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Recital en la sustancia blanca del cerebro

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Existe una relación entre los haces de sustancia blanca que conectan el área de percepción musical y la actividad del sistema de recompensa
Existe una relación entre los haces de sustancia blanca que conectan el área de percepción musical y la actividad del sistema de recompensa

La estructura de la sustancia blanca del cerebro refleja la sensibilidad musical. Así concluye un estudio del grupo de Cognición y Plasticidad Cerebral del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona (UB) y del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (UB-IDIBELL).

El trabajo, publicado en el Journal of Neuroscience, muestra que la conectividad de la sustancia blanca, el tejido a través del cual se comunican las distintas áreas del sistema nervioso central, es clave para entender por qué nos gusta o no la música. Además, confirma que para que las personas sientan placer musical es necesario que las estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa a los estímulos trabajen conjuntamente con las vinculadas a la percepción.

El investigador de la UB Josep Marco Pallarés lidera este estudio, en el que también han participado Antoni Rodríguez Fornells (UB-IDIBELL-ICREA), Noelia Martínez Molina, de la Universidad de Helsinki (Finlandia), Ernest Mas Herrero y Robert Zatorre, de la Universidad McGill de Montreal (Canadá).

Escuchar música se considera como una actividad gratificante en todo el mundo, pero trabajos anteriores de este grupo han demostrado que existe una gran variabilidad individual al respecto: desde personas que prácticamente no podrían vivir sin la música, hasta personas que no obtienen ningún placer de ella, una condición que se ha llamado anhedonia musical específica.

Según Marco Pallarés, “este fenómeno se da en población sana, sin ningún tipo de patología. Las personas con anhedonia musical específica disfrutan de otros estímulos placenteros (como la comida, o las recompensas monetarias), pero no son sensibles a la recompensa musical”.

El estudio de la anhedonia musical específica determinó que las diferencias individuales en cuanto a la recompensa musical estaban relacionadas con la conectividad funcional —los patrones de activación neuronal de distintas regiones cerebrales— entre las áreas de percepción auditiva: en concreto, entre la corteza supratemporal y un área clave en el procesamiento de la recompensa, el estriado ventral. Es decir, que la sensibilidad musical dependía del trabajo conjunto de estas dos áreas.

Estudiar las conexiones cerebrales

El objetivo de la nueva investigación fue averiguar si la sensibilidad a la música se veía determinada por cómo se conectan las áreas de procesamiento perceptivo y las áreas del circuito de recompensa. El experimento se hizo con 38 voluntarios sanos utilizando la técnica de resonancia magnética por difusión, que permite reconstruir la estructura de la sustancia blanca cerebral, es decir, los haces de sustancia blanca que conectan las diversas regiones cerebrales.

La sensibilidad a la música de los participantes se determinó mediante la puntuación obtenida en un cuestionario desarrollado por el mismo grupo, el Barcelona music reward questionnaire (BMRQ).

Después, durante la sesión de resonancia magnética, los participantes tenían que escuchar fragmentos de canciones del género clásico y proporcionar valores de placer en una escala del 1 al 4 en tiempo real.

Para controlar la respuesta cerebral ante otros tipos de recompensa, los participantes también debían jugar en una actividad de apuestas monetarias en que podían ganar o perder dinero real.

El hecho de que ninguno de los participantes mostrara una puntuación baja en las escalas de recompensa general es una demostración de que las diferencias individuales en el procesamiento de la recompensa estaban restringidas al dominio musical y no afectaban a otros estímulos.

Los resultados del experimento muestran que existe una relación entre los haces de sustancia blanca que conectan el área de percepción musical y la actividad del sistema de recompensa.

Para Marco Pallarés, “el estudio demuestra que la sensibilidad hacia la música está relacionada con los haces de sustancia blanca que conectan, por un lado, la corteza supratemporal con la corteza orbitofrontal y, por otra parte, la corteza orbitofrontal con el estriado ventral”.

