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El infinito planeta Pratchett

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Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido:  la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas
Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido: la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas

Terence David John Pratchett, más conocido como Terry Pratchett, el satírico demiurgo del Mundodisco, legó uno de los universos fantásticos más originales de la creación contemporánea, que ha sido capaz de vender más de 85 millones de libros en 37 idiomas.

De hecho, se trata del segundo autor británico de ficción con mejores ventas después de J.K.Rowling pero, a diferencia de ésta que obtuvo el éxito exclusivamente por su saga de Harry Potter, la producción del de Beaconsfield es mucho más prolífica y novedosa y abarca también novelas juveniles, relatos cortos e incluso guiones para las adaptaciones televisivas de sus novelas.

El joven Pratchett publicó su primer relato a los 13 años en una revista de su colegio y se orientó profesionalmente hacia el periodismo para desarrollar su don para la escritura, que ejercía con facilidad y gran fluidez como demuestra su larga lista de publicaciones.

Después de todo, tal y como dejó dicho en su Papá puerco: “A los dioses no les gusta que las personas no trabajen mucho. Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar, por ejemplo”.

En 1971, trabajando ya como periodista, publicó con 23 años su primer libro, La gente de la alfombra, que fue muy bien recibido por la crítica y que supuso el comienzo de una producción ininterrumpida que alcanzó el definitivo éxito comercial a partir de 1983 gracias a El color de la magia, la primera de sus cuarenta obras publicadas sobre el Mundodisco.

El escenario de todas ellas es una dimensión paralela construida sobre la base de las antiguas leyendas orientales: un territorio plano que se sujeta sobre cuatro colosales elefantes a su vez apoyados en el caparazón de una inmensa tortuga cósmica.

En este Mundodisco se suceden las aventuras de multitud de personajes que se ambientan en épocas distintas entre la Edad Media y la época victoriana, parodiando desde los cuentos de hadas tradicionales hasta la obra de verdaderos colosos del género fantástico, como H.P. Lovecraft, Robert E. Howard, J.R.R. Tolkien e incluso con referencias a William Shakespeare.

Entre los protagonistas de su saga figuran el antiheroico hechicero Rincewind -al que le gustaría tener una vida mucho más aburrida de la que le depara su autor-, La Muerte -tradicionalmente esquelética y armada con guadaña, pero acompañada igualmente por familiares como su nieta Susan Sto Helit-, un envejecido pero animoso bárbaro llamado Cohen -trasunto humorístico del original Conan-, la aprendiz de bruja Tiffany Arching -ayudada por unos duendecillos indeseables apodados pictsies– y hasta un mueble con iniciativa propia -y muy mala uva- llamado simplemente el Equipaje.

Dioses de humor variable, magos de todos los pelajes, bibliotecarios transformados en orangutanes, estafadores malévolos y muchos otros seres aparecen en esta saga que cuenta con obras especialmente memorables como La luz fantástica, Mort, ¡Guardias, guardias! o Los pequeños hombres libres, entre otras.

Además de las novelas de Mundodisco, Pratchett escribió otros textos célebres como la conocida trilogía de los gnomos (Camioneros, Cavadores y La nave) y la de Johnny Maxwell (Sólo tú puedes salvar a la humanidad, Johnny y la bomba y Johnny y los muertos) o novelas en colaboración como Buenos presagios con Neil Gaiman y La tierra larga con Stephen Baxter.

Su obra ha conocido adaptaciones con mayor o menor fortuna a la televisión, el cine, los dibujos animados, los videojuegos y hasta el teatro.

La imagen de Pratchett, hombre afable e irónico que fue uno de los primeros escritores en comunicarse personalmente con sus fans a través de internet, era particularmente reconocible en las convenciones del fandom merced a su inconfundible sombrero negro que le confería un aire de brujo de otra dimensión, mal camuflado a la hora de manifestarse en la nuestra.

De hecho, vivía en una casa muy cerca del singular entorno lítico de Stonehenge, en el condado de Wiltshire, por lo que en realidad no sería nada extraño que viniera de un mundo paralelo y se hiciera pasar por un ser humano corriente…

De fino humor e intereses múltiples, él mismo advertía de que “el problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro de uno para poner allí sus cosas”.

Su popularidad alcanzó tal calibre que en 1998 fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, aunque con su habitual sorna en principio estuvo tentado a rechazar un nombramiento que creía era una simple tomadura de pelo.

Entre otros reconocimientos recibió también el título de doctor honoris causa por las universidades de Warwick y de Portsmouth, además de premios como el Margaret Edwards o el Wodehouse.

El propio autor anunció oficialmente en diciembre de 2007 que padecía una de las enfermedades más crueles del mundo moderno: el mal de Alzheimer, que acabó con su vida 8 años después, el 12 de marzo de 2015.

Con gran entereza, trabajó hasta el momento en el que la enfermedad le imposibilitó seguir materializando el enjambre de ideas y planes que aún guardaba en su cabeza, pero nunca mostró miedo ante su destino pues, como dice uno de sus personajes en Tiempos interesantes: “lo que no muere no puede vivir, lo que no vive no puede cambiar, lo que no cambia no puede aprender… La criatura más diminuta que muere en la hierba sabe más que tú, diosa”.

O, quién sabe, tal vez se aburrió de la creciente seriedad imperante en el mundo y decidió volver a Ankh-Morpork, en busca de algo más interesante que el olor de las amapolas…

Marguerite Duras en el silencio del quejido

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La escritura depurada, lírica, muy sintética y llena de música es un sello de Marguerite Duras
La escritura depurada, lírica, muy sintética y llena de música es un sello de Marguerite Duras

Ha pasado más de un siglo después del nacimiento de Marguerite Duras, para quien escribir era «aullar sin ruido» y confesar, «borrar huellas». A eso se dedicó con vehemencia toda su vida la escritora francesa, que en la actualidad, tras mucho dolor y sinceridad, es un clásico de la literatura universal.

Marguerite Duras, aunque su apellido real era Donnadieu, nació el 4 de abril de 1914 en Gia Dinh (Saigón), antigua Indochina, hoy Vietnam. Su padre, profesor de matemáticas y colono, murió cuando ella tenía cuatro años. Su madre, maestra, que tuvo otros dos hijos después, se dedicó a cuidar las tierras en una precaria situación económica, y aceptó que, al menos por una vez, su jovencísima hija Marguerite se prostituyera. Una experiencia que dejó una marca imborrable en Marguerite Duras, que alimentó su escritura y empezó a esculpir como en el barro las arrugas de su vida, que luego plasmaría en El amante, la novela con la que ganó el premio Goncourt en 1984, que fue todo un éxito, traducido a 40 idiomas.

«Fue esa tarde cuando Léo me besó en la boca. Lo hizo por sorpresa. Experimenté una repulsión verdaderamente indescriptible…». Así escribe Marguerite Duras su encuentro con el que sería el protagonista de El amante. «A los 18 años envejecí» Y también, «A los 18 años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo…ese envejecimiento fue brutal», decía Duras, dando prueba de que la autora francesa no escribió una sola línea que no hubiese vivido. Convirtió su vida en su propio material literario.

El amante deslumbró por la sinceridad que derramó Duras al relatar su intimidad y sexualidad, en la compleja relación que mantuvo con Léo, el comerciante chino al que conoció en un transbordador que cruzaba el río Mekong, cuando ella tenía quince años y él veintiséis.

El éxito de El amante le llegó cuando ella tenía 70 años, pero en su vida no hizo otra cosa que escribir, escribir novelas, cine o teatro, para chillar en silencio contra el olvido. Cuando murió, Marguerite Duras dejó tras ella 19 películas y más de 50 textos entre novelas, relatos, obras de teatro y guiones de cine, sin contar con los numerosos artículos escritos en prensa. Una vida que estuvo marcada por una dura infancia y adolescencia pero también por su juventud en un contexto político explosivo.

A los 18 años Duras se trasladó a París a estudiar Derecho, Matemáticas, Ciencias Políticas y Económicas. Duras se casó en 1939 con el escritor Robert Antelme, autor de La especie humana, quien fue delatado y arrestado por la Gestapo en 1942 y llevado a Buchenwald. Ella se enroló también en las filas de la Resistencia y allí conoció a François Mitterrand y a Dyonis Mascolo, con quien tuvo un hijo, Jean Mascolo.

