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Una idea, una historia

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Isaiah Berlin (1909-97) nació en Riga, actual capital de Letonia. En 1921 emigró a Inglaterra y en 1942 fue nombrado primer secretario de la embajada inglesa en Washington. Notable por sus estudios sobre la historia del pensamiento, es celebre por su defensa del pluralismo ético
Isaiah Berlin (1909-97) nació en Riga, actual capital de Letonia. En 1921 emigró a Inglaterra y en 1942 fue nombrado primer secretario de la embajada inglesa en Washington. Notable por sus estudios sobre la historia del pensamiento, es celebre por su defensa del pluralismo ético

No deja de ser un dato interesante que Isaiah Berlin, para muchos el pensador liberal más importante del siglo veinte, fuera, como tantas otras figuras intelectuales destacadas de su tiempo, un exiliado. Nacido en la capital letona de Riga –a la sazón, una ciudad rusa– en 1909, llegó a Inglaterra en 1921 huyendo de San Petersburgo con su familia tras la Revolución bolchevique de 1917.

No obstante, al final de su vida y antes de morir en 1997, Berlin llegó a convertirse, a pesar de su procedencia extranjera, en un miembro indiscutible del «establishment» intelectual británico.

Sin embargo, aunque adquirirá renombre intelectual como defensor del liberalismo, será la publicación en 1939 de su primer libro sobre Karl Marx la que va a señalar un cambio de dirección hacia el campo en el que iba a recibir gran parte de su prestigio académico: la historia de las ideas.

¿Dónde radica el interés de la obra de Berlin? En un lugar común se ha convertido, sin duda, la célebre afirmación de Joseph de Maistre de que a lo largo de su existencia había visto franceses, italianos, rusos o que incluso, gracias a Montesquieu, sabía de la existencia de persas, pero que, en cuanto al hombre, nunca había en su vida encontrado ninguno. Hoy, desde luego, tras las catástrofes totalitarias del siglo pasado, sabemos también que no sólo se puede ser trágicamente hombre «a secas», sin determinaciones o anclajes sustantivos, como es el caso de los inmigrantes «sin papeles» que, como fantasmas, desbordan nuestras fronteras del bienestar, sino también que existe una ceguera típicamente nacionalista: la de únicamente ver sólo vascos, españoles, irlandeses o ingleses, que reduce la complejidad del «hombre» a mero miembro de una gloriosa o colonizada entidad nacional y territorial.

En esta tensión trata de habitar la obra de Berlin. Lejos de perseguir un interés erudito, él trató, por un lado, de arrojar luz sobre el papel histórico de las ideas en su presente desde este cuestionamiento de la «armonía racional» apuntado por el tradicionalismo de De Maistre, aunque sin ceder, por otro, a la tentación irracionalista. Básicamente, esta reconstrucción del mapa ideológico del siglo veinte le llevó a distinguir entre la posición «monista» y la «pluralista», una contraposición que, desde un punto de vista histórico, tendrá como contrincantes principales a la Ilustración y la «contrailustración» romántica, pero que recorre el siglo bajo otras etiquetas. No en vano Berlin estudió a autores inclasificables como Vico, Herder, J. G. Hamann, Maquiavelo, Montesquieu o Tolstoi, entre otros, aparte de interesarse por los movimientos intelectuales de los siglos XVIII y XIX.

Sin embargo, la contribución más famosa de Berlin a la filosofía política no es un libro, un artículo o un ensayo, sino la lección inaugural impartida por él en 1958 como profesor de Teoría Política y Social titulada «Dos conceptos de libertad», obra que luego volvería a ser publicada (junto con «Inevitabilidad histórica» y dos contribuciones más) en el ya clásico «Cuatro ensayos sobre la libertad».

En este célebre artículo, Berlin trata de demostrar que, desde el pensamiento moderno en adelante, la filosofía occidental se debate con dos nociones de libertad: la «positiva» y la «negativa». Allí donde la primera incorpora el ideal moral de autonomía al entender la libertad