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El cuarto oscuro de los Panero

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"El desencanto" es una biopsia (más que biopic) de los hermanos Panero: una metáfora de la situación política, una apasionada exhibición de la intimidad familiar, una rara avis cinematográfica que abrió las puertas al género en nuestra democracia y que subrayó el fin de una época
«El desencanto» es una biopsia (más que biopic) de los hermanos Panero: una metáfora de la situación política, una apasionada exhibición de la intimidad familiar, una rara avis cinematográfica que abrió las puertas al género en nuestra democracia y que subrayó el fin de una época

«En la infancia vivimos y después sobrevivimos», le dice Leopoldo María Panero a su madre en un fragmento de «El desencanto», la película en la que Jaime Chávarri retrató en 1976 la decadencia de una familia burguesa y maldita tras la muerte del padre, Leopoldo Panero, conocido como uno de los poetas del régimen franquista.

En otra secuencia, el hijo mediano le reprocha a su progenitora haberle metido en un psiquiátrico tras su primer intento de suicidio, en lugar de tratar de comprender los motivos que le llevaron a ello. Todo desde una exquisita y demoledora frialdad.

En la película, como en la propia vida del poeta trágico ya fallecido, a veces no queda claro dónde acaba la ficción y donde comienza la realidad. Si la locura era un refugio para su inteligencia inadaptada o si acabó ganándole la peligrosa partida.

Y es que tanto los hermanos Leopoldo María, Juan Luis, y sobre todo Michi, como su madre, Felicidad Blanc, comienzan apareciendo como personajes, magníficos conversadores conscientes del escenario en que se mueven, para acabar, después de un año y medio de rodaje, mostrando sin querer sus contradicciones y sus facetas más ocultas.

La idea inicial de Chávarri era rodar un cortometraje en un manicomio, pero las autoridades de la época, con el franquismo aún vivo, se lo impidieron. Fue entonces cuando Elías Querejeta, amigo de Michi Panero, le propuso filmar la historia de esta familia que tuvo que vender sus propiedades para sobrevivir.

Al principio Leopoldo María no quería participar. En su ausencia, su hermano Michi lo define como el «molesto» de la familia, el «raro». Cuando el autor de «Por el camino de Swant» se incorpora, a mitad de rodaje, Michi acaba pasándose a su lado para consumar la traición a la madre.

Rodada en blanco y negro, entre la casa familiar de Astorga y el liceo italiano de Madrid donde estudiaron, el documental fue en su día objeto de la censura franquista, que obligó a Chávarri a eliminar la escena en la que Leopoldo habla de sus experiencias sexuales en la cárcel.

Tampoco la crítica la recibió demasiado bien de entrada. Fue más tarde, con los años, cuando se convirtió en una película de culto, símbolo de la caída de la dictadura franquista. Eso sí, en Madrid y Barcelona se mantuvo casi un año en cartel en salas de arte y ensayo.

Muchos años después, Ricardo Franco filmaría la segunda parte del documental, «Después de tantos años» (1994), que volvió a reunir a los hermanos tras la muerte de la madre para recuperarlos de la ruina y el olvido.

Durante dos semanas, Franco mantuvo largas conversaciones con los Panero, siempre por separado, pues ninguno quería ver a los otros hermanos.

Solo al final de la cinta se produce un breve encuentro entre Michi y Leopoldo en el cementerio donde reposan los restos de la familia. Mientras Michi habla de su vida al borde de la muerte, Leopoldo exclama: «¡Qué solos están los muertos!».

Vinagre, negación y, pese a todo, genio

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La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego... siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus texto
La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos

El polémico escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) sigue flagelando conciencias después de su muerte con la publicación del inédito «Meine Preise» (Mis premios), un ajuste de cuentas íntimo de uno de los autores europeos más feroces de los últimos tiempos.

«Un premio sólo lo conceden los incompetentes», dejó escrito en su obra «El sobrino de Wittgenstein», un simple testimonio sobre su odio a los galardones, o mejor dicho, a la ceremonia, a la hipocresía y la arrogancia del mundo de la cultura.

Su fama de iracundo misántropo siempre le precedió, entonces: ¿Por qué aceptaba esos premios que tanto odiaba?. En el libro está la respuesta: por el dinero.

«Soy un avaricioso, no tengo carácter, yo mismo soy un cerdo», se lee en el hasta ahora inédito libro de 139 paginas escrito con la prosa lírica cortada a navaja de Bernhard, que ha tenido una influencia clara en escritores como Peter Handke y Elfriede Jelinek.

«Todo era repugnante, pero lo que más asco me daba de todo era yo mismo», escribe sobre su participación en esas escenificaciones «humillantes», por las que se odiaba aún más al ver que eran capaces de corromperle.

En el libro pasa revista con su habitual humor salvaje y descarnado a nueve de los muchos premios que obtuvo, el primero de ellos en 1964, el Julius-Campe, con cuyo dinero se compró un automóvil deportivo Triumph Herald que estrelló poco después en Croacia.

Otro de los episodios lo dedica a su primer premio en Austria, en 1968, el Premio Estatal de Literatura, en el que ofreció un discurso que causó tal escándalo -llamó al Estado un artificio, a los austríacos los definió como apáticos, hipócritas y estúpidos- que desde entonces se convirtió en el modelo de intelectual furibundo.

El libro no es el mejor del autor, según los críticos, pero ofrece una nueva visión personal de Bernhard, en la que se puede apreciar que además de lanzar pullas contra todos también tenía un claro sentido autocrítico.

Eso sí, lamenta su afición por el dinero, pero siempre lo justifica en la necesidad: un traje nuevo, unos arreglos caseros, unos caprichos.

Estos premios serían una forma de «ponerse a prueba» para escribir, de retarse ante la página en blanco, según explicó a los medios austríacos el jefe de manuscritos de la editorial Suhrkamp, que lanza la obra, Raimund Fellinger.

El librito permite ver a un Bernhard desconocido, como cuando cuenta su vida desesperada, al borde de la pobreza y con una tuberculosis crónica antes de que su fortuna cambiase con su primera novela en 1963, «Helada», que mostró su querencia por un lenguaje innovador y radical.

En los libros de Bernhard se suelen trazar situaciones aparentemente normales, cotidianas, aunque en ellas late un nido de tensiones que acaban por revelar un mundo sórdido en el que nada es lo que parece.

Esta mirada crítica de la realidad se ha expandido a numerosos escritores austríacos y también se puede rastrear en algunos de sus cineastas, como Michael Haneke y Ulrich Seidl.

Su relación crítica con Austria duró hasta su muerte, envuelta por el escándalo de su obra teatral Heldenplatz (La Plaza de los Héroes), encargada para el prestigioso Burgtheater vienés para conmemorar los 50 años de la anexión de Austria por el Tercer Reich.

Esa plaza es tristemente famosa porque en marzo de 1938, estaba abarrotada de austríacos que vitorearon al dictador nazi Adolf Hitler.

El estreno fue en noviembre de 1988 con un texto en el que acusó a los austríacos de ser igual de nazis que hacía medio siglo, levantando tal polvareda que le amargó los últimos tres meses de su vida y le llevó a prohibir en su testamento cualquier representación de sus textos en su país.

