cine negro

La dulce mirada de mujer fatal

Posted on

Ninguna inseguridad tuvieron los de la Warner Brothers en cuanto vieron su sinuoso físico, su mirada felina y una voz como si hubiese nacido con un cigarrillo y un whisky con hielo. De inmediato le reservaron una entrada por todo lo alto como "mujer fatal" de Bogart. Howard Hawks fue el que le propuso que se llamara Lauren. Y Bacall era el apellido de su madre
Ninguna inseguridad tuvieron los de la Warner Brothers en cuanto vieron su sinuoso físico, su mirada felina y una voz como si hubiese nacido con un cigarrillo y un whisky con hielo. De inmediato le reservaron una entrada por todo lo alto como “mujer fatal” de Bogart. Howard Hawks fue el que le propuso que se llamara Lauren. Y Bacall era el apellido de su madre

La combinación de cabeza inclinada y mirada seductora le valió a Lauren Bacall el apodo de “The Look”, dos palabras que condensaban su imagen de “femme fatale” en el cine, pero que se oponían al papel de eterna viuda de Humphrey Bogart que la estrella atesoraba en la vida real.

Pero su mirada, no era más que un recurso tras el cual Betty Joan Perske, su verdadero nombre, ocultaba la timidez de una joven de ascendencia judía y rumana criada en el Bronx.

El sonido rotundo y penetrante que salía de su boca en películas como “Asesinato en el Orient Express” o “Escrito sobre el viento” enmascaraba una voz con cierto tono nasal que estuvo a punto de echar atrás al productor Howard Hughes en su decisión de elegirla como protagonista de “Tener o no Tener”, el que sería su primer papel en el cine.

La esposa del productor había sido quién había descubierto la belleza felina de la chica, que por aquel entonces aún respondía al nombre de Betty. La había visto, con su característica mirada, en una portada de la revista Harper’s Bazaar y se la había enseñado al productor, y así nació un mito.

En la transformación de Betty a Lauren su voz se moduló, y el imaginario hollywoodiense la convirtió, de la noche en la mañana y con sólo 19 años, en una “mujer fatal” ligada por siempre al “galán cínico” de Humphrey Bogart.

La viuda del cine

Con Bogart, por aquel entonces aún casado, rodó “Tener o no tener”. Antes de actuar en la segunda película juntos, una año después del estreno de la primera, la pareja ya era un matrimonio y un tándem perfecto del cine, que repetiría afinidad ante las cámaras en “El sueño eterno”, “La senda tenebrosa” y “Cayo Largo”.

Bogart y Bacall se convertían en una pareja comprometida contra la caza de brujas del senador McCarthy. Sin embargo, Hollywood se preguntaba, ¿existe Bacall sin Bogart?

Ella siempre reconoció su prioridad como esposa que como estrella y se rió de esa imagen proyectada en su primera etapa. “Si hay algo que nunca he sido ha sido misteriosa, y si hay algo que nunca he hecho, ha sido no hablar”, reconocería. Y no acabó en buenos términos con una Warner esclavizadora.

Las comedias como “How to Marry a Millionarie” o “Designing Woman” la emanciparon artísticamente de Bogart, pero fue un cáncer el que apartó a la pareja en la vida real y dejó viuda a Bacall, madre de dos niños y con solo 32 años.

Luego, Bacall mantuvo una relación de transición nada menos que con Frank Sinatra, el hombre del que dijo que le gustaría “que se callara y cantara”, y profesionalmente tuvo un elegante coqueteo con el melodrama de Douglas Sirk en Escrito sobre el viento.

Cuatro años después de la muerte de Bogart, y a pesar de que llegó a anunciar segundas nupcias con Sinatra, fue Jason Robards Jr., otro bebedor empedernido, quién la llevó de nuevo al altar. De Robards se acabaría separando y sería entonces el teatro de Brodway quien conquistó el corazón de la artista.

De vuelta en su Nueva York natal, desde el mítico edificio Dakota, el mismo donde vivió y murió John Lennon y donde Roman Polanski rodó “La semilla del diablo”, Bacall se dedicó al teatro y a coleccionar objetos de todo tipo, daba igual que costaran 10 dólares o 100.000.

