astronomia

¿Y si no hay más vida inteligente que esta?

Posted on

El ser humano ansía sentirse acompañado en el frío y hostil universo
El ser humano ansía sentirse acompañado en el frío y hostil universo

El doctor en Astronomía Armando Arellano Ferro imparte charlas bajo la temática “Vida extraterrestre: ilusiones y antropocentrismo”. Investigador del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Arellano Ferro aborda la idea sobre la existencia de vida extraterrestre y nuestra capacidad de reconocerla y encontrarla, resumiendo los alcances y las limitaciones del conocimiento moderno.

“La idea de vida en el universo es antigua y permanente en el ser humano; sin embargo, abordarla desde la idea de los ovnis me parece una audacia por no decir una torpeza, o por lo menos es una limitación intelectual. Yo creo que hay otras maneras más sensatas e inteligentes de abordar el problema, somos capaces de muchas más conjeturas sobre la vida, la conciencia y la inteligencia”, asegura.

Arellano Ferro señala que los seres vivos son sistemas físicos que no están en equilibrio y que se mantienen disipando energía. “Si definiéramos la vida como un sistema disipador de energía fuera de equilibrio, entonces una galaxia o una nebulosa planetaria, por ejemplo, cumplirían la definición y en ese caso el universo estaría lleno de vida”.

“La definición de vida como la entendemos en la Tierra no nos sirve cósmicamente, tenemos que cambiar de paradigma. A veces la vida, como sí la conocemos, nos parece tan familiar que olvidamos el intrincado laberinto de condiciones que la hicieron posible y que la mantienen, tendemos a simplificarla y creerla común en todos lados, pero la vida como fenómeno podría más bien ser excepcional”, afirma el astrónomo físico, quien entiende que es posible que en otros planetas existan condiciones para que se den vidas parecidas a la nuestra, pero ahí la temporalidad juega un papel trascendente.

La visión antropocentrista

El astrónomo señala que al pensar en la vida extraterrestre se cae fácilmente en el antropocentrismo y no logramos desprendernos de ideas adquiridas durante milenios de la experiencia de lo vivo en la Tierra. “Si en un planeta como la Tierra surgió la vida, es sensato buscar otros planetas parecidos a la Tierra y averiguar si por ser parecidos se podrían dar los mismos procesos que desencadenaron la vida. Es ahí donde quizá tendremos más oportunidades de encontrar alguna forma de vida; sin embargo, esta podría hallarse en un estado evolutivo muy diferente al de la vida en la Tierra ahora”, expresa el investigador, quien añade que entre los más de mil 300 planetas descubiertos en los últimos 20 años alrededor de otras estrellas, solamente se conocen unos cinco parecidos a la Tierra en tamaño, probablemente con atmósfera y con temperatura adecuada.

Asimismo comenta que siempre que se habla de vida se espera encontrar seres desarrollados y comunicativos como los seres humanos. Así, hilvana esta idea con el caso de los humanos en la Tierra, la conciencia de estar vivos, la inteligencia, y discute si la evolución biológica desencadena necesariamente en la conciencia y la inteligencia.

La búsqueda de vida en otros planetas y la de paralelismos con el proceso que en la Tierra nos puso aquí debe tomar en cuenta la brevedad del tiempo que la humanidad, consciente e inteligente, ha estado en la Tierra; desde cuándo existe la vida en la Tierra y desde cuándo existe la conciencia y la capacidad para plantearse estas preguntas; así también los tiempos en los que se forman los sistemas que dan origen a la vida y que son capaces de conservarla.

Ante estos cuestionamientos, Arellano Ferro recuerda que la edad de la Tierra es de unos cuatro mil 600 millones de años y que la edad del fósil de un organismo vivo más antiguo es de tres mil 600 millones de años; sin embargo, el Homo sapiens surgió hace apenas unos 100 mil años y el interés por la vida en el universo tiene quizá cinco mil años, aunque la capacidad tecnológica de buscarla no rebasa los 150 años.

“Durante los primeros mil millones de años este planeta no tuvo vida. La Tierra ha estado habitada por alguna forma de vida 80 por ciento de su existencia, pero solamente 0.1 por ciento ha estado habitada por un ser emparentado con el hombre”, resalta.

