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El padre de la contracultura estandarizada

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El espíritu del tiempo, según su propia definición, incluye la crítica a la tecnocracia, al cientificismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, así como la afirmación de que hay más formas de conciencia que la del hombre adocenado. No hay, sostiene, por qué excluir radicalmente el uso de elementos psicotrópicos, pero tampoco convertir a estos en la panacea. "La contracultura", decía el propio Roszak, "es una exploración del comportamiento concreto de la conciencia" y "la experiencia psicodélica se nos muestra como uno entre otros métodos posibles de explorar esa exploración". Y a la misma altura colocaba el teatro o la poesía
El espíritu del tiempo, según Roszak, incluye la crítica a la tecnocracia, al cientificismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, así como la afirmación de que hay más formas de conciencia que la del hombre adocenado. No hay, sostiene, por qué excluir radicalmente el uso de elementos psicotrópicos, pero tampoco convertir a estos en la panacea. “La contracultura”, decía el propio Roszak, “es una exploración del comportamiento concreto de la conciencia” y “la experiencia psicodélica se nos muestra como uno entre otros métodos posibles de explorar esa exploración”. Y a la misma altura colocaba el teatro o la poesía

El historiador, crítico social y novelista Theodore Roszak vio las rebeliones juveniles de fines de los años sesenta como un movimiento que merecía un análisis propio y un nombre: la contracultura.

Roszak, escritor y profesor de la Universidad Cal State East Bay, escribió un libro que definiría esa época: ‘El nacimiento de una contra cultura’ [The Making of a Counter Culture] (1969), un libro documental que fue éxito de ventas y popularizó la palabra ‘contracultura’.

Basándose en la influyente obra de pensadores como Herbert Marcuse, Paul Goodman y Alan Watts, el libro examina el entramado intelectual del movimiento social que empezó a mediados de los años sesenta y se extendió hasta entrados los setenta: las protestas en las ciudades universitarias, los love-ins, el rock y los festivales con drogas psicodélicas que contagiaron masivamente a los jóvenes y desconcertaron a sus mayores. Los jóvenes construyeron “una cultura tan radicalmente apartada de los presupuestos tradicionales de nuestra sociedad”, escribió Roszak, “que para muchos apenas es cultura, sino que adopta la alarmante apariencia de una intrusión bárbara.”

Pero donde unos veían caos en las protestas de los estudiantes universitarios, en las comunas hippies, en los deadheads [seguidores de la banda The Grateful Dead, pero también usuarios de drogas psicodélicas] y en los camellos, Roszak vio un movimiento serio posiblemente de valor compensatorio, una oposición juvenil a la “tecnocracia” que decía estaba en el origen de problemas como la guerra, la pobreza, la desarmonía social y el deterioro ecológico.

“Fue una época en la que ocurrió un inmenso trastorno cultural en el país. ¿Pero en qué consistía? ¿Era solamente un montón de conductas anómalas? ¿Era… una de las consecuencias no previstas de la Guerra de Vietnam? No había herramientas conceptuales para entenderlo”, cuenta en una entrevista Todd Gitlin, profesor en la Universidad de Columbia que escribió una popular historia de los años sesenta. “La gente estaba tratando de entender qué estaba pasando. Él le dio nombre. Es por eso que el libro fue un éxito.”

Roszak escribió o publicó más de diecisiete libros, incluyendo ‘La voz de la tierra’ [The Voice of the Earth: An Exploration of Ecopsychology] (1992), un revolucionario trabajo sobre la relación entre la salud planetaria y la personal.

Incursionó también en la industria cinematográfica, el fundamentalismo y el lado oscuro de la tecnología en varias novelas, incluyendo ‘Plaga’ [Bugs] (1981), ‘Parpadeo’ [Flicker] (1991) y ‘El diablo y Daniel Silverman’ [The Devil and Daniel Silverman] (2003). ‘Memorias de Elizabeth Frankenstein’ [The Memoirs of Elizabeth Frankenstein] (1995) inspiraron la poco convencional vida de Mary Shelley, que escribió la historia original de Frankenstein; también ganó el Premio James Tiptree Jr. por su exploración de temas de género.

“Siempre estaba tratando de mirar debajo de las cosas, qué significa todo eso”, recuerda Ernest Callenbach, colega escritor de Berkeley cuya novela ‘Ecotopía’ [Ecotopia], de 1975, fue también un hito histórico de la contracultura.

Hijo de un carpintero, Roszak nació en Chicago el 15 de noviembre de 1933. Más tarde su familia se mudó a Los Angeles, donde estudió en la Escuela Secundaria Dorsey antes de licenciarse en historia en la Universidad de California en Los Angeles en 1955. Se doctoró en historia en la Universidad de Princeton en 1958 y en 1959 se incorporó como docente a la Universidad de Stanford.

En 1963 se incorporó al departamento de historia de la Cal State Hayward (en 2005 se convirtió en la Cal State East Bay). Más tarde tomó un permiso de un año para publicar un pequeño diario pacifista en Londres. Estaba allí cuando en 1964 estalló en la Universidad de California en Berkeley el movimiento por la libertad de expresión.

En el verano de 1967, Roszak estaba trabajando en una serie de artículos para el diario The Nation sobre las protestas universitarias que se extendían por todo el país. Estaba todavía en Londres cuando empezó a oír sobre raros acontecimientos en el distrito Haight-Ashbury en San Francisco, epicentro del movimiento hippie durante el llamado Verano del Amor.