Lauren Bacall y Humphrey Bogart compartían, entre otras muchas cosas, su amor por los canes. Ambos habían tenido perro desde jóvenes y cuando se casaron, Louis Bromfield -en cuya finca tuvo lugar la ceremonia- les regaló un Bóxer. Ese era Harvey, el protagonista junto a la pareja de muchas de las fotos de familia antes de que tuvieran hijos. Pero no fue el único, la familia perruna también creció y al poco llegaron George y Baby, otros dos Bóxers
Lauren Bacall y Humphrey Bogart compartían, entre otras muchas cosas, su amor por los canes. Ambos habían tenido perro desde jóvenes y cuando se casaron, Louis Bromfield -en cuya finca tuvo lugar la ceremonia- les regaló un Bóxer. Ese era Harvey, el protagonista junto a la pareja de muchas de las fotos de familia antes de que tuvieran hijos. Pero no fue el único, la familia perruna también creció y al poco llegaron George y Baby, otros dos Bóxers

Dibujos de Francisco de Goya convivían con cerámicas decorativas de tomates o cojines con bordados de su gran pasión, las mascotas, hasta que fueron subastados tras su muerte.

Entre sus bienes más preciados, prendas de Armani o Yves Saint Laurent o unos baúles de Louis Vuitton son reflejo de los gustos de la artista, apasionada de los grandes diseñadores pero que combinaba, también en el vestir, piezas de lujo con otras más modestas para crear un estilo sensual.

El Óscar que nunca llegaba fue compensado en su etapa dedicada al teatro con dos Tony, por los musicales “Applause” y “The Woman of the Year”, que se sumarían al premio Cecil B. DeMille a toda una trayectoria en los Globos de Oro: “¡Qué vida!”, exclamó cuando lo recibió. Una vida tan interesante que su autobiografía de 1978 “By Myself” le reportó el National Book Award.

La nueva dama del teatro tuvo que esperar hasta 1997 para ser nominada al Óscar gracias a un papel de anciana en “Mirror Has to Faces”, de Barbara Streisand, un premio que no ganó pero revitalizó su carrera en la gran pantalla.

Sus últimas intervenciones fueron con nombres como Lars Von Trier (en “Dogville” y “Manderlay”), Natalie Portman, que dirigió el cortometraje (“Eve”) y una aparición como dobladora en la serie “Padre de Familia”. Cuando en 2009 Hollywood le dio por fin el Óscar honorífico, solo dijo. “Por fin, ¡un hombre!”

Una mujer en un pajar de hombres

Posted on Actualizado enn

El cine de Lupino es sobrio, sincero, auténtico, y pasadas ya muchas décadas se nos presenta como una crónica fidedigna de la sociedad de su época. Su mérito residió no sólo en ser la primera mujer que pudo escribir, dirigir y producir sus propias películas, sino el hecho de plantear en sus obras fuertes y provocativos temas sociales, temas que eran observados desde un prisma femenino, el prisma de una mujer que intentó proponer una alternativa a los estándares de su tiempo
El cine de Lupino es sobrio, sincero, auténtico, y pasadas ya muchas décadas se nos presenta como una crónica fidedigna de la sociedad de su época. Su mérito residió no sólo en ser la primera mujer que pudo escribir, dirigir y producir sus propias películas, sino el hecho de plantear en sus obras fuertes y provocativos temas sociales, temas que eran observados desde un prisma femenino, el prisma de una mujer que intentó proponer una alternativa a los estándares de su tiempo

Tras una serie de estimables trabajos como actriz, el nombre de Ida Lupino figura en los anales de Hollywood por ser una abanderada del feminismo a través de la producción y dirección de películas en la difícil década de los cincuenta. A esto hay que añadir su faceta de cantante y compositora.

