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Cartas del buscador de afecto

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Truman Capote, un escritor de lengua flageladora y vaivenes vitales
Truman Capote, un escritor de lengua flageladora y vaivenes vitales

«Como sabrás, mi apellido ya no es Persons sino Capote , y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote , ya que todo el mundo me llama así». Con esta carta, que dirige el autor de «A sangre fría» a su padre biológico, comienza «Un placer fugaz», el libro que reúne todo su epistolario.

Editado por Lumen, es uno de los bocados exquisitos con los que poder deleitarse dentro de la obra del excéntrico y vulnerable Truman Capote, reivindicado no sólo por su talento en vida, sino en constantes guiños a su carrera, como en la novela inédita «Crucero de verano», publicada por Anagrama, y esta reveladora correspondencia.

También Ediciones B ha reeditado la biografía de Gerald Clarke, en la que basó la película «Capote», protagonizada por Philip Seymour Hoffman. Clarke ha sido el editor de esta abultada correspondencia que, como explica él mismo en el prólogo, «constituye una especie de biografía».

Truman Capote (Nueva Orleans, 1924-Los Angeles, 1984) queda así retratado, a pesar de los fuegos de artificio que siempre encendía a su alrededor para desviar la mirada de su auténtica verdad. El autor de «Desayuno en Tiffany’s» (1958) y de «A sangre fría», la novela que hizo cambiar su vida (en la que confundió ficción y realidad al convertir un suceso real, el asesinato de la familia Clutter, en una novela basada también en los relatos que le revelaron los autores del crimen), se llamaba Truman Persons y se convirtió en Truman Capote después del divorcio de sus padres y tras ser adoptado por su padrastro, Joe Capote. Y la carta con la que se inicia este libro, que tiene una extensión de 700 páginas, y que escribió cuando tenía doce años, ratifica el cambio de identidad.

Del optimismo al Capote apagado

El editor explica en el prólogo que en el epistolario «aparece un jovencísimo Capote casi infantil en su exuberancia y optimismo, que en los meses que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial se zambulló en las turbias aguas de la escena literaria neoyorquina. Después viene el Capote apagado -aunque solo levemente- de los años cincuenta».

En esa época, Capote , vivió la mayor parte del tiempo en Europa con Jack Dunphy, que era su pareja desde 1948, y se dedicó a escribir teatro, guiones, ficción y experimentos periodísticos.

Le sigue el Capote de los sesenta, cuando escribió «A sangre fría» y decía «cada palabra me cuesta sangre», y, finalmente, aparece el Capote de los setenta y primeros ochenta «desilusionado con su vida y su carrera, que se aficionó cada vez más y de un modo evidente a las drogas y el alcohol». Clarke recuerda que entre la primera carta y el último «afligido telegrama hay para el lector todo un mundo de fascinación, placer y diversión».

«El resultado son unas cartas que muestran una espontaneidad de la que adolece la correspondencia de otros escritores, más cautos y deudores de otras servidumbres», dice. «Tu carta era un placer demasiado fugaz», le dijo a un amigo.

Cariñoso, generoso… y cotilla

Por la correspondencia queda claro lo que todo el mundo sabía que a Capote le encantaban los cotilleos. «Envíame otra de esas fantásticas cartas llenas de chismes: me hacen sentir como si estuviéramos juntos en algún lugar tomando una copa», escribió a uno de sus corresponsales.

Pero también era un ser tierno, cariñoso, generoso y muy leal a sus amigos, como demuestran las cartas, aunque con una lengua de látigo, que sacaba con todo aquel que le hubiese decepcionado o traicionado, y palabras como «corazón», «cariño», «querido» o «corderito» son constantes en sus escritos. » Capote era como un niño necesitado de afecto, apreciaba a sus amigos sin reservas -eso les decía una y otra vez- y esperaba de ellos un cariño equivalente».

«Hoy solo hago que sentir amor por ti», le escribe a Andrew Lyndon, un hombre con el que nunca tuvo sexo de por medio. «Amigo incondicional, cotilla impenitente, un tipo boyante: todo eso era Capote «, resume el editor de «Un placer fugaz».