Además, relata que la vida se formó y se conservó debido a varias condiciones favorables pero fortuitas: el periodo de rotación de la Tierra, la inclinación de su eje y la distancia con el sol han permitido conservar su atmósfera y, por lo tanto, los océanos; su estructura interior, que genera el campo magnético que nos protege de radiación letal proveniente del sol, además de la presencia de los planetas masivos Júpiter y Saturno que durante la época de intensa caída de meteoritos en el sistema solar protegieron la Tierra, disminuyendo en ella el número de impactos de colosales meteoros.

Por todo ello, señala, la formación y conservación de la vida es compleja y tal vez sea necesario descubrir decenas de miles de planetas similares a la Tierra para encontrar organismos sofisticados, no necesariamente inteligentes, pero complejos. Por consiguiente, “no se puede utilizar la evolución humana como ejemplo de lo que tiene que suceder en otro lado”, finaliza.

Anuncios

El inquietante planeta X

Posted on Actualizado enn

    La comunidad científica se encuentra dividida por la interpretación de objetos con órbitas muy alargadas, que podrían explicarse o no con la presencia de planeta XLa comunidad científica se encuentra dividida por la interpretación de objetos con órbitas muy alargadas, que podrían explicarse o no con la presencia de planeta X

La alargadísima órbita de El Duende o 2015 TG387, un planeta enano que se mueve por los confines del sistema solar, ha hecho pensar a sus descubridores que está influenciada por un desconocido planeta X. Sin embargo, otros astrónomos consideran que los movimientos de este y otros objetos extremos se puede explicar por procesos de difusión orbital peculiares o simples sesgos observacionales.

El nuevo descubrimiento de 2015 TG387 es fruto de un sondeo a largo plazo del sistema solar externo que están llevando a cabo sus autores desde hace unos años con telescopios en Hawái y Chile, y cuyo objetivo final sería el descubrimiento de un nuevo planeta del sistema solar.

En estos momentos, la comunidad científica se encuentra dividida con respecto a la interpretación de nuevos objetos como este, observados a lo largo de órbitas muy alargadas que les llevan desde la vecindad de Neptuno y el cinturón de Kuiper (de 30 a 80 AU) hasta la región ocupada por la nube de Oort interna (situada a miles de AU y distinta a la nube de Oort clásica, propuesta por Oort en 1950).

Un grupo considera que las propiedades de estos objetos no son compatibles con la existencia de un hipotético planeta X. Por una parte postulan que la distribución de sus órbitas presenta peculiaridades única y exclusivamente debido a sesgos observacionales y efectos de selección. Por otra, argumentan que la existencia de los objetos más anómalos se puede explicar por procesos de difusión orbital en los que la órbita de un objeto va cambiando paulatinamente hasta alcanzar los valores extremos de tamaños y formas orbitales observados.

En la esquina opuesta están los grupos que consideran que las órbitas de estos objetos tan peculiares solo pueden ser explicadas como resultado de las perturbaciones ejercidas por un hipotético planeta aún por descubrir. Los autores del descubrimiento de 2015 TG387 o El Duende defienden esta interpretación y con su nuevo artículo se reafirman en su hipótesis.

El anuncio de 2015 TG387 se une al también reciente de 2015 BP519 o Cajú (el Anacardo), un objeto que tiene una de las órbitas más extrañas jamás observadas y que no parece tener el mismo pasado dinámico que el resto. Con este, ya son 30 los objetos transneptunianos extremos (ETNO, por sus siglas en inglés) conocidos.

Más de un perturbador

En un estudio en el que he participado recientemente señalamos que las propiedades de 2015 BP519 son demasiado extremas dentro del contexto de estos objetos como para poder compararlas con las del resto. En cualquier caso, cuando se analizan de forma conjunta los datos de estos objetos, incluyendo 2015 BP519 y 2015 TG387, parece que efectivamente están sujetos a perturbaciones, aunque estas parecen compatibles con la presencia de más de un perturbador.

La región del sistema solar comprendida entre el cinturón de Kuiper o cinturón transneptuniano, a 40 AU, y la nube de Oort, a 50.000 AU, se creía vacía hasta que a partir del año 2000 se empezaron a hacer públicos los descubrimientos de estos objetos tan interesantes. Ahora sabemos que esta región dista mucho de estar vacía y sospechamos que nos va a dar todavía muchas sorpresas en los próximos años.

