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Viajes en el tiempo antes de H.G. Wells

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El Anacronópete es una novela de ciencia ficción que podemos situar dentro del subgénero conocido como novelas de anticipación, escrito en formato de zarzuela, y compuesta por tres actos
El Anacronópete es una novela de ciencia ficción que podemos situar dentro del subgénero conocido como novelas de anticipación, escrito en formato de zarzuela, y compuesta por tres actos

Un autor español, Enrique Gaspar y Rimbau, se adelantó al británico H.G. Wells con una novela de ciencia ficción que presenta a una “máquina del tiempo”. El madrileño (1842-1902), hijo de actores, fue un diplomático y escritor, que escribió zarzuelas y novelas, entre la que destaca la titulada ‘El Anacronópete’ (el que vuela contra el tiempo), que se publicó en Barcelona en 1887, ocho años antes de que Wells terminara ‘The Time Machine’.

El “anacronópete” es una caja enorme de hierro fundido, que navega gracias a la electricidad y mueve cuatro grandes cucharas mecánicas para desplazarse, además de contener otra maquinaria que incluye la producción del llamado “fluido García”, que impide que los pasajeros rejuvenezcan en su viaje hacia atrás por el tiempo.

La máquina sirve de excusa para una historia en tres actos en forma de zarzuela en la que don Sindulfo García, científico zaragozano e inventor del ingenio, su amigo y ayudante Benjamín, la sobrina y pupila Clarita, la sirvienta, el capitán Luis, el amor de Clarita, unos húsares y algunas muchachas francesas de vida alegre recogidas en París se desplazan en el tiempo.

En el primer acto salen de la Exposición Universal de París y viajan hasta la batalla de Tetúan en 1860 para regresar a París el día anterior de su salida, con unas señoritas francesas que, a diferencia de don Sindulfo y sus amigos, sí salen rejuvenecidas con el efecto imprevisto de que la ropa de lana que llevan vuelve a las ovejas de las que salió y las muchachas se quedan desnudas.

En el segundo acto, el grupo vuelve a viajar hacia varios momentos históricos del pasado como la toma de Granada en 1492 o la Roma de los gladiadores, y los personajes evolucionan, se enamoran u obsesionan, mientras que en el acto final llegan hasta los tiempos de Noé, donde descubren el secreto de la vida eterna.

El inventor, sin embargo, totalmente enloquecido, acelera el “anacronópete”, que estalla al llegar al día de la creación. Aunque finalmente se descubre que todo ha sido un sueño.

Andy Sawyer, responsable de las colecciones de ciencia ficción de la Universidad de Liverpool, afirma que, aunque hay otra historia anterior de personas regresan al pasado gracias a un reloj mecánico, ‘El Anacronópete’ es la primera “máquina del tiempo” propiamente dicha.

Wells publicó también un cuento corto en el que salía una máquina de ese tipo, el titulado ‘The Chronic Argonauts’, en 1888, es decir un año después de la novela del español.

Gaspar y Rimbau, tras la muerte de su padre, se trasladó a Valencia, donde se educó y estudió Humanidades y Filosofía, formación que abandonó para entrar en un banco. Cuenta su biografía que a los 14 años era redactor de La Ilustración Valenciana y ya había escrito una zarzuela (era hijo de actores). A los 21 años regresó a Madrid con el fin de hacerse escritor y está considerado uno de los pioneros del teatro social.

“El estómago”, “Las circunstancias” o “Huelga de hijos” son algunos de los dramas de Gaspar y Rimbau, que entró en el cuerpo diplomático y fue enviado a China, donde escribió El Anacronópete, su obra más conocida, editada en Barcelona, aunque al final de su vida volvió a publicar en la editorial Pascual Aguilar de Valencia.

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Rosario Castellanos, el eterno femenino

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Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)
Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)

Rosario Castellanos fue una mujer hecha a sí misma, una escritora necesaria. Nació un 25 de mayo de 1925 y muy pronto destacó por sus versos. “Tuvo, desde su infancia, una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres”, relata Amalia Bautista, poetisa española, en el prólogo de una de sus antologías.