Militante del Partido Comunista Francés, que abandonó pronto, Marguerite Duras también fue deportada a Alemania. Pero una vez terminada la guerra se diluyó en la escritura y el alcohol.

Sus primeros relatos aparecieron en la revista Les temps modernes, fueron considerados de tono existencialista pero luego, ya en los años 50, se la calificó como la figura del Nouveau roman.

En 1943 publicó su primera novela, Los impúdicos, a la que siguieron La vida tranquila y su dedicación también al cine como guionista y más tarde como realizadora. Fue guionista de Hiroshima, mon amour, el gran éxito de Alain Resnais, y dirigió India Song y Noche negra en Calcuta.

Toda su obra lleva su carne como nutriente y todo su universo sensitivo, por eso terminó exhausta y con varios comas etílicos. Su escritura depurada hasta el máximo, lírica, muy sintética y llena de música es un sello inconfundible de la autora de El amante de la China del Norte, El amor, Escribir, Los ojos azules pelo negro, El arrebato de Lol V.Stein o Emily L, entre otros títulos. Libros que están todos ellos en la editorial Tusquets, que reedita su obra.

Marguerite Duras pasó los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1996, con Yann Andrea, su último amante, compañero, cocinero y chófer, 40 años menor que ella y homosexual. «Todos los hombres son homosexuales en potencia, solo les falta saberlo», escribió Duras.

En la actualidad, la obra completa de esta escritora forma parte del catálogo de la prestigiosa colección de La Pléiade, de Gallimard, donde están los clásicos.

Sentimientos en el túnel de la razón

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Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él
Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él

El neurocientífico portugués Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias de Ciencia en 2005, considera que «estamos tan centrados en las matemáticas, los números y la tecnología que nos hemos olvidado de lo que nos construye como seres humanos: los sentimientos».

Damasio, que es director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California y autor de conocidos libros en su campo como «El error de Descartes» y «En busca de Spinoza», es también quien firma «El extraño orden de las cosas», en el que defiende que los sentimientos son la base de la cultura humana.

El libro revoluciona el paradigma sobre el origen de las emociones y las culturas, aportando una nueva visión sobre cómo cuerpo y mente están relacionados y cómo nuestras formas de organización social descienden de las formas de vida unicelulares a lo largo de millones de años.

«La novedad del libro radica en que actualmente la gente tiende a despreciar los sentimientos. Nos hemos centrado en la ciencia y la tecnología, pero en realidad la clave de todo está en los sentimientos, porque somos seres que sentimos: ésta es la clave. El resto de cosas, como el intelecto o la visión del mundo, vienen después del ser», subraya Damasio.

El autor también aclara el significado del título: «‘Extraño orden de las cosas’ viene porque en la evolución hay cierto orden: empezamos con la regulación de la vida, después con los sentimientos y, por último, con la creación de productos culturales».

Damasio añade que «en el libro explico por qué tenemos preocupaciones por el mundo, por qué tenemos sentimientos y a través de ellos creamos la cultura. Es a partir de los sentimientos que surge la humanidad».

El neurocientífico habla de su preocupación acerca de las problemáticas sociales actuales, las cuales achaca a «una gran crisis que ha derivado en un populismo que amenaza en destruir las democracias actuales».

Damasio ha reivindicado que «muchos de estos problemas no los podemos solucionar solo usando la razón o el conocimiento, sino que debemos aplicar también los sentimientos».

«La actitud basada solo en el conocimiento crea dogmatismos, de lo que viven los grandes sistemas fascistas. La parte emocional, sin embargo, es la que nos permite activar los mecanismos de negociación, que servirán para solucionar las crisis», asegura Damasio.

Según el neurocientífico, la clave está en entender los sentimientos y «entender también que tienen mucha variedad. Hay emociones positivas, como la compasión, la comprensión o el amor, y también negativas, como la ira, el desprecio o el orgullo, por lo que, si queremos progresar, debemos promover las buenas emociones».

Damasio expone que, «si alguien te grita que hagas algo, pese a que sea completamente racional, tu primera reacción será de no querer hacerlo. Sin embargo, si intentas persuadir y negociar, con el afecto por delante, muy probablemente esa persona sí te escuche.»

Y sentencia que «la ciencia y la razón no salvarán el mundo: lo que necesitamos es la negociación combinada con sentimientos. A través de la negociación podemos llegar a un consenso para garantizar la supervivencia de la humanidad; si no, podemos entrar en una espiral de destrucción absoluta».

Para recalcar el papel fundamental que han ejercido los sentimientos en el desarrollo del mundo actual, Damasio apunta que «la cultura y el intelecto nacen esencialmente del lenguaje, pero el lenguaje no habría existido nunca si apartamos los sentimientos».

El intransigente en la fantasía surrealista

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Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra
Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra

Uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve. Este fue el legado que dejó Julio Cortázar, creador de importantes obras como ‘Rayuela’ o ‘Libro de Manuel’, que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en el mundo hispano, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal.

Puede que algunos le recuerden mejor con frases como esta: ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’, que probablemente sea una de las más célebres de Cortázar, uno de los escritores más reconocidos a nivel mundial por su destacable obra, que va desde la realidad más surrealista a la fantasía más intransigente.

Perteneciente al ‘boom’ de la literatura hispanoamericana del siglo XX, lo mejor de Cortázar fue su fiel interés por la investigación de lo cotidiano, siempre buscando nuevas formas de atracción y originalidad que han conseguido situarle entre una de las influencias más notorias de los autores actuales.

Nacido en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914, el escritor vivió tanto su infancia como la adolescencia e incipiente madurez en Argentina. Algunas de sus memorias expresan cómo era su vida en aquella Argentina gris en la que creció y de la que habla como «un paraíso en el que yo era Adán, donde no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados».

Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en la cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. A los nueve años ya había leído a algunos de los grandes como Julio Verne, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe.

En la década de los 50’s se trasladó a Europa para trabajar como traductor de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el Viejo Continente residió en Italia, España, Suiza y Francia, país que iba a ser referencia mundial a nivel social y cultural, así como el lugar en el que ambientó algunas de sus obras.

Durante su estancia, surgió un grupo de grandes autores entre los que Cortázar también se encontraba como protagonista. Los destacados escritores eran el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y los mexicanos Carlos Fuentes y Juan Rulfo aunque, entre todos ellos, destaca Jorge Luis Borges, también bonaerense.

Cortázar también se volcó en la preocupación social del momento, centrándose en los movimientos izquierdistas y las clases más desfavorecidas, así como en los temas institucionales. Viajó a Cuba durante la revolución de 1962, acudió a la posesión del presidente chileno Salvador Allende y apoyó al movimiento sandinista nicaragüense, por lo que se convirtió en un verdadero activista político.

Tras una vida de dedicación casi exclusiva al conocimiento y a la escritura, pasando por los viajes y la experimentación, Cortázar regresó a Argentina al finalizar la dictadura, donde fue recibido con mucha emoción y cariño.

Sin embargo, volvió a Francia, lugar donde vivió sus últimos días hasta que una leucemia se lo llevó el 12 de febrero de 1984. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, un lugar de peregrinación para los amantes de sus palabras y poesías.

La literatura de Cortázar parte de un cuestionamiento vital, cercano a los planteamientos existencialistas en la medida en que puede caracterizarse como una búsqueda de la autenticidad, del sentido profundo de la vida y del mundo. Tal temática se expresó en ocasiones en obras de marcado carácter experimental, que lo convierten en uno de los mayores innovadores de la lengua y la narrativa en lengua castellana.

Como en Jorge Luis Borges, sus relatos ahondan en lo fantástico, aunque sin abandonar por ello el referente de la realidad cotidiana: de hecho, la aparición de lo fantástico en la vida cotidiana muestra precisamente la abismal complejidad de lo «real». Para Cortázar, la realidad inmediata significa una vía de acceso a otros registros de lo real, donde la plenitud de la vida alcanza múltiples formulaciones. De ahí que su narrativa constituya un permanente cuestionamiento de la razón y de los esquemas convencionales de pensamiento.

En la obra de Cortázar, el instinto, el azar, el goce de los sentidos, el humor y el juego terminan por identificarse con la escritura, que es a su vez la formulación del existir en el mundo. Las rupturas de los órdenes cronológico y espacial sacan al lector de su punto de vista convencional, proponiéndole diferentes posibilidades de participación, de modo que el acto de la lectura es llamado a completar el universo narrativo. Tales propuestas alcanzaron sus más acabadas expresiones en las novelas, especialmente en Rayuela, considerada una de las obras fundamentales de la literatura de lengua castellana, y en sus relatos breves, donde, pese a su originalísimo estilo y su dominio inigualable del ritmo narrativo, se mantuvo más cercano a la convenciones del género. Cabe destacar, entre otros muchos cuentos, Casa tomada o Las babas del diablo, ambos llevados al cine, y El perseguidor, cuyo protagonista evoca la figura del saxofonista negro Charlie Parker.

