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Adiós, dulce vida

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Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg
Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg

El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo del sueño felliniano que marcaría un antes y un después en la historia del cine y que se convirtió en símbolo de un estilo de vida, de una “Dolce Vita” romana marcada por las exhibiciones mundanas, la decadencia y los excesos.

Las paradojas de La Dolce Vita encontraron ya su expresión desde la primera oleada de reacciones y críticas, con elogios, admiración, insultos y ataques que arremetían contra la supuesta “inmoralidad” de la película o su clima corrupto y que no fueron más que la confirmación del inicio de un mito.

El Centro Católico Cinematográfico colgó al film la etiqueta de “escluso per tutti” -“excluido para todos”- y algunos críticos que dieron opiniones favorables a la película fueron despedidos de los rotativos.
Una película “onirica”

La huella imborrable que dejó el director de Otto e mezzo o Amarcord trazó un fresco lleno de símbolos, un mosaico de estereotipos y un universo onírico que muchos buscan aún al perderse por las calles de Roma.

La diva interpretada por Anita Ekberg, que repite hasta la saciedad su llegada al aeropuerto para posar ante los fotógrafos, el intelectual atormentado o el cazador de imágenes comprometidas, desde entonces bautizado “paparazzo”, desfilan por esa fantasía hecha realidad, fragmentada en escenas aparentemente inconexas y paradigma de una agridulce “noche romana”.

Poco queda ya de aquellas reuniones de los “paparazzi” en la Via Veneto de Roma, pero la magia con que el maestro de los sueños dotó a La Dolce Vita, con sus más sorprendentes contradicciones, conserva algunos rincones, como el famoso Café de París, que Fellini retrató y convirtió en uno de los centros del glamour de la cinematografía europea.

Ese histórico local, icono de un mundo tan extravagante como vacío, corrupto y abocado al naufragio, pertenece hoy a la mafia de Calabria, la Ndrangheta, que lo adquirió hace un año por seis millones de euros.

Punto de encuentro de actores y, después, criminales

Tampoco ha sido estelar el destino de discotecas como Jackie O’, símbolo de la vida nocturna romana, frecuentada por Grace Kelly, Jacqueline Bisset, Marcello Mastroianni o Vittorio Gassman y, en los años noventa, punto de encuentro de criminales y delincuentes.

Pero si uno se aleja de Via Veneto encontrará uno de los lugares más vivos de esa “Belle Époque” italiana, que hizo de la Ciudad Eterna un centro de celebridades durante los rodajes de Ben Hur o Quo Vadis: la Taverna Flavia, un restaurante que el tiempo ha convertido en museo fotográfico, dirigido por Mimmo Cavicchia.

Las paredes de este mágico establecimiento, entre los favoritos de las estrellas también en la actualidad, son un auténtico mural de autógrafos en el que lucen centenares de firmas y rostros conocidos, desde Sofia Loren y Audrey Hepburn hasta Woody Allen o Pedro Almodóvar.

Escenario de romances “de película”

Testigo de historias de cine como el romance entre Richard Burton y Elisabeth Taylor, máxima protagonista del local con una sala que lleva su nombre. Ahí están enmarcadas sus sandalias de “Cleopatra”, quizás la pieza más cotizada de este restaurante-museo, que “Liz” regaló a Cavicchia cuando rodó la película.

“Los protagonistas de la Dolce Vita eran los actores, y los espectadores salieron a la calle para vivir y actuar como ellos. Todos se volvieron locos y querían imitar a los personajes del cine. Cada uno se sentía protagonista a su manera”, afirma Cavicchia en una entrevista.

Así nacieron las ganas de recuperar el tiempo perdido, de vivir una locura que Fellini inmortalizó con la mítica escena en la Fontana di Trevi, cuyas aguas tienen aún la huella de Anita Ekberg.

Ella convirtió en sueño de muchos un baño en esa fuente siempre abarrotada de turistas. Fantasía irrealizable también para la propia actriz, puesto que la escena se rodó en una copia recreada en el “Estudio 5” de Cinecittà, donde se instaló la capilla ardiente del maestro en 1993.

“La dolce Vita se acabó”

Los estudios de cine romanos son hoy una fábrica de sueños que conserva el sello de los grandes del neorrealismo y de Martin Scorsesse o Francis Ford Coppola.

De algún modo Roma es aquella ciudad imaginada por Fellini. Pero “la ‘Dolce Vita’ se acabó”, sentencia Cavicchia. “Ya no existen esos grandes personajes, ahora los actores sólo están un día para presentar su película y están condicionados por sus agentes publicitarios. Además, la gente está invadida por la televisión. Si Gran Hermano bate récord de audiencia, ¿qué “Dolce Vita” es? ¡Es la amarga vida!”.