Una voluntad que no se cumplió ni con la representación del teatro ni con su obra: este inédito lo escribió Bernhard en 1980 y lo guardó en el cajón, casi como una reserva para cuando aflojase la creatividad.

«Estos relatos estaban destinados por Bernard para ser publicados, por lo que no nos sentimos obligados por el testamento», argumentó Raimund Fellinger.

En busca de la verdad

La recopilación de artículos, entrevistas y discursos ‘En busca de la verdad’ (Alianza Editorial), de Thomas Bernhard, muestra a un escritor austríaco misántropo y enemigo de su país de origen, si bien los textos también profundizan en las intimidades de el autor de ‘Extinción’.

La relación de Bernhard con Austria fue muy controvertida y así lo explica el propio novelista en estas páginas. «Siempre, donde uno tiene su casa, lo conoce todo muy íntimamente y se ama. Al mismo tiempo, sin embargo, se odia también…como a esa famosa peste que nadie conoce», señala Bernhard a un periodista al ser preguntado por Salszburgo.

Asimismo, sus declaraciones al respecto de las relaciones humanas dejan claro el desapego que sentía hacia otras personas. «El agradecimiento, como es bien sabido, es una estupidez» o «creo que todo el mundo debe recibir en la vida alguna patada» son ejemplos de la idea que tenía Bernhard de sus conciudadanos.

Además, las páginas de este trabajo recogen algunas polémicas de la época con el presidente de los Festivales de Teatro de Salszburgo (anunciando su renuncia a presentar más obras suyas) o una serie de respuestas irónicas tras ser galardonado con el Premio de Literatura de Bremen («No he leído un solo libro publicado desde 1975»).

Miguel Sáenz, traductor habitual en español de Bernhard, remarca ese carácter difícil del escritor austríaco, reflejado en esta recopilación. «Empatizar con Bernhard no es fácil, sobre todo para los austríacos, que lo conocen bien. Pero a él la empatía le tenía más o menos sin cuidado: iba a lo suyo», explica.

La depresión y el suicidio recorren esta obra donde Bernhard llega a afirmar que «hay estados en los que la vida le resulta a uno totalmente indiferente». E incluso hay espacio para sus reflexiones respecto al sexo, prácticamente inexistente en la biografía del novelista.

«La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. Yo creo que hay que creerle a él. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo», señala Sáenz.

De hecho, tal y como recuerda su traductor en España, es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos. «Yo sé donde está, pero dejo al bernhardiano fiel la tarea de encontrarlo», bromea Sáenz.

Los periodistas, junto con los directores de festivales, eran algunas de las dianas preferidas de Bernhard, algo que se refleja en ‘En busca de la verdad’. «No nos engañemos, aborrecía a los periodistas y despreciaba a los directores, ya que los consideraba en general como gente inculta y muy poco de fiar», asevera Sáenz.

En cualquier caso, a pesar de esta actitud, el traductor español considera que la obra de Bernhard ha trascendido y hoy en día resulta un autor «muy actual». «En Austria se ha convertido en el escritor nacional a pesar de las barbaridades que escribió sobre su país y en América Latina es objeto de culto por escritores que admiran su manera peculiar de ‘llamar al pan pan y al vino, vino'».

Sáenz reconoce que a pesar de la cantidad de obras traducidas de Bernhard todavía traducirlo «encierra sorpresas». «Sin embargo, mi identificación con él nunca es total. A veces lo sorprendo interpretando el papel que él mismo se adjudicaba alegremente», concluye.

Hippies, hoces y martillos en USA

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Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos
Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos

Repleta de espíritus insatisfechos y latiendo al ritmo de complicadas pasiones políticas, «Los jardines de la disidencia», de Jonathan Lethem, se adentra en el mundo de la contracultura y el comunismo norteamericano, un movimiento que, según ha explicado el autor, quedó olvidado y «muchos creen que nunca existió».

Tres generaciones de comunistas, hippies e indignados manifestantes protagonizan «Los jardines de la disidencia», una obra ambientada en Nueva York, que abarca desde el apogeo del estalinismo de mediados de los años 30 del pasado siglo, pasando por la multitud de movimientos a favor de los derechos civiles de la década de los 60, hasta el movimiento Ocupa Wall Street.

«Se trata de una novela sobre personas con convicciones políticas», señala el escritor neoyorquino, quien describe la obra como una «ventana sucia» a través de la cual se observa no sólo los avatares de una época sino también las «contradicciones y tormentos» personales, que quedan marcados sobre la superficie del cristal.

En el centro de este ventanal se encuentra la matriarca, Rose Zimmer, una comunista con «un feroz enfoque de la vida» y unas opiniones «volcánicas», inspirada en la abuela de Lethem, a quien conocemos tras ser expulsada del Partido Comunista estadounidense por su relación con un policía negro.

Su hija, Miriam, inspirada en la madre del escritor, tan obstinada y apasionada como Rose, huye de su influencia sofocante para unirse al movimiento contracultural de la Era de Acuario del Greenwich Village, donde conocerá a un cantante de folk con el que tendrán a Sergius, un joven idealista, aunque algo confundido, que se implicará a fondo con el movimiento Ocupa Wall Street.

«Yo soy parte de un país en el que el comunismo nunca fue probado en ningún ámbito social», recuerda el escritor, nacido en 1964 y criado en una comuna de Brooklyn.

A su parecer, la idea del comunismo siempre ha sido una manera de «manifestar que la vida que te rodeaba no era suficiente», por lo que entender el significado completo de esta palabra en Estados Unidos es hoy en día «una tarea bastante complicada».

Pese a la trayectoria familiar, el escritor niega que se inscriba dentro del activismo político, aunque sí cree necesario poner en valor una historia «muchas veces deformada, descalificada» y también «olvidada», pues, tal y como destaca Lethem, «muchos creen que el comunismo norteamericano nunca existió».

«El libro -subraya- es a la vez una forma de revertir esta situación y dejar testimonio del paso del comunismo por Estados Unidos, lo que conforma una parte de la historia de la que se puede hablar y de la que no hay que sentirse avergonzado».

Preguntado por la vigencia del legado comunista en su país, Lethem niega la existencia de «un comunismo puro», pues «la versión más extendida de esta doctrina se encuentra en otros tipos de izquierda, como el movimiento Ocupa».

Como todos los grupos de izquierda, el movimiento Ocupa, que se opone al poder y la influencia de las corporaciones financieras de EE.UU., también ha tenido que convivir con la «frustración propia de los grupos que propugnan una transformación».

Algo que, según el autor, tiene mucho que ver con la «política dual» del presidente Barack Obama, que, a nivel simbólico, se ha convertido en la expresión de la revolución pero que, en el plano oficial, «no ha hecho más que seguir con las políticas de sus predecesores», por lo que, en palabras del escritor, el expresidente Obama, por ejemplo, no hizo «más que recordar a la izquierda que siguen formando parte de la izquierda».

«Los jardines de la disidencia», publicado en castellano por Mondadori y en catalán por Angle, es una obra llena de referencias americanas, aunque puede describirse como un libro «muy europeo» porque los personajes descritos «viven dentro de la historia, a diferencia de la mayoría de los norteamericanos, que siempre pretenden alejarse de ella».

