Lectura

La inevitable pervivencia de Machado

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Antonio Machado (1875-1939) y su poesía son, sobre todo, Sevilla, Soria, Baeza... Quizás, y sobre todo, Soria. Con Leonor y con el Duero, con los álamos y las fuentes, con los caminos y el tiempo, con la escarcha y las viejas encinas€ Machado es el cielo de Castilla y el azul del cielo de su infancia sevillana –y en el recuerdo las vísperas de su muerte. Machado es el adobe y el albero. El olmo y el olivo
Antonio Machado (1875-1939) y su poesía son, sobre todo, Sevilla, Soria, Baeza… Quizás, y sobre todo, Soria. Con Leonor y con el Duero, con los álamos y las fuentes, con los caminos y el tiempo, con la escarcha y las viejas encinas€ Machado es el cielo de Castilla y el azul del cielo de su infancia sevillana; y en el recuerdo las vísperas de su muerte. Machado es el adobe y el albero. El olmo y el olivo

Joan Manuel Serrat le dio una popularidad que han alcanzado pocos poetas, Andrés Trapiello lo considera un poeta extraño, por su complejidad, la Academia Sueca lo citó en el Nobel a Juan Ramón Jiménez y su obra es “una alta aventura espiritual”, según Pedro Cerezo, editor su “Obra esencial”.

Gabriel Celaya lo definió como “el más grande de los poetas españoles del siglo” y el exvicepresidente Alfonso Guerra, devoto de Machado, advirtió, al igual que Trapiello, de que su sencillez es “esquiva” y de que hay que caminar con cuidado sobre su “enorme pureza y transparencia”.

Como ya dijo su heterónimo Mairena, “la doble luz del verso, para leerlo al frente y al sesgo”.

Según Guerra, la de Machado es pues “una visión del mundo llena de contrastes, en la que lo que consideramos real se pone del revés para encontrar verdades que han sido deformadas por los prejuicios”, y esa es, advirtió, “la pluralidad que algunos no ven”.

En un solo volumen de casi un millar de páginas, la Biblioteca Castro, dedicada a la edición de clásicos, ha reunido esta obra con el título de “Obra Esencial” al agrupar su “Obra Poética”, “Prosas de los apócrifos”, “Los Complementarios”, “Apuntes y Ensayos de Crítica”, “Poesía y prosa de la Guerra”.

Un volumen que si no incluye el teatro que escribió en colaboración con su hermano Manuel, sí ha recogido sus composiciones de la Guerra Civil, “unos poemas escasos, fragmentarios y preñados del desasosiego de estos tiempos en los que el poeta permanece fiel a la República y pasa del proverbio a la copla”, según los responsables de esta edición, que han destacado su homenaje a García Lorca “El crimen fue en Granada”.

“Dentro de la lírica española del siglo XX, la obra de Machado resulta esencial por la gravedad y autenticidad de su voz, por su capacidad para transparentar la verdad del alma”, señala el profesor y filósofo Pedro Cerezo.

Añaden los responsables de esta edición que esa “verdad del alma” va “de la poesía a la filosofía, como camino de ida y vuelta que reflexiona sobre el propio acto creativo y la capacidad de cantar lo que se pierde para salvarlo de la muerte y del olvido”.

Los editores destacan que “uno de los textos menos conocidos de Machado es el cuaderno de apuntes iniciado en Baeza (Jaén) sobre un grupo de poetas y ensayistas que pudieron existir en el siglo XIX, germen de los futuros apócrifos Abel Martín y Juan de Mairena”, de modo que “Los Complementarios”, como comúnmente se ha llamado a esta miscelánea, revela el proceso creador y el uso de las fuentes por parte del poeta.

El estudio introductorio de Pedro Cerezo, de unas doscientas páginas, supone una aproximación crítica a la obra desde “Soledades” (1907) y una poesía debida a un Machado “imbuido en el simbolismo” y “empapado de la crisis espiritual de fin de siglo, un yo caminante y cansado que siente cómo el tiempo fluye inexorablemente y repasa su propio devenir en las galerías interiores del alma”.