Aunque su primer libro fueron los poemas de Presencia (1938, firmados con el seudónimo de «Julio Denis»), seguidos por Los reyes, una reconstrucción igualmente poética del mito del Minotauro, esta etapa se considera en general la prehistoria cortazariana, y suelen darse como inicio de su bibliografía los relatos que integraron Bestiario (1951), publicados en la misma fecha en la que inició su exilio. A esta tardía iniciación (se acercaba por entonces a los cuarenta años) suele atribuirse la perfección de su obra, que desde esa entrega no contendrá un solo texto que pueda considerarse menor.

Cabe señalar, además, una singularidad inaugurada en simultáneo con esa entrega: las sucesivas recopilaciones de relatos de Cortázar conservarían esa especie de perfección estructural casi clasicista, dentro de los cánones del género. El resto de su producción (novelas extraordinariamente rupturistas y textos misceláneos) se aleja hasta tal punto de las convenciones genéricas que es difícilmente clasificable. De hecho, buena parte de la crítica aprecia más su faceta de cuentista impecable que la de prosista subversivo.

Los cuentos

En el ámbito del cuento, Julio Cortázar es un exquisito cultivador del género fantástico, con una singular capacidad para fusionar en sus relatos los mundos de la imaginación y de lo cotidiano, obteniendo como resultado un producto altamente inquietante. Ilustración de ello es, en Bestiario (1951), un cuento como «Casa tomada», en el que una pareja de hermanos percibe cómo, diariamente, su amplio caserón va siendo ocupado por presencias extrañas e indefinibles que terminan provocando, primero, su confinamiento dentro de la propia casa, y, más tarde, su expulsión definitiva.

Lo mismo podría decirse a propósito de Las armas secretas (1959), entre cuyos cuentos destaca «El perseguidor», que tiene por protagonista a un crítico de jazz que ha escrito un libro sobre un célebre saxofonista borracho y drogadicto. Cuando se dispone a preparar la segunda edición del mismo, Jonnhy, el saxofonista, quiere exponerle sus opiniones acerca de su propia música y el libro, pero, en realidad, no le cuenta nada; no parece que tenga nada profundo que decir, como tampoco lo tiene el autor del libro, por lo que, muerto Jonnhy, la segunda edición únicamente se diferencia de la primera por el añadido de una necrológica.

En los cuentos de Final del juego (1964), encontramos algunas de las descripciones más crueles de Cortázar, como por ejemplo «Las ménades», una auténtica pesadilla; pero también hay sátiras, como ocurre en «La banda», en el que su protagonista, cansado del sistema imperante en su país (clara alusión al peronismo), se destierra voluntariamente, como Cortázar hizo a París en 1951. En «Axolotl», tras contemplar diaria y obsesivamente un ejemplar de estos anfibios en un acuario, el narrador del cuento se ve convertido en uno más de ellos, recuperando de tal manera el tema del viejo mito azteca.

De Todos los fuegos el fuego (1966), compuesto por otros ocho relatos, hay que destacar «La autopista del Sur», historia de un amor nacido durante un embotellamiento, cuyos protagonistas, que no se han dicho sus nombres, son arrastrados por la riada de vehículos cuando el atasco se deshace y no vuelven ya nunca a encontrarse. Impresionante es asimismo el cuento que da título a la colección, en el que se mezclan admirablemente una historia actual con otra ocurrida cientos de años atrás.

En los también ocho cuentos de Octaedro (1974), lo fantástico vuelve a mezclarse con la vida de los hombres, casi siempre en el momento más inesperado de su existencia. Más cercanas a lo cotidiano y abiertas a la normalidad son sus tres últimas colecciones de relatos, Alguien que anda por ahí (1977), Queremos tanto a Glenda y otros relatos (1980) y Deshoras (1982), sin que por ello dejen de estar presentes los temas y motivos que caracterizan su producción.

Rayuela

Para muchos, su gran obra maestra es ‘Rayuela’, una de las mejores de la literatura hispana de los últimos tiempos, publicada a comienzos de los 60 y capaz de generar diferentes conciencias tras su lectura.

‘La Maga’ es su protagonista, uno de los personajes más complejos y misteriosos de todos sus trabajos. La metafórica forma de desentrañar a su personaje está inscrita bajo la sensualidad y el fatalismo, una magia que se mueve entre lo bohemio y lo trágico a ritmo de jazz y desenfado.

Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce(1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)
Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce (1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)

Sus múltiples ángulos de lectura, con episodios salteados que proponen una perspectiva original y diferente a cualquier otro documento, generan un nuevo punto de vista sobre el amor y el romanticismo.

También destaca ‘Bestiario’, su primera obra, publicada en 1951 e integrada por ocho cuentos, en la que ya se intuía su capacidad artística para hilar lo más ordinario con su aspecto más contradictorio.

Más adelante, en 1959 apareció ‘Las armas secretas’, una recopilación de cinco cuentos entre los que se encuentra ‘El perseguidor’, señalado como uno de los fragmentos más importantes de su obra.

Gracias al nacimiento de géneros tan inabarcables como el rock y el jazz y los movimientos por la paz en París en 1969, Cortázar adquirió una amplia experiencia que le sirvió de inspiración para sus prosas y cuentos. Sin embargo, entre dichos influjos de conocimiento también aparecieron los idearios políticos que le llevaron a romper la linealidad de los cuentos.

Ente ellos destaca ‘Libro de Manuel’, publicado en 1973 como un conjunto de gráficos artículos periodísticos que le sirvieron de base para mostrar su línea de pensamiento más realista y, en consecuencia, más criticada por los especialistas.

Un punto de vista más personal que, si bien nos hace conocer mejor al autor, también nos muestra una de esas caras de su poliédrica personalidad que tanto ha influido en la literatura. Contra tanta crítica, esta obra nos deja frases como «Los libros deben defenderse por su cuenta, y éste lo hace como un gato panza arriba cada vez que puede».

Arendt, la verdad en la neblina

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A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Se enamoró hasta las cachas de su profesor, Martin Heiddegger
A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Martin Heidegger y Hannah Arendt vivieron un intenso romance en Marburgo desde finales de 1924 hasta la primavera de 1926. Hannah tenía 17 años cuando conoció a su profesor de filosofía, que había cumplido los 35 y estaba casado. No hay más que leer las cartas de amor entre ambos para comprender la profundidad de la relación, que fue para ambos la más importante de su vida. Aunque el alejamiento físico se produce en 1926, los dos siguieron escribiéndose hasta julio de 1975, fecha de la última misiva de Heidegger, un año antes de su muerte.

La gran filósofa alemana de origen judío Hanna Arendt, fallecida en 1975 en Estados Unidos, es justamente recordada gracias a una biografía de la escritora francesa Laure Adler. En ‘Hanna Arendt’, que ha editado Destino, Adler, también autora de una conocida biografía de Marguerite Duras y de varios estudios sobre el feminismo, se acerca a esta imponente pensadora, sin duda una de las figuras más fascinantes de todo el siglo XX, con el ánimo de acercarla al gran público.

Hija de padres judíos laicos, Hanna Arendt, cuyo legado va adquiriendo cada vez más peso, fue una intelectual adelantada a su tiempo que supo crear una obra lúcida y brillante que va desde la filosofía a la religión, pasando por la política y la ética.

Nació en Linden (Hanover) y creció en Konigsberg, la ciudad de su admirado Emanuel Kant, y Berlín, estudió Filosofía en Marburgo con Heidegger, con quien mantendría un breve romance a finales de los años 20 y a cuyo favor testificaría dos décadas después, cuando se estudiaba el alcance de su pasada vinculación con el nazismo.

A ella, aquellos años oscuros le supusieron la pérdida del derecho a la enseñanza y la obligaron a escapar, primero a Francia, donde trabajó ayudando a enviar niños judíos en peligro a Palestina, y, finalmente, a Nueva York, donde residiría hasta su muerte y donde obtendría la nacionalidad estadounidense.