Castellanos nació en Ciudad de México, pero pasó su infancia en la hacienda de sus padres en Comitán (Altos de Chiapas). Esta región congrega la mayor cantidad de población indígena mexicana. A los 22 años se quedó huérfana, sumando la muerte de su hermano años atrás. Estas dos circunstancias la marcaron profundamente. Donó su hacienda y se fue a la capital en busca de una vida mejor.

Se graduó en filosofía y letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que posteriormente ejercería como profesora. Gracias a una beca, cursó estudios de estética en Madrid. Compaginó la docencia con la escritura en el periódico Excélsior, uno de los diarios mexicanos más prestigiosos. Además, trabajó como promotora cultural para el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Guitiérrez y para el Instituto Nacional Indigenista. Castellanos fue nombrada embajadora de México en Jerusalén en 1971.

Aunque le quedaban muchas cosas por contar, su vida se apagó de forma prematura el 7 de agosto de 1974. La escritora estaba en la ducha y salió corriendo a contestar el teléfono, una lámpara se cruzó en su camino y falleció a causa de la descarga eléctrica que atravesó su cuerpo. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres de Ciudad de México.

Rosario Castellanos escribió once poemarios, tres novelas, ensayos, libros de cuentos, relatos, obras de teatro, textos periodísticos… cultivó múltiples géneros, pero todos ellos con un punto en común: un marcado carácter político y la defensa de los derechos de las mujeres.

A través de obras de teatro como Tablero de damas (1952) y El eterno femenino (publicada póstumamente en 1975), fue reconocida como símbolo del feminismo latinoamericano, al revelarse como una de las iniciadoras de la defensa de los derechos de las mujeres, cita su perfil publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

A decir de la crítica especializada, Castellanos forma parte de un selecto grupo de escritoras mexicanas del siglo XX que incursionaron en diferentes géneros literarios, desde poesía, narrativa, teatro y ensayo, hasta textos periodísticos.

Todas sus obras se consideran autobiográficas, en mayor o menor medida. Su fallido matrimonio con el filósofo Ricardo Guerra, las infidelidades de este, sus diversos abortos y depresiones configuran el tema angular de sus escritos.

‘Balún Canán’ (1957) es su obra más conocida. Supuso una gran innovación en las letras iberoamericanas, ya que fue uno de los primeros casos de feminismo literario. Narra, a través de una niña sin identificar, la muerte de su hermano y su desamparo en un mundo controlado por hombres blancos.

‘Ciudad Real’, publicado en 1960, se define en la portada como ‘cuentos sobre la opresión a las culturas indígenas’. En él presenta las costumbres de diferentes tribus, así como las diversos ofensas que tienen que soportar estas minorías. El libro descubre los antecedentes del levantamiento zapatista de 1994.

Entre los temas que ahondó en su obra destacan la inadaptación del espíritu femenino en un mundo dominado por los hombres, la sumisión a la que se vio obligada desde la infancia por el hecho de ser mujer y la melancolía meditabunda. En Lívida luz (1960), la autora revela sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en una sociedad machista.

Uno de sus últimos documentos publicados es ‘Mujer que sabe latín’ (1973). Haciendo un gran manejo de la ironía, Castellanos proclama: “La mujer no está preparada ni interesada en el pensamiento”. La autora no lo hace como una crítica, sino como una llamada de atención sobre la mujer, que durante siglos y siglos ha sido, y es, juzgada por cómo va vestida, cómo trabaja o cómo actúa.

Rosario Castellanos fue necesaria y continua siéndolo. Una escritora que, pese a una vida llena de luces y sombras, trató de iluminar el camino de las mujeres hacia la concienciación de si mismas en pro de una mayor libertad.

La bella flagelada de América

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Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica
Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou fue una mujer “transgresora” en la literatura latinoamericana, con una obra que se vio marcada por la violencia de género, las drogas y un amor prohibido, según desvela el libro Al encuentro de las Tres Marías, del escritor Diego Fischer.

