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Letras en los jardines de la adicción

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En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida
En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida

Si los dibujos y cuadernos de Antonin Artaud hablaran desprenderían un aullido de dolor, un lamento de sufrimiento y zozobra que fue lo que condujo la vida de este genio maldito, enfermo y loco.

Poeta, actor, dramaturgo y dibujante, Antonin Artaud (Marsella, 1896-Ivry, 1948) recorrió un periodo del siglo XX convulso y frenético. Con sus primeros poemas sedujo a los surrealistas. liderados por André Breton, pero al poco tiempo los abandonó y comenzó su carrera de actor y, al no tener el reconocimiento deseado, se dedicó a la estudio teórico del teatro.

Considerado por los críticos franceses como el “padre de la nueva escena”, en 1938 aparece una recopilación de sus ensayos bajo el título “El teatro y su doble” -obra mítica junto a “Para acabar con el juicio de Dios”-, que incluye el texto “El teatro y la crueldad”, donde escribe “En el punto de desgaste a que ha llegado nuestra sensibilidad, lo cierto es que tenemos necesidad ante todo de un teatro que nos despierte: nervios y corazón”.

De familia de clase media, enfermo desde niño y tratado por psiquiatras, Artaud siempre fue un rebelde al que sus padres no sabían cómo tratar.

Tras vivir varios meses en México con los indios tarahumanos, experiencia de la que saldría “Los Tarahumaras”, permaneció una etapa de diez años en un sanatorio psiquiátrico por sus obsesiones y delirios.

Desde joven los médicos le recomendaron el uso del opio y otras drogas para mitigar su dolor, una adicción que marcaría toda su vida.

Fue un periodo muy duro, en plena ocupación nazi, con un tratamiento arcaico a enfermos en instituciones que apenas habían evolucionado desde la Edad Media.

Pero en 1943, a petición de su familia, el doctor Gaston Ferdière, director del hospital psiquiátrico de Rodez (Averyon), amigo de los surrealistas y un médico culto, pionero en las terapias artísticas, consiguió que le trasladaran a un psiquiátrico de Rodez, en una zona no ocupada.

En esa época los electroshock se mezclaron en la vida de este creador y seductor, de intensos ojos azules, con el dibujo, la pintura, los textos de inspiración mística y su interés por San Juan de la Cruz, la Cábala, Eckhart, la Biblia o Baudelaire.

Estos dibujos, hechos en su mayoría en el psiquiátrico de Rodez, con los papeles que le daba el doctor Ferdière, los hacia de pie, y entre ellos destacan sus propias retratos (“hechos sin espejo”) con un rostro envejecido, escuálido de mirada perdida y torturada.

“Mis dibujos nos son dibujos sino documentos, hay que mirarlos y comprender lo que hay dentro”, escribió.

Abrumado, o infecciosamente lúcido, Antonin Artaud  pasó en los sanatorios una buena parte de su vida. De ellos dijo: «El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales». En su Carta a los directores de manicomios, el artista, sometido a terapias electroconvulsivas, sostenía que la concepción de la realidad de aquellos llamados «locos» era tan legítima como la de cualquier otro.

Tanto su reinvención del lenguaje como su crítica a la institución psiquiátrica, que sólo tenía sobre los pacientes «la superioridad que da la fuerza», calaron en los artistas de la posguerra. ¿Qué es en realidad el lenguaje y cómo Artaud trató de trascender sus límites? ¿Acaso no se pueden inventar nuevos códigos que transmitan con la misma efectividad, o incluso más, el contenido de un mensaje?

Artaud fue un pensador radical, vanguardista, que propuso las ideas de lo que llamó el Teatro de la Crueldad, que impactara profundamente en el espectador hasta hacerlo salir de la complaciente pasividad ante el teatro de entretenimiento. Junto a ello ponía como ejemplo el teatro balinés -asistió fascinado a dos representaciones en 1922 y 1931-, basado exclusivamente en la fisicidad y el simbolismo, opuesto a los excesos del diálogo en el teatro burgués occidental. Los textos reunidos en El teatro y su doble (publicado en 1938) siguen siendo una lectura intensa y reveladora, no sólo para los amantes de este género.

