Lectura

El gancho de Vicki Baum

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Baum se consideraba una "Nueva Mujer", una ideología que precedió a la teoría feminista del siglo XX. Esto fue quizás más frecuente en su amor al boxeo
Baum se consideraba una “Nueva Mujer”, una ideología que precedió a la teoría feminista del siglo XX. Esto fue quizás más frecuente en su amor al boxeo

Vicky Baum fue una escritora judía nacida en Viena en 1888, que llegó a publicar más de 50 novelas en toda su vida. Sin embargo, eso no le impidió consagrarse en una de sus actividades favoritas: el boxeo.

La escritora nació bajo el nombre de Hedwig Baum en Viena, Austria en una turbulenta familia que consideraba a la lectura como un “vicio secreto”. Baum comenzó a interesarse por la escritura en 1914, luego de abandonar el arpa. En 1926 decidió dedicarse profesionalmente a este arte y asumió un puesto como redactora de revistas en la editorial Ullstein de Berlín.

La carrera literaria de Hedwig Baum (que firmará todos sus escritos como Vicki) es de comienzo más bien tardío: su padre se opuso firmemente a que cultivara la afición por la literatura que sentía desde niña, convencido de que escribir no llevaba a nada útil. En cambio, nada tuvo que objetar Herr Baum a que su única hija se dedicara profesionalmente a la música, como deseaba su madre, ansiosa por asegurar a Vicki la independencia económica y personal que ella siempre echó en falta. Tras largos años de concienzuda preparación en el Conservatorio, en 1907 Fraülein Baum debuta como arpista en la Vienna Konzertverein, precedente de la actual Orquesta Sinfónica de Viena. A sus diecinueve años, es la única mujer entre los ochenta músicos. Su sensibilidad artística y su tesón hacen que pronto llegue a ser una solista de éxito, que en 1911 es especialmente requerida para estrenar una pieza de Mahler en Münich.

Por esa época Vicki Baum ya ha perdido a su padre, que abandonó a la familia para empezar una nueva vida con otra mujer; y a su madre, precozmente fallecida en 1908. Quizá para huir de la soledad, se casa con un periodista de poca monta, Max Prels; y este matrimonio, aunque será de breve duración, le servirá para conocer el mundillo literario y dar sus primeros pasos como escritora. Tras divorciarse de Prels, Vicki Baum vuelve a casarse en 1916: su marido es ahora Richard Lert, director de orquesta, y la pareja se establece sucesivamente en Hannover, en Mannheim, y por fin en Berlín. De este matrimonio nacerán dos hijos, y aunque Baum abandonará su propia carrera musical para centrarse en apoyar la de su marido, no sucederá lo mismo con sus aspiraciones literarias.

El avance literario de Baum se produjo en 1929 cuando publicó “Grand Hotel”, la historia de los extravagantes personajes que vivían en un hotel 5 estrellas en Berlín. Algunas fuentes afirman que trabajó de incógnito durante algunos meses como camarera de piso en el Hotel Adlon de Berlín, para documentarse. Sea como fuere, lo cierto es que ya en el año 1930 este libro, el gran best-seller de la época, fue adaptado al teatro por Max Reinhardt; en 1932 fue llevado al cine en Hollywood, con un reparto lleno de estrellas, entre ellas Greta Garbo, John Barrymore y Joan Crawford; en 1936 ya había sido traducido a dieciséis idiomas, vendiendo millones de ejemplares en todos ellos. En 1958 volvería a ser adaptado, bastante libremente, por Hollywood bajo el título “Weekend at the Waldorf”; y sobre los escenarios de Broadway conocería dos adaptaciones al género musical, la primera en 1957 y la segunda, más reciente, en 1989. El libro fue un éxito, convirtiendo a Baum en una de las primeras autores de best-sellers modernos.

Naturalmente, los libros de Baum fueron prohibidos en Alemania después de 1935 debido a su origen judío. Sobre este tema, escribió: “Ser judío es destino”.