Por Via Veneto desfilan ejecutivos, se erigen sedes de grandes bancos y hoteles de cinco estrellas. Solo placas conmemorativas, fotografías y algunos bares como el emblemático Harry’s Bar, que aún conserva su luz, son un reclamo para nostálgicos que quieran respirar los resquicios de aquella “Dolce Vita”.

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El actor sin goteras

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John Hurt se destacó en filmes de anticipación como "1984" (Michael Radford, 1984), "V de Vendetta" (James McTeigue, 2005) o "Rompenieves" (Joon-ho Bong, 2013)
John Hurt se destacó en filmes de anticipación como “1984” (Michael Radford, 1984), “V de Vendetta” (James McTeigue, 2005) o “Rompenieves” (Joon-ho Bong, 2013)

De primera víctima de “Alien” a monstruo sensible en “El hombre elefante”, el actor británico John Hurt se destacó en papeles secundarios que marcaron la historia del cine.

Declarado “Sir” por la reina Isabel que le otorgó el título de nobleza en 2014, John Hurt había nacido el 22 de enero de 1940 cerca de Chesterfield.

Su madre, actriz aficionada, le prohibió ir al teatro por considerarlo poco recomendable para el hijo de un pastor.

Este admirador de Edvard Munch se vuelca inicialmente hacia la pintura, obteniendo una beca para estudiar de profesor de dibujo en la Escuela de Arte Saint Martin de Londres.

En 1960, descubre su pasión por el teatro y se inscribe en la prestigiosa Academia Real de Arte Dramático (RADA), de donde egresa dos años más tarde.

Paralelamente a las tablas debuta en televisión, ganando notoriedad entre los británicos por su interpretación del escritor travesti Quentin Crisp y luego del emperador romano Calígula.

Su modelo era el Alec Guinness del “Oliver Twist” de David Lean.

“Es la primera vez que vi a un actor recurrir en la pantalla a la tradición teatral que consiste en ponerse al servicio de un personaje y no al revés, lo cual influyó en mi trabajo”, explicó una vez.

En 1978, encarna a Max, heroinómano inglés en el infierno de las cárceles turcas en “Expreso de medianoche” de Alan Parker. Gana el premio Bafta, recompensa anual británica del cine y la televisión, y el Golden Globe al Mejor actor secundario, siendo nominado para el Oscar en ese apartado.

Al año siguiente, el actor longilíneo de cabellera rojiza interpreta al oficial Kane en “Alien” de Ridley Scott. La escena en la que el extraterrestre lo mata saliendo de su pecho –escena que luego parodiaría en “S.O.S. hay un loco suelto en el espacio” de Mel Brooks– entró a los anales del cine.

Un actor de alquiler

En 1980, tras 12 horas de maquillaje, encarna a “El hombre elefante”, obra maestra en blanco y negro de David Lynch.

Su interpretación le valió una segunda nominación para los Oscar y un premio Bafta como Mejor actor. Recibirá otro por el conjunto de su carrera en 2012.

John Hurt se destacó en filmes de anticipación como “1984” (Michael Radford, 1984), “V de Vendetta” (James McTeigue, 2005) o “Rompenieves” (Joon-ho Bong, 2013).

Pero los 140 filmes en que actuó a lo largo de su carrera –algunos de ellos para parar la olla, admitía sin rodeos– también lo llevaron a interpretar al señor Ollivander, el fabricante de varitas mágicas en la saga de “Harry Potter”, o el científico loco Oxley en “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”.

“Estoy abierto a todos los géneros cinematográficos, todo me interesa. Soy fundamentalmente un actor de alquiler”, decía el comediante, que actuó bajo la dirección de Michael Cimino, Guillermo del Toro –en “Hellboy”–, Jim Jarmusch o Gus van Sant.

El crepúsculo

Actor de mirada melancólica que frecuentaba los bares de Soho junto a Peter O’Toole, Oliver Reed y Lucian Freud, interpretaba a menudo en la pantalla a personajes excéntricos, extraviados, víctimas o torturadores.

Su voz suave y grave le condujo en varias oportunidades a hacer de narrador, especialmente en “Dogville” de Lars Von Trier o en “El Perfume”, adaptación de una novela del alemán Patrick Süskind.

Tras superar problemas de alcoholismo, John Hurt había anunciado el 16 de junio de 2015 en su blog que padecía cáncer de páncreas, declarándose “más que optimista acerca de un desenlace favorable”.