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Cioran, ese oscuro horizonte

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Emil Cioran, denunciador de la miseria humana e ironista empedernido, melancólico y febril
Emil Cioran, denunciador de la miseria humana e ironista empedernido, melancólico y febril

Hijo de un prelado de la Iglesia ortodoxa, E. M. Cioran nació en Rasinari (1911), un pequeño pueblo de Transilvania, donde transcurrió su infancia en contacto con la naturaleza. De la madre parece heredar su inclinación a la melancolía. Por oposición a su padre, a quien, sin embargo, respeta, fue hasta los 17 años un ateo furioso.

Con “De lágrimas y de santos” (1937), cuarto de los cinco libros escritos y publicados en su país, Cioran conjura la gran crisis religiosa de su vida. Reescribe cuatro veces su primer libro en francés, lengua cuyo rigor le resulta “inhumano, infernal”; Gallimard publica inmediatamente ese libro (Breviario de podredumbre, 1949), al que seguirá una obra singular (“Silogismos de la amargura”). Vendrán después “La tentación de existir”, “El aciago demiurgo”, “Del inconveniente de haber nacido” (editado por Taurus), “La caída en el tiempo” (Monteávila) e “Historia y utopía” (Artífice). Hasta llegar a “Desgarradura” (Montesinos, 1983), libro en el que Cioran suscita posiciones extremas, y los extremos comprometen siempre.

Maestro del aforismo, ese “fuego sin llama” que permite aventurarse en la paradoja humana, inclinado a hurgar en las llagas propias, desgarrado entre la maldición de haber nacido y el vicio de vivir, al escritor rumano le queda pequeña la condición de hombre.

En 1996, el filósofo y escritor rumano publica “De La caída en el tiempo”. En el texto, observa que “el encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo deforme, linda con la indecencia”. “Sin duda es deplorable que todavía devoren en ciertas tribus a los ancianos estorbosos; sin embargo, no hay que olvidar que el canibalismo representa, tanto un modelo de economía cerrada, como una costumbre que, algún día, seducirá al atestado planeta. y a pesar de que se persiga sin piedad a los antropófagos, no me conmueve que vivan en el terror y que terminen por desaparecer, minoría ya de por sí, desprovista de confianza en sí misma, incapaz de abogar por su propia causa”, dice.

Apunta además Cioran que distinta, y en extremo distinta subraya, es “la situación de los analfabetos, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre cuando desaparezca el último iletrado”.

Así, Ciorán cree que “el interés de los hombres civilizados por los pueblos que se llaman atrasados es muy sospechoso. Incapaz de soportarse más a sí mismo, el hombre civilizado descarga sobre esos pueblos el excedente de males que lo agobian, los incita a compartir sus miserias, los conjura para que afronten un destino que él ya no puede afrontar solo.

A fuerza de considerar la suerte que han tenido de no “evolucionar”, experimenta hacia ellos los resentimientos de un audaz desconcertado y falto de equilibrio. ¿Con qué derecho permanecen aparte, fuera del proceso de degradación al cual él se encuentra sometido desde hace tanto tiempo sin poder liberarse?

La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. “Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno”, es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo.

Excedido por sus taras y, más aún, por sus “luces”, sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. El hombre civilizado ya procedía así incluso en la época en que no era ni tan “ilustrado” ni estaba tan harto, sino entregado a la avaricia y a su sed de aventuras y de infamias. Los españoles, por ejemplo, en la cúspide de su carrera, debieron sentirse tan oprimidos por las exigencias de su fe y los rigores de la Iglesia, que se vengaron de ellos mediante la Conquista”.

“¿Alguien trata de convertir a otro? No será jamás para salvarlo, sino para obligarlo a padecer, para exponerlo a las mismas pruebas por las que atravesó el impaciente convertidor: ¿vigilia, plegaria tormento? Pues que al otro le ocurra lo mismo, que suspire, que aúlle, que se debata en medio de iguales torturas. La intolerancia es propia de espíritus devastados cuya fe se reduce a un suplicio más o menos buscado que desearían ver generalizado, instituido. La felicidad del prójimo no ha sido nunca ni un móvil ni un principio de acción, y sólo se la invoca para alimentar la buena conciencia y cubrirse de nobles pretextos: el impulso que nos guía y que precipita la ejecución de cualquiera de nuestros actos, es casi siempre inconfesable. Nadie salva a nadie; no se salva uno más que a sí mismo, aunque se disfrace con convicciones la desgracia que se quiere otorgar. Por mucho prestigio que tengan las apariencias, el proselitismo deriva de una generosidad dudosa, en sus efectos que una abierta agresividad. Nadie está dispuesto a soportar solo la disciplina que ha asumido ni el yugo que ha aceptado. La venganza asoma bajo la alegría del misionero y del apóstol. Su aplicación en convertir no es para liberar sino para convertir”