Baum se consideraba una “Nueva Mujer”, una ideología que precedió a la teoría feminista del siglo XX. Esto fue quizás más frecuente en su amor al boxeo. A finales de los años 20, Baum, con una o dos mujeres más, comenzó a entrenar en un estudio en Berlín. “No sé cómo el elemento femenino se coló en esos reinos masculinos”, escribió en su libro de memorias de 1964, It Was All Quite Different, “pero … sólo [unas pocas de nosotras] fueron lo suficientemente duras como para seguir adelante con ello”.

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Gómez de la Serna en las ondas

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Las greguerías son textos breves de una sola frase en la que se expresaba de una manera humorística e ingeniosa algún concepto. El creador de ese nuevo estilo de explicar las cosas con originalidad fue Ramón Gómez de la Serna, uno de los destacados miembros de la Generación de 1914
Las greguerías son textos breves de una sola frase en la que se expresaba de una manera humorística e ingeniosa algún concepto. El creador de ese nuevo estilo de explicar las cosas con originalidad fue Ramón Gómez de la Serna, uno de los destacados miembros de la Generación de 1914

Con el título de ‘Greguerías onduladas’ han sido reunidas en un volumen las que Ramón Gómez de la Serna escribió desde 1925 para Unión Radio Madrid, y que, con el tema común de la radio en todas ellas, han permanecido inéditas, ya que no se incluyeron en sus obras completas.

Estas greguerías fueron leídas en los estudios radiofónicos y luego aparecieron en la antigua revista ‘Ondas’, pero nunca hasta ahora se habían publicado en un volumen independiente, según han explicado fuentes de la Editorial ‘Renacimiento’, que las ha editado con un estudio introductorio del hispanista Nigel Dennis.

Las greguerías se deben al afán experimental y vanguardista de Gómez de la Serna, y son una especie de aforismos o imágenes en prosa que ofrecen un aspecto personal y a veces humorístico de la realidad, si bien las reunidas en ‘Greguerías onduladas’, además de haber sido escritas para la radio, tienen la particularidad de que todas tratan sobre la radio y sus posibilidades.

Según ha dicho Nigel Dennis, estos textos breves son muestra de “la extraordinaria inventiva de esta figura clave de la literatura contemporánea”, de un escritor que estuvo “siempre dispuesto a probar cualquier medio de expresión para darse a conocer o para conquistar un público nuevo”.

“En 1925 la radio era una auténtica novedad y constituía una especie de desafío que él acepta alegremente y, en la década anterior a la Guerra Civil, se le ocurren una serie de estrategias personalísimas para explotar con imaginación los recursos del nuevo medio”, según Dennis.

Además, la radio le permitió al escritor comunicar “con un público mucho más amplio, realmente multitudinario, ya que existían en España en 1936 alrededor de un millón de aparatos de radio, lo cual da una cifra aproximada de 3 o 4 millones de radioyentes”.

“Lejos de ser un divertimento marginal, las actuaciones en la radio de Ramón son un aspecto integral de su arte”, según Dennis, quien ha recordado que, además de en otros periodos, entre la primavera de 1932 y el verano de 1936 hizo una emisión radiofónica semanal de treinta minutos, “en plena madurez creadora”.

Libertad creadora

Para Dennis, “en casi todo lo que hace, escribe y dice a lo largo de su vida, Ramón defiende y promueve lo nuevo, la libertad del creador, el libre vuelo de la imaginación, y a medida que va explorando las posibilidades expresivas de la radio introduce una serie de innovaciones extraordinarias”.

De este modo, “hizo los primeros reportajes en directo desde la calle en 1929; hizo las primeras grabaciones discográficas en la historia de la radio española para emitirlas en diferido, y empleó efectos sonoros en programas dedicados exclusivamente a los sonidos, al estudio comparado de los tic-tac de los relojes, por ejemplo”.

“Ramón utiliza la radio para hacer lo mismo que hace en toda su obra, desvelar una dimensión desconocida de la realidad, y ese es el vínculo entre su obra radiofónica y su obra greguerística, ya que ambas descubren lo más escondido de la realidad”, según Dennis.