La “Juana de América”, como la bautizaron los universitarios y hombres de letras de Uruguay en 1929, es una de las principales figuras literarias de este país y adquiere una nueva dimensión con la biografía novelada de Fischer, que fue presentada hoy en Montevideo.

“Fue transgresora en el verso, fue transgresora en su forma de vivir y de dirigirse a un mundo literario dominado por hombres”, explica el autor en una entrevista sobre la mujer que fue primer Premio Nacional de Literatura de Uruguay, en 1959.

Al encuentro de las Tres Marías. Juana de Ibarbourou, más allá del mito (Editorial Santillana), recorre la trayectoria de esta poetisa, que nació en la villa de Melo el 8 de marzo de 1892, y murió el 15 de julio de 1979, en medio de una dictadura que le rindió honras fúnebres de ministro de Estado, pese a que ella siempre se opuso al oropel de los militares.

“Siempre le pido a los míos que cuando me muera, dejen a un lado las vanidades y me entierren simplemente en tierra, lo más a flor de tierra posible”, había dicho la poetisa en una carta al escritor español Miguel de Unamuno, uno de los primeros en alabar su ingenio.

Juana de Ibarbourou fue aplaudida por escritores nacionales, como Carlos Reyles y Juan Zorrilla de San Martín, y foráneos, como el chileno Pablo Neruda o los españoles Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Salvador de Madariaga y Federico García Lorca.

Cuando apenas empezaba con su primer poemario, Juana “le escribe a Unamuno, pero no sólo le escribe. Le envía tres libros y le pide que se los haga llegar a (Antonio) Machado y a Juan Ramón Jiménez. Tenía muy claro a dónde quería llegar”, asevera Fischer.

“Los principales admiradores de la poesía de Ibarbourou eran hombres. El nombramiento como “Juana de América” en el Palacio Legislativo parte de los estudiantes y al acto asisten los intelectuales más prominentes de la época”, dice Fischer.

De Ibarbourou se apellidaba en realidad Fernández Morales, pero tomó ese apellido de su marido, un militar, por quien sintió una gran pasión en los primeros años de matrimonio, que la reflejó en Las lenguas de diamante, su primer poemario, pero que se transformó después en tristeza y dolor.

Fischer recuerda que el gran éxito editorial de ese primer libro fue proporcional al escándalo que produjeron en la sociedad montevideana y porteña sus imágenes sobre el amor carnal y las figuras de los amantes.

“Ella habla del amor y de hacer el amor. Afirmaba que tanto sufre por una pasión el cuerpo como el alma. Esto suponía una evidente transgresión para una mujer, casada con un militar en 1919”, explica Fischer.

Su fama se extendió rápidamente y a ello ayudó su extremada belleza, que “supo manejar para lograr ser una poetisa consagrada” sin rozar los límites que le impuso un matrimonio infeliz, en el que el marido, como después el hijo, llegó a la violencia física.

Pero no todo es luminoso en esta biografía novelada. Se describe también la adicción por la morfina y otros narcóticos, de una mujer desesperada, con un matrimonio señalado por la indiferencia y con un hijo ludópata que se convertiría en una pesadilla.

Juana y Federico
Juana y Federico

El libro de Fischer se basa en una carta de Ibarbourou a la que tuvo acceso hace quince años en la que también se relata la pasión que la volvió a embargar cuando tenía 59 años y su belleza comenzaba a marchitarse.

“Fue su gran amor. Así lo dice también en sus versos”, señala Fischer sobre la relación que la poetisa mantuvo, ya muerto su esposo, con el médico argentino Eduardo de Robertis, de 38 años, apenas mayor que su hijo Julio César.

“En los años cincuenta, esa relación, siendo ella quien era, una mujer reconocida mundialmente, no podía ser aceptada pero, la cuenta en sus versos, sobre todo en Mensaje del escriba, donde el setenta por ciento de los versos está dedicado a él”, dice Fischer.