Nacidos para ser libres

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La puesta de largo de Beauvoir en el mundo de las letras con "La invitada" fue autobiográfica, una constante que marcará sus novelas, ensayos, memorias y diarios, como su abundante correspondencia con su compañero, el también filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre y con el escritor estadounidense Nelson Algren, su amor transatlántico
La puesta de largo de Beauvoir en el mundo de las letras con “La invitada” fue autobiográfica, una constante que marcará sus novelas, ensayos, memorias y diarios, como su abundante correspondencia con su compañero, el también filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre y con el escritor estadounidense Nelson Algren, su amor transatlántico

“La invitada” supuso el debut literario de Simone de Beauvoir, la filósofa francesa que con su consigna “no se nace mujer, se llega a serlo”, esgrimida en “El segundo sexo” hizo una aportación clave al feminismo y cambió el pensamiento occidental.

“Lo que las mujeres deben a Simone de Beauvoir es inconmensurable”, afirma, tajante, la profesora universitaria, periodista y escritora francesa Danièlle Sallenave en “Castor de guerre”, una biografía editada en español por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores con el titulo “Simone de Beauvoir, contra todo y contra todos”, dentro de su serie “Voces libres”.

Y añade Sallenave: “Y no solo las mujeres; los hombres también”, pues “la liberación de las mujeres es una condición ‘sine qua non’ para la liberación de los hombres”.

Considerada una de sus mejores obras, “La invitada” (1943) plasma el triángulo amoroso entre Simone de Beauvoir (París, 1908-1986) y Jean Paul Sartre (París, 1905-1980) con una joven que fascinaba a ambos, y le sirve para cuestionar el modelo burgués de pareja y de familia, así como explorar los dilemas existencialistas de la libertad, la acción y la responsabilidad individual.

Asuntos que retoma también en sus siguientes novelas como “La sangre de los otros” (1944) o “Los mandarines” (1954), por la que logró el Premio Goncourt y en la que cuenta la historia de unos intelectuales lanzados, como ella, a la vorágine de la Liberación.

La puesta de largo de Beauvoir en el mundo de las letras con “La invitada” fue autobiográfica, una constante que marcará sus novelas, ensayos, memorias y diarios, como su abundante correspondencia con su compañero, el también filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre y con el escritor estadounidense Nelson Algren, su amor transatlántico.

De Beauvoir escribe sobre sí misma a fin de comprenderse y de constituirse, según su biógrafa, quien subraya en esta destacada intelectual francesa una actitud de combate permanente, fruto de la época de poderosos antagonismos que vivió: la Guerra Fría.

Y es que para la autora de ensayos tan influyentes como “El segundo sexo” (1949) o “La vejez” (1970) la vida es un largo combate por el que se llega a ser uno mismo, esa es la tarea más elevada e ineludible de todo ser humano.

Para De Beauvoir todo se construye, incluida la felicidad y, por supuesto, la identidad personal. Ella abraza una filosofía que confía a las personas, y solo a ellas, la responsabilidad de labrar sus propios destinos.

En ese sentido De Beauvoir y Sartre, pareja mítica, tienen el convencimiento, que no cuestionaran jamás, de inventar un modo de vida audaz cuyo radicalismo está fuera del alcance de la mayoría.

A Sartre se le ocurrió la idea de firmar con De Beauvoir un contrato de dos años, renovable, durante los cuales vivirían “en la más estrecha intimidad posible”, pero distinguiendo entre “amor necesario” (el suyo) y “amores contingentes” (los amantes).

Después de esos dos años, cada uno recuperaba su libertad unos años, antes de volverse a unir, una fórmula no exenta de sufrimiento, pero era el precio a pagar por tener garantizada la libertad, según la biógrafa de De Beauvoir.

A sus 50 años, al escribir “La plenitud de la vida” (1958), puso todo su empeño en demostrar que superaron la prueba y que a partir de ahí formaron una especie de unidad con dos cabezas.

