cine de terror

El breve destello de Susan Korda

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Soledad Miranda, en una escena de "Vampyros Lesbos"
Soledad Miranda, en una escena de “Vampyros Lesbos”

Soledad Rendón Bueno, más conocida en su país como Soledad Miranda e internacionalmente como “Susann Korda” o “Susan Korday”. Fue una reconocida actriz española que nació un día como hoy en Sevilla, España, en 1943.

Tenía una prometedora carrera en el mundo del cine. Sin embargo, cuando se encontraba en la cima del éxito, sus sueños se apagaron luego de que el 18 de agosto de 1970 falleciera a los 27 años en un fatal accidente de tráfico junto a su esposo en Portugal. Sufrió fracturas en el cráneo y en su columna vertebral y a las pocas horas murió, dejó a un hijo pequeño.

Era la quinta hija de una trabajadora en una fábrica de cerillas y de un supervisor de barcos. Por parte de su padre era sobrina de Paquita Rico, una reconocida cantante española.

Su entorno familiar era numeroso y humilde. Para contribuir económicamente a su hogar, Soledad comenzó a trabajar como bailarina y cantante de flamenco con tan solo ocho años en las ferias sevillanas, ingresó prematuramente al mundo del espectáculo.

Sus aspiraciones siempre estuvieron inclinadas hacia el cine, así que a los dieciséis años se trasladó a Madrid donde continuó bailando y comenzó sus estudios en arte, declamación e idiomas, con la pretensión de estar en la pantalla grande.

A los 17 años hizo su debut en papeles pequeños debido al apoyo del director Jesús Franco, que sin acreditarse le permitió hacer parte del elenco de “La Reina del Tabarín”, en 1960, en la que solamente se dedicó a bailar.

Lo anterior dio un impulso a la carrera de Soledad Miranda, al año siguiente hizo parte de rodajes importantes como “Ursus”, “La bella Mimí” en donde consiguió su primer papel protagonista en “Canción de Cuna”, una película basada en una obra teatral.

A partir de ese momento participó en una multiplicidad de filmes en los que mostró una singular versatilidad en películas dramáticas, comedias y de terror erótico.

Miranda no solo estaba destinada a brillar en la pantalla grande, sino también en la industria musical. En 1964 publicó su primer EP (extended play) de pop ye – yé, con “Lo que hace a las chicas llorar”, luego “el color del amor” y una de sus canciones más conocidas “la verdad”.

Logró la fama internacional gracias a su reencuentro con Jesús Franco, quien diez años después creyó que la belleza y sensualidad de esta mujer eran las apropiadas para protagonizar películas de terror, como “Conde Drácula”, basada en la novela de Bram Stocker, que protagonizó junto a Christopher Lee, considerado el actor que mejor interpretó a Drácula de todos los tiempos.

Poco antes del fatídico accidente, un productor de cine le había ofrecido un contrato que la impulsaría a un nivel de reconocimiento mayor. Luego de su fallecimiento se estrenaron películas como: “Eugenie de Sade” basada en el Marqués de Sade, “Vampiros Lesbos” y “El diablo vino de Akasawa”.

Soledad Miranda es considerada una leyenda por ser una de las actrices más extraordinarias de la historia del cine español, ya que lograba encarnar sus personajes de forma excepcional. Ver sus fotografías evoca al cine erótico y de terror de la década de los 60’s, que a hoy son filmes considerados piezas de culto por los buscadores.

Con todo, en su corta pero intensa carrera, el director más importante es Jesús Franco. Para el crítico Carlos Aguilar, “hasta ese momento, la mayor parte de sus papeles eran de heroína dulce, pero este cineasta supo ver su sensualidad, de modo que erotizó su imagen”. El fallecido director Jesús Franco no la consideraba un mito erótico ni siquiera actriz erótica, “era una chica que se entregaba a su trabajo y si el papel era dramático, como en El conde Drácula, lo hacía extraordinariamente”. De esta película su director recuerda que en un primer momento Christopher Lee se mostró escéptico con la elección de Soledad Miranda para el personaje de Lucy, pero en cuanto rodó con ella “dijo que el potencial de la actriz era asombroso”.

Para Carlos Aguilar, Jesús Franco “trató de fundir las dos personalidades de Bárbara Steel en La máscara del demonio, esto es, hacer de ella la expresión de la bondad y la maldad juntas. Le cambió además su imagen, el maquillaje, el peinado y el vestuario, así como su estilo de interpretación. Él la conocía muy bien y sabía perfectamente cuáles eran sus verdaderas posibilidades”. Sin embargo, Franco rechazaba su papel de pigmalión. “Tenía mucha personalidad y una intuición extraordinaria, yo me limité a conducirla como actriz, a dirigirla, que es en definitiva el trabajo de un director”.