Marcado por la muerte accidental en 1983 de su novia, la modelo francesa Marie-Lise Volpelière-Pierrot, John Hurt se casó luego en cuatro oportunidades y tuvo dos hijos.

En su último papel encarnó al padre Richard McSorley en la biopic “Jackie” del chileno Pablo Larraín, sobre la ex primera dama de Estados Unidos, Jacqueline Kennedy.

Estilo para la eternidad

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Kerr, en una escena de "Suspense" ("The Innocents"), una obra maestra del terror gótico inglés en la que la actriz se movía como pez en el agua en el rol de institutriz
Kerr, en una escena de “Suspense” (“The Innocents”), una obra maestra del terror gótico inglés en la que la actriz se movía como pez en el agua en el rol de institutriz

La actriz británica Deborah Kerr (1921, Helensburgh, Escocia), protagonista de películas como ‘De aquí a la eternidad’ (1953) o ‘El Rey y yo’ (1956), era una de las grandes damas de Hollywood, pero pese a todo su éxito, su carrera estuvo plagada de oportunidades que se desvanecieron. No sólo porque en ‘Tú y yo’ protagonizara la cita frustrada más famosa de la historia del cine, sino, sobre todo, porque en casi ocho décadas ninguna mujer ha tenido tan mala suerte como ella con los Oscar: seis nominaciones y ninguna estatuilla, hasta que finalmente la Academia le entregó el Oscar en reconocimiento de toda su carrera.

Algunas escenas de esta escocesa, que comenzó su carrera como bailarina, son ya toda una leyenda. Una inolvidable es su apasionado beso entre las olas con Burt Lancaster en ‘De aquí a la eternidad’. O su papel junto a Yul Brynner en ‘El rey y yo’, cuando el rey de Siam, pese a las estrictas reglas palaciegas, sucumbe al encanto de una pequeña profesora inglesa.

Y sin olvidar su interpretación de orgullosa romana en clásicos como ‘Julius Caesar’ y ‘Quo Vadis?’, o cuando encarnó a una monja irlandesa en ‘Sólo Dios lo sabe’.

La actriz participó en más de 50 películas. La más memorable sea quizás ‘Tú y yo’, una de las grandes historias de amor hollywoodenses que protagonizó junto a Cary Grant y que debería haberse titulado en España ‘Algo para recordar’. La pareja se da cita en la cima del Empire State, pero un trágico accidente convierte el reencuentro en drama. Su mirada al darse cuenta de que el gran amor de su vida se le ha escapado todavía hoy hace saltar las lágrimas.

Su nombre y su imagen saltaron a la fama con las películas ‘Las minas del rey Salomón’, (1950), junto a Stewart Granger; ‘Quo Vadis?’ (1951), junto a Robert Taylor; ‘De aquí a la eternidad’ (1953), en la que compartió rol con Burt Lancaster, con quien protagonizó uno de los besos más famosos de la historia del cine, que en la época llegó a rozar lo escandaloso; y ‘El Rey y yo’ (1956), junto a Yul Brynner.

La belleza pelirroja de Kerr y su imagen de rosa inglesa la convirtieron en la querida de Hollywood, y protagonizó más de 40 películas en una trayectoria de 50 años en el cine. “Su tipo de sensualidad refinada probó ser refrescantemente atractiva, ya que insinuaba deseos escondidos y sentimientos prohibidos, dándole a su actuación una arista e interés extra”, escribió el Daily Telegraph en su obituario.

Deborah Jane Kerr-Trimmer nació el 30 de septiembre de 1921 en Helensburgh, Escocia, en el hogar de un militar afectado por heridas físicas adquiridas durante la Primera Guerra Mundial.

La actriz logró su primer rol importante en la pantalla como una asustada trabajadora del Ejército de Salvación, en una adaptación con primeras estrellas de la sátira “Major Barbara”. En 1947 Kerr se mudó a Hollywood, y en 1953 hizo pedazos su imagen decorosa al interpretar a una adúltera esposa del Ejército que tenía una relación ilícita con otro oficial, rol desempeñado por Burt Lancaster.

Su afamado abrazo en la playa, ella y Lancaster envueltos por las olas, es una de las imágenes más perdurables del cine, y el papel que le concedió a Kerr su segunda nominación de la Academia, luego de Edward, My Son, cuatro años antes. El famoso beso provocó sueños eróticos en generaciones enteras de adolescentes que vieron el filme en aquella época.