Un enlace que terminó con la muerte de él en 1980 (ella fallecería seis años más tarde) y que superó los vaivenes emocionales de nuevos tríos amorosos, siempre con jovencitas, y de amantes más o menos estables en la vida de ambos: el escritor Nelson Algren y un joven Claude Lanzmann, director de cine (“Shoah”) y periodista francés, en el caso de ella.

Huyó del matrimonio, vivió su bisexualidad y renunció a la maternidad, incompatible a su juicio con su vocación de escribir, que le exigía mucho tiempo y libertad. Se centró plenamente en edificar una vida y una obra consecuente con sus ideas con un rigor y una exigencia que extrapoló a todos los ámbitos de su existencia.

Su gran osadía fue cuestionar la “feminidad”, elevarla a la categoría de mito, de algo fabricado. Así se ganó la inmortalidad.

Con “El segundo sexo” todo cambia: confiere unidad y brillo a unas reivindicaciones dispersas y, sobre todo, les proporciona un sustrato filosófico, una base conceptual.

De Beauvoir ataca piedra a piedra (antropología, sociología, psicoanálisis, etnología, literatura e historia) el inmenso edificio sobre el que se asentaba y justificaba la dominación masculina.

La transcendencia de su ensayo es que milita no solo a favor de los derechos de las mujeres sino del ser humano en general.

Fue su gran obra, aunque ella no lo viese del todo así. “He logrado -dijo en sus memorias- un gran éxito en mi vida: mi relación con Sartre”. “Es hermoso que nuestras vidas hayan podido estar en armonía tanto tiempo”. Medio siglo.

Angustia existencial frente a la cafetera

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En la II Guerre Mundial, Sartre primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión
En la II Guerre Mundial, Sartre primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión

Sarah Bakewell publica en España ‘En el café de los existencialistas’ (Ariel), un recorrido por las vidas de los filósofos franceses surgidos a mitad del siglo XX (Sartre, Beauvoir o Camus) acompañados de sus textos más famosos, algo que la autora considera “inseparables”.

“Me di cuenta de que me interesaba mucho más cómo afectaba su vida a sus pensamientos, aunque también me atraía el otro polo, el de cómo los pensamientos les llevaban a actuar de esa forma. En realidad, para el existencialismo la vida es inseparable de la filosofía”, explica Bakewell.

Bakewell había publicado antes de este trabajo un ensayo sobre la figura de Montaigne, ‘Cómo vivir’. La autora reconoce que hay muchas conexiones entre el escritor francés y los existencialistas, sobre todo en la importancia de “la experiencia vivida”, aunque una con una diferencia “fundamental”.

“En el existencialismo hay una ansiedad que no la encuentras en Montaigne. Él no estaba conectado con esa angustia existencial, aunque pasó por una crisis y una depresión justo antes de escribir sus ensayos”, señala.

Preguntada por los motivos que le han llevado a abordar la vida y obra de esta generación, Bakewell señala que el existencialismo “tiene mucho que ofrecer” a la sociedad actual. “Simplificando mucho, es una filosofía de experiencia, no tan teórica como otras, y con un sentido muy fuerte de esperanza. Es una filosofía bastante optimista”, añade.

‘En el café de los existencialistas’ recoge numerosas anécdotas de las caras visibles de esta filosofía. Empezando por Heiddeger, quien “seguramente” sea para Bakewell “el filósofo más importante del siglo XX”. A pesar de haber sido orillado por su acercamiento a los nazis y de su lenguaje teorético, el filósofo alemán ha conseguido influir en distintos campos como la arquitectura o el arte.

“Karl Jaspers, que acabó enfrentado a él, creía que lo más importante era comunicar y llegar a la gente. Heidegger era muy malo en ese apartado, porque usaba un lenguaje muy opaco, lo tienes que leer en sus propios términos y no hace esfuerzos para ser legible. Pero viendo su posterior influencia…¿quién fue el comunicador de verdad?”, pregunta irónicamente.

La II Guerra Mundial se cruzó en el camino de Sartre, Camus y compañía, que se vieron obligados a tomar decisiones que no acompañaban siempre sus ideales. “Por ejemplo, durante la ocupación alemana, Camus publicó ‘El rebelde’ y tuvo que omitir todo un episodio que iba sobre Kafka, que era judío. No habría podido publicarlo con ese capítulo y accedió a quitarlo”, señala la autora.