“El hecho de utilizar la corteza orbitofrontal —continúa el investigador— se debe a que no existen haces de sustancia blanca que conecten de forma directa la corteza supratemporal y el estriado ventral y, por tanto, las áreas de procesamiento perceptivo y las áreas del circuito de recompensa deben conectarse a través de otra estructura”

¿Por qué solo existe la anhedonia musical?

Estos resultados resaltan la necesidad de ampliar el foco de estudio para entender el funcionamiento del sistema de recompensa del cerebro. “No podemos limitarnos a estudiar solo la red de recompensa, sino que necesitamos conocer cómo acceden los diferentes estímulos a ese sistema de recompensa. Ello podría ser clave para entender por qué hay anhedonias específicas respecto a un determinado estímulo como la música, pero no respecto al resto de estímulos, como el juego o los alimentos, lo que podría tener aplicaciones en la comprensión de ciertas patologías relacionadas con adicciones específicas o anhedonias específicas hacia un cierto estímulo”, concluye Marco Pallarés.

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Un cerebro ocioso construye una mente feliz

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Habida cuenta de los nuevos datos aportados por la neurociencia, el cerebro necesita descansar. Y también necesita estar ocioso. Es más, en tales estados es capaz de obtener beneficios incontatables para sus portadores, que somos nosotros
Habida cuenta de los nuevos datos aportados por la neurociencia, el cerebro necesita descansar. Y también necesita estar ocioso. Es más, en tales estados es capaz de obtener beneficios incontables para sus portadores, que somos nosotros

Lo primero que necesita el músico Fernando ‘Nano’ Stern (31 años) para crear son un par de días “de no hacer nada”. Son 48 horas donde se desconecta del ruido, las reuniones y el ajetreo constante de sus giras. A diferencia de sus primeros años, hoy debe programar esos espacios en medio de una agenda cada vez más copada. “Se produce un proceso casi a un nivel químico: después de un rato de calma y silencio, empieza a emerger otro estado de creatividad”, confiesa. “Mis últimos proyectos han tenido que ver con salir de la ciudad, apagar el teléfono –importantísimo–, cortar el flujo de información constante y, sobre todo, mucho silencio. Desestimularme”.

Para el escritor Roberto Merino (55), el ocio tiene una “importancia fundamental”. En su libro “Melancolía artificial” (1997) habla de los momentos perdidos, esos donde empiezan a aparecer las especulaciones mientras uno está tirado en la cama sin hacer nada. “Me da la impresión de que ahí se filtran ciertas consideraciones metafísicas. Me gusta la acción y esas cosas, pero siempre estoy pensando en cómo liberarme y quedar en ese estado de neutralidad mental de no tener presiones por ningún lado”, dice. “De repente hay ciertas noches en que en vez de tomar un taxi, prefiero caminar. Y el paisaje por el cual uno va transcurriendo va estimulando ideas y asociaciones”.

Sharon Novik (38, publicista) renunció a su cargo de gerente de marketing en una importante agencia de viajes. El empleo ya no le resultaba desafiante y tomó la decisión de dejar de trabajar un rato, tomárselo con calma y descubrir qué era lo que realmente quería hacer. En su experiencia como independiente, apoyó distintos proyectos desde el área comercial, asesoró a diversas agencias de publicidad y marketing y confirmó el valor de contar con tiempo libre. “Es donde se generan conversaciones interesantes con otras personas y se te abre la mente”, señala.

“En mis primeros ocho meses como independiente me dediqué a juntarme con un montón de gente de distintos mundos y edades. Me nutrí de un montón de ideas y pude construir mi propia idea de lo que quería hacer”, dice Novik.

La red de la creatividad

A pesar de ejercer disciplinas distintas, los tres casos anteriores coinciden en una cosa: la importancia de generar espacios de ocio en la rutina diaria no solo como una instancia de descanso para la mente, sino como una fuente para estimular la reflexión y la creatividad.

