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Una vida para las líneas ‘espaciales’ de Nazca

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María Reiche se enamoró de la nada del desierto y en él dio su vida. A él dedicó su existencia en solitario: a investigar, elucubrar, descubrir, limpiar, cuidar y conservar algo que pasó de misterio indescifrable y desconocido por la mayoría a atracción turística demasiado visitada. En la inmensidad de la llanura peruana había unas líneas geométricas imposibles de entender y a las que la científica alemana se empeñó en dotar de significado
María Reiche se enamoró de la nada del desierto y en él dio su vida. A él dedicó su existencia en solitario: a investigar, elucubrar, descubrir, limpiar, cuidar y conservar algo que pasó de misterio indescifrable y desconocido por la mayoría a atracción turística demasiado visitada. En la inmensidad de la llanura peruana había unas líneas geométricas imposibles de entender y a las que la científica alemana se empeñó en dotar de significado

La arqueóloga Maria Reiche, conocida como “la dama del desierto”, se apasionó hasta el fin de sus días con los enormes geoglifos de Nazca y dedicó su tiempo y dinero a preservarlos.

En un trabajo para la escuela, la niña Maria Reiche escribió que su sueño era viajar por el mundo como investigadora. Nacida en 1903 en Dresde, esa chica se convertiría en la máxima experta en las Líneas de Nazca, esos enormes geoglifos con formas de animales que inundan el desierto entre Palpa y Nazca, en Perú. Para graficar la importancia que tiene para la región y para la investigación esta arqueóloga y matemática alemana, dos ejemplos: el aeropuerto de Nazca lleva su nombre, al igual que una importante avenida de la ciudad.

Deseosa de cumplir sus sueños, Reiche viajó a Cuzco en 1932. Ana María Cogorno, presidenta de la Asociación Maria Reiche, una institución que resguarda el legado de la arqueóloga, cuenta que Reiche estuvo tres años en Cuzco, haciendo clases a los hijos del cónsul alemán. En ese período, la arqueóloga “aprende a admirar nuestro pasado y todas sus manifestaciones culturales”. Incluso, la joven peregrinó hasta Machu Picchu, “iniciando ahí su primera investigación astronómica al reloj solar, el Intiwatana”, revela Cogorno.

Reiche regresó a Alemania en 1936. Pero la situación en su país estaba muy complicada, con el régimen de Adolf Hitler preparando el escenario para lo que sería la Segunda Guerra Mundial. Por ello, decide volver a Perú. “En las primeras cartas que envió desde Perú a su hermana y a su madre, Maria relata que se había enamorado del país y su gente y que no deseaba retornar a Alemania. Y cuando en 1941 tuvo la posibilidad de viajar a Nazca con el arqueólogo Paul Kosok, su apetito por la investigación despertó”, explica la ingeniera Christiane Richter, autora de numerosos textos sobre las Líneas de Nazca y presidenta de la Asociación Dra. Maria Reiche, con sede en Dresde.

El “virus de Nazca”

En gran medida gracias al trabajo de Reiche, las Líneas de Nazca son hoy Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Estos gigantescos dibujos –que pueden apreciarse en toda su magnificencia desde el aire– fueron trazados por la cultura nazca y, según las investigaciones de la arqueóloga alemana, eran un calendario astronómico que ya relacionaba la posición de los astros con las cosechas y las estaciones del año. “Este lugar sagrado captura la atención de Maria y lo convierte en la razón de su vida”, dice Cogorno.

“En la Asociación nosotros hablamos del ‘virus de Nazca’, que contagia a algunos y a otros no. Pero el que cae contagiado, nunca más lo deja”, dice entre risas Richter, intentando buscar una explicación a la incontrarrestable pasión que generan estas maravillas, entre las que se cuentan líneas de solsticio y famosos diseños como “El colibrí”, “El mono” y “La araña”, estos últimos dos descubiertos por Reiche. Sabedora del enorme valor de sus hallazgos, Reiche se fue a vivir a El Ingenio (cerca de las líneas) y comenzó a luchar para conservarlas.

“La prensa escrita de la época da detalles de esa lucha, como cuando Maria hace campaña en contra de un proyecto del Ministerio de Agricultura para irrigar la zona donde se encuentran las líneas. Llegó hasta el Parlamento, donde mostró a los diputados sus investigaciones, planos geográficos y fotos de las figuras. Así logró, después de muchos debates, el apoyo de los diputados”, cuenta Cogorno. Consciente de que los peligros no desaparecerían, Reiche pidió ayuda financiera a su hermana Renate. Con ese dinero, pagó a seis guardias “con el único propósito de conservar la zona arqueológica por el profundo respeto y amor que tenían las dos por Perú”, dice Cogorno.

Peligros que no desaparecen

En 1992 Maria Reiche recibió la nacionalidad peruana. “Yo les digo: yo soy chola”, dijo entonces la alemana, que expresó su enorme aprecio por la cultura nazca también en sus obras. “Tengo definida mi vida hasta el último minuto. El tiempo será poco para estudiar la maravilla que encierran las pampas de Nazca, y ahí moriré”, apuntó en una ocasión. “¡Todo por Nazca! Si 100 vidas tuviera, las daría por Nazca. Y si mil sacrificios tuviera que hacer, los haría si por Nazca fuera”, dijo en otra oportunidad. Y cumplió: murió en 1998 en Perú, siempre atenta a sus líneas.