Perteneciente a una lustre familia británica de actores que se remonta al siglo XVII, Ida Lupino nace en Londres en 1918. En 1930 ingresa en la Royal Academy of Dramatic Art de Londres y dos años después debuta como actriz de cine en un papel secundario en una película dirigida por su tío Lupino Lane. Después de intervenir en algunas producciones británicas, en 1934 llega a Hollywood contratada por los estudios Paramount y trabaja para ellos durante el resto de la década., Entre estas películas destaca Sueño de amor eterno (1935), de Henry Hathaway, una historia de amour fou alabada por los surrealistas André Breton y Luis Buñuel, donde actúa con Gary Cooper.

Sin embargo, sus mejores trabajos como actriz los hace a principios de los años cuarenta para los estudios Warner. Los excelentes policiacos Pasión ciega (1940) y El último refugio (1941), ambos dirigidos por Raoul Walsh y protagonizados por Humphrey Bogart. Y la gran película de aventuras El halcón de los mares (1941), de Michael Curtiz, la mejor adaptación de lanovela de Jack London, donde trabaja con Edward G. Robinson y John Garfield. En 1948 se casa con el guionista y productor Collier Young, crean la productora Filmakers, comienza una carrera paralela como realizadora y con sus siete películas se convierte en la única mujer que durante los años cincuenta dirige cine en Estados Unidos con regularidad. Siempre interesada por las mujeres marginales, sus películas tienen una fuerte carga feminista, bastante insólita en la época, que hacen que, a pesar de su evidente interés, que no ha disminuido con el paso del tiempo, no tengan mucho éxito de público.

Su carrera se extendería hasta los años 70, y ya fuese en papeles de mayor o menor relevancia, siempre dejó gotas de su talento y buen hacer como actriz. Pero ello no le fue suficiente. Quizás fuera la visión excesivamente simplista que se ofrecía de la mujer en el Cine o quizás la perspectiva predominantemente masculina y sexista que emanaba de cualquier producción cinematográfica de su tiempo, le impulsaron a tomar a un papel más activo en la industria, y decidió dar un paso adelante al situarse al otro lado de la cámara para ayudar a cambiar esta apariencia que se quería transmitir al público desde la gran pantalla.

Sus mejores trabajos como directora son: Not wanted (1950), que narra la historia de una jovencísima madre soltera; Never Jear (1951), sobre el drama de una bailarina enferma de poliomielitis; Outrage (1951), en torno al drama de una obrera violada; y Hard fast and beautiful (1952), sobre una jugadora de tenis explotada por su madre. Frente a los más convencionales The hitch-hiker (1954), en tomo a un gánster que aterroriza a dos automovilistas; y The bigamist (1953), sobre un hombre acosado por dos mujeres.

En las escasas películas que rodó Ida Lupino, podemos ver reflejado su esfuerzo como artista para intentar alejarse del arquetipo de la mujer que vendía la industria del Cine y aquellos que la manejaban en la América de la Posguerra. Siempre intentó enmarcar dentro de sus pequeñas producciones independientes, historias con mujeres que reflejaban sus auténticos problemas e inquietudes, mujeres en carne y hueso, lejos de la visión glamurosa y artificial que constantemente se quiso vender desde la óptica masculina dominante de su época.

Tras la irregular carrera comercial como realizadora y el fracaso de Private hell 36 (1954), de Donald Siegel, que produjo e interpretó, debe cerrar su productora Filmakers y tiene que refugiarse en la televisión para realizar anodinas series.

Entre sus 57 películas como actriz, también destacan On dangerous ground (19 52), un policiaco dirigido por Nicholas Ray; El gran cuchillo (1955), de Robert Aldrich; y Mientras Nueva York duerme (1956), una personal muestra de cine negro realizado por Fritz Lang.

Su último trabajo como realizadora es la impersonal Ángeles rebeldes, la única de sus películas estrenada comercialmente en España, una historia infantil protagonizada por Hayley Mills, que se sitúa en los antípodas de sus obras realistas basadas en hechos reales, rodadas con poco dinero y actores casi desconocidos. Buena cantante y compositora, Ida Lupino también escribe canciones y la suite para orquesta The Aladdin suite.