Una idea que desde hace varios años tiene una base científica y que inspiró al investigador estadounidense Andrew J. Smart a escribir el libro “El arte y la ciencia de no hacer nada” (Tajamar Editores). Basado en la evidencia de múltiples investigaciones, Smart postula que lo mejor que nos puede pasar es dedicar, al menos, dos horas al día a hacer absolutamente nada. “Quienes disponen de demasiado tiempo libre, tienden a deprimirse o aburrirse. No obstante, el ocio puede constituir el único camino verdadero al autoconocimiento”, dice.

Smart cuenta en su libro que el cerebro tiene una “red de estado de reposo” (RSN) o “red neural por defecto” (DMN, su sigla en inglés: default-mode-network), que se activa en nuestros momentos de ocio. Cuando el cerebro se encuentra en una condición de mínima demanda y no está concentrado en hacer una tarea específica, esta red se pone a trabajar a toda máquina. “Es la red que da sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, los procesos sociales y emocionales, y la creatividad”, señala.

“Cuando holgazaneamos se establece una red amplia e inmensa en el cerebro que empieza a enviar y recibir información entre las regiones que lo constituyen. Es como las mariposas: salen a jugar cuando hay quietud y silencio, pero ante cualquier movimiento abrupto se esfuman”.

El descubrimiento de la red neural por defecto fue un accidente de la ciencia. A mediados de los 90, un equipo dirigido por el neurocientífico Marcus Raichle, de la Universidad de Washington, en San Luis, hizo uno de los primeros estudios de mapeo cerebral mediante tomografía de emisión por positrones (PET).

El estudio consistía en que varias personas debían leer en voz alta las palabras que aparecían en un monitor de televisión (es decir, tenían que cumplir con una tarea específica). Acto seguido, comparó sus escáneres con los de sujetos que solo observaban un monitor de televisión en blanco. “Para mi gran sorpresa, un grupo de áreas del cerebro, las que al final fueron bautizadas como red neural por defecto, parecían reducir su actividad durante las tareas de lectura”, cuenta Raichle.

Hasta ese momento, los científicos creían que cuando el cerebro se encontraba en una condición de mínima demanda tenía un estado de poca actividad. Hoy se sabe que en nuestros momentos de ocio se genera una actividad muy singular, donde las regiones cerebrales se activan de manera sincrónica y dialogan entre sí. “Cuando uno está ocupado, haciendo una tarea o aprendiendo algo, el cerebro está con una demanda muy alta y no hay espacio como para producir asociaciones entre distintas regiones cerebrales”, señala José Luis Valdés, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile e investigador del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM). “Cuando esa demanda desaparece, no es que el cerebro se apague, sino que entra en un modo distinto, que es lo que llamamos ‘red por defecto’. Esta pareciera ser superimportante para que las personas puedan desarrollar la creatividad y la imaginación”.

En su libro, Smart cita estudios recientes que dicen que las generaciones más jóvenes muestran un alza en el coeficiente intelectual, pero que también su creatividad ha ido disminuyendo. ¿La razón? Todo apunta a que la extensión del horario laboral y de estudio, la sobrecarga de trabajo y las incontables horas destinadas a dispositivos digitales conspiran contra nuestros propios periodos de autorreflexión. “Al cerebro no le queda tiempo disponible para establecer nuevas conexiones entre cuestiones en apariencia inconexas, identificar patrones y elaborar nuevas ideas: en otras palabras, no le queda tiempo para ser creativo”, dice el autor.

Los riesgos de la multitarea

La red neural por defecto podría haber sido el caldo de cultivo para muchas de las ideas y obras más grandes de la historia. La famosa anécdota de la manzana de Isaac Newton, que dio origen a la teoría de la gravedad, surgió mientras el físico inglés descansaba relajado en una tarde templada en su jardín. Otros, como el poeta austriaco Rainer Ril-ke, sabían que dedicar tiempo a no hacer nada era fundamental para su proceso creativo.

“Incluso alguien tan prolífico como el escritor Charles Dickens hizo su trabajo en una ráfaga de aproximadamente cuatro horas diarias; pero también caminaba hasta 32 kilómetros al día”, cuenta Alex Soojung-Kim Pang, fundador de The Restful Company, una consultora de Silicon Valley que ayuda a las compañías a aprender los beneficios del descanso deliberado. “Él no necesitaba pasar más de cuatro horas al día en su escritorio para escribir Grandes esperanzas, pero necesitaba caminar”.