En las ‘Greguerías onduladas’ está aquel mundo primigenio de la radio, de modo que estos textos evocan aquellos antiguos micrófonos, las voces de los emisores, los silencios, las interferencias y, casi siempre, el humor omnipresente en su obra.

Dos ejemplos: “Hay conferenciantes que parecen haber comido polvorones antes de comenzar la emisión” o “Cuando tocan el xilofón es como si tocasen la dentadura a las ondas”. Por medio de observaciones como estas Gómez de la Serna invita a los lectores a ver y a oír de otra manera, y hasta se anticipa al futuro, como cuando sugiere una radio que pueda verse.

El eco inagotable de Huidobro

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El poeta Juan Larrea y Vicente Huidobro
El poeta Juan Larrea y Vicente Huidobro

 “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo, cuando no da vida, mata”, aseguró en una de sus obras el poeta chileno Vicente Huidobro, considerado uno de los mayores exponentes del verso iberoamericano, a la altura de Gabriela Mistral y Pablo Neruda.

Huidobro nació el 10 de enero de 1893 en Santiago de Chile y en el seno de una familia aristócrata que le permitió acercarse al arte y la política desde la infancia. De niño estudió en un colegio de la capital chilena, donde comenzó a escribir sus primeros versos a la edad de 12 años.

A los 18 años publicó su primer libro de poemas, ‘Ecos del alma’, una obra de corte más bien modernista. Durante esta época también fundó varias revistas literarias, como pueden ser ‘Azul’ o ‘Musa joven’.

En 1914, quizás por su gusto por las vanguardias europeas, decide trasladarse a París donde se dedica a escribir y a colaborar con diferentes publicaciones y revistas, así como a acercarse más a las tendencias poéticas del Viejo Continente. De esta época es su obra ‘Pagodas ocultas’.

Durante su estancia en Europa también visitó Madrid y realizó estudios de Psicología, Biología, Astrología y Alquimia. Aún en Francia lanzó la publicación ‘Creación. Revista Internacional de Arte’, un importante hito en las revistas sobre artes.

Frente a vanguardias como el simbolismo, el estilo de Huidobro se encuadra en el creacionismo, una corriente literaria basada en entender que la función de las palabras y la poesía es trasmitir belleza y sugerir imágenes, por encima de su significado. En ‘Manifiesto’ el poeta chileno expone todas sus teorías con respecto a este estilo.

Estas ideas fueron expandidas por el propio autor durante su estancia en Europa, donde coincidió con otros grandes intelectuales de su época.

En 1931 el chileno publicó la que sería su obra maestra: ‘Altazor o el viaje en paracaídas’. Esta obra es el máximo exponente del creacionismo y está compuesta por siete cantos. Huidobro dedicó años a la creación de este poemario. Un año después el poeta regresó a Chile.

Huidobro poseía un claro sentimiento comunista, de manera que, tras el estallido de la Guerra Civil española, en 1936, asistió al Congreso de escritores antifascistas y combatió con el bando republicano. También se vio inmerso en la Segunda Guerra Mundial, contienda en la que estuvo presente en eventos históricos como la caída de Berlín como corresponsal de guerra.

Tras su participación en ambas guerras, volvió definitivamente a Chile en 1946. Un año después, con tan solo 53 años, sufrió un derrame cerebral, probablemente como consecuencia de sus heridas de guerra. Finalmente Vicente Huidobro falleció el 2 de enero de 1948, a los 54 años, siendo considerado uno de los mejores poetas iberoamericanos.

Según los deseos del propio autor fue enterrado en una colina con vistas al mar, bajo un epitafio que reza: “Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid la tumba. Al fondo de esta tumba se ve el mar”.