Seguida de la nueva etapa marcada por “Campos de Castilla” (1912), con su llegada a Soria como catedrático de francés y se casa con Leonor Izquierdo, y prosigue con el Machado de “Nuevas Canciones (1924) en Segovia con “una voz grave y personal”, al que sucederá el ciclo de poesía amorosa dedicado a Guiomar, nombre que oculta la identidad de la poeta Pilar de Valderrama y que significará un amor truncado por el matrimonio de Pilar y por la guerra.

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En las entrañas del diablo

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"El aspecto del diablo" (Roca editorial) es un thriller que deambula entre la realidad y la ficción hasta conformar un peliagudo relato con aires de pesadilla. Parte de culpa la tiene su ambientación, en medio de una Europa que se prepara para el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que ya sufre las consecuencias sociales del inminente ascenso nazi
“El aspecto del diablo” (Roca editorial) es un thriller que deambula entre la realidad y la ficción hasta conformar un peliagudo relato con aires de pesadilla. Parte de culpa la tiene su ambientación, en medio de una Europa que se prepara para el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que ya sufre las consecuencias sociales del inminente ascenso nazi

Con su novela, “El aspecto del diablo”, el británico Craig Russel recurre a “la memoria de una época aterradora”, la Checoslovaquia de entreguerras que presagia el avance del nazismo, en un intento de conjurar los extremismos que acechan hoy a Europa.

Así lo explica el escritor escocés en Praga, escenario de la trama de su “thriller de suspense” publicado por Roca Editorial.

“Estamos discurriendo sobre los peligros de ‘nativismo’, del nacionalismo, la xenofobia…, con la perspectiva de dónde estamos hoy y el hecho de que estas cosas están empezando a retornar a nuestras sociedades”, indica el creador del comisario Jan Fabel.

Al referirse al auge actual de ideologías extremistas y excluyentes, Russell (1956) reconoce que las circunstancias no son ahora las mismas: “estamos en un ambiente cultural, social y tecnológico completamente diferente debido al internet y la evolución de las comunicaciones”.

No obstante, “tenemos mucho de qué preocuparnos”, advierte el autor de las exitosas series protagonizadas por el alemán Fabel (“Muerte en Hamburgo”, “Cuento de muerte”, “Resurreción”) y Lennox (“Lennox”, “El beso de Glasgow”, “El sueño oscuro y profundo”).

“Es verdad que las fuerzas entonces (en 1935) eran más grandes y titánicas que hoy, pero quitarle hierro al asunto es una forma de pensar insidiosa”, prosigue.

Para el autor de “Miedo a las aguas oscuras”, la memoria “de una época pasada aterradora” es clave para prevenir el extremismo.

Y por eso se remonta en “El aspecto del diablo” (“The Devil Aspect”) a la década de los 30 en la antigua Checoslovaquia.

Otoño de 1935. Un momento que destila tensiones nacionalistas entre la población de habla alemana y checa, y lleva a algunos personajes, con sentido de premonición, a temer que los vientos que soplan en Alemania, donde Adolf Hitler había ascendido al poder dos años antes, acabe por sacudir con virulencia al resto de Europa.

Con este contexto histórico, que pesa como una losa en el ánimo de figuras como la judía Judita Blochová, la trama de la obra adopta su genuino perfil negro al abordar el mundo de la locura.

Y Russell lo hace a través de personajes desquiciados, zambulliéndose en el mundo de la mitología eslava, rica en la temática diabólica.

A diferencia de la amable tradición escocesa donde el diablo es más un embaucador bromista que otra cosa, Russell desempolva aquí terribles y pavorosas leyendas sobre dioses y demonios eslavos como Veles, Chernobog el Oscuro, Svarog o Perún Dazbog.

Son espíritus oscuros que parecen haber tomado posesión de algunos personajes de esta novela inspirada también en las teorías sobre el desdoblamiento de la personalidad del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, discípulo de Sigmund Freud y del que Russell se declara deudor.

Una locura que en mayor o menor grado parece atormentar a todos, incluido al inspector Lukas Smolak, quien para investigar en la capital bohemia una serie de asesinatos decide asesorarse con el personal de un sanatorio psiquiátrico, el Castillo de las Águilas, donde están confinados los llamados “Seis Diabólicos”.