Décadas atrás, el especialista en neurociencias György Buzsáki descubrió un patrón específico en el hipocampo, la parte del cerebro responsable de la memoria. Este patrón se denomina ondulación de onda aguda y es el encargado de consolidar nuestra memoria reciente y fusionarla con el conocimiento ya existente. “El truco es que estas ondulaciones ocurren exclusivamente en estados en los que nuestro cerebro se ‘desconecta’, tales como el sueño, pero también cuando nos despertamos relajados, comemos o bebemos”, dice. “Muchos artistas y científicos creativos han notado que sus momentos creativos ocurren en una ‘zona crepuscular’, cuando las ondulaciones de onda aguda son abundantes”.

Con el auge de la tecnología y la distracción que generan dispositivos como los celulares, Smart plantea que la sociedad se encuentra dominada por empleos cuya característica fundamental reside en la multitarea; es decir, desempeñar numerosas labores secuenciales y cambiar con frecuencia de una a otra de acuerdo con un plan impuesto externamente. “El cerebro tiene la capacidad para responder a múltiples estímulos. Pero yo creo que en algún minuto se ve sobrepasado por la cantidad de información”, dice Valdés. “El cerebro está bien diseñado para poner todos los recursos neuronales en una cosa y hacerlo lo mejor posible; cuando empiezas a dividir el foco de atención, empieza a bajar el rendimiento de manera inevitable”.

Para las mentes más creativas, los espacios de ocio no solo permiten que el cerebro tenga un respiro, genere conexiones e incorpore la información que procesamos del mundo sensorial. También pueden servir para explorar las ideas en las que están trabajando. “Cuando damos un paseo, nadamos o hacemos otras actividades en automático, nuestras mentes, a menudo, vagan”, señala Pang.

“Al elegir actividades que promuevan la imaginería mental y minimicen las distracciones, y programándolas inmediatamente después de episodios de pensamiento duro, puedes empujar a tu mente errante a trabajar en problemas que han estado ocupando tu atención, y así incrementar las probabilidades de que tu subconsciente explore nuevas avenidas, probar ideas locas y llegar a ideas a las que tu conciencia no llegaría”, concluye Pang

El cerebro pide acción para no olvidar

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Pasar hambre durante unas horas puede mejora el resultado de la memoria,
Pasar hambre durante unas horas puede mejorar el resultado de la memoria,

Ingerir menos calorías, dormir la siesta, caminar a diario, mantenerse bien hidratado, seguir la dieta mediterránea y estudiar las cosas antes de comer, son algunas estrategias naturales para conservar la retentiva, a pesar del paso de los años.

El ejercicio físico de forma regular, explorar nuevas actividades en vez de anclarse en la rutina, completar crucigramas y otros pasatiempos que requieran actividad mental, atender diversas informaciones, como pueden ser las noticias o el parte meteorológico de la televisión, o la publicidad de una revista, para intentar recordar sus datos unos minutos después y preservar la memoria.

Son algunas de las recomendaciones y gimnasias convencionales destinadas a oxigenar el cerebro y mantener activas las neuronas, para así preservar y mejorar la retentiva. Además de estas “recetas clásicas”, las últimas investigaciones desvelan otras formas inéditas para ayudar a que nuestra memoria se mantenga más próxima a la de un elefante y alejada de la de un pez.

Mantener una hidratación adecuada es un factor decisivo para memorizar y recordar, ya que perder más de un dos por ciento de agua corporal basta para disminuir la capacidad de memoria a corto plazo, según una revisión de estudios científicos, dirigida por la doctora Ana Adan, de la Universidad de Barcelona (noreste de España), y publicada en ‘Journal of the American College of Nutrition’.

Según explica la doctora Adan en su estudio, algunas de las tareas en las que se aplica la memoria inmediata son hacer listas de dígitos o palabras, mientras que la memoria a corto plazo o de trabajo se emplea para trabajos de aritmética, razonamiento y comprensión.

