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El escritor incombustible a 451 grados Farenheit

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Ray Bradbury, alentando la futilidad en su despacho.
Ray Bradbury, alentando la futilidad en su despacho.

Ray Bradbury es el maestro de la ficción científica y la fantasía que transformó sus sueños de infancia y temores de la Guerra Fría en marcianos telepáticos, monstruos marinos enfermos de amor y la visión desoladora de un futuro distsorsionado en el cual los bomberos queman libros en Fahrenheit 451.

El autor de clásicos de ficción científica como Crónicas marcianas y El hombre ilustrado trascendió el género para conquistar la admiración de Jorge Luis Borges, quien prologó la versión en español de uno de sus libros.

Aunque disminuyó su ritmo de trabajo en años recientes a su muerte (2012) debido a un derrame cerebral que lo postró en una silla de ruedas, Bradbury se mantuvo activo al llegar a nonagenario, escribiendo novelas, obras de teatro, guiones de cine y un volumen de poesía. Escribía todos los días en la oficina de su casa en el barrio de Cheviot Hills, en Los Ángeles, y de vez en cuando se presentaba en librerías y actos de bibliotecas públicas para recaudar fondos y otros eventos literarios.

Su obra abarca desde terror y misterio hasta humor e historias compasivas sobre los irlandeses, los negros y los mexicanoestadounidenses. Bradbury también escribió el guión de la adaptación cinematográfica de John Huston de Moby Dick (1956), así como varios capítulos de la serie de televisión La dimensión desconocida, incluyendo El Teatro de Ray Bradbury, para el cual adaptó decenas de sus trabajos.

“Lo que siempre he sido es un escritor híbrido”, dijo Bradbury en el 2009. “Estoy completamente enamorado del cine, y estoy completamente enamorado del teatro, y estoy completamente enamorado con las bibliotecas”.

Bradbury saltó a la fama en 1950 con Crónicas marcianas, una serie de historias entrelazadas que satirizaron el capitalismo, el racismo y las tensiones de las superpotencias al retratar a colonizadores terrestres destruyendo una civilización marciana idílica.

Al igual que El fin de la infancia de Arthur C. Clarke y el filme de Ultimátum a la Tierra, el libro de Bradbury fue una alegoría sobre la Guerra Fría en el que los acontecimientos en otro planeta sirven como un comentario sobre el comportamiento humano en la Tierra. Crónicas marcianas se ha publicado en más de 30 lenguas, fue adaptada en una miniserie se televisión e inspiró un juego de computadora.

Crónicas marcianas profetizó la prohibición de libros, un tema que Bradbury abordaría profundamente en Fahrenheit 451, de 1953. Inspirada en la Guerra Fría, el surgimiento de la televisión y la pasión del autor por las bibliotecas, fue una narrativa apocalíptica de una guerra nuclear en el extranjero y un placer vacío en casa, donde los bomberos son asignados a quemar libros (451 grados Fahrenheit, Bradbury ha dicho, era la temperatura a la cual arden en llamas los textos).

Fue el único trabajo de Bradbury realmente de ficción científica, según el autor, quien dijo que todas sus demás obras debían clasificarse como de fantasía. “Fue un libro basado en hechos reales y también en el odio hacia la gente que quema libros”, dijo en 2002.

Un clásico futurista, la novela de Bradbury previó los iPods, la TV interactiva, la vigilancia electrónica y en vivo, los eventos sensacionalistas de los medios, incluso las persecusiones policiales televisadas. Francois Truffaut dirigió en una versión cinematográfica en 1966 y se hizo alusión al título del libro para el documental de Michael Moore Fahrenheit 9-11.

Sin embargo, Bradbury estaba apegado al pasado. Se negaba a conducir un auto o viajar, y le dijo a la AP que presenciar un accidente de tránsito fatal de niño le había dejado un terror permanente a los automóviles. De su juventud, se trasladaba de un lugar a otro en bicicleta o patines.

“No les tengo miedo a las máquinas”, le dijo a la publicación Writer’s Digest en 1976.

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El profeta robótico

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Los relatos de robots de Asimov siguen teniendo plena vigencia
Los relatos de robots de Asimov siguen teniendo plena vigencia

Considerado por público y crítica como uno de los tres más importantes escritores de Ciencia Ficción del siglo XX junto con Robert Heinlein y Arthur C. Clarke, Isaac Asimov fue tan popular por sus relatos fantásticos como por su obra de divulgación científica.