Mientras que la mayoría de los informes de prensa se concentraron en los aspectos más extravagantes del acontecimiento cultural espontáneo que atrajo a miles de jóvenes hacia el Área de la Bahía, “para entonces yo estaba convencido de que se trataba de algo más que de sexo, drogas y rock ‘n’ roll”, dijo Roszak en una entrevista con la Chronicle of Higher Education en 2007. “No que el sexo, las drogas o el rock ‘n roll no tuvieran relevancia… ¿Pero se puede dar a esa declaración una traducción filosófica más accesible? Esa fue la tarea que me impuse” en lo que llegaría a ser ‘El nacimiento de una contra cultura.’

El crítico Robert Kirsch escribió en Los Angeles que el análisis de Roszak de las ideas que daban forma a la mentalidad de la contracultura era “críticamente sólido, reflexivo y difícil.” En el New York Times, Robert Paul Wolff concedió que Roszak “puede tener razón de que nuestros jóvenes están huyendo del ideal de la razón”, pero concluyó que el autor “culpaba demasiado rápidamente a la cosmovisión científica de todos los males de la sociedad.”

Cuando se publicó ‘El nacimiento de una contra cultura’, Roszak era, según las normas de la contracultura, demasiado viejo para ser fiable: tenía 35 años. Simpatizaba con los objetivos del movimiento, pero criticaba algunos de sus medios, particularmente la popularidad de las drogas alucinógenas. “Tenía los pies en la tierra”, dijo su esposa.

Se retiró de la docencia en 1998, pero siguió estudiando a los chicos de los años sesenta, ahora todos en la tercera edad. Concentrándose en lo que llamó la revolución de la longevidad, produjo, cuarenta años más tarde, una especie de secuela a su libro de 1969. La tituló ‘The Making of an Elder Culture.’

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Pienso luego… ¿plagio?

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La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestras razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda
La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestra razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda

El título de “Antoniana Margarita” apenas dice nada al común de los mortales, pero este libro español del siglo XVI ha provocado acalorados debates de eruditos sobre si Descartes lo plagió en su obra fundamental y ha excitado la codicia de empedernidos bibliófilos.

El título completo de este tratado de 1554 de Gómez Pereira es “Antoniana Margarita. Una obra tan útil como necesaria para físicos, médicos y teólogos”, o más bien habría que decir “Opus nempe physicis, medicis ac theologis non minus vtile quam necessarium”, porque no se publicó en castellano hasta el año 2000 y había que ser muy ducho con el latín para atreverse siquiera a mencionarlo.

Toda una corriente de pensadores sostiene que ese libro puso las bases del pensamiento científico moderno e inspiró una de las obras fundamentales de la Historia de la Filosofía, “El discurso del método”, de René Descartes (1637), por no decir algo menos decoroso para el autor francés, que incluso tuvo que defenderse en vida del reproche de haber fusilado las tesis del médico y humanista español.

El libro solo se publicó dos veces, por lo que poseer una copia estaba al alcance de muy pocos. De hecho, una de las mentes más enciclopédicas que ha dado España, Menéndez Pelayo, llegó a escribir de él: “Más estimaría poseer un ejemplar que ser rey de Celtiberia”.

El intelectual montañés no hacía esa afirmación a la ligera, sino después de dedicarle todo un estudio a una obra que predica la duda como método científico y en la que Gómez Pereira acaba sentenciando: “Nosco me aliquid noscere: at quidquid noscit, est: ergo ego sum”. Es decir: “Conozco que conozco algo. Todo lo que conoce existe; luego yo existo”, frase más que parecida a la célebre cita de Descartes, escrita 83 años después: “Cogito ergo sum” (“Pienso, luego existo”).

Pasadas tres décadas de la muerte de don Marcelino, en marzo de 1944, dos exiliados españoles en el Reino Unido discuten por carta quién ha podido comprar un ejemplar que acaba de vender un librero de Óxford, en dos misivas tan llenas de referencias ilustradas como de acendradas pullas entre antiguos amigos con cuentas pendientes.

Son el último jefe de gobierno de la República, el científico canario Juan Negrín, y el exembajador de España en Alemania y Francia, el periodista cántabro y líder socialista Luis Araquistáin.

La obra es un caramelo para apasionados de los libros antiguos, sobre todo si su interés versa sobre la historia de la ciencia en España. Y tanto Negrín como Araquistáin, distanciados hace tiempo por sus diferencias políticas, están enfermos de ese virus.

En marzo de 1944, el exdiputado socialista escribe al dirigente republicano para pedirle que se pase por su casa de Londres “a comer un arroz”. “Y de paso me traerá usted un libro de Gómez Pereira que no hace mucho vendió el librero Rosenthal, de Oxford, y como en este país no hay seguramente más que dos personas a quien esa obra interesa, usted y yo, sólo usted debe ser el comprador”.

La carta de Araquistáin se encuentra en el archivo del gobernante y forma parte de la exposición que su Fundación y el Instituto Cervantes mostrarán en Valencia a partir de este martes, dedicada a su pasión por los libros (“La biblioteca errante. Negrín y los libros”), tras haber pasado por París y Las Palmas de Gran Canaria.

