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Los enemigos de Jean Seberg

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Jean Seberg, junto a Warren Beatty, en una escena de Lillith (1964)
Jean Seberg, junto a Warren Beatty, en una escena de Lillith (1964)

Diego Gary, hijo de la actriz estadounidense Jean Seberg, asegura que el FBI empujó a su madre a suicidarse con una sobredosis de drogas.

“Se sentía perseguida”, afirma Gary, en alusión a una campaña psicológica “desestabilizadora” del FBI contra la actriz, por su apoyo al grupo ultraizquierdista de los Panteras Negras.

“Hubo momentos en que tenía mucho miedo. Incluso contrató a dos guardaespaldas para que la protegieran porque había recibido muchas amenazas”, explica Gary, hijo de Seberg y del premiado novelista francés Romain Gary.

Recordada sobre todo por su papel junto a Jean-Paul Belmondo en ‘A bout de souffle’ (‘Al final de la escapada’), de Jean-Luc Godard, la actriz llamó la atención del director del FBI, J Edgard Hoover por su activismo político.

Se encontró su cuerpo en 1979

En septiembre de 1979, se encontró su cuerpo en el asiento trasero de su automóvil Renault, no lejos de su piso parisino. Estaba desnuda y envuelta en una manta, lo que provocó que corrieran rumores sobre un posible asesinato.

Gary no cree, sin embargo, en esta teoría. La actriz, que ya había intentado suicidarse, había ingerido una dosis masiva de barbitúricos y en su sangre se encontró también una gran cantidad de alcohol.

“Me dejó una nota en la que confesaba que no podía seguir viviendo por culpa de los nervios”, explica Gary, que publicó un libro sobre esa trágica historia familiar.

Sometida a vigilancia por el FBI

En los años siguientes se supo que el FBI había sometido a vigilancia a la actriz y que su teléfono estaba intervenido.

Seberg se vino abajo cuando un columnista estadounidense publicó un artículo, preparado por el FBI, en el que se decía que se había quedado embarazada tras mantener una relación sexual con un miembro de los Panteras Negras.

La actriz tuvo un parto prematuro y el bebé murió a los cuatro días. Según Gary, su madre encargó un féretro de cristal transparente para que la gente viese que la criatura era blanca.

En sus declaraciones, Gary explica que odiaba de niño a Ahmed Kemal, uno de los Panteras Negras, porque pensaba que monopolizaba la atención de su madre.

Manipulada por los Panteras Negras

Gary cree que su madre fue manipulada por los Panteras Negras, que le sacaron dinero para su causa.

“Ella les permitió que explotaran su sentimiento de culpa por ser una estrella de cine blanca y luterana del empobrecido Medio Oeste (americano)”, afirma.

Según Gary, los Panteras Negras tenían más de “delincuentes y chulos que de apóstoles de la libertad y de la igualdad para la gente de color”.

Gary afirma, por otro lado, que nunca olvidará cómo su padre, ganador del premio Goncourt, anunció en una conferencia de prensa que se divorciaba de Seberg por el “affaire” extraconyugal de ésta con Clint Eastwood.

Su madre se deslizó poco a poco hacia la locura: “A veces hablaba, sentada, con el frigorífico” y en cierta ocasión entró en la habitación de Gary para preguntarle si le prestaba sus zapatos.

Un año después de la muerte de Jean Seberg, su ex marido se quitó la vida con un disparo a la cabeza, aunque dejó una nota explicando que su suicidio no tenía nada que ver con la actriz.

El hijo heredó el dinero de su padre, estudió Literatura, trabajó algún tiempo como productor de TV, pero terminó dándose a la bebida y a la prostitución hasta encontrar la felicidad, según explica, con una lituana a la que conoció en Barcelona (España) y con la que se ha casado.

Terror en distancias cortas

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“Vampyres” supone el título más celebrado de la interseante pero difícilmente visible etapa británica de José Ramón Larraz, que articula con personalidad un discurso brutalizador del vampiro enfrentando su estética sucia y pringosa al tono de elegante sofisticación erótica que imponía la “Hammer”
“Vampyres” supone el título más celebrado de la interesante pero difícilmente visible etapa británica de José Ramón Larraz, que articula con personalidad un discurso brutalizador del vampiro enfrentando su estética sucia y pringosa al tono de elegante sofisticación erótica que imponía la “Hammer”

La extravagante trayectoria del artista barcelonés José Ramón Larraz discurrió entre el cómic y el cine erótico y de terror marcado por su “veneración a la mujer”, según él mismo señaló antes de su muerte, sobrevenida en Málaga, en 2013.

Las historietas, fotos y películas realizadas por Larraz durante medio siglo de carrera conocieron el éxito en Francia, Bélgica e Inglaterra pero “nunca tuvieron reconocimiento en España”, según el propio creador.