Además de la pluralidad de voces propia de Philip Roth, en el retrato de la sociedad estadounidense de la obra de Lethem se nota la influencia de los escritores Christina Stead, Vivian Gornick o Anatole Paul Broyard, que han recreado el país en el que nació el autor, galardonado con el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.

Esta historia familiar de comunistas decepcionados en un país que los trata como un invisible anacronismo es, a la vez, una manera de gritar al mundo que la cuestión del comunismo norteamericano «no es un tema cerrado, sino parte de una historia en la que estamos viviendo».

La explotación del reverso tenebroso

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La casa en la que vivió el matrimonio compuesto por Fred y Rosemary West fue, durante muchos años, la casa de los horrores. Entre esas cuatro paredes se escondieron, durante 20 años, horribles crímenes que conmocionaron a Gran Bretaña en la década de los 90
La casa en la que vivió el matrimonio compuesto por Fred y Rosemary West fue, durante muchos años, la casa de los horrores. Entre esas cuatro paredes se escondieron, durante 20 años, horribles crímenes que conmocionaron a Gran Bretaña en la década de los 90

La escritora británica Vanessa Savage, que se inspiró para su última novela, «Oculta en la sombra», en el conocido matrimonio asesino en serie Fred y Rosemary West, entiende que «generalmente, la gente es buena ocultando su lado oscuro».

Savage opina que es difícil meterse en la mente de un asesino en serie pero «si tienes algo así en tu mente, lo tendrás para siempre».

Subraya Savage la capacidad de las personas, buenas y malas, para «ocultar sus lados más oscuros» y por esa razón «un asesino en serie puede ser una persona corriente, cercana, que va a trabajar normalmente y que de puertas adentro se transforma y se quite la máscara».

Sobre el punto de inflexión que convierte a alguien corriente en una bestia, la escritora apunta que «puede haber algún catalizador de ese lado oscuro, que puede tener su origen en el pasado o ser reactivado por algo que sucede en el presente».

El punto de partida de «Oculta en la sombra» (AdN) fue el caso real del matrimonio Fred y Rosemary West, en Gloucester (Gran Bretaña), que fueron condenados por el asesinato de 12 mujeres, entre ellas varias niñas.

Gran parte de dichos asesinatos, que estremecieron a todo el país, se cometieron en el domicilio familiar de la pareja en el número 25 de Cromwell Street, que acabó siendo demolido.

Vanessa Savage se crió muy cerca del lugar de los hechos y se planteó «qué hubiese ocurrido si esa casa no hubiera sido destruida, qué pasaría si esa casa fuera tu casa de la infancia», y una pregunta definitiva: «¿Podrías olvidar su pasado y convertirla en un hogar perfecto para tu familia? o ¿acaso la casa mantiene unos recuerdos que la convierten en algo embrujado?».

Una vez que Savage tenía la casa, como «un personaje más», y la familia, «las piezas del puzzle comenzaron a encajar».

La escritora inglesa, que vive en una casa junto a la costa de Gales, se documentó sobre casas en las que se habían producido crímenes: «Hay cierta fascinación en Internet sobre los escenarios de los crímenes y no solo sobre los protagonizados por Jack el destripador».

«Oculta en la sombra» se sitúa es una ciudad ficticia, que toma elementos de pueblos de la costa de Gales.

En cuanto a los personajes, la autora quería desde el principio dibujar «una familia estándar y perfecta, feliz de puertas afuera, con un padre, una madre e hijos, que de puertas adentro era totalmente distinta».

En su novela, Savage se aleja de la tradición británica de Agatha Christie y se acerca más al estilo norteamericano de Stephen King: «Siempre he leído a Stephen King, seguramente desde demasiado joven, cuando cogía sus libros de las estanterías de la familia».

De King, al que aún hoy sigue leyendo, le atrae «la combinación de thriller psicológico y de elementos sobrenaturales, un cóctel que ejerce una gran influencia en mi escritura».

Con una formación universitaria en artes visuales, era inevitable para Savage escribir siempre desde una perspectiva visual.

A la luz del caso en que se inspira su novela, Savage piensa que «aunque en principio cabe pensar que la ficción se puede llevar mucho más al límite y al extremo, siempre descubres realidades que sí superan la ficción».

Después de debutar con una novela romántica, Savage se pasó al género negro: «Mis personajes acabaron teniendo más ganas de matarse que de amarse y fue así como aterricé en la novela negra».

Un género que seguirá cultivando en su próxima novela, otro psicothriller ambientado en otra ciudad inventada del sur de Gales.

«Hay pocas novelas ambientadas en Gales, y es una zona que tiene mucho potencial para novelas de terror que asusten al lector».

En relación al Brexit, no tiene previsto escribir una novela que tenga como argumento la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea pero confiesa que «el Brexit es una verdadera pesadilla que ha dividido profundamente al Reino Unido. Odio el Brexit y me encantaría seguir en Europa» y predice que «las disputas entre los dos bandos darán lugar a novelas en los próximos años, porque se está forjando un odio entre las dos mitades de la población».

Elsa Morante y el átomo

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 Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960
Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960

La novelista italiana Elsa Morante escribió entre 1950 y 1978 una serie de artículos y ensayos sobre la literatura, el arte y la política, inéditos en español hasta que la editorial Círculo de Tiza los publicó con el título «A favor o en contra de la bomba atómica».

El volumen permite conocer el pensamiento y la visión del mundo de la escritora a través de textos dedicados a la obra del pintor Fra Angélico y al poeta Umberto Saba, así como conferencias y artículos publicados en revistas literarias y semanarios.

Entre ellos están sus dos últimos manuscritos publicados de manera póstuma, el «Breve Manifiesto Comunista (sin clase ni partido)» y una carta que nunca envió a las Brigadas Rojas con motivo del secuestro del entonces líder de la Democracia Cristiana italiana Aldo Moro que terminó con su asesinato.

Morante (Roma, 1912-1985) muestra su visión literaria, en la que distingue al falso novelista del «verdadero», que, en sus palabras, siempre comunicará, «a las generaciones contemporáneas y futuras, incluso las más seguras verdades sobre el ‘lugar geográfico’ y el ‘tiempo histórico’ en los que vivió su propia experiencia humana».

La escritora bucea además en los intereses de los lectores, que prefieren libros «con personajes vivos» que cuenten «sus vicisitudes humanas», y en las relaciones y los comportamientos de Andréi, uno de los personajes de la novela del autor ruso León Tolstoi «Guerra y paz».

«A favor o en contra de la bomba atómica», prologado por Alfonso Berardinelli y traducido por Flavia Cartoni, es una edición con 15 textos y de 167 páginas que lleva el título de una conferencia que la poeta pronunció en 1965 y en la que explica que la «humanidad contemporánea» siente la «oculta tentación» de desintegrarse.

«Me arrepiento de estar aquí para entreteneros con tan tétrico tema, más que con un hermoso cuento (¡teniendo en cuenta que determinados seguidores se empeñan en despachar mis libros como si fueran una especie de fábulas!)», manifiesta durante la conferencia que posteriormente se publicó en la revista «Europa Letteraria».