El escritor afirma que De Robertis logró apartarla de la droga, pero después, la tiranía de su hijo y la pérdida de ese postrer amor la volvieron a encadenar a una adicción, que, según ella, le permitía subir a “las tres Marías”, en referencia a las estrellas de la constelación de Orión, y evadir la adversidad, aunque fuera sólo unos instantes.

Marx y las costras del capitalismo

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Desde el inicio del milenio, han surgido una cantidad incalculable de libros, desde trabajos académicos hasta biografías populares, en los cuales se respalda en términos generales la lectura que Marx hizo del capitalismo y su relevancia imperecedera para nuestra época neoliberal
Desde el inicio del milenio, han surgido una cantidad incalculable de libros, desde trabajos académicos hasta biografías populares, en los cuales se respalda en términos generales la lectura que Marx hizo del capitalismo y su relevancia imperecedera para nuestra época neoliberal

Karl Marx nunca fue objeto de culto en su ciudad natal, Tréveris, pero el debate sobre su pensamiento y sobre los crímenes del comunismo siempre está vigente.

Después de la caída del Muro de Berlín, con cicatrices de la Guerra Fría aún visibles, Karl Marx sigue provocando división tanto en el Oeste como en la antigua República Democrática de Alemania, comunista.

Para algunos, el autor de “El Capital” fue un erudito visionario que supo diagnosticar antes que nadie los males que conlleva la economía de mercado. Para otros, es el padre espiritual de las sanguinarias dictaduras soviéticas.

“Karl Marx puso los pilares sobre los que se construyeron todas las dictaduras comunistas hasta la actualidad”, lamenta Dieter Dombrovski, presidente de la Unión de Grupos de Víctimas de la Tiranía Comunista. “Según nuestro código penal actual, si alguien incita al asesinato y el asesinato se comete, quien instó a cometerlo también es condenado”, añade este hombre, quien fue preso de la dictadura comunista de Alemania Este.

Se asesinó a más gente bajo los regímenes comunistas que bajo el nazismo de Adolf Hitler, insiste Dombrovski, al que le horroriza que se “erija una estatua en Alemania” en honor a quien inspiró la Revolución de Octubre de 1917.

Sin embargo, para los responsables de Tréveris, Marx, quien falleció en Londres en 1883, no puede ser considerado culpable de las derivas leninistas, estalinistas o maoistas que afirmaban poner en práctica su pensamiento.

“Sus ideas y su filosofía se vieron desacreditadas por el hecho de que el antiguo régimen alemán tratara a Marx como un dios y sus pensamientos como palabras del Evangelio”, señala Rainer Auts, director de la empresa encargada de supervisar las exposiciones sobre Marx.

En RDA, el marxismo, en su variante leninista era un dogma irrebatible. Como ejemplo de este culto, la actual ciudad Chemnitz se llamaba en la época comunista Karl-Marx-Stadt.

Para Auts, este bicentenario deber permitir explicar al autor del famoso lema “Trabajadores del mundo, ¡únanse!” sin “glorificarlo o vilipendiarlo”, ya que en su opinión su pensamiento sigue teniendo ecos en el mundo contemporáneo.

Las derivas del capitalismo, con sus manifiestos abusos en los últimos años, relanzaron el interés por las teorías de Marx sobre la opresión de las masas por la burguesía, formuladas durante la primera Revolución Industrial.

“En Marx hay algo intemporal. La crisis económica y financiera desde 2008 desempeñó sin duda un papel para que los economistas contemporáneos de renombre reconozcan ahora su papel de teórico”, explica Rainer Auts.

El libro “El Capital en el siglo XXI”, éxito de ventas internacional del economista francés Thomas Piketty, es ejemplo de ello.

Esta duradera influencia, a pesar del patente éxito de la URSS y sus satélites, debe por tanto ser explicada al gran público, según el alcalde de Tréveris, Wolfram Leibe.

“Después de la reunificación (de Alemania) tenemos la oportunidad de regresar a Marx, con una visión crítica pero sin prejuicios”, espera el edil, desechando las declaraciones de quienes lo acusan de querer atraer con estas conmemoraciones a los turistas chinos y su dinero.

