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Ficciones que ajustan cuentas entre autores y personajes

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María Negroni consigue, por ejemplo, que Emily Dickinson escribiera una carta a Louisa May Alcott, a pesar de que nunca se conocieron; una misiva que destaca sobremanera en el libro, en la que Dickinson comparte con su coetánea "la terrible cuestión de la escritura".
María Negroni consigue, por ejemplo, que Emily Dickinson (en la imagen) escribiera una carta a Louisa May Alcott, a pesar de que nunca se conocieron; una misiva que destaca sobremanera en el libro, en la que Dickinson comparte con su coetánea «la terrible cuestión de la escritura».

«22 cartas extraordinarias» es el libro con en el que María Negroni se mete en la piel de escritores de la literatura universal como Dickens, Twain, Melville o Salinger para darles voz a través de un conjunto de cartas ficticias ilustradas por Jean-Francois Martin.

Se trata de un libro, publicado por Demipage, en el que María Negroni (Rosario, Argentina, 1951) reúne veintidós cartas que podrían haber sido escritas por algunos de los autores más significativos del siglo XIX y que forman parte de la primera biblioteca de niños o jóvenes.

Los escritos que componen el libro, aunque a veces improbables o imposibles, no solo sirven como retrato de algunos de los escritores que lo protagonizan, sino que también desvelan el mundo en el que estos vivieron y en el que crearon sus singulares obras.

El cuidado con el que la narradora, poeta y ensayista trata las circunstancias biográficas, históricas y sociales de los autores, así como la originalidad de su prosa, convierte a «22 cartas extraordinarias» en una pieza literaria con bastantes matices periodísticos.

Es por eso que, antes de sumergirse en las páginas del libro, el lector debe conocer que detrás del engaño en el que lo envuelve la autora se esconden grandes verdades, como el juego de la verdad de las mentiras, que diría Vargas Llosa.

De forma muy hábil, Negroni consigue adentrarse en la piel de los escritores, cuyo legado literario conoce en profundidad, para poner en su boca -o en su pluma- palabras que quizá nunca dijeron, pero que podrían haber dicho.

María Negroni consigue, por ejemplo, que Emily Dickinson escribiera una carta a Louisa May Alcott, a pesar de que nunca se conocieron; una misiva que destaca sobremanera en el libro, en la que Dickinson comparte con su coetánea «la terrible cuestión de la escritura».

En otras cartas, que a menudo manifiestan fuertes anacronías, se encuentran historias como la de Julio Verne, que intenta convencer a su padre de que a la realidad le falta realidad, o escritos como el que dejó Herman Mellville mientras componía su famosa obra «Moby Dick».

A lo largo de estas 192 páginas se descubren, por ejemplo, lo que tiene que agradecer Carlo Collodi a Paul Auster o la justificación que Edgar Allan Poe dio a su padre por haberse dado a la bebida y a la escritura. También se ponen de manifiesto las confesiones que lanzó Luisa May Alcott a Emily Dickinson y los insultos que un despechado Lewis Carrol espetó a Alicia.

A pesar de que cada uno de los veintidós capítulos que conforman el libro corresponden a un escritor diferente, hay un fino hilo conductor que une las diferentes epístolas y del que la autora advierte en el prólogo: «Ese hilo es, sin duda, la empedernida reflexión que cada carta emprende, casi con saña, en torno a los costos de la actividad literaria. El resto son las formas más o menos ruidosas de esa reflexión (…)», dice.

Una reflexión que tiene forma de viaje en el tiempo y que traslada a los lectores adultos al universo mágico que abandonaron con el fin de la niñez.

Entre las publicaciones de la argentina María Negroni se encuentran varios libros de poesía como «El viaje de la noche» (Premio Nacional del Libro Argentino); «Islandia», (Premio PEN al mejor libro de poesía traducido), «Diario Extranjero» y «La ineptitud».

Además ha publicado dos novelas, «El sueño de Úrsula» y «La anunciación», y diversos ensayos literarios como «Museo Negro» y «Galería Fantástica».

