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Pistolero antes que fraile

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Eastwood, con la actriz Sandra Locke, una de sus muchas esposas
Eastwood, con la actriz Sandra Locke, una de sus muchas esposas

Personaje polémico y carismático a partes iguales, tachado de racista y machista, lo que nadie pone en duda es la calidad de Clint Eastwood como director. Y para demostrarlo, “Eastwood on Eastwood”, un completo recorrido por su vida y obra a través de 25 años de entrevistas.

El crítico y director de documentales Michael Henry Wilson recopila, en un volumen de gran formato publicado por Cahiers du Cinema, dieciséis entrevistas realizadas entre 1984 y 2009 en las que abarca toda su producción como realizador, desde su primera película tras la cámara, “Play misty for me” (1971) hasta “Invictus” (2009).

Treinta largometrajes que reflejan la evolución de Eastwood como cineasta hacia una clásica solidez que hace de cada uno de sus trabajos un ejemplo de buen cine y con una serie de elementos comunes que hacen totalmente reconocibles cada una de sus obras, por las que ha ganado cuatro ‘Oscar’.

Uno de los más característicos es la luz, o más concreto, la mezcla de luz y oscuridad, el manejo de la atmósfera lumínica como parte integrante de la historia. Algo que hace a Wilson calificar a Eastwood, de 81 años, como “el príncipe del claroscuro”.

Desde las imágenes sofisticadas de “Midnight in the Garden of Good and Evil” (1997) a la luz sugestiva de “The Bridges of Madison County” (1995) pasando por el deslumbrante sol de “A Perfect World” (1993), Eastwood ha conjugado perfectamente los juegos luminosos con la música, otra de sus obsesiones.

Él ha sido el responsable de 21 de las bandas sonoras de sus películas, en las que ha demostrado una inquebrantable adoración al jazz, al que homenajeó a través de la figura de Charlie Parker en “Bird” (1988) y que incluso marca la estructura de sus películas.

“El jazz es un arte de espontaneidad. A veces el ritmo de una escena me viene como el ritmo de una pieza le llega a un jazzman que está improvisando sobre algún tema. Me ocurre cuando estoy en el set de rodaje y también en el montaje”, explica Eastwood en una de las entrevistas con Wilson.

Un ritmo muy alejado de las vertiginosas historias propias del Hollywood actual y del 3D.

“Aprecio las novedades tecnológicas que aportan esas películas pero no es el estilo que me gusta abordar. No estoy interesado en efectos especiales. Quiero hacer historias sobre gente”, afirmaba Eastwood durante el rodaje de “Unforgiven” (1992), la película que le consagró como realizador.

Un filme centrado en la violencia, en su efecto en la víctimas pero también en el responsable, otro de los argumentos repetidos a lo largo de sus películas.

“Nuestra sociedad ha llegado a ser increíblemente permisiva con el comportamiento violento; nuestros padres nunca hubieran tolerado lo que nosotros toleramos. Aceptamos la violencia, al menos mientras no nos afecte”, señalaba Eastwood, que por eso quiso que en “Sin perdón” se mostrara los remordimientos del culpable de esa violencia.

“A Perfect World”, su siguiente película también trata de la violencia en un medio rural de clase media americana, de los abusos físicos y sexuales a niños. Porque si algo busca Eastwood en sus películas es mostrar la realidad que nos rodea. Y, exclama con convicción: “¡La vida no es nunca idílica, excepto en las películas de Disney!”.

Pero en su filmografía no sólo hay historias duras. También las hay románticas y hasta poéticas, como “The Bridges of Madison County”, una historia que Eastwood recuerda con especial agrado porque, finalmente, pudo trabajar sin sombrero.

Y que, pese a la prosa un tanto “florida” del libro original, cautivó a Eastwood porque no era un culebrón. “No había enfermedad incurable (…) sólo el encuentro de dos extraños, un fotógrafo trotamundos y una ama de casa frustrada. Los dos descubren que su vida no está acabada”.

Una historia “con magia y que no se parecía a nada que se hubiera hecho en cine o literatura” en palabras de un Eastwood que, entrevista a entrevista, desmonta los tópicos sobre su persona en este libro

“Soy un viejo republicano. Pero no soy sectario. Ha habido ocasiones en las que he votado a los Demócratas”, afirma sobre sus ideas políticas conservadoras.

En cuanto al racismo, rechaza las acusaciones que pesan sobre él en este sentido y lamenta que este problema siga existiendo. “Estamos aún luchando por la tolerancia racial en la mayoría de las sociedades del mundo (…) Creo que necesitamos alguien con la inteligencia de un Mandela para acabar con ello”.

Y habla de sus influencias cinematográficas -Sergio Leone y Don Siegel, principalmente-, de su amor por la música, por el cine clásico de Hollywood, de su defensa a ultranza de su independencia profesional y de la labor del destino en su carrera.

Un libro que demuestra que el paso de los años no es siempre sinónimo de decadencia y que es un recorrido claro y detallado por la evolución ascendente de Eastwood como director, a través de sus declaraciones y de una estupenda selección de imágenes de los rodajes, de la vida personal y de los fotogramas de sus películas.

