y su Inglaterra natal. El estadounidense Carston, un invitado procedente también de Francia, cumple una cierta función de álter ego del lector, al introducirse (e introducir a la audiencia) progresivamente en la poco convencional vida de los hermanos Taverner y sus invitados, en sus intrincadas redes de atracciones y frustraciones.

El elemento propulsor de la trama remite a los intereses de la autora por las culturas antiguas, y a su renovado interés por el cristianismo. Si las cosas no eran suficientemente extrañas en el hogar de los Taverner, tres amigos aparecen con un cáliz cuyas formas y cuya forma de hallarlo remite al Santo Grial de la última cena de Jesucristo y de las novelas artúricas. Los personajes reaccionan con una maraña de sentimientos encontrados: admiración, escepticismo, espíritu lúdico…

La vida salvaje de Mary Butts llegó a su fin en 1937, cuando murió de una úlcera perforada.

Brenan y las tripas de España

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Gerald Brenan, retratado por la pintora Julia Gross
Gerald Brenan, retratado por la pintora Julia Gross

Miguel Martínez Lage, traductor de Gerald Brenan y estudioso de su figura, reivindica la necesidad de una “verdad extranjera” sobre España, y asegura que si cuando se gestó el estado autonómico se hubiese leído lo que los viajeros escribían sobre este país “funcionaríamos un poco mejor”.

“La verdad es extranjera necesariamente porque la visión ajena no está viciada por nuestra verdad”, manifiesta Martínez Lage y añade que, en el caso de Gerald Brenan, “se tuvo la inmensa fortuna de que vino con una mirada descontaminada que le permitió descubrir la verdad del pueblo andaluz”.

A este respecto, señala cómo Brenan desveló, entre otras cosas, la influencia del sustrato religioso que existía en la España de su época, que fue “bastante mayor de lo que estamos dispuestos a reconocer”.”

Además, Brenan encontró “las verdaderas causas de la Guerra Civil con una precisión que no estuvo ni está al alcance de ningún historiador español y supo contar la España gris de la posguerra de la que nadie se atrevía a hablar”, apunta.

Martínez Lage, quien ha traducido obras de Brenan, Martin Amis, Orwell y Allan Poe, entre otros,  apunta que “a pesar de haberse dedicado intensivamente a la novela y poesía, Brenan sólo empieza a funcionar como escritor auténtico con obras de no ficción”.

Para Martínez Lage, Brenan fue precursor de la tendencia que arrastra la literatura actual, en la que “la novela es un género prácticamente agotado” y que en cuanto a la poesía no cree que “estemos llamados a descubrir a grandes poetas en los próximos 30 años”, considera.

Por su parte, el también traductor y escritor Andrés Arenas comenta la relación que Brenan mantuvo con algunos de los intelectuales españoles y extranjeros más importantes de su época.

Así, a la amistad “cordial y educada” que le unía a su vecino de la barriada malagueña de Churriana Julio Caro Baroja se opuso la relación con Ernest Hemingway, con quien se llevaba “bastante mal”.

Arenas explica que Brenan le preguntó una vez al escritor norteamericano por qué había venido a España en la Guerra Civil, a lo que Hemingway respondió: “Es que me gustan mucho las guerras, señor Brenan”.

“Eran dos caracteres opuestos. Brenan era más bien tímido mientras que Hemingway era brusco y orgulloso, aunque ambos conocían sus respectivos trabajos y los respetaban”, precisa, y ha añade que “después de todo, también eran dos maneras diferentes de amar España”.

Retrato del fascismo

Gerald Brenan analizó la situación que había desembocado en el régimen franquista en “Escenas españolas”, un texto hasta ahora inédito en España del que existe ya una edición facsímil,.

Este facsímil se complementa con la reedición de “El laberinto español”, porque es “un gran complemento al ser una especie de ‘laberinto’ condensado”, a juicio de Carlos Pranger, albacea del hispanista y responsable de esta edición.

“Más que un libro, es un pequeño panfleto escrito con carácter divulgativo y educativo, que pretende mostrar cómo los británicos apostaron entonces por explicar la historia”, señala Pranger.

El texto no era muy conocido, y al albacea le costó varios años de búsqueda localizar un original, finalmente adquirido en un anticuario de Inglaterra para incorporarlo a su archivo personal.

“Se publicó en 1946, cuando había bastante polémica en el Consejo de Seguridad de la ONU por el régimen de Franco, que era el último gobierno fascista de Europa, y existía mucha controversia sobre qué hacer y cómo gestionar esta situación política”, apunta Pranger.