Larraz (Barcelona, 1929) comenzó a trabajar en su ciudad natal como dibujante de la célebre serie “El Coyote”, pero a mediados de los años 50 emigró a París en busca de mejores perspectivas profesionales y “cansado del franquismo y de la Iglesia Católica”, explicó en su momento.

Allí colocó sus historietas en publicaciones como L’Equipe, France Soir o L’Aurore bajo diferentes seudónimos, y más tarde se trasladó a Bélgica, donde conoció a algunos de los más reconocidos dibujantes del país como Péyo, Morris o Franquin, con los que compartió páginas en la revista Spirou.

Entre medias, trabajó como fotógrafo de moda y de prensa, y realizó adaptaciones a la fotonovela de “Ana Karenina” de Léon Tolstoi y de “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë, experiencias que le ayudarían en su transición entre el medio del cómic y el cinematográfico.

En 1969, Larraz decidió embarcarse en una nueva aventura creativa y emigró a Londres atraído por la escena del cine independiente y de terror, un género “respetado en Inglaterra pero despreciado en España”, según explicó.

Gracias a un primer “storyboard” tan elaborado “que hubiera podido publicarse como cómic”, Larraz obtuvo financiación para su ópera prima, “Whirpool”, descrita en su cartel promocional como “Más impactante que ‘Psicosis’, más sensual que ‘Repulsión’ y más que ‘Baby Jane'”, en alusión a otros clásicos de la época.

Luego llegarían Deviation (1971), realizada con capital sueco o La Muerte Incierta (1973), consiguiendo ya una especialización clara en el terror sin perder ese erotismo latente que inunda su universo como cineasta.

En 1974, Larraz logró hacerse un nombre con “Symptoms”, seleccionada para el Festival de Cannes de ese año, y con “Vampyres”, distribuida más tarde en España como “Las Hijas de Drácula” y catalogada “X” en Inglaterra por su contenido explícito y considerada un obra de culto del género de terror. El recuerdo de la película inspiraba la pieza de espíritu clásico que heredaba sin tapujos las corrientes del terror dominantes en la década anterior, con la explosión de la Hammer bajo historias de monstruos y terrores tradicionales así como las maravillosas obras góticas venidas de Italia de los Bava o Margheriti en las que bellas damiselas correteaban entre la línea divisoria de la vida y la muerte.

De vuelta a España en 1976, Larraz se especializaría en el cine de terror que alternaría con lo puramente erótico, ofreciendo propuestas tan dispares como El Mirón (1977), La Ocasión (1978) o El Periscopio (1979) entre otras, todas ellas títulos significativos del fenómeno del destape. Estigma (1980) y Los Ritos Sexuales del Diablo (1982) le consagrarían como figura esencial del terror patrio, antes de pasarse a la televisión con la mini-serie Goya (1985) en un medio que reincidiría en años posteriores. Descanse en Piezas (1987) y Al Filo del Hacha (1988), donde ya mostraba una etapa crepuscular de su talento en dos propuestas deudoras del popular cine de terror norteamericano de la década, siendo ambas co-producidas por Estados Unidos. Deadly Manor (1990) será su última aportación al género, para volver a la comedia con la infortunada Sevilla Connection (1992) al servicio de la comicidad del popular dúo “Los Morancos”. Aquí firmaría su retiro, que se saltaría temporalmente para rodar dos capítulos de Viento de pueblo: Miguel Hernández (2002), firmando su último trabajo como realizador.

En el año 2012 Larraz publica su autobiografía llamada Del cómic al cine, con mujeres de película y en estos momentos se encontraba trabajando junto al cineasta Víctor Matellano en un guión relacionado con su cinta más popular, la anteriormente citada Las Hijas de Drácula.

Cineasta autodidacta, Larraz apostó por incluir en sus películas erotismo y personajes vampíricos, lo que le llevó a ser catalogado dentro del subgénero “sexploitation” (explotación sexual), que conoció un auge en la década de los 70.

Aunque admitió que el predominio de “sexo, sangre y misterio” en sus cintas se debe a que son “los temas más atractivos para el espectador”, su filmografía “no retrata a la mujer como objeto, sino como un monumento sagrado y con una sutileza que no tiene nada que ver con la pornografía”, subrayaba el realizador.

“Soy un profeminista hasta la médula. Venero a la mujer, para mí es el centro y el origen del mundo”, afirmó Larraz, quien también se definía como “romántico” y “sentimental”.

De todos los medios en los que ha trabajado, Larraz se quedó siempre con el celuloide por la sencilla razón de que “es más fácil filmar a treinta jinetes y treinta caballos de carne y hueso que dibujarlos”, y pese a que consideró que el cine “no es un arte, sino una industria que se apoya en muchas otras artes”.