Fue, dice Adler en la introducción de su libro, «una intelectual libre, ejemplo de independencia y valentía», que, en nombre de sus propias ideas, sola, sin escuela ni sostén, optó durante 60 años por preguntarse lo que produce el mal y lo que no funciona».

Es, añade su biógrafa, una pensadora «que sabe diagnosticar las causas del mal que gangrena nuestras sociedades» pero también «que cree en la fuerza del bien, en los recursos de nuestra humanidad», una persona en quien se aúnan «la voluntad de creer en una ley moral compartida por todos y la interrogación sobre la fragilidad de los asuntos humanos».

Con su relato, Laure Adler, cuya biografía viene a sumarse a las que antes hicieron Elisabeth Young-Bruehl —recientemente reeditada—, Julia Kristeva o Martine Leibovici, trata de «restituir la fuerza y la valentía de los combates que libró durante toda su existencia» esta mujer tan buena conocedora del sufrimiento y el desgarro como persona luminosa, y de «despertar el deseo de leer, releer y meditar sobre lo que escribió».

Autora de obras como ‘Los orígenes del totalitarismo’, donde reflexiona sobre el totalitarismo tanto de Hitler como de Stalin (1951), ‘La condición humana’ (1958), ‘Eichmann en Jerusalén’, en torno al proceso al nazi Adolf Eichmann y que le acarreó fuertes críticas en Israel, o ‘La vida del espíritu’, Hanna Arendt fue siempre, dice su biógrafa, «una sirviente del espíritu» para quien la verdad fue siempre «el más elevado signo del pensamiento».

La incómoda Arendt

A través de sus abuelos , Hanna Arendt conoció el judaísmo reformista alemán de principios del siglo XX, y si bien no perteneció a ninguna comunidad religiosa, siempre se consideró judía, aunque estudió en profundidad el cristianismo.

En 1924 ingresó a la universidad de Marburgo (Hesse) y durante un año asistió a las clases de Filosofía de Martín Heidegger y de Nicolai Hartmann, y a las de teología protestante de Rudolf Bultmann, además de griego.

Arendt mantuvo un romance con Heidegger, padre de familia de 35 años, que tuvieron que mantener en secreto. A comienzos de 1926, al no soportar más la situación, ella decidió cambiarse de universidad y se trasladó durante un semestre a la universidad Albert Ludwig, en Friburgo, para aprender con Edmund Husserl. A continuación, estudió Filosofía en la universidad de Heidelberg (Baden-Wurtemberg) donde se doctoró en 1928 bajo la tutoría de Karl Jaspers, con la tesis “El concepto del amor en San Agustín”, el primer libro que publicó un año después en Berlín. A su vez estableció una importante relación de amistad con Jaspers, que duraría hasta la muerte de él.

En Berlín se relacionó con el filósofo Günther Stern (que se llamaría más tarde Günther Anders), con quien se casó poco después. También comenzó a escribir notas periodísticas sobre su especialidad, la filosofía, mientras participaba de seminarios dictados por Paul Tillich y Karl Mannheim y se interesaba cada vez más por cuestiones políticas.

Analizó la exclusión social de los judíos, a pesar de la asimilación, en base al concepto de «paria», empleado por primera vez por Max Weber. A este término opuso “parvenu” (advenedizo), inspirada por los escritos de Bernard Lazare. En 1932 publicó en la revista Geschichte der Juden in Deutschland (Historia de los judíos en Alemania) el artículo «Aufklärung und Judenfrage» (La Ilustración y la cuestión judía), en el que desarrolla sus ideas sobre la independencia del judaísmo, enfrentándolas a las de los ilustrados Gotthold Ephraim Lessing y Moses Mendelssohn y el precursor del Romanticismo Johann Gottfried Herder.

Con el acceso al poder de Alemania del nazismo, el 30 de enero de 1933, su esposo se trasladó a París, mientras que ella permaneció en Berlín y comenzó su actividad política, estudiando la persecución de los judíos, que estaba en sus comienzos. Su casa sirvió de estación de tránsito para refugiados y en julio de 1933 fue detenida durante ocho días por la Gestapo. Al ser liberada se trasladó a París, pasando por Checoslovaquia e Italia.

En Francia ayudó a jóvenes judíos a trasladarse a Eretz Israel y a denunciar la persecución que sufrían los judíos alemanes, por lo que se le retiró la ciudadanía alemana en 1937, convirtiéndola en apátrida. Ese año se separó de su marido y tres años más tarde se casó con Heinrich Blücher.

Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad
Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad

Al rendirse Francia a Alemania en 1940, ella fue internada con otros emigrados, pero consiguió huir y logró que se le permitiera ingresar en Estados Unidos, junto a su esposo y su madre. Allí colaboró en numerosas revistas y, tras haber sido invitada sucesivamente por las universidades, enseñó teoría política en la School for Social Research de Nueva York.

En 1951 se nacionalizó estadounidense y trascendió el ámbito universitario con su trabajo titulado “Los orígenes del totalitarismo”, en el que, mediante el análisis del imperialismo del siglo XIX y de los regímenes totalitarios del XX, intentaba reconstruir las vicisitudes histórico-políticas que desembocaron en el antisemitismo.

Durante la década del ’50 del siglo pasado Hannah Arendt también modificó su apreciación sobre el sionismo, que había apoyado en los años ’30 y ’40 y también asumió una postura crítica sobre el Estado de Israel.

A partir de la publicación de sus crónicas en el New Yorker fue sumamente criticada por dos motivos: primero, su opinión sobre Eichmann, a quien consideraba un hombre banal que estaba convencido de que su deber era cumplir estrictamente las órdenes recibidas, enviar la mayor cantidad de judíos a los campos de exterminio ubicados en el territorio polaco sin tener conciencia del mal que estaba llevando a cabo; y segundo, debido a la acusación a los “dirigentes judíos” en los ghettos por no haber actuado correctamente al aceptar elaborar las listas para las deportaciones que le solicitaban los nazis.

A principios de la década del ‘60 todavía era común escuchar que los judíos, en su gran mayoría, “fueron como corderos al matadero”. Además, fue justamente el juicio a Eichmann el que inició el cambio de actitud hacia los sobrevivientes y las víctimas de la Shoá, que se acentuó a partir de los testimonios de aquellos que padecieron en carne propia el horror.

Estos hechos que Arendt no tomó en cuenta generaron que muchos de quienes habían sido sus amigos por años decidieran dejar de serlo, pues consideraron inaceptable en una intelectual de su categoría los ignorara. También fue criticada por su relación con de Martin Heidegger, no por la mantenida en su juventud, sino por haberla renovado en 1950, cuando visitó Alemania.

De este modo, Hannah Arendt es el único escritor político apreciado, a la vez, por doctrinarios de la izquierda más radical –aun tratándose de una autora obviamente antimarxista—, por politólogos liberales –aun cuando convirtió el liberalismo en su blanco—, así como por comunitaristas y autores archiconservadores

El Edén de los primeros decepcionados del mundo

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En 1917 un grupo de desencantados creó una comuna que interesó a Herman Hesse y Kafka
En 1917 un grupo de desencantados creó una comuna que interesó a Herman Hesse y Kafka

El amor libre, el feminismo en igualdad, la psicología alternativa, la vida contemplativa, el rechazo al vestido, la dieta vegetariana y la vida al aire formaron parte de «Monte Veritá», en Ascona (Suiza) hace más de un siglo, como recoge «Contra la vida establecida», que se puede encontrar en las librerías de la mano de ‘El Paseo Editorial’.

Escrito por la directora de cine alemana Ulrike Voswinckel y traducido por Fernando González Viñas, editado por el sello sevillano, el libro incluye un álbum de 125 fotografías de época -un desnudo integral de Hermann Hesse de espaldas posando en un roquedal, entre ellas- procedentes de los archivos personales de aquellos artistas, bohemios y hasta militares considerados los abuelos de lo hippies.

Otras imágenes proceden de la exposición que el ya fallecido Harald Szeeman -que fue comisario de la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla- celebró en los años setenta sobre «Monte Veritá», una muestra que también sirvió de base a Ulrike Voswinckel, quien puso a su obra el subtítulo de «De Munich a Monte Veritá: Arte, anarquía, naturismo y contracultura en la Europa de principios del siglo XX».

Rilke visitó la colonia anarquista establecida junto al lago Maggiore, Freud y Kafka escribieron sobre ella, la plana mayor del dadaísmo la empleó como refugio durante la Primera Guerra Mundial, fue un vivero de pintores y bailarines expresionistas y, cuando allí se celebraba el carnaval, lo normal era disfrazarse de Dante u Homero.