El cine de Lupino es sobrio, sincero, auténtico, y pasadas ya muchas décadas se nos presenta como una crónica fidedigna de la sociedad de su época. Su mérito residió no sólo en ser la primera mujer que pudo escribir, dirigir y producir sus propias películas, sino el hecho de plantear en sus obras fuertes y provocativos temas sociales, temas que eran observados desde un prisma femenino, el prisma de una mujer que intentó proponer una alternativa a los estándares de su tiempo

‘Outsider’, y a mucha honra

Posted on

Mitchum -que fue un fumador precoz de marihuana y sufrió prisión por ello- declaró que desde muy pronto se declaró partidario de la legalización de la droga
Mitchum fue un fumador precoz de marihuana, mujeriego, alma inquieta y ante todo, un fuera de la ley

Le gustaba llamarse a sí mismo “la puta más vieja del lugar”, según recuerda Server en el inicio del recorrido por la biografía de Robert Mitchum, publicada en España por T&B Editores, donde el autor se adentra en la trayectoria de este actor que nunca se creyó a sí mismo, que odiaba el autobombo y que entendía que rodar películas era una alternativa económica de la que no se sentía especialmente orgulloso.

Bautizado por la prensa de su época como “el chico malo de Hollywood”, Robert Mitchum encarnó, como nadie, a los tipos de mal vivir del llamado cine negro.

Nacido el 6 de agosto de 1917 en Bridgeport, un pequeño pueblo de Connecticut, Mitchum creció en el seno de una familia “de virtuales gitanos, desarraigada por la falta de recursos”, como comenta Server, quien descubre a un chico capaz de sacar las mejores notas en el colegio, al tiempo que protagonizaba las mayores travesuras. A un chico que prefería “aprender a solas, a su aire” leyendo en una biblioteca todo tipo de libros que caían en sus manos.

A los catorce años se fue de su casa y, en los años de la Gran Depresión, eligió recorrer el país haciendo auto-stop y en trenes de mercancías.

“Era un vagabundo, un marginado. Epítetos a los que él se agarró con orgullo”, escribe Lee Server, quien recuerda que al Mitchum de sus años de fama y riqueza le gustaba decir que estaba allí sólo “entre dos trenes”.

Nace el actor

En los años cuarenta se convirtió en actor de cine, gracias a “un físico corpulento que pegaba con los tipos duros de la calle”, dice Server, quien apunta: “Pero su actitud (irónica, ambigua) y su estilo (indolente, de voz suave) carecían de la habitual vitalidad y agresividad de la arquetípica estrella masculina. Y su mirada narcotizante, aparentemente dura, pero de una languidez casi femenina”.

Esa “aura de melancólica perplejidad y violencia latente” cuajó, como recuerda Lee Server, con un floreciente tipo de cine, aún sin calificar.

“Un género oscuro, cínico y ambiguo que ahora se conoce como cine negro”. Y así Mitchum se convirtió en el “outsider” del cine, en el prototipo del hombre “sin raíces ni ataduras, más allá de los límites de la sociedad, un permanente sospechoso para los defensores de la ley”.

Para un actor que se negaba a ver sus películas (“no me pagan por verlas”, decía) y que desmitificaba la profesión de actor con su ya mítica frase: “No olvides nunca que una de las mayores estrellas del mundo fue Rin Tin Tin y era una perra con cuatro patas”, convertirse en la encarnación del tipo de mal vivir sólo suscitó un cínico comentario ante los nervios de una joven actriz que le decía “nunca he hecho una película en la que hubiera armas”. “Pues yo -dijo- nunca he hecho ninguna en la que no las hubiera”.

Sin escuela ni técnica

Los años cincuenta le trajeron la independencia del ya moribundo sistema de estudios, lo cual le supuso poder escoger sus propias películas e incluso producirlas. Pero la crítica seguía espoleando a este actor intuitivo, cuya técnica no pertenecía a ninguna escuela ni a ninguna tradición.

“Le llamaban sonámbulo, o decían que sólo desfilaba por las películas”, recuerda Lee Server quien, a continuación, describe la reacción de un Mitchum que se ponía de parte de los críticos evitando así cualquier tipo de autopromoción.

“Tengo dos formas de actuar: una con caballo y otra sin caballo”, decía Mitchum.