Ilusiones de cartón piedra

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A pesar de ser una película que no contó con un gran presupuesto (es el típico producto de serie B de esos años), Them! fue nominada al Oscar en el apartado de efectos especiales en 1954, demostrando la eficacia de las maquetas de las hormigas gigantes, así como los inquietantes efectos sonoros. Logrando crear siempre una tensa atmósfera tanto en el siempre amenazante desierto de Arizona como en los oscuros túneles bajo la ciudad
A pesar de ser una película que no contó con un gran presupuesto (es el típico producto de serie B de esos años), Them! fue nominada al Oscar en el apartado de efectos especiales en 1954, demostrando la eficacia de las maquetas de las hormigas gigantes, así como los inquietantes efectos sonoros. Logrando crear siempre una tensa atmósfera tanto en el siempre amenazante desierto de Arizona como en los oscuros túneles bajo la ciudad

Desde el mismo momento en que los hermanos Lumière idearon el cinematógrafo, éste ya fue considerado como una suerte de truco de magia capaz de asombrar a los espectadores cuando veían que un tren se les echaba irremediablemente encima. Fue otro francés, Georges Méliès, el pionero de los efectos especiales ya que en 1902 rodó Viaje a la Luna donde vemos cómo una nave-bala disparada desde la Tierra se clava en el ojo de la cara animada de la Luna.

Méliés fue el primer cineasta en utilizar las exposiciones múltiples, las disoluciones de imágenes, el coloreado a mano de los fotogramas y el stop trick una técnica que descubrió accidentalmente al atascarse su cámara mientras rodaba el tráfico de París que, naturalmente, siguió moviéndose mientras arreglaba el mecanismo; al proyectar la película el cineasta quedó atónito al ver como un ómnibus se transformaba de repente en un coche fúnebre.

Todavía no había aparecido el cine sonoro cuando Fritz Lang rueda una de las películas artísticamente más impecable de todos los tiempos: Metrópolis (1927). Es una perfecta combinación de iluminación, fotografía, decorados, montaje y un brillantísimo uso de espejos y maquetas para escenifica la distópica sociedad de una megalópolis en el año 2026. Además de considerarse la primera película de ciencia-ficción, Metrópolis, a pesar del tiempo transcurrido desde su rodaje, es de las películas que con más dignidad ha superado el paso de los años extendiendo su influencia escenográfica a clásicos modernos como Blade Runner y La guerra de las galaxias en la que el famoso C3PO no es más que la contrapartida masculina de Hel el icónico robot femenino que coprotagoniza la película.

Un dibujante, Willis O´Brien aprovechando la técnica del stop motion (rodaje fotograma a fotograma) hizo que unos cuantos dinosaurios volviesen a la vida para protagonizar El mundo perdido, la adaptación de una novela de A. Conan Doyle y tuvo tanto éxito que desde la RKO le encargaron los efectos especiales de una nueva producción que trataba sobre el descubrimiento de un gorila gigante: King Kong (1933).

En esta película O´Brien empleó trucos e ingenios que aún hoy se mantienen vigentes. El gigantesco gorila media en realidad 60 centímetros y no era más que un muñeco de aluminio cubierto con la piel de un conejo. Sin embargo, los decorados en miniatura, las figuritas de madera, las trasparencias y los cristales pintado le confirieron en pantalla el aspecto de un terrorífico monstruo. King Kong supuso el nacimiento del cine basado en los espectaculares efectos especiales.

En los años 50, en plena Guerra Fría con la Unión Soviética, toda América vive bajo la paranoia de la bomba atómica y los experimentos nucleares. Hollywood se hace eco de esta inquietud y fabrica innumerables producciones de ciencia-ficción de la serie B en cuyos argumento aparecen supuestas consecuencias de la contaminación radiactiva. En Them! (La humanidad en peligro) el ejército se ve obligado a luchar contra una raza de hormigas mutantes que por mor de una prueba atómica alcanzan un tamaño gigantesco, se vuelven carnívoras y les da por arrasar todas las ciudades que encuentran a su paso. A pesar de la rudimentaria fabricación de las hormigas (insectos de goma con elementos movidos por cables), quienes las vimos siendo niños, las recordamos como unas de las criaturas más terroríficas que hemos visto en un cine.

Sin embargo es El increíble hombre menguante la mejor de estas películas apocalípticas. Mientras que navega en su barco, un hombre se ve envuelto en una extraña niebla. Al cabo de un tiempo nota como va disminuyendo de tamaño hasta convertirse en un ser diminuto. Su vida será una constante lucha por la supervivencia en la que todo lo cotidiano (incluido su gato o una araña) supone una amenaza mortal que tendrá que salvar con su ingenio. El especialista en efectos especiales Jack Arnold combinó miniaturas y planos subjetivos para trasmitir a los espectadores, con una sorprendente eficacia, la angustia del protagonista (la escena de su lucha contra la araña con un alfiler como arma es un recuerdo imborrable para todo el que vea la película).