Su interés por el arte, cuya calidad describe como «liberadora» y sus efectos «revolucionarios», se observa en el prólogo que dedicó en un libro a la obra pictórica de Fra Angélico, un «pintor al servicio de la propaganda».

«Las obras de arte propagandístico son un suero de la verdad. Si la propaganda es espontánea y sincera, salen hermosas; en caso contrario, salen unos monstruos», asegura.

Morante fue una escritora precoz que desde muy joven empezó a publicar relatos en revistas infantiles. En su etapa adulta escribió teatro, poesía, relatos, ensayos y novelas, entre ellas «Mentira y sortilegio» (1984), ganadora del Premio Viareggio; «La isla de Arturo» (1957), Premio Strega, y «Araceli» (1982), Premio Medici.

Junto a escritores como Alberto Moravia, Natalia Ginzburg, Cesare Pavese o el cineasta Pier Paolo Pasolini, la novelista vivió la época del fascismo, en la que se hizo evidente su preferencia por las personas oprimidas frente a los opresores, una prioridad que le enemistó con varios escritores de su generación.

En palabras del ensayista italiano Alfonso Berardinelli, Morante era una mujer con una «humildad devocional» y una escritora «lacónica y musical» que no erraba ni una nota y conseguía juntar mundos enteros en sus páginas.

«Poseía el sentido de la tragedia y buscaba el éxtasis, vivía entre paraísos e infiernos, como si en ella convivieran Fra Angélico y Caravaggio», asegura en el prólogo sobre la novelista, su «último gurú» que «veía la comedia que se esconde debajo de la tragedia».

Estos ensayos, según Flavia Cartoni, que tradujo al castellano la recopilación de relatos «El chal andaluz» (1963), reflejan la obra de Morante cuya aportación a la literatura italiana del siglo XX superó los límites de la narrativa y la poesía.

Renacimiento y reivindicación en años andrógenos

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Isabel Oyarzábal nació en la época equivocada; se trata de uno de esos personajes que por sus valores parecen haber nacido en el Medievo o al contrario, personas nacidas en pleno encorsetamiento social del siglo XIX y con unas ideas que si viajaran en el tiempo hasta la actualidad no llamarían la atención por lo moderno de sus ideas.
Isabel Oyarzábal nació en la época equivocada; se trata de uno de esos personajes que por sus valores parecen haber nacido en el Medievo o al contrario, personas nacidas en pleno encorsetamiento social del siglo XIX y con unas ideas que si viajaran en el tiempo hasta la actualidad no llamarían la atención por lo moderno de sus planteamientos

Las memorias de la escritora, periodista y diplomática Isabel Oyarzábal Smith (1878-1974), primera mujer embajadora de España, que murió durante su exilio en México, se encuentran en castellano, con una diferencia de más de 70 años sobre la versión inglesa de una editorial estadounidense.

Se titulan ‘Hambre de libertad. Memorias de una embajadora republicana’ y el primer establo en editarlas fue la editorial granadina Almed.

Nacida en Málaga en 1878, de madre escocesa y padre de origen vasco, Isabel Oyarzábal fue también una firme defensora de los derechos de la mujer y la primera inspectora de Trabajo en España por oposición, como ha recordado Aurora Luque, directora del Centro Cultural de la Generación del 27, que colaboró en la edición.

Como escritora, colaboró con periódicos ingleses, tradujo textos en este idioma y publicó relatos, obras de teatro, una novela y la biografía de una embajadora soviética a la que conoció en su destino diplomático de Suecia.

Ya en México, «vivió de su escritura y gozó de prestigio en círculos tan impenetrables como la sociedad literaria neoyorquina de los años 40», destaca Luque.

En su faceta política, destacó por su lucha feminista y sus reivindicaciones laborales, acudió al congreso de la Alianza por el Sufragio Universal en Ginebra. En 1931 fue candidata socialista a las Cortes constituyentes y dos años después se convirtió en la primera mujer inspectora de Trabajo en España por oposición.

Además, en los inicios de la Guerra Civil completó una extenuant» gira de conferencias que la llevó a 42 ciudades de los Estados Unidos y Canadá en 53 días, para recabar apoyos para la República, y llegó a dirigirse a un auditorio de 25.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York.

José Fernández Oyarzábal, sobrino nieto de la diplomática, recuerda cómo su madre conservó siempre en el hogar familiar «un librito que guardaba en un armario y que se resistía a enseñar a sus hijos».

Aquel libro era una primera edición de 1935, «preciosamente impresa», del ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, a la que «le faltaba una hoja, la primera, donde había estado la dedicatoria que Isabel Oyarzábal había conseguido de Lorca para mi madre», relata Fernández Oyarzábal.

Adelantada a su época

La escritora malagueña fue una  mujer que dedicó toda su vida a defender los ideales que creía justos, nadando siempre contracorriente, y que jamás dejó de creer en la validez del proyecto republicano. Sus dispares experiencias y sus polifacéticos talentos le marcaron el itinerario en el que se reflejó la lucha que las mujeres abordaron por sus derechos y su plena inserción en la vida laboral.

Isabel contaba con todo lujo de detalles cómo su apertura hacia las novedades intelectuales de principios de siglo, le hacían seguir con absoluta curiosidad los eventos culturales que acontecían en su Málaga natal. En un homenaje a la actriz María Tubau conoció a Ceferino Palencia, hijo de la actriz y futuro marido suyo. Este hecho cambiaría el rumbo de una joven, en principio conservadora, influenciada por una estricta educación religiosa y unos códigos de comportamiento adecuados a su clase social de burguesa.

El día 8 de julio de 1909, según sus propias palabras «uno de los días más calurosos que se han conocido en Madrid» (1940: 102), se casó con Ceferino Palencia. Fue una ceremonia poco convencional, pues Isabel se negó a llevar el tradicional vestido blanco, propio de una novia de su clase, lo que disgustó a su madre.

En 1918 comienza su militancia feminista en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), de la que llegó a ser presidenta. En 1920 asistiría como delegada al Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer (Ginebra), como Secretaria del Consejo Supremo Feminista de España. Su sección del diario El Sol, «Crónicas Femeninas», las firmaba como Beatriz Galindo. A esta faceta de mujer triunfadora se le oponía su fracaso matrimonial. A los adulterios del marido respondió con la intensificación de su trabajo feminista.

La labor periodística de Isabel durante la década del veinte merece un comentario aparte a la hora de esclarecer su personalidad. María Luisa Mateos Ruiz realiza un estudio detallado de los artículos publicados por Isabel de Palencia en la revista Blanco y Negro, entre los años de 1925 y 1928 (Mateos, 2005: 205-216). Escribió un total de 35 artículos, que son de interés por las ideas avanzadas, liberales y progresistas que contiene, acordes con la ideología de la autora, una feminista para su época, en el sentido que hoy se considera este término. Todos ellos plantean situaciones y asuntos relacionados con el mundo de las mujeres, muy particularmente, los que conciernen a su emancipación, a la educación y a lo que hoy se conoce como conciliación de la vida profesional y familiar.

