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Elsa Morante y el átomo

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 Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960
Morante vivió de actividades afines a la literatura a partir de los años 30 y participó de la febril actividad cultural que se desplegó por toda Italia en el período del boom económico, alrededor de 1960

La novelista italiana Elsa Morante escribió entre 1950 y 1978 una serie de artículos y ensayos sobre la literatura, el arte y la política, inéditos en español hasta que la editorial Círculo de Tiza los publicó con el título «A favor o en contra de la bomba atómica».

El volumen permite conocer el pensamiento y la visión del mundo de la escritora a través de textos dedicados a la obra del pintor Fra Angélico y al poeta Umberto Saba, así como conferencias y artículos publicados en revistas literarias y semanarios.

Entre ellos están sus dos últimos manuscritos publicados de manera póstuma, el «Breve Manifiesto Comunista (sin clase ni partido)» y una carta que nunca envió a las Brigadas Rojas con motivo del secuestro del entonces líder de la Democracia Cristiana italiana Aldo Moro que terminó con su asesinato.

Morante (Roma, 1912-1985) muestra su visión literaria, en la que distingue al falso novelista del «verdadero», que, en sus palabras, siempre comunicará, «a las generaciones contemporáneas y futuras, incluso las más seguras verdades sobre el ‘lugar geográfico’ y el ‘tiempo histórico’ en los que vivió su propia experiencia humana».

La escritora bucea además en los intereses de los lectores, que prefieren libros «con personajes vivos» que cuenten «sus vicisitudes humanas», y en las relaciones y los comportamientos de Andréi, uno de los personajes de la novela del autor ruso León Tolstoi «Guerra y paz».

«A favor o en contra de la bomba atómica», prologado por Alfonso Berardinelli y traducido por Flavia Cartoni, es una edición con 15 textos y de 167 páginas que lleva el título de una conferencia que la poeta pronunció en 1965 y en la que explica que la «humanidad contemporánea» siente la «oculta tentación» de desintegrarse.

«Me arrepiento de estar aquí para entreteneros con tan tétrico tema, más que con un hermoso cuento (¡teniendo en cuenta que determinados seguidores se empeñan en despachar mis libros como si fueran una especie de fábulas!)», manifiesta durante la conferencia que posteriormente se publicó en la revista «Europa Letteraria».

Su interés por el arte, cuya calidad describe como «liberadora» y sus efectos «revolucionarios», se observa en el prólogo que dedicó en un libro a la obra pictórica de Fra Angélico, un «pintor al servicio de la propaganda».

«Las obras de arte propagandístico son un suero de la verdad. Si la propaganda es espontánea y sincera, salen hermosas; en caso contrario, salen unos monstruos», asegura.

Morante fue una escritora precoz que desde muy joven empezó a publicar relatos en revistas infantiles. En su etapa adulta escribió teatro, poesía, relatos, ensayos y novelas, entre ellas «Mentira y sortilegio» (1984), ganadora del Premio Viareggio; «La isla de Arturo» (1957), Premio Strega, y «Araceli» (1982), Premio Medici.

Junto a escritores como Alberto Moravia, Natalia Ginzburg, Cesare Pavese o el cineasta Pier Paolo Pasolini, la novelista vivió la época del fascismo, en la que se hizo evidente su preferencia por las personas oprimidas frente a los opresores, una prioridad que le enemistó con varios escritores de su generación.

En palabras del ensayista italiano Alfonso Berardinelli, Morante era una mujer con una «humildad devocional» y una escritora «lacónica y musical» que no erraba ni una nota y conseguía juntar mundos enteros en sus páginas.

«Poseía el sentido de la tragedia y buscaba el éxtasis, vivía entre paraísos e infiernos, como si en ella convivieran Fra Angélico y Caravaggio», asegura en el prólogo sobre la novelista, su «último gurú» que «veía la comedia que se esconde debajo de la tragedia».

Estos ensayos, según Flavia Cartoni, que tradujo al castellano la recopilación de relatos «El chal andaluz» (1963), reflejan la obra de Morante cuya aportación a la literatura italiana del siglo XX superó los límites de la narrativa y la poesía.

Los locos de la era atómica y sus herederos

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La bomba atómica aniquiló el 60 por ciento de Hiroshima; 6,6 kilómetros cuadrados de la ciudad japonesa fueron devastados
La bomba atómica aniquiló el 60 por ciento de Hiroshima; 6,6 kilómetros cuadrados de la ciudad japonesa fueron devastados

En el marco de la segunda Guerra Mundial, Estados Unidos puso en marcha el Proyecto Manhattan, un programa nuclear secreto (1942-1945) cuyo fin era desarrollar antes que otros países la bomba atómica, el arma más mortífera y destructiva hasta la fecha.

Basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein, el físico alemán Robert Oppenheimer dirigió el proyecto que se incubó en el laboratorio Nacional de Los Alamos (Nuevo México, EEUU). También colaboraron en la puesta en marcha de la bomba nuclear, los científicos Stanislaw Ulam, Isidor I. Rabi, Edward Teller, Hans Bethe, Norris Bradbury o Richard Feynman -la mayoría refugiados de los regímenes nazi y fascistas europeos-.

El 16 de julio de 1945 se realizó con éxito la primera detonación experimental atómica, el conocido como test Trinity, con una potencia de entre 15.000 y 20.000 toneladas de dinamita.

El lanzamiento

El bombardero B29 ‘Enola Gay’, bautizado así en honor a la madre del piloto, lanzó la primera bomba atómica usada en una guerra a las 08:15 del 6 de agosto de 1945 sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. A los mandos del aparato se encontraba el piloto Paul Tibbets junto a otros 11 tripulantes, todos ellos ya fallecidos.

En su página web Tibbet relató cómo fue el lanzamiento de la bomba, conocida como ‘Little Boy’: «Se produjo una explosión terrible, muy fuerte, inimaginable, cerca del centro de la ciudad. La tripulación del ‘Enola Gay’ vio una columna de humo que se elevaba rápidamente y fuegos intensos que brotaban».

Pese a la pérdida de miles de vidas, algunos de los tripulantes del ‘Enola Gay’ no se mostraron públicamente arrepentidos por haber ejecutado el lanzamiento. «Pusimos fin a la guerra y salvamos muchas vidas», afirmó en 2010 uno de ellos, el capitán Theodore Van Kirk.

Otro de los militares a bordo, Morris «Dick» Jeppson, a los 87 años, se excusó declarando: «Cuando tienes un trabajo que hacer, simplemente lo haces».

Sin embargo, Paul Bregman, quien también se encontraba en el bombardero aquel 6 de agosto, se suicidó poco antes del 40 aniversario de la bomba atómica. Sus familiares dijeron entonces que se encontraba aún en una profunda depresión por su participación.

Tres días después de que el ‘Enola Gay’ arrasara Hiroshima con una bomba nuclear fabricada con uranio, la ciudad nipona de Nagasaki se convertiría en el segundo objetivo militar sobre el que el mando militar estadounidense dejaría caer un proyectil nuclear, en esta ocasión elaborado con plutonio.

Víctimas

La explosión en Hiroshima acabó de forma inmediata con la vida de unas 80.000 personas, aunque este número aumentaría hacia finales de 1945 hasta las 140.000 víctimas. En Nagasaki, por su parte, 74.000 personas fallecieron por las heridas causadas por la bomba atómica. Además, muchos de los supervivientes murieron en años posteriores debido a la radiación.

Por otro lado, los supervivientes a las bombas atómicas, conocidos como «hibakusha» en Japón, sufrieron el estigma de haber sido víctimas de la bomba nuclear. Durante años los japoneses rehuyeron a los afectados por miedo a un supuesto contagio. Hoy, sin embargo, son un colectivo respetado en el país asiático y hasta marzo de 2015 aún vivían 183.519 de ellos.

Fin de la segunda Guerra Mundial

Apenas seis días después del lanzamiento de la bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, Japón capituló poniendo fin a la segunda Guerra Mundial (1940-1945). Posteriormente y hasta 1952, Estados Unidos ocupó militarmente Japón bajo la supervisión del general Douglas MacArthur, quien puso en marcha algunas reformas democráticas en el país asiático.

En la actualidad, ambos países mantienen una estrecha alianza en el plano de la política internacional y la economía.

No habrá disculpa

La doctrina oficial en EEUU es que la bomba atómica salvó vidas al acortar la guerra. De acuerdo a las cifras del Gobierno estadounidense, una invasión a Japón pudo haber supuesto el sacrificio adicional de 250.000 soldados americanos.

Aunque Obama fue el primer presidente en el cargo en visitar la ciudad arrasada en 1945, algunos políticos y diplomáticos estadounidenses ya le precedieron. El demócrata Jimmy Carter fue como expresidente en 1984, mientras que el republicano Richard Nixon acudió en 1965, cuatro años antes de convertirse en presidente de los EEUU.