En 1963, Ray Harryhausen se encargó de los trucajes de Jasón y los Argonautas. Las aventuras que viven el héroe griego y sus compañeros para encontrar el vellocino de oro dan pie a este mago de los efectos especiales para deslumbrar al público con su coloso de hierro, el dios Neptuno, la perversa Hidra de Lerna de múltiples brazo que guarda el vellocino y cómo no, la lucha en un acantilado de Jasón y los dos argonautas supervivientes contra un ejército de esqueletos que brotan de la tierra invocados por el malvado rey Eetes.

Con 2001: Una odisea en el espacio los efectos especiales artesanales llegarían a su culminación. En 1982 llegaría Tron y con ella los efectos especiales por ordenador. Desde entonces todo cambió y si bien hoy día, y gracias a ellos, cualquier cosa es posible en el cine, no es menos cierto que muchas veces unos brillantísimos efectos especiales solo sirven para ocultar la inanidad de los argumentos.

Orfebres del cine para adultos

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Imagen de la escena rodada por Orson Welles para la película "3 AM, la hora del amor"
Imagen de la escena rodada por Orson Welles para la película “3 AM, la hora del amor”

Orson Welles es más famoso por la escalera de Los Magníficos Amberson, el plano secuencia de Sed de mal o la excepcional totalidad de su obra maestra Ciudadano Kane, cuyos entresijos aún mantienen despierta a cada generacion de cineastas, críticos y fanáticos del séptimo arte. Hoy le recordamos por su breve incursión en un género inesperado; el porno. En 1975, Welles rodó una escena pornográfica de explícito contenido lésbico para el filme 3 A.M. La hora del amor. Al parecer como favor para dar un empujón a su último e inacabado filme, “Al otro lado del viento”, según desvela un libro.

Lo cuenta Josh Karp en su libro Orson Welles’s Last Movie (La última película de Orson Welles), donde recorre la creación de aquella película maldita en la que participaron otros directores como John Huston o Peter Bogdanovich. El director de fotografía de la película de Welles, Gary Graver, no se centraba y llegaba tarde a los rodajes porque estaba ocupado dirigíendo bajo seudónimo esta película erótica. Welles le ayudó a montar una de las escenas para quitarle trabajo de encima y a cambio de que le ayudara a terminar el que sería ser su canto del cisne.

“Welles acabaría editando una escena de ducha lésbica harcore que no pudo evitar cortar cortar al estilo Welles, con ángulos de cámara bajos y otros de sus trucos habituales”. En lo que se dice un clásico encuentro aleatorio entre una mujer cualquiera y una vecina en la ducha, se pueden ver algunos planos más elaborados, como contrapicados, escorzos o tomas a través de la mampara que exceden los recursos habituales del cine porno. Juzgue si no el lector, advirtiendo previamente que se trata de una escena no apta para menores, jefes o subalternos.

La película, aseguran, es excelente y apropiadamente sucia. Elaine y Mark son un matrimonio con dos hijos que comparten su casa con la hermana de Kate, que resulta ser Georgina Spelvin, protagonista inolvidable de El Diablo y la sra. Jones y de algunos de los mejores momentos de El Otro Hollywood, la increíble historia oral del porno de Leigs McNeil. Según los entendidos de Vulture, todo el mundo pilla cacho, incluyendo los niños y un vecino curioso.

La última mitad de los 70 fue la explosión y la edad dorada del porno, antes de que el VHS lo convirtiera en un fenómeno de masas y lo relegara a un arte menor. Durante estos años, Graver dirigió varios títulos para adultos que han acabado siendo clásicos. Orson Welles, sin embargo, falleció cinco años más tarde dejando inacabada su adaptación de Don Quijote de La Mancha y sin mencionar el que había sido su debut como director de cine, Too Much Johnson, un antecedente de Ciudadano Kane que fue redescubierto en 2013 en Italia.

Damiano, porno con guión

El periodista valenciano especialista en cine porno Paco Gisbert ha publicado la primera biografía sobre el director estadounidense Gerard Damiano, autor de algunas de las mejores películas del género, como “Garganta profunda”, filme mítico de principios de los años 70.

Así lo considera Gisbert en la biografía de Damiano, publicada por la editorial Cocó y el Festival Internacional de Cortos y Cine Alternativo de Benalmádena (FICCAB).

La publicación, titulada “Gerard Damiano: El pornógrafo indie”, repasa la vida y la obra de este cineasta, nacido en 1928 en Nueva York y fallecido a los 80 años en 2008 en Florida, cuya filmografía se caracterizó porque siempre estuvo al margen de la industria convencional.