La realidad es que aún tenemos pocas observaciones de estos objetos, por lo que sabemos poco de ellos aparte de las propiedades de sus órbitas. En términos de composición química sólo se han publicado resultados de Sedna y el par (474640) 2004 VN112 y 2013 RF98, aunque en la reciente reunión de la Unión Astronómica Internacional (IAU) en Viena se han hecho públicos resultados preliminares de otros dos objetos: 2002 GB32 y (506479) 2003 HB57.

Estos dos pares de objetos parecen ser muy diferentes de Sedna. Los del cuarteto son rosados, mientras que Sedna es muy rojizo. Confiamos en los nuevos datos y sorpresas que puedan deparar las futuras observaciones.

Carlos de la Fuente Marcos es astrónomo de la Universidad Complutense de Madrid, experto en objetos transneptunianos extremos. Algunos de sus trabajos, realizados con su hermano Raúl de la Fuente Marcos, sugieren la presencia de uno o más planetas desconocidos en el sistema solar.

“Salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos”

Posted on

La carrera espacial era un tema caliente durante la Guerra Fría. Más allá de los descubrimientos científicos que pudieran proferir las misiones en órbita, el espacio era una nueva trinchera que podía ser usada para fines militares y de espionaje. Gagarin y su hazaña se convertirían entonces en el rostro de la campaña propagandística de una ideología, un sistema económico y una superpotencia
La carrera espacial era un tema caliente durante la Guerra Fría. Más allá de los descubrimientos científicos que pudieran proferir las misiones en órbita, el espacio era una nueva trinchera que podía ser usada para fines militares y de espionaje. Gagarin y su hazaña se convertirían entonces en el rostro de la campaña propagandística de una ideología, un sistema económico y una superpotencia

Durante 108 minutos, un terrestre se paseó por el espacio a bordo de una cápsula; antes de él nadie lo había hecho. El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en entrar en órbita.

La cápsula esférica dentro del cohete Vostok 1 era de tan solo 2,3 metros de diámetro; un espacio apenas habitable para aquel hombre de 1,57 metros de altura. Lejos de estar incómodo en la reducida cabina, el soviético transpiraba ilusión, mientras aguardaba el despegue sentado sobre un asiento eyectable.

En frente tenía un modesto panel de control. Las perillas y palancas eran pocas, pues la nave había sido diseñada con muchas funciones automatizadas. A su lado, el viajero contaba con una ventanilla que, poco después, le permitiría ver más allá de donde cualquier otro humano hubiera visto antes.

La misión del astronauta era más la de un observador que la de un piloto. El hombre de pelo castaño debía comunicarse desde los cielos y –si todo salía bien– regresar a Tierra para narrar su experiencia.

Las dos horas previas al lanzamiento de la aeronave fueron las más largas de su carrera. Habían pasado casi dos años desde que lo seleccionaron, entre 20 candidatos, para abordar una máquina hacia lo desconocido.

La nave permanecía estacionada en la rampa de lanzamiento, a la vez que en la base de control revisaban la comunicación con “el elegido”. El pasajero se relajaba escuchando música mientras se aseguraba los guantes.

Su casco decía CCCP (las siglas de la URSS en cirílico) y le habían prohibido llevar la bandera soviética o cualquier insignia alusiva a su nacionalidad.

“Poyéjali!” (¡Allá vamos!), vociferó el soviético de 27 años de edad, minutos antes del despegue. A las 9:07 a. m. del 12 de abril de 1961, la máquina y su tripulante emprendían un vuelo que dejaría un rastro imborrable.

La carrera espacial

Gagarin simbolizaba de la mejor manera el ideal comunista. Había trabajado como obrero metalúrgico y era hijo de un carpintero, proveniente de una familia de granjeros. Así entonces, Yuri daría el ejemplo de cómo un humilde ciudadano soviético podía llegar alto, hasta niveles nunca antes alcanzados.

La realización de la aventura era un secreto para el mundo completo, al igual que la identidad del pasajero y la localización del cosmódromo de Tyura-Tam (desde donde despegó la nave).

Un eventual fracaso representaría un golpe bajo para la moral soviética en la caliente carrera espacial ante Estados Unidos. Por lo contrario, si el desenlace era exitoso, la proeza astronómica volvería los ojos del globo terráqueo hacia la tecnología espacial comunista.