Estas figuras, con trastornos psicóticos, han cometido crímenes horrendos que ellos mismos cuentan bajo los efectos de sedantes, en una narrativa con unas dosis de realismo e inocencia que ponen la piel de gallina al lector.

Es el caso, por ejemplo, de Hedvika Valentova, una mujer de mediana edad que cocinó a su marido para crear un suculento plato, y se lo dio a comer a su cuñada en venganza por supuestos maltratos que sólo se produjeron en su mente.

Aunque dice que para él no existe el mal de por sí en las personas, ni se puede personificar la figura del diablo, Russell sí advierte de la maldad que se da en determinadas condiciones.

“Mi sentimiento personal es que el mal no existe y es algo que asignamos a nuestra falta de empatía. Si vemos lo que pasaba con los nazis, vemos que era una falta de empatía colectiva. Eso es el mal”, sentencia el escocés.

En este contexto recuerda la expresión “banalidad del mal” que acuñó la filósofa Hannah Arendt durante el juicio israelí al criminal de guerra alemán Adolf Eichmann para intentar definir la forma fría y burocrática, defendida como el cumplimiento de un deber, con la que algunos jerarcas nazis aplicaron las leyes para acabar con millones de judíos.

Desde este punto de vista, Russell admite que su obra es “decididamente un estudio sobre el mal”.

Sobre el género literario de la obra, cuya primera tirada en castellano es de 10.000 ejemplares, el autor afirma que hizo “de manera consciente una novela gótica tradicional, según el canon clásico”.

El cuarto oscuro de los Panero

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"El desencanto" es una biopsia (más que biopic) de los hermanos Panero: una metáfora de la situación política, una apasionada exhibición de la intimidad familiar, una rara avis cinematográfica que abrió las puertas al género en nuestra democracia y que subrayó el fin de una época
“El desencanto” es una biopsia (más que biopic) de los hermanos Panero: una metáfora de la situación política, una apasionada exhibición de la intimidad familiar, una rara avis cinematográfica que abrió las puertas al género en nuestra democracia y que subrayó el fin de una época

“En la infancia vivimos y después sobrevivimos”, le dice Leopoldo María Panero a su madre en un fragmento de “El desencanto”, la película en la que Jaime Chávarri retrató en 1976 la decadencia de una familia burguesa y maldita tras la muerte del padre, Leopoldo Panero, conocido como uno de los poetas del régimen franquista.

En otra secuencia, el hijo mediano le reprocha a su progenitora haberle metido en un psiquiátrico tras su primer intento de suicidio, en lugar de tratar de comprender los motivos que le llevaron a ello. Todo desde una exquisita y demoledora frialdad.

En la película, como en la propia vida del poeta trágico ya fallecido, a veces no queda claro dónde acaba la ficción y donde comienza la realidad. Si la locura era un refugio para su inteligencia inadaptada o si acabó ganándole la peligrosa partida.

Y es que tanto los hermanos Leopoldo María, Juan Luis, y sobre todo Michi, como su madre, Felicidad Blanc, comienzan apareciendo como personajes, magníficos conversadores conscientes del escenario en que se mueven, para acabar, después de un año y medio de rodaje, mostrando sin querer sus contradicciones y sus facetas más ocultas.

La idea inicial de Chávarri era rodar un cortometraje en un manicomio, pero las autoridades de la época, con el franquismo aún vivo, se lo impidieron. Fue entonces cuando Elías Querejeta, amigo de Michi Panero, le propuso filmar la historia de esta familia que tuvo que vender sus propiedades para sobrevivir.

Al principio Leopoldo María no quería participar. En su ausencia, su hermano Michi lo define como el “molesto” de la familia, el “raro”. Cuando el autor de “Por el camino de Swant” se incorpora, a mitad de rodaje, Michi acaba pasándose a su lado para consumar la traición a la madre.

Rodada en blanco y negro, entre la casa familiar de Astorga y el liceo italiano de Madrid donde estudiaron, el documental fue en su día objeto de la censura franquista, que obligó a Chávarri a eliminar la escena en la que Leopoldo habla de sus experiencias sexuales en la cárcel.

Tampoco la crítica la recibió demasiado bien de entrada. Fue más tarde, con los años, cuando se convirtió en una película de culto, símbolo de la caída de la dictadura franquista. Eso sí, en Madrid y Barcelona se mantuvo casi un año en cartel en salas de arte y ensayo.