Gerard Damiano
Gerard Damiano

Damiano fue uno de los personajes más populares de la cultura estadounidense en los primeros años setenta y su película “Garganta profunda” (1972) trascendió los circuitos de exhibición del cine porno para erigirse en paradigma del llamado “porno chic”, un tipo de cine que popularizó en todo el país las películas con sexo explícito.

Entre 1969 y 1992, Damiano dirigió medio centenar de películas, alguna de las cuales forman parte de la historia del género como “El diablo en la señorita Jones”, “Historia de Joanna” o “Consenting adults”, todas ellas realizadas con presupuestos independientes.

El libro retrata la vida del director a través de sus películas y explica cómo éstas marcaron la trayectoria vital y profesional del único director del género que ha trascendido los circuitos marginales del porno, ya que sus filmes tienen estructuras convencionales, aunque en ellas haya escenas de sexo explícito.

Paco Gisbert trabaja como periodista especializado en cine, deportes, cultura y porno, y ha sido colaborador de diferentes medios de comunicación tanto valencianos como de repercusión nacional, en prensa escrita y en televisión.

Esta publicación llega tras haber escrito con anterioridad sobre otros aspectos del cine porno y sobre otros géneros, ya que ha editado una guía para ver y analizar la película “Pulp Fiction”, de Quentin Tarantino.

Cine negro en el cuarto oscuro

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Por derecho propio, Los peces rojos es uno de esos filmes tan redondos como injustamente postergados de una cinematografía (la española, para más señas) en la que, con demasiada frecuencia, se acaban obviando los grandes títulos anteriores al advenimiento de la democracia. Aunque, en esta ocasión, Antonio Giménez Rico rompió con dicha tendencia al dirigir, décadas más tarde, un remake bajo el título de Hotel Danubio (2003)
Por derecho propio, Los peces rojos es uno de esos filmes tan redondos como injustamente postergados de una cinematografía (la española, para más señas) en la que, con demasiada frecuencia, se acaban obviando los grandes títulos anteriores al advenimiento de la democracia. Aunque, en esta ocasión, Antonio Giménez Rico rompió con dicha tendencia al dirigir, décadas más tarde, un remake bajo el título de Hotel Danubio (2003)

La censura franquista primero y el acomodo costumbrista después coartaron en España el desarrollo de un cine negro equivalente al que en EEUU alumbró obras gloriosas como “El Halcón Maltés” (1941) o “Sed de mal” (1958), pero una revisión más amplia de sus límites permite ajustar cuentas con el “noir” patrio.

Es lo que hace José Antonio Luque en “El Cine Negro Español”, a caballo entre el ensayo breve y el manual de consulta, un libro que analiza medio millar de títulos y pretende dar su justo esplendor a películas como “Los peces rojos” (1955), de José Antonio Nieves Conde o “El clavo” (1944) de Rafael Gil.

“Lo del cine negro en España fue complicado porque es un género crítico, de denuncia, y en la España de Franco era difícil que la censura permitiera películas como las americanas, sino era haciendo una alabanza a las fuerzas del orden y la ley”, explica el autor.

“Permitimos que haya delitos, ladrones y asesinatos pero con la condición de que la policía los detenga y el espectador se vaya con la conciencia tranquila de que las calles están siempre protegidas”, añade.

Difícil así difuminar las fronteras entre el bien y el mal, o sustituir al héroe por un antihéroe de pasado dudoso, léase detective con métodos poco ortodoxos. Por no hablar de la mujer fatal. Pero los creadores siempre buscan subterfugios.

“En la España franquista se permitió la mujer fatal, pero con actrices extranjeras. Era como decir que las mujeres de fuera son malas; en cambio, el modelo de mujer española, ama del hogar y pilar de la familia católica, no se podía resquebrajar”, explica Luque.

Así, la mexicana María Félix es una adúltera asesina en “La corona negra” (1951), de Luis Saslavsky, y la suiza-alemana Katia Loritz reclama a su marido libertad sexual a cambio de no delatarle a la Policía en “Las manos sucias” (1956), de José Antonio de la Loma.

Una de las pocas excepciones a la regla es la Emma Penella de “Los Peces Rojos”, una película poco valorada, en opinión de Luque, que insiste en que “si la hubiera filmado Hitchcock, sería una de sus películas más exitosas”.

La escasez de títulos ajustados a los cánones más ortodoxos lleva al autor a hacer una revisión más amplia, en la que descubre que lo criminal en España aparece a menudo contaminado de otros géneros, en especial por la comedia costumbrista.

Así, analiza la trilogía madrileña de Edgar Neville, y ya en el terreno de la parodia, “Los ladrones somos gente honrada” (1941), de Ignacio F. Iquino, o “Atraco a las tres” (1962), de José María Forqué.