Esa playa de Hawaii, que fue bautizada luego como Eternity Cove, en honor al filme, se volvió un lugar de peregrinación, y es visitada por turistas del mundo entero.

En Hollywood, la escocesa estaba considerada como el prototipo de mujer elegante y con estilo, ideal para interpretar los romances más decentes. Salvo en la escena del beso del filme ‘De aquí a la eternidad’, apenas encarnó a otro tipo de mujeres.

Y esa imagen moral volvió a encajar perfectamente cuando a finales de los salvajes años 60 se despidió de Hollywood, asqueada por la oleada de sexo y violencia que inundaba los cines, como escriben sus biógrafos.

“Nunca tuvo una escena mala”, escribió el autor Leonard Malton sobre su carrera. Tampoco sus compañeros de reparto escatimaron en halagos: Robert Mitchum, con quien se puso tres veces ante las cámaras, afirmó que congeniaban tan bien que sus escenas podían rodarse en lugares distintos y después mezclarse en el estudio sin que los espectadores llegaran a notarlo.

Hasta mediados de los 80 todavía podía verse a Kerr en algunas producciones de teatro y televisión. Desde entonces, todo ha sido silencio en torno a ella. La actriz pasó la mayor parte del tiempo junto a su segundo marido, el escritor y guionista Peter Viertel, en un monasterio de Suiza. En sus últimos años, enferma de Parkinson, buscó la cercanía de su familia y regresó a Gran Bretaña. Tenía dos hijas.

Penn, retratista de la jauría

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Arthur Penn y Faye Dunaway, durante el rodaje de "Bonnie and Clyde"
Arthur Penn y Faye Dunaway, durante el rodaje de “Bonnie and Clyde”

Arthur Penn, nacido el 27 de septiembre de 1922 en Filadelfia y casado desde 1955 con Peggy Maurer, fue uno de los directores más revolucionarios e influyentes del siglo XX. Sus obsesiones sociopolíticas se materializaron en obras innovadoras e inmortales como “Bonnie and Clyde”.

El cineasta fue tres veces candidato al Óscar al mejor director por “El milagro de Ana Sullivan” (1962), “Bonnie and Clyde” (1967) y “El restaurante de Alicia” (1969).

También obtuvo una nominación al Globo de Oro como mejor director por “Bonnie and Clyde”, una obra de culto que logró un tremendo impacto en EEUU.

“Son jóvenes, están enamorados… y matan a gente”. Aquel fue el eslogan promocional de la cinta, que narraba una huida fatal protagonizada por unos criminales inolvidables (Warren Beatty y Faye Dunaway) que se convirtió en todo un canto liberal, rebelde y antisistema que hizo mella en aquella época.

Eran los tiempos del rechazo a la Guerra de Vietnam y la censura en las películas. Y sin embargo, la escena final del filme, con la muerte de la pareja en un tiroteo, es una de las más famosas del cine.

Fue el propio Beatty quien tuvo que convencer al cineasta para dirigir la cinta, escrita por Robert Benton y David Newman, e inspirada en las películas europeas de arte y ensayo de la década de 1960. De hecho Francois Truffaut y Jean Luc-Godard rechazaron sendas invitaciones para dirigir la película.

“Pensé que si íbamos a mostrar la violencia, realmente debíamos mostrarla como tal”, dijo el propio director en el documental “Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano”.

“Debemos mostrar cómo es cuando alguien recibe un tiro”, añadió.

El cine cambió para siempre a partir de la crudeza exhibida en aquella película, y obras dirigidas por otros directores, como “Easy Rider”, “Taxi Driver” o incluso “El Padrino” tomaron el testigo.

Conocido por su facilidad para extraer lo mejor de sus intérpretes, Penn dirigió a ocho de ellos (Patty Duke, Anne Bancroft, Estelle Parsons, Warren Beatty, Faye Dunaway, Gene Hackman, Michael J. Pollard y Chief Dan George) en actuaciones que consiguieron una candidatura al Óscar. Duke, Bancroft y Parsons se hicieron finalmente con la estatuilla dorada por esos papeles.

Penn se dio pronto a conocer en el medio televisivo, en donde logró una candidatura al Emmy por “Playhouse 90” (1956).

Posteriormente dio el salto a Broadway como director de las obras de teatro “The Miracle Worker” y “All the Way Home”, ganadoras del premio Tony, hasta que el cine le dio su primera oportunidad a finales de la década de 1950, con el western “El zurdo” (1958), protagonizado por Paul Newman.