La trayectoria de un inconformista que no está dispuesto a abandonar el cine en un momento en el que tiene el control absoluto. “Ahora hago lo que quiero hacer y de la forma que quiero hacerlo. Me ha llevado bastante tiempo llegar a este punto”.

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Blues hasta los huesos

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T-Bone Walker fue el primero en hacer gemir una guitarra, gritar y ceder bajo el peso de su emoción
T-Bone Walker fue el primer ‘bluesman’ en hacer gemir una guitarra

Las raíces del blues eléctrico moderno pueden ser rastreadas hasta T-Bone Walker, quien fue uno de los primeros músicos en amplificar el sonido de su guitarra para consumo público hacia 1940, iniciando así una revolución cuyos ecos aún pueden escucharse en la actualidad.

Muchos guitarristas del blues de la postguerra tienen una amplia deuda con T-Bone Walker: B.B. King lo ha citado como una de sus primeras influencias; el estilo de “Gatemouth” Brown, Pee Wee Crayton, Pete Mayes o Goree Carter viene directamente de Walker; y el influjo llega a tanto que R.S. Rankin, sobrino de Walker, se hizo llamar T-Bone Walker Jr. en un sencillo del año 1962.

Aaron Thibeault Walker fue uno de los productos más importantes de la escena de Dallas. Su padrastro, Marco Washington, era contrabajista en The Dallas String Band, y Walker lo tomó como ejemplo, aprendiendo los rudimentos de cualquier instrumento de cuerda que llegara a sus manos. En una de las sesiones de la banda estuvo presente Blind Lemon Jefferson y el joven Walker se convirtió en su lazarillo, acompañándolo a todos los bares a tocar su guitarra y de paso, aprendiendo algo de su técnica.

En 1929 T-Bone Walker hizo su debut para Columbia con el sencillo “Wichita Falls Blues” bajo el seudónimo Oak Cliff T-Bone, haciendo pareja con el pianista Douglas Fernell. Durante este periodo de formación, Walker estuvo expuesto a una variedad de talentos, pues además de Blind Lemon Jefferson tuvo la oportunidad de tocar al lado de Charlie Christian, quien con su guitarra revolucionó el mundo del jazz.

A mediados de la década de 1930, T-Bone Walker se trasladó a Los Ángeles donde se unió a la banda del saxofonista Big Jim Wynn como bailarín. Luego fue contratado como cantante por Les Hite y grabó para su banda el tema “T-Bone Blues”, aunque ahí no tocó la guitarra. Sin embargo en ese momento en que su trabajo con la electrificación de la guitarra da frutos y comienza a tocar en diferentes sitios de Los Ángeles con su nuevo juguete y liderando su propia banda, mostrando además una serie de acrobacias en el escenario para darle más vida a su show.

En 1942 T-Bone Walker firma con Capitol Records y graba “Mean Old World” y “I Got A Break Baby”, canciones que se convierten en la primera muestra del trabajo de Walker: riffs fluidos y elegantes más una voz melodiosa, que se convirtieron en una de las luces a seguir en el futuro del blues.

Durante buena parte de la guerra, el club Rhumboogie de Chicago funcionó como hogar de T-Bone Walker y grabó algunas canciones para el sello propiedad del negocio. Luego de una sesión para Old Swingmaster, Walker fue llamado por Black & White, casa disquera de Los Ángeles con la que comenzó a grabar su impresionante legado: la inmortal “Call It Stormy Monday”, “T-Bone Jump Again”, “T-Bone Shuffle” o “West Side Baby”. Tras el cierre de Black & White, T-Bone Walker firmó contrato con Imperial, casa con la que grabó joyas como “Glamour Girl”, “Strollin’ With Bones”, “The Hustle Is On”, “Cold Cold Feeling”, “Blue Mood”, “Vida Lee”, “Party Girl” y “Railroad Station Blues”. Todo esto entre 1950 y 1954.

El sello Atlantic fue la siguiente para de Walker. Con un combo integrado por importantes figuras del blues de Chicago, como el intérprete de armónica Junior Wells, el guitarrista Jimmy Rogers y el bajista Ramson Knowling, T-Bone Walker encontró una base experimentada para grabar. Con Atlantic el guitarrista registró canciones tan importantes como “Two Bones And A Pick”, “Blues Rock” y “Shufflin’ The Blues”.

Con el surgimiento del rock, el sonido de T-Bone Walker se volvió anacrónico aunque luego de su participación en las giras europeas del American Folk Blues Festival, volvió a Estados Unidos para grabar algunos temas que lo volvieron a encumbrar en la parte más alta del blues. Dentro de sus últimos discos que tuvieron éxito se encuentra “I Want A Little Girl”, grabado al lado del saxofonista Hal “Cornbread” Singer y el baterista S.P. Leary; y “Good Fellin’” de 1970, que aunque no es de los mejores esfuerzos de T-Bone Walker, le hizo merecedor de un premio Grammy.