Araquistáin le dice a Negrín que esa obra de Gómez Pereira trata poco de medicina y más de otros asuntos de su interés, por lo que apela a “la justicia cultural y la calidad humana” para que se lo cambie por otro de su biblioteca que “también sea digno de la suya”.

Negrín le responde días después, también por escrito, que tiene otro libro de Gómez Pereira sobre medicina, publicado en 1558, pero no la “Antoniana Margarita”, obra -dice- que hace tiempo que persigue. “Si cayera en mis manos, no la soltara, por las razones que van y por las que vienen”, escribe un coleccionista que posee primeras ediciones de “El Quijote”, del siglo XVII, bulas papales originales o valiosos volúmenes de intelectuales del Siglo de Oro.

Pero le miente sin recato. Se vendió en Sotheby’s en una subasta en la que fueron precisos dos días (3 y 4 de febrero de 1958) para dar salida a 544 lotes de libros “propiedad de un coleccionista privado español”, que no era otro que Negrín, muerto dos años antes.

“Y solo era la biblioteca que consiguió formar en Londres”, remarca José Medina, presidente de la Fundación Negrín, que recuerda que la otra, la que le siguió de Madrid a Barcelona, Valencia y Francia permanece en la casa de la familia en París, con miles de libros por catalogar, algunos casi únicos, como una edición de “España en el corazón”, de Pablo Neruda, editada en 1938 con una imprenta de campaña y papel elaborado con ropas de los soldados.

Clifford D. Simak, el cosmos que huele a hierba

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Simak creía que la ciencia ficción no basada en hechos científicos era responsable de que el género no se tomara en serio, y declaró que su objetivo era hacer del género una parte de lo que él llamó "ficción realista"
Simak creía que la ciencia ficción no basada en hechos científicos era responsable de que el género no se tomara en serio, y declaró que su objetivo era hacer del género una parte de lo que él llamó “ficción realista”

Clifford Donald Simak (3 de Agosto 1904-25 de abril 1988) es uno de los autores de la Edad de oro de la ciencia ficción, admirado por autores como Asimov o Heinlein.

Su labor como escritor del género comenzó en la década de los 30 y se prolongó hasta practicamente su muerte. Son novelas suyas Ciudad (1953, International Fantasy Award), Estación de tránsito (Premio Hugo, 1964) o Herencia de estrellas (Premio Júpiter, 1978).

Hijo de un inmigrante polaco, nació en Milville, un pequeño pueblo de Wisconsin, y se crió allí, con su hermano, en el ambiente rural de la granja paterna. Luego estudió en la Universidad de Wisconsin.

Tras licenciarse, trabajó en Wisconsin como profesor de primaria. En 1929 se casó con Agnes Kuchenberg, con quien tuvo dos hijos. El nacimiento de estos hijos fue uno de los motivos que lo indujeron a buscar trabajos más lucrativos, y así comenzó a trabajar como periodista en diferentes diarios y comenzó también su carrera como escritor de ciencia ficción. En 1939 entró a trabajar en el Minneapolis Star and Tribune de Minessota, donde se jubilaría en 1976.

Su afición por el género nació leyendo a H.G Wells y su contribución a él se prolonga a lo largo de medio siglo. Comenzó en las revistas pulp (1931-33) y después, tras la llegada de Campbell (1937), fue colaborador asiduo de Astounding Stories. No se dedicó a la ciencia ficción en el período intermedio porque no le gustaba la dirección que estaba tomando.

En sus obras Simak ha tratado prácticamente todos los temás de la “cifi”: viajes en el tiempo, mundos paralelos, mutantes, androides, y ha tocado también el mundo de la fantasía. El toque bucólico y de apego a la naturaleza, donde se reconoce fácilmente al hombre de origen campesino, es quizá su marca de fábrica.

Aparte del reconocimiento a toda su carrera con el Damon Knight Memorial Grand Master (prácticamente el Nebula honorífico) en 1976 y el Bram Stoker en 1988, sus obras fueron galardonadas en diversas ocasiones: tres Hugos (la novela corta Un gran patio delantero en 1959, la novela Estación de tránsito en 1964 y el relato corto La gruta de los ciervos dannzarines en 1981), un Nebula, un Locus (en 1981, al mismo relato), un International Fantasy Award (mejor novela, a Ciudad, en 1953) entre otros premios y nominaciones adornan su carrera.

Simak escribió ciencia ficción sociológica —colaboró por ejemplo durante el primer ciclo de Venture Science Fiction—, pero también planteó en sus obras los problemas del tiempo, de la técnica y del futuro. En algunas de sus obras, Simak resucita dragones, fantasmas, silfos, gnomos y hadas en universos donde luchan terrestres y extraterrestres.

La obra de Simak ha tratado temas como la sociología, la técnica y las paradojas temporales. Han llegado a catalogar su obra como ciencia ficción pastoral. Este adjetivo puede resultar sorprendente, pero profundizando en sus novelas y relatos, resulta apropiado, ya que Simak ha conjugado los temas clásicos del género (robots, viajes interestelares, Viajes en el tiempo, universos paralelos…) con el amor por la naturaleza, y por las pequeñas comunidades rurales del Oeste americano. Esto da a su obra un cierto tono onírico y fantástico que lo asemeja a Ray Bradbury. Además, llevó adelante una amplia labor divulgativa como coordinador de la Minneapolis Tribune’S Science Reading Series.