A medio camino entre el paraíso natural y el artificial, el experimento de «Monte Veritá» influyó también en la obra de Daphne du Maurier, de D.H. Lawrence y Carl Gustav Jung, si bien casi todos sus protagonistas, alemanes la mayoría, han caído en el olvido, como los bailarines Rudolf Laban y Mary Wigman, los pintores Ernst Frick y Marianne von Werefkin, los escritores Franziska zu Reventlow, Else Lasker-Schuler y Friedrich Glauser.

En la correspondencia que todos ellos intercambiaron y en sus archivos personales basa Voswinckel su historia de aquel reducto de discípulos de Thoreau y lectores de Tolstoi, cuyos pioneros, en la temprana fecha de 1905, decidieron abandonar el barrio bohemio de Schwabing, en Múnich (Alemania), por un paisaje natural, un «lugar magnético», donde poner en práctica sus ideales contraculturales, eliminando cualquier normal social y religiosa entonces vigente.

Tan sanas intenciones prendieron, ya en los primeros momentos de «Monte Veritá», una discusión entre los partidarios de sacar alguna rentabilidad del lugar, con idea de reforzar su independencia, y de los anarquistas de alma y cuerpo que se negaban a pensar en otra economía que no fuese la de la mera contemplación, en imitación de los eremitas.

Así, unos hablaban de comuna libertaria donde consumirían lo que produjesen y se olvidarían del mundo y crecerían en la medida en que atrajeran a jóvenes decepcionados del mundo; otros, más pragmáticos, entendían que lo que fundaran debía al menos rendir suficiente beneficio como para, precisamente, olvidarse del mundo. En cualquier caso, pretendían potenciar la vida al aire libre, alimentarse de luz y paisaje, prescindir de cualquier regla acerca de relaciones amorosas y, desde luego, partir de una absoluta igualdad entre hombres y mujeres.

De hecho fue fundamental en el desarrollo de la idea primera Ida Hoffman, una joven alemana que había conocido al austriaco Henri Oedenkoven en el sanatorio esloveno de Velves, donde el muchacho había ido a parar después de padecer una enfermedad que casi lo mata: allí Oedenkoven convenció a Ida de las ventajas del vegetarianismo. Allí empezaron a soñar en construir su propia colonia naturista, que para Ida Hoffmann debía ser algo más, como debía ser algo más para el tercer implicado: el militar Karl Graeser, también ingresado en Velves, que odiaba la propiedad privada y deseaba cualquier promesa para poder abandonar el Ejército. Junto a él llamaba la atención su hermano Gusto, porque podía prestarle la apariencia a las figuras arquetípicas que habrían de relacionarse con el Monte Verità: iba siempre descalzo o en sandalias, cubierto por una túnica, y gustaba de perderse por los caminos y entrar en las posadas a tratar de pagar comida y habitación con un poema. Fue Oedenkoven el que bautizó al monte cuando encontraron el lugar adecuado. No era extraño que unas décadas antes, huyendo también de las decepciones del mundo, el mismo Bakunin encontrara refugio en aquella región.

Lo que buscaban aquellos jóvenes -adinerados, por supuesto- era un lugar del que sentirse a salvo del mundo para inventar otro mundo. Un paraíso para pocos que supiera encogerse de hombros ante las ansiedades de la burguesía, a la que pertenecían, y las luchas de los proletarios. El naturismo se daba la mano con la anarquía, el nudismo quería reinventar el Edén: sin embargo, también la anarquía necesitaba de reglas y dogmas, la espontaneidad también necesitaba previsión y agenda.

Aquella sana convivencia de la primera época de tan peculiar sociedad de artistas y bohemios duró hasta después de la Primera Guerra Mundial y aún pervivió de algún modo en la década de los veinte, mientras que los últimos intentos de revitalización datan de los años cincuenta, pero ya bajo la forma de balnearios, hoteles u otros sistemas de explotación turística.

Harald Szeeman, en 1978, para su exposición sobre «Monte Veritá» eligió este epígrafe: «Una aportación para el redescubrimiento de una topografía sacral contemporánea».

Pero para «redescubriento» el que debieron experimentar los jóvenes contestatarios de la época, que tal vez pensaron que su mundo arrancaba en Mayo del 68, con retratos como el de Elisabeth Gräser tomado a principios de siglo junto a su media docena de hijos, ataviados todos de túnicas floreadas, sandalias, trenzas y cintas en el pelo y hasta algún bolso de tela en bandolera, exactamente igual que los hippies que medio siglo después pretendieron triunfar a base de paz, amor y algo de hierba.

Salinger, corazón de centeno

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Celoso de su intimidad hasta límites enfermizos, Salinger se negó a ceder a las exigencias de una época marcada por la imagen y las entrevistas
Celoso de su intimidad hasta límites enfermizos, Salinger se negó a ceder a las exigencias de una época marcada por la imagen y las entrevistas

J.D. Salinger, hijo de un judío próspero importador de quesos kosher y de una escocesa-irlandesa convertida al judaísmo, creció en un apartamento de Park Avenue, en Manhattan, estudió durante tres años en la Academia Militar de Valley Forge y en 1939, poco antes de que lo enviara el Ejército a la guerra, tomó una clase sobre cuentos cortos en la Universidad de Columbia.

Como soldado de infantería, Salinger participó en el desembarco aliado en Normandía, en 1944, y durante sus primeros meses en Europa se las arregló para escribir cuentos. De sus mayores, Salinger consideraba a Ernest Hemingway, a quien conoció en París, y a John Steinbeck como escritores de segunda categoría, pero expresó su admiración por Herman Melville. En 1945, Salinger se casó con una médico francesa de nombre Sylvia, de la cual se divorció. En 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también en divorcio en 1967, cuando se acentuó la reclusión del escritor en su mundo privado y su interés en el budismo zen.

Las primeras historias cortas de Salinger se publicaron en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y The New Yorker en la década de 1940, y la primera novela The Catcher in the Rye se convirtió de inmediato en la selección del Club del Libro del Mes y le atrajo enorme elogio internacional. La fama envió a Salinger a la evasión de la atención pública, su reticencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada que se han mantenido hasta ahora.

En 1953 publicó una colección de cuentos cortos Nine Stories; en 1961 otra novela Franny and Zooey, y en 1963 una colección de novelas cortas Raise High the Roof Bean, Carpenters and Seymour: An introduction. Durante la década de 1980, el escritor estuvo envuelto en una prolongada batalla legal con el escritor Ian Hamilton quien, para la publicación de una biografía, usó abundante material epistolar de Salinger.

Una década después, la atención mediática que tanto rehuía volvió a posarse en el autor, debido a la publicación de dos libros de memorias escritos por dos personas allegadas a él: su ex amante Joyce Maynard y su hija Margaret Salinger.

Las piezas del amor, reconstruidas

El escritor francés Frédéric Beigbeder reconstruye en «Oona y Salinger» la historia de amor que vivieron antes de la Segunda Guerra Mundial J.D Salinger y Oona O’Neill, después esposa de Charlie Chaplin, una relación de juventud en la que hubo «pasión, tragedia, literatura, cine».

Beigbeder explicaque fue como un milagro que estos hechos se cruzaran un día en su camino -no ha escondido que es un gran admirador de Salinger- y que, además, se diera cuenta de que apenas se había escrito sobre ellos.

En «Oona y Salinger», el galo pone el foco en estos dos personajes, en el Nueva York de los años cuarenta, donde se conocieron, siendo Salinger un muchacho larguirucho de apenas veinte años y ella una suerte de «it girl» de quince, hija del dramaturgo Eugene O’Neill, amiga de personalidades del momento.

El lector -que puede leer el libro en castellano en Anagrama y en catalán en Ara Llibres- descubrirá que durante un tiempo estuvieron saliendo, aunque después del bombardeo de Pearl Harbour, él se alistó en el ejército, lo que provocó que se separaran, casándose ella, al poco tiempo, en 1943, con Charles Chaplin, «la estrella del momento».

A juicio del autor galo, esta boda fue «dolorosa para Salinger, algo terrible y fastidioso». «Oona se casa y a Salinger se le rompe el corazón», apostilla.