Por muy leve que sea la deshidratación, implica un desequilibrio del medio interno que puede repercutir negativamente en la capacidad cognitiva e interferir en la correcta realización de actividades laborales o académicas que requieran la utilización de habilidades mentales concretas, según esta psicóloga experta en Psicobiología.

Según la doctora Adan “los cambios en la cantidad de sales y electrolitos corporales producidos por la deshidratación pueden alterar la actividad cerebral y el correcto funcionamiento de diversos sistemas de neurotransmisión, que intervienen en el procesamiento cognitivo favoreciendo la pérdida de concentración y menor rendimiento”.

Para mantener un estado de hidratación óptimo, Adan recomienda consumir aproximadamente entre 2 y 2,5 litros de líquido al día, de los que entre un 20 y 25 por ciento tiene que proceder de alimentos, y entre un 75 y 80 por ciento de las bebidas.

Otro estudio de la Universidad de Pittsburgh (EE.UU.) sugiere que caminar al menos 9,5 kilómetros a la semana podría ayudar a preservar el tamaño del cerebro, que disminuye en la edad avanzada y, por consiguiente, a atajar los problemas de memoria, que dicha reducción cerebral puede acarrear en la gente mayor.

En la investigación, dirigida por el investigador Kirk I. Erickson y publicada en la revista ‘Neurology’, participaron 299 personas sanas que registraron la distancia que caminaban en una semana, durante nueve años. Al finalizar dicho lapso fueron sometidas a escáneres craneales para medir el tamaño de sus cerebros.

El estudio descubrió que las personas que caminaban entre 9,5 y 14,5 kilómetros semanales tenían un mayor volumen de materia gris comparado con quienes no caminaban tanto.

Después de cuatro años más, los participantes fueron evaluados nuevamente y se comprobó que el 40 por ciento de ellos había desarrollado algún grado de deterioro cognitivo o demencia, pero aquellos que caminaban más kilómetros veían reducido su riesgo de desarrollar problemas de memoria a la mitad.

Al llegar a una cierta edad las conexiones neuronales se van debilitando provocando que “ciertas partes del cerebro se vayan desconectando y produzcan la aparición de ciertos tipos de demencia que, a veces, conllevan una pérdida de memoria”, según la neuropsicóloga Gema Mejuto.

Entre los olvidos más frecuentes se encuentran los del tipo ‘lo tengo en la punta de lengua’, que ocurren cuando “no nos salen” las palabras más comunes, nos olvidamos los nombres de personas, tenemos dificultad para aprender una nueva habilidad o no recodamos lo que acabamos de decir.

Además de mantener relaciones sociales, para mejorar la memoria la doctora Mejuto destaca los beneficios que aporta al cerebro la dieta mediterránea basada en el pescado azul, en las frutas y en las verduras.

Asimismo, una dieta baja en calorías puede mejorar la memoria en las personas mayores de edad, según se desprende de un trabajo de investigadores germanos, dirigidos por la doctora
Agnes Floel.

Los científicos de la Universidad de Münster (Renania, Alemania) seleccionaron a 50 personas con un promedio de edad de 60 años, los dividieron en tres grupos y a los integrantes de uno de dichos grupos les redujeron el consumo de calorías en cerca de 30 por ciento.

Al cabo de tres meses de comenzada la dieta, sometieron a todos los participantes a una prueba de memorización, constatando que los pertenecientes al grupo de consumo restringido de calorías mostraron un aumento en sus niveles de memoria verbal, comparados con los otros dos grupos, que no tuvieron limitaciones alimenticias.

Por otra parte, expertos del Centro para la Investigación del Cerebro y el Comportamiento de la Universidad de Haifa, en Israel, han encontrado que echar una siesta a media tarde ayuda a mejorar la fijación de los recuerdos y la destreza mental.

Los investigadores han estudiado la habilidad de una serie de personas para repetir una secuencia de movimientos con los dedos. Los participantes fueron divididos en dos grupos, uno de los cuales pudo dormir durante una hora y media tras aprender la secuencia, en tanto que los demás permanecían despiertos.