En su opinión, Soledad Miranda era “una chica encantadora, muy sencilla, sin dobleces, muy simpática y con unas dotes personales extraordinarias. No era guapísima ni altísima, pero tenía algo especial que la convertía en un animal cinematográfico”.

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El origen de la rentabilidad zombi

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Desde White Zombie, un filme estadounidense de 1932 con el inolvidable Bela Lugosi en el papel de hechicero vudú, los muertos vivos del folklore haitiano no han dejado de acecharnos desde el celuloide, llegando a cobrar dimensiones de pandemia global
Desde White Zombie, un filme estadounidense de 1932 con el inolvidable Bela Lugosi en el papel de hechicero vudú, los muertos vivos del folklore haitiano no han dejado de acecharnos desde el celuloide, llegando a cobrar dimensiones de pandemia global

La parafernalia zombi genera abundantes beneficios a la industria y los admiradores de este género suelen ser fieles. Pero, ¿cuál es el origen de estas espeluznantes criaturas que salen de su tumba?

Comúnmente se marca el nacimiento de los zombis en la película de bajo presupuesto “La noche de los muertos vivientes”. No obstante, ese largometraje nunca usa la palabra zombi y es una adaptación muy libre de la novela de vampiros de Richard Matheson “Soy leyenda” (I Am Legend), en la que los últimos seres humanos vivos intentan encontrar una cura para el virus del vampirismo.

Los recuentos históricos de las películas de zombis siempre sugieren un origen que se remonta más atrás, a “El zombie blanco” (“White Zombie”), de William Halperin, que apareció pocos meses después de las famosas adaptaciones de Universal Studios de Frankestein y Drácula.

En “El zombi blanco” hay muchas explicaciones elaboradas de los zombis para la audiencia estadounidense, porque traslada a la cultura popular un conjunto de creencias de Haití y las Antillas Francesas.

Los zombis de hoy son el resultado de la trasposición de ese zombi exótico de los márgenes coloniales al imperio. Se ha especulado que la palabra viene de los idiomas que se hablan en África occidental. “Ndzumbi” significa “cuerpo” en el lenguaje de una de las etnias de Gabón, mientras que “nzambi” significa “el espíritu de una persona muerta” en lengua bantú (Congo).

Estas son áreas en las que los traficantes de esclavos europeos capturaron a un enorme número de personas para trabajar en las plantaciones de azúcar de las Indias occidentales, un negocio cuyas enormes ganancias llevaron a Francia e Inglaterra a convertirse en poderes mundiales.

Los africanos se llevaron su religión consigo. Sin embargo, las leyes francesas exigían que los esclavos se convirtieran al catolicismo. Lo que surgió fue una serie de religiones sincréticas que mezclaban creativamente elementos de diferentes tradiciones: el vudú en Haití, el obeah en Jamaica y la santería en Cuba.

El zombi, en efecto, es el resultado lógico de ser esclavo: sin voluntad, sin nombre, atrapado y llevando la existencia de un muerto viviente que trabaja sin cesar.

En Martinica y Haití puede usarse como un término general para hablar de un fantasma, una presencia nocturna perturbadora que puede tomar una miríada de formas.

Pero este concepto se ha ido mezclando gradualmente con la creencia de que el abokor o médico brujo puede hacer que su víctima parezca muerta –a través de magia, una poderosa sugestión hipnótica o una poción secreta- y luego revivirla como su esclava personal, ya que su alma o su voluntad le han sido despojadas.

Las naciones imperiales del norte se obsesionaron con el vudú en Haití por una muy buena razón. Las condiciones en las colonias francesas eran tan horrendas, la tasa de muerte entre los esclavos tan alta, que una rebelión esclava eventualmente derrocó a los amos en 1791. Rebautizada como Haití y separada de República Dominicana, la nación se convirtió en la primera república independiente negra después de una larga guerra revolucionaria en 1804.

Haití fue demonizado constantemente como un lugar violento, supersticioso y mortal, pues su sola existencia constituía una afrenta para los imperios europeos. A lo largo del siglo XIX, los informes sobre canibalismo, sacrificio humano y peligrosos ritos míticos se multiplicaron. No fue sino hasta el siglo XX, después de que Estados Unidos ocupara Haití en 1915, que estas historias y rumores comenzaron a sintetizarse en la idea del “zombi”.

Las fuerzas estadounidenses intentaron sistemáticamente destruir la religión nativa del vudú, lo cual, por supuesto, sólo reforzó su poder.