En abril de 1967, al otro lado del océano Pacífico, la NASA preparaba un vuelo suborbital para finales de mes. El astronauta Alan Shepard se entrenaba para dicha misión. El reto de lanzar la primera aeronave tripulada oscilaba entre dos polos ideológicos.

La URSS aceleró el proyecto y lo fechó para llevarlo a cabo entre el 10 y el 20 de abril, para tener ventaja sobre su homólogo.

Diez años antes había empezado la carrera espacial, cuando la Unión Soviética lanzó el satélite artificial Sputnik 1. De forma sorpresiva, los europeos demostraban una superioridad tecnológica frente al capitalismo. “Ante el mundo, el primero en el espacio significa el primero, no más que eso; mientras que el segundo en el espacio significa el segundo en todo”, dijo en aquel momento Lyndon B. Johnson, vicepresidente de John F. Kennedy.

La carrera espacial era un tema caliente durante la Guerra Fría. Más allá de los descubrimientos científicos que pudieran proferir las misiones en órbita, el espacio era una nueva trinchera que podía ser usada para fines militares y de espionaje. Gagarin y su hazaña se convertirían entonces en el rostro de la campaña propagandística de una ideología, un sistema económico y una superpotencia.

“La Tierra es hermosa”

Once minutos después de haber despegado, la cápsula del Vostok se separó del cohete que la sostenía. La nave había entrado en órbita y se desplazaba a 28.000 kilómetros por hora.

“Veo nubes sobre la Tierra y la sombra que proyectan. ¡Qué belleza! … la Tierra es hermosa”, expresó el cosmonauta por medio del sistema que lo comunicaba con el planeta.

Sus transmisiones eran continuas y cada vez más reconfortantes. A pesar de que se habían realizado seis viajes preliminares, el lanzamiento del 12 de abril de 1961 no dejaba de ser un riesgo.

Desde 1957, el programa espacial soviético introdujo animales a los satélites Sputnik. Así que, antes de Gagarin, los vuelos soviéticos de prueba habían llevado al espacio a perros, ratones, conejos y a un maniquí apodado Iván Ivanovich.

En 1957, Laika, una perra callejera, se convirtió en el primer animal que estuvo en órbita. Aquella vez, tras siete horas de vuelo, se perdieron las señales de vida del can, que nunca regresó a la Tierra.

El 16 de agosto de 1960 la URSS envió a otros dos perros: Belka y Strelka, los primeros mamíferos en regresar con vida tras estar en órbita durante un día.

Una serie de pruebas exitosas motivaron al programa soviético a dar un paso al frente enviando a un humano en una de sus misiones.

Sin embargo – sin escepticisimos de por medio– el viajero vestiría un uniforme de intenso color naranja, para que el cuerpo fuera fácil de encontrar en un eventual rescate.

Además, en la Tierra, Gherman Titov esperaría el desenlace de la misión. Él era el cosmonauta suplente que se mandaría en caso de que Gagarin fracasara.

Desde la primera órbita elíptica, la nave Vostok pasó sobre América del Sur y, posteriormente, sobre África austral, hasta alcanzar un apogeo de 344 km. Afuera de la atmósfera terrestre, el astronauta reportaba todo lo que veía desde el objeto volador: “Continúo el vuelo en la sombra de la Tierra. En la ventanilla de la derecha, ahora veo una estrella. Se mueve de izquierda a derecha por la ventanilla. Se fue la estrellita. Se fue, se fue”, reportó a las 10:07 a. m., según data en las transcripciones de las comunicaciones de aquel 12 de abril.

Misión exitosa

Al estar sobre el océano Pacífico –cuando la nave pasó por la parte nocturna de la Tierra–, el astronauta intentó encontrar con su vista la luna creciente que le daba luz a medio planeta. El satélite blanco, sin embargo, no estaba en su ruta de vuelo. “No importa, voy a verla en otra oportunidad”, escribió Yuri en su autobiografía, titulada El camino hacia el Espacio.

El hito se habría logrado desde el momento en que la cápsula ingresó en órbita; no obstante, la misión concluiría hasta que el cosmonauta pisara la Tierra una vez más. Tras 40 minutos de viaje, la nave estaba lista para regresar a la “madre patria”.