Mujeriego, pendenciero, siempre metido en líos, dentro y fuera de la pantalla, la prensa le llamaba “el chico malo de Hollywood” mientras que los titulares sensacionalistas trazaron su peculiar estilo de vida.

Pero esa imagen pública dejaba fuera de foco al Mitchum que se escondía debajo de esas capas superficiales.

“El Mitchum poeta, autodidacta, el filósofo lírico, de ideas izquierdistas, el excéntrico, el individualista deprimido. El hombre de muchas caras”, como recuerda Server.

“Mitchum fue estrella de cine durante más de medio siglo, estuvo en activo casi más que cualquier otro. Su carrera tuvo altibajos. Se dio por vencido en más de una ocasión, pero luego regresaba, grande como siempre”, apunta Lee Server quien recuerda el final del mito.

Mitchum -que fue un fumador precoz de marihuana y sufrió prisión por ello- declaró que desde muy pronto se declaró partidario de la legalización de la droga: “Es sencillo. Si se legaliza no habrá tráfico”. Dijo que entre los directores prefería a Raoul Walsh, William. Wellman y John Huston. En cuanto a sus amigos entre los actores de Hollywood, comentó: “Todos ellos han muerto”.

“Al final, cuando los médicos intentaron decirle cómo tenía que vivir su vida si no quería morir, descubrieron que el enfermo no cooperaría: Se había creído su propio mito, como si hubiera sido real”.

Mitchum falleció de cáncer de pulmón el 1 de julio de 1997 en Santa Bárbara (California).

El chicle de la literatura americana

Posted on Actualizado enn

Fotograma de la película "The girl hunters", probablemente la adaptación cinematográfica más brillante de las andanzas del truhán Hammer
Fotograma de la película “The girl hunters”, probablemente la adaptación cinematográfica más brillante de las andanzas del truhán Hammer

Mickey Spillane fue el escritor que creó el personaje del violento y machista detective Mike Hammer. Frank Morrison Spillane nació en Brooklyn (Nueva York) y durante su juventud escribió cómics, aunque tuvo que dedicarse a otros trabajos como saltimbanqui en un circo o instructor de las Fuerzas Armadas para ganarse la vida.

Spillane fue uno de los creadores originales del Capitán Marvel y el Capitán América, y está reconocido como uno de los más grandes autores de ‘pulp fiction’ (o revistas baratas) existentes.

En 1946 llegó su primera novela de detectives, ‘Yo, el jurado’, en la que el público conoció por primera vez el personaje de Mike Hammer. A éste le siguieron 12 libros más, que suman más de 100 millones de ejemplares vendidos.

Muchos de sus libros fueron llevados con suerte desigual a la gran pantalla, como el clásico de Robert Aldrich de 1955, ‘El beso mortal’, y también dieron lugar a varias series de televisión en la década de 1950.

Hacia el final de su carrera se fue produciendo una identificación cada vez más manifiesta entre el autor y el personaje, lo que llevó a Spillane a aparecer como Mike Hammer en una de las películas inspiradas en sus libros.

También tuvo un papel secundario en la serie de televisión ‘Colombo’ e incluso apareció en anuncios de cerveza en los que interpretaba el papel de escritor duro y áspero.

El macabro Hammer

Mickey Spillane no falleció entre violentos disparos como la mayoría de los personajes a los que se enfrentaba su protagonista en sus novelas. Spillane, quien llegó a vender más de 200 millones de ejemplares de los libros protagonizados por el oscuro y macabro investigador secreto, se fue de este mundo a causa de un cáncer en Murrell Inlet, el pueblo pesquero de Carolina del Sur donde pasó gran parte de su vida. Tenía 88 años.

Mike Hammer adquirió vida propia casi inmediatamente después de su nacimiento, alimentando una saga de novelas negras por las que su autor fue inicialmente vapuleado por los críticos mientras sus bolsillos florecían ante el éxito de ventas. Spillane, que durante años había trabajado como guionista de cómics, alumbró a Mike Hammer en 1947 acuciado por las deudas. En apenas 19 días escribió la novela I, the jury. Con ella dejaría claro el tono que iba a caracterizar las aventuras del duro detective privado neoyorquino, marcado por la muerte desde las primeras páginas del libro.