Muchos años después, Ricardo Franco filmaría la segunda parte del documental, “Después de tantos años” (1994), que volvió a reunir a los hermanos tras la muerte de la madre para recuperarlos de la ruina y el olvido.

Durante dos semanas, Franco mantuvo largas conversaciones con los Panero, siempre por separado, pues ninguno quería ver a los otros hermanos.

Solo al final de la cinta se produce un breve encuentro entre Michi y Leopoldo en el cementerio donde reposan los restos de la familia. Mientras Michi habla de su vida al borde de la muerte, Leopoldo exclama: “¡Qué solos están los muertos!”.

Vinagre, negación y, pese a todo, genio

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La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego... siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus texto
La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos

El polémico escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) sigue flagelando conciencias después de su muerte con la publicación del inédito “Meine Preise” (Mis premios), un ajuste de cuentas íntimo de uno de los autores europeos más feroces de los últimos tiempos.

“Un premio sólo lo conceden los incompetentes”, dejó escrito en su obra “El sobrino de Wittgenstein”, un simple testimonio sobre su odio a los galardones, o mejor dicho, a la ceremonia, a la hipocresía y la arrogancia del mundo de la cultura.

Su fama de iracundo misántropo siempre le precedió, entonces: ¿Por qué aceptaba esos premios que tanto odiaba?. En el libro está la respuesta: por el dinero.

“Soy un avaricioso, no tengo carácter, yo mismo soy un cerdo”, se lee en el hasta ahora inédito libro de 139 paginas escrito con la prosa lírica cortada a navaja de Bernhard, que ha tenido una influencia clara en escritores como Peter Handke y Elfriede Jelinek.

“Todo era repugnante, pero lo que más asco me daba de todo era yo mismo”, escribe sobre su participación en esas escenificaciones “humillantes”, por las que se odiaba aún más al ver que eran capaces de corromperle.

En el libro pasa revista con su habitual humor salvaje y descarnado a nueve de los muchos premios que obtuvo, el primero de ellos en 1964, el Julius-Campe, con cuyo dinero se compró un automóvil deportivo Triumph Herald que estrelló poco después en Croacia.

Otro de los episodios lo dedica a su primer premio en Austria, en 1968, el Premio Estatal de Literatura, en el que ofreció un discurso que causó tal escándalo -llamó al Estado un artificio, a los austríacos los definió como apáticos, hipócritas y estúpidos- que desde entonces se convirtió en el modelo de intelectual furibundo.

El libro no es el mejor del autor, según los críticos, pero ofrece una nueva visión personal de Bernhard, en la que se puede apreciar que además de lanzar pullas contra todos también tenía un claro sentido autocrítico.

Eso sí, lamenta su afición por el dinero, pero siempre lo justifica en la necesidad: un traje nuevo, unos arreglos caseros, unos caprichos.

Estos premios serían una forma de “ponerse a prueba” para escribir, de retarse ante la página en blanco, según explicó a los medios austríacos el jefe de manuscritos de la editorial Suhrkamp, que lanza la obra, Raimund Fellinger.

El librito permite ver a un Bernhard desconocido, como cuando cuenta su vida desesperada, al borde de la pobreza y con una tuberculosis crónica antes de que su fortuna cambiase con su primera novela en 1963, “Helada”, que mostró su querencia por un lenguaje innovador y radical.

En los libros de Bernhard se suelen trazar situaciones aparentemente normales, cotidianas, aunque en ellas late un nido de tensiones que acaban por revelar un mundo sórdido en el que nada es lo que parece.

Esta mirada crítica de la realidad se ha expandido a numerosos escritores austríacos y también se puede rastrear en algunos de sus cineastas, como Michael Haneke y Ulrich Seidl.

Su relación crítica con Austria duró hasta su muerte, envuelta por el escándalo de su obra teatral Heldenplatz (La Plaza de los Héroes), encargada para el prestigioso Burgtheater vienés para conmemorar los 50 años de la anexión de Austria por el Tercer Reich.

Esa plaza es tristemente famosa porque en marzo de 1938, estaba abarrotada de austríacos que vitorearon al dictador nazi Adolf Hitler.