Es significativo que “El zombi blanco” apareciera en 1932, justo al final de la ocupación estadounidense de Haití (las tropas se fueron en 1934). EE.UU. fue a “modernizar” un país que consideraba atrasado. Pero en cambio regresó a casa llevándose consigo sus supersticiones “primitivas”.

Las revistas populares estadounidenses de los años 20 y 30 se iban llenando de historias de vengativos muertos vivientes que salían de sus tumbas para perseguir a sus asesinos. Estos habían sido una vez espectros inmateriales: ahora tenían la forma física de cuerpos putrefactos que se decía merodeaban los cementerios haitianos.

Sin embargo, no fueron las revistas populares las que realmente elevaron a los zombis al panteón de lo supernatural. Hubo dos escritores claves que a finales de los años 20 no sólo viajaron a Haití sino que –sensacionalmente- aseguraron haberse encontrado con zombis reales.

No se trataba de una historia gótica de suspenso imaginario: los zombis, dijeron, existían de verdad.

El escritor de libros de viajes, periodista, ocultista y alcohólico William Seabrok fue a Haití en 1927 y escribió “La isla mágica”, que relataba su viaje. Seabrook era un autoproclamado “negrófilo”, un hombre que acogía el “primitivismo” como una exultante forma de escape de sus orígenes privilegiados sureños.

Seabrook bailó con los dervishes giratorios en Arabia y trató de unirse a un culto caníbal en África Occidental. En Haití, pronto se inició en las ceremonias vudú y aseguró haber sido poseído por los dioses.

En un capítulo titulado “Muertos vivientes que trabajan en los campos de caña de azúcar”, cuenta que un lugareño lo llevó a la plantación de la Corporación Azucarera Haitiana-Americana y le presentó a los zombis que trabajaban en los campos de noche. “Caminaban lenta y pesadamente como salvajes, como autómatas. Sus ojos eran lo peor. En verdad eran los ojos de un hombre muerto; no ciego, sino fijos, desenfocados, que no miraban nada”, dice.

Seabrook entró en pánico por un momento, en el que creyó que todas las supersticiones que había escuchado eran verdad. Pero pronto encontró una explicación racional: no eran “nada más que simples seres humanos pobres y dementes, idiotas forzados a trabajar en el campo”. Este capítulo se convirtió en la base de “El zombi blanco”. Seabrook se atribuía con frecuencia el crédito por introducir la palabra en el lenguaje cotidiano de los estadounidenses.

El otro escritor fue la estimada novelista negra Zora Neale Hurston.

Muchos de los escritores del Renacimiento de Harlem de los años 20 y 30 estaban interesados en Haití como un modelo de independencia negra e hicieron campaña contra la ocupación estadounidense.

Escuché los sonidos quebrados de su garganta y después hice lo que nadie ha hecho: lo fotografié”. Zora Neale Hurston describe su encuentro con un zombi en “Dile a mi caballo”.

Hurston era más conservadora y pensaba que la ocupación era algo bueno. Incluso más notablemente, Hurston cursó antropología y fue enviada originalmente a estudiar “Hoodoo” en Nueva Orleans (la versión afroamericana de Vudú en los pantanos).

Luego pasó varios meses en Haití preparándose para convertirse en una sacerdotisa vudú. Las experiencias a las que se vio expuesta la fueron intimidando cada vez más, aunque sus informes antropológicos son muy crípticos sobre esos momentos.

Después, en su libro informal sobre su viaje a Haití, “Dile a mi caballo” (“Tell My Horse”, de 1937), Hurston no sólo nos cuenta que los zombis existen, sino que tuvo “la inusual oportunidad de ver y tocar un caso auténtico”. “Escuché los sonidos quebrados de su garganta y después hice lo que nadie ha hecho: lo fotografié”.

Felicia Felix-Mentor
Felicia Felix-Mentor

La imagen de Felicia Felix-Mentor, la zombi en la vida real, era verdaderamente fantasmagórica. Poco después de ese encuentro, Hurston abandonó Haití en forma apresurada, creyendo que sociedades secretas vudú tenían un plan para envenenarla.

Hurston fue objeto de burlas por su credulidad y su libro fue considerado como una vergüenza.

Si se encontró con un zombi en Haití, la pobre mujer que capturó con su cámara debió haber sido no tanto un muerto viviente como una persona que había padecido la muerte social, expulsada de su comunidad y quizás afectada por una profunda enfermedad mental (Hurston se la encontró en uno de los hospitales mentales de Haití).

Sin embargo, el trauma histórico de la esclavitud apuntala esta terrible condición de estar privado del ser, de una mujer sin lazos que fue abandonada a su suerte, a deambular como una muerta viviente.

