cine italiano

El constructor del miedo

Posted on Actualizado enn

Bava fue el iniciador del llamado "Giallo", un cine de terror típicamente italiano. Entre sus títulos más destacados se encuentran 'La máscara del demonio', 'Las tres caras del miedo', 'Seis mujeres para el asesino', Bahía de sangre', o 'Terror en el espacio
Bava fue el iniciador del llamado “Giallo”, un cine de terror típicamente italiano. Entre sus títulos más destacados se encuentran ‘La máscara del demonio’, ‘Las tres caras del miedo’, ‘Seis mujeres para el asesino’, Bahía de sangre’, o ‘Terror en el espacio

Cuando el director de fotografía Mario Bava dirigió sus primeras películas, una cierta conmoción se dejó sentir entre los aficionados al cine de terror. “La máscara del demonio”, de la que permanece en las antologías aquellas increíbles uñas largas de Bárbara Steele, fue considerada como una obra maestra, especialmente por los críticos franceses, más sensibles en la época que sus colegas italianos, siempre más dispuestos a minusvalorar las producciones locales.Tres años después, en 1963, y tras otras obras de variado contenido, suscitó de nuevo Bava la admiración de la crítica europea con “Las tres caras del miedo”. La referencia en el guión a obras de Tolstoi y Chejov, el exquisito cuidado de las imágenes y la aparición de Boris Karloff interpretando uno de los tres episodios de que se compone el filme convocó ese entusiasmo colectivo.

Muy especialmente el primero de los tres episodios, ‘La gota de agua’, interpretado por Jacqueline Pieurreux, convertía a Mario Bava en el director más destacado del género, al menos de los primeros años sesenta.

Es lógica la irregularidad de una película como “Las tres caras del miedo”. La tensión o el interés queda interrumpido al iniciarse un nuevo capítulo del relato, ambientado en épocas distintas y con actores también distintos.

Si bien ‘La gota de agua’ reunió el mayor número de elogios, otros especialistas destacaron con similar aplauso el que cierra la película, ‘El Wundarlak’, donde Boris Karloff, el legendario monstruo de los títulos clásicos, volvía a su vieja misión de vampiro.

El más desafortunado de los episodios fue, pues, el colocado en segundo lugar, ‘El teléfono’, en el que la atractiva Michele Mercier recibía continuas amenazas de muerte aún después de lo que la lógica limitaba.

Para una consideración más templada de la película habría que desligarse de lo conocido después de su filmación. Objetivo imposible que reduce hoy “Las tres caras del miedo” a un ejercicio nostálgico o un simple producto de consumo.

Merecido recordatorio

El 26 de Abril de 1980 moría Bario Bava de un infarto. Tenía 66 años. La noticia tuvo muy poca repercusión en la prensa fuera de Italia. Alfred Hitchcock moría tres días más tarde y anuló el poco eco que hubiera podido despertar Bava. Tres años antes, en 1977, los canales de televisión privada habían comenzado a cambiar los hábitos de consumo en los hogares italianos, que reciben una oferta cinematográfica apabullante. El público empieza a desaparecer de las salas, que desaparecen a continuación. Bava y el cine italiano en general no resisten el cambio.

Entrar en el libro “Mario Bava, el cine de las tinieblas”, de José Abad, supone un viaje de medio siglo desde la Italia de la postguerra europea, cuando Bava se pasó a la dirección, desde unos inicios artesanos donde la  inventiva la espoleaba la falta de recursos. Italia en 1945 apenas produce 30 películas, mientras que en 1960 estrena más de 150 títulos. Eran los años del “milagro económico”, y el cine era el primer pasatiempo ya que el aumento del gasto en el consumo de cine supera largamente al deporte o cualquier otro espectáculo. Además al público italiano le gusta el cine italiano: «En el ventennio que va de 1959 a 1982, los ingresos de 249 películas italianas superan los 1.000 millones de liras; sólo 135 películas norteamericanas obtienen semejante recaudación», explica una de las fuentes empleadas por el autor.

El libro va desde los datos biográficos al análisis de guiones y películas, contextos, situaciones de producción y admiración por el talento de Bava para encontrar un hueco junto a grandes directores de su época.

Existen paralelismos evidentes entre la cultura cinematográfica italiana y la nuestra. Los cines de barrio son uno de esos paralelismos y Bava es puro cine de barrio, buen cine de barrio, una costumbre desaparecida del siglo XX.

Anuncios

Adiós, dulce vida

Posted on Actualizado enn

Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg
Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg

El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo del sueño felliniano que marcaría un antes y un después en la historia del cine y que se convirtió en símbolo de un estilo de vida, de una “Dolce Vita” romana marcada por las exhibiciones mundanas, la decadencia y los excesos.

