ciencia ficción

Antes y después de la odisea espacial

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Basándose, cosa que desconocía hasta hace bien poco, en una novela de John Wyndham. “El pueblo de los malditos” (1960) llegaba aún en blanco y negro y nos transportaba a Midwich, un poblado cuyos habitantes parecían haberse puesto de acuerdo para perder súbitamente sus vidas. Después descubríamos que en realidad no era así, y simplemente habían perdido la consciencia. O “revivían”, con la sensación de haber experimentado un largo y profundo sueño. Y lo hacían para descubrir que, del mismo modo repentino, todas las mujeres del pueblo se habían quedado embarazadas y un puñado de niños estaban en camino. Niños que crecían entre la confusión de unos padres que no se explicaban ni el baby-boom, ni el prodigioso desarrollo de unos pequeñajos que habían nacido con unos ojos extraños, decían.
Basándose en una novela de John Wyndham. “El pueblo de los malditos” (1960) llegaba aún en blanco y negro y nos transportaba a Midwich, un poblado cuyos habitantes parecían haberse puesto de acuerdo para perder súbitamente sus vidas. Después descubríamos que en realidad no era así, y simplemente habían perdido la consciencia. O “revivían”, con la sensación de haber experimentado un largo y profundo sueño. Y lo hacían para descubrir que, del mismo modo repentino, todas las mujeres del pueblo se habían quedado embarazadas y un puñado de niños estaban en camino. Niños que crecían entre la confusión de unos padres que no se explicaban ni el baby-boom, ni el prodigioso desarrollo de unos pequeñajos que habían nacido con unos ojos extraños, decían

El cine de ciencia ficción, infravalorado desde sus orígenes, tiene la oportunidad de reclamar su lugar en el cine de calidad, según explica el escritor y periodista Javier Memba en su libro ‘La década de oro de la ciencia-ficción (1950-1960)’.

Editado por T&B Editores, Javier Memba, cinéfilo y aficionado a la ciencia ficción, realiza un exhaustivo repaso a este género, contemplando sus orígenes literarios en novelas como ‘La Odisea’, ‘Los viajes de Gulliver’ o ‘Rebelión en la granja’, para luego incidir en la década gloriosa de este género cinematográfico, de 1950 a 1960.

En una entrevista, el autor sitúa el comienzo de esta década de oro con películas como ‘Cohete K-1’, de Kurt Neumann, y ‘Destino a la luna’, de Irvin Pichel.

Recluido en la serie B, el cine de ciencia ficción nunca se libró de ser el típico “cine para adolescentes” y de baja calidad, ya que incluso en su mejor época “siempre estuvo infravalorado”, asegura Javier Memba.

Según el escritor, Kubrick consigue en los 60 con ‘2001: Odisea en el espacio’ que la ciencia ficción alcance su madurez, pero autores como George Lucas y su saga de ‘La guerra de las galaxias’ recurren a “contenidos infantiles” que lo transforma de nuevo en “cine para niños”.

Durante su época dorada, el cine de ciencia ficción aprovecha la paranoia colectiva creada por la Guerra Fría y así, la mayoría de los argumentos giran en torno a Marte, la amenaza del Planeta Rojo, como metáfora del miedo al comunismo.

Javier Memba señala que hoy en día el género se ha devaluado, es una ciencia ficción “muy positivista”, heredera de Julio Verne, donde impera “el buen rollito”, en vez del trasfondo social y político propio de ‘La guerra de los mundos’ o ‘El planeta de los simios’.

Para el escritor, el hecho de que en España no se haya desarrollado el género no ha sido por falta de presupuesto, sino por la presencia de “el Santo Oficio” en la vida española, donde la fantasía era sinónimo de brujería y su práctica “estaba penada con la cárcel”.

Memba ha incluido en el libro una selección de 20 películas de la época dorada del género, entre las que siente especial predilección por ‘La mujer y el monstruo’, de Jack Arnold, una versión de ‘La bella y la bestia’ con una “sensualidad inusitada”.

Después de 2001

“2001, una odisea del espacio” (Stanley Kubrick, 1968) marcó la cima del cine de ciencia ficción pero ni mucho menos su fin ya que, tras dejar de temer la invasión alienígena, ha viajado por el espacio y la inteligencia artificial, ha atemorizado con catástrofes y emocionado con los superhéroes.