The Walking Dead también transmite el eco de esta historia. La serie aprovecha mucho el ambiente, y varios grupos de sobrevivientes atraviesan Georgia, por paisajes abandonados que una vez alojaron enormes plantaciones con esclavos.

Entender la historia de los zombis es entender las ansiedades a que su figura alude en la cultura contemporánea estadounidense, donde la raza sigue siendo materia de importancia vital.

El espanto surge de Sitges

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Fotograma de "Alphaville", de Jean Luc Godard, proyectada en la edición de 1968 del Festival de Sitges
Fotograma de “Alphaville”, de Jean Luc Godard, proyectada en la edición de 1968 del Festival de Sitges

Hoy se le conoce oficialmente como Festival Internacional de Cinema de Cataluña y está considerado como uno de los más importantes del mundo con multitud de actividades paralelas -entre las que figuran los premios Mélies d’Argent, galardones anuales de la European Fantastic Film Festivals Federation, la federación de festivales de género europeos de la cual es cofundador-, pero para los la mayoría de aficionados al Séptimo Arte siempre será el festival de Sitges a secas… Tras sobrepasar el medio siglo de vida, demuestra cada edición que el género tiene un prometedor futuro en España.

Fundado formalmente en 1967 y con una primera edición en 1968, su continuidad puede considerarse como una marca excelente que se convierte en heroica si se tiene en cuenta su especialización, pues se ha celebrado desde entonces todos los meses de octubre sin fallar un solo año.

Sin embargo, su origen tiene poco que ver como el fantástico, ya que nació a partir de la I Semana de Cine, Foto y Audiovisión que se organizó en esta villa catalana muy próxima a Barcelona, con intención de utilizar los trabajos de las escuelas de cine como catalizador turístico para aprovechar la temporada baja de vacaciones, atrayendo así a visitantes interesados por las actividades culturales en lugar de a los habituales turistas de sol y playa de los meses anteriores.

La primera edición no tuvo un buen comienzo y, de hecho, terminó con una batalla campal en la cena de clausura entre las autoridades franquistas y los cineastas de izquierda, incluyendo la intervención de las fuerzas de seguridad para calmar los ánimos, según recordaba uno de los primeros organizadores, Pere Fages, en un artículo que publicó veinte años más tarde, en el catálogo del festival del año 1987.

A pesar de este descorazonador inicio, las autoridades locales seguían pensando en que era una buena idea para promocionar el turismo alternativo y relanzaron la actividad al año siguiente pero cambiando su contenido: ya no se proyectarían películas “serias”, empeñadas en burlar la censura para difundir peligrosas ideas políticas, sino películas fantásticas, mucho más “inocentes” y “sin calado”…

En 1968 se desarrolló pues la Primera Semana Internacional de Cine Fantástico, con una sección informativa donde fueron proyectadas obras como El baile de los vampiros de Roman Polanski, S.O.S. El mundo en peligro de Terence Fisher o King Kong escapa de Ishiro Honda -precisamente el simio gigante acabaría convirtiéndose en el logo del certamen- y otra sección retrospectiva con grandes clásicos como El Golem de Paul Wagener, Nosferatu de F.W.Murnau o Metropolis de Fritz Lang.

No fue un éxito, ni de público -que fue escaso- ni de crítica -cuyos representantes se enfrentaron con la organización y mantuvieron durante años una actitud reprobadora hacia el festival-, aunque la organización perseveró y hoy día las cosas son muy diferentes.

La audiencia media ha subido año tras año, al igual que las películas, que han pasado de las dos docenas de las primeras ediciones a un número nunca inferior a 150.

Muchos grandes del cine internacional han pasado por Sitges: desde David Cronenberg hasta Ray Harrihausen, pasando por Terry Gilliam, Joe Dante, Neil Jordan, David Lynch, Sam Raimi y muchos más.

Además, la animación y el fantástico, en Sitges, son un binomio indisoluble, particularmente cuando en los inicios de la década de los 90 el festival inició la sección ‘Anima’t’, que ha traído al certamen los mejores animadores de cada momento, como Jan Svankmajer, Hayao Miyazaki, Ian Mackinnon, Peter Saunders o el estudio Aardman Animations

Así, queda claro que los folletos turísticos mienten: durante los últimos 50 años, Sitges no ha sido una soleada y divertida localidad costera a 30 minutos de Barcelona, sino un terrorífico bastión del mal por el que campan a sus anchas todos los monstruos imaginables y alguno más.