Los expertos de Haifa descubrieron que aquellos que habían echado una cabezadita vespertina mejoraron significativamente su habilidad para repetir el ejercicio, lo que para Avi Karni, responsable del estudio, demuestra que disfrutar de “una siesta diurna acelera y mejora la destreza del cerebro”.

Pasar hambre durante unas horas puede mejorar el resultado de la memoria, según otra investigación realizada por un grupo de científicos japoneses y expertos del Instituto Metropolitano de Ciencias Médicas de Tokio.

Las pruebas, realizadas con dos grupos de moscas de la fruta, uno sin alimentar y otro debidamente alimentado, han demostrado que el hambre despierta una hormona que reduce el azúcar en el organismo y activa una proteína en el cerebro capaz de mejorar la memoria, según la cadena NHK.

El estudio también ha revelado que en los casos en los que las moscas pasaron hasta 20 horas sin comer el resultado es inverso y se produce una reducción de la memoria.

Según el equipo japonés, los resultados pueden ser extrapolados a los seres humanos ya que cuentan con esa misma proteína en el cerebro y apuntan a que las personas podrían recordar las cosas mejor si las estudiaran antes de las comidas.

El duro trabajo del cerebro disléxico

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La dislexia es la dificultad que presentan algunos niños para adquirir las destrezas lectoras, dificultad que les impide alcanzar con normalidad los aprendizajes relacionados con la escritura, independientemente de sus otras destrezas cognitivas, tales como la inteligencia, el razonamiento o la memoria
La dislexia es la dificultad que presentan algunos niños para adquirir las destrezas lectoras, dificultad que les impide alcanzar con normalidad los aprendizajes relacionados con la escritura, independientemente de sus otras destrezas cognitivas, tales como la inteligencia, el razonamiento o la memoria

La dificultad que las personas con dislexia tienen para leer puede deberse a un déficit en un mecanismo del cerebro que facilita la percepción.

Científicos de la Universidad de Boston y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) descubrieron que el cerebro de los individuos con este trastorno del aprendizaje tiene una menor adaptación neuronal, es decir, un déficit en la capacidad de adecuarse rápidamente a los distintos estímulos.

«Esta adaptación es una suerte de aprendizaje de corto plazo que refleja con cuanta eficacia se procesan los estímulos», explica Tyler Perrachione, uno de los investigadores que trabajó en el estudio.

Para llegar a este descubrimiento, los científicos utilizaron imágenes por resonancia magnética funcional para medir la actividad en los cerebros de adultos con y sin dislexia.

En los experimentos, los sujetos escuchaban grabaciones y veían fotografías de objetos o rostros, mientras los investigadores medían la adaptación neuronal, un fenómeno por el que la cantidad de la actividad cerebral disminuye a medida que una persona percibe una imagen o una palabra varias veces.

«Comparados con los lectores típicos, los individuos con dislexia muestran una menor adaptación, de apenas la mitad en promedio. Tanto los adultos como los niños con dislexia han mostrado este bajo nivel inusual», puntualizó Perrachione.

En las imágenes observadas por los investigadores, el cerebro de una persona sin dislexia mostraba una rápida adaptación cuando el individuo escuchaba una misma voz que leía una serie de palabras.

No obstante, la adaptación no ocurría cuando el experimento presentaba múltiples voces, por lo que en esos casos la actividad cerebral se mantenía alta.

En cambio, en los individuos que tienen dislexia, la actividad cerebral siempre era alta, lo que sugería que no se adaptaban fácilmente incluso cuando la voz que oían era la misma.

Los investigadores creen que este «déficit de adaptación» en los casos de dislexia muestra que los cerebros de estas personas «no aprenden a procesar los estímulos de una forma más eficiente en el corto plazo».

Debido a que la eficiencia que brinda esta adaptación ayuda a realizar un proceso sensorial más sencillo, Perrachione considera que «los cerebros de los individuos con dislexia deben de estar trabajando muy duro todo el tiempo para procesar los estímulos» porque parecen «no poder aprovechar la ventaja de la adaptación neural».