Problemas estomacales continuos y un infarto en 1974 ralentizaron la carrera de T-Bone Walker hasta su muerte, ocurrida el 16 de marzo de 1975. Las palabras se quedan cortas al hablar de la importancia de T-Bone Walker para el blues. Fue uno de los mejores guitarristas de la historia y, además, se preocupó por darle un idioma propio e inconfundible.

Brebaje de resignación para mujeres oprimidas

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El libro "Las cartas de Elena Francis, una educación sentimental bajo el franquismo",  retrata al personaje de ficción —“una policía moral”— y a sus atormentadas seguidoras —mujeres de carne y hueso a las que la dictadura alejó de las cotas de libertad alcanzadas en la República
El libro “Las cartas de Elena Francis, una educación sentimental bajo el franquismo”, retrata al personaje de ficción —“una policía moral”— y a sus atormentadas seguidoras —mujeres de carne y hueso a las que la dictadura alejó de las cotas de libertad alcanzadas en la República

“A las mujeres, aunque tengamos la razón, siempre nos toca perderla”, “Darte unos azotes, con muchísimo cariño”. “Hágase la ciega, sorda y muda. Es lo mejor”. Estas son algunas de las recomendaciones que Elena Francis daba a las mujeres en su consultorio radiofónico y que ahora analiza un libro.

Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, de Armand Balsebre y Rosario Fontova, es el título del libro que edita Cátedra y que saca a la luz la correspondencia inédita de Elena Francis, un personaje de ficción que se convirtió en la consejera sentimental de las españolas, “un fenómeno de masas del brazo de la ideología nacionalcatólica”.

Un jugoso material que fue encontrado por azar. Más de un millón de cartas que fueron halladas en 2005, abandonadas en un almacén de Cornellá (Barcelona) dirigidas a Elena Francis. 100.000 de estas cartas pudieron ser rescatadas de su deterioro para su estudio por Mari Luz Retuerta, directora del Archivo Comarcal del Baix Llobegrat.

Así, un 10 por ciento de este material ha sido catalogado y digitalizado ya y el estudio que recoge este libro analiza más de 4000 cartas escritas entre 1950 y 1972. Balsebre y Fontova, las autoras del libro, no desvelan la identidad ni dirección de las mujeres firmantes.

Un análisis que, según escriben las autoras en el prólogo del volumen”, demuestra “la severa amputación mental a que eran sometidas las mujeres españolas, su falta de autonomía personal y profesional y su sumisión endémica respecto al hombre; su infelicidad provocada por el ñoño sentimentalismo ambiental en el que vivían, atrapadas en ‘el que dirán’ y en la castradora institución familiar”.

El 27 de noviembre de 1950 comenzó desde las antenas del Radio Barcelona -en 1965 se trasladó a Radio Nacional de España- el consultorio de Elena Francis, un personaje que duró 33 años, construido por un grupo de guionistas y que fue una plataforma para vender los productos de belleza del Instituto Francis.

Violencia sexual

La ficticia Elena Francis actuaba como “guía y consuelo” a millones de mujeres a las que brindaba protección e introducía respuestas “de acuerdo con los principios morales y religiosos promovidos por el franquismo”. Cartas en las que se relataban episodios de violencia sexual, malos tratos, faltas de oportunidades o detalles íntimos de la vida matrimonial.

“Si usted tiene paciencia su esposo volverá a su lado”. Decía Elena Francis a sus oyentes en su programa en donde nunca leía las cartas recibidas y solo sus respuestas a un auditorio mayoritariamente perteneciente a la clase trabajadora. Aunque la audiencia potencial a la que aspiraba el Instituto Belleza Francis, en cambio, estaba más cerca de la clase media alta, que era el público que podía pagar sus productor, según las autoras.

“No amiguita, no. Yo creo que una mujer debe luchar denonadamente para conservar a su lado a su esposo, cuando este lo es, y debe aguantar hasta ciertos actos suyos por bien del matrimonio”… contestaba Elena Francis, personaje creado en su primera etapa por una guionista llamada Ángela Castells, “siguiendo las coordenadas ideológicas de la Sección Femenina de Falange y los postulados religiosos y morales”.

“Amiga invisible”, “ángel de la guarda”, “un hada buena” o “mamá francis” son también algunos de los apelativos con los que los oyentes llamaban a Elena Francis, mujeres que depositaban en este personaje más confianza que a nadie. Una guía para una formación moral que quiso amoldarse a los nuevos tiempos tras la muerte de Franco.

Pero Elena Francis seguía editorializando contra esa sociedad moderna “sometida a fuertes corrientes liberalizadoras, ninguna de ellas justifica el libertinaje que, como habría escuchado en este mismo consultorio, muchas veces solo produce madres solteras, hijos ilegítimos e intentos de suicidio”, dijo en 1977 y en 1984 el consultorio puso punto final.