No es tan fácil fijar la fecha de su nacimiento pues, aunque hay acuerdo general en creer que fue el 2 de enero de 1920 (hace ahora 95 años), este dato está aún por certificar, ya que vino al mundo en un pequeño pueblo ruso a pocos kilómetros de Bielorrusia, desde donde su familia, de origen judío, emigró a Nueva York en busca de mejores oportunidades cuando él era aún muy pequeño.

Los pulps, las revistas baratas de ficción, le descubrieron la Ciencia Ficción y en ellas empezó a publicar sus primeros relatos antes de graduarse como bioquímico en la Universidad de Columbia; compaginando estudios con trabajo, logró el doctorado en química para 1948, con lo que ingresó en la Universidad de Boston…, diez años más tarde, ganaba ya más dinero como escritor que como profesor universitario.

Por cierto que la trilogía original del también llamado Ciclo de Trántor (Fundación, Fundación e imperio y Segunda Fundación) ostenta el honor de haber recibido el Premio Hugo a la mejor serie de Ciencia Ficción de todos los tiempos.

A partir de entonces se dedicó durante muchos años casi íntegramente a la redacción de libros de ensayo y divulgación científica como Breve historia de la Química y Cien preguntas básicas de la ciencia o de divulgación histórica como El Imperio Romano y La Formación de América del Norte, con alguna sonada excepción como la novelización de la versión cinematográfica de Viaje alucinante (un cuento original de Otto Klement y Jerome Bixby) o Los propios dioses (que recibió los tres grandes premios norteamericanos de género: Hugo, Locus y Nebula).

Para los años 80, había vuelto al género con renovados bríos, aunque a partir de ese momento se centró sobre todo en secuelas de sus novelas y en las antologías de relatos como su famosa colección sobre La edad de oro de la Ciencia Ficción…, en todo caso fue capaz de firmar en torno a los 400 textos en un recorrido como autor ciertamente prolífico.

A día de hoy,  el sector de la robótica es, dentro de la ciencia, el que mayor influencia conserva de las aportaciones de Asimov, si bien hay algunos términos y conceptos que también se emplean en otros sectores como la psicohistoria o la positrónica.

En todo caso, no resulta tan difícil convertirse en un visionario cuando uno trabaja con información científica de vanguardia, de la que aún tardará unos años en calar entre el público corriente; en cierto modo, Asimov actuó igual que Julio Verne al escribir gran parte de su obra de ficción por el expediente de proyectar hacia el futuro los conocimientos más adelantados y los experimentos más novedosos de los que le llegaban noticias, de manera que no tuvo necesidad de crear grandes artificios imaginativos personales.

Prueba de ello fue el artículo que escribió en 1964 durante la Feria Mundial de Nueva York en The New York Times y en el que osó “profetizar” cómo sería el mundo del futuro a partir de lo que entonces estaba en boga desde el punto de vista tecnológico: erró en muchas cosas pero acertó en cerca del 60 % de sus previsiones.

También habló de ventanas polarizadas gradualmente al gusto del consumidor para regular la intensidad de la luz, así como de la popularización de las películas en 3D, del uso de levaduras y algas para la alimentación…, e incluso advirtió acerca de “la enfermedad del aburrimiento” con consecuencias “mentales, emocionales y sociológicas” (no hay más que ver la importancia de esta dolencia en la sociedad del siglo XXI, así como la cantidad de miles de millones invertidos en “medicinas” para combatirla, especialmente, en formato de series y películas, programas de telebasura y videojuegos).

El joven Isaac Asimov
El joven Isaac Asimov

Recibió numerosos premios a lo largo de su larga carrera literaria, incluyendo varios Hugos y Nebula y un James T. Grady a la mejor labor de divulgación científica y ese prestigio como escritor, sumado a su propia carrera científica, sus convicciones racionalistas y su actitud militante contra las creencias religiosas le reportó más de una docena de doctorados honoris causa por diferentes universidades, así como diversos reconocimientos en grupos como la Asociación Humanista Estadounidense, que le concedió la presidencia honoraria, o el club Mensa, del cual era vicepresidente también honorario.

En su honor existe un cráter Asimov en el planeta Marte y también un asteroide, el 5020 Asimov…, y posiblemente un robot humanoide, el ASIMO de Honda, aunque la empresa japonesa asegura que son sólo las siglas de  “Advanced Step in Innovative Mobility” o “Paso Avanzado en Movilidad Innovadora”.