Avanzada la década de los 60 y en la primera mitad de los 70 empezaron a soplar nuevos aires en el cine criminal español, con imitaciones de James Bond (“Anónima de asesinos”, Juan de Orduña) y coproducciones internacionales como “Estambul 65” y “Las Vegas, 500 millones”, ambas de Antonio Isasi-Isamendi.

La desaparición de la censura no trajo consigo el resurgimiento del cine negro autóctono, más allá de títulos aislados. “Nos apegamos demasiado al cine historicista, la ley Miró puso de moda llevar a la gran pantalla obras de teatro del Barroco y novelas galdosianas”, explica el escritor.

A ese periodo corresponden “El crack” (1981), de José Luis Garci, que introduce la figura del escéptico detective, interpretado por Alfredo Landa, o “El arreglo”(1983), de José Antonio Zorrilla. Ambas abordan, por fin, la corrupción policial.

Pero el verdadero cambio, tal y como recoge el libro, se produce en la década de los 90, cuando empieza a perfilarse un cine criminal “acorde a la sociedad española y su idiosincrasia”, con producciones como “Días contados” (1994), de Imanol Uribe, “Adosados” (1996) de Mario Camus o “Tesis” (1996) de Alejandro Amenábar.

En los últimos años la tendencia no ha hecho más que consolidarse con éxito, tal y como demuestra la nómina de los Premios Goya más recientes: Enrique Urbizu (“La caja 507”, 2002, y “No habrá paz para los malvados”, 2011), Daniel Monzón (“Celda 211”, 2009, “El Niño”, 2014) o Alberto Rodríguez (“Grupo 7”, 2012, “La isla mínima”, 2014).

“Vamos por buen camino”, opina Luque, “pero es muy curioso que un género como el criminal, con tantos seguidores, nos haya costado tanto”.

El fragor y el ocaso de John Holmes

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John Holmes parado en la entrada de un cine para adultos de Los Ángeles, en los años 70′
John Holmes parado en la entrada de un cine para adultos de Los Ángeles, en los años 70′

Conductor de ambulancias en el día y bailarín de tubo en las noches, John Holmes reinó en el mundo perdido del cine porno blandiendo un conspicuo apéndice erótico que los más conservadores tasaron en 35 centímetros, en plena contentera.

Su vida fue la película más sórdida jamás filmada. Politoxicómano, gigoló en todos los frentes, soplón, homicida, ratero, vividor, traficante, proxeneta, vivió entregado a los pecados terrenales y durante 20 años irguió su ariete sexual y fue el pionero de la triste industria de las películas triple equis, en los años 70.

Precoz y procaz, se jactaba de sus andanzas genitales desde los 12 años, aunque empezó su lúbrica carrera a los 25; fue una maratón de tres mil películas y más de 10 mil mujeres regadas a su paso.

Holmes era el hijo de una pareja impensable que lo engendró en 1944. Su padre, Curtis Estes, abandonó a su madre Mary –una devota bautista sureña– y esta se casó con Harold Edward Holmes. Este era un alcohólico que vomitaba sobre el pequeño John. Mary se divorció y consiguió otro marido, Harold Bowman, quien apaleaba al entonces adolescente. Para evitar el parricidio, John se enlistó en el ejército y fue enviado a Berlín.

De regreso a Los Ángeles trató de sentar cabeza. Vendió abarrotes casa por casa y así conoció a Sharon Gebenni, una enfermera con quien se casó en 1965. Fueron días de vino y rosas. Consiguió un empleo como operador de grúas en una empacadora de carne, pero el frío de los congeladores le ocasionó problemas pulmonares que lo incapacitaron.

Durante la convalescencia frecuentó un club de naipes y una noche, en el orinal, un fotógrafo observó aquella descomunal herramienta y le propuso una sesión de fotos para revistas y filmar algunas películas nada edificantes. Holmes tenía la moral de una pulga y ocultó a Sharon su nuevo empleo.

Los entretelones de lo que fue su singular vida los recreó uno de sus biógrafos más entusiastas, Mike Sager. Él entrevistó a casi 70 personas, revisó unas tres mil páginas de documentos policíacos e ingentes cantidades de crónicas periodísticas. Todo lo difundió en El diablo y John Holmes en la edición de junio del 89 de The Rolling Stone.

Tapiz de pasiones

Con la legalización del cine porno, en los años 70, la carrera de Holmes llegó al pináculo y creó un personaje legendario: el detective Johnny Wadd, émulo del detective de ficción Sam Spade. La entrepierna comenzó a generarle hasta $3 mil diarios, muchos de los cuales gastaba en su única amante: la cocaína.