Su deceso dejó un vacío que intentan llenar sus seguidores, que siguen enfrentándose a los mismos problemas. “Desde nuestra perspectiva, hay muchas amenazas. Están las catástrofes naturales, como El Niño o el calentamiento global, y también la contaminación. Por otra parte están los trabajos mineros y situaciones inesperadas, como accidentes aéreos o acciones como la de Greenpeace de diciembre de 2014. El rally Dakar también es un problema”, enumera Richter. Cogorno agrega que sigue el saqueo del patrimonio cultural y que falta invertir más en conservación.

“Basta con considerar los visitantes que sobrevuelan las líneas para darnos cuenta de la relevancia que tienen para el turismo en el Perú. Aun así, la inversión estatal para la conservación de este sitio histórico es casi nula”, lamenta Cogorno desde Lima, dejando en evidencia un problema habitual: el escaso interés de muchos Estados por los valores más grandes que legó a sus países la historia.

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Escueto epitafio para la voracidad

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Hernán Cortés mantuvo romances con numerosas indígenas. En esta litografía del francés Nicolas Maurin, el jefe Zingari presenta a Aída, su hermana, a Cortés
Hernán Cortés mantuvo romances con numerosas indígenas. En esta litografía del francés Nicolas Maurin, el jefe Zingari presenta a Aída, su hermana, a Cortés

Hernán Cortés es sin duda uno de los más grandes conquistadores que ha dado la historia, a la altura de Alejandro Magno, Atila o Napoleón. Padre de la expresión “quemar las naves”, tras haberse negado a retroceder en su conquista quemando la única vía de huída, Hernán Cortés y su ejército consiguieron imponer el dominio español al imperio azteca en dos años.

Sus logros militares no le excusan de los abusos cometidos en México, pero el profundo catolicismo del conquistador y una conciencia moral avanzada para su época le llevaron a plantearse si era lícito esclavizar a los indios, una duda insólita en los inicios del siglo XVI.

Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano nació en la Corona de Castilla (la actual España) en 1485, en el seno de una familia de hidalgos. Tras unos breves estudios universitarios, viajó a las recién descubiertas Indias y se estableció como escribano en la isla La Española (actual Santo Domingo).

Tras ascender jerárquicamente entre los primeros colonizadores del Nuevo Mundo y constituirse como alcalde de la recién fundada ciudad de Santiago, en Cuba, el conquistador español y primer gobernante de la isla, Diego Velázquez de Cuellar, le puso al mando de una expedición a Yucatán, el actual México.

Cortés navegó hasta Tabasco (México) donde derrotó a los mayas y fundó, en la costa del país, la ciudad de Villa Rica de Veracruz. Fue allí donde descubrió la existencia del Imperio Azteca, donde se decía que había inmensos tesoros.

La determinación característica de este personaje histórico le llevó a hundir sus barcos para que el ejército no tuviese la tentación de dar marcha atrás, asustados por la inferioridad numérica. De este episodio procede la frase hecha “quemar las naves”.

Junto con otros pueblos indígenas que consiguió unir a su causa, ya que se encontraban sometidos a los aztecas, Cortés llegó a la Capital del Imperio, Tenochtitlán. A su paso, los conquistadores españoles saquearon ciudades prehispánicas como la de Chololula.

Cortés fue recibido pacíficamente por el emperador azteca, Moctezuma II, quien se declaró vasallo de la Corona de Castilla. Se cree que la buena acogida de los conquistadores españoles por parte de los aztecas se debe a la identificación de estos con seres divinos. A pesar del acogimiento, el ejército de Cortés se comportó de forma tiránica y saqueó las posesiones de los aztecas.

Durante estos meses se llevaron a cabo matanzas de nobles indígenas por parte de los conquistadores españoles, lo que provocó la ira del imperio y, aún a pesar de que su emperador se encontraba secuestrado por Cortés, se revelaron contra la invasión.

En la llamada ‘la noche triste’, los españoles que quedaban tras la lucha con los aztecas se vieron obligados a huir de la zona. Pero Cortés no olvidó sus planes de tomar Yucatán para la Corona de España, de manera que se rearmaron y junto con otras tribus indígenas consiguieron tomar Tenochtitlán, aunque la ciudad se encontraba completamente devastada.

Gracias a estas conquistas, Cortés fue premiado con el título de Gobernador y Capitán de la Nueva España, nombre que los españoles le asignaron a esta zona de México.

Hernán Cortés falleció en España el 2 de diciembre de 1547 a los 62 años. Fue enterrado en principio en su país de origen, pero sus restos fueron trasladados a México en 1566. En este país estuvieron sepultados hasta en siete sitios distintos.

Tras haber peregrinado por cuatro monasterios e iglesias diferentes, y con motivo de evitar su profanación en la Guerra de Independencia, fueron escondidos en un nicho junto al tabernáculo de una Iglesia anexa al Hospital de Jesús –donde se cree que se reunió con Moctezuma II–.

Un siglo después de esta sepultura secreta, un embajador mexicano presentó a España el acta de enterramiento clandestino de Hernán Cortés. Finalmente, en 1947 fueron colocados en un muro de la Iglesia de Jesús Nazareno a la izquierda del altar, donde continúan a día de hoy.

Los restos mortales de Hernán Cortés no tienen ningún tratamiento de interés turístico en México, nadie los va a visitar y su figura es más bien un tabú en el país. Están señalados por una pequeña placa a tres metros de altura en la que solo pone “Hernán Cortes 1485-1547”. El conquistador es recordado como uno de los representantes de las barbaridades humanas que fueron aparejadas a la conquista de México.