Javier Memba repasa en su libro “La nueva era del cine de ciencia ficción (1971-2011). De la guerra de las galaxias a los superhéroes” la evolución de este género en los últimos 40 años a partir de la película de Kubrick, considerada por el autor como “insuperable” y que marcó un nuevo rumbo.

Tras “La década de oro en la ciencia ficción (1950-1960)”, Memba dedica este segundo libro sobre el género, también publicado por TB Editores, a los cambios radicales experimentados desde los años 70 hasta la actualidad, cuando la gran pantalla retomará un camino apuntado con Superman hace más de 30 años. La era posterior a “2001, una odisea del espacio” fue inaugurada, según relata el escritor, por “THX 1138” (1971), el primer largometraje de George Lucas que, seis años después, logró un hito con “La guerra de las galaxias” , de la que Memba destaca su carácter “simplista hasta el infantilismo”.

Los años 80 son descritos como los de asentamiento y eclosión de las sagas en la ciencia ficción: “La guerra de las galaxias”, “Star Trek” , los viajes en el tiempo de Marty McFly en “Regreso al futuro” , “Terminator”, “Superman” o “Robocop” . A principios de esta década, ve la luz una de las más trascendentes no del género sino de toda la historia del cine a juicio del autor, “Blade Runner” , de Ridley Scott, director del que alaba también “Alien, el octavo pasajero” , una “sombría” visión de este cine frente al “buenrollismo” de Lucas y Spielberg.

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Ursula K. Le Guin, Reina del Espacio

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Le Guin forma parte de la historia de la ciencia ficción a la misma altura que los también desaparecidos Arthur C. Clarke, Isaac Asimov o Ray Bradbury, por nombrar a tres personajes emblemáticos. Como ellos, la autora disfrutó de una extraordinaria popularidad convirtiéndose en símbolo de lo mejor del género
Le Guin forma parte de la historia de la ciencia ficción a la misma altura que los también desaparecidos Arthur C. Clarke, Isaac Asimov o Ray Bradbury, por nombrar a tres personajes emblemáticos. Como ellos, la autora disfrutó de una extraordinaria popularidad convirtiéndose en símbolo de lo mejor del género

Autora de “The Left Hand of Darkness” (1969) o de la serie de fantasía Earthsea, traducida a más de 40 idiomas, Ursula K. Le Guin fue definida como “la mejor escritora de ciencia ficción en vida de Estados Unidos” por The New York Times en 2016.

El estadounidense Stephen King la recordó como “una de las grandes”, consideró que no fue “solo una escritora de ciencia ficción”, sino “un icono literario” y le deseó “buena suerte en la galaxia”, en su cuenta de Twitter.

La escritura de Le Guin estuvo influenciada por el feminismo, la antropología, la sociología, la psicología, el anarquismo, el taoísmo o el ecologismo.

En “The Left Hand of Darkness”, quizás su obra más exitosa, un enviado de Ekumen trata de convencer a los habitantes del planeta Gethen de que se unan a la federación galáctica, pero la misión se complica por su falta de comprensión de la sociedad, cuyos individuos no tienen un género definido.

Con esta novela, Le Guin ganó sus primeros premios de literatura y ciencia ficción Hugo y Nebula, que volvería a recibir en diversas ocasiones a lo largo de su carrera. También fue finalista del Premio Pulitzer a las Obras Literarias de Ficción en 1997.

Pese a esos premios y a ser una autora superventas, Le Guin criticaba ambos fenómenos por su trasfondo comercial.

“No quiero ver la literatura estadounidense traicionada”, dijo Le Guin al pedir a los editores que no se guiasen por los beneficios.

Nacida en 1929 en Berkley (California) como Ursula Kroeber en una familia de antropólogos, Le Guin obtuvo su graduado universitario en Literatura francesa e italiana en el Radcliffe College de Massachusetts y un máster en el mismo campo en la Universidad de Columbia (Nueva York).

En 1953 se mudó a París para emprender su investigación de doctorado sobre el poeta Jean Lemaire de Belges, que no terminó.

Ese mismo año contrajo matrimonio con Charles Le Guin, con el que regresó más tarde a Estados Unidos y con el que tuvo tres hijos.

Le Guin obtuvo el Premio Hugo, el Premio Nebula, el Premio Locus y el Premio World Fantasy por su trabajo, además de la Medalla de la National Book Foundation por la Contribución Distinguida a las Cartas Americanas y fue la primera mujer galardonada con el título de Gran Maestra por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos.