«Estos resultados tienen importantes consecuencias en las formas que pensamos para remediar las capacidades de lectura en los individuos con dislexia, dado el perfil distinto de aprendizaje que muestran sus cerebros», asegura Perrachione.

Esta línea de trabajo muestra «un potencial» para «ayudar a entender cuál es la diferencia fundamental del cerebro disléxico que hace que aprender a leer sea desproporcionadamente difícil».

Las amígdalas escriben nuestros miedos

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Cuando vemos imágenes de algo que puede ser una amenaza, la amígdala se activa
Cuando vemos imágenes de algo que puede ser una amenaza, la amígdala se activa

Un equipo internacional de científicos ha descubierto que, ante situaciones peligrosas o que puedan suponer una amenaza para nuestra vida, el cerebro usa un ‘atajo’ para enviar una alarma ‘ultrarrápida’ a la amígdala, el área encargada de procesar el miedo, entre otras emociones.

La amígdala es una de las partes más profundas y antiguas del cerebro, y es que, desde el punto de vista evolutivo, este órgano cuenta con estructuras subcorticales antiguas, como la amígdala o el hipocampo, y otras posteriores como la corteza, la parte externa que cubre los dos hemisferios.

El circuito que llega a la amígdala es como la calzada de una ciudad romana. Sobre ella han pasado muchas otras civilizaciones pero todavía sigue en uso.

El filtro del miedo

La amígdala es la parte del cerebro que se encarga de procesar el miedo y la mayor parte de las emociones de carga negativa como la ira.

Así, cuando vemos imágenes de algo que puede ser una amenaza, la amígdala se activa, una actividad que se puede medir con resonancias funcionales y otras técnicas de neuroimagen.

Sin embargo, dado que la amígdala es una estructura muy profunda del cerebro, estas técnicas carecen de la resolución suficiente para ver cómo funciona el proceso. Hacen falta otras técnicas, como el uso de electrodos implantados en esta región cerebral.

En el estudio publicado en Nature Neuroscience, los investigadores contaron con la colaboración de once pacientes en tratamiento por epilepsia, que durante una semana llevaron implantes de electrodos que registraban toda su actividad cerebral.

Supervisados por el doctor Antonio Gil-Nagel, coautor del estudio y neurólogo del hospital Rúber Internacional, los pacientes colaboraron en dos experimentos.

En el primero, se les mostró imágenes de caras neutras, caras con miedo y caras de felicidad.

Cuando vieron las imágenes de caras con miedo, observamos que la actividad de la amígdala se encendía súper rápido, a unos 70 milisegundos, es decir, la amígdala detectaba una amenaza en tiempo récord.

Al mismo tiempo, los investigadores registraron la actividad en la corteza visual de esos pacientes y vieron que en esta área del cerebro, tras ver las caras con miedo, la señal de respuesta tardó 170 milisegundos en llegar, es decir, cien milisegundos más tarde que a la amígdala, un tiempo que en el cerebro es una eternidad.

En un segundo experimento, los pacientes vieron escenas desagradables pero que no implicaban peligro.

En este caso, la actividad en la amígdala tardó unos 200 milisegundos, lo que significa que el cerebro sólo utiliza el atajo para estímulos que representan una amenaza.

Un atajo formado por células magnocelulares

Este atajo neuronal es un circuito neuronal formado por células del tipo ‘magnocelular’, las más rápidas llevando información al cerebro, incluso aunque sean de baja frecuencia, mala calidad o borrosas, explica Strange.

La investigación concluye que este circuito neuronal es el encargado de transmitir la información más urgente para la supervivencia, y que lo hace a tal velocidad que es una reacción automática que no se puede controlar conscientemente.

Saber esto, ayudará a entender y tratar enfermedades como la ansiedad o las fobias, porque es importante saber que hay mecanismos que no son controlables bajo nuestra voluntad consciente y que se transmiten al cerebro a tal velocidad que son algo automático.