Más tarde llegarían “La jauría humana” (1966), donde dirigió a Marlon Brando, Robert Redford y Jane Fonda; “Pequeño gran hombre” (1970), que narraba la conquista del Oeste desde una óptica diferente a la habitual (los indios eran los buenos), y “La noche se mueve” (1975), con Gene Hackman como un incisivo detective privado.

Entonces empezó a distanciarse de una industria que por esa época abrazaba otro tipo de producto, mucho más cercano al entretenimiento y al espectáculo que comenzaba a ofrecer Steven Spielberg que al íntimo y reflexivo que había marcado su carrera.

“La industria ha cambiado: ahora está Spielberg, que es un maravilloso relator de historias, haciendo cintas benignas que son tremendamente exitosas. Yo hago películas sobre gente que dispara y se hace daño. Amo su trabajo, pero yo nunca podría hacer algo similar”, manifestó por aquella época.

Sus últimas obras estrenadas en cines fueron “Dead of Winter” (1987), con Mary Steenburgen, y “Penn & Teller Get Killed” (1989).

Y Tarkovski encontró a Dios

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Su (falsa, por distorsionadora de su personalidad artística) condición de director maldito de la Unión Soviética, otorgó a Tarkovski la cruz de que cada una de sus imágenes era mirada con lupa, y hasta en una gota de agua que se deslizaba por un piedra, toda la comunidad cinematográfica, no solamente rusa, encontraba un signo críptico que desentrañar
Su (falsa, por distorsionadora de su personalidad artística) condición de director maldito de la Unión Soviética, otorgó a Tarkovski la cruz de que cada una de sus imágenes era mirada con lupa, y hasta en una gota de agua que se deslizaba por un piedra, toda la comunidad cinematográfica, no solamente rusa, encontraba un signo críptico que desentrañar

El cineasta ruso Andrei Tarkovski aseguró que una bruja le había profetizado que sólo realizaría siete películas pero que las siete serían importantísimas. Y así fue. Cada uno de sus títulos es material para cinéfilos: ‘La infancia de Iván’ (‘Ivanovo detstvo’, 1962), ‘Andrei Rublev’ (‘Andrey Rublyov’, 1966), ‘Solaris’ (‘Solyaris’, 1972), ‘El espejo’ (‘Zerkalo’, 1975), ‘Stalker’ (1979), ‘Nostalghia’ (1983) y ‘Sacrificio’ (‘Offret’, 1986). Filmó también un mediometraje en Italia: ‘Tempo di viaggio’ (1983).

Su padre, Arseni Tarkovski, era un importante poeta, que además traducía poesía del turco, del georgiano, del armenio y del árabe. Abandonó a Andrei cuando tenía tres años. La sombra del padre persiguió siempre al hijo: Andrei, de hecho, murió en 1986, tres años antes que su padre. No llegó, pues, a ver la Caída del Muro de Berlín. Andrei siempre envidió y admiró a los poetas, y llegó a declarar que “si yo escribiera poesía como la de Pasternak, no me habría hecho cineasta”. En cuanto a su madre, fue una mujer de firmes convicciones cristianas, con quien mantuvo un vínculo estrechísimo.

Formado en la escuela de cinematografía de Moscú, muchos consideran que el cine de Tarkovski es el paradigma del cine lento, de autor, muy libre en las formas y narrativas, lleno de elementos oníricos y psicológicos, incomprensible para el gran público.

Para colmo, desde que dirigió la monumental película “Andrei Rublev” en 1966 sobre el famoso pintor medieval de iconos (santo para la Iglesia Ortodoxa desde los años 80), las autoridades soviéticas pasaron a vigilar su obra con lupa, sospechando críticas detrás de cada escena y símbolos ocultos. También en occidente, cuando dejó la Unión Soviética en 1980, los críticos decidieron buscar simbolismos abstrusos tras cada fotograma, que a veces existían pero otras muchas no. Si era difícil entenderlo a ojo desnudo, con mentalidad conspirativa lo era más.

Hay críticos que no han entendido la obra de Tarkovski porque no han visto que sus personajes, sumidos en una búsqueda interior estéril y vacía, pese a todo sospechan que hay esperanza, pero está más allá del mundo, en Dios. Tarkovski busca impactar mediante la belleza, romper las formas establecidas y despojar al espectador para que se acerque a lo divino. Amaba la naturaleza (viento, fuego, agua…) pero a menudo le servía para expresar la parte oscura del hombre: la naturaleza es hermosa, pero silenciosa ante las grandes preguntas; en cambio, Dios, de alguna manera, habla.