La primera plana de García Márquez

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García Márquez empezó publicando retruécanos barrocos de una lírica muy inspirada en poemas breves que han sido olvidados por los posteriores lectores de su obra. Esto quizá porque el propio autor pasó pronto al cuento como género casi confundido con la crónica o la memoria personal y a la postre, abono de su novelística
García Márquez empezó publicando retruécanos barrocos de una lírica muy inspirada en poemas breves que han sido olvidados por los posteriores lectores de su obra. Esto quizá porque el propio autor pasó pronto al cuento como género casi confundido con la crónica o la memoria personal y a la postre, abono de su novelística

La literatura latinoamericana no se puede concebir sin el gran aporte de novelas como ‘Cien Años de Soledad’ o ‘Crónica de una muerte anunciada’, obras maestras del escritor colombiano y periodista de vocación Gabriel García Márquez.

Aunque en una y otra obra las temáticas y el estilo de elaboración son diferentes, encuentran su similitud en la forma en la que autor se aproximaba a la realidad, la que él consideraba, era la verdadera esencia del periodista.

“En mi caso son las mismas: tanto para la literatura como para la política y para el periodismo. Entonces yo considero que mi primera y única vocación es el periodismo”, decía el autor, según lo recuerda la Secretaría de Cultura federal.

Así lo afirmó desde temprana edad y al oficio se dedicó como reportero en los diarios colombianos ‘El Universal’ y ‘El Heraldo’, siendo a su vez corresponsal en París y Nueva York, antes de entregarse por completo a la creación literaria, camino inaugurado con la novela breve ‘La hojarasca’, en 1955.

En esta historia figura por primera vez el mítico pueblo de Macondo, recreado en la mente del autor y que también fue escenario del éxito mundial ‘Cien años de soledad’.

En 1961 publicó ‘El Coronel no tiene quien le escriba’, un año después reunió algunos cuentos bajo el título de ‘Los funerales de Mamá Grande’ y luego la novela ‘La mala hora’.

Hacia la década de los 60, fijó su residencia en México y en una ocasión de viaje hacia Acapulco con su esposa Mercedes y sus dos hijos, García Márquez contó que, como una revelación, encontró el tono que necesitaba para contar la gran novela que tenía pendiente desde los 18 años.

“El tono era contarlo como contaba las cosas mi abuela. Porque yo recuerdo que mi abuela contaba las cosas más fantásticas, y lo contaba en un tono tan natural, tan sencillo, que era completamente convincente. Y entonces llegué a Acapulco. Regresé y me senté a escribir ‘Cien años de soledad'”, señaló en repetidas ocasiones.

El éxito le llegó al escritor a los 40 años de edad, tras la publicación en 1967 de la obra por la que posteriormente recibió el Premio Novel de Literatura en 1982 y que fue considerada por Pablo Neruda como “la mejor novela que se ha escrito en castellano después del El Quijote”.

Esta y otras de sus novelas e historias cortas se inscriben en el “Boom” de la literatura hispanoamericana, donde combinó elementos fantásticos y de la realidad para generar un mundo de abundante imaginación que refleja la vida y conflictos de lo cotidiano.

Después vinieron otros libros como ‘El otoño del patriarca’, en 1975, que constituiría la novela preferida del escritor, los cuentos ‘La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada’ (1977) y ‘Crónica de una muerte anunciada’ (1981), considerada por muchos como su segunda obra maestra.

El legado literario del colombiano incluye también los títulos ‘El amor en los tiempos del cólera’, de 1987; ‘El general en su laberinto’, de 1989; ‘Doce cuentos peregrinos’ de 1992; ‘Del amor y otros demonios’ de 1994, y ‘Noticia de un secuestro’, de 1997.

Su actividad literaria culminó en el 2004 con la novela ‘Memoria de mis putas tristes’, que causó gran conmoción al abordar un romance entre un hombre de 90 años y una adolescente.

Hacia 2005, el escritor señaló en una entrevista que se tomaba un año sabático y que no había escrito “una sola línea”, en cambio había descubierto el placer de quedarse en la cama leyendo.

Nueve años después, el 17 de abril de 2014, Gabriel García Márquez falleció en su casa de la Ciudad de México. Fue despedido con un Homenaje en el Palacio de Bellas Artes, que se pintó de ‘Cien años de soledad’, vallenatos y mariposas amarillas.