Asimov falleció en 1992 tras un fallo renal y coronario, pero hace unos años su viuda Janet reveló que la verdadera causa de su muerte había sido la transfusión de sangre en mal estado por contaminación de Sida que el autor habría recibido durante una operación vascular.

Ciencia Ficción bajo el disfraz “mumblecore”

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Computer Chess consigue mantener altos niveles de comicidad a lo largo de su metraje, situación que la convierte en una película profundamente atípica, que por momentos pareciera ser deudora del humor de Dr. Strangelove o de la atmósfera de Eraserhead
Computer Chess consigue mantener altos niveles de comicidad a lo largo de su metraje, situación que la convierte en una película profundamente atípica, que por momentos pareciera ser deudora del humor de Dr. Strangelove o de la atmósfera de Eraserhead

El mumblecore, ese género contenido en la vasta producción de cine independiente norteamericano, que se vale de actores no profesionales, bajísimos presupuestos y altos grados de improvisación argumental al momento de filmar, vivió uno de sus mejores años gracias a que Frances Ha, la película de Noah Baumbach, filmada y ensamblada al más puro estilo mumblecore, fue acogida con bastante cariño por la crítica internacional. Sin embargo, el verdadero acontecimiento trascendental para el mumblecore fue sin lugar a dudas una modesta película de nombre Computer Chess.

Filmada por Andrew Bujalski, padre del movimiento mumblecore, el filme relata los extraños acontecimientos ocurridos a principios de los ochenta en un ficticio torneo de programadores, todos completamente obsesionados con la creación de un software de ajedrez que no sólo derrote a los otros programas dentro de la competencia, sino que, por primera vez, consiga vencer al organizador del evento, un veterano ajedrecista invicto durante años.

Los diferentes equipos de nerds, algunos universitarios y otros autofinanciados, se enfrentan en la sala de eventos de un hotel que cada año acoge la convención. Sin embargo, conforme se suceden las rondas eliminatorias y el espectador se familiariza con los peculiares personajes protagónicos, cosas muy extrañas comienzan a ocurrir, transformándose lo que en un principio parecía un filme tipo mockumentary, en una perturbadora cinta de ciencia ficción cuya narrativa se centra en la creación de inteligencia artificial, pero que al mismo tiempo retrata con gran habilidad ese pensamiento científico alejado de los reflectores, complejo, brillante, obsesivo, pero al mismo tiempo altamente inestable e incluso infantil, que engendra año con año los avances tecnológicos que el resto de los mortales con IQs moderados disfrutamos.

Filmada mediante cámaras vintage modelo Sony AVC 3260, de forma que el metraje tuviera esa textura característica del VHS tradicional, Computer Chess es también un interesante experimento técnico que se encontró con decenas de problemas durante su filmación, principalmente por la inestabilidad de las cámaras utilizadas que, de forma aleatoria e inesperada, imprimían marcas, manchas o efectos ópticos azarosos en las cintas, los cuales contribuyen a darle un aspecto decadente y antiguo a la película, pero que al ser incontrolables representaban un dolor de cabeza importante para el equipo de filmación.

computer-chess-posterA pesar de mostrarse como una intensa y oscura reflexión sobre los límites del amor, la conciencia humana y la tecnología, Computer Chess consigue mantener altos niveles de comicidad a lo largo de su metraje, situación que la convierte en una película profundamente atípica, que por momentos pareciera ser deudora del humor de Dr. Strangelove  o de la atmósfera de Eraserhead, pero que consigue desmarcarse lo suficiente para crear un producto de sorprendente ingenio y calidad.

Cargada de personajes extraños e incómodos, producto de la gran habilidad de Bujalski como guionista y director de actores no profesionales, Computer Chess corre el peligro de ser olvidada por su modesta puesta en escena, sin embargo, en esa hora y media de filme se esconde una excelente película.

Cómo beberse a chupitos a Stanislaw Lem

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Stanislaw Lem, rodeado de materia
Stanislaw Lem, rodeado de materia

Visionario, radical, inteligente y misántropo son adjetivos que le van como anillo al dedo al escritor polaco Stanislaw Lem, de quien se publican trece relatos inéditos en español que constituyen una excelente ocasión para adentrarse en las obsesiones de este maestro de la ciencia ficción.