En aquel momento, cuando “incluso se hablaba de otra posible intervención militar en España”, a Brenan le encargaron un texto que explicara las causas de la situación en nuestro país y aventurara una posible solución, y el resultado fue este texto.

“Se nota que Brenan utiliza mucho de lo que usó en ‘El laberinto español’, pero con la salvedad de que en aquella obra no entra a juzgar lo que es el régimen de Franco, mientras que en este texto inédito explica cómo está estructurado e incluso propone una solución”.

El hispanista vaticina lo que ocurriría treinta años después y asegura en el texto que España “sería un país moderno con una monarquía constitucional y un partido socialista de carácter moderado”, resalta Pranger.

Por ello, esta obra alcanza la misma clarividencia que se le atribuye a “El laberinto español”, pero en este caso está escrita “de manera breve y concisa y no está dirigida a gente experta, sino a personas que no sabían nada de España, por lo que se esmeró en hacer explicaciones muy accesibles”.

Este análisis del franquismo no le supuso consecuencias en España a Brenan, aunque “para volver y residir aquí sí hubo gestiones políticas con el embajador español en Londres en aquella época”, apuntado Pranger.

“Escenas españolas” también comparte con “El laberinto español” la vigencia del análisis que Gerald Brenan hace sobre la situación política española.

“Sólo hay que mirar cómo está ahora la izquierda, despedazándose entre sí, y abrir el capítulo que dedica a los socialistas en ‘El laberinto español’, con una absoluta vigencia”, afirma el albacea.

El escritor y la pasión lectora

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Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación
Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación

Algunos de los libros que leía y sus anotaciones son el contenido de “La biblioteca de Borges”, una obra de la que se deduce que la mayoría de obras de ese espacio, que acoge 2 mil volúmenes, trata de filosofía y religión porque era ahí donde el argentino encontraba las claves de la felicidad.

Así lo explica el autor de la obra (Paripé Books), Fernando Flores. “Este trabajo muestra una filosofía de vida que apunta a la felicidad, Borges era una persona feliz que buscaba la felicidad”, destaca el artífice de hacer la selección de estas obras que se encuentran en la biblioteca de la Fundación Borges (Buenos Aires).

Para Kodama, según explica, esas anotaciones eran hechas por Borges para llamar la atención sobre algo que “le aportaba la posibilidad de reflexionar”, y matiza que no a “todo el mundo” le “pueden aportar este interés”.

“Este libro me parece muy interesante porque es una manera de que la gente tenga acceso a los libros que le gustaban, porque Borges -según sus palabras- decía que su obra no era para tanto. El disfrutaba leyendo a otros autores y ese placer lo quería transmitir a otros lectores para que se iniciaran en ese amor por los libros”.

Así, entre estas páginas se pueden encontrar fotografías realizadas por Javier Agustí de las portadas y páginas anotadas de libros de Jean Cocteau, Kipling, Dante Alighieri -de quien conservaba el mayor número de ejemplares-, Thomas Carlyle, Schopenhauer, Unamuno, Dickens, Quevedo, Homero, Henry James, T E Lawrence, o Spinoza.

Unos libros que, en su mayoría, pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde “muy pequeño estaba familiarizado con ellos”.

Obras en las que el autor de El Aleph (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) escribía con su propia letra acotaciones sobre los pasajes que habían despertado su interés.

“Son los libros que leía y quería, los libros que no le gustaban desaparecían o los regalaba”, destaca Kodama sobre estos ejemplares con los que su marido pasó horas y horas de lectura.

“Tus libros preferidos, lector, son como borradores de ese libro sin lectura final”, decía Borges, según recoge el libro, donde también se descubre cómo para él leer un libro de Cocteau era como “conversar con su cordial fantasma”.

Y donde se puede leer de su puño y letra esta anotación en el libro de La Eneida: “Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”.

Y también está la Biblia, donde Borges encontró un “interés literario” y, según la define, es una “biblioteca de los libros fundamentales de la literatura hebrea ordenados sin mayor rigor cronológico y atribuidos al Espíritu, al Ruach”.

“Cuando yo lo conocí ya no podía leer, pero podía caminar (…) -apunta Kodama- Pero tenía una memoria prodigiosa y cuando quería que le leyera algo me decía donde estaba cada uno de sus ejemplares y me decía ve más adelante, más hacia atrás”.

Tanto era el amor por los libros que tenía el argentino que, según dijo su viuda, nunca le regaló uno porque de haberlo hecho tendría que haber sido “uno espectacular” y hubiera sido “imposible de comprar”.