El estreno fue en noviembre de 1988 con un texto en el que acusó a los austríacos de ser igual de nazis que hacía medio siglo, levantando tal polvareda que le amargó los últimos tres meses de su vida y le llevó a prohibir en su testamento cualquier representación de sus textos en su país.

Una voluntad que no se cumplió ni con la representación del teatro ni con su obra: este inédito lo escribió Bernhard en 1980 y lo guardó en el cajón, casi como una reserva para cuando aflojase la creatividad.

“Estos relatos estaban destinados por Bernard para ser publicados, por lo que no nos sentimos obligados por el testamento”, argumentó Raimund Fellinger.

En busca de la verdad

La recopilación de artículos, entrevistas y discursos ‘En busca de la verdad’ (Alianza Editorial), de Thomas Bernhard, muestra a un escritor austríaco misántropo y enemigo de su país de origen, si bien los textos también profundizan en las intimidades de el autor de ‘Extinción’.

La relación de Bernhard con Austria fue muy controvertida y así lo explica el propio novelista en estas páginas. “Siempre, donde uno tiene su casa, lo conoce todo muy íntimamente y se ama. Al mismo tiempo, sin embargo, se odia también…como a esa famosa peste que nadie conoce”, señala Bernhard a un periodista al ser preguntado por Salszburgo.

Asimismo, sus declaraciones al respecto de las relaciones humanas dejan claro el desapego que sentía hacia otras personas. “El agradecimiento, como es bien sabido, es una estupidez” o “creo que todo el mundo debe recibir en la vida alguna patada” son ejemplos de la idea que tenía Bernhard de sus conciudadanos.

Además, las páginas de este trabajo recogen algunas polémicas de la época con el presidente de los Festivales de Teatro de Salszburgo (anunciando su renuncia a presentar más obras suyas) o una serie de respuestas irónicas tras ser galardonado con el Premio de Literatura de Bremen (“No he leído un solo libro publicado desde 1975”).

Miguel Sáenz, traductor habitual en español de Bernhard, remarca ese carácter difícil del escritor austríaco, reflejado en esta recopilación. “Empatizar con Bernhard no es fácil, sobre todo para los austríacos, que lo conocen bien. Pero a él la empatía le tenía más o menos sin cuidado: iba a lo suyo”, explica.

La depresión y el suicidio recorren esta obra donde Bernhard llega a afirmar que “hay estados en los que la vida le resulta a uno totalmente indiferente”. E incluso hay espacio para sus reflexiones respecto al sexo, prácticamente inexistente en la biografía del novelista.

“La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. Yo creo que hay que creerle a él. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo”, señala Sáenz.

De hecho, tal y como recuerda su traductor en España, es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos. “Yo sé donde está, pero dejo al bernhardiano fiel la tarea de encontrarlo”, bromea Sáenz.

Los periodistas, junto con los directores de festivales, eran algunas de las dianas preferidas de Bernhard, algo que se refleja en ‘En busca de la verdad’. “No nos engañemos, aborrecía a los periodistas y despreciaba a los directores, ya que los consideraba en general como gente inculta y muy poco de fiar”, asevera Sáenz.

En cualquier caso, a pesar de esta actitud, el traductor español considera que la obra de Bernhard ha trascendido y hoy en día resulta un autor “muy actual”. “En Austria se ha convertido en el escritor nacional a pesar de las barbaridades que escribió sobre su país y en América Latina es objeto de culto por escritores que admiran su manera peculiar de ‘llamar al pan pan y al vino, vino'”.

Sáenz reconoce que a pesar de la cantidad de obras traducidas de Bernhard todavía traducirlo “encierra sorpresas”. “Sin embargo, mi identificación con él nunca es total. A veces lo sorprendo interpretando el papel que él mismo se adjudicaba alegremente”, concluye.

Hippies, hoces y martillos en USA

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Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos
Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos

Repleta de espíritus insatisfechos y latiendo al ritmo de complicadas pasiones políticas, “Los jardines de la disidencia”, de Jonathan Lethem, se adentra en el mundo de la contracultura y el comunismo norteamericano, un movimiento que, según ha explicado el autor, quedó olvidado y “muchos creen que nunca existió”.