“Karl Marx formuló ideas importantes y estas ideas merecen que reflexionemos sobre ellas. Si después de visitar las exposiciones alguien compra un libro para profundizar sobre algunos aspectos de lo que presentó Karl Marx, creo que habremos tenido éxito”, subraya

La librería que no sucumbió al olvido

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Keith Mansfield, dirigiendo una sesión para el sello KPM
Keith Mansfield, dirigiendo una sesión para el sello KPM

‘Anthology Editions’, el brazo editorial de del sello Anthology Recordings, debutó hace algún tiempo con un libro llamado “Flying Saucers Are Real!”, escrito por Jack Womack, y ha continuado lanzando títulos cada vez más intrigantes que son tan llamativos visualmente como textualmente interesantes. El último, “Unusual Sounds: The Hidden History of Library Music”, de David Hollander, no es diferente.

Al contar la historia de las discográficas que propulsaron el estilo ‘Library’ a finales de la década de los 60 y los primeros 70 del pasado siglo, todas ellas crearon LPs para cualquier tesitura que, también, abarcaban todo tipo de estados de ánimo. Estos trabajos, además, se impulsaron sin afán lucrativo, en el sentido de una distribución que llegase al gran público. ‘Unusual Sounds’ mira hacia una manera de entender el negocio de la música con la que muchos no solo no están familiarizados, sino que ignoran por completo. Como afirma el autor en su introducción, el mercado de reediciones para estos lanzamientos está prosperando, y es así porque gran parte del mejor material nunca fue elegido para su uso en una banda sonora, por lo que fue archivado.

Eso es porque, como Hollander deja en claro en el curso de este hermoso e interesante libro, la música ‘Library’ se compuso para ser utilizada más tarde. Fue escrita antes de su engarce en películas, televisión y radio, o, como finalmente sucedió, en su entrada al panteón del olvido. Por ejemplo, el hecho de que un compositor escribiera una canción llamada The House on the Hill (tema para una supuesta escena de casas embrujadas, con instrumentos de viento de madera y metal), no era garantía de que esa música se incrustase en un film. La quintaesencia del amor al momento que desprende quien entrega sin esperar contraprestación alguna.

Gracias a las entrevistas con compositores, ingenieros y demás cuadrilla de locos de la ‘Library Music’, Hollander se aproxima más que nadie hasta ahora a las tripas de un estilo que convivió con el crepúsculo de la psicodelia, la apertura del jazz a nuevos paisajes y el sonido incandescente de las orquestas. ‘Inusual Sounds’ escruta al detalle todos los sellos de la ‘Library’ británica, sin olvidar ‘labels’ europeos, tanto editores como distribuidores de los establos  KPM y Bruton Music. No llega, sin embargo, a mencionar las increíbles ediciones españolas de algunos artefactos ingleses, auspiciadas por Belter, capaz de hacer coexistir el folclore patrio con apuestas más arriesgadas.

Examinando cada faceta de la ‘Library Music’ (como el currículo que se exigía a los músicos para participar en los discos o aspectos sindicales que obligaban a los intérpretes ingleses a grabar en Francia), ‘Inusual Sounds’ es más que solo un vistazo a un tipo de música: se trata, sobre todo, de la aproximación a una orfebrería en la producción tristemente extinta.

Hollander también aborda aspectos cercanos al anecdotario cuando aborda la bulliciosa “Funky Fanfare” de Keith Mansfield, muy conocida cuando se la acompañó de letra; o “Heavy Action”, de Johnny Pearson, utilizada en USA para ‘Monday Night Football’, el programa deportivo estrella durante más de 40 años.