Como actriz trabajó con María Tubau y colaboró con ‘‘El Mirlo Blanco’’; actuó en la boda de Alfonso XIII; ejerció la crítica y la traducción para compañías como la de Margarita Xirgu.

Carlos Rodríguez Alonso editó en 1999 las obras de teatro escritas en los años 20 por Isabel de Palencia, que ella recopiló y publicó bajo el título Diálogos con el dolor, una vez en México, en la editorial Leyenda entre 1940 y 1944. Son nueve dramas breves y un cuento titulado Alcayata, que complementa el sentido de la publicación, de acuerdo al prólogo de la autora. Asimismo, estas obras dramáticas son interesantes en dos sentidos: de un lado nos dan plena información de la intensa atmósfera teatral en Madrid en la década de los 20, y de otro lado, son una muestra de los motivos recurrentes en la obra de Isabel: el pensamiento cristiano, que implica la caridad hacia el prójimo y la entrega solidaria a los oprimidos, entre los que destacan las mujeres, los afectados de algún tipo de enfermedad y los desfavorecidos económicamente.

Oyarzábal fue una celebrada conferenciante; casó y en no pocos momentos fue su trabajo el que sacó adelante a la familia; corresponsal para varios periódicos británicos, fue nuestra primera representante ante la Sociedad de Naciones; formó parte activa de todas las iniciativas protagonizadas por mujeres entre 1915 y 1939; fue la primera mujer que sacó plaza en el cuerpo de Inspectores de Trabajo y con responsabilidades diplomáticas en España; marchó al exilio y continuó su actividad desde México. 96 años de vida asombrosa con una coherencia y una firmeza admirables.

Aun así, Isabel Oyarzábal pertenece a una generación anterior a la del 27, pero su presencia enriquece, aclara y aporta. Como las vidas de las verdaderas pioneras: Pardo-Bazán, Concha Espina, María de Maeztu…

Alaiz, azotes a diestra y siniestra

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Felipe Aláiz de Pablos, uno de los mejores periodistas españoles del periodo de entreguerras, a la altura o superior a los Camba, Cavia, Fernández Flórez, González-Ruano o Chaves Nogales, que escribió miles de artículos, crónicas, críticas literarias y artísticas, novelas, folletos, ensayos y libros, que merecía el cálido apoyo y consideración de los fundadores de El Imparcial y de El Sol, que tradujo al español a Eliseo Reclus y Max Nettlau, a novelistas como Puig y Ferreter y Upton Sinclair e introdujo en la lengua española a ese clásico de la literatura universal que es Multatuli, que asistía a las tertulias literarias más famosas de Madrid y era estimado por las grandes plumas y los mejores filósofos como Pío Baroja y Ortega y Gasset; Felipe Aláiz, director de diarios, semanarios y revistas mensuales, redactor de periódicos y contribuidor hasta al fin de sus días en la prensa del exilio, es hoy un ausente en las historias de la literatura española
Felipe Alaiz de Pablos, uno de los mejores periodistas españoles del periodo de entreguerras, a la altura o superior a los Camba, Cavia, Fernández Flórez, González-Ruano o Chaves Nogales, que escribió miles de artículos, crónicas, críticas literarias y artísticas, novelas, folletos, ensayos y libros, que merecía el cálido apoyo y consideración de los fundadores de El Imparcial y de El Sol, que tradujo al español a Eliseo Reclus y Max Nettlau, a novelistas como Puig y Ferreter y Upton Sinclair e introdujo en la lengua española a ese clásico de la literatura universal que es Multatuli, que asistía a las tertulias literarias más famosas de Madrid y era estimado por las grandes plumas y los mejores filósofos como Pío Baroja y Ortega y Gasset; Felipe Aláiz, director de diarios, semanarios y revistas mensuales, redactor de periódicos y contribuidor hasta al fin de sus días en la prensa del exilio, es hoy un ausente en las historias de la literatura española

Una antología de las semblanzas literarias que Felipe Alaiz, destacado escritor anarquista español, publicó en los años veinte y treinta ha sido efectuada por el escritor Juan Bonilla, según, reconoce el autor, «la intensidad de los mamporros» que propina a los clásicos, desde Bécquer a Lorca.

«El arte de escribir sin arte», publicado por Berenice con un prólogo de Javier Cercas y un epílogo del propio Bonilla, es una selección de los cientos de páginas, tal vez miles, que Alaiz (1887-1959) editó bajo el título genérico de «Tipos españoles» en publicaciones anarquistas como «Revista blanca», «Tierra y libertad» o «Solidaridad obrera», algunas de las cuales dirigió.

Para Bonilla se trata de «una historia secreta de la literatura española» hecha por «un desconocido que habla de escritores muy conocidos» y que tiene la cualidad de «utilizar como excusa que habla de un escritor para darle un mamporro a otro, como hace en la semblanza sobre Eduardo Barriobero para meterse con Larra».

«De Bécquer dice lo que todos hemos pensado alguna vez pero sólo Alaiz se atrevió a escribirlo, que algunas veces puede resultar un poco cursi», señala Bonilla, quien destaca la «prosa fresca y vertiginosa» con que están escritas estas semblanzas de algunos de los más grandes escritores de los dos últimos siglos.

En un texto sobre Lorca, Alaiz escribe que Juan Ramón Jiménez «se extingue de puro suave en sus bordados de casulla», y añade que «los eruditos amigos de Góngora como Jorge Guillén y Pedro Salinas también bordan a ratos, aunque a ratos investigan con acierto».

De Lorca señala que «su ‘Romancero gitano’ no es nada gitano. Algo de lo que dice es greguería ramoniana y otro algo andalucismo de pandereta», y de su obra «Doña Rosita la soltera» que «es una elegía bordada, deshilachada, con un candor de reglamento, con una perpetua avidez de evocación que solo evoca de veras al interpolar un vals entre dos suspiros».

La antología de «mamporros», como los denominan los editores de «El arte de escribir sin arte», se abre con Espronceda, de quien Alaiz dice que su «Oda al dos de mayo» es «un amasijo de barbarismos patéticos, un montón de tópicos y repeticiones, incluso un mosaico de ripios y vulgaridades de festival cuartelero».

Prosigue con Bécquer: «Comparadas con las oscuras golondrinas, todas las aves parecían avutardas. El milagro se debió a Gustavo Adolfo Bécquer», y continúa con Campoamor: «Empezó a ser tierno cuando empezó a ser viejo. Para él lo interesante era ser gobernador ¿cuántos poetas nacerían y cuántos renacerían si les ofrecieran un gobierno civil?».

De Ortega y Gasset advierte: «Hay que subrayar una ausencia de reciprocidad entre el pueblo y el profesor Ortega, que escribió ‘La rebelión de las masas’ sin conocerlas», mientras que de su «Revista de Occidente» apunta que «es muchas veces vivero de pedantes, cuando no vivero para pedantes».

A Ramón Pérez de Ayala lo define como «cortesano de la dictadura, con cargo burocrático de favor, embajador, también de favor, con la República… Como dijo Ricardo Baroja acabará por ser arzobispo de Toledo»; a Galdós como «algo pazguato», a Valera como «redicho y pretencioso», y a Blasco Ibáñez como «un azulejo con mucho color y poco fuego para fijarlo».