Escribió para niños y adultos y entre sus grandes obras se encuentran las llamadas Crónicas de Terramar, que incluyen títulos como Un mago de Terramar (1968), Las tumbas de Atuan (1971) y La costa más lejana (1972), entre otras. En lo que se conoce como Novelas del ciclo Ekumen se encuentran El mundo de Rocannon (1966), Planeta de exilio (1966), La ciudad de las ilusiones (1967) y La mano izquierda de la oscuridad (1969).

Sus más de 20 novelas, además de libros de poesía y cientos de cuentos y ensayos, han sido traducidos a más de 40 idiomas.

Sus ficciones van desde aventuras de jóvenes adultos hasta fábulas filosóficas irónicas. Combinan historias conmovedoras, una lógica narrativa rigurosa y un estilo delgado pero lírico para atraer a los lectores a lo que ella llamó las “tierras interiores” de la imaginación.

Otra de sus grandes características como autora fue que en sus temas, como hechicería y dragones, naves espaciales y conflictos planetarios, incluso cuando sus protagonistas eran hombres, evitaban la postura machista de tantos héroes y los conflictos suelen estar arraigados en un choque de culturas y se resuelven más mediante la conciliación y el autosacrificio, que a través del juego de espadas o las batallas espaciales.

El crítico Harold Bloom sostuvo que Le Guin era “una creadora magníficamente imaginativa y gran estilista” que “ha elevado la fantasía a la alta literatura para nuestro tiempo”.

Mujer en tierra hostil

Sus seguidores buscaban en sus textos el entretenimiento de la ciencia ficción y la profundidad de sus reflexiones feministas y sociales, como muestra su última obra, “Contar es escuchar”.

Ese libro llegó al mercado español, pocas horas después del fallecimiento de Le Guin en su casa de Portland (EE.UU.), y es un completo resumen de su vida como escritora, como defensora de la imaginación, pero también una reflexión sobre el papel de la mujer, el concepto de la belleza, el paso del tiempo, la vejez y la naturaleza.

Son las dos facetas más destacadas de una mujer declarada “leyenda viva” por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en 2000, antropóloga de formación -de ahí le venía su enorme curiosidad por el estudio del comportamiento humano-, escritora de literatura fantástica y “grandísima defensora de la mujer”.

“Su literatura transciende mucho del género de la ciencia ficción, tenía mucho sentido del humor y un fuerte poso del taoísmo y del concepto universal del mundo, que defendía con mucha fuerza, vehemencia y humor”, resume Eva Serrano, la editora de Círculo de Tiza responsable de la publicación de “Contar es escuchar”.

El libro recoge conferencias y charlas de Le Guin que permiten reproducir con gran exactitud sus ideas como escritora y como mujer.

Una obra de “madurez creativa”, una especie de “vista atrás a todo lo que ha hecho en su carrera” y que permite conocer mejor a una escritora mundialmente famosa, con libros traducidos a más de 40 idiomas y cuyo nombre incluso sonó para el Premio Nobel de Literatura en varias ocasiones.

Fue “una figura irrepetible, de esas mujeres que rompieron moldes, que se pusieron el mundo por montera, sin por ello abdicar de su condición femenina”, recuerda Serrano.

Algo que queda más que claro en el prólogo de “Contar es escuchar”, un texto que Le Guin escribió cuando ya había superado los 70 años.

“Soy un hombre. Pensarán que he cometido un error de género sin querer, o quizá que intento engañarlos, porque mi nombre de pila acaba con a, y soy dueña de tres sujetadores, y he estado embarazada cinco veces, y otras cosas por el estilo que sin duda habrán notado, pequeños detalles”, escribe.

Toda una declaración de principios de una escritora que apoyaba sin ambages que la imaginación es la herramienta más potente del ser humano, lo que la llevó a dedicarse a la literatura de ciencia ficción, un género que se consideraba B y un reducto principalmente masculino, pero en el que no estaba limitada por la realidad.

Pudo así servirse de las metáforas “para construir mundos menos estrictos y organizados por estructuras escritas por los que siempre ganan”, reflexionó Serrano.

En eso se parecía a la canadiense Margaret Atwood, con la que mantenía una relación de mutua admiración.

“Estoy muy muy triste. ¡Qué inmensa imaginación, que mente tan fuerte y mordaz!”, resaltó Atwood tras conocer el fallecimiento de Le Guin.

Hace tiempo, Atwood dijo de Le Guin: “Cualquier cosa que haga, donde quiera que su curiosa inteligencia pueda llevarla, sean cuales sean los giros en las tramas y los órganos reproductivos que pueda inventar, nunca pierde contacto con ella misma por su propia inmensidad”.