Las paradojas de La Dolce Vita encontraron ya su expresión desde la primera oleada de reacciones y críticas, con elogios, admiración, insultos y ataques que arremetían contra la supuesta “inmoralidad” de la película o su clima corrupto y que no fueron más que la confirmación del inicio de un mito.

El Centro Católico Cinematográfico colgó al film la etiqueta de “escluso per tutti” -“excluido para todos”- y algunos críticos que dieron opiniones favorables a la película fueron despedidos de los rotativos.
Una película “onirica”

La huella imborrable que dejó el director de Otto e mezzo o Amarcord trazó un fresco lleno de símbolos, un mosaico de estereotipos y un universo onírico que muchos buscan aún al perderse por las calles de Roma.

La diva interpretada por Anita Ekberg, que repite hasta la saciedad su llegada al aeropuerto para posar ante los fotógrafos, el intelectual atormentado o el cazador de imágenes comprometidas, desde entonces bautizado “paparazzo”, desfilan por esa fantasía hecha realidad, fragmentada en escenas aparentemente inconexas y paradigma de una agridulce “noche romana”.

Poco queda ya de aquellas reuniones de los “paparazzi” en la Via Veneto de Roma, pero la magia con que el maestro de los sueños dotó a La Dolce Vita, con sus más sorprendentes contradicciones, conserva algunos rincones, como el famoso Café de París, que Fellini retrató y convirtió en uno de los centros del glamour de la cinematografía europea.

Ese histórico local, icono de un mundo tan extravagante como vacío, corrupto y abocado al naufragio, pertenece hoy a la mafia de Calabria, la Ndrangheta, que lo adquirió hace un año por seis millones de euros.

Punto de encuentro de actores y, después, criminales

Tampoco ha sido estelar el destino de discotecas como Jackie O’, símbolo de la vida nocturna romana, frecuentada por Grace Kelly, Jacqueline Bisset, Marcello Mastroianni o Vittorio Gassman y, en los años noventa, punto de encuentro de criminales y delincuentes.

Pero si uno se aleja de Via Veneto encontrará uno de los lugares más vivos de esa “Belle Époque” italiana, que hizo de la Ciudad Eterna un centro de celebridades durante los rodajes de Ben Hur o Quo Vadis: la Taverna Flavia, un restaurante que el tiempo ha convertido en museo fotográfico, dirigido por Mimmo Cavicchia.

Las paredes de este mágico establecimiento, entre los favoritos de las estrellas también en la actualidad, son un auténtico mural de autógrafos en el que lucen centenares de firmas y rostros conocidos, desde Sofia Loren y Audrey Hepburn hasta Woody Allen o Pedro Almodóvar.

Escenario de romances “de película”

Testigo de historias de cine como el romance entre Richard Burton y Elisabeth Taylor, máxima protagonista del local con una sala que lleva su nombre. Ahí están enmarcadas sus sandalias de “Cleopatra”, quizás la pieza más cotizada de este restaurante-museo, que “Liz” regaló a Cavicchia cuando rodó la película.

“Los protagonistas de la Dolce Vita eran los actores, y los espectadores salieron a la calle para vivir y actuar como ellos. Todos se volvieron locos y querían imitar a los personajes del cine. Cada uno se sentía protagonista a su manera”, afirma Cavicchia en una entrevista.

Así nacieron las ganas de recuperar el tiempo perdido, de vivir una locura que Fellini inmortalizó con la mítica escena en la Fontana di Trevi, cuyas aguas tienen aún la huella de Anita Ekberg.

Ella convirtió en sueño de muchos un baño en esa fuente siempre abarrotada de turistas. Fantasía irrealizable también para la propia actriz, puesto que la escena se rodó en una copia recreada en el “Estudio 5” de Cinecittà, donde se instaló la capilla ardiente del maestro en 1993.

“La dolce Vita se acabó”

Los estudios de cine romanos son hoy una fábrica de sueños que conserva el sello de los grandes del neorrealismo y de Martin Scorsesse o Francis Ford Coppola.

De algún modo Roma es aquella ciudad imaginada por Fellini. Pero “la ‘Dolce Vita’ se acabó”, sentencia Cavicchia. “Ya no existen esos grandes personajes, ahora los actores sólo están un día para presentar su película y están condicionados por sus agentes publicitarios. Además, la gente está invadida por la televisión. Si Gran Hermano bate récord de audiencia, ¿qué “Dolce Vita” es? ¡Es la amarga vida!”.

Por Via Veneto desfilan ejecutivos, se erigen sedes de grandes bancos y hoteles de cinco estrellas. Solo placas conmemorativas, fotografías y algunos bares como el emblemático Harry’s Bar, que aún conserva su luz, son un reclamo para nostálgicos que quieran respirar los resquicios de aquella “Dolce Vita”.