Russell, erotismo ‘anti-Garbo’

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El multimillonario y excéntrico Howard Hugues descubrió a Russell cuando trabajaba como recepcionista en una clínica dental. El mujeriego filántropo quedó prendado de los encantos físicos de 'la Russell', una voluptuosidad que marcó su carrera, y quizas su vida, hasta el final
El multimillonario y excéntrico Howard Hugues descubrió a Russell cuando trabajaba como recepcionista en una clínica dental. El mujeriego filántropo quedó prendado de los encantos físicos de ‘la Russell’, una voluptuosidad que marcó su carrera, y quizás su vida, hasta el final

La culpa de que Jane Russell fuera conocida años antes de que su primera película se estrenara la tuvo el Código Hays, que fue abolido en 1968. La censura se ensañó con «El forajido» (1943), producida y dirigida por el excéntrico multimillonario Howard Hughes, que fue quien descubrió a la actriz y le firmó un contrato en exclusiva por siete años, durante los cuales no pudo interpretar ninguna otra película. Basada en la famosa historia de Pat Garret y Billy el Niño, fue filmada en 1941, pero no se estrenó hasta dos años después, en 1943, y de forma bastante limitada.

La Liga para la Decencia Americana tuvo dos buena razones para prohibirla y retrasar su estreno durante seis años: los pechos de Jane Russell. Unos senos tan enormes y apetecibles para los muchachos que combatían en Europa contra Hitler que su publicidad corría de mano en mano en las revistas sensacionalistas.

La anti-Garbo

Pechos como nunca antes se habían visto en el «star-system» de Hollywood, poblado por estrellas exóticas y con un aura perversa como Garbo y Marlene, pero carentes del erotismo salvaje que poseía Jane Russell. Aún faltaban unos años para que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, las «maggioratas» italianas impusieran en el cine los senos grandiosos y las nalgas ingrávidas que se movían como pocillos de gelatina de fresa, y Jane Mansfield parodiara su exuberancia y también la de Marilyn Monroe, en «The Girl Can’t Help it» (1956).

Silvana Mangano en «Arroz amargo» y «Ana», con la famosa escena del bailón, y Sofía Loren en las comedias neorrealistas, copiaron su lujuriosa provocación, incluso el mohín despectivo que tenía su boca.

El tipo de nueva estrella que Jane Russell representaba a comienzos de los años 40 era mucho más próxima y disponible que los grandes mitos del viejo Hollywood. La carnalidad de la actriz resultaba tan sumamente evidente que todo hacía pensar que su presencia sensual y sus ademanes provocadores incitaban a los hombres a disponer de ella. Un modelo de bomba sexual que, sin su estruendosa aparición en el cine, seguirían también la mayoría de las estrellas y pin-ups norteamericanas de los años cincuenta, como Marilyn Monroe, Ava Gardner, Lana Turner y Rita Hayworth.

Howard Hughes, que además de consumado aviador fue un ingeniero aeronáutico excepcional, vivía tan obsesionado por los pechos de las mujeres que diseñó un sostén especial, que estaba basado en la aerodinámica ascensional que poseían los paracaídas, para que los de su nueva estrella resaltaran exultantes y turgentes en la famosa escena del granero, donde Jane Russell aparece tumbada sobre el heno con una pose tan provocativa que hasta ese momento se desconocía en el cine, mordisqueando indolente una paja. La escena la catapultó al estrellato y la película cosechó un éxito impensable tras años de prohibiciones. En España no se estrenó hasta 1976.

Como buen obsesivo, Hughes había basado la película y su promoción en la idea de resaltar los pechos de su estrella. En realidad, la cinta está centrada en Pat Garret y Billy el Niño, y la presencia de Russell estaba destinada a potenciar el alto voltaje que llevaba aparejada la escena del pajar. En 1946 se inició la campaña publicitaria con un aeroplano que describía en el inmenso cielo de San Francisco dos grandes círculos con un punto en el centro. No había necesidad de adivinar a qué hacía referencia el reclamo.

Jane Russell volvió al cine diez años después con la comedia «Los caballeros las prefieren rubias», de Howard Hawks, amigo de Hughes, y de quien se dice que dirigió múltiples secuencias de «El forajido». El tándem con Marilyn Monroe no podía resultar ante las cámaras más explosivo para interpretar a las dos pueblerinas de Little Rock que tratan de engatusar a un millonario y casarse con él. Una historia basada en el libro de Anita Loos, famoso por sus réplicas mordaces y el aura sofisticada del viejo Hollywood.

Nunca Jane Russell lució tan hermosa y divertida como en esta comedia musical. La escena que se desarrolla en la piscina, en la que baila con un grupo de culturistas es el epítome del erotismo sin tapujos ni oropeles. En el fondo, destilaba en las comedias un aire de candidez y distanciamiento bastante alejado de la imagen de bomba sexual en la que fue encasillada.