Tres generaciones de comunistas, hippies e indignados manifestantes protagonizan “Los jardines de la disidencia”, una obra ambientada en Nueva York, que abarca desde el apogeo del estalinismo de mediados de los años 30 del pasado siglo, pasando por la multitud de movimientos a favor de los derechos civiles de la década de los 60, hasta el movimiento Ocupa Wall Street.

“Se trata de una novela sobre personas con convicciones políticas”, señala el escritor neoyorquino, quien describe la obra como una “ventana sucia” a través de la cual se observa no sólo los avatares de una época sino también las “contradicciones y tormentos” personales, que quedan marcados sobre la superficie del cristal.

En el centro de este ventanal se encuentra la matriarca, Rose Zimmer, una comunista con “un feroz enfoque de la vida” y unas opiniones “volcánicas”, inspirada en la abuela de Lethem, a quien conocemos tras ser expulsada del Partido Comunista estadounidense por su relación con un policía negro.

Su hija, Miriam, inspirada en la madre del escritor, tan obstinada y apasionada como Rose, huye de su influencia sofocante para unirse al movimiento contracultural de la Era de Acuario del Greenwich Village, donde conocerá a un cantante de folk con el que tendrán a Sergius, un joven idealista, aunque algo confundido, que se implicará a fondo con el movimiento Ocupa Wall Street.

“Yo soy parte de un país en el que el comunismo nunca fue probado en ningún ámbito social”, recuerda el escritor, nacido en 1964 y criado en una comuna de Brooklyn.

A su parecer, la idea del comunismo siempre ha sido una manera de “manifestar que la vida que te rodeaba no era suficiente”, por lo que entender el significado completo de esta palabra en Estados Unidos es hoy en día “una tarea bastante complicada”.

Pese a la trayectoria familiar, el escritor niega que se inscriba dentro del activismo político, aunque sí cree necesario poner en valor una historia “muchas veces deformada, descalificada” y también “olvidada”, pues, tal y como destaca Lethem, “muchos creen que el comunismo norteamericano nunca existió”.

“El libro -subraya- es a la vez una forma de revertir esta situación y dejar testimonio del paso del comunismo por Estados Unidos, lo que conforma una parte de la historia de la que se puede hablar y de la que no hay que sentirse avergonzado”.

Preguntado por la vigencia del legado comunista en su país, Lethem niega la existencia de “un comunismo puro”, pues “la versión más extendida de esta doctrina se encuentra en otros tipos de izquierda, como el movimiento Ocupa”.

Como todos los grupos de izquierda, el movimiento Ocupa, que se opone al poder y la influencia de las corporaciones financieras de EE.UU., también ha tenido que convivir con la “frustración propia de los grupos que propugnan una transformación”.

Algo que, según el autor, tiene mucho que ver con la “política dual” del presidente Barack Obama, que, a nivel simbólico, se ha convertido en la expresión de la revolución pero que, en el plano oficial, “no ha hecho más que seguir con las políticas de sus predecesores”, por lo que, en palabras del escritor, el expresidente Obama, por ejemplo, no hizo “más que recordar a la izquierda que siguen formando parte de la izquierda”.

“Los jardines de la disidencia”, publicado en castellano por Mondadori y en catalán por Angle, es una obra llena de referencias americanas, aunque puede describirse como un libro “muy europeo” porque los personajes descritos “viven dentro de la historia, a diferencia de la mayoría de los norteamericanos, que siempre pretenden alejarse de ella”.

Además de la pluralidad de voces propia de Philip Roth, en el retrato de la sociedad estadounidense de la obra de Lethem se nota la influencia de los escritores Christina Stead, Vivian Gornick o Anatole Paul Broyard, que han recreado el país en el que nació el autor, galardonado con el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.

Esta historia familiar de comunistas decepcionados en un país que los trata como un invisible anacronismo es, a la vez, una manera de gritar al mundo que la cuestión del comunismo norteamericano “no es un tema cerrado, sino parte de una historia en la que estamos viviendo”.