Aunque hizo un importante trabajo de documentación e incluso consiguió leer algunas cartas del norteamericano en las que se constata que entonces «era un joven muy enamorado que ve cómo su chica se le está escapando», Beigbeder opta por transmutarse en Salinger y convertirse «en el joven que está en el barro evitando las bombas, que siente amor por una mujer que está lejos».

Asimismo, da voz a otros personajes como Truman Capote, Ernest Hemingway o Charles Chaplin. «Ha sido como descubrir una mina de oro y la curiosidad ha acabado empujando la escritura», apunta.

«En esta obra hago lo que los periodistas tienen prohibido hacer, no ceñirse a los hechos. Pero es un lujo para la literatura poder imaginar todo lo que se dicen los personajes, sin ninguna censura, aunque en un 90 por ciento del libro los hechos sean verídicos y sólo un 10 por ciento sea novela», subraya.

Sobre el Salinger que retrata, asevera que es el «joven que quiere ser escritor, de veinte años, que consigue publicar antes de 1940, que después estuvo en la Segunda Guerra Mundial, intentó suicidarse y después regresa a Nueva York, publicando en 1951 su novela». «El lector verá cómo ese chico se convierte en escritor», añade.

En cuanto a Oona O’Neill, que sirvió de inspiración al personaje de la novela «Desayuno en Tiffanys», de Truman Capote, entiende que fue una niña melancólica y triste, especialmente por el divorcio de sus padres, aunque también una mujer brillante, «no solo guapa».

El lado sombrío del amoroso Dickens

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Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary
Charles Dickens, en su casa en Gadshill en Kent, con sus hijas Kate y Mary

El escritor inglés Charles Dickens fue conciencia del coste humano que tuvo la Revolución Industrial en la Inglaterra victoriana. En las librerías españolas puede encontrarse ‘Dickens enamorado’, un inédito con las cartas de amor a María Beadnell, su primer y oculto amor.

‘Dickens enamorado’ está pergeñado por la editorial Fórcola, en edición de Amelia Pérez de Villar. Según el crítico Harold Blomm, el autor inglés poseía un talento desbordante para crear personajes memorables, al igual que Shakespeare.

‘David Copperfield’, ‘Oliver Twist’, ‘Tiempos difíciles’, ‘Los papeles del club Pickwick’, ‘Grandes esperanzas’ o ‘La pequeña Dorrit’ son algunos de los grandes títulos de Dickens, uno de los creadores de la novela moderna, espejo del Londres con humos de chimeneas y manchas de betún, de niños tiznados de hollín, hambrientos y maltratados.

Dickens y Beadnell

El ‘Dickens enamorado’ tiene su origen en la correspondencia entre Charles Dickens y María Beadnell. Unas cartas reunidas en un libro que George Baker, catedrático de Literatura inglesa de Oxford, editó en 1908 para la Sociedad Bibliófila de Boston y que el editor de Fórcola, Javier Jiménez, rastreador del epistolario de Dickens, adquirió para traducirlo ahora al español.

Su amor siempre permaneció en penumbra; primero por la familia de ella que censuraba la relación, después por el amigo y biógrafo de Dickens, John Forster, y hasta por el propio autor a pesar de la importancia que dio a este amor, primero de juventud, y luego de relación epistolar cuando ambos ya estaban casados.

A pesar de que no hay una autobiografía del gran escritor, el propio Dickens confiesa a María en una de las cartas que recoge este libro: «Hace algunos años (justo antes de ‘David Copperfield’) comencé a escribir mi biografía, con la pretensión de que alguien encontrara el manuscrito entre mis papeles cuando el tema de su objeto llegase a término». «Pero -continúa- a medida que me acercaba a esa parte de mi vida [la historia de amor de ambos] me faltó valor y prendí fuego a lo que quedaba».

Una pira que se produjo en 1860, como recuerda la experta y traductora encargada de la edición del libro Amelia Pérez de Villar, quien explica que por ello se conservan muy pocas cartas de Dickens.

El Dickens más desconocido

El libro recoge en su mayoría misivas entre 1830 y 1833. Una historia que parece que aquí acaba, ya que los Beadnell enviaron a María a París para que olvidara al joven entonces periodista y aprendiz de escritor porque no era ni banquero ni hacendado.

Pero esta relación tiene una segunda etapa, 23 años después, con el periodo de cartas más interesantes, y ya con un Dickens casado, con nueve hijos y convertido en un escritor consagrado. Una relación que se desarrolló a lo largo de unos meses de 1855. Durante este año tuvieron un encuentro con sus respectivos cónyuges, y la decepción de Dickens fue tal que parece que la que fuera su amor de juventud le inspiró después el personaje de Flora, la gorda, glotona, y parlanchina de ‘La pequeña Dorrit’.

«He querido enfocar el libro -explica la editora- como el Dickens menos conocido, el de su faceta amorosa, y no solo con María, sino con otras mujeres, incluso con las hermanas de su mujer, Catherine Thompson Hogarth, con las que tuvo una relación intensa, pero sin sexo y sin amor».

«El escritor inglés era un hombre muy serio, muy especial, cuyas relaciones estuvieron marcadas también por la que tuvo con su madre, algo ambigua porque el nunca olvidó que fue ella quien quiso que trabajara en una fábrica de betún para ayudar a la familia y que fue su padre quien le retiró para que siguiera estudiando», concluye Pérez de Villar.

Amor canallesco

Por otro lado, el periodista David Ruiz se hace eco del lado sombrío del autor inglés en sus relaciones afectivas. «Charles Dickens y su esposa Catherine Thompson Hogarth tuvieron 10 hijos (y 20 embarazos) en 22 años de matrimonio. Pero su relación no fue ni sencilla ni apacible. El amor terminó, quizás después del nacimiento de su hija Kate, en el cuarto año de casados. Y la convivencia se acabó volviendo imposible, con el escritor intentando recluir a su mujer en un manicomio».

Ruiz recuerda que «el novelista trataba a su esposa con mucha rudeza, además de insultarla en presencia de los niños, los empleados o incluso ante algunos invitados. Dickens, además, habría tenido varias relaciones extramatrimoniales, incluida una con la actriz Ellen Ternan e incluso otra con la hermana de Catherine, Georgina, antes de separarse de su esposa en 1858».

La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise
La mujer de Charles Dickens, Catherine Thompson Hogarth, en un óleo pintado alrededor de 1847 por Daniel Maclise

Ruiz contactó para su investigación con John Bowen, especialista en literatura inglesa de la Universidad de York. ”Los biógrafos y los eruditos han sabido durante años lo mal que se comportó Dickens (durante su matrimonio), pero ahora parece que incluso trató de forzar la ley para encerrar a la madre de sus hijos en un manicomio, a pesar de su evidente cordura”, explica el profesor Bowen.

Bowen, que también es presidente del Dickens Fellowship, ha tenido acceso a 98 cartas que se guardaban en la Universidad de Harvard y a las que nunca se había prestado demasiada atención. En ellas ha encontrado nuevos detalles de la problemática relación entre los cónyuges, que incluyó el intento fallido de Dickens de aislar a su esposa en un centro para enfermos mentales.

Un médico descubrió que no había pruebas que indicaran que Catherine Thompson sufriera ningún tipo de trastorno mental, con lo que descartó su internamiento. “Lo que descubrí fue a la vez detallado y sorprendente. Creo que es un hallazgo muy importante y, que yo sepa, fui el primer académico en transcribir y analizar estas cartas”, señala Bowen.

La historia aparece relatada en una misiva que Edward Dutton Cook, vecino de Catherine en Camden, en el norte de Londres, el lugar a donde se fue a vivir tras su separación de Dickens, envió al periodista William Moy Thomas. Cook, que ya era amigo del hijo mayor del novelista, labró juntó a su esposa Lynda una estrecha amistad con la exesposa del autor de autor de grandes obras de la literatura universal como Oliver Twist, David Copperfield, Cuento de Navidad o Grandes Esperanzas.

“La mayoría de los relatos de la ruptura del matrimonio provienen del lado de él. Ahora escuchamos qué pasó desde el punto de vista de su mujer. Ya sabíamos que Dickens la había acusado de padecer un ‘trastorno mental’, pero ahora sabemos que en realidad intentó que la pusieran en un manicomio, aunque estaba completamente sana”, añade Bowen.

Edward Dutton Cook dejó frases lapidarias en su carta. Afirmaciones que dejaban en muy mal lugar a Charles Dickens como persona. “En mi opinión – escribió Cook-, estaba loco o era un sinvergüenza” en el momento de la separación. El profesor Bowen considera que esta “es una historia muy triste. Dickens era un buen hombre en muchos sentidos, pero durante la ruptura con su mujer se comportó de manera vergonzosa”.