Tarkovsky siempre denunció la grieta entre el materialismo y la realidad del hombre, que es un ser espiritual. Como un profeta, avisaba de que esa grieta destruiría las sociedad materialistas, fuesen comunistas o consumistas. El arte era para él el primer paso para escapar de esa dictadura materialista. La verdadera belleza del arte, insiste, está más allá del hombre, es liberadora porque evoca otro mundo superior.

Sus últimos seis años vivió a caballo entre Europa y Estados Unidos; Italia, con su infinito caudal artístico, lo acogió de modo particular.

Su película “Sacrificio” se estrenó después de su muerte. El periódico italiano “Il Sabato” publicó en esas fechas, el 30 de mayo de 1987, un texto póstumo de Tarkovsky que todos consideran el testamento y la profecía espiritual del genial artista, poco antes de fallecer con 54 años, que había penetrado en el alma del vacío comunista y en el occidente materialista.

El vanguardista obsesivo y compulsivo

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 El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal
“Dadme dos páginas cualesquiera de la Biblia y con ellas haré una película”, decía Cecil B. DeMille, el tiránico cineasta que en el Hollywood primerizo levantó faraónicas superproducciones como “Los diez mandamientos” y fundó la estatuilla más famosa de todos los tiempos: el Oscar.

Manipulador mojigato; voyeur bíblico; megalómano del cine; poseía una estrambótica colección de libros pornográficos, y tenía una fijación enfermiza por los tobillos y los pies de las mujeres.

En el apogeo de la censura norteamericana, utilizó los relatos sagrados para mostrar mujeres de pechos desbordados, hombres bien dotados, diálogos lascivos, escenas lujuriosas, orgías, crímenes y lenguajes descarnados, a pesar del severo “Código Hays”.

Cecil B. DeMille mezcló la religiosidad con el mercantilismo de sus mastodónticas películas, con miles de extras, efectos especiales nunca vistos, escenarios monumentales y una voracidad pantagruélica por las ganancias ante todo.

Según él, los norteamericanos solo sentían atracción por el sexo y el dinero; temas que explotó en las 70 películas que dirigió desde que en 1913 produjera The Squaw Man o El prófugo , considerado el primer largometraje del cine. El término squaw –derivado de la lengua indígena algonquina– se usa de manera peyorativa, racista y sexista para referirse a las mujeres nativas en Estados Unidos.

Sus biógrafos lo consideran el inventor de la narrativa cinematográfica y creador del primer estilo fílmico, que por primera vez logró transformar al espectador en cómplice de lo que sucedía en la pantalla.

El público identifica a DeMille con las cintas que suelen proyectarse en Semana Santa: Los diez mandamientos; Sansón y Dalila; Cleopatra; El signo de la cruz; Rey de reyes; o su obra magna: El espectáculo más grande del mundo , que le mereció el Óscar a mejor filme en 1953.

Los dueños de los Estudios Paramount consideraban que los filmes bíblicos eran un pésimo negocio y, por eso, no querían financiar Sansón y Dalila; pero Cecil los convenció al enseñarles las provocativas fotos de Víctor Mature y Hedy Lamarr, actriz de origen checo que había realizado –en 1932– un desnudo y un orgasmo en la película Éxtasis .

DeMille pidió a la actriz que, en la primera escena de Sansón y Dalila , apareciera sentada en un muro, pero con las piernas abiertas, lo cual encendió a los espectadores y engatusó a los censores de la Liga de la Decencia con el cuento de que era una escena del Antiguo Testamento.

Algo similar ocurrió con Los diez mandamientos. Los productores querían a la ingenua de Audrey Hepburn para el papel de Nefertari, esposa el faraón Ramsés. DeMille se opuso porque consideró a Hepburn muy enclenque y prefirió a la exuberante y carnal Anne Baxter, que, a su vez, heredó el rol de Sephora –esposa de Moisés– a la extraordinaria Yvonne De Carlo.

Su versión del Signo de la cruz, de 1932, está plagada de orgías, sadismo y otras acrobacias sexuales; Claudette Colbert –como la malvada Popea– destila erotismo y se baña en leche mientras el emperador Nerón –interpretado por Charles Laughton– la devora con los ojos.

Ese interés por las imágenes sensuales también está presente en Rey de reyes , de 1927, que arranca con una sensual y cortesana María Magdalena, asediada por los hombres.

Aún así, DeMille siempre se mantuvo a la vanguardia cinematográfica y, en 1922, con su película Manslaughter, filmó el primer beso del cine entre dos lesbianas. El Código Hays permitía ósculos entre parejas heterosexuales, pero únicamente en posición vertical. Vale recordar que el filme Don Juan, de 1926, contiene 191 besos: uno cada 53 segundos.

