el mago de oz

El mundo de Oz y las inquietudes de Norteamérica

Posted on Actualizado enn

El mago de Oz es sin duda uno de los cuentos infantiles más famosos del siglo XX. Lo que no sabe todo el mundo es que detrás de su historia podría haber numerosas referencias políticas y económicas sobre la situación de EEUU a finales del siglo XIX y principios del XX, y que el verdadero protagonista no sería Dorothy, sería el patrón oro
El mago de Oz es sin duda uno de los cuentos infantiles más famosos del siglo XX. Lo que no sabe todo el mundo es que detrás de su historia podría haber numerosas referencias políticas y económicas sobre la situación de EEUU a finales del siglo XIX y principios del XX, y que el verdadero protagonista no sería Dorothy, sería el patrón oro

«El mago de Oz», uno de los grandes clásicos de la historia del cine, cumple años con toda su magia intacta, la misma que la define como estandarte de ese cine «de antes» llamado a la extinción.

Los 101 minutos de aventuras de Dorothy, el león cobarde, el espantapájaros y el hombre de hojalata, que recorren el camino de baldosas amarillas en dirección a Ciudad Esmeralda para dar con el Mago de Oz, suponen «la quintaesencia de las películas de estudio en Hollywood».

Así lo asegura Randy Haberkamp, programador del ciclo «El mejor año de Hollywood: las candidatas a mejor película de 1939», organizado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en el Teatro Samuel Goldwyn, de Los Ángeles.

«Cada toma fue rodada en un escenario. No hay nada real en el filme. Todo es una fantasía, una completa creación artística. Fue un trabajo específico correspondiente a una época específica, y eso convierte la película en un cuento de hadas eterno», comenta Haberkamp.

Basada en la novela de L.Frank Baum, la historia se centra en Dorothy (una adolescente Judy Garland), y en su perro Toto, quienes acaban en la tierra de Oz tras ser succionados por un tornado en Kansas.

Allí conocen a la Bruja Buena del Norte, quien les sugiere que sigan el camino de baldosas amarillas hasta dar con el Mago de Oz, que podrá ayudarles a volver a casa. Además, la hechicera regala unas zapatillas rojas a Dorothy que tendrá que hacer taconear para poder regresar a su hogar.

En ese camino conocen a tres acompañantes: un hombre de hojalata que añora un corazón, un león que sueña con recobrar la valentía perdida y un espantapájaros con ansias de tener un cerebro. Todos en busca también del Mago de Oz, para que les ayude a cumplir sus deseos.

Pero en ese recorrido se toparán con las diabluras de la Malvada Bruja del Oeste, que pretende recobrar las zapatillas rojas que lleva Dorothy e impedir que los personajes consigan sus propósitos.

«Todo el mundo se puede sentir identificado con la idea de desear ser algo más; todos tenemos también una bruja en nuestro interior y tenemos un hogar, ya sea físico o un estado mental. Además está el perro, todo el mundo debería tener uno», cuenta entre risas Haberkamp para explicar por qué la película no pasa de moda.

Pero la cinta pudo haber tenido un aspecto muy diferente si se hubieran llegado a cumplir ciertas exigencias de los estudios Metro-Goldwyn-Mayer (MGM).

Por ejemplo, en un principio se pensó que la Malvada Bruja del Oeste debía tener un aspecto glamouroso, que las zapatillas de Dorothy serían plateadas como en la novela o que el célebre tema «Over the Rainbow» no aparecería en el corte final.

«Fue un rodaje complicado, toda la producción resultó difícil y muy cara para la época», comenta Haberkamp.

Por entonces MGM buscaba dar respuesta a «Blancanieves», el gran éxito de Disney en 1937, pero los estudios se toparon con un proyecto por el que pasaron cuatro directores (Victor Fleming, que filmó la mayor parte del metraje; Mervyn LeRoy, Richard Thorpe y King Vidor) y hasta 16 guionistas, la mayoría sin acreditar, encargados de pulir los diálogos.

Debió merecer la pena porque el filme se hizo con dos Óscar (a la mejor banda sonora y a la mejor canción original, por «Over the Rainbow»), y su emisión en las televisiones de EEUU se convirtió en una tradición a lo largo de las décadas.

La película, fruto de la época dorada de Hollywood, recuerda una manera de hacer cine que ya no tiene continuidad.

«Después de la II Guerra Mundial, las sensibilidades cambiaron. Las tecnologías se desarrollaron al mismo tiempo que las televisiones se introdujeron en los hogares. Por eso hay cierto halo de nostalgia cada vez que vemos la película, porque sabemos que ya no hay cosas así», explica Haberkamp.

Para el programador de la Academia de Hollywood, la influencia de la Guerra se dejó notar en las décadas de los 40 y los 50. A partir de 1960 la industria miró a la juventud, los 70 se centraron en la fabricación de «blockbusters» (grandes éxitos de taquilla) y ahora todo está abocado a la era digital.