Por el contrario, Bakewell cuenta que Sartre tuvo más suerte en este conflicto y primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. “Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión”, cuenta con humor.

Pero sobre todos ellos, Bakewell destaca la figura de Simone de Beauvoir, autora del ‘Segundo sexo’, “posiblemente la obra más influyente” de estos existencialistas. “Consiguió cambiar la forma de pensar de la gente, es como Darwin con la ciencia o Marx con la política. Antes de ‘El segundo sexo’, la gente hablaba del hombre en abstracto como si fuera universal, y todo lo relacionado con la mujer se separaba específicamente. Eso ha cambiado”, resalta.

La atracción de los franceses por Estados Unidos ocupa otra parte del libro. “Había un interés recíproco, pero mal entendido: los americanos les veían como algo muy europeo, muy ‘noir’, que venían de sórdidos cafés…mientras que en Francia eran admirados como algo salvaje que te hacía bailar toda la noche y tener muchas relaciones sexuales”, concluye.

Camus en la orografía femenina

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Albert Camus siempre quiso regalar placer a los sentidos
Albert Camus siempre quiso regalar placer a los sentidos

Nadie fue la mujer de Albert Camus “infinitamente”. Lo dice su hija, Catherine, quien ha dedicado la mitad de su vida a gestionar el legado del autor de El extranjero, de quien destaca su lado “sensual”: era alguien que amaba la vida, la libertad y las mujeres.

Albert Camus se casó dos veces y tuvo varias amantes, pero a nadie quiso tanto el Premio Nobel de Literatura como a su madre: “(…) y su madre tal como era seguía siendo lo que más amaba en el mundo, aunque la amara desesperadamente”, escribió en su libro El primer hombre.

Su madre era casi sordomuda, analfabeta. Se llamaba Catherine Sintès. Nació en Argelia y era de origen español, concretamente de Menorca, de las Islas Baleares. “Los mudos. Eran y son mejores que yo”, decía Camus, quien también nació en el país magrebí, entonces colonia francesa.

“Tenía el rostro dulce y simétrico, los cabellos de española, muy ondulados y negros, una naricita recta, y una hermosa y cálida mirada castaña”. Así describió el autor de La Peste a su progenitora en El primer hombre, su obra póstuma de carácter autobiográfico.

Un retrato que, en lo psicológico, completa la hija de Camus: “Mi abuela es la persona a la que más he querido en el mundo, destacaba por su dulzura; era alguien que no conocía la maldad, era buena e incapaz de hacer daño”.

Y además trabajó “mucho limpiando casas” para sacar a sus dos hijos adelante después de que su marido, de origen alsaciano, muriese en el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial.

“Movilización. Cuando a mi padre lo llamaron a filas, jamás había visto Francia. La vio y lo mataron. (Eso es lo que una familia humilde como la mía dio a Francia).”. Camus aún no tenía un año.

Y, aunque francés por documentación, Camus intentó “infatigablemente” durante toda su vida “recuperar lo que había de España” en su “sangre”, pues para él “era la verdad”, escribió en Carnets, 1949-1959.

“Su lado español, la sobriedad y la sensualidad, la energía y la nada”. Lo grabó, blanco sobre negro, en El primer hombre, cuyo manuscrito llevaba consigo cuando falleció el 4 de enero de 1960 en un accidente de tráfico a las afueras de París. Tenía 47 años y solo tres antes, en 1947, la Academia Sueca le había concedido el más prestigioso galardón de las letras: el Nobel de Literatura.

Ese gusto intenso por la vida lo encontró Camus en la legendaria actriz María Casares, también de origen español. Camus, según su hija, se sentía muy unido a Casares, a quien ella conoció al final de su vida, y dice que la quiso “mucho”. “Estaba llena de vida y de alegría”, recuerda y desvela que “la mujer que corre por la playa al final de El primer hombre es ella”.

Con Casares, hija de Santiago Casares Quiroga, jefe de Gobierno bajo la presidencia de Manuel Azaña, el autor de La Peste llevó a las tablas muchas de sus obras teatrales y de otros. Se conocieron en 1945 y, desde entonces, mantuvieron una relación íntima.