Su carrera decayó en los años 60 y durante los 70 se convirtió en la imagen de los sujetadores de la marca Playtex, para la que protagonizó la campaña El cruzado mágico. Publicidad que le reportó mucha popularidad y que realizó a lo largo de toda su vida. No obstante, aunque a partir de esa época hizo muy pocas películas, en 1989 recibió el premio Women’s International Center Living Legacy Award, dedicado a mujeres que hicieron grandes contribuciones a la Humanidad. En su caso, por su actividad en favor de la infancia y las adopciones (sufrió un aborto, no podía tener hijos y adoptó a tres huérfanos).

Jane Russell se casó tres veces y ahogó sus penas en el alcohol. A pesar de todo, ‘”la morena más famosa” no perdió la fe ni su carácter bravo hasta el final. “Moriré en mi silla de montar. No me convertiré en una anciana sentada en casa”, aseguró la actriz. Sus vaticinios no se cumplieron. La diva más polémica del Hollywood dorado se fue en silencio, a los 89 años

Recuerdos del cíclico odio

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Esta película, realizada en Viena en 1924 y basada en una novela del escritor y periodista judío Hugo Bettauer, muestra de forma inquietante la expulsión de la población judía y el consiguiente empobrecimiento cultural y económico de una sociedad. Incluso entonces, el rodaje provocó una acalorada controversia que culminó con el asesinato de Hugo Bettauer
Esta película, realizada en Viena en 1924 y basada en una novela del escritor y periodista judío Hugo Bettauer, muestra de forma inquietante la expulsión de la población judía y el consiguiente empobrecimiento cultural y económico de una sociedad. Incluso entonces, el rodaje provocó una acalorada controversia que culminó con el asesinato de Hugo Bettauer

La inflación y el paro están por las nubes pero los habitantes de una ciudad de habla alemana tras la Primera Guerra Mundial ya tienen un chivo expiatorio, la población judía, y una solución: expulsarla.

Esto que parece reflejar el antisemitismo del Tercer Reich es el profético argumento de la película muda ‘La ciudad sin judíos’, estrenada en 1924, cuando el partido nazi todavía estaba prohibido y Adolf Hitler escribía en la cárcel Mein Kampf.

Basada en una novela satírica del escritor judío Hugo Bettauer, el largometraje desapareció en la década de los años 30 hasta que un coleccionista encontró una copia completa en 2015 en un mercadillo de París. Ahora, la cinta restaurada está a disposición de cinéfilos y curiosos..

«’La ciudad sin judíos’ no es una película muda más, sino un muy temprano mensaje antinazi», y «la primera obra visual dedicada en exclusiva a criticar el antisemitismo», explica el director gerente de Filmarchiv Austria, Nikolaus Wostry. «El Filmarchiv es casi la biblioteca nacional de las películas austríacas, por lo que tenemos un especial deber con esta obra por su mensaje de tolerancia», agrega.

La trama del filme muestra no solo las circunstancias económicas que llevaron al auge del antisemitismo, sino que también relata las consecuencias del éxodo de la población judía de Viena, llamada ‘Utopía’ en la cinta.

La deportación de los judíos se celebra con fuegos artificiales, pero la economía, lejos de mejorar, se dirige a la ruina absoluta, el paro y la pobreza aumentan y la vida cultural decae. Al final, los judíos son bienvenidos por la misma multitud que festejó su partida.

La realidad superó apenas 15 años después a la ficción, cuando los judíos fueron asesinados en masa en campos de exterminio nazis. «En 1924 no se podía concebir que se pudiera asesinar a personas de forma industrial. Esas imágenes no se encuentran en esta película. En ese sentido no es una profecía de lo que sucedió, sino una llamada a la tolerancia», reflexiona Wostry.

La nueva copia ofrece novedades frente a la única versión incompleta conservada, hallada en 1991 en Amsterdam y que carecía de final porque faltaba el último rollo del filme. En la versión restaurada se observa la virulencia del antisemitismo desde el primer momento, incluidos ataques físicos, y el final es una llamada a la tolerancia y la convivencia.

«Es una película muy inusual porque aborda el antisemitismo de forma explícita. Y en una película eso tiene más impacto que en una novela, es más visual», explica Wostry.

La ficción muestra un final feliz con la vuelta de la población judía, algo que contrasta con la realidad austríaca tras el Holocausto, destaca el director gerente de Filmarchiv. Austria no sólo no ayudó a los supervivientes del Holocausto sino que, critica el experto, tardó décadas en reconocer su responsabilidad como Estado en el Holocausto.

«La población judía austríaca hizo una enorme contribución a la cultura y la ciencia de este país. Posiblemente no hay ningún otro país en Europa que deba tanto a su población judía», recuerda. «Existe una contradicción en la historia de Austria», expone Wostry, y afirma que su país suele identificarse con artistas y científicos judíos, como Sigmund Freud, el «padre del psicoanálisis», o el escritor y dramaturgo Arthur Schnitzler, pero afrontó de mala gana su historial antisemita.

La cinta se ha podido restaurar gracias a una campaña de micromecenazgo que logró reunir más de 75.000 euros. Wostry no oculta su decepción porque no hubiera fondos públicos para restaurar una película tan importante, pero se muestra muy orgulloso de la gran respuesta de la sociedad civil.

