federico fellini

Adiós, dulce vida

Posted on Actualizado enn

Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg
Marcello Mastroianni, entregado a la belleza hiriente de Anita Ekberg

El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo del sueño felliniano que marcaría un antes y un después en la historia del cine y que se convirtió en símbolo de un estilo de vida, de una “Dolce Vita” romana marcada por las exhibiciones mundanas, la decadencia y los excesos.

Las paradojas de La Dolce Vita encontraron ya su expresión desde la primera oleada de reacciones y críticas, con elogios, admiración, insultos y ataques que arremetían contra la supuesta “inmoralidad” de la película o su clima corrupto y que no fueron más que la confirmación del inicio de un mito.

El Centro Católico Cinematográfico colgó al film la etiqueta de “escluso per tutti” -“excluido para todos”- y algunos críticos que dieron opiniones favorables a la película fueron despedidos de los rotativos.
Una película “onirica”

La huella imborrable que dejó el director de Otto e mezzo o Amarcord trazó un fresco lleno de símbolos, un mosaico de estereotipos y un universo onírico que muchos buscan aún al perderse por las calles de Roma.

La diva interpretada por Anita Ekberg, que repite hasta la saciedad su llegada al aeropuerto para posar ante los fotógrafos, el intelectual atormentado o el cazador de imágenes comprometidas, desde entonces bautizado “paparazzo”, desfilan por esa fantasía hecha realidad, fragmentada en escenas aparentemente inconexas y paradigma de una agridulce “noche romana”.

Poco queda ya de aquellas reuniones de los “paparazzi” en la Via Veneto de Roma, pero la magia con que el maestro de los sueños dotó a La Dolce Vita, con sus más sorprendentes contradicciones, conserva algunos rincones, como el famoso Café de París, que Fellini retrató y convirtió en uno de los centros del glamour de la cinematografía europea.

Ese histórico local, icono de un mundo tan extravagante como vacío, corrupto y abocado al naufragio, pertenece hoy a la mafia de Calabria, la Ndrangheta, que lo adquirió hace un año por seis millones de euros.

Punto de encuentro de actores y, después, criminales

Tampoco ha sido estelar el destino de discotecas como Jackie O’, símbolo de la vida nocturna romana, frecuentada por Grace Kelly, Jacqueline Bisset, Marcello Mastroianni o Vittorio Gassman y, en los años noventa, punto de encuentro de criminales y delincuentes.

Pero si uno se aleja de Via Veneto encontrará uno de los lugares más vivos de esa “Belle Époque” italiana, que hizo de la Ciudad Eterna un centro de celebridades durante los rodajes de Ben Hur o Quo Vadis: la Taverna Flavia, un restaurante que el tiempo ha convertido en museo fotográfico, dirigido por Mimmo Cavicchia.

Las paredes de este mágico establecimiento, entre los favoritos de las estrellas también en la actualidad, son un auténtico mural de autógrafos en el que lucen centenares de firmas y rostros conocidos, desde Sofia Loren y Audrey Hepburn hasta Woody Allen o Pedro Almodóvar.

Escenario de romances “de película”

Testigo de historias de cine como el romance entre Richard Burton y Elisabeth Taylor, máxima protagonista del local con una sala que lleva su nombre. Ahí están enmarcadas sus sandalias de “Cleopatra”, quizás la pieza más cotizada de este restaurante-museo, que “Liz” regaló a Cavicchia cuando rodó la película.

“Los protagonistas de la Dolce Vita eran los actores, y los espectadores salieron a la calle para vivir y actuar como ellos. Todos se volvieron locos y querían imitar a los personajes del cine. Cada uno se sentía protagonista a su manera”, afirma Cavicchia en una entrevista.

Así nacieron las ganas de recuperar el tiempo perdido, de vivir una locura que Fellini inmortalizó con la mítica escena en la Fontana di Trevi, cuyas aguas tienen aún la huella de Anita Ekberg.

Ella convirtió en sueño de muchos un baño en esa fuente siempre abarrotada de turistas. Fantasía irrealizable también para la propia actriz, puesto que la escena se rodó en una copia recreada en el “Estudio 5” de Cinecittà, donde se instaló la capilla ardiente del maestro en 1993.

“La dolce Vita se acabó”

Los estudios de cine romanos son hoy una fábrica de sueños que conserva el sello de los grandes del neorrealismo y de Martin Scorsesse o Francis Ford Coppola.

De algún modo Roma es aquella ciudad imaginada por Fellini. Pero “la ‘Dolce Vita’ se acabó”, sentencia Cavicchia. “Ya no existen esos grandes personajes, ahora los actores sólo están un día para presentar su película y están condicionados por sus agentes publicitarios. Además, la gente está invadida por la televisión. Si Gran Hermano bate récord de audiencia, ¿qué “Dolce Vita” es? ¡Es la amarga vida!”.

Por Via Veneto desfilan ejecutivos, se erigen sedes de grandes bancos y hoteles de cinco estrellas. Solo placas conmemorativas, fotografías y algunos bares como el emblemático Harry’s Bar, que aún conserva su luz, son un reclamo para nostálgicos que quieran respirar los resquicios de aquella “Dolce Vita”.