El asesinato de su mejor amigo, compañero de fatigas en la II Guerra Mundial, donde el propio autor sirvió durante tres años, es el punto de arranque de una novela que fue machacada inmediatamente por la crítica, pero que fue recibida por el público con tal entusiasmo que se convirtió en un fenómeno internacional, al estilo de El código Da Vinci de nuestros días, vendiendo cuatro millones de copias en apenas cuatro años.

El exceso de violencia, la crueldad, la glorificación de la fuerza bruta y el machismo fueron algunos de los calificativos que le dieron los críticos a los libros de un autor que definía su obra como “el chicle de la literatura americana”. “Me dan exactamente igual esos cretinos que piensan que son críticos”, proclamó en una entrevista. “No me importa un carajo leer las críticas. Lo que me importa leer son los cheques de los royalties”, declaró en otra.

Gracias a Mike Hammer, Spillane consiguió hacerse un hueco entre los autores de novela negra más célebres del siglo XX, a la altura de Raymond Chandler o Dashiell Hammett. Y aunque estos dos últimos tienen mucha mejor reputación en el ámbito de la literatura, Spillane siempre gozó de más éxito entre los lectores. “Yo no tengo fans”, declaró durante una entrevista concedida a The Washington Post; “lo que tengo son clientes y los clientes son amigos”. La serie de televisión protagonizada por Mike Hammer aumentó aún más su popularidad.

Spillane nació en 1918 en el barrio de Brooklyn, en Nueva York. Creció en el vecino Estado de Nueva Jersey, y empezó a escribir siendo un adolescente. Pasó tres años en la Fort Hays State University de Kansas y después regresó a Nueva York, donde consiguió un contrato como guionista en la editorial Funnies Inc. Allí comenzó a demostrar su velocidad para la escritura. Mientras otros autores tardaban semanas en presentar guiones para cómics como La antorcha humana o El Capitán Marvel, Spillane apenas necesitaba un día.

Tras el bombardeo de Pearl Harbor se alistó en el Ejército, donde sirvió tres años como instructor de pilotos de avión en Florida. Al finalizar la guerra, con las ventas de cómics en caída libre y un mercado floreciente de reediciones pulp, Spillane, que necesitaba urgentemente 1.000 dólares para pagar una deuda, decidió escribir una novela, inspirándose para ello en el detective Mike Danger, un personaje que él mismo había creado para un cómic que nunca llegó a editarse. “Sabía que sería un éxito. Las reediciones de bolsillo estaban en auge durante la guerra y yo vi que había mercado para los originales. Con todos esos soldados volviendo del frente, yo sabía que un poco de sexo no haría daño, y además ellos habían visto mucha violencia”, explicó en una entrevista publicada en 1999 por el Ottawa Citizen.

Spillane publicó un total de 53 novelas, incluidos dos libros para niños. Tras una época especialmente prolífica, en la que escribió novelas como The big kill, My gun is quick o Vengeance is mine, el escritor se hizo testigo de Jehová en 1951, aparcó su carrera y se dedicó durante una década a vender la palabra de Dios de puerta en puerta.

Después volvió a retomarla, pero según sus fans, su conversión religiosa bajó el nivel de sadismo de sus libros, y Spillane perdió fuelle en su ritmo de asesinatos de ficción. En las cinco primeras novelas protagonizadas por Mike Hammer morían 48 personas, un número modesto si se compara con el porcentaje de cadáveres que hoy vemos en las películas, pero muy impresionante para la época de posguerra. Después, el número de asesinatos por libro disminuyó radicalmente.

Las tonalidades del “Noir Cinema” en formato amigable

Posted on

Burt Lancaster y la arrebatadora Ava Gardner, en una escena de "Forajidos", dirigida por Robert Siodmak
Burt Lancaster y la arrebatadora Ava Gardner, en una escena de “Forajidos”, dirigida por Robert Siodmak

La impasibilidad de Humphrey Bogart, la espectacular frialdad de Bárbara Stanwyck, un Al Pacino lleno de sangre o el inenarrable peinado de Javier Bardem. Son algunas de las imágenes que el cine negro ha regalado al espectador y que ahora se recogen en un espectacular volumen que homenajea a este género.