Modernistas asidos a la elevación

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Rubén Darío. (Metapa, República de Nicaragua, 18 de enero de 1867 - León, República de Nicaragua, 6 de febrero de 1916). Poeta, periodista y diplomático, está considerado como el máximo representante del modernismo literario en lengua española
Rubén Darío. (Metapa, República de Nicaragua, 18 de enero de 1867 – León, República de Nicaragua, 6 de febrero de 1916). Poeta, periodista y diplomático, está considerado como el máximo representante del modernismo literario en lengua española

 “¿Y aquellas alas de mariposa azul de qué nos sirven? Preguntarán los que nacieron sin alas”, reza uno de los poemas de la obra ‘Azul…’ de Rubén Darío, publicación a la que se asocia el inicio del modernismo literario, en 1888.

Este movimiento literario se desarrolló durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, aproximadamente hasta 1920, en la literatura en lengua castellana pero, fundamentalmente, en la poesía. Surgió como una suerte de rebeldía ante la crisis artística y moral previa y se constituye como heredera del postromanticismo.

En esencia, el modernismo se basa en el rechazo a la realidad cotidiana y a todo aquello mundano o “poco elevado”. Con su obra, el poeta pretende escapar de su tiempo o de su espacio, evocando épocas mejores y paisajes exóticos e ideales.

Esta actitud, lejana a la preocupación por lo social y por narrar lo que uno vive, que imperará en la literatura iberoamericana durante el siglo XX, otorga a los poemas modernistas un tono aristócrata y urbanita.

La búsqueda de la belleza a través de la palabra también es una de las características principales del modernismo, así como la perfección formal. Lo precioso, muchas veces evocado a través de elementos clásicos o mitológicos, es la máxima aspiración de un poema modernista.

Esta vocación de los poetas modernistas de alcanzar la belleza, al margen del contexto en el que viven, se representa mediante la “torre de marfil”. Metafóricamente, estos poetas vivían en una inmensa y bella torre, alejada del mundanal ruido, que les permitía dedicarse a alcanzar la máxima belleza con su arte.

Son muchos los autores iberoamericanos que han cultivado este estilo, siendo los más importantes de ellos el nicaragüense Rubén Darío, el peruano Manuel González Prada, el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y el colombiano José Asunción Silva.

Ruben Darío

Rubén Darío es, además del máximo representante del modernismo literario, quien da el pistoletazo de salida para el inicio de esta etapa con su obra ‘Azul…’. Nació en Nicaragua, en 1867 y, además de a la poesía, de dedicó al periodismo y la diplomacia.

Pero Rubén Darío no es solo uno de los poetas más importantes en lengua castellana por sus obras, como pueden ser ‘Prosas profanas’ o ‘Cantos de vida y esperanza’, sino por la inmensa influencia posterior de su estilo literario, que marcará profundamente a las futuras generaciones de poetas hispanoparlantes.

El lenguaje de la obra del poeta nicaragüense está marcado por el uso de palabras que evocan refinamiento como flores –nelumbos, dalias, jazmines– piedras preciosas –ágata, esmeralda, rubí–, materiales de lujo –seda, mármol, alabastro– y animales exóticos, entre los que destaca el cisne, la figura simbólica más reiterada en la obra de Rubén Darío, representante de la belleza y el erotismo.

Sus temas más recurrentes son los propios del modernismo. El erotismo es uno de los principales, pero no enfocado en una sola amante y musa del poeta, sino como placer sensorial con muchas amantes pasajeras.

Manuel González Prada

Este poeta peruano nació en Lima en 1844 y es una de las figuras literarias más importantes de Perú, aún en la actualidad. Además de como poeta, desarrolló una importante labor como político y filósofo. También fue director de la Biblioteca Nacional del país.

Como poeta modernista, realizó diversas innovaciones sobre métrica y estrofas, como se ve en las obras ‘Minúsculas’ y ‘Exóticas’. El verso polirritmo sin rima, una métrica que consiguió impulsar el verso libre en Iberoamérica es invención de González Prada. Falleció por un problema cardiaco en Lima, en 1978, a los 74 años.