Simak escribió numerosos cuentos y novelas de ciencia ficción, destacando por “Ciudad”, obra que le valió premios tan importantes como el International Fantasy Award y el Premio Hugo. Posteriormente su estilo se adaptó a nuevas tendencias como la New Wave, llegando a ser escogido en 1976 como Gran Maestro por la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción.

El tema religioso a menudo está presente en la obra de Simak, pero los protagonistas que han buscado a Dios en un sentido tradicional tienden a encontrar algo más abstracto e inhumano. Hezekiel en A Choice of Gods no puede aceptar esto. Cita: “Dios debe ser, para siempre, un caballero amablemente viejo (humano) con una barba larga, blanca y fluida”.

Muchos de sus extraterrestres tienen un sentido del humor seco y de otro mundo, y otros son involuntariamente divertidos, ya sea en su discurso o en su apariencia.

Las historias de Simak a menudo repiten algunas ideas y temas básicos. Lo primero y más importante es un entorno en la zona rural de Wisconsin. Un personaje de madera de bosque crujiente individualista literalmente viene con el territorio, el mejor ejemplo es Hiram Taine, el protagonista de The Big Front Yard . El perro de Hiram “Towser” (a veces “Bowser”) es otra marca registrada de Simak que es común en muchas de sus obras. Pero el entorno rural no siempre es tan idílico como aquí; y en Ring Around the Sun está dominado en gran medida por la intolerancia y el aislacionismo.

El viaje en el tiempo también juega un papel importante en Time and Again, ingeniosamente construido, que luego se aventura en la metafísica. Un viajero espacial perdido desde hace mucho tiempo regresa con un mensaje que tiene un sesgo Ciencia Ficción y un tono religioso. Habiéndose estrellado en un planeta, él es nutrido por espíritus duplicados etéreos ¿Almas? que parecen acompañar a todo ser consciente durante toda la vida. Sus confusas observaciones son aprovechadas por facciones religiosas, y un cisma amenaza con estallar en una guerra en la Tierra.

Inteligencia, lealtad y amistad, la existencia de Dios y las almas, los beneficios inesperados y el daño de la invención, herramientas como extensiones de la humanidad, y más preguntas a menudo son exploradas por los robots de Simak, a quienes usa como “humanos sustitutos”. Sus robots comienzan como agradables personas mecánicas, pero se transforman de maneras sorprendentes. Habiendo alcanzado la inteligencia, los robots se mueven hacia temas comunes tales como, “¿Por qué estamos aquí?” y “¿Los robots tienen alma”?

Muchos escritores de ciencia ficción escribieron sobre superhombres invencibles, pero Simak escribió sobre gente común que no siempre ganaba.

“En ocasiones, he tratado de ubicar a los humanos en perspectiva contra la inmensidad del tiempo y el espacio universales”, dijo una vez. “Me he preocupado por dónde podemos ir, como raza, y cuál puede ser nuestro propósito en el esquema universal, si tenemos un propósito”.

“En general, creo que sí, y quizás uno importante”.

El infinito planeta Pratchett

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Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido:  la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas
Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido: la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas

Terence David John Pratchett, más conocido como Terry Pratchett, el satírico demiurgo del Mundodisco, legó uno de los universos fantásticos más originales de la creación contemporánea, que ha sido capaz de vender más de 85 millones de libros en 37 idiomas.

De hecho, se trata del segundo autor británico de ficción con mejores ventas después de J.K.Rowling pero, a diferencia de ésta que obtuvo el éxito exclusivamente por su saga de Harry Potter, la producción del de Beaconsfield es mucho más prolífica y novedosa y abarca también novelas juveniles, relatos cortos e incluso guiones para las adaptaciones televisivas de sus novelas.

El joven Pratchett publicó su primer relato a los 13 años en una revista de su colegio y se orientó profesionalmente hacia el periodismo para desarrollar su don para la escritura, que ejercía con facilidad y gran fluidez como demuestra su larga lista de publicaciones.

Después de todo, tal y como dejó dicho en su Papá puerco: “A los dioses no les gusta que las personas no trabajen mucho. Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar, por ejemplo”.

En 1971, trabajando ya como periodista, publicó con 23 años su primer libro, La gente de la alfombra, que fue muy bien recibido por la crítica y que supuso el comienzo de una producción ininterrumpida que alcanzó el definitivo éxito comercial a partir de 1983 gracias a El color de la magia, la primera de sus cuarenta obras publicadas sobre el Mundodisco.

El escenario de todas ellas es una dimensión paralela construida sobre la base de las antiguas leyendas orientales: un territorio plano que se sujeta sobre cuatro colosales elefantes a su vez apoyados en el caparazón de una inmensa tortuga cósmica.

En este Mundodisco se suceden las aventuras de multitud de personajes que se ambientan en épocas distintas entre la Edad Media y la época victoriana, parodiando desde los cuentos de hadas tradicionales hasta la obra de verdaderos colosos del género fantástico, como H.P. Lovecraft, Robert E. Howard, J.R.R. Tolkien e incluso con referencias a William Shakespeare.