La restauración es también importante por su actualidad, resalta, ya que la película habla de las desastrosas consecuencias de demonizar a una minoría y eso se aplica tanto entonces como ahora, cuando crecen las tendencias nacionalistas en Europa.

El estreno en 1924 de ‘La ciudad sin judíos’ causó protestas de simpatizantes nazis y hubo incluso agresiones contra quienes iban a ver la película.

La cinta marcó la vida de muchos de los que tuvieron que ver con ella: Bettauer, el autor de la novela que la inspiró, fue asesinado por un nazi meses después del estreno.

El director y guionista, Hans Karl Breslauer, no volvió a dirigir y murió en la pobreza en 1965. La coguionista Ida Jenbach fue deportada al gueto de Minsk y murió allí en 1941.

Y en un cruce de destinos, el actor que interpretó al protagonista judío de la película, Johannes Riemann, se afilió al partido nazi y en 1944 llegó a actuar para las SS en Auschwitz. Por el contrario, Hans Moser, que encarnó a un furibundo antisemita, se negó durante el régimen nazi a divorciarse de su esposa judía

Del silencio al estruendo a través de Pushkin

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En el lugar del marxismo no nacionalista que negaba la cultura, la idiosincrasia popular, la estatalidad tradicional, la nación y la espiritualidad, ante el mundo apareció un imperio culturocentrista casi clásico con Pushkin en el centro
En el lugar del marxismo no nacionalista que negaba la cultura, la idiosincrasia popular, la estatalidad tradicional, la nación y la espiritualidad, ante el mundo apareció un imperio culturocentrista casi clásico con Pushkin en el centro

Cada año, el 6 de junio, día del cumpleaños del escritor Alexánder Pushkin (1799-1837), aparecen carteles con la imagen de este gran poeta, acompañada por alguno de sus versos. Los teatros interpretan sus obras, en los medios de comunicación es recurrente hablar de la importancia de su obra para la cultura del país y el recuerdo de su figura se hace patente en las principales ciudades de Rusia.

Durante su corta vida, de 38 años, este descendiente de esclavos africanos con alma ardiente se convirtió en la figura emblemática de Rusia. Era poeta, recuperador de la lengua rusa, hombre del estado, figura distinguida de la alta sociedad y amante insaciable de mujeres, que murió en un duelo defendiendo el honor de su esposa, Natalia Nikoláyevna Púshkina (1812-1863).

Cuando han transcurrido más de doscientos años desde su nacimiento, Alexánder Pushkin sigue siendo adorado por su nación y sus palabras todavía resuenan en los corazones de millones de conciudadanos.

“Uno de los méritos históricos más importantes del gran poeta ruso Pushkin fue la renovación de la lengua literaria rusa”, afirma Yuri Sorokin, lingüista e historiador literario del Instituto de los Estudios Lingüísticos de la Academia de Ciencias de Rusia, en su trabajo “La importancia de Pushkin en el desarrollo del idioma literario ruso”.

“Pushkin se considera fundador del ruso, cercano y comprensible en toda Rusia, porque era el escritor del pueblo. Su obra enriqueció nuestra cultura”, continúa el experto. “La lengua francesa dominante en los círculos aristocráticos y en la literatura en aquellos tiempos, tenía que desvanecerse lentamente cediendo ante la integridad nacional, el orgullo y el amor por su país en el pueblo ruso”.

Comienzos

Alexánder Pushkin era bisnieto de un esclavo africano que fue vendido en una subasta en Constantinopla y regalado al emperador ruso, Pedro I el Grande. En Rusia, este esclavo recibió el nombre de Abram Petróvich Gannibal (1696-1781) y consiguió hacer una carrera espectacular como militar y hombre de estado, dejando su huella como uno de los constructores del imperio ruso.

Pushkin nació en 1799 en Moscú. Educado por institutrices francesas, el niño flaco y de piel morena heredada de su bisabuelo, hablaba perfectamente francés y le gustaba leer. El amor por su lengua materna se lo inculcaron su abuela, María Alexéevna Púshkina (1745-1818) y su niñera Arina Rodiánovna Yakovleva (1758-1828), a quien dedicó varias obras.

En 1811 Pushkin ingresó en el recién inaugurado Liceo Imperial, en Tsárskoye Seló, cerca de San Petersburgo, llamado posteriormente “Liceo Pushkin” en su honor. Era un establecimiento privilegiado y especializado en la formación de funcionarios de alto rango.

Pushkin no fue un alumno ejemplar y las ciencias exactas se le daban mal, pero precisamente aquí fue descubierto y evaluado con elogio su don poético. Durante los años en el Liceo (1811-1817) comenzó a escribir su primera gran obra: “Ruslán y Lyudmila” (1820), un cuento de hadas épico en verso, basado en el folklore ruso.

En Tsárskoye Seló, Pushkin se hizo amigo de los futuros decembristas, un grupo de oficiales del Ejército que dirigió una sublevación contra la Rusia Imperial, el 26 de diciembre de 1825.