El relato central del libro, “Máscara”, ha servido también para titular la obra que acaba de publicar en España Impedimenta, la editorial que en los últimos años ha rescatado varios títulos de este autor de culto y que seguirá haciéndolo en el futuro.

Se trata de trece cuentos que Lem (1921-2006) fue escribiendo a lo largo de su vida y que por cuestiones de extensión o de temática “se habían caído” de las antologías que el autor polaco preparó en sus primeras décadas como narrador. Tampoco abundan las traducciones a otras lenguas.

En Polonia sí fueron recopilados en 1996 y, después, en 2003 como el tomo 23º de las obras completas de este escritor que está “a la altura de los mejores autores del siglo XX”. Es “un excelente narrador, filósofo de fuste y auténtico estilista”, asegura en declaraciones a Efe Enrique Redel, director de Impedimenta.

Los cuentos incluidos en el volumen “son raros pero en absoluto de peor calidad que otros suyos, entre otras razones porque Lem y su familia jamás ofrecerían para su traducción ningún texto del que no estuvieran orgullosos”, afirma el editor que no duda en calificar de “rocambolesco” el proceso seguido hasta localizar los relatos y comprobar que permanecían inéditos en castellano.

Tan solo hay una versión pirata en internet de “Máscara”, el relato principal del libro, desconocida incluso por el secretario de Lem, Wojciech Zemek.

Los trece relatos se ofrecen por orden cronológico (el primero es de 1957 y el último de 1996) y en ellos está “el mejor Lem, el de ‘Solaris’ o ‘Vacío perfecto'”. En sus páginas laten las principales preocupaciones y obsesiones de este escritor “visionario, radical, burlón y violentamente inteligente”.

“Lem tenía una especial predilección por el humor en sus relatos y una gran facilidad para intuir mundos futuros, para ver hacia dónde va el ser humano o cuestiones como la biotecnología y la inteligencia artificial”, comenta Redel.

La incomunicación está también muy presente en los relatos de “Máscara”. Por algo Lem “era muy misántropo, odiaba al género humano profundamente y, conforme se iba haciendo mayor, lo odiaba más”, asegura este editor que ha publicado otras obras del escritor polaco, entre ellas “Solaris”, “El hospital de la transfiguración”, “Vacío perfecto” y “Golem XIV”.

Y no hay que olvidar que Lem vivió bajo un régimen comunista y “estuvo muy controlado”. La falta de libertad que había en Polonia fue uno de los motivos que lo llevó a escribir ciencia-ficción, género en el que llegó a ser “el mejor escritor europeo y el único comparable a los autores norteamericanos” de esta modalidad.

De hecho, fue miembro honorario de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia-Ficción, pero fue expulsado en 1976 tras declarar que la que se publicaba en Estados Unidos era de baja calidad.

La variedad está garantizada en los cuentos incluidos en “Máscara”. Desde el tono jocoso de “La invasión de Aldebarán”, una parodia de las historias de alienígenas; el delirio de “La rata en el laberinto” o la tenebrosa pesadilla de “Moho y oscuridad” hasta la filosófica y compleja parábola del relato que da título al libro, la historia de una inteligencia artificial que quiere escapar de su destino.

mascaraEse relato central es también una reflexión sobre “la identidad, el sentido de la vida, la inseguridad, la libertad y el amor”, cuenta la polaca Joanna Orzechowska, traductora del volumen.

Esta experta en Filología hispánica ya había traducido al español varias obras de Lem, pero reconoce que “Máscara” ha sido “un desafío” por la diversidad de los relatos que contiene, los juegos de palabra que hace el autor y los neologismos que crea.

“Este libro ha puesto a prueba mis conocimientos de polaco, mi imaginación y mis conocimientos de español. En algunos momentos ha sido como entrar en trance”, asegura Orzechowska, que reside en España desde hace quince años y que es autora de la primera traducción directa del polaco al español de “Solaris”, la obra maestra de Lem.

La traductora coincide con Redel en que Lem era “un gran visionario”, capaz de adelantarse a su tiempo en temas relacionados con la nanotecnología, los ordenadores inteligentes o la realidad virtual.

En contra de Lem pudo jugar quizá su entrega a la ciencia-ficción y el que sus libros aparecieran en colecciones del género.

Pero “es un gran autor, de una vigencia increíble, que ahora gana adeptos no solo entre los fanáticos de la ciencia ficción sino de la literatura en general”, subraya Redel.