Otra gran admiradora de la autora de “Los desposeídos” o “La mano izquierda de la oscuridad” es la española Rosa Montero, que lamentaba el fallecimiento de “la inmensa Úrsula K. Le Guin”.

Era “una/uno de los mejores escritores del siglo XX”, afirma Montero, que la consideraba su maestra y que recomienda leer sus libros para darse cuenta de la variedad de sus textos. Y acaba con un “Grandísima”.

Tan grande como su lucidez, que mantuvo hasta el último momento.

Los estigmas de Voss Van Conner

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Laura Fernández ha escrito una loca e hilarante novela sobre todos aquellos escritores que nunca alcanzaron la fama pero que lograron hacernos viajar a lugares mejores. Un cruce entre el mítico Dios le bendiga, Mr. Rosewater de Kurt Vonnegut y un inédito delirantemente digresivo de un Thomas Pynchon que hubiera visto Ghost más veces de la cuenta
Laura Fernández ha escrito una loca e hilarante novela sobre todos aquellos escritores que nunca alcanzaron la fama pero que lograron hacernos viajar a lugares mejores. Un cruce entre el mítico Dios le bendiga, Mr. Rosewater de Kurt Vonnegut y un inédito delirantemente digresivo de un Thomas Pynchon que hubiera visto Ghost más veces de la cuenta

De vueltas con algunos de sus temas como la soledad, la muerte o el humor, la escritora y periodista Laura Fernández rinde homenaje a algunos de sus fantasmas literarios en su última novela, “Connerland”, una historia de ciencia ficción en la que quiere “redimir a autores malditos del género”.

Fernández explica que la novela se concibe como un homenaje a todos los escritores que la han hecho muy feliz y que para ella “son eternos, aunque su vida haya sido corta, tormentosa e incluso triste, como le pasa al protagonista Voss Van Connervan, autores como Philip K. Dick, Douglas Adams, Kurt Vonnegut, Thomas Pynchon o David Foster Wallace”.

Todos esos autores, señala Fernández, “durante sus vidas quisieron ser famosos, pero no lo consiguieron hasta después de muertos” y con “Connerland” la autora quería ofrecerles una especie de redención, “porque sólo nos atraen los perdedores una vez muertos”.

Su admirado Philip K. Dick, su “autor totémico”, recuerda Fernández, murió en 1982 poco antes de que se estrenara la exitosa película “Blade Runner”, de Ridley Scott, basada parcialmente en su “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”;

“Connerland” (Literatura Random House) narra la historia del escritor de ciencia ficción Voss Van Conner, cuya carrera despega el día que muere electrocutado con un secador de pelo, una desaparición repentina que un editor importante aprovechará para convertirlo en oro, para que su mujer admita que estaba a punto de dejarlo y para que su mejor amiga pierda los papeles.

“Me gustaba la idea de traer a Voss Van Conner de entre los muertos para que viera su éxito postmortem”, apunta.

La novela está llena de guiños a esos autores que Fernández colecciona en las estanterías de su biblioteca y, así, la novela “Timequake” de Kurt Vonnegut da nombre a una aerolínea, o aparece la misma ciudad en la que se desarrolla la profética “King Kong blues”, de Sam J. Lundwall, que “en los 70 se convirtió en un ‘best seller’ referencia de la ciencia ficción de la década”.

Juega Fernández además con la ambigüedad de la muerte: “Me gusta la idea con lo que puede haber en el más allá, que tiene que ver con las películas de los 80 y 90 y su imaginario, esa sensación de que todo era posible”.

Sin embargo, aclara, en ningún momento está pensando en “fantasmas” tipo “Bitelchus” de Tim Burton, sino que su opción es “dar la bienvenida a esos mundos”, siempre “muy alejado de lo que se hace en la literatura española”.

La escritora, que anteriormente publicó “Bienvenidos a Welcome”, “Wendolin Kramer” o “La chica zombie”, se ríe de sus personajes, de ella misma y de las situaciones, porque “el humor te convierte en alguien invencible, y si te ríes de todo, nada te puede hacer daño”.

La soledad, otro distintivo marca de la casa, está presente en esta novela, al igual que en las anteriores, porque como la propia Fernández recuerda: “Yo he sido hija única, y he crecido leyendo, yendo a otros sitios sin salir de casa a través de la lectura”.