De Valle Inclán creía Alaiz que era «más pedante que un Currucato», de Unamuno que era «un fraile empeñado a la vejez en hacer retruécanos» y de Palacio Valdés que tenía «una mentalidad salesiana», de modo que sólo salva del «mamporro» a Baroja, aunque no se olvida de reseñar «las quince mil faltas de sintaxis» que tienen sus novelas.

El irreverente 

Aláiz, en el ejercicio de su labor periodística, sufrió censuras, detenciones gubernativas, consejos de guerra, multas y prisión. Durante la monarquía y la dictadura de Primo de Rivera fue detenido y encarcelado por delitos de opinión y volvió a serlo en la República. Más tarde en el exilio francés, durante la ocupación nazi, volvió tener problemas en Montpellier. Así, ya en diciembre de 1923 se celebra un consejo de guerra contra Aláiz, al que se le piden seis meses de prisión por instigar insubordinación.

En 1924 fue condenado por otro consejo de guerra a cumplir cuatro meses de prisión por haber publicado un artículo que se consideró injurioso para el ejército y en marzo de 1925 fue nuevamente detenido, siendo liberado el 23 de diciembre. Y esta tónica continuó hasta el final de la dictadura.

Durante la República vuelve a ocurrir lo mismo. Detenido algo antes, en Febrero de 1932 se le concede la libertad provisional, aunque se instruían contra él 31 procesos por delitos de imprenta. En junio de 1932 fue condenado a dos años y cinco meses de prisión por un Consejo de Guerra (el fiscal pedía cuatro años). En octubre de 1932 se le pone en libertad hasta que en Abril de 1933 un tribunal popular lo absuelve de un delito de imprenta.

En el exilio, como otros cientos de miles, fue internado en un campo de concentración. En consecuencia, entre unas cosas y otras, Felipe Aláiz consumió en la cárcel cerca de cuatro años por escribir lo que pensaba y pensar lo que escribía. El exilio fue muy duro para él, privado de sus amistades, de sus relaciones y de su ambiente, de sus bibliotecas, a lo que se sumaba una enorme pobreza económica y una enfermedad que le impedía en muchas ocasiones levantar se de la cama. Tuvo una larga agonía y murió sólo en una habitación del Hospital Broussal de Paris el 18 de Abril de 1959 y fue enterrado en el cementerio de Thiais, a donde le acompañaron en cortejo fúnebre más de 200 compañeros, a pesar de ser un martes y en horario laborable.

El padre de la contracultura estandarizada

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El espíritu del tiempo, según su propia definición, incluye la crítica a la tecnocracia, al cientificismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, así como la afirmación de que hay más formas de conciencia que la del hombre adocenado. No hay, sostiene, por qué excluir radicalmente el uso de elementos psicotrópicos, pero tampoco convertir a estos en la panacea. "La contracultura", decía el propio Roszak, "es una exploración del comportamiento concreto de la conciencia" y "la experiencia psicodélica se nos muestra como uno entre otros métodos posibles de explorar esa exploración". Y a la misma altura colocaba el teatro o la poesía
El espíritu del tiempo, según Roszak, incluye la crítica a la tecnocracia, al cientificismo, a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales, así como la afirmación de que hay más formas de conciencia que la del hombre adocenado. No hay, sostiene, por qué excluir radicalmente el uso de elementos psicotrópicos, pero tampoco convertir a estos en la panacea. «La contracultura», decía el propio Roszak, «es una exploración del comportamiento concreto de la conciencia» y «la experiencia psicodélica se nos muestra como uno entre otros métodos posibles de explorar esa exploración». Y a la misma altura colocaba el teatro o la poesía

El historiador, crítico social y novelista Theodore Roszak vio las rebeliones juveniles de fines de los años sesenta como un movimiento que merecía un análisis propio y un nombre: la contracultura.

Roszak, escritor y profesor de la Universidad Cal State East Bay, escribió un libro que definiría esa época: ‘El nacimiento de una contra cultura’ [The Making of a Counter Culture] (1969), un libro documental que fue éxito de ventas y popularizó la palabra ‘contracultura’.

Basándose en la influyente obra de pensadores como Herbert Marcuse, Paul Goodman y Alan Watts, el libro examina el entramado intelectual del movimiento social que empezó a mediados de los años sesenta y se extendió hasta entrados los setenta: las protestas en las ciudades universitarias, los love-ins, el rock y los festivales con drogas psicodélicas que contagiaron masivamente a los jóvenes y desconcertaron a sus mayores. Los jóvenes construyeron “una cultura tan radicalmente apartada de los presupuestos tradicionales de nuestra sociedad”, escribió Roszak, “que para muchos apenas es cultura, sino que adopta la alarmante apariencia de una intrusión bárbara.”

Pero donde unos veían caos en las protestas de los estudiantes universitarios, en las comunas hippies, en los deadheads [seguidores de la banda The Grateful Dead, pero también usuarios de drogas psicodélicas] y en los camellos, Roszak vio un movimiento serio posiblemente de valor compensatorio, una oposición juvenil a la “tecnocracia” que decía estaba en el origen de problemas como la guerra, la pobreza, la desarmonía social y el deterioro ecológico.

“Fue una época en la que ocurrió un inmenso trastorno cultural en el país. ¿Pero en qué consistía? ¿Era solamente un montón de conductas anómalas? ¿Era… una de las consecuencias no previstas de la Guerra de Vietnam? No había herramientas conceptuales para entenderlo”, cuenta en una entrevista Todd Gitlin, profesor en la Universidad de Columbia que escribió una popular historia de los años sesenta. “La gente estaba tratando de entender qué estaba pasando. Él le dio nombre. Es por eso que el libro fue un éxito.”

Roszak escribió o publicó más de diecisiete libros, incluyendo ‘La voz de la tierra’ [The Voice of the Earth: An Exploration of Ecopsychology] (1992), un revolucionario trabajo sobre la relación entre la salud planetaria y la personal.

Incursionó también en la industria cinematográfica, el fundamentalismo y el lado oscuro de la tecnología en varias novelas, incluyendo ‘Plaga’ [Bugs] (1981), ‘Parpadeo’ [Flicker] (1991) y ‘El diablo y Daniel Silverman’ [The Devil and Daniel Silverman] (2003). ‘Memorias de Elizabeth Frankenstein’ [The Memoirs of Elizabeth Frankenstein] (1995) inspiraron la poco convencional vida de Mary Shelley, que escribió la historia original de Frankenstein; también ganó el Premio James Tiptree Jr. por su exploración de temas de género.

“Siempre estaba tratando de mirar debajo de las cosas, qué significa todo eso”, recuerda Ernest Callenbach, colega escritor de Berkeley cuya novela ‘Ecotopía’ [Ecotopia], de 1975, fue también un hito histórico de la contracultura.

Hijo de un carpintero, Roszak nació en Chicago el 15 de noviembre de 1933. Más tarde su familia se mudó a Los Angeles, donde estudió en la Escuela Secundaria Dorsey antes de licenciarse en historia en la Universidad de California en Los Angeles en 1955. Se doctoró en historia en la Universidad de Princeton en 1958 y en 1959 se incorporó como docente a la Universidad de Stanford.