Fue la propia Catherine Thompson la que, en su lecho de muerte, le contó a Cook como se había comportado su marido 20 años antes, cuando conoció a la joven actriz Ellen Ternan y decidió romper su largo matrimonio. La revelación crucial sale en una carta de enero de 1879. La exesposa de Dickens estaba muy enferma y se inyectaba morfina dos veces al día para reducir su dolor.

Cook relata: “Al final descubrió que ella ya no le gustaba. Había tenido diez hijos y había perdido parte de su buena apariencia física, de hecho estaba envejeciendo. ¡Incluso trató de encerrarla en un manicomio, pobre! Pero por mala que sea la ley con respecto a las pruebas de la locura, él no pudo conseguir su propósito“.

Las cartas estudiadas también permitieron descubrir al médico que muy probablemente se enfrentó a Dickens. Fue el doctor Thomas Harrington Tuke, que ejerció de superintendente del Manor House Asylum de Chiswick entre 1849 y 1888. Tuke y el escritor se conocían bien, ya que habían intercambiado varias cartas e incluso fue invitado al bautizo de su hijo.

Tras determinar que Catherine no sufría ninguna enfermedad mental, la amistad entre ambos hombres se enfrió y, ya en 1864, Charles Dickens consideraba que era “un desgraciado” y un “médico burro”. “Algo había sucedido que provocó que Tuke fuera vilipendiado de esa manera. Parece probable que fuera su negativa a ayudar en el complot contra Catherine”, concluye Bowen.

Satán, su ‘vendetta’ y la succión de demonios

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A William Blake le debemos la imagen gráfica de Satán como un héroe romántico (la literaria se la debemos a John Milton), una visión muy alejada de su imagen como macho cabrío heredada de la iconografía asociada al dios Pan de la mitología romana
A William Blake le debemos la imagen gráfica de Satán como un héroe romántico (la literaria se la debemos a John Milton), una visión muy alejada de su imagen como macho cabrío heredada de la iconografía asociada al dios Pan de la mitología romana

El periodista y escritor cántabro Fermín Bocos es el autor de ‘Viaje a las puertas del infierno. Las entradas ocultas del Hades’ (Colección Ariel), un libro «complejo a la hora de definir» porque aúna viajes a lugares antiguos donde se creía que estaban las puertas del infierno con una reflexión que bordea el ensayo sobre la desaparición del miedo al infierno y al diablo.

Así lo explica el autor, que ha apuntado que «en el mundo occidental de repente ha desaparecido algo que durante veinte siglos estuvo gravitando durante las conciencias de la gente»: el temor a ir al infierno.

Sin embargo, Bocos cree que «basta con abrir un periódico o ver la televisión para comprender que el mal no sólo existe, sino que se extiende». «El jefe de Recursos Humanos del infierno y del mal es el diablo», afirma.

A su juicio, la pérdida de ese temor se debe a que «los planes de estudio han confinado la Historia Sagrada y la de las religiones a opciones de padres y alumnos» y a que «se ha ido prescindiendo del legado histórico», entrado en una «zona de niebla» en relación con la memoria del mundo».

Esta reflexión marca el ‘Viaje a las puertas del infierno’ de Fermín Bocos, a través de 17 capítulos, «unidos simplemente por la idea del viaje» a numerosos lugares, algunos más cercanos como El Monastrio de El Escorial en Madrid y otros remotos que se ubican en Japón, China, India, Israel o Babilonia en plena Guerra de Irak, a donde el escritor viajó en una «irrupción periodística» durante los primeros tiempos de la invasión de Estados Unidos.

Precisamente el capítulo que transcurre en Babilonia es el más antiguo de todos, ya que los demás corresponden a viajes recientes. «Ha sido un proceso de acumulación durante 4 ó 5 años. Un viaje y vuelta. Previa documentación, bien vivirlo, bien contarlo y, al final, sale el libro», manifiesta.

Según relata el escritor, una de las anécdotas que se recogen en el libro sucedió en Sicilia (Italia), a donde viajó en dos ocasiones. Justo al subir al altar de Ceres, estaba «lloviendo a mares» y sonó su teléfono. «No se me ocurrió otra cosa que cogerlo», indica Bocos, para después de revelar que un rayo le «pegó un zurriagazo» que le mantuvo dos o tres meses sin sensibilidad en tres dedos de una mano.

A través de sus viajes, plasmados ahora en este libro, Bocos cuenta que Turín es la ciudad del diablo, que en Roma hay una iglesia en la que «hay vestigios de personas que han vuelto de purgatorio para dar fe de que existe», que existe un templo dedicado al diablo en pleno centro de Tokio o un mercado del diablo las noches de los sábados en la ciudad china de Xian, donde también se encuentran los famosos Guerreros de Terracota.

Asimismo, el escritor cántabro detalla que en su novela también hay un recorrido por los oráculos y agrega que, de hecho, el libro estuvo a punto de titularse ‘Cuando los Dioses hablaban con los hombres’.

Acerca del tipo de lector al que se dirige esta novela, Bocos entiende que «los libros no son de quien los escribe, sino de quien los recibe».

En este sentido,  indica que así como sus libros anteriores son novelas de ficción e históricos con un público «muy concreto», este es un libro «transversal» porque puede interesar a los aficionados al mundo antiguo, a personas a las que les gusta viajar y conocer lugares, así como a quienes puedan sentir «una pulsión que es común a todos los seres humanos», que es la espiritual.

«La melancolia de los seres humanos procede del silencio de Dios». Con esta frase arranca el libro Fermín Bocos, quien cree que «el silencio de Dios, en una época en la que hay tanto mal a la vista, realmente a mucha gente le preocupa». «Es una forma poética de preguntarnos qué hacemos para intentar vencer el mal. A veces la fe es la esperanza que nos lleva a pensar que el mal no prevalecerá», concluye.

Diablo por aquí, diablo por allá

El escritor y periodista Francisco J. de Lys reflexiona sobre los pactos con el diablo y el mal en su novela, «El Laberinto de Oro» (Ediciones B).

Con Barcelona como protagonista principal de toda la trama, el autor confiesa que su mayor reto consistió en mantenerse «entre el límite mismo del mundo real y el mundo fantástico, sin traspasarlo», aunque adentrándose lo más posible «en el misterio, en lo ultraterrenal».

«Mis personajes son reales y viven en un mundo real, aunque estén rodeados de formulas alquímicas de oro, brujas y reuniones sabáticas, pero sin recurrir a elementos fantásticos», apunta de Lys.

Así, la fórmula de obtención del oro alquímico, los pactos demoníacos y los muchos asuntos esotéricos de esta novela «se suplantan de manera muy sutil por fetiches, juguetes antiguos o inocentes recortables infantiles que pasan a convertirse en sibilinas armas», subraya el autor.

Otro de los hechos que le diferencia de novelas similares sobre esta ciudad sería, en su opinión, que la trama ocurre en la Barcelona actual, con personajes de hoy en día, «y en una acción acotada tan sólo a unas horas de tiempo, pero que da la sensación al lector de haber vivido una intensa historia familiar».

En la noche de Todos Los Santos, las calles de Barcelona conforman los tramos de un gigantesco laberinto en donde los dos protagonistas principales de esta novela, Gabriel Greig y Lorena, deben resolver un enigma que se esconde en el centro urbano y en un plazo de sólo cuarenta y tres horas.

La novela comienza en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona cuando un anciano decrépito le pide al protagonista que salde un antiguo contrato en una noche en la que se mezclan pactos con el diablo, oro alquímico, una portentosa joya y los asesinatos en serie perpetrados por un monje bibliómano en la Barcelona del siglo XIX.

De Lys, periodista que es autor también de El Alfabeto de Babel, confiesa que su novela forma parte de una tetralogía iniciada «con la visión hernandiana de las tres heridas: la de la vida, la de la muerte y la del amor».

«Mi primera obra trató sobre Dios y la Vida, ésta sobre el mal y el diablo, en la tercera abordaré la idea de la muerte y en el último volumen podría reflexionar sobre el amor», puntualiza.

«Mi novela está diseñada para mantener al lector en constante atención y que el interés no decrezca, sino que vaya ‘in crescendo’; cada capitulo engloba su propio planteamiento, nudo y desenlace y todos ellos están interconectados entre sí», subraya el escritor.