Las ilustraciones del libro están realizadas por Jean-François Martín, galardonado en 2011 con el Bologna Ragazzi, que colabora para diferentes medios como Le Monde o The New York Times.

Letras que brillan en la oscuridad

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Para Poe, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos
Para Poe, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos

La conocida fotografía de Edgar Allan Poe, la que ha recorrido el mundo y ha ilustrado la mayor parte de las ediciones de sus libros, es una muestra clara de los tormentos que albergaba en su interior.

Con el pelo revuelto y la corbata torcida. De mirada melancólica y huidiza, con sus finos labios arqueados hacia la barbilla, bajo la sombra de un espeso bigote, su rostro resulta una metáfora del contenido de su obra.

La azarosa y trágica vida de Poe comienza poco después de su nacimiento. De padres actores, cuando Edgar tiene dos años su padre desaparece y al año siguiente su madre muere de tuberculosis.

Fue adoptado por la familia Allan, John y Frances, un acomodado matrimonio sureño. Poe llegó a adorar a su madre adoptiva, pero las relaciones con su padre se fueron deteriorando cuando aquella murió. Estas primeras experiencias marcarían definitivamente al escritor.

Desde muy joven mostró inteligencia, sensibilidad y elegancia, además de un carácter excitable y propenso a la debilidad nerviosa, que se vio acrecentada por el sentimiento de soledad a la que se había visto abocado en su vida. Poe, quien no descuidó nunca los estudios, comenzó a aficionarse a las juergas etílicas y al juego, para los que le pedía incesantemente dinero a su padrastro. Allan acabó excluyéndolo del testamento.

La afición a la bebida comenzó a torcer la vida de Poe que fue expulsado, en 1827, de la Universidad de Virginia donde estudió. Su padre adoptivo le procuró un puesto de empleado que abandonó poco tiempo después para regresar a su ciudad natal, Boston, donde publicaría anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas en 1827.

Se alistó en el Ejército, donde estuvo dos años hasta que, de nuevo por influencia de su padre adoptivo obtuvo un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que pocos meses después fue expulsado por negligencia en el cumplimiento de su deber.

Las mujeres se convirtieron en uno de los ejes centrales en los que giraban sus escritos, pues Poe tuvo que sufrir además de las muertes de su madre y se madrastra en su juventud, la de su propia esposa.

El escritor contrajo matrimonio con su prima Virginia cuando ella tenía 13 años y él 27. Una larga enfermedad que terminó con la vida de Virginia, en 1847, agravó su tendencia al alcoholismo y a las drogas. Dos años más tarde, el consumo de estas dos sustancias se convertiría en la causa de su propia muerte.

Personajes femeninos como Berenice, Annabel Lee o Ligeia, se transforman en elegías a bellas jóvenes que exudan soledad y melancolía. Según su biógrafo, el novelista y crítico británico Peter Ackroyd, Poe consideraba su relación con las mujeres como algo espiritual y “sentía necesidad constante de afecto y atención femeninos”.

Los cuentos de terror de Poe revolucionaron el género de la narración corta desde el horror y los mundos subterráneos y, a pesar de que fueron estos los que llevaron al escritor a la fama, sin embargo, Poe siempre mostró debilidad por la poesía. Para el escritor, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos. Entre los más célebres se encuentra El cuervo, Las Campanas, Ulalume y Annabel Lee.

Edgar Allan Poe también asentó las bases de los relatos detectivescos, donde creó el personaje C. Augusted Dupin, con el que se asignó la paternidad del género negro que luego encumbraría a Arthur Conan Doyle.

Entre estos se encuentra los más famosos, Los crímenes de la calle Morgue o La carta robada, en los que Poe combina análisis con altas dosis de ironía.

Edgar Allan Poe fue encontrado en 1849 en una taberna de la ciudad estadounidense de Baltimore tras seis días en los que nadie supo dónde se encontraba ni qué hizo. Fue hallado “completamente enajenado”, según crónicas de la época y con ropas que no le pertenecían.

Tras tres días de delirio, Poe expiró en un hospital. Las hipótesis posteriores señalaron que, después de emborracharlo, le utilizaron para votar en las elecciones con nombres distintos, algo solía suceder en aquella época.