«El cine evoluciona con su tiempo», apunta Haberkamp. «No hay cine como el de antes, pero todo depende del punto de vista y de lo que cada uno encuentre agradable; en cualquier caso sería divertido ver qué piensa la gente de las películas de hoy día dentro de 70 años, si es que piensa algo», concluye.

Y es que fue 1939 un año irrepetible en la historia del cine: además de «El mago de Oz», compitieron ese año por los Oscar filmes como «Lo que el viento se llevó», «La diligencia», «Cumbres borrascosas», «Ninotchka», «Tú y yo (Love Affair)», «Adiós Mr. Chips» o «Caballero sin espada», y actores como Clark Gable, Laurence Olivier, James Stewart, Bette Davis, Greta Garbo, Irene Dunne, Olivia de Havilland o Vivien Leigh. Ahí es nada.

Interpretación del cuento

Según el periodista Ricardo Larrechea, «el mago de Oz es sin duda uno de los cuentos infantiles más famosos del siglo XX. Lo que no sabe todo el mundo es que detrás de su historia podría haber numerosas referencias políticas y económicas sobre la situación de EEUU a finales del siglo XIX y principios del XX, y que el verdadero protagonista no sería Dorothy, sería el patrón oro».

Larrechea apunta a que «aunque no está confirmada, es una teoría (más bien varias similares) que lleva rondando el mundo académico desde mediados de los años 60. El famoso economista Gregory Mankiw, profesor de Harvard, recoge en su libro de texto de Macroeconomía la posibilidad y la utiliza de forma didáctica».

El autor del libro, el periodista L. Frank Baum, siempre defendió que simplemente era un cuento infantil, pero en su obra periodística no faltó activismo. Otros célebres académicos, como el premio Nobel Paul Krugman, también apoyan la teoría de un cuento que esconde objetivos políticos.

Una respuesta a la deflación

Primero, el contexto. Ricardo Larrechea sostiene que «el libro fue publicado en septiembre del año 1900. EEUU había vivido un periodo de extraordinaria deflación, con los precios cayendo un 23% entre 1880 y 1896. Un shock de precios como éste tuvo grandes consecuencias políticas y económicas, principalmente una enorme redistribución de la riqueza entre acreedores (principalmente banqueros del noreste de EEUU) y deudores (fundamentalmente granjeros del sur y el medio-oeste). También fue el origen del movimiento populista en EEUU, cercano al Partido Demócrata y que representaba los intereses de los agricultores y pequeños propietarios, en oposición a los grandes oligarcas y terratenientes, más cercanos al partido republicano».

«En aquella época, reinaba el patrón oro. Pero el metal era escaso, lo que dificultaba la creación de dinero respaldado por oro. Una de las soluciones que se propuso fue establecer un patrón bimetálico oro-plata, que inmediatamente haría aumentar la oferta monetaria y de esta forma conseguir salir de la deflación. Precisamente éste fue uno de los ejes centrales de la campaña electoral de 1896. Por un lado, se encontraba William McKinley, candidato republicano y partidario del patrón oro, y por otro lado William Jennings Bryan, candidato demócrata y propulsor de un patrón bimetálico», prosigue el periodista.

«¿Y cómo se plasmaría esta situación en el libro? En primer lugar, el propio nombre del país, Oz. Oz es la abreviatura de ounce, onza en inglés, la medida más popular del oro, y parece la metáfora más obvia. Pero todo el propio cuento se puede interpretar como una alegoría de la situación de entonces, predominando las referencias al oro, la plata y el verde, el color del dólar estadounidense», continúa Larrechea.

Wall Street y la esclavitud

Dorothy, la protagonista, es una niña huérfana de Kansas (medio-oeste) perdida en una tierra fantástica después de que un ciclón (para algunos una metáfora también de la ‘revolución’ que se avecinaba con el movimiento populista) se la llevara junto a su casa. En el aterrizaje en Oz mata instantáneamente a la malvada Bruja del Este al caer sobre ella. Esta bruja se trataría de Wall Street, los acreedores y los intereses financieros (Nueva York está en el este de EEUU) defensores del patrón oro. Además, en inglés hay una cierta resonancia entre Witch of The East (bruja del Este) y Wall Street.

La bruja tiene esclavizados a los munchkins, habitantes de esa tierra a los que se refiere como «gente pequeña», por lo que con su muerte los liberaría, a modo de cómo el ciclón-revolución liberaría a los trabajadores. Entonces aparece la Bruja buena del Norte (representando al votante de la parte norte del Medio-Oeste, sin fuerza para contrarrestar la supremacía del Este), que da los zapatos plateados a Dorothy en agradecimiento por la liberación y le indica que el único camino de vuelta a casa es ir a Ciudad Esmeralda y pedir allí ayuda al Mago de Oz. El beso que le da sería la ‘bendición’ de ese tipo de votante para que continuara con su camino.