Entre los protagonistas de su saga figuran el antiheroico hechicero Rincewind -al que le gustaría tener una vida mucho más aburrida de la que le depara su autor-, La Muerte -tradicionalmente esquelética y armada con guadaña, pero acompañada igualmente por familiares como su nieta Susan Sto Helit-, un envejecido pero animoso bárbaro llamado Cohen -trasunto humorístico del original Conan-, la aprendiz de bruja Tiffany Arching -ayudada por unos duendecillos indeseables apodados pictsies– y hasta un mueble con iniciativa propia -y muy mala uva- llamado simplemente el Equipaje.

Dioses de humor variable, magos de todos los pelajes, bibliotecarios transformados en orangutanes, estafadores malévolos y muchos otros seres aparecen en esta saga que cuenta con obras especialmente memorables como La luz fantástica, Mort, ¡Guardias, guardias! o Los pequeños hombres libres, entre otras.

Además de las novelas de Mundodisco, Pratchett escribió otros textos célebres como la conocida trilogía de los gnomos (Camioneros, Cavadores y La nave) y la de Johnny Maxwell (Sólo tú puedes salvar a la humanidad, Johnny y la bomba y Johnny y los muertos) o novelas en colaboración como Buenos presagios con Neil Gaiman y La tierra larga con Stephen Baxter.

Su obra ha conocido adaptaciones con mayor o menor fortuna a la televisión, el cine, los dibujos animados, los videojuegos y hasta el teatro.

La imagen de Pratchett, hombre afable e irónico que fue uno de los primeros escritores en comunicarse personalmente con sus fans a través de internet, era particularmente reconocible en las convenciones del fandom merced a su inconfundible sombrero negro que le confería un aire de brujo de otra dimensión, mal camuflado a la hora de manifestarse en la nuestra.

De hecho, vivía en una casa muy cerca del singular entorno lítico de Stonehenge, en el condado de Wiltshire, por lo que en realidad no sería nada extraño que viniera de un mundo paralelo y se hiciera pasar por un ser humano corriente…

De fino humor e intereses múltiples, él mismo advertía de que “el problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro de uno para poner allí sus cosas”.

Su popularidad alcanzó tal calibre que en 1998 fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, aunque con su habitual sorna en principio estuvo tentado a rechazar un nombramiento que creía era una simple tomadura de pelo.

Entre otros reconocimientos recibió también el título de doctor honoris causa por las universidades de Warwick y de Portsmouth, además de premios como el Margaret Edwards o el Wodehouse.

El propio autor anunció oficialmente en diciembre de 2007 que padecía una de las enfermedades más crueles del mundo moderno: el mal de Alzheimer, que acabó con su vida 8 años después, el 12 de marzo de 2015.

Con gran entereza, trabajó hasta el momento en el que la enfermedad le imposibilitó seguir materializando el enjambre de ideas y planes que aún guardaba en su cabeza, pero nunca mostró miedo ante su destino pues, como dice uno de sus personajes en Tiempos interesantes: “lo que no muere no puede vivir, lo que no vive no puede cambiar, lo que no cambia no puede aprender… La criatura más diminuta que muere en la hierba sabe más que tú, diosa”.

O, quién sabe, tal vez se aburrió de la creciente seriedad imperante en el mundo y decidió volver a Ankh-Morpork, en busca de algo más interesante que el olor de las amapolas…

Marguerite Duras en el silencio del quejido

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La escritura depurada, lírica, muy sintética y llena de música es un sello de Marguerite Duras
La escritura depurada, lírica, muy sintética y llena de música es un sello de Marguerite Duras

Ha pasado más de un siglo después del nacimiento de Marguerite Duras, para quien escribir era “aullar sin ruido” y confesar, “borrar huellas”. A eso se dedicó con vehemencia toda su vida la escritora francesa, que en la actualidad, tras mucho dolor y sinceridad, es un clásico de la literatura universal.

Marguerite Duras, aunque su apellido real era Donnadieu, nació el 4 de abril de 1914 en Gia Dinh (Saigón), antigua Indochina, hoy Vietnam. Su padre, profesor de matemáticas y colono, murió cuando ella tenía cuatro años. Su madre, maestra, que tuvo otros dos hijos después, se dedicó a cuidar las tierras en una precaria situación económica, y aceptó que, al menos por una vez, su jovencísima hija Marguerite se prostituyera. Una experiencia que dejó una marca imborrable en Marguerite Duras, que alimentó su escritura y empezó a esculpir como en el barro las arrugas de su vida, que luego plasmaría en El amante, la novela con la que ganó el premio Goncourt en 1984, que fue todo un éxito, traducido a 40 idiomas.

“Fue esa tarde cuando Léo me besó en la boca. Lo hizo por sorpresa. Experimenté una repulsión verdaderamente indescriptible…”. Así escribe Marguerite Duras su encuentro con el que sería el protagonista de El amante. “A los 18 años envejecí” Y también, “A los 18 años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo…ese envejecimiento fue brutal”, decía Duras, dando prueba de que la autora francesa no escribió una sola línea que no hubiese vivido. Convirtió su vida en su propio material literario.

El amante deslumbró por la sinceridad que derramó Duras al relatar su intimidad y sexualidad, en la compleja relación que mantuvo con Léo, el comerciante chino al que conoció en un transbordador que cruzaba el río Mekong, cuando ella tenía quince años y él veintiséis.