En 1963 se incorporó al departamento de historia de la Cal State Hayward (en 2005 se convirtió en la Cal State East Bay). Más tarde tomó un permiso de un año para publicar un pequeño diario pacifista en Londres. Estaba allí cuando en 1964 estalló en la Universidad de California en Berkeley el movimiento por la libertad de expresión.

En el verano de 1967, Roszak estaba trabajando en una serie de artículos para el diario The Nation sobre las protestas universitarias que se extendían por todo el país. Estaba todavía en Londres cuando empezó a oír sobre raros acontecimientos en el distrito Haight-Ashbury en San Francisco, epicentro del movimiento hippie durante el llamado Verano del Amor.

Mientras que la mayoría de los informes de prensa se concentraron en los aspectos más extravagantes del acontecimiento cultural espontáneo que atrajo a miles de jóvenes hacia el Área de la Bahía, “para entonces yo estaba convencido de que se trataba de algo más que de sexo, drogas y rock ‘n’ roll”, dijo Roszak en una entrevista con la Chronicle of Higher Education en 2007. “No que el sexo, las drogas o el rock ‘n roll no tuvieran relevancia… ¿Pero se puede dar a esa declaración una traducción filosófica más accesible? Esa fue la tarea que me impuse” en lo que llegaría a ser ‘El nacimiento de una contra cultura.’

El crítico Robert Kirsch escribió en Los Angeles que el análisis de Roszak de las ideas que daban forma a la mentalidad de la contracultura era “críticamente sólido, reflexivo y difícil.” En el New York Times, Robert Paul Wolff concedió que Roszak “puede tener razón de que nuestros jóvenes están huyendo del ideal de la razón”, pero concluyó que el autor “culpaba demasiado rápidamente a la cosmovisión científica de todos los males de la sociedad.”

Cuando se publicó ‘El nacimiento de una contra cultura’, Roszak era, según las normas de la contracultura, demasiado viejo para ser fiable: tenía 35 años. Simpatizaba con los objetivos del movimiento, pero criticaba algunos de sus medios, particularmente la popularidad de las drogas alucinógenas. “Tenía los pies en la tierra”, dijo su esposa.

Se retiró de la docencia en 1998, pero siguió estudiando a los chicos de los años sesenta, ahora todos en la tercera edad. Concentrándose en lo que llamó la revolución de la longevidad, produjo, cuarenta años más tarde, una especie de secuela a su libro de 1969. La tituló ‘The Making of an Elder Culture.’

Pienso luego… ¿plagio?

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La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestras razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda
La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestra razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda

El título de «Antoniana Margarita» apenas dice nada al común de los mortales, pero este libro español del siglo XVI ha provocado acalorados debates de eruditos sobre si Descartes lo plagió en su obra fundamental y ha excitado la codicia de empedernidos bibliófilos.

El título completo de este tratado de 1554 de Gómez Pereira es «Antoniana Margarita. Una obra tan útil como necesaria para físicos, médicos y teólogos», o más bien habría que decir «Opus nempe physicis, medicis ac theologis non minus vtile quam necessarium», porque no se publicó en castellano hasta el año 2000 y había que ser muy ducho con el latín para atreverse siquiera a mencionarlo.

Toda una corriente de pensadores sostiene que ese libro puso las bases del pensamiento científico moderno e inspiró una de las obras fundamentales de la Historia de la Filosofía, «El discurso del método», de René Descartes (1637), por no decir algo menos decoroso para el autor francés, que incluso tuvo que defenderse en vida del reproche de haber fusilado las tesis del médico y humanista español.

El libro solo se publicó dos veces, por lo que poseer una copia estaba al alcance de muy pocos. De hecho, una de las mentes más enciclopédicas que ha dado España, Menéndez Pelayo, llegó a escribir de él: «Más estimaría poseer un ejemplar que ser rey de Celtiberia».

El intelectual montañés no hacía esa afirmación a la ligera, sino después de dedicarle todo un estudio a una obra que predica la duda como método científico y en la que Gómez Pereira acaba sentenciando: «Nosco me aliquid noscere: at quidquid noscit, est: ergo ego sum». Es decir: «Conozco que conozco algo. Todo lo que conoce existe; luego yo existo», frase más que parecida a la célebre cita de Descartes, escrita 83 años después: «Cogito ergo sum» («Pienso, luego existo»).

Pasadas tres décadas de la muerte de don Marcelino, en marzo de 1944, dos exiliados españoles en el Reino Unido discuten por carta quién ha podido comprar un ejemplar que acaba de vender un librero de Óxford, en dos misivas tan llenas de referencias ilustradas como de acendradas pullas entre antiguos amigos con cuentas pendientes.

Son el último jefe de gobierno de la República, el científico canario Juan Negrín, y el exembajador de España en Alemania y Francia, el periodista cántabro y líder socialista Luis Araquistáin.

La obra es un caramelo para apasionados de los libros antiguos, sobre todo si su interés versa sobre la historia de la ciencia en España. Y tanto Negrín como Araquistáin, distanciados hace tiempo por sus diferencias políticas, están enfermos de ese virus.

En marzo de 1944, el exdiputado socialista escribe al dirigente republicano para pedirle que se pase por su casa de Londres «a comer un arroz». «Y de paso me traerá usted un libro de Gómez Pereira que no hace mucho vendió el librero Rosenthal, de Oxford, y como en este país no hay seguramente más que dos personas a quien esa obra interesa, usted y yo, sólo usted debe ser el comprador».

La carta de Araquistáin se encuentra en el archivo del gobernante y forma parte de la exposición que su Fundación y el Instituto Cervantes mostrarán en Valencia a partir de este martes, dedicada a su pasión por los libros («La biblioteca errante. Negrín y los libros»), tras haber pasado por París y Las Palmas de Gran Canaria.

Araquistáin le dice a Negrín que esa obra de Gómez Pereira trata poco de medicina y más de otros asuntos de su interés, por lo que apela a «la justicia cultural y la calidad humana» para que se lo cambie por otro de su biblioteca que «también sea digno de la suya».

Negrín le responde días después, también por escrito, que tiene otro libro de Gómez Pereira sobre medicina, publicado en 1558, pero no la «Antoniana Margarita», obra -dice- que hace tiempo que persigue. «Si cayera en mis manos, no la soltara, por las razones que van y por las que vienen», escribe un coleccionista que posee primeras ediciones de «El Quijote», del siglo XVII, bulas papales originales o valiosos volúmenes de intelectuales del Siglo de Oro.

Pero le miente sin recato. Se vendió en Sotheby’s en una subasta en la que fueron precisos dos días (3 y 4 de febrero de 1958) para dar salida a 544 lotes de libros «propiedad de un coleccionista privado español», que no era otro que Negrín, muerto dos años antes.