El granjero, el obrero y el político

Dorothy comienza así su camino, que es de baldosas amarillas, en referencia clara al patrón oro. En él, la niña hace tres amigos, que también tendrían su significado. Un espantapájaros sin cerebro que representaría a los granjeros del medio oeste, que a pesar de su aparente estupidez y su incapacidad para entender las causas de sus males, mantendrían una cierta rectitud. Un hombre de hojalata, sin corazón y baqueteado, que sería una representación del trabajador industrial, castigado por la depresión económica y al que los populistas buscaban como aliado. Su tercer amigo sería un león cobarde, sin valor: el propio candidato demócrata Jennings Bryan, que ruge pero que no consigue nada.

La niña baja al espantapájaros de la vara, engrasará al hombre de hojalata y convencerá a los tres de que la acompañen para expresar sus deseos (un cerebro, un corazón y valor, respectivamente) al Mago. Junto a ellos siempre va Totó, el perro de Dorothy. ¿Quién sería Totó? Pues un juego de palabras con la expresión teetotaler, nombre que en inglés se da a la gente que no bebe alcohol. Los prohibicionistas eran entonces algunos de los más cercanos aliados de los populistas, y el propio Jennings Bryan no probaba el alcohol.

Oz, el fraude y el dinero

Finalmente, los cuatro y el perro llegarían a la capital de Oz, Ciudad Esmeralda, que se trataría de Washington, el lugar donde todos los habitantes veían el mundo a través de cristales verdes (el dinero). Y allí se encontrarían con el Mago, que se trataría del propio McKinley, que a pesar de las buenas palabras terminaría siendo un fraude, y que pese a pensar que actúa en beneficio de la gente simplemente resulta un ser normal y corriente más bien cruel.

El autor del libro, el periodista L. Frank Baum, siempre defendió que simplemente era un cuento infantil, pero en su obra periodística no faltó activismo. Otros célebres académicos, como el premio Nobel Paul Krugman, también apoyan la teoría de un cuento que esconde objetivos políticos
El autor del libro, el periodista L. Frank Baum, siempre defendió que simplemente era un cuento infantil, pero en su obra periodística no faltó activismo. Otros célebres académicos, como el premio Nobel Paul Krugman, también apoyan la teoría de un cuento que esconde objetivos políticos

Finalmente, Dorothy lograría volver a Kansas gracias al poder de sus zapatos plateados y tras desenmascarar al Mago, en posible referencia al bimetalismo como solución a los problemas del estadounidense medio tras un duro camino dorado, el patrón oro. Lo curioso es que esté detalle es también la principal objeción a esta interpretación alegórica del Mago de Oz, pero que proviene de un error.

El error es que en la famosa película homónima, estrenada en 1939, Dorothy, protagonizada por Judy Garland, lleva zapatos color rubí. Pero simplemente porque Hollywood quería destacar la llegada del color a sus películas, y esos zapatos rubíes han pasado a la iconografía popular casi con más fuerza que el propio cuento.

En resumen, sea verdad o no la interpretación alegórica de un momento histórico convulso, lo que sí que queda claro es que el Mago de Oz puede servir perfectamente para ilustrar una época y un sistema monetario tan importante como el patrón oro.

Para concluir, según Larrechea, «en 1896 ganó el republicano McKinley y se mantuvo el patrón oro. La inflación llegó, pero porque se descubrieron nuevas minas de oro en Australia, Sudáfrica y Alaska, y se desarrolló la cianuración del oro, una nueva técnica de extracción del metal. Como consecuencia, aumentó la producción de oro y la oferta monetaria, lo que derivó en incrementos de precios: de 1896 a 1910 aumentaron un 35%».

Las zapatillas del millón de dólares

Posted on Actualizado enn

Zapatillas usadas por Judy Garland en "El Mago de Oz"
Zapatillas usadas por Judy Garland en «El Mago de Oz»

Un donador anónimo ofrece una recompensa de un millón de dólares por información que ayude a recuperar el par de zapatillas rojas de lentejuelas de Judy Garland que fueron robadas de un museo en su ciudad natal de Minnesota.

La fallecida actriz usó las zapatillas en «El mago de Oz». Existen otros tres pares, incluido uno en exhibición en el Instituto Smithsonian en Washington.

John Kelsch, el director general del museo de Judy Garland en Grand Rapids, Minnesota, dice que el donador es de Arizona, y es un gran aficionado de Garland y de la película de 1939.

La oferta de recompensa requiere la ubicación exacta de las zapatillas y el nombre del ladrón.

El décimo aniversario del robo se cumple en agosto. Las zapatillas estaban aseguradas por un millón de dólares. Kelsch dice que hoy en día podrían valer entre 2 y 3 millones.