Vida épica

El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal, y probó suerte como actor y escritor de varias obras representadas en el Madison Square Theater, en la ciudad de Nueva York.

DeMille nació el 12 de agosto de 1881, en Massachusetts y cuando Henry murió, su madre Matilda fundó una escuela para niñas y más tarde una agencia teatral, con la cual mantuvo al pequeño Cecil y a su hermano William.

La formación del futuro cineasta comenzó en un Colegio Militar; más tarde estudió en una Academia de Arte Dramático, que lo llevó a interpretar su primera obra en 1900: Hearts are Trumps.

Durante un tiempo integró una compañía itinerante y así conoció a su esposa Constance Adams, con la cual estuvo casado hasta su muerte el 21 de enero de 1959. La pareja tuvo una hija biológica, Cecilia, pero adoptó tres niños más: Katherine, Richard y John.

El espíritu emprendedor de Cecile lo encaminó hacia otros negocios. Uno de ellos fue la Mercury Aviation, primera aerolínea comercial en transportar pasajeros con itinerario en 1919. También fue director del Banco de Italia, nombre original del Banco de América, y de ahí se vinculó con la financiación de la industria cinematográfica, reseñó Scott Eyman en La vida épica de Cecil B. DeMille.

Con Jesee L. Lasky y Samuel Goldwyn, fundó la empresa The Lasky, que años después se convertiría en la Paramount Pictures, con la cual filmaría El signo de la cruz, su primer mazazo en la taquilla.

Fuera del cine fue director y anfitrión, de 1936 a 1944, del programa Lux Radio Theater, que adaptó a la radiodifusión películas populares, con la asistencia de reconocidas artistas y luminarias de Hollywood. Todo iba de maravilla hasta que se peleó con la Federación de Artistas de Radio y el programa se suspendió.

Sus problemas con el gremio artístico llegaron al punto más álgido cuando algunos colegas lo acusaron de soplón y de redactar una lista negra para el Comité de Actividades Antiamericanas, del senador Joseph McCarthy.

Cecil transformó la manera en que se producía el cine en Hollywood y murió con las botas puestas. Durante la filmación de Los diez mandamientos sufrió un ataque cardíaco en unas locaciones en Egipto, pero se recobró apenas para finalizar lo que sería su última película.

Estrenada en 1956 contó con un reparto de ensueño; 12.000 extras, 15.000 animales, rodada en Egipto y el Monte Sinaí, usó casi millón y medio de litros de agua para la escena del Mar Rojo; un guion tan ágil que los espectadores apenas notan las cuatro horas de duración del filme.

Marcado por el deseo

Más que un cineasta parecía un faraón, con poderes omnímodos y un despliegue de grandeza propio de un emperador del celuloide. En La vida secreta de los grandes directores se describe su fetichismo. Su oficina parecía el palacio de Odín; tenía el piso tapizado con pieles de oso polar, donde retozaba como un lobezno mientras un criado tocaba el violín. Adondequiera que iba lo acompañaba un sirviente filipino con un taburete a cuestas para que el director tuviera donde asentar sus augustas posaderas.

Quienes caían en su gracia podían ser invitados a una cabaña íntima, donde unas sugerentes mujeres bailaban la danza de los siete velos al ritmo del bolero de Ravel, para después saciar los apetitos de la mesa y de la cama.

No obstante, la obsesión que roía sus entrañas eran los pies y los tobillos de las mujeres, al punto que la actriz Bebe Daniels –una de sus amantes– reveló que DeMille se limitaba a lamerle el calcañar (o talón), mientras se autocomplacía. Esa pasión surgió, según algunos, después de que leyó que la artista Julia Faye presumía de tener “los pies y tobillos más hermosos de Estados Unidos”.

Una vez, Paulette Goddard, irrumpió en la oficina de Cecil y puso sus pies desnudos sobre el escritorio para que DeMille los catara y obtener así un papel en el filme Policía montada de Canadá.

Más allá de esos fetichismos era un marido maravilloso, y Claudette Colbert le echó los perros sin éxito cuando filmó El signo de la cruz. “Le amé profundamente. Debo confesar que por más que me insinué, por más situaciones que puse para comprometerle, nunca conseguí nada. ¡Estaba demasiado enamorado de su esposa! ¡Fue una lástima!”

Las mujeres lo adoraban por su nobleza, educación, ternura y elegancia. Filmar bajo sus órdenes era más importante que la paga o el trabajo mismo.