Wadd fue el álter ego de Holmes. Se dejó crecer el pelo, exhibía un frondoso bigotazo, usaba camisas relampagueantes de solapas anchas, pantalones acampanados y lucía anillos de oro y diamantes.

A lo largo de su carrera Holmes trabajo con Ambassador Films, una productora semiclandestina que compiló una serie de cortos, hizo una especie de antología y proyectó al novel actor al estrellato. El primer hit fue un porno-western donde interpretó a Río, un pendenciero que, mientras roba bancos y ayuda a los pobres, saca el rato para jinetear a cuanta “vaquerita” encuentra en el desierto.

Filmó seis extravagantes películas en las que persiguió traficantes en la frontera mexicana y buscó diamantes en las zonas más húmedas del cuerpo femenino.

Eran los años 60; la contracultura estaba en su desconcertante apogeo; los hippies hacían el amor y no la guerra. En pro de una supuesta libertad sexual, Holmes vivió de orgía en orgía y subastó lo único que poseía: su propio cuerpo.

Asiduo visitante de la comisaría a causa de su tórrida vida, pronto se convirtió en un soplón de la policía a cambio de que le toleraran sus canalladas, anticipo de lo que sería su ruina en 1981, cuando participó en el cuádruple crimen de la Banda de Wonderland. Como actor compartió cama con las figuras más rutilantes del género: Linda Lovelace, Cicciolina, Seka, Vanessa del Río, Amber Lynn, Marilyn Chamber y Tracy Lords.

Cicciolina, la exdiputada porno italiana, conoció a Holmes en el orto de su carrera y dijo de él que “le pareció un muerto en vida, alguien que había perdido ya toda ilusión por las pequeñas cosas y placeres de una vida que se le extinguía con cada nuevo orgasmo.”

En esa espiral de lujuria no había dinero que alcanzara. Comenzó a robar en las casas que alquilaban para los filmes. Se volvió un rufián que esculcaba armarios y cajones en busca de joyas, dinero o lo que hubiera. De ahí pasó a robar en los carros, a chulear amigos y amantes. Usó la tarjeta de su esposa para comprar electrodomésticos por $30 mil, que más tarde revendió para tener dinero en efectivo y comprar una dosis de droga.

A finales de los 70 se hacía una raya de coca cada 15 minutos; ingería de 40 a 50 valiums diarias y ese coctel afectaba su activo más importante, el cual ya no obedecía las órdenes de su amo y no se levantaba ni con grúa.

Dejó a Sharon y se juntó con una concubina de quince años que se prostituía para pagarle el vicio. Para equilibrar la economía familiar, Holmes robaba maletas en los aeropuertos.

Su vida era un muladar que se complicó al trabar contacto con Eddie Nash, un palestino que comenzó vendiendo perros calientes en Los Ángeles y en pocos años regentaba un imperio inmobiliario, clubes de striptease y locales gay. En sus ratos libres traficaba drogas y filmaba porno. Se juntaron el hambre y las ganas de comer.

Eddie era, según la policía, “la encarnación del diablo”. Para saldar una deuda con la pandilla de Ron Launius y Billy Deverell (la Banda de Wonderland) , Holmes les propuso asaltar la casa de Nash. Una noche cayeron y robaron $100 mil en efectivo y joyas. Pero a Nash nadie se la hacía gratis y presionó a Holmes, quien delató a sus compinches. El 1 de julio de 1981, varios matones acompañaron al mismo John hasta el apartamento 8763 de la Avenida Wonderland y ahí mataron a “tubazos” a cuatro de los miembros de la pandilla.

Las pistas llevaron a la policía a Nash y Holmes. Un jurado lo absolvió, tomando en cuenta el pasado colaboracionista de John en la persecución de redes de prostitución de menores.

Esa publicidad renovó la fama de Holmes, pero su cansina figura siempre encorvada se volvió más una curiosidad que un placer erótico.

John intentó recuperar su pasada gloria, pero arrastraba una herencia maldita: el sida. Mantuvo la boca cerrada, se volvió un “kamikaze” y contagió a casi todos sus compañeros de reparto.

En 1986 se casó en Las Vegas con la actriz porno y prostituta Laurie Rose, quien intentó alejarlo de las drogas mediante intercambios de parejas y subastas sexuales. Tras su muerte, y en colaboración con Fred E. Basten, Rose escribió El rey del porno y mantiene un website dedicado a la memoria de John.

Los dramas norteamericanos nunca tuvieron segundas partes y Holmes reconoció que, fuera de la pantalla, jamás tuvo relaciones duraderas porque “las mujeres tienen la esperanza de encontrarse con el tipo que ven en la pantalla. Ellas no me aceptan como soy realmente. Solo soy un ser humano”.