El éxito de El amante le llegó cuando ella tenía 70 años, pero en su vida no hizo otra cosa que escribir, escribir novelas, cine o teatro, para chillar en silencio contra el olvido. Cuando murió, Marguerite Duras dejó tras ella 19 películas y más de 50 textos entre novelas, relatos, obras de teatro y guiones de cine, sin contar con los numerosos artículos escritos en prensa. Una vida que estuvo marcada por una dura infancia y adolescencia pero también por su juventud en un contexto político explosivo.

A los 18 años Duras se trasladó a París a estudiar Derecho, Matemáticas, Ciencias Políticas y Económicas. Duras se casó en 1939 con el escritor Robert Antelme, autor de La especie humana, quien fue delatado y arrestado por la Gestapo en 1942 y llevado a Buchenwald. Ella se enroló también en las filas de la Resistencia y allí conoció a François Mitterrand y a Dyonis Mascolo, con quien tuvo un hijo, Jean Mascolo.

Militante del Partido Comunista Francés, que abandonó pronto, Marguerite Duras también fue deportada a Alemania. Pero una vez terminada la guerra se diluyó en la escritura y el alcohol.

Sus primeros relatos aparecieron en la revista Les temps modernes, fueron considerados de tono existencialista pero luego, ya en los años 50, se la calificó como la figura del Nouveau roman.

En 1943 publicó su primera novela, Los impúdicos, a la que siguieron La vida tranquila y su dedicación también al cine como guionista y más tarde como realizadora. Fue guionista de Hiroshima, mon amour, el gran éxito de Alain Resnais, y dirigió India Song y Noche negra en Calcuta.

Toda su obra lleva su carne como nutriente y todo su universo sensitivo, por eso terminó exhausta y con varios comas etílicos. Su escritura depurada hasta el máximo, lírica, muy sintética y llena de música es un sello inconfundible de la autora de El amante de la China del Norte, El amor, Escribir, Los ojos azules pelo negro, El arrebato de Lol V.Stein o Emily L, entre otros títulos. Libros que están todos ellos en la editorial Tusquets, que reedita su obra.

Marguerite Duras pasó los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1996, con Yann Andrea, su último amante, compañero, cocinero y chófer, 40 años menor que ella y homosexual. “Todos los hombres son homosexuales en potencia, solo les falta saberlo”, escribió Duras.

En la actualidad, la obra completa de esta escritora forma parte del catálogo de la prestigiosa colección de La Pléiade, de Gallimard, donde están los clásicos.

Sentimientos en el túnel de la razón

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Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él
Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él

El neurocientífico portugués Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias de Ciencia en 2005, considera que “estamos tan centrados en las matemáticas, los números y la tecnología que nos hemos olvidado de lo que nos construye como seres humanos: los sentimientos”.

Damasio, que es director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California y autor de conocidos libros en su campo como “El error de Descartes” y “En busca de Spinoza”, es también quien firma “El extraño orden de las cosas”, en el que defiende que los sentimientos son la base de la cultura humana.

El libro revoluciona el paradigma sobre el origen de las emociones y las culturas, aportando una nueva visión sobre cómo cuerpo y mente están relacionados y cómo nuestras formas de organización social descienden de las formas de vida unicelulares a lo largo de millones de años.

“La novedad del libro radica en que actualmente la gente tiende a despreciar los sentimientos. Nos hemos centrado en la ciencia y la tecnología, pero en realidad la clave de todo está en los sentimientos, porque somos seres que sentimos: ésta es la clave. El resto de cosas, como el intelecto o la visión del mundo, vienen después del ser”, subraya Damasio.

El autor también aclara el significado del título: “‘Extraño orden de las cosas’ viene porque en la evolución hay cierto orden: empezamos con la regulación de la vida, después con los sentimientos y, por último, con la creación de productos culturales”.

Damasio añade que “en el libro explico por qué tenemos preocupaciones por el mundo, por qué tenemos sentimientos y a través de ellos creamos la cultura. Es a partir de los sentimientos que surge la humanidad”.

El neurocientífico habla de su preocupación acerca de las problemáticas sociales actuales, las cuales achaca a “una gran crisis que ha derivado en un populismo que amenaza en destruir las democracias actuales”.

Damasio ha reivindicado que “muchos de estos problemas no los podemos solucionar solo usando la razón o el conocimiento, sino que debemos aplicar también los sentimientos”.

“La actitud basada solo en el conocimiento crea dogmatismos, de lo que viven los grandes sistemas fascistas. La parte emocional, sin embargo, es la que nos permite activar los mecanismos de negociación, que servirán para solucionar las crisis”, asegura Damasio.

Según el neurocientífico, la clave está en entender los sentimientos y “entender también que tienen mucha variedad. Hay emociones positivas, como la compasión, la comprensión o el amor, y también negativas, como la ira, el desprecio o el orgullo, por lo que, si queremos progresar, debemos promover las buenas emociones”.

Damasio expone que, “si alguien te grita que hagas algo, pese a que sea completamente racional, tu primera reacción será de no querer hacerlo. Sin embargo, si intentas persuadir y negociar, con el afecto por delante, muy probablemente esa persona sí te escuche.”

Y sentencia que “la ciencia y la razón no salvarán el mundo: lo que necesitamos es la negociación combinada con sentimientos. A través de la negociación podemos llegar a un consenso para garantizar la supervivencia de la humanidad; si no, podemos entrar en una espiral de destrucción absoluta”.