Leopoldo Lugones

Nació en 1874 en Córdoba, Argentina, y fue en esta ciudad en la que cursó estudios de periodismo y literatura. Inició su actividad como poeta a los 23 años, edad con la que publicó su primera obra, ‘Las montañas del oro’, un poemario marcado por la eclosión del modernismo.

Las dos obras más importantes del argentino, ‘Los crepúsculos del jardín’ y ‘Lunario sentimental’ están muy influenciadas por la poesía de Rubén Darío y son plenamente modernistas. La obra poética de Lugones se cotidianiza en 1915 con poemarios como ‘El libro fiel’ u ‘El libro de los paisajes’.

Lugones falleció en 1938, en Buenos Aires, y es recordado como uno de los poetas modernistas más influenciados por la obra de su precursor, Rubén Darío.

Amado Nervo

Este poeta y prosista mexicano nació en Tepic (México) en 1870. Auque su producción poética es indudablemente modernista, la tristeza y el misticismo de las que están empañadas sus obras contrasta con el tono del resto de autores modernistas iberoamericanos.

Pasó parte de su vida en capitales europeas como París, donde conoció al gran autor Oscar Wilde y Madrid. Es conocido por su prolífica obra poética, en la que destacan ‘Perlas negras’, ‘Místicas’ y ‘La amada inmóvil’.

Al final de su vida, el mexicano se apartó ligeramente del modernismo que había plagado toda su obra de madurez, sobre todo debido a la simplificación de su poesía. Falleció en 1919, a la temprana edad de 49 años, en Montevideo.

José Asunción Silva

Es considerado uno de los escritores imprescindibles de la primera etapa del modernismo. Este poeta colombiano nació en Bogotá en 1865 y se formó de manera autodidacta, ya que abandonó los estudios a la temprana edad de 13 años. Vivió durante años en varias ciudades europeas como París y Londres.

José Asunción Silva se suicidó a los 31 años debido al fracaso del negocio familiar, la muerte de su hermana y la pérdida de la mayor parte de su obra poética en un naufragio, de manera que no es mucho lo que se conserva de este modernista colombiano.

De las que han podido ser conservadas, su obra más importante es ‘El libro de versos’, poemario que contiene temas recurrentes en el modernismo, como son el amor, la ternura y el recuerdo de tiempos mejores.

Lorca, un comodín olvidado

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Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con "La Argentinita"
Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con “La Argentinita”

Por sorprendente que parezca, la ciudad de Federico García Lorca, Granada, la que amó y odió por igual, carece de una ruta lorquiana indicada para el turista, que no sólo visita la capital por su más imponente monumento, la Alhambra, sino también para conocer de cerca a uno de los poetas más importantes del siglo XX.

Basta con acudir a textos de expertos lorquianos como el hispanista Ian Gibson o a los de su propio hermano Francisco (sobre todo, en el libro Federico y su mundo), para comprobar que en algunas calles o plazas de Granada, junto al sonido de las fuentes o los pájaros, también es posible escuchar al poeta en sus tardes de juego o en sus clases de piano.

Lorca vino al mundo en Fuente Vaqueros, a unos 20 kilómetros de Granada, un 5 de junio de 1898, pero desde 1906 hasta 1915 residió en el centro de la ciudad, en dos casas señoriales, gracias a la buena situación económica que los negocios de su padre.

Así, los García Lorca se instalaron en la Acera del Darro, 44, actualmente donde se encuentra el hotel Montecarlo, un edificio de dos plantas con alegres ventanas que, aunque ha sufrido grandes cambios en el interior, sigue guardando en su exterior la estética de aquella época.

Pero la fachada conserva algo más: la gran puerta de madera por la que la familia entraba y salía, y que ahora ha perdido su esplendor. Ya en el interior, tras abandonar el recibidor, es grato ver cómo se ha conservado la escalinata y la cúpula, antes de acceder a las habitaciones.