La periodista barcelonesa ha tardado cinco años en escribir “Connerland” y el resultado ha sido “un texto denso” que tiene que ver con que ese tiempo ha leído “El rey pálido” de David Foster Wallace.

La mirada implicada de Chris Marker

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Chris Marker fue un cineasta atípico que marcó el cine y renovó profundamente el arte del documental
Chris Marker fue un artista atípico que marcó el cine y renovó profundamente el arte del documental

El cineasta francés Chris Marker (1921-2012), maestro y pionero del cine documental cuyos trabajos de factura poética y etnográfica han influenciado a varias generaciones de directores, legó para la memoria una prolífica y comprometida producción artística.

Discreto y reflexivo, Marker era esencialmente un director de cine, pero también un escritor, un poeta, un filósofo, un crítico de cine o un fotógrafo al que la Cinemateca Francesa le atribuye la creación del “documental subjetivo”, una forma de cine en el que el texto resulta tan importante o más que la imagen.

“Espíritu curioso, cineasta infatigable, poeta amante de los gatos, videoartista, personaje secreto, inmenso talento. Somos huérfanos de Chris Marker”, opina el director del Festival de Cannes, Gilles Jacob.

Dentro del mundo del celuloide, Marker fue una de las miradas más singulares del siglo XX.

“Gran moralista, Chris Maker tenía la mirada de un etnógrafo comprometido, preocupado por estilizar su escritura cinematográfica”, en palabras de Toubiana y Costa Garvas -que trabajó con Marker- sobre un creador con medio centenar de documentales a sus espaldas.

Nacido en 1921 en Neuilly-sur-Seine, un elegante municipio colindante a París, y licenciado en Filosofía antes de enrolarse como paracaidista en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, sus inicios cinematográficos le sirvieron para afilar e internacionalizar su pupila.

A través de trabajos como ‘Dimanche a Pékin’ (1956), ‘Lettre de Sibérie’ (1957) o ‘Cuba Si’ (1961), Marker, militante del Partido Comunista (PC), mostraba en su trabajo sus preocupaciones sociales, aunque no dejaba que sus convicciones enterrasen su mirada crítica.

Esas primeras producciones fueron una forma de politizar aún más su discurso, alineado con las luchas obreras e independentistas, y de fabricar un género documental en el que filtraba la realidad a través de sus propias emociones, como un testigo implicado en los acontecimientos que le rodean.

Fueron los trabajos previos a ‘La Jetée’ una cinta de 28 minutos estrenada en París en 1962 y forjada a base de fotografías en blanco y negro que explora los límites del tiempo y la memoria.

El relato, poético y exigente, se inicia con un hombre que de niño contempló un asesinato no esclarecido. Con saltos en el tiempo y viajes al pasado y al futuro, el protagonista intenta salvar a la humanidad, mientras se involucra en una historia de amor imposible.

‘La Jetée’, su obra más aclamada, sirvió de inspiración, entre otros, al director Terry Gilliam para rodar ’12 monos’ en 1995, película para la que contó con Bruce Willis y Brad Pitt, o al músico David Bowie, quien también bebió de las musas de Marker para firmar en 1993 el videoclip de la canción ‘Jump, They Say’.

En 1963 Marker estrenó ‘Le Joli Mai’, una atípica narración en la que a través de la voz del cantante y actor Yves Montand, el cineasta se interroga sobre la guerra de independencia de Argelia, concluida en 1962 a través de los Acuerdos de Evian.

Fotograma de "La Jetée" (1962)
Fotograma de “La Jetée” (1962)

Polémica en su fondo y rompedora en su estética, la investigación documental salpicada de fotos fijas y entrevistas se considera otra de las obras maestras del cineasta de una filmografía en la que se cuentan títulos como la obra colectiva ‘Loin du Vietnam’ (1967), ‘Le Fond de l’air est rouge’ (1977), ‘Sans Soleil’ (1982) o ‘Chats perchés’, su último largometraje, rodado en 2004.

Nacido con el nombre de Christian-François Bouche-Villeneuve y cercano a intelectuales como Alain Resnais, Jorge Semprún, Akira Kurosawa o Patricio Guzmán, con quienes colaboró a lo largo de su extensa carrera, Marker no se conformó con convertirse en una leyenda viva del celuloide.

A pesar de sus nueve décadas de vida, seguía explorando nuevas formas de narración, bien a través de Youtube o gracias a su avatar en el mundo virtual de ‘Second Life’.