Para recalcar el papel fundamental que han ejercido los sentimientos en el desarrollo del mundo actual, Damasio apunta que “la cultura y el intelecto nacen esencialmente del lenguaje, pero el lenguaje no habría existido nunca si apartamos los sentimientos”.

El intransigente en la fantasía surrealista

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Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra
Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra

Uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve. Este fue el legado que dejó Julio Cortázar, creador de importantes obras como ‘Rayuela’ o ‘Libro de Manuel’, que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en el mundo hispano, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal.

Puede que algunos le recuerden mejor con frases como esta: ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’, que probablemente sea una de las más célebres de Cortázar, uno de los escritores más reconocidos a nivel mundial por su destacable obra, que va desde la realidad más surrealista a la fantasía más intransigente.

Perteneciente al ‘boom’ de la literatura hispanoamericana del siglo XX, lo mejor de Cortázar fue su fiel interés por la investigación de lo cotidiano, siempre buscando nuevas formas de atracción y originalidad que han conseguido situarle entre una de las influencias más notorias de los autores actuales.

Nacido en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914, el escritor vivió tanto su infancia como la adolescencia e incipiente madurez en Argentina. Algunas de sus memorias expresan cómo era su vida en aquella Argentina gris en la que creció y de la que habla como “un paraíso en el que yo era Adán, donde no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados”.

Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en la cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. A los nueve años ya había leído a algunos de los grandes como Julio Verne, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe.

En la década de los 50’s se trasladó a Europa para trabajar como traductor de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el Viejo Continente residió en Italia, España, Suiza y Francia, país que iba a ser referencia mundial a nivel social y cultural, así como el lugar en el que ambientó algunas de sus obras.

Durante su estancia, surgió un grupo de grandes autores entre los que Cortázar también se encontraba como protagonista. Los destacados escritores eran el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y los mexicanos Carlos Fuentes y Juan Rulfo aunque, entre todos ellos, destaca Jorge Luis Borges, también bonaerense.

Cortázar también se volcó en la preocupación social del momento, centrándose en los movimientos izquierdistas y las clases más desfavorecidas, así como en los temas institucionales. Viajó a Cuba durante la revolución de 1962, acudió a la posesión del presidente chileno Salvador Allende y apoyó al movimiento sandinista nicaragüense, por lo que se convirtió en un verdadero activista político.

Tras una vida de dedicación casi exclusiva al conocimiento y a la escritura, pasando por los viajes y la experimentación, Cortázar regresó a Argentina al finalizar la dictadura, donde fue recibido con mucha emoción y cariño.

Sin embargo, volvió a Francia, lugar donde vivió sus últimos días hasta que una leucemia se lo llevó el 12 de febrero de 1984. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, un lugar de peregrinación para los amantes de sus palabras y poesías.

La literatura de Cortázar parte de un cuestionamiento vital, cercano a los planteamientos existencialistas en la medida en que puede caracterizarse como una búsqueda de la autenticidad, del sentido profundo de la vida y del mundo. Tal temática se expresó en ocasiones en obras de marcado carácter experimental, que lo convierten en uno de los mayores innovadores de la lengua y la narrativa en lengua castellana.

Como en Jorge Luis Borges, sus relatos ahondan en lo fantástico, aunque sin abandonar por ello el referente de la realidad cotidiana: de hecho, la aparición de lo fantástico en la vida cotidiana muestra precisamente la abismal complejidad de lo “real”. Para Cortázar, la realidad inmediata significa una vía de acceso a otros registros de lo real, donde la plenitud de la vida alcanza múltiples formulaciones. De ahí que su narrativa constituya un permanente cuestionamiento de la razón y de los esquemas convencionales de pensamiento.

En la obra de Cortázar, el instinto, el azar, el goce de los sentidos, el humor y el juego terminan por identificarse con la escritura, que es a su vez la formulación del existir en el mundo. Las rupturas de los órdenes cronológico y espacial sacan al lector de su punto de vista convencional, proponiéndole diferentes posibilidades de participación, de modo que el acto de la lectura es llamado a completar el universo narrativo. Tales propuestas alcanzaron sus más acabadas expresiones en las novelas, especialmente en Rayuela, considerada una de las obras fundamentales de la literatura de lengua castellana, y en sus relatos breves, donde, pese a su originalísimo estilo y su dominio inigualable del ritmo narrativo, se mantuvo más cercano a la convenciones del género. Cabe destacar, entre otros muchos cuentos, Casa tomada o Las babas del diablo, ambos llevados al cine, y El perseguidor, cuyo protagonista evoca la figura del saxofonista negro Charlie Parker.

Aunque su primer libro fueron los poemas de Presencia (1938, firmados con el seudónimo de «Julio Denis»), seguidos por Los reyes, una reconstrucción igualmente poética del mito del Minotauro, esta etapa se considera en general la prehistoria cortazariana, y suelen darse como inicio de su bibliografía los relatos que integraron Bestiario (1951), publicados en la misma fecha en la que inició su exilio. A esta tardía iniciación (se acercaba por entonces a los cuarenta años) suele atribuirse la perfección de su obra, que desde esa entrega no contendrá un solo texto que pueda considerarse menor.