“Mi madre siempre me habló de María con mucho respeto”, asegura Catherine Camus, tras sentenciar que “nadie” fue “la mujer de Camus infinitamente” ni siquiera Francine Faura, pianista y matemática, con quien se casó en segundas nupcias en 1940, en Orán, con quien tuvo a sus gemelos Jean y Catherine en setiembre de 1945 y de quien nunca se divorció.

“Eran muy amigos, pero para una mujer eso (la infidelidad) no debía ser fácil”, concede Catherine, quien recuerda que su madre era “muy depresiva, tenía muchas dificultades para vivir, era su carácter”. “Mientras que María se comía la vida. Comprendo a mi padre”, confiesa y subraya que, para ella, “todas las mujeres a las que amó su padre y que le amaron verdaderamente eran destacables”.

Incluso Simone Hié, una joven morfinómana de familia bien que fue la primera esposa de Camus y de quien se divorció tras descubrir que le era infiel con un médico que le proporcionaba sus dosis. Otra de las mujeres que marcaron la vida del filósofo y literato fue su abuela materna, una señora “ignorante y obstinada” que “al menos siempre fue ajena a la resignación”. Con ella fueron a vivir su madre, su hermano y él a la muerte de su padre.

Única albacea de la obra de su padre desde que tenía 34 años, Catherine completa, por dedicación y amor, el abanico de “mujeres de Camus”.

Se ha ido la luz, pero queda la palabra

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El cuento como género y lenguaje de lo posible, fue magistralmente cultivado por Onetti a lo largo de su vida
El cuento como género y lenguaje de lo posible, fue magistralmente cultivado por Onetti a lo largo de su vida

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti imprimió un giro copernicano a la literatura latinoamericana con una escritura desabrida y escéptica, pero a la vez rebosante de humanidad y destinada a hacer de la imaginación su bandera.

Onetti renovó la forma de escribir en español desde la pasión y con un estilo que estaba “en el límite del idioma”, según señaló en una ocasión el escritor español Antonio Muñoz Molina.

Si con “El Pozo” (1939) rozó el existencialismo y se adelantó a Sartre y Camus en su desolada visión de lo cotidiano, con “La vida breve” (1950) Onetti dio ese golpe de timón que demandaba la novela hispanoamericana y que impulsó más tarde, de una u otra forma, a los autores del llamado “boom”.

“Con Onetti aparecieron esas historias del novelista de la decadencia, el escritor del nihilismo. Yo creo que fue una expresión de lo que luego se llamó filosofía de la existencia”, señala alguien que conoció bien al escritor, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti.

Si bien los personajes de “El astillero”, “Juntacadáveres” o “La vida breve” aparecen “atados a la decadencia, a la falta de horizontes, a los pequeños grandes odios”, finalmente son siempre “redimidos de algún modo por un ramalazo de amor que aparece en su espíritu”, afirma el político y ensayista.

Es el mismo “humanismo” que ve en el fondo de la obra de Onetti el catedrático de literatura y director de Cultura del Gobierno uruguayo, Hugo Achugar, para quien, con sólo 30 años, Onetti fue capaz de dar la vuelta al panorama literario de su época.

La publicación de “El pozo”, explica Achugar, supuso “un antes y un después”, que se reafirmó con la publicación de “La vida breve”, once años después.

“Se convirtió en un escritor de escritores”, añade, para subrayar el peso que tuvo en los autores del boom, como el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa o el chileno José Donoso.

La experiencia fue una buena fuente para esa materia literaria; Juan Carlos Onetti nunca terminó unos estudios superiores, pero desde muy joven amó la escritura y tendió hacia ella como única alternativa a la existencia gris.

Para sobrevivir desempeñó muchos trabajos, pero fue finalmente el periodismo, en Uruguay y en Argentina, se convirtió en el mal menor.

Como le citara en una entrevista muchos años más tarde su cuarta esposa -y compañera hasta el final de sus días-, Dorothea “Dolly” Muhr, el periodismo era “el oficio más soportable” para un escritor.

La factura de ambos soportes de escritura, los artículos y las novelas, era, sin embargo, bien distinta; según explica Mario Vargas Llosa, “para los periódicos (Onetti) buscaba las palabras. Las de los cuentos y las novelas le asaltaban”.