Fellini y la orografía femenina

Posted on

La exuberancia de la actriz sueca Anita Ekberg, consigue una mayor resonancia en el imaginario colectivo con “La dolce vita” (1960)
La exuberancia de la actriz sueca Anita Ekberg, consigue una mayor resonancia en el imaginario colectivo de Fellini con “La dolce vita” (1960)

Las mujeres de las películas de Federico Fellini, de cuya muerte hace ya 20 años, reflejan la percepción del director sobre el universo femenino. Voluptuosas, ingenuas o descaradas, las féminas de sus películas dan fe de sus obsesiones.

La exageración y la deformidad de sus personajes contribuyeron a liberar algunos complejos que atormentaban a Fellini (1920-1993) , como “estar flacucho” . Las mujeres de sus películas, entre lo circense y lo popular, proyectan la ambigua y mutante personalidad del “maestro” italiano, fallecido el 31 de octubre de 1993 en Roma.

La complejidad de cada perfil impide marcar una pauta general a la hora de clasificar los papeles femeninos del cine “felliniano”, aunque el cineasta guardaba una especie de fetiche con las mujeres con curvas y entradas en carnes, a veces muy maternales.

En la mayoría de sus cintas participa una actriz oronda y sin complejos, como la memorable intérprete María Antonieta Beluzzi, la grandiosa estanquera que en “Amarcord” (1973) protagoniza una escena erótica en la que casi ahoga con uno de sus grandes pechos a un joven inocente que se dispone a comprar una cajetilla de tabaco.

Los sueños introspectivos se entrelazan magistralmente con temas sociales en el pertubador mundo de Fellini, quien refleja en sus cintas demonios y tormentos personales a través de caricaturas e hipérboles narrativas que desembocan en historias profundas y bien definidas sobre el papel de la mujer en la soledad del hombre.

El genio italiano esgrime la tesis de que ambos son un complemento; el hombre se busca a si mismo y en el camino se encuentra con una mujer que es su reflejo. Ese es el argumento vital de los seres humanos, encontrarse y amarse.

La falta de amor es, precisamente, la carencia más aciaga que persigue a la prostituta protagonista de “Las noches de Cabiria” (1957), uno de los retratos femeninos mejor conseguidos de Fellini. Su mujer en la vida real, Giulietta Masina, da vida a esta pobre infeliz que se ve traicionada una y otra vez.

Sin duda, “Giulietta de los espíritus” (1965) es el tributo de Fellini a la personalidad real de su cónyuge
Sin duda, “Giulietta de los espíritus” (1965) es el tributo de Fellini a la personalidad real de su cónyuge

Sin duda, “Giulietta de los espíritus” (1965) es el tributo de Fellini a la personalidad real de su cónyuge. “En la película, Giulietta es una dama burguesa y ociosa que lucha por comprenderse a sí misma y por liberarse de sus obsesiones”, según se explica en el libro “Federico Fellini, el domador de sueños” (Taschen).

Masina se convierte en la musa de Fellini e interviene en varias películas de su marido. El magnetismo de la pareja traspasa la vida íntima y penetra en el terreno profesional, donde la complicidad física y emocional del matrimonio queda latente en películas como “Almas sin conciencia” (1955), “La Strada” (1954), o “Ginger y Fred” (1985).

Sin embargo, la exuberancia de otra mujer, la actriz sueca Anita Ekberg, consigue una mayor resonancia en el imaginario colectivo con “La dolce vita” (1960); la protagonista, “Sylvia”, se baña en las aguas de la Fontana de Trevi ante un enmudecido y embriagado Marcello Mastroianni, el “alter ego” de Fellini en la Gran Pantalla.

Fellini nació en Rímini y caricaturizó a través del cine todo aquello que marcó su infancia, como la religión, el sexo y el desencanto. Personajes de la cultura popular, repudiados e incomprendidos, pusieron el tinte autobiográfico en algunas cintas.

María Antonieta Beluzzi, la grandiosa estanquera, en “Amarcord” (1973) protagoniza una escena erótica en la que casi ahoga con uno de sus grandes pechos a un joven inocente que se dispone a comprar una cajetilla de tabaco
María Antonieta Beluzzi, la grandiosa estanquera, en “Amarcord” (1973) protagoniza una escena erótica en la que casi ahoga con uno de sus grandes pechos a un joven inocente que se dispone a comprar una cajetilla de tabaco

Su obra más personal es “Ocho y medio” (1963) y, en esta película, también las mujeres confeccionan esa tela de araña onírica y surrealista en la que se refugia un director afectado por una crisis creativa. De igual forma, en “La ciudad y las mujeres” (1979) los sueños se convierten en una morada peligrosa y sorprendente.

Una vez más, Mastroianni intenta lidiar con un universo feminista que algunos críticos consideran mal concebido, desacertado y lleno de incongruencias. “La ciudad y las mujeres” constituye para buena parte de la crítica una película machista y desmesurada.

Madres, payasas, prostitutas, esposas fieles, feministas enardecidas e iconos sexuales, las mujeres de las películas de Fellini son tan multiformes como el trabajo del propio artista: a veces moderado (pocas) y, otras (la mayoría), desquiciado, hilarante, revelador y próximo al paroxismo.