Film Noir. 100 All-Time Favorites (‘Cine negro, 100 favoritos de todos los tiempos’) es el libro editado por Taschen que arranca en las películas mudas francesas y alemanas, pioneras de un género que en realidad no lo es, o al menos eso sostiene Paul Schrader, guionista de títulos como Yakuza o Taxi Driver.

“No se define por convenciones de contexto y conflicto, tal y como ocurre en los géneros del western o las películas de gánsteres, sino más bien por aspectos más sutiles de tono y ambientación. Una película se considera de cine negro por contraposición a las posibles variantes de cine gris o cine blanco”, afirma el realizador en el libro. Una definición tan amplia y ambigua que permite incluir bajo esa denominación películas tan diferentes como El gabinete del doctor Caligari, Rebecca, Gaslight, Double Indemnity, Notorious, Sunset Boulevard, Cape Fear, Blade Runner, L.A. Confidential, No Country for Old Men o Black Swan.

Son algunas de las películas analizadas en una obra publicada en español, inglés, alemán y francés, y que en sus páginas hace un completo recorrido por las diferentes etapas de un género que encontró su forma de expresión en la oscuridad y los juegos de luces y sombras, tanto físicos como psicológicos, que le permiten jugar con el espectador. Unos elementos que, junto a los juegos de las lentes focales, a las complejas tramas en las que nada es lo que parece y un estilo narrativo claramente subjetivo, provocan el suspense en la historia y la inseguridad en el espectador, según describe con precisión Jurgen Muller, uno de los editores del libro (el otro es Paul Duncan).

Es en ese juego, en el que los seguidores del género entran sin complejos, donde se desarrolla la profundidad de un estilo plagado de estereotipos y elementos repetitivos: detectives duros y a menudo perdedores, amores imposibles, traiciones o espectaculares enfrentamientos, por mencionar solo algunos. Lo que no impide que a lo largo de los años estas películas se hayan hecho un espacio importante dentro del mundo del cine y que sigan saliendo maravillosos ejemplos de hasta dónde puede llegar el género, como Fargo, L.A. Confidential, Hana-Bi, The Departed o Drive. Además de toda una serie de filmes inspirados en el cómic, como Watchmen o The Dark Knight, que introducen efectos digitales que habían estado ausentes en el género negro, como la captura de movimiento, el rotoscopio interpolado y los últimos avances en la animación aplicados al cine de acción.

Fotograma de Rebeca (1940), un film con cadencias Noir dirigido por Alfred Hitchcock: Judith Anderson (a la derecha), interpretando a la aparentemente aterradora Señora Danvers; a la izquierda, Joan Fontaine, dulce y constreñida
Fotograma de Rebeca (1940), un film con cadencias Noir dirigido por Alfred Hitchcock: Judith Anderson (a la derecha), interpretando a la aparentemente aterradora Señora Danvers; a la izquierda, Joan Fontaine, dulce y constreñida

Pero esa modernidad no impide que el cine negro siga siendo tan local como global –una de sus principales características– y que las películas se basen en tradiciones culturales autóctonas, como señala en el libro Douglas Keesey, escritor especializado en cine. “

Como en el cine negro clásico, el nuevo cine negro nos adentra en la oscuridad para que seamos capaces de ver la luz”, afirma Keesey sobre un género que encontró su mayor expresividad en el blanco y negro, pero que supo adaptarse al color. Una evolución reflejada en un volumen editado con un gran preciosismo y que recoge, con evidente amor por el género, una exhaustiva serie de imágenes de muchas de las películas que han marcado la historia del cine negro.

La obra contiene descripciones de un centenar de títulos, declaraciones de directores y actores y críticas publicadas en el momento de su estreno por prestigiosos medios de comunicación. “Es un detallado repaso a un cine que ofrece a los expertos un reducto de películas excelentes y poco conocidas y brinda a los críticos amantes del cine de autor la oportunidad de plantearse nuevas interrogantes de clasificación y estilo transdireccional”, dice Schrader.