Enterada del mal de su marido Rose dijo: “Se reía de aquello. Cerramos la oficina y nos fuimos a la playa. Tocamos nuestras canciones favoritas, paseamos y hablamos. John me dijo que le parecía como si le hubiesen elegido para coger el sida por ser quien era, por cómo vivía. Se sentía como si fuera un ejemplo”.

La vida de este actor irrepetible y superdotado fue documentada en películas como Exhausted, de 1982; Boggie nights, de 1997 o Wonderland, de 2003.

Seropositivo, paranoico, obsesionado con la venganza que Nash tramaría contra él, el pobre de Holmes pasó sus últimos días acosado por la angustia y el dolor.

Asido a la mano de su mujer, oficialmente murió de cáncer de colon el 13 de marzo de 1988. Su cuerpo fue incinerado y sus despojos lanzados al mar, para que de ellos naciera una leyenda venusina, un mito de la estadística humana, que como en el acertijo de la esfinge de Tebas, era una criatura que tenía tres pies.

Películas que mitigan la angustia vital

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Fotograma de Freaks, cinta que fue cortada, censurada, prohibida y denigrada durante décadas
Fotograma de Freaks, cinta que fue cortada, censurada, prohibida y denigrada durante décadas

El cine, además de evasión, reflexión y recreo artístico, puede ayudar a tener una vida mejor, o al menos así lo defiende el escritor y periodista especializado en psicología Francesc Miralles en su libro “Cineterapia”, donde a través de 35 películas da las claves de una existencia más satisfactoria.

Con las tarifas que manejan las consultas de psicología, merece la pena intentar esta “Cineterapia”, que edita Oniro del Grupo Planeta, y que solo con películas puede aplacar algunos de los males más corrientes del hombre contemporáneo, como la violencia, a través de “A Clockwork Orange”, de Stanley Kubrick, o los conflictos de fe con “The Seven Seal”, de Ingmar Bergman.

“Dersu Uzala o el cine de Eric Rohmer funcionaban en un tiempo en el que los espectadores tenían más paciencia y ahora pueden estar bien como efecto relajante. Cuando lo que hay es apatía, depresión, estados melancólicos, a lo mejor necesitas una películas más cañera como Trainspotting”, asegura Miralles.

“Cineterapia” está lleno no solo de consejos prácticos para la vida, sino de anécdotas cinéfilas jugosas que entretienen por este recorrido entre el celuloide y los estados de ánimo más reconocibles.

Está usted intentando superar un desencanto amoroso? Miralles recita “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”, de Michel Gondry. “Analiza muy bien por qué pequeños detalles empieza a naufragar una pareja, esa fragmentación de los recuerdos. Plasma perfectamente lo que es un naufragio sentimental, por qué por mucho que se quieran dos personas y lo intenten, a veces pueden más los roces del día a día”, explica.

En esta primera sesión, Miralles ya demuestra que lo suyo no es exactamente la autoayuda, sino que asume como innata la insatisfacción. “El ser humano es un animal que necesita el conflicto permanente, cuando no lo tiene fuera lo tiene dentro. La insatisfacción forma parte de nuestra estructura mental y es la que nos ha hecho diferenciarnos de los otros animales”, asegura.

Si es usted de los que se quedan paralizados por el miedo, seguramente no ha visto con los ojos de Miralles un clásico popular como “Alien”.

“El monstruo que tiene en vilo la película apenas se ve unos segundos y eso es muy significativo de cómo suceden las fobias: ni las vemos ni probablemente van a suceder. Ridley Scott captó muy bien la mecánica del miedo”, razona.

Un mal tan cotidiano como el estrés o la saturación de estímulos externos pueden encontrar bálsamo en el cine oriental, en concreto en la cinta coreana “3-Iron”, de Kim Ki-duk.

“Alguien que está estresado, que sufra la intoxicación de Twitter, Facebook, teléfonos y ordenadores, se encuentra con una historia muy sencilla y muy poética sin palabras. Una película que te descarga”, asegura.

Y así, también analiza los mandamientos de la Iglesia Jedi de “Star Wars”, la fuerza del tesón a través de “The Straight Story”, de David Lynch, el elogio al diferente en “Freaks”, de Tod Browning, o los vínculos familiares a través de “The Godfather”, de Francis Ford Coppola.

“Las películas normalmente son analizadas por expertos en cine según sus aspectos técnicos. Hablan de la trayectoria del director, los actores, la fotografía, pero pocas veces se centran los artículos en lo que es la psicología que hay detrás de cada película que, en un nivel básico, se puede aplicar a la vida diaria”.

Y, sobre todo, recuerda cómo “el cine es mucho más absorbente que la novela. Una persona que padezca una depresión importante va a ser difícil que se concentre en una novela. Exige del lector un esfuerzo de atención e imaginación, pero cuando te encierras a oscuras en una sala de cine sabes que te apartas de tu mundo”, concluye.