Sobrevolando África, a 8.000 kilómetros del punto de aterrizaje, la cápsula Vostok encendió un motor que le permitiría interceptar las capas más altas de la atmósfera para comenzar el descenso. A las 10:24 a.m., Gagarin se comunicó por última vez con la Tierra desde el espacio: “Me siento bien. Continúo el vuelo”.

La Vostok comenzó el descenso seis minutos después, rodeada de una bola de plasma que interrumpió las transmisiones del cosmonauta. La nave se aproximaba en caída libre, y a siete kilómetros de tocar la superficie, el tripulante era disparado de la cápsula. El paracaídas de emergencia se desplegó para suavizar el aterrizaje del hombre que venía del “más allá”; el planeta estaba a pocos metros de distancia.

Yuri cayó en una granja, varios kilómetros más lejos del punto donde debía descender.

Una campesina y su nieta se acercaron con curiosidad y la niña le preguntó al hombre: “¿Viene del espacio?”. Así era, la misión había sido un éxito absoluto y Gagarin debía hacérselo saber a sus superiores en Moscú.

Tras el viaje espacial de 108 minutos, una frase del cosmonauta pasaría a la eternidad: “Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos”.

Charla y siesta en las estrellas

Posted on Actualizado enn

Para los romanos, mediodía, la hora más cálida del día, se llamaba “sexta hora” y los españoles, describe este científico francés, la juzgaron muy propicia para el descanso y evitar el calor, para tomar la “siesta”, literalmente “hora sexta”
Para los romanos, mediodía, la hora más cálida del día, se llamaba “sexta hora” y los españoles, describe este científico francés, la juzgaron muy propicia para el descanso y evitar el calor, para tomar la “siesta”, literalmente “hora sexta”

Arcoíris, Ceres, galaxia o luz son palabras que vienen del cielo, pero no solo; también lo son abrigo, astrocito, cereal, fósforo o siesta, señala el astrónomo francés Daniel Kunth, quien acaba de publicar “Las palabras del cielo”.

Este libro de 151 páginas (editorial Gedisa) mezcla ciencia y lingüística, y rebusca en el origen de los términos y en la razón de su existencia, explica su autor, quien asegura que cuando empezó nunca se imaginó que “había tantas palabras en el cielo”.

Kunth, del Instituto de Astrofísica de París, une en esta travesía etimológica-científica curiosidades históricas, anécdotas, pasajes literarios y ciencia para ayudar a conocer y comprender la mitología del universo y los orígenes de nuestro lenguaje cotidiano.

Y es que expresiones como remover cielo y tierra, caer del cielo, un ave nocturna, salir volando como cometa, luna de miel, vivir en la luna o nada nuevo bajo el sol tienen “sus raíces” en el cielo.

“El cielo nos ha inspirado cientos de palabras y las hemos manipulado o relegado a un uso más alejado del que eran portadoras”, apunta este científico, quien comenzó a recopilar palabras en 1991, cuando preparaba sus talleres e iniciativas de divulgación científica, como el festival de la “Noche de las estrellas”.

Actitud ante la vida

“Yo soy astrónomo, pero se trata de una actitud ante la vida: conocer y aprender”, eso es lo que está detrás de este libro.

La primera palabra que le llamó la atención fue canícula, que deriva de canis, perro, y hace referencia a la estrella Sirio, “la ardiente” y la más brillante de la constelación Can Mayor.

Los egipcios comenzaban su año cuando Sirio se hacía visible en el cielo, justo al amanecer del día, lo que en esa época sucedía al inicio del verano. Los romanos conservaron la idea de calor e imagen del perro para forjar la palabra canícula que designa las temperaturas estivales excesivas (en la mitología griega Sirio es la pequeña perra que acompaña siempre al cazador Orión).

La palabra siesta, también en el firmamento

También le gustó siesta: término español importado a otros idiomas, apunta Kunth en el abecedario incluido en su libro.

Para los romanos, mediodía, la hora más cálida del día, se llamaba “sexta hora” y los españoles, describe este científico francés, la juzgaron muy propicia para el descanso y evitar el calor, para tomar la “siesta”, literalmente “hora sexta”.

Para este investigador hay palabras con una vinculación con el cielo más evidente y otras menos, “eso es lo fascinante”.

“Hace más de 20 años me interesé por la lingüística después de conocer estos ejemplos, y las palabras son como champiñones: aparecen una detrás de otra”, relata este astrónomo, experto en la formación y evolución de galaxias e investigador también en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés (CNRS).