“Tenía el encanto del hombre maduro y del niño que todos los hombres llevan tras de sí. Hizo que me sintiera orgullosa de tener 29 años y ser como soy” recordó Gloria Grahame. Para Gloria Swanson, actuar en las obras de Cecil fue lo más gratificante de su carrera.

Actores como Charlton Heston o Yul Brynner lo consideraban un maestro, un confidente, un amigo y un padre que rescató lo mejor de sus personalidades, y les permitió interpretar sus papeles con absoluta libertad.

La actriz Hedy Lamarr dijo: “Nadie como él para extraer todo el erotismo que había en mí, y para hacer que Dalila fuera el mismo demonio. Estaba pendiente hasta de los más mínimos detalles sobre mi vestuario, si veía un pliegue que no le convencía de mi túnica, repetía la escena hasta estar convencido de que su caída era perfecta. Jamás conocí a alguien como Cecil, era único”.

El director Cecil B. DeMille creó el mito de las luminarias y las estrellas con sus desbordantes películas, hizo del cine el espectáculo más grande del mundo e inventó Hollywood.

La breve ascensión de la gata dominicana

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María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood
María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood

La dominicana María Montez (1912-1951) pasó a la posteridad como una de las más bellas y famosas actrices de su época, pero todo en su vida no fue éxito y felicidad, también hubo sufrimiento y dolor, según revela el escritor Pablo Clase en su libro “María Montez: Mujer y Estrella”.

Montez tuvo que soportar un verdadero “drama interior” al no poder alcanzar una meta que se había fijado en su vida artística, “lo que le generaba amargura e insatisfacción”, explica el autor del libro.

La diva caribeña alcanzó el éxito en Europa solo con la película “El mercader de Venecia “pero todo lo que la hizo famosa en Hollywood no pasó de ser mediocre”, y sin embargo “el público la adoraba porque era carismática”, dice.

La ‘Reina del Tecnicolor’ triunfó en Hollywood a pesar de no tener formación ni experiencia en materia cinematográfica.

“Tenía un físico exótico y aparte de eso siempre tenía a flor de labio frases ingeniosas que encantaban a los periodistas y eran destacadas en los titulares de los periódicos. Ella fue su propia promotora”, asegura el autor del libro, reeditado para la ocasión.

La biografía de la artista, cuya primera edición data de 1985 resalta también su gran espiritualidad. “Ella era muy devota de San Antonio, pero también un poco supersticiosa y amiga de visitar astrólogos”.

Esa era “la otra cara de María Montez”, una mujer muy diferente en público y en su vida privada, donde siempre fue discreta y nunca se vio envuelta en escándalos. “No tenía amantes ni nada de eso. Era una simple mujer de su hogar, que cuidaba a su niña y que nunca se separó de sus hermanas”, agrega.

Sin embargo, Clase admite que su condición de estrella era artificial y no duró más allá de cinco o diez años. Su máximo esplendor duró el tiempo que el mercado estadounidense la necesitó, entre 1942 y 1947.

Después su fulgor comenzó a apagarse y se fue de los Estados Unidos al no poder renovar su contrato cinematográfico, aunque “ella estaba convencida de que podía seguir adelante como actriz; de que había mucha María Montez por delante”, comenta el autor.

En todo caso, su país le brindó el máximo reconocimiento, y hasta recibió del entonces presidente Rafael Trujillo la Orden del Mérito de Juan Pablo Duarte y un pergamino entregado por su hija Flor de Oro.

El pueblo la idolatró y a su muerte se decretó duelo nacional y se guardó un minuto de silencio en las salas donde se proyectaban sus películas.

“Ninguna actriz dominicana logró la fama que ella logró”, aunque su figura “después quedó un poco en el olvido” y ahora recibe nuevos reconocimientos, indica Clase.

La figura de María Montez ha sido objeto también de otros muchos estudios y biografías, como la de Margarita Vicens, una de las principales conocedoras de esta artista, de la que Clase señala que, como allegada a su familia “quiere que quede muy bien el personaje”, mientras que él intenta “ser un poco más crítico”.

Con esta reedición sale a la luz “un trabajo que estaba olvidado”, según el biógrafo, corrector de estilo del periódico Listín Diario y autor también de la biografía de Porfirio Rubirosa y de otras cincuenta figuras dominicanas, como el diseñador Óscar de la Renta, los expresidentes Juan Bosch y Joaquín Balaguer, el jugador de béisbol Juan Marichal y otros. Jesús Sanchis