En 2010 el embajador estadounidense en Tokio, John Roos, se convirtió en el primero en su cargo en visitar Hiroshima.

Por su parte, el secretario de Estado durante la administración Obama, John Kerry, fue el el representante estadounidense de mayor rango en conmemorar a las víctimas de la bomba atómica en Hiroshima.

Poder nuclear de EE.UU

Estados Unidos dispone de unas 2.150 cabezas nucleares desplegadas (situadas en misiles o en bases con fuerzas operacionales) y otras 5.550 que no están operativas, lo que suma 7.700 armas atómicas, según datos de 2013 del Instituto Internacional de estudios para la Paz de Estocolmo.

Apología atómica

El último superviviente del proyecto Manhattan, el Nobel de Física Roy J. Glauber, evita la reflexión ética y mantiene todavía la tesis de que la bomba atómica «ahorró» bajas estadounidenses en el documental «That’s the Story» y que recoge imágenes inéditas de este proyecto.

El documental plantea una disyuntiva ética entre el papel de los científicos para contribuir al avance de la humanidad a través de la ciencia y, por otra parte, el papel de estos para crear armas de destrucción masiva.

Basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein, el físico alemán Robert Oppenheimer dirigió el proyecto Manhattan
Basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein, el físico alemán Robert Oppenheimer dirigió el proyecto Manhattan

El Nobel de Física Roy J. Glauber (Nueva York, 1925) no hace en este documental ninguna reflexión ética sobre su participación, ni da muestras de arrepentimiento.

Por el contrario, Glauber defiende la necesidad de crear y lanzar la bomba atómica para terminar con la Segunda Guerra Mundial puesto que esta «significaba una victoria total y absoluta que consiguió ahorrar más bajas estadounidenses».

«Los militares tenían un arma que querían usar. La alternativa era que Estados Unidos declarase la guerra a Japón e ir isla por isla con más muertes en ambos bandos», indica el científico.

Este comportamiento es el mismo que adoptaron en vida muchos de los físicos citados que participaron en el proyecto, ya que la mayoría fueron «alabados y considerados héroes por la sociedad norteamericana», añade el físico laureado.

Roy J. Glauber, ganador del Nobel de Física en 2005 con 80 años, trabajó con sólo 18 años y cuando cursaba tercero de carrera en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, el centro de investigación del Proyecto Manhattan, y es el principal protagonista del filme.

El documental, producido por el catedrático de Física Teórica de la UB, José Ignacio Latorre, y codirigido por la profesora de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la UAB, Maite Soto, entrevista a Glauber e incluye imágenes inéditas recientemente desclasificadas de uno de los proyectos de investigación más influyentes del siglo XX.

Manhattan era el nombre en clave del proyecto de investigación desarrollado en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de desarrollar la bomba atómica antes que lo consiguiera la inteligencia rusa o alemana, una carrera armamentística con consecuencias fatales que se alargarían durante años.

El éxito del proyecto acarreó los bombardeos atómicos sobre las ciudades niponas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 con las bombas «Little boy» y «Fat man» respectivamente, donde murieron más de 200.000 personas, además de las secuelas radioactivas que se alargaron durante décadas.

Antes de usar la bomba, los físicos que trabajaban y vivían en Los Álamos quisieron probar los resultados de sus experimentos en una primera demostración, denominada «Trinity», en julio de 1941.

«No vimos el flash directo porque lo ocultaban las montañas, pero era como si el sol se hubiese levantado por el sur. El cielo se iluminó -relata el físico en el documental-, nos asustó a todos».

Aún así, este miedo no impidió que los físicos apoyaran la demostración de fuerza para conseguir la rendición de Japón, primero en Hiroshima y, tres días después, en Nagasaki.

A lo largo del documental, Roy J. Glauber cita a referentes físicos que trabajaron en el proyecto y más tarde fueron laureados con títulos nobiliarios como el general Leslie Groves, el físico y director del proyecto Robert Oppenheimer y los físicos Stanislaw Ulam, Isidor I. Rabi, Edward Teller, Hans Bethe o Richard Feynman.

Glauber hace especial hincapié en el director del proyecto nuclear, Robert Oppenheimer, quién fue el cerebro de la investigación atómica y uno de los principales impulsores de que el resultado de la investigación fuese «algo más que una demostración de fuerza».

«Oppenheimer y todos los físicos que participaron en el proyecto eran unas figuras únicas en América justo después de la guerra», reflexiona Roy J. Glauber.