«Y solo era la biblioteca que consiguió formar en Londres», remarca José Medina, presidente de la Fundación Negrín, que recuerda que la otra, la que le siguió de Madrid a Barcelona, Valencia y Francia permanece en la casa de la familia en París, con miles de libros por catalogar, algunos casi únicos, como una edición de «España en el corazón», de Pablo Neruda, editada en 1938 con una imprenta de campaña y papel elaborado con ropas de los soldados.

Clifford D. Simak, el cosmos que huele a hierba

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Simak creía que la ciencia ficción no basada en hechos científicos era responsable de que el género no se tomara en serio, y declaró que su objetivo era hacer del género una parte de lo que él llamó "ficción realista"
Simak creía que la ciencia ficción no basada en hechos científicos era responsable de que el género no se tomara en serio, y declaró que su objetivo era hacer del género una parte de lo que él llamó «ficción realista»

Clifford Donald Simak (3 de Agosto 1904-25 de abril 1988) es uno de los autores de la Edad de oro de la ciencia ficción, admirado por autores como Asimov o Heinlein.

Su labor como escritor del género comenzó en la década de los 30 y se prolongó hasta practicamente su muerte. Son novelas suyas Ciudad (1953, International Fantasy Award), Estación de tránsito (Premio Hugo, 1964) o Herencia de estrellas (Premio Júpiter, 1978).

Hijo de un inmigrante polaco, nació en Milville, un pequeño pueblo de Wisconsin, y se crió allí, con su hermano, en el ambiente rural de la granja paterna. Luego estudió en la Universidad de Wisconsin.

Tras licenciarse, trabajó en Wisconsin como profesor de primaria. En 1929 se casó con Agnes Kuchenberg, con quien tuvo dos hijos. El nacimiento de estos hijos fue uno de los motivos que lo indujeron a buscar trabajos más lucrativos, y así comenzó a trabajar como periodista en diferentes diarios y comenzó también su carrera como escritor de ciencia ficción. En 1939 entró a trabajar en el Minneapolis Star and Tribune de Minessota, donde se jubilaría en 1976.

Su afición por el género nació leyendo a H.G Wells y su contribución a él se prolonga a lo largo de medio siglo. Comenzó en las revistas pulp (1931-33) y después, tras la llegada de Campbell (1937), fue colaborador asiduo de Astounding Stories. No se dedicó a la ciencia ficción en el período intermedio porque no le gustaba la dirección que estaba tomando.

En sus obras Simak ha tratado prácticamente todos los temás de la «cifi»: viajes en el tiempo, mundos paralelos, mutantes, androides, y ha tocado también el mundo de la fantasía. El toque bucólico y de apego a la naturaleza, donde se reconoce fácilmente al hombre de origen campesino, es quizá su marca de fábrica.

Aparte del reconocimiento a toda su carrera con el Damon Knight Memorial Grand Master (prácticamente el Nebula honorífico) en 1976 y el Bram Stoker en 1988, sus obras fueron galardonadas en diversas ocasiones: tres Hugos (la novela corta Un gran patio delantero en 1959, la novela Estación de tránsito en 1964 y el relato corto La gruta de los ciervos dannzarines en 1981), un Nebula, un Locus (en 1981, al mismo relato), un International Fantasy Award (mejor novela, a Ciudad, en 1953) entre otros premios y nominaciones adornan su carrera.

Simak escribió ciencia ficción sociológica —colaboró por ejemplo durante el primer ciclo de Venture Science Fiction—, pero también planteó en sus obras los problemas del tiempo, de la técnica y del futuro. En algunas de sus obras, Simak resucita dragones, fantasmas, silfos, gnomos y hadas en universos donde luchan terrestres y extraterrestres.

La obra de Simak ha tratado temas como la sociología, la técnica y las paradojas temporales. Han llegado a catalogar su obra como ciencia ficción pastoral. Este adjetivo puede resultar sorprendente, pero profundizando en sus novelas y relatos, resulta apropiado, ya que Simak ha conjugado los temas clásicos del género (robots, viajes interestelares, Viajes en el tiempo, universos paralelos…) con el amor por la naturaleza, y por las pequeñas comunidades rurales del Oeste americano. Esto da a su obra un cierto tono onírico y fantástico que lo asemeja a Ray Bradbury. Además, llevó adelante una amplia labor divulgativa como coordinador de la Minneapolis Tribune’S Science Reading Series.

Simak escribió numerosos cuentos y novelas de ciencia ficción, destacando por «Ciudad», obra que le valió premios tan importantes como el International Fantasy Award y el Premio Hugo. Posteriormente su estilo se adaptó a nuevas tendencias como la New Wave, llegando a ser escogido en 1976 como Gran Maestro por la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción.

El tema religioso a menudo está presente en la obra de Simak, pero los protagonistas que han buscado a Dios en un sentido tradicional tienden a encontrar algo más abstracto e inhumano. Hezekiel en A Choice of Gods no puede aceptar esto. Cita: “Dios debe ser, para siempre, un caballero amablemente viejo (humano) con una barba larga, blanca y fluida”.

Muchos de sus extraterrestres tienen un sentido del humor seco y de otro mundo, y otros son involuntariamente divertidos, ya sea en su discurso o en su apariencia.

Las historias de Simak a menudo repiten algunas ideas y temas básicos. Lo primero y más importante es un entorno en la zona rural de Wisconsin. Un personaje de madera de bosque crujiente individualista literalmente viene con el territorio, el mejor ejemplo es Hiram Taine, el protagonista de The Big Front Yard . El perro de Hiram “Towser” (a veces “Bowser”) es otra marca registrada de Simak que es común en muchas de sus obras. Pero el entorno rural no siempre es tan idílico como aquí; y en Ring Around the Sun está dominado en gran medida por la intolerancia y el aislacionismo.

El viaje en el tiempo también juega un papel importante en Time and Again, ingeniosamente construido, que luego se aventura en la metafísica. Un viajero espacial perdido desde hace mucho tiempo regresa con un mensaje que tiene un sesgo Ciencia Ficción y un tono religioso. Habiéndose estrellado en un planeta, él es nutrido por espíritus duplicados etéreos ¿Almas? que parecen acompañar a todo ser consciente durante toda la vida. Sus confusas observaciones son aprovechadas por facciones religiosas, y un cisma amenaza con estallar en una guerra en la Tierra.

Inteligencia, lealtad y amistad, la existencia de Dios y las almas, los beneficios inesperados y el daño de la invención, herramientas como extensiones de la humanidad, y más preguntas a menudo son exploradas por los robots de Simak, a quienes usa como “humanos sustitutos”. Sus robots comienzan como agradables personas mecánicas, pero se transforman de maneras sorprendentes. Habiendo alcanzado la inteligencia, los robots se mueven hacia temas comunes tales como, “¿Por qué estamos aquí?” y “¿Los robots tienen alma”?

Muchos escritores de ciencia ficción escribieron sobre superhombres invencibles, pero Simak escribió sobre gente común que no siempre ganaba.

«En ocasiones, he tratado de ubicar a los humanos en perspectiva contra la inmensidad del tiempo y el espacio universales», dijo una vez. «Me he preocupado por dónde podemos ir, como raza, y cuál puede ser nuestro propósito en el esquema universal, si tenemos un propósito».

«En general, creo que sí, y quizás uno importante».