La explotación del reverso tenebroso

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La casa en la que vivió el matrimonio compuesto por Fred y Rosemary West fue, durante muchos años, la casa de los horrores. Entre esas cuatro paredes se escondieron, durante 20 años, horribles crímenes que conmocionaron a Gran Bretaña en la década de los 90
La casa en la que vivió el matrimonio compuesto por Fred y Rosemary West fue, durante muchos años, la casa de los horrores. Entre esas cuatro paredes se escondieron, durante 20 años, horribles crímenes que conmocionaron a Gran Bretaña en la década de los 90

La escritora británica Vanessa Savage, que se inspiró para su última novela, “Oculta en la sombra”, en el conocido matrimonio asesino en serie Fred y Rosemary West, entiende que “generalmente, la gente es buena ocultando su lado oscuro”.

Savage opina que es difícil meterse en la mente de un asesino en serie pero “si tienes algo así en tu mente, lo tendrás para siempre”.

Subraya Savage la capacidad de las personas, buenas y malas, para “ocultar sus lados más oscuros” y por esa razón “un asesino en serie puede ser una persona corriente, cercana, que va a trabajar normalmente y que de puertas adentro se transforma y se quite la máscara”.

Sobre el punto de inflexión que convierte a alguien corriente en una bestia, la escritora apunta que “puede haber algún catalizador de ese lado oscuro, que puede tener su origen en el pasado o ser reactivado por algo que sucede en el presente”.

El punto de partida de “Oculta en la sombra” (AdN) fue el caso real del matrimonio Fred y Rosemary West, en Gloucester (Gran Bretaña), que fueron condenados por el asesinato de 12 mujeres, entre ellas varias niñas.

Gran parte de dichos asesinatos, que estremecieron a todo el país, se cometieron en el domicilio familiar de la pareja en el número 25 de Cromwell Street, que acabó siendo demolido.

Vanessa Savage se crió muy cerca del lugar de los hechos y se planteó “qué hubiese ocurrido si esa casa no hubiera sido destruida, qué pasaría si esa casa fuera tu casa de la infancia”, y una pregunta definitiva: “¿Podrías olvidar su pasado y convertirla en un hogar perfecto para tu familia? o ¿acaso la casa mantiene unos recuerdos que la convierten en algo embrujado?”.

Una vez que Savage tenía la casa, como “un personaje más”, y la familia, “las piezas del puzzle comenzaron a encajar”.

La escritora inglesa, que vive en una casa junto a la costa de Gales, se documentó sobre casas en las que se habían producido crímenes: “Hay cierta fascinación en Internet sobre los escenarios de los crímenes y no solo sobre los protagonizados por Jack el destripador”.

“Oculta en la sombra” se sitúa es una ciudad ficticia, que toma elementos de pueblos de la costa de Gales.

En cuanto a los personajes, la autora quería desde el principio dibujar “una familia estándar y perfecta, feliz de puertas afuera, con un padre, una madre e hijos, que de puertas adentro era totalmente distinta”.

En su novela, Savage se aleja de la tradición británica de Agatha Christie y se acerca más al estilo norteamericano de Stephen King: “Siempre he leído a Stephen King, seguramente desde demasiado joven, cuando cogía sus libros de las estanterías de la familia”.

De King, al que aún hoy sigue leyendo, le atrae “la combinación de thriller psicológico y de elementos sobrenaturales, un cóctel que ejerce una gran influencia en mi escritura”.

Con una formación universitaria en artes visuales, era inevitable para Savage escribir siempre desde una perspectiva visual.

A la luz del caso en que se inspira su novela, Savage piensa que “aunque en principio cabe pensar que la ficción se puede llevar mucho más al límite y al extremo, siempre descubres realidades que sí superan la ficción”.

Después de debutar con una novela romántica, Savage se pasó al género negro: “Mis personajes acabaron teniendo más ganas de matarse que de amarse y fue así como aterricé en la novela negra”.

Un género que seguirá cultivando en su próxima novela, otro psicothriller ambientado en otra ciudad inventada del sur de Gales.

“Hay pocas novelas ambientadas en Gales, y es una zona que tiene mucho potencial para novelas de terror que asusten al lector”.