La Ciencia Ficción del ‘Doctor Bacteria’

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El histólogo escribió novelas y relatos de ciencia ficción, como La vida en el año 6000, aunque muy pocos llegaron a publicarse. Su estilo se asemejaba al empleado por Julio Verne o H. G. Wells, ya que combinaba el rigor científico con elementos fantásticos
Ranón y Cajal escribió novelas y relatos de ciencia ficción, como “La vida en el año 6000”, aunque muy pocos llegaron a publicarse. Su estilo se asemejaba al empleado por Julio Verne o H. G. Wells, ya que combinaba el rigor científico con elementos fantásticos

Santiago Ramón y Cajal era un apasionado de la arqueología, la astronomía, la literatura o el ajedrez, una faceta humanística que no siempre ha sido reflejada por los medios que han representado su figura. Un estudio en el que participa la Universidad Complutense de Madrid analiza su imagen en la literatura, el cine y la televisión, tras revisar decenas de obras sobre la vida del científico.

“El cine y la televisión muestran una imagen bastante fiel de Santiago Ramón y Cajal, aunque la película Salto a la gloria (1959) tiene afán de mostrarlo como héroe nacional, omitiendo, por ejemplo, que el Premio Nobel que obtuvo el científico en 1906 fue compartido con el científico italiano Camilo Golgi”, indica Jesús María Carrillo, catedrático en el departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico I de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

En un estudio publicado en la Revista de Neurología, Carrillo y Susana Collado-Vázquez, investigadora del departamento de Fisioterapia, Terapia Ocupacional, Rehabilitación y Medicina Física la Universidad Rey Juan Carlos, han analizado decenas de artículos y fuentes documentales para saber cómo se ha representado la figura de Ramón y Cajal (1852-1934) en la literatura, el cine y la televisión.

“La serie Ramón y Cajal: Historia de una voluntad dirigida por José María Forqué y los documentales se ajustan bastante a la realidad”, destaca Collado-Vázquez. De hecho, en la serie, cuyo actor protagonista fue Adolfo Marsillach, se emplearon objetos reales que habían pertenecido al científico. Además, el guion recogía tanto su vida científica y académica como la más humanística y cotidiana.

El estudio señala que a Ramón y Cajal le interesaban la arqueología, la astronomía, el ajedrez, la literatura, la filosofía o el hipnotismo, facetas que no se resaltan en la película Salto a la gloria. “Cajal es mostrado como un genio despistado, con algunas excentricidades y entregado al 100% a sus investigaciones”, afirman los autores.

La investigación también muestra una cara menos conocida del científico como era su afición por la literatura de ficción y su incipiente carrera como escritor de este género.

El histólogo escribió novelas y relatos de ciencia ficción, como “La vida en el año 6000”, aunque muy pocos llegaron a publicarse. Su estilo se asemejaba al empleado por Julio Verne o H. G. Wells, ya que combinaba el rigor científico con elementos fantásticos. Describe un mundo en el que se crea vida microbiana en el laboratorio, en el que los humanos han desarrollado modificaciones corporales según sus ocupaciones y donde está ya muy próxima la producción de seres humanos artificiales. Seres estos que serán sin prejuicios morales, sin ideas teológicas o históricas; seres perfectos capaces de cultivar la ciencia con éxito extraordinario, en palabras del propio Cajal.

Entre 1885 y 1886, cuando desempeñaba la cátedra de Anatomía en la Universidad de Valencia, escribió una serie de relatos cortos, doce en total. No los publicó entonces; probablemente esperó a que su reputación científica estuviese bien consolidada. En 1905 vieron la luz cinco de ellos en una edición limitada que circuló entre conocidos. Los publicó con el pseudónimo de Doctor Bacteria, nombre que ya había utilizado años antes en unas obras de divulgación que aparecieron en la revista La Clínica de Zaragoza.

A secreto agravio, secreta venganza; El fabricante de honradez; La casa maldita; El pesimista corregido y El hombre natural y el hombre artificial son los títulos de esos cinco relatos reunidos bajo el título general de Cuentos de Vacaciones. Narraciones pseudocientíficas. El primero de ellos, homónimo con la obra de Calderón de la Barca, refleja la influencia que sobre Cajal ejercieron los clásicos, aunque su argumento lo acerca más a El médico de su honra, del mismo autor.

Más que relatos de ciencia ficción se trata de narraciones con una trama protagonizada por científicos o un trasfondo en el que fenómenos aparentemente sobrenaturales acaban explicándose desde una perspectiva puramente racional.