Las encrucijadas del miedo

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Regan Mc Neil, más conocida como "la niña del exorcista", en los instantes en los que su posesión demoníaca comienza a hacerse palpable.
Regan Mc Neil, más conocida como “la niña del exorcista”, en los instantes en los que su posesión demoníaca comienza a hacerse palpable.

Fredy Kruger, Jason, Regan Mc Neil (más conocida como “la niña del exorcista”), Samara Morgan (la niña de The Ring), Mike Myers (Halloween), It (el payaso), Leatherface (La matanza de Texas), Chucky…

La lista es larguísima. Existen una infinidad de personajes que nos han quitado el sueño. Muchas personas se declaran miedosas recalcitrantes, incapaces de pasar ni 10 minutos con cualquiera de los “maravillosos” personajes anteriores. Esa es la razón por la cual existe una atracción hacia la curiosidad por entender por qué a la gente le gusta pasarlo mal, y peor aún, pagar para eso.

Se han realizado diversos estudios sobre el tema. En 2009, un equipo de investigadores de las universidades de California y de Florida (EEUU) afirmaban que, cuando alguien ve una película de terror, lo que siente realmente es excitación. En el momento previo a un asesinato (por ejemplo), la amígdala (que es la zona cerebral relacionada con las emociones) recibe una fuerte activación. Curiosamente es lo mismo que sucede cuando sentimos placer. Esta estimulación de la amígdala, provoca que después de la sensación de miedo, nos invada una sensación de gratificación. Es decir, la gente disfruta al tener miedo.

También se activa la corteza prefrontal, que es el lugar donde se evalúa el peligro, es decir, nos permite llegar a la conclusión que ese miedo no es real, sino que es solo una película y no hace falta que salgamos corriendo. Así que es una mezcla entre excitación y alivio. Es decir, sentimos emociones positivas y negativas de forma simultánea. Los investigadores Joel B. Cohen y Eduardo Andrade dicen que los espectadores “son felices al ser infelices.” El hecho que exista tan poco espacio entre los estímulos positivos y los negativos, provoca que tengamos sentimientos positivos cuando aún tenemos miedo.

Las películas de terror, consiguen que liberemos adrenalina, lo que hace que muchas personas consigan evadirse temporalmente de sus problemas. Existen personas que disfrutan con los aumentos fisiológicos de adrenalina, mientras que hay otras que tienen más dificultad para descartar los estímulos no deseados, teniendo el umbral de la sensibilidad más bajo, es decir, siendo hipersensibles, por tanto estas personas son más propensas a las reacciones fisiológicas excesivas (porque el cerebro no sabe descartar bien los estímulos no deseados). Éstas serían las personas a las que no les gustan las películas de terror, porque precisamente les provocan eso, mucho terror (ahí es donde me situaría yo, es bueno saberlo).

Pero no todo es positivo, también se ha demostrado que al ver una película de terror, llevamos al cerebro a rememorar malas experiencias y a reorganizar su modo de funcionamiento. El experimento dirigido por Erno Hermans, de la Universidad de Nueva York, muestra cómo el cerebro se reorganiza en una situación de estrés (al ver escenas violentas por ejemplo) lo que hace que se revivan situaciones de estrés ocurridas en el pasado. Las películas de terror, crean en nosotros un estado de alerta que fortalece los recuerdos de experiencias estresantes, perjudicando nuestra capacidad de análisis.

Fotograma de "Nosferatu", obra clave del cine expresionista alemán y muestra primigenia del mito de Drácula.
Fotograma de “Nosferatu”, obra clave del cine expresionista alemán y muestra primigenia del mito de Drácula.

Otra de las conclusiones del estudio es que se activan en el cerebro las regiones implicadas en la atención y la alerta, así como el sistema neuroendocrino (que es el sistema nervioso más el sistema endocrino, es el que controla y regula funciones vitales a través de las hormonas, es decir, que nuestro comportamiento y manifestaciones externas son un reflejo de nuestros cambios hormonales y de nuestro bienestar o malestar psicológico).

A partir de esta necesidad de saber qué ocurre en la mente del espectador, ha surgido la disciplina del neurocine. Ésta utiliza imágenes de resonancia magnética funcional para observar qué zonas del cerebro estimula cada escena de una película. Así, cada director puede comprobar cómo captar la atención de su espectador, e incluso, si así lo quisiera, mantener su cerebro continuamente estimulado.

Ahora todo queda mucho más claro, ya sabemos la razón por la cual algunas personas disfrutan y por qué con éste tipo de películas. Así que si eres de los que le gustan las películas de terror, no obligues a los demás a verlas, porque quizá entre tus amigos existe un hipersensible, que esa noche no podrá dormir. Dulces sueños.