Eso sí, también se sabe que en este vestíbulo existía un aljibe que la familia usaba para guardar el agua que los aguadores le traían de la Fuente del Avellano. Así se lo cuenta a los turistas Antonio Bonilla, un guía granadino que ha montado la única oferta en la ciudad para algunas de las huellas de García Lorca. “Cuentan que un día se disfrazó de moro y le dio un gran susto a la vecina”, relata Bonilla.

En 1916 la familia se traslada a una vivienda situada en Puerta Real, el centro de la ciudad. Aunque en la actualidad no hay rastro del edificio original, se sabe que las puertas de entrada eran de caoba y tenían dos llamadores con la forma de monos, por lo que para llamar debías pegar en el trasero a los simios.

Una anécdota a la que el autor se refiere en su poema Oda al Rey de Harlem: “Con una cuchara arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos”.

Tertulias y flamenco

A escasos pasos de Puerta Real, en la vecina plaza del Campillo, se encuentra uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, Chikito, negocio que, entre 1915 y 1929 fue el café Alameda, donde se celebraba la tertulia literaria El Rinconcillo.

Este espacio fue el lugar donde Federico recitó algunos de sus primeros poemas, así como donde fraguó una gran amistad con el compositor Manuel de Falla.

Uno de los camareros de Chikito, aunque con asombro, reconoce que muchos turistas entran a la sala del restaurante preguntando por el lugar de El Rincocillo: “Una vez llegó una irlandesa y, cuando la sentamos en la mesa donde creemos que estaba la tertulia, se puso a llorar”.

Muy cerca de esta tertulia, nació su amor por el cante jondo y que le llevó, en junio de 1922, a organizar junto con el compositor Manuel de Falla y Miguel Cerón el Concurso de Cante Jondo de Granada.

Más allá de esta pasión por el flamenco, el amor por la música en Lorca está presente desde pequeño, cuando comienza a aprender a tocar el piano. Un instrumento que, como describe Bonilla mientras enfoca su mirada al número 6 de la calle Varela, fue el motivo por el que Fernando de los Ríos, quien se convirtió en su protector y llegó a ser ministro de Instrucción Pública en la II República Española, conoció a un joven poeta que bien podría haberse dedicado a ofrecer conciertos de piano.

“Aquí estaba el Centro Artístico literario, y Lorca venía a tocar”, rememora el guía granadino, mientras aligera el paso hacia la calle Escudo del Carmen, 8, un bloque de viviendas donde recibía clases de piano del profesor Antonio Segura Mesa.

Huellas borradas

Incredulidad. Esto es lo que se puede sentir al ver cómo nadie se ha preocupado en señalar que en esta calle se situaba la Librería Enrique Prieto, ahora una zapatería, donde el poeta compraba sus libros de Víctor Hugo o Paul Verlain.

Que nadie intente buscar una placa o indicación, “porque no existen”, expresa con rotundidad el guía lorquiano, que, como frenado por el aire, se detiene frente a la fachada de un edificio estrecho de esta misma calle Mesones.

Aunque en la actualidad sea una tienda de deportes cerrada por la crisis, se trata del lugar donde estaba la imprenta de Paulino Ventura Traveser, el taller de donde salió Impresiones y paisaje, el primer libro del joven Federico en 1918.

Si su vida en la capital comenzó en una casa ahora convertida en hotel, también llega a su fin en otro hotel, el Reina Cristina, en la calle Ángulo, que en 1936 fue la residencia de la familia Rosales.

Preocupado por cómo las detenciones y los fusilamientos a republicanos eran constantes en este año, en el que un poco más tarde estallará la Guerra Civil española, decidió refugiarse en casa de unos amigos, aunque de corte político distinto al suyo.

Pero nadie pudo impedir que el 16 de agosto de 1936 Federico García Lorca fuera detenido por una tropilla. Poco se sabe qué hizo el genio durante el tiempo de su arresto ni dónde fue enterrado, tras su fusilamiento.

De la intensidad al dulce abismo

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Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites
Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites

Considerada una de las poetas argentinas más importantes del siglo XX, Alfonsina Storni, un ser frágil y fuerte a la vez, con una vida intensa y apasionada, decidió irse sumergiendo en el mar un 25 de octubre de 1938. Un libro con sus poemas, ilustrado por Antonia Santolaya, pone al día su obra.