La conexión malagueña de Cocteau

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Jean Cocteau y Jean Marais
Jean Cocteau y Jean Marais

Los diarios y cuadernos de reflexiones que Jean Cocteau llevó en sus estancias en la Costa del Sol, entre Marbella y Málaga, traducidos al español con el título de El cordón umbilical, son un reflejo de su madurez creativa y de su inagotable actividad literaria.

Poco antes de su muerte, aquejado por la enfermedad, Jean Cocteau (1889-1963) estuvo en Málaga y en Marbella en abril y mayo de 1960 y desde principios de agosto a principios de octubre de 1961.

En aquellos viajes a España ‘la Costa del Sol es su único objetivo’, como advierte en el prólogo a esta edición en español el escritor Alfredo Taján.

Entre uno y otro periplo en el paraíso malagueño, a Cocteau se le prohibió el acceso a territorio español y fue obligado en julio de 1961 a volver a Francia. Así se lo transmitió él a sus amigos Carleton y Ana de Pombo: «La denuncia contra mí venía de Marbella (Asuntos Exteriores me informa). Haced una investigación prudente. Yo supongo que ‘Valencia’ y cierta mantilla blanca no son ajenos a esta medida increíble. Le había dicho a Francine (Weisweller) que tuviera cuidado de no tirar tan alto. Nuestro flamenquito en la Casa Ana ha devenido en terribles orgías, y es posible imaginar que íbamos a estar entonces en las pipetas de personas o de un don nadie que insiste en vengarse. Destruye esta carta y lloremos a un mundo donde sobran los chismes y denuncias, aunque uno lleve una existencia monacal…».

Cocteau dedicó aquellos días a hacer cerámicas, a pintar unos paneles para decorar la tienda marbellí de su amiga Ana de Pombo, gran animadora de la Costa del Sol en los primos sesenta, y en escribir estas páginas que fueron publicadas por primera vez en 1962 por las ediciones francesas Plon, dentro de la colección Yo y mis personajes. ‘El trabajo fue su opio y su secreto artístico’, dice Taján sobre la actividad que Cocteau desató en su refugio postrero de Marbella, en el que además de pintar los paneles de dos metros de alto por cuatro cuarenta de ancho, escribió estos cuadernos llenos de alusiones a grandes amigos como Picasso, Chaplin, Chanel, Diaghilev, Marais, Genet, Edith Piaf y Panamá Al Brown.

El mismo Cocteau lo descubre en estas páginas: ‘No tengo inconveniente en confiarles mi secreto: soy un obrero, un artesano que, lo confieso, se consagra intensamente y no se contenta con poca cosa’.

Aficionado a los toros, al boxeo y al flamenco, la visión que Cocteau tuvo de España, país que comenzó a visitar en 1953, se resume en una frase de El cordón umbilical: ‘En España lo excepcional es algo común’.

El príncipe galo de los poetas llegó a referirse a todo lo que descubrió en Marbella como el «paraíso terrenal» en una carta remitida en abril de 1961 a su inseparable Jean Marais, quien supo estar con él hasta el final de sus días: «Por fin hemos descubierto una especie de Paraíso Terrenal rodeado de olivos, higueras y flores, entre la montaña y el mar en el que me baño», apuntó Cocteau en su misiva.

El cordón umbilical al que se refiere el título es el que, según Cocteau, une al autor con sus personajes, con sus criaturas, una idea que en estos diarios ilustra con la inteligencia de su amigo Charles Chaplin: ‘En Japón, una noche, me preocupó ver a Charles Chaplin muy cansado. Le pregunté por la causa y me respondió: Piense en el número de salas en las que actúo esta noche’.

Como personaje de carne y hueso considera Cocteau a su gran amigo el boxeador Panamá Al Brown, de quien cuenta cómo le apartó de sus malas costumbres y le sugestionaba para salir al ring con ‘triquiñuelas infantiles’, de modo que antes del combate le hacía ‘beber agua con gas en una botella de champán’.

Y cómo Al Brown, a mitad de la pelea, continúa Cocteau, ‘se frotaba el mentón un segundo antes de noquear a su adversario, comunicándome así que podía apostar a los periodistas’. A propósito de su amigo el boxeador, que fue campeón mundial de los ligeros, señala Cocteau: ‘Las malas costumbres son una de las cosas que, sin reflexionar, la gente atribuye a los demás’.