“Un libro que le impactó de manera especial fue Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, por el espíritu de superación, el esfuerzo, la posibilidad de descubrir un paisaje virgen y la lucha de un hombre por vencer a la naturaleza”, señalan los investigadores.

“Algunas de sus obras de ficción científica se perdieron, otras no llegaron a publicarse y las que lo hicieron formaron parte de una edición de escasa tirada, por lo que la labor pedagógica que pretendía el científico quedó reducida a casi nada”, apunta Carrillo.

El estudio también analiza los cómics y libros que se han publicado sobre la figura del científico, dirigidos sobre todo a niños y jóvenes. “Logran acercar su figura y despiertan en ellos la ilusión por el conocimiento. Son una primera aproximación a la figura de este pionero de la neurociencia”, sostiene Collado-Vázquez.

El espanto surge de Sitges

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Fotograma de "Alphaville", de Jean Luc Godard, proyectada en la edición de 1968 del Festival de Sitges
Fotograma de “Alphaville”, de Jean Luc Godard, proyectada en la edición de 1968 del Festival de Sitges

Hoy se le conoce oficialmente como Festival Internacional de Cinema de Cataluña y está considerado como uno de los más importantes del mundo con multitud de actividades paralelas -entre las que figuran los premios Mélies d’Argent, galardones anuales de la European Fantastic Film Festivals Federation, la federación de festivales de género europeos de la cual es cofundador-, pero para los la mayoría de aficionados al Séptimo Arte siempre será el festival de Sitges a secas… Tras sobrepasar el medio siglo de vida, demuestra cada edición que el género tiene un prometedor futuro en España.

Fundado formalmente en 1967 y con una primera edición en 1968, su continuidad puede considerarse como una marca excelente que se convierte en heroica si se tiene en cuenta su especialización, pues se ha celebrado desde entonces todos los meses de octubre sin fallar un solo año.

Sin embargo, su origen tiene poco que ver como el fantástico, ya que nació a partir de la I Semana de Cine, Foto y Audiovisión que se organizó en esta villa catalana muy próxima a Barcelona, con intención de utilizar los trabajos de las escuelas de cine como catalizador turístico para aprovechar la temporada baja de vacaciones, atrayendo así a visitantes interesados por las actividades culturales en lugar de a los habituales turistas de sol y playa de los meses anteriores.

La primera edición no tuvo un buen comienzo y, de hecho, terminó con una batalla campal en la cena de clausura entre las autoridades franquistas y los cineastas de izquierda, incluyendo la intervención de las fuerzas de seguridad para calmar los ánimos, según recordaba uno de los primeros organizadores, Pere Fages, en un artículo que publicó veinte años más tarde, en el catálogo del festival del año 1987.

A pesar de este descorazonador inicio, las autoridades locales seguían pensando en que era una buena idea para promocionar el turismo alternativo y relanzaron la actividad al año siguiente pero cambiando su contenido: ya no se proyectarían películas “serias”, empeñadas en burlar la censura para difundir peligrosas ideas políticas, sino películas fantásticas, mucho más “inocentes” y “sin calado”…

En 1968 se desarrolló pues la Primera Semana Internacional de Cine Fantástico, con una sección informativa donde fueron proyectadas obras como El baile de los vampiros de Roman Polanski, S.O.S. El mundo en peligro de Terence Fisher o King Kong escapa de Ishiro Honda -precisamente el simio gigante acabaría convirtiéndose en el logo del certamen- y otra sección retrospectiva con grandes clásicos como El Golem de Paul Wagener, Nosferatu de F.W.Murnau o Metropolis de Fritz Lang.

No fue un éxito, ni de público -que fue escaso- ni de crítica -cuyos representantes se enfrentaron con la organización y mantuvieron durante años una actitud reprobadora hacia el festival-, aunque la organización perseveró y hoy día las cosas son muy diferentes.

La audiencia media ha subido año tras año, al igual que las películas, que han pasado de las dos docenas de las primeras ediciones a un número nunca inferior a 150.

Muchos grandes del cine internacional han pasado por Sitges: desde David Cronenberg hasta Ray Harrihausen, pasando por Terry Gilliam, Joe Dante, Neil Jordan, David Lynch, Sam Raimi y muchos más.