Con prólogo de Clara Sánchez, “Alfonsina Storni, las grandes mujeres” es un pequeño volumen, editado por Nórdicas, que se convierte en una doble obra de arte; por un lado, los poemas de Storni, la poeta argentina de origen suizo nacida en 1892, y por otro los dibujos y pinturas de Antonia Santolaya (Ribafrecha, La Rioja, 1966), plagados de fuerza y color.

Y es que, según explica Santolaya, el color lo lleva, lo tiene dentro Storni en su “vivir intenso. No por hablar de muerte debe hablarse en blanco y negro; hay mucha vida en ella incluso cuando habla de muerte”, advierte.

La poesía de Alfonsina Storni es “tierna y delicada, pero rocosa, como si uno tuviera que arañarse las manos y las rodillas hasta coger flores y esos cardos y los besos de los que habla”, dice la escritora Clara Sánchez, en el prólogo.

Alfonsina Storni forma parte del club de las poetas suicidas, de esas mujeres cuya experiencia límite, dura e intensa, roja y negra a la vez, fue regalada a la vida con palabras hermosas alimentadas por sus heridas, en un mundo muchas veces adverso y machista.

Storni, gran defensora del universo femenino y activista por la igualdad, añadió su nombre al de Virginia Woolf, Silvia Plath o Alejandra Pizarnik, escritoras que no vieron la luz al final del túnel; como ella, que una noche envuelta en un manto se entregó al mar oscuro y frío, un mar al que la poeta siempre había cantado azul.

Tres años antes de su muerte, a Storni le diagnosticaron cáncer de mama y le tuvieron que extirpar un pecho, una enfermedad que le provocó un gran desánimo, al igual que el golpe que para ella supusieron los suicidios del cuentista uruguayo Horacio Quiroga y de su hija, y la del escritor argentino Leopoldo Lugones, como recuerda Clara Sánchez en el libro.

Pero la forma en la que Storni puso fin a su sufrimiento creó leyenda y una de las canciones más bellas y más interpretadas de la historia, “Alfonsina y el mar”, compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna y que siempre irá unida a la voz de Mercedes Sosa.

“Por la blanca arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más (…) Te vas, Alfonsina, con tu soledad, qué poemas nuevos fuiste a buscar…”, reza la canción.

Storni nació en Suiza, pero a los cuatro años marchó con sus padres a Argentina. Se inició en el mundo del teatro, después estudió para ser maestra de escuela y dio clases de Arte Dramático. Madre soltera desde muy joven, luchó contra los prejuicios y los convencionalismos de la época.

Su poesía comenzó siendo romántica hasta convertirse en un símbolo del modernismo y la vanguardia, con una palabra llena de belleza y verdad, porque su vida era su material, su barro a moldear.

Una vida que deja muy expuesta en sus poemas, como recuerda Santolaya. “Tenía otra imagen de esta poeta, pero la he leído tanto, he convivido tanto con sus poemas que he hecho un trabajo simbiótico total y me he sentido más bien una actriz”.

“He leído y releído sus poemas y no salgo de mi asombro al ver cómo escribe tan descarnadamente -dice- y sin escudos, cómo se expone al mundo mostrando toda su fragilidad. Y así he ido entendiendo su atrevimiento y cómo en algunos de sus poemas deja entender la incomprensión de su época y la del hombre de ese tiempo, fuera de su sensibilidad”, añade la pintora.

“Yo llevo las manos brotadas de rosas/ pero están libando tantas mariposas/ que cuando secas se acaben mis rosas, ay, me secaré”, escribe Storni.

“En realidad, lo que le ocurre a Alfonsina Storni es lo que nos sucede a todos: ¿quién no tiene que sobrevivir y al mismo tiempo soñar?, ¿quién no es equilibrado y a la vez hace locuras?, ¿quién no piensa en la muerte y juega con ella un poco?”, concluye en el libro Clara Sánchez.