La poética de El cordón umbilical, como la del resto de su obra, está marcada por el convencimiento de que ‘una obra recién escrita ya es póstuma’ y por una búsqueda de la originalidad:

‘No creo que progresemos copiando, y pienso que si golpeamos sobre el mismo clavo acabaremos por aplastarlo’, por lo que afirma que la repetición del mismo estilo no es fidelidad a sí mismo, sino pereza.

‘La poesía -incluso para quienes la consideran un lujo inútil y asocial- representa una forma de privilegio, por lo tanto de injusticia, que en secreto envidian quienes la condenan’, señala Cocteau en estas páginas, en las que incluyó media docena de sonetos y de las que podrían extraerse aforismos brillantes: ‘El arte es una de las formas más trágicas de la sociedad’.

Misticismo en la selva

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Recorte del cuadro "Coin de table", obra de Henri Fantin-Latour en 1872, y en el que se ve a Rimbaud (derecha) y Verlaine (izquierda)
Recorte del cuadro “Coin de table”, obra de Henri Fantin-Latour en 1872, y en el que se ve a Rimbaud (derecha) y Verlaine (izquierda)

Mito, leyenda, genio, símbolo del exceso y la irreverencia, que con tan solo 19 años pasó por toda la historia de la poesía. Así se puede intentar definir a Arthur Rimbaud, cuya obra completa, en edición bilingüe, es pergeñada por Atalanta en un bello volumen.

Con una cuidada edición a cargo de Mauro Armiño, el libro reúne desde sus primeros poemas escolares en latín hasta sus poemarios finales, “Una temporada en el infierno” e “Iluminaciones”, pasando por los textos en prosa que incluye “Un corazón bajo una sotana” y su total correspondencia en la que se revela su estancia en África, y su apasionada relación con Verlaine, de amor, dependencia y odio, y la que mantuvo con su familia.

El volumen también incluye una biografía ilustrada, una cronología, un diccionario de personajes, la bibliografía más reciente y, en el prólogo, una semblanza de la figura de Rimbaud y un análisis de su poesía y de la influencia que ejerció sobre la visión poética del siglo XX.

Arthur Rimbaud (Charleville, 1854-Marsella, 1891), considerado por Paul Claudel un “místico en estado salvaje”, fue amante de Verlaine, con quien mantuvo una relación tortuosa; precoz, contradictorio y partidario del socialismo utópico de la Comuna de París y maduro traficante de esclavos en Etiopía, murió a los 37 años de un cáncer de huesos y con una pierna amputada, tras 63 días en el hospital, cerca de su madre y su hermana, y muy lejos de su lado salvaje.

La obra completa de Arthur Rimbaud se había publicado en España de forma poco cuidadosa; por ejemplo, su correspondencia sólo estaba disponible en breves antologías temáticas.

“Su poesía ha merecido más atención, pero aunque en la portada de alguna de las ediciones figure el título de ‘Obra poética completa’, las mejores versiones, a cargo de excelentes poetas, dejan de lado los veintidós poemas que conforman el llamado ‘Album zutique’, cuyo contenido escatológico o las dificultades que plantea su complejo argot parecen haber inducido a los traductores a descartarlos”, dice este volumen en su contraportada.

La obra de Rimbaud es inseparable de su propia vida. Poeta a los 14 años, sorprende ya a sus profesores por la perfección con la que compone sus versos, y a los 19 años prácticamente tiene concluida su obra poética.

En el prólogo del libro, Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción y especialista en la literatura francesa, de la que ha traducido a Proust, Molière, Camus, Rouusseau o Voltaire, recuerda que “el paso fugaz de Arthur Rimbaud por la poesía francesa, “que fue calificado en vida como de ‘meteoro'”, es uno de los tópicos más vivos y certeros.

El poeta llegó a París en septiembre de 1871 “y, en año y medio, hasta mayo de 1873, reduce a cenizas la poesía parnesiana- escribe Armiño-, para luego, tras el episodio de Bruselas y la entrega del manuscrito de su único libro publicado, ‘Una temporada en el infierno'(septiembre de 1873), hundirse en un silencio inexplicable e inexplicado.

Tuvo una adolescencia difícil, hijo de una familia desestructurada con un padre capitán del ejército que solo pasaba por casa cuando se lo permitía su destino, como recuerda Armiño.

Rimbaud se escapaba frecuentemente a París y fue allí donde conoció a Paul Verlaine. Su relación terminaría en un enfrentamiento violento. Verlaine le disparó y fue condenado a prisión, denunciado por él.

Después escribiría “Una estación en el infierno” y se trasladaría a África, para vivir del comercio de armas e incluso de esclavos.