El escritor peruano define a “La vida breve” en su libro sobre Onetti “El viaje a la ficción” como “la primera novela moderna” en lengua castellana, donde “es el primero en aplicar la revolución formal de la narrativa”, la que en la novela europea y norteamericana habían llevado a cabo su admirado Faulkner, Proust, Joyce, Kafka o Mann. Es en “La vida breve” donde inicia el ciclo de “Santa María”, esa ciudad imaginaria a mitad de camino de Buenos Aires y Montevideo, pero sin ser ninguna de ellas, donde viven, traicionan y desesperan los personajes (Larsen, Brausen, Díaz Grey…) que se reiteran en toda su obra narrativa, una de las huellas que le dejara Faulkner.

A esa obra le siguen otras de brillo similar, como “El astillero“ (1961) y “Juntacadáveres” (1964), donde el estilo de Onetti crece entre prostíbulos, sórdidos personajes y derrotas sin esperanzas, y Santa María deviene en territorio de leyenda, como el Macondo de García Márquez o la Yoknapatawpha de Faulkner.
Dictadura y exilio

La vida de Onetti, y la difusión de su obra, da un giro de 180 grados con la instauración de la dictadura en Uruguay en 1973.

En 1974, el escritor es encarcelado durante tres meses por el formar parte de un jurado que premió un cuento condenado por el régimen como pornográfico y subversivo.

Onetti aprovecha una invitación a un simposio en Madrid para quedarse, ya hasta su muerte, en España.
Aquí publicará en 1979 otra novela clave, “Dejemos hablar al viento”, un broche de oro más en su currículum y que contribuirá a que un año más tarde sea recompensado con el Premio Cervantes.

Al retornar la democracia a Uruguay, en 1985, el primer presidente constitucional, Julio María Sanguinetti, le invita a regresar, pero Onetti ya no se ve ni con las ganas ni con las fuerzas para hacerlo.

Es entonces cuando se recluye en su piso de la madrileña Avenida de América, cada vez más aficionado al whisky, el tabaco y las novelas negras, pero con la energía precisa para seguir escribiendo: “Cuando entonces” (1987) y “Cuando ya no importe” (1993).

El 30 de mayo de 1994 muere en una clínica madrileña, dejando bien claro que no quería exequia alguna y renegando de que le recordaran por esa “entrega visceral” a la literatura, como le atribuyó Vargas Llosa, “que se llevaba a cabo en la soledad y sin esperar otra recompensa que saber que escribiendo le sacaba la vuelta a la puta vida”.

Locura y desazón

Juan Carlos Onetti bordeó “la locura”, “la desazón” y “la indigencia material y afectiva”, y no pudo evitar reflejarse en el “el espejo” de sus personajes, opina la autora uruguaya Mercedes Vigil, quien, no obstante, destaca la “coherencia“ y “singularidad” literaria del gran escritor.

Onetti es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura
Onetti es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura

Vigil evoca  el perfil humano y literario de quien considera “uno de los mejores narradores de la segunda mitad del siglo XX de las letras hispanoamericanas”.

“Hace poco tiempo que empezó a dársele el lugar que merece en la constelación de astros de la literatura universal”, dice Vigil, una de las figuras más populares de las letras uruguayas contemporáneas y autora de novelas históricas.

Según la escritora, Onetti fue “tan coherente” con su concepción de la literatura que “en pleno boom latinoamericano, seguía buceando en la miseria interior de él y de cada uno de los seres humanos, mientras García Márquez salía a pescar mariposas en Macondo y a imaginar mundos posibles”.

“Eso habla de la singularidad de Onetti”, apostilla.

Vigil resalta cómo el autor, que pasó sus últimos años de vida postrado en una cama, pobló su literatura de hombres divorciados, con muchos fracasos a sus espaldas y “relaciones tortuosas”.

Así, “no hacía más que mirar el mundo y escribirlo con el cristal que él lo veía”, sostiene.

Según Vigil, también influyó en su obra “que no tuviera dinero para comprar pan, que se divorciara tres veces o que fuese hostigado por la dictadura, acusado de pornógrafo”, tras formar parte del jurado de un concurso literario en el que resultó ganador un cuento que las autoridades consideraron subversivo. No obstante, “millones y millones de seres vivieron en esas circunstancias y ninguno fue Onetti”, finalizó.