De Lys tiene claro que su novela debe ser de obligada lectura, frente a las de autores como Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones o Chufo Llorens, con Barcelona también como telón de fondo, «porque mientras que la ciudad enmarca a sus personajes en sus obras, en El Laberinto de oro se convierte en la protagonista principal», puntualiza.

Al final de la novela se muestra un plano de la Barcelona esotérica y mágica narrada por De Lys, «con un setenta por ciento de los edificios reales y otro treinta por ciento basado en leyendas», subraya.

Una leyenda como aquélla que asegura que el diablo se pasea tranquilamente por las Ramblas vestido como un caballero muy elegante, dispuesto a tomar como presa a cualquier incauto ávido de codicia.

«Una de las razones que me impulsó a escribir novelas de misterio fue poner en conocimiento de la gente esos ‘no-lugares’ que nunca figuran en las guías turísticas, a medio camino entre una pesadilla de Poe o una quimera de Lovecraft», asegura De Lys, editor de un plano-guía de la ruta del modernismo catalán durante muchos años.

Butts, la pecaminosa olvidada

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Como una voz distintiva y original dentro del movimiento del Modernismo, la novelista inglesa Mary Butts fue un prodigio de estilo, aprendizaje y energía, que escribió con una poderosa perspectiva sobre la Generación Perdida. Su flamante estilo de vida en Londres y Francia en la década de 1920 desafortunadamente ensombreció la importancia de su trabajo. Durante las últimas décadas, sin embargo, ha habido un resurgimiento del interés en Mary Butts, la escritora , y, después de haber estado "perdida" por más de 50 años, su trabajo se ha unido a sus contemporáneos HD, Djuna Barnes, Virginia Woolf y Mina. Loy, en el panteón del modernismo literario
Como una voz distintiva y original dentro del movimiento del Modernismo, la novelista inglesa Mary Butts fue un prodigio de estilo, aprendizaje y energía, que escribió con una poderosa perspectiva sobre la Generación Perdida. Su flamante estilo de vida en Londres y Francia en la década de 1920 desafortunadamente ensombreció la importancia de su trabajo. Durante las últimas décadas, sin embargo, ha habido un resurgimiento del interés en Mary Butts, la escritora , y, después de haber estado «perdida» por más de 50 años, su trabajo se ha unido a sus contemporáneos HD, Djuna Barnes, Virginia Woolf y Mina. Loy, en el panteón del modernismo literario

Nadie lee a la «diosa de la tormenta» Mary Butts (1890-1937), una mujer que buscaba con más frecuencia de lo imaginable el virtuosismo. Admirada por sus contemporáneos Ezra Pound, Ford Madox Ford y Marianne Moore, de Butts la escritura (que da cobijo cualquier resquicio de luz creativa) tiende a verse ensombrecida por sus notorias aventuras, que incluyen practicar magia negra con Aleister Crowley, fumar enormes cantidades de opio y abandonar a su único hijo.

Mary Butts nació en Dorset en 1890. El periodista Ignasi Franch la describe como «Pacifista, bisexual y precursora del ecologismo». La autora vivió en Inglaterra, Italia y Francia, lugares en los que entró en contacto con los principales intelectuales y artistas de su tiempo: además de los ya nombrados, tuvo trato muy directo con T. S. Eliot,  May Sinclair, Jean Cocteau y  Virginia Woolf. Su obra, que incluye novelas, ensayos, poemas, diarios y relatos con un marcado carácter experimental, cayó en el olvido tras su muerte en 1937, hasta que en los años 80 y 90 del pasado siglo volvió a ser reeditada y estudiada, adquiriendo la consideración de autora de culto del modernismo inglés.

Franch recuerda que Butts «tuvo una vida notablemente agitada en el plano sentimental, pero consideraba que la creación era una parte principal de su vida. Por ello, consiguió producir una obra literaria y crítica considerablemente extensa que no siempre pudo publicar por las temáticas (como el amor lésbico) que abordaba». En cualquier caso, «la herencia de su padre, que le facilitó una renta desde los 21 años, allanó parte de un camino difícil», concede.

«Las estancias de la autora en el París de los artistas facilitó que los aspectos más potencialmente polémicos de su vida no se convirtiese en el yugo que tuvieron y tienen que sufrir personas afincadas en otros entornos sociales y culturales», defiende Franch, quien destaca la inquietud vital de la escritora. «Compartió charlas y drogas con creadores como Jean Cocteau, el ilusionista de la poesía y las artes visuales, conoció al músico George Auric o a la bailarina Isadora Duncan. Formaría parte del ambiente creador de su época, como escritora, como interlocutora y también como crítica literaria. E incluso fue discípula de los magos Philip Heseltine y Aleister Crowley, de quienes se terminaría alejando».

Huida del Mal

Según Crowley, la revelación contenida en El Libro de la Ley, convertido en un libro sagrado, le fue dictada por un ente llamado Aiwass (el Santo Ángel de la Guarda o Seth, el temible dios destructor asesino de Osiris). Años más tarde, en Cefalú (Sicilia), organizó su primer templo, la Abadía de Thelema, donde puso en práctica sus enseñanzas y rituales de magia sexual e invocación de toda clase de demonios y seres sobrenaturales hasta que fue expulsado de Italia por orden del mismo Mussolini.

Para esta tarea mágica (el alumbramiento del Eón de Horus), Crowley, considerado ya por la prensa como «el hombre más malvado del mundo», necesitaba a la Mujer Escarlata, Babalon, la apocalíptica Madre de las Abominaciones, la Novia del Caos que «cabalgará a la Bestia». Leah Hirsig, con el nombre mágico de Alostrael 31–666–31, no fue la primera de estas, pero sí una de las más importantes y quien dejó un más fiel y sobrecogedor testimonio de lo que sucedía diariamente en la abadía, sus rituales y penalidades, esperanzas y momentos aterradores, la increíble vida cotidiana de una comuna mágica.

Butts había huido tras contemplar, entre otros portentos – tal y como lo declara John Symmonds – a Leah Hirsig, la «Mujer Escarlata» copulando, o mejor dicho, sin conseguir copular, con un macho cabrío que «no se sentía excitado por un ser humano y contemplaba indiferente el trasero de Leah” (La Gran Bestia p 381).

Indecencia y luz

Con su vitalidad legendaria, Butts no siempre fue leída: en la década de 1920, publicó piezas en The Little Review , un periódico de cabecera por aquel entonces , y sus novelas, especialmente Armed With Madness (editada en España por Epicuro Ediciones) y Death of Felicity Taverner fueron elogiadas y  a la sazón despreciadas por los más renombrados y recordados de los modernistas. Presa de un ataque de pánico ante los escritos de Butts, Virginia Woolf calificó su obra, con su implacable cuestionamiento de los valores, como «indecente». Tal vez no sea sorprendente dada la predilección natural de Butts por lo estrafalario.

Más generoso en su evaluación es Paul West, quien compara a Butts con Clarice Lispector y le escribe que su originalidad más conspicua consistió en su resolución de representar lo más abyecto de la existencia, con vistas a una transformación redentora, lo que significa mimetizarse con el sentido de la masiva e impersonal embestida de la Creación.

Escrito como un inverso de la desolada tierra baldía de Eliot , Armado de la locura es el mejor trabajo de Butts, una búsqueda extática y alegórica de significado en un mundo destrozado por la guerra y el nihilismo. Armados de locura trata de las vidas de un grupo de amigos y amantes que viven a caballo entre la cosmopolita Paris y su Inglaterra natal. El estadounidense Carston, un invitado procedente también de Francia, cumple una cierta función de álter ego del lector, al introducirse (e introducir a la audiencia) progresivamente en la poco convencional vida de los hermanos Taverner y sus invitados, en sus intrincadas redes de atracciones y frustraciones.

El elemento propulsor de la trama remite a los intereses de la autora por las culturas antiguas, y a su renovado interés por el cristianismo. Si las cosas no eran suficientemente extrañas en el hogar de los Taverner, tres amigos aparecen con un cáliz cuyas formas y cuya forma de hallarlo remite al Santo Grial de la última cena de Jesucristo y de las novelas artúricas. Los personajes reaccionan con una maraña de sentimientos encontrados: admiración, escepticismo, espíritu lúdico…

La vida salvaje de Mary Butts llegó a su fin en 1937, cuando murió de una úlcera perforada.