Cabe señalar, además, una singularidad inaugurada en simultáneo con esa entrega: las sucesivas recopilaciones de relatos de Cortázar conservarían esa especie de perfección estructural casi clasicista, dentro de los cánones del género. El resto de su producción (novelas extraordinariamente rupturistas y textos misceláneos) se aleja hasta tal punto de las convenciones genéricas que es difícilmente clasificable. De hecho, buena parte de la crítica aprecia más su faceta de cuentista impecable que la de prosista subversivo.

Los cuentos

En el ámbito del cuento, Julio Cortázar es un exquisito cultivador del género fantástico, con una singular capacidad para fusionar en sus relatos los mundos de la imaginación y de lo cotidiano, obteniendo como resultado un producto altamente inquietante. Ilustración de ello es, en Bestiario (1951), un cuento como “Casa tomada”, en el que una pareja de hermanos percibe cómo, diariamente, su amplio caserón va siendo ocupado por presencias extrañas e indefinibles que terminan provocando, primero, su confinamiento dentro de la propia casa, y, más tarde, su expulsión definitiva.

Lo mismo podría decirse a propósito de Las armas secretas (1959), entre cuyos cuentos destaca “El perseguidor”, que tiene por protagonista a un crítico de jazz que ha escrito un libro sobre un célebre saxofonista borracho y drogadicto. Cuando se dispone a preparar la segunda edición del mismo, Jonnhy, el saxofonista, quiere exponerle sus opiniones acerca de su propia música y el libro, pero, en realidad, no le cuenta nada; no parece que tenga nada profundo que decir, como tampoco lo tiene el autor del libro, por lo que, muerto Jonnhy, la segunda edición únicamente se diferencia de la primera por el añadido de una necrológica.

En los cuentos de Final del juego (1964), encontramos algunas de las descripciones más crueles de Cortázar, como por ejemplo “Las ménades”, una auténtica pesadilla; pero también hay sátiras, como ocurre en “La banda”, en el que su protagonista, cansado del sistema imperante en su país (clara alusión al peronismo), se destierra voluntariamente, como Cortázar hizo a París en 1951. En “Axolotl”, tras contemplar diaria y obsesivamente un ejemplar de estos anfibios en un acuario, el narrador del cuento se ve convertido en uno más de ellos, recuperando de tal manera el tema del viejo mito azteca.

De Todos los fuegos el fuego (1966), compuesto por otros ocho relatos, hay que destacar “La autopista del Sur”, historia de un amor nacido durante un embotellamiento, cuyos protagonistas, que no se han dicho sus nombres, son arrastrados por la riada de vehículos cuando el atasco se deshace y no vuelven ya nunca a encontrarse. Impresionante es asimismo el cuento que da título a la colección, en el que se mezclan admirablemente una historia actual con otra ocurrida cientos de años atrás.

En los también ocho cuentos de Octaedro (1974), lo fantástico vuelve a mezclarse con la vida de los hombres, casi siempre en el momento más inesperado de su existencia. Más cercanas a lo cotidiano y abiertas a la normalidad son sus tres últimas colecciones de relatos, Alguien que anda por ahí (1977), Queremos tanto a Glenda y otros relatos (1980) y Deshoras (1982), sin que por ello dejen de estar presentes los temas y motivos que caracterizan su producción.

Rayuela

Para muchos, su gran obra maestra es ‘Rayuela’, una de las mejores de la literatura hispana de los últimos tiempos, publicada a comienzos de los 60 y capaz de generar diferentes conciencias tras su lectura.

‘La Maga’ es su protagonista, uno de los personajes más complejos y misteriosos de todos sus trabajos. La metafórica forma de desentrañar a su personaje está inscrita bajo la sensualidad y el fatalismo, una magia que se mueve entre lo bohemio y lo trágico a ritmo de jazz y desenfado.

Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce(1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)
Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce (1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)

Sus múltiples ángulos de lectura, con episodios salteados que proponen una perspectiva original y diferente a cualquier otro documento, generan un nuevo punto de vista sobre el amor y el romanticismo.

También destaca ‘Bestiario’, su primera obra, publicada en 1951 e integrada por ocho cuentos, en la que ya se intuía su capacidad artística para hilar lo más ordinario con su aspecto más contradictorio.

Más adelante, en 1959 apareció ‘Las armas secretas’, una recopilación de cinco cuentos entre los que se encuentra ‘El perseguidor’, señalado como uno de los fragmentos más importantes de su obra.

Gracias al nacimiento de géneros tan inabarcables como el rock y el jazz y los movimientos por la paz en París en 1969, Cortázar adquirió una amplia experiencia que le sirvió de inspiración para sus prosas y cuentos. Sin embargo, entre dichos influjos de conocimiento también aparecieron los idearios políticos que le llevaron a romper la linealidad de los cuentos.

Ente ellos destaca ‘Libro de Manuel’, publicado en 1973 como un conjunto de gráficos artículos periodísticos que le sirvieron de base para mostrar su línea de pensamiento más realista y, en consecuencia, más criticada por los especialistas.

Un punto de vista más personal que, si bien nos hace conocer mejor al autor, también nos muestra una de esas caras de su poliédrica personalidad que tanto ha influido en la literatura. Contra tanta crítica, esta obra nos deja frases como “Los libros deben defenderse por su cuenta, y éste lo hace como un gato panza arriba cada vez que puede”.