Se trata, sin duda, de páginas fantásticas, que harán que cualquier lector asiente con la cabeza en reconocimiento a algunos de los nombres sorprendentes que han trabajado de forma anónima para dar forma a un sonido proteico. Como Piero Umiliani, Stelvio Cipriani, Ennio Morricone y similares, todos ellos cabezas de cartel y que compartieron gloriosos instantes con intérpretes que habían bebido del jazz de las ‘big bands’ sajonas de los 50, de la eclosión de la ‘era pop’, las lisergias y la apertura al mundo progresivo

Especialmente intrigante -más allá de las entrevistas con los que estaban allí en ese momento- es el gran volumen de fotografías con el que Hollander ilustra su trabajo. Ello incluye, además de las capturas entre bambalinas, docenas de portadas de álbumes que se presentan a todo color, lo que permite al lector obtener el efecto total de lo impactantes que fueron estos LPs, a pesar de estar hechos para un público casi tan especializado como aquellos que ahora los buscan en rastrillos benéficos y mercadillos.

David Hollander ha creado un libro que atrae al lector interesado en la historia, la música o las artes visuales. Quienes decidan ir de pesca se acercarán a él con el lógico recelo que despierta un estilo muy poco cotejado lejos de las Islas, pero que poluciona con arreglos infinitos, burbujas en permanente cosquilleo y el vértigo característico de unos años en los que la medición del riesgo nunca fue un obstáculo para respirar.

Bacanal vampírica antes de Drácula

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La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello
La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello

“Carmilla” es una novela corta escrita por Sheridan Le Fanu en 1872. Fue publicada en la colección In a Glass Darkly. Se trata de una de las primeras historias de vampiros escritas, precursora de muchas obras de éxito, como es el caso de “Drácula” de Bram Stoker, escrita veinicinco años después, quien se basó en muchas características de Carmilla para escribir su obra.

Casi todos los relatos de vampiros tienen la estructura básica de Carmilla, empezando por la parte de “ataque” pasando a “muerte – resurrección” por parte del vampiro, y finalmente a la parte de “caza – destrucción” de la criatura.

Le Fanu se basó en la legendaria historia de la hermosa Condesa Elizabeth Báthory para crear a Carmilla.

La condesa Isabel Báthory de Ecsed (Nyírbátor, Hungría, 7 de agosto de 1560-Castillo de Čachtice, actual Trenčín, Eslovaquia, 21 de agosto de 1614), fue una aristócrata húngara, perteneciente a una de las familias más poderosas de Hungría. Ha pasado a la historia por haber sido acusada y condenada de ser responsable de una serie de crímenes motivados por su obsesión por la belleza que le han valido el sobrenombre de la Condesa Sangrienta. Erzsébet tiene el récord Guinness de la mujer que más ha asesinado en la historia de la humanidad con 650 muertes.

La historia de Carmilla muestra muchas características del terror gótico, y resalta el estereotipo popular del vampiro siendo precursora desconocida del género

La historia, es de carácter lésbico. Sheridan Le Fanu tomó ese tema, un tabú para la época, pero supo cómo plantearlo de tal forma que el lector de la época se fuera acercando al tema.

La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de común a desconcertante cuando aparece Carmilla, que comienza a mostrar un comportamiento bastante romántico hacia la protagonista. Carmilla empieza a mostrar rarezas en su comportamiento, se despierta después de mediodía y se encierra en su cuarto, resultando ser una vampiresa.

El periodista Juan Carlos Rodríguez lo tiene claro: “Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte”.

A juicio de Rodríguez, “el origen propio del vampirismo sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Además, “escribió dos volúmenes, reeditados por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros'”.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

“Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy”, sostiene Rodríguez, quien añade que “los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

En palabras de Rodríguez, “aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story'”.

Así, ‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, “posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu”, apunta.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu "Carmilla" en The Dark Blue (enero de 1872)
Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu “Carmilla” en The Dark Blue (enero de 1872)

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Según Juan Carlos Rodríguez, “el vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino”.

“El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial”, explica.

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

“Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson”, argumenta Rodríguez.

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte.

El origen del “vampirismo”

Aunque el origen propio del “vampirismo” sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Y escribió dos volúmenes, reeditados hace poco por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros’.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

Sanguijuelas

Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy: “Los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

El mito y Le Fanu

Aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story’.

Sheridan Le Fanu
Sheridan Le Fanu

‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Origen femenino
El vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino.