Además, la animación y el fantástico, en Sitges, son un binomio indisoluble, particularmente cuando en los inicios de la década de los 90 el festival inició la sección ‘Anima’t’, que ha traído al certamen los mejores animadores de cada momento, como Jan Svankmajer, Hayao Miyazaki, Ian Mackinnon, Peter Saunders o el estudio Aardman Animations

Así, queda claro que los folletos turísticos mienten: durante los últimos 50 años, Sitges no ha sido una soleada y divertida localidad costera a 30 minutos de Barcelona, sino un terrorífico bastión del mal por el que campan a sus anchas todos los monstruos imaginables y alguno más.

Las vísceras de la fantasía

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Sofía Rhei
Sofía Rhei

Emilia Pardo Bazán “escribió relatos de ciencia ficción y muchos de sus cuentos son de hecho fantasías de terror”, explica la escritora Sofía Rhei, que defiende la fuerza de la literatura fantástica escrita por mujeres y es autora de la novela “Róndola”, publicada por la editorial Minotauro.

Se trata de una obra que mezcla humor y fantasía, ambientada en un mundo con forma de rosquilla y que sirve también como “un homenaje personal” al autor británico Terry Pratchett, muy popular por su serie de obras de Mundodisco.

“Róndola” se presenta como un cuento de hadas “no apto para menores” y “dispuesto a herir todas las sensibilidades” al explorar temas “como la identidad personal o el conflicto entre lo público y lo privado”, pero “despojándolos del drama y la importancia que solemos dar a los problemas diarios”.

La escritora (Madrid, 1978) busca “reflejar la realidad de una forma divertida, a través de la complicidad y la sonrisa, con mucho humor”, un ingrediente que “a pesar de su importancia, se ha vuelto infrecuente en la literatura española”.

Es precisamente el sentido del humor uno de los factores que ha permitido el éxito de su serie más popular de novelas infantiles, las de “El joven Moriarty” (Ed. Nevsky), que cuenta con títulos como “La ciudad de las nubes”, “La planta carnívora”, “Los misterios de Oxford” y “El misterio del dodo”.

El protagonista es el yo niño de James Moriarty, el personaje creado por Arthur Conan Doyle como archienemigo criminal de su héroe Sherlock Holmes, y sus sucesivas peripecias “han ido fenomenal, no esperaba que me diera tantas satisfacciones”, por lo que tendrán continuidad.

Aunque Rhei comenzó publicando poesía, afirma que “en la actualidad escribo de todo, me siento una todoterreno como escritora tanto como lectora”, si bien sus géneros favoritos siguen siendo la ciencia ficción y el humor.

“Me gusta tener varios libros empezados a la vez, a la hora de leer y también de escribir”, y prefiere que sean de géneros diferentes para recalar en unos u otros según su estado de ánimo.

Una de sus ideas consiste en un estudio sobre la presencia de la literatura femenina en la ciencia ficción. En proyecto, pergeñar 25 relatos, además de construir una base de datos exhaustiva, para recuperar la obra de “muchas mujeres que han escrito pero cuya labor ha quedado oculta por la inercia sociocultural”.

Rhei cita a Pardo Bazán, considerada uno de los pilares del realismo y el naturalismo, pero cuya faceta de escritora fantástica “nos la han escondido, igual que ha pasado con otras autoras”.

En su opinión, “las mujeres estamos acostumbradas a leer el punto de vista de los hombres y a identificarnos con personajes masculinos pero parece que a ellos les da pereza leer acerca de protagonistas que tienen que buscar a sus hijos en el colegio o que están estresadas porque viene su suegra a casa”.

En ese sentido, las vivencias femeninas “se consideran de clase B” o se limitan al campo de la literatura romántica, “que tiene un gran impacto pero explota experiencias femeninas que no son de las mejores”.

Como ejemplo de novela femenina de calidad cita “El diario de Bridget Jones” de la británica Helen Fielding, adaptada con gran éxito al cine, y que resulta “comparable al humor de P.G. Wodehouse o Tom Sharpe, con la diferencia de que las obras de sus colegas masculinos son reconocidas por todo el mundo mientras que la de ella es considerada como ‘entretenimiento para chicas’ y poco más”.

Como autora, Rhei aspira a subirse al carro de la Ciencia Ficción pues, según suscribe, ha publicado “muchos relatos” y quiere desarrollar “una idea sólida” para el formato largo.

Escribir ciencia ficción es “complicado” porque “es quizá el género más exigente para autores y lectores” mientras la fantasía “es casi lo contrario, más comercial y tiene más que ver con la novela histórica”.