En relación al Brexit, no tiene previsto escribir una novela que tenga como argumento la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea pero confiesa que “el Brexit es una verdadera pesadilla que ha dividido profundamente al Reino Unido. Odio el Brexit y me encantaría seguir en Europa” y predice que “las disputas entre los dos bandos darán lugar a novelas en los próximos años, porque se está forjando un odio entre las dos mitades de la población”.

Elsa Morante y el átomo

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 Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960
Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960

La novelista italiana Elsa Morante escribió entre 1950 y 1978 una serie de artículos y ensayos sobre la literatura, el arte y la política, inéditos en español hasta que la editorial Círculo de Tiza los publicó con el título “A favor o en contra de la bomba atómica”.

El volumen permite conocer el pensamiento y la visión del mundo de la escritora a través de textos dedicados a la obra del pintor Fra Angélico y al poeta Umberto Saba, así como conferencias y artículos publicados en revistas literarias y semanarios.

Entre ellos están sus dos últimos manuscritos publicados de manera póstuma, el “Breve Manifiesto Comunista (sin clase ni partido)” y una carta que nunca envió a las Brigadas Rojas con motivo del secuestro del entonces líder de la Democracia Cristiana italiana Aldo Moro que terminó con su asesinato.

Morante (Roma, 1912-1985) muestra su visión literaria, en la que distingue al falso novelista del “verdadero”, que, en sus palabras, siempre comunicará, “a las generaciones contemporáneas y futuras, incluso las más seguras verdades sobre el ‘lugar geográfico’ y el ‘tiempo histórico’ en los que vivió su propia experiencia humana”.

La escritora bucea además en los intereses de los lectores, que prefieren libros “con personajes vivos” que cuenten “sus vicisitudes humanas”, y en las relaciones y los comportamientos de Andréi, uno de los personajes de la novela del autor ruso León Tolstoi “Guerra y paz”.

“A favor o en contra de la bomba atómica”, prologado por Alfonso Berardinelli y traducido por Flavia Cartoni, es una edición con 15 textos y de 167 páginas que lleva el título de una conferencia que la poeta pronunció en 1965 y en la que explica que la “humanidad contemporánea” siente la “oculta tentación” de desintegrarse.

“Me arrepiento de estar aquí para entreteneros con tan tétrico tema, más que con un hermoso cuento (¡teniendo en cuenta que determinados seguidores se empeñan en despachar mis libros como si fueran una especie de fábulas!)”, manifiesta durante la conferencia que posteriormente se publicó en la revista “Europa Letteraria”.

Su interés por el arte, cuya calidad describe como “liberadora” y sus efectos “revolucionarios”, se observa en el prólogo que dedicó en un libro a la obra pictórica de Fra Angélico, un “pintor al servicio de la propaganda”.

“Las obras de arte propagandístico son un suero de la verdad. Si la propaganda es espontánea y sincera, salen hermosas; en caso contrario, salen unos monstruos”, asegura.

Morante fue una escritora precoz que desde muy joven empezó a publicar relatos en revistas infantiles. En su etapa adulta escribió teatro, poesía, relatos, ensayos y novelas, entre ellas “Mentira y sortilegio” (1984), ganadora del Premio Viareggio; “La isla de Arturo” (1957), Premio Strega, y “Araceli” (1982), Premio Medici.

Junto a escritores como Alberto Moravia, Natalia Ginzburg, Cesare Pavese o el cineasta Pier Paolo Pasolini, la novelista vivió la época del fascismo, en la que se hizo evidente su preferencia por las personas oprimidas frente a los opresores, una prioridad que le enemistó con varios escritores de su generación.

En palabras del ensayista italiano Alfonso Berardinelli, Morante era una mujer con una “humildad devocional” y una escritora “lacónica y musical” que no erraba ni una nota y conseguía juntar mundos enteros en sus páginas.

“Poseía el sentido de la tragedia y buscaba el éxtasis, vivía entre paraísos e infiernos, como si en ella convivieran Fra Angélico y Caravaggio”, asegura en el prólogo sobre la novelista, su “último gurú” que “veía la comedia que se esconde debajo de la tragedia”.

Estos ensayos, según Flavia Cartoni, que tradujo al castellano la recopilación de relatos “El chal andaluz” (1963), reflejan la obra de Morante cuya aportación a la literatura italiana del siglo XX superó los límites de la narrativa y la poesía.