El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial.

Éxtasis y terror

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson.

Un Le Fanu contemporáneo

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Drácula, el no muerto

Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante
Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante

Huxley, visionario y poeta

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Recordado por su novela Un mundo feliz, que narra el universo deshumanizado del futuro, Huxley es autor de una obra muy extensa que incluye otros géneros como ensayo, poesía, libros de viaje e incluso guiones cinematográficos
Recordado por su novela Un mundo feliz, que narra el universo deshumanizado del futuro, Huxley es autor de una obra muy extensa que incluye otros géneros como ensayo, poesía, libros de viaje e incluso guiones cinematográficos

Cuando aún el célebre título de Aldous Huxley, ‘Un mundo feliz’, sigue siendo una de las novelas más leídas y demandadas por su capacidad visionaria y sus planteamientos éticos, es relativamente fácil de encontrar una edición bilingüe, por primera vez en español, con toda la poesía del autor inglés, su primera vocación.

Un libro traducido por Jesús Isaías Gómez López, quien realiza la edición y el extenso prólogo con estudio biográfico y literario, todo un ensayo académico, publicado por Cátedra, que arroja luz sobre una de las facetas menos conocidas del autor, su universo poético.

“Es mi deseo invitar al lector a la conquista de un nuevo universo literario, el espacio poético de uno de los más grandes pensadores y fabuladores que ha dado el siglo XX, y así… desvelar las metáforas de este filósofo que soñaba dar un nuevo giro espiritual al curso de la Humanidad”, explica en el prólogo Gómez.

Aldous Huxley (Laleham, Surrey, Inglaterra, 1894-Los Ángeles, 1936) hijo de una familia de intelectuales, con biólogos, poetas y novelistas, primero quiso ser médico, pero después se graduó en literatura inglesa. Una enfermedad en la visión condicionó también sus primeros años, ya que tuvo que dejar algo de más de un año sus estudios.

En este tiempo solo pudo leer con el método braille. Viajó, aprendió el lenguaje musical y se abrió lo que luego sería su portentoso mundo interior, del que emanaría todo su pensamiento.

Así, este poeta, narrador y ensayista, con una gran educación que comenzó en Eton, una de las escuelas más prestigiosas, comenzó a escribir poesía desde muy joven, a los diez años, en el internado de Hillside (Godalming) donde cofundó la revista literaria ‘Doddite’ y donde publicó su primer poema, ‘Caballito de mar’.

En ese momento comenzó una prolífica carrera literaria, como apunta este volumen, influenciada por los simbolistas franceses, y en especial por Mallarmé.

A los veintidós años publicó su primer poemario, ‘La rueda ardiente’, al que siguieron ‘Jonás’, ‘La derrota de la juventud’ y ‘Las cigarras y otros poemas’, donde incluía un homenaje a Baudelaire, al que consideraba el creador de la modernidad y al que dedicó un ensayo.

“Recurrimos a la poesía como expresión perfecta de nuestros propios sentimientos. En ‘Las flores del mal’ el modernista encuentra todos sus sufrimientos descritos, con cuán imparable energía, ¡en formas cuán memorablemente bellas!”, escribe Huxley en una cita que recoge este volumen.

El autor de ‘La isla’ fue un viajero empedernido, preocupado y obsesionado siempre por la ciencia, la ética, la espiritualidad, el misticismo, la búsqueda de la luz o la filosofía budista, como ya mostró en ‘La rueda ardiente’, apunta Gómez López.

“La rueda debe ir de agonía/en agonía/contrayéndose, hasta volver/al núcleo de acero”, escribe el autor de ‘El genio y la diosa’. Poemas, todos ellos, cargados de filosofía, de alguien que soñaba con dar un giro espiritual al curso de la humanidad, subraya el traductor.

Todavía en Estados Unidos, los más conservadores han incluido su mítica novela ‘Un mundo feliz’ entre los diez títulos que han pedido a la American Library Association que retire de las bibliotecas públicas, por considerar su lectura peligrosa para los jóvenes.