Kunth, quien apunta que seguramente se encontrará vida en otros planetas si se repiten las condiciones (habla de vida elemental), elige entre todas las palabras recopiladas en esta obra deseo, del latín ‘desiderare’: dejar de contemplar la estrella.

El libro, con ilustraciones, cuenta con el prefacio del astrofísico canadiense Hubert Reeves y el prólogo del científico español Jorge Wagensberg, quien asegura que Kunth es “un físico del cosmos que ama las palabras”.

Las mujeres que contaban estrellas

Posted on Actualizado enn

'Las calculadoras de Harvard', en plena investigación
‘Las calculadoras de Harvard’, en plena investigación

Todo el mundo debería conocer a Maria Mitchell y a las calculadoras de Harvard, su ciencia y su historia, afirma Miguel A. Delgado, quien ha pergeñado “Las calculadoras de estrellas”, un libro que pretende sacar a la luz el trabajo invisible pero fundamental de un grupo de astrónomas del siglo XIX.

“Las calculadoras de estrellas” (Destino) es una novela de ficción pero que “tiene muchísimo de realidad”, relata su autor, quien con este libro quiere hacer su homenaje particular a un grupo de mujeres cuyo anonimato durante mucho tiempo, sus historias, trabajos y sus aportaciones a la astronomía le dejaron “alucinado”.

Así, este libro de 410 páginas busca reconocer ese papel a través de una historia de ficción que se sustenta en un grupo de personajes reales: por un lado, Maria Mitchell, la primera astrónoma de América, nacida en la isla de Nantucket (EEUU) en el seno de una familia cuáquera, y quien desde niña aprendió a localizar estrellas.

Mitchell, con 29 años, descubrió un cometa -el hoy conocido como “Miss Mitchell’s Comet” o C/1847 T1, según la clasificación internacional- y logró que el rey de Dinamarca le concediera, tras una dura pugna, una medalla que reconocía su descubrimiento.

Por otro, “las calculadoras de Harvard”, el grupo de mujeres contratadas en la Universidad de Harvard para clasificar las estrellas, su color, tamaño y espectro, un trabajo intenso que sentó las bases de la revolución astronómica que sobrevendría en el XX, apunta el autor en un resumen del libro.

Algunas de estas mujeres fueron Annie Jump Cannon (1863-1941) o Henrietta Swan Leavitt (1868-1921). “Hace años descubrí la historia de Swan Leavitt”, quien se centró, por ejemplo, en las cefeidas, un tipo de estrellas variables que modificaban su brillo y para las que halló un método para medir la distancia de cada una con la Tierra.

Estas mujeres y en concreto Antonia Maury, quien fue alumna de Maria Mitchell en el Vassar College, la primera universidad de elite de EEUU dedicada solo a mujeres, llevaron a Delgado hasta esta novela.

“Vi ahí un libro”, detalla este divulgador científico, quien para esta ocasión prefirió elegir una novela y no un ensayo: quería dar a conocer estas historias a un público más amplio y en este caso me parecía muy importante el componente humano de las vidas de estas mujeres, “por lo que tienen de ejemplo para muchos”.

“Estas mujeres llegaron a ser científicas teniéndolo todo en contra”, resume Delgado, quien además destaca el trabajo de muchas por la igualdad. Cuando uno lee los escritos de Mitchell se da cuenta de que era una gran defensora de la educación igualitaria: “sus reflexiones no parecen escritas por una mujer del siglo XIX”.

las_calculadoras_de_estrellasEn este sentido, al autor le pareció que Mitchell era el personaje perfecto que servía de hilo conductor de la historia.

Esta novela de ficción tiene “mucho de realidad”, insiste Delgado, quien no obstante se inventa un personaje de ficción, Gabriella, una niña huérfana a través de cuyos ojos el lector se acerca a Mitchell primero y a “las calculadoras de Harvard” después.

Delgado, quien apunta que aún quedan cosas por hacer en igualdad -por ejemplo en las vocaciones científicas o en los puestos de responsabilidad- señala que le gustaría que quien leyera esta historia conozca a estas mujeres pero también valore lo que la ciencia en general puede aportar a la sociedad.

También, que se plantee que si existieron estas “calculadoras de Harvard”, cuántas más puede haber no reconocidas.