El tiempo pasado en el Liceo quedó grabado en la memoria del poeta como los años más felices de su vida, y el espíritu de fraternidad que reinaba entre los alumnos fue reflejado en su obra “Recuerdos de Tsárskoye Seló” (1814).

La voz del pueblo

“La vida de la sociedad noble en aquella época de la Rusia Imperial no se diferenciaba mucho de la vida de los nobles en Europa”, dice Stepán Shamin, historiador de la Academia de Ciencias de Rusia. “La única diferencia esencial consistía en la existencia de la servidumbre que concedía al hacendado la autoridad, casi ilimitada, sobre sus paisanos”.

Después de la invasión napoleónica de Rusia, en 1812, en la sociedad surgieron nuevas ideas de la imagen de un ciudadano y sus deberes. Se levantaba el ánimo social político.

A partir de 1922 comenzaron a celebrarse veladas anuales oficiales en memoria del aniversario de la muerte de Pushkin. Se referían a él como “la primavera rusa, la mañana rusa, el Adán ruso” y lo comparaban con Dante, Petrarca, Shakespeare, Schiller y Goethe
A partir de 1922 comenzaron a celebrarse veladas anuales oficiales en memoria del aniversario de la muerte de Pushkin. Se referían a él como “la primavera rusa, la mañana rusa, el Adán ruso” y lo comparaban con Dante, Petrarca, Shakespeare, Schiller y Goethe

Los sueños liberales y revolucionarios no se hicieron realidad en aquel entonces: Rusia no estaba preparada para esos cambios y era incapaz de liberarse de la servidumbre. Eso provocaba la frustración y la protesta en la sociedad noble. Entonces empezaron a aparecer los grupos secretos.

Pushkin se encontraba en el medio de estas conmociones. En aquel período escribía muchos versos políticos, entre ellos “Para Chaadáyev” (1818) y la oda “Libertad” (1818). Aunque no tomaba parte en las actividades de las primeras organizaciones secretas, llegó a ser asociado con sus miembros ya que tenía lazos de amistad con muchos de ellos.

“Pushkin era rebelde por su naturaleza y eso determinaba sus relaciones con el poder político. En 1820, el zar Alexánder I, preocupado por la agitación popular, decidió exiliar a Pushkin al sur de Rusia por “inundar el país con sus versos indignantes”, – cuenta Stepán Shamin-. “Pero hay que mencionar que los zares eran bastante tolerantes con el poeta. A cualquier otra persona le hubieran exiliado a Siberia por las palabras tan abusivas y provocativas”, – agrega el experto.

El poeta sufrió el exilio en varias ocasiones, pero también la censura, la calumnia, la humillación, el chantaje y represiones. Sin embargo, nada era capaz de demoler su voluntad, nunca dejó de ser la voz del pueblo. Como poeta y como ciudadano, Pushkin durante toda su vida fue fiel a los ideales de su juventud.

“La poesía política de Pushkin tenía un tremendo impacto en el movimiento de liberación de Rusia”, – afirma Stepán Shamin.

Posteriormente aquella época de las premisas de cambios profundos en el Imperio Ruso recibió el nombre de la “época de Pushkin”.

Legado literario

Todavía en vida, a Pushkin le llamaban genio. A partir de los años 20 del sigloXIX se consideraba el primer poeta ruso y, entre los lectores, se acechaba el culto de su personalidad.

El mayor legado que ha dejado es el idioma, la libertad y autoestima del espíritu ruso. Pushkin hizo que la literatura fuera el derecho natural de todos y cada uno de los rusos, desde la familia real hasta la gente común, y se considera el fundador del lenguaje literario moderno ruso.

“¿Por qué la literatura rusa antes de la aparición de Pushkin era “la cultura del gran silencio”? ¿Y por qué después de la aparición de Pushkin aparecen decenas de escritores distinguidos?”, reflexiona Yuri Soloviov, autor de varias publicaciones sobre el poeta. “La literatura está ligada estrechamente con el fenómeno del idioma, obviamente. Sin embargo, para hacer posible expresar a través de la lengua cualquier matiz, penetrando en el fondo de la mentalidad humana, la lengua tiene que ser ágil y flexible. Precisamente eso hizo Pushkin”.

“Las normas principales de la lengua rusa, representadas en la obra de Pushkin, permanecen existentes y activos en nuestros tiempos también”, escribe Yuri Sorokin. “Estas normas resultaron imperturbables e independientes de los cambios de épocas históricas”.

Hoy en día cada alumno que cursa estudios primarios en Rusia lee de memoria algo de la poesía de Pushkin. Así se le inculcan el amor por su idioma.

Pushkin era el autor de la primera novela realista en verso que describía costumbres y la vida de la sociedad de noble “Eugenio Oneguin” (1831). Se considera su obra más importante, y otra obra maestra fue “Borís Godunov” (1825), considerada como la primera novela histórica, también en verso, que se trataba el tema del hombre y el poder y al principio estaba prohibida.

Problemas de traducción

A pesar de su fama enorme en Rusia, Pushkin es un escritor no muy comprendido en algunos países debido a que muchas finezas de su poesía se pierden en la traducción. Sin embargo, hoy en día en los países occidentales ha surgido nueva revisión del poeta.

Póster soviético sobre el centenario de la muerte de Pushkin
Póster soviético sobre el centenario de la muerte de Pushkin

La Fundación Internacional de Pushkin, creada por su último descendiente varón que lleva el mismo nombre, organiza eventos dedicados a su figura y obra por toda Bélgica, incluido el juego “La noche con Pushkin en San Petersburgo” que se ha celebrado sesenta veces.

En Estados Unidos también crece el interés por el legado de Pushkin. El director de documentales estadounidense, Michael Beckelhimer, entrevista a los amantes de la obra del poeta en Rusia. Y el abogado neoyorquino Julian Lowenfeld ha publicado un libro, llamado “Mi talismán”, dedicado a este poeta.

David Bethea del estado de Wiskonsin dirige el proyecto que ofrece un programa en ruso para los apasionados por la obra Pushkin, que tiene por fin liquidar la barrera lingüística y que incluye períodos de enseñanza en San Petersburgo. David planea ampliar su programa hasta el nivel nacional.

Como escribía Fiódor Dostoievski, “Pushkin no sólo encarna el espíritu ruso, sino que posee una especial capacidad para comprender y asimilar sutilmente los ideales de otras naciones.”

Juegos de alcoba entre plantas

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La Paeonia festiva, una planta de peonía, actúa a través de sus estambres dispuestos como una corona
La Paeonia Festiva, una planta de peonía, actúa a través de sus estambres dispuestos como una corona

Ver lo conocido de un modo nuevo e inesperado fue lo que hizo que Carl von Linneo (1707-1778) clasificara las plantas sexualmente, algo que recordaron en “Herbarium Amoris” con primerísimos primeros planos otros dos suecos, el fotógrafo Evard Koinberg y el escritor ya fallecido Henning Mankell.

El proyecto comenzó en 1999, cuando Koinberg leyó los textos de Linneo, quizá la figura de la Ilustración sueca más conocida, y se quedó “estupefacto” por la desinhibición y la poesía del lenguaje del padre de la botánica.

“Los sépalos son el tálamo donde se juntan los estambres y los pistilos, con su forma de cetro. Los filamentos son los conductos espermáticos, el estilo el pasaje maternal o vagina, el óvulo los ovarios, el pericarpio el ovario fértil y la semilla es el huevo”, describía el botánico.

Linneo fue el primero que habló de la sexualidad de las plantas y a partir de su observación de una colección de más de 20.000 especímenes, las agrupó en un Calendarium Florae y las clasificó sistemáticamente por el número y disposición de sus partes reproductivas.

Fue muy polémico en su tiempo porque afirmó que los estambres y pistilos eran como un espejo de los genitales humanos y provocó una “revolución sexual” en taxonomía de las plantas.

En base a su herbario desarrolló su sistema de clasificación botánica, todavía vigente, que ordena las plantas en función de su tiempo de florecimiento, y por el número y disposición de sus órganos sexuales.

Clasificó las plantas en 24 grupos o clases, contó los estambres de la flor y anotó cómo estaban organizados y según la cantidad de estilos del pistilo los separó en subgrupos u órdenes y fue quien les dio nombre (género) y apellido (especie) con su nomenclatura binaria.

La idea de que las plantas y su sexualidad salieran de la oscuridad fue, precisamente, el punto de partida del trabajo de Koinberg, realizado en su mayor parte en el jardín que rodea su casa en Uppland, el mismo paisaje en el que vivió y trabajó Linneo.

Mankell, el “padre” del taciturno y famoso detective sueco Wallander, fue el encargado de glosar la figura del botánico y asegura en el libro que “igual que Suecia es una potencia prácticamente desconocida” en cualquier materia, todo el mundo sabe quién fue Linneo.

Koinberg ha creado un moderno equivalente del trabajo de Linneo, acercándose al sujeto con la misma pasión y dedicación, y fotografía cada delicada flor en su estudio bajo condiciones perfectas de luz para celebrar el erotismo de la flor.

Describe el ciclo vital de varios ejemplares desde su etapa de capullo, al florecimiento y marchitamiento consiguiendo un moderno Calendarium Florae, un calendario visual que registra gráficamente el año a través de las flores.

En “Herbarium Amoris” (Taschen), Koinberg captura el lirismo y el brillo del erotismo del mundo floral en primeros planos, sobre un fondo negro, en el que destacan cada parte de la planta, el rocío titilando en los pétalos abiertos o las más delicadas formas vegetales infundidas de “fuerza vital desenfrenada”.

“El cáliz es el lecho nupcial en el que los estambres y el pistilo se unen. En algunas camas hay cuatro hombres, dos altos y dos bajos, con la novia, y en otras hasta diez hombres”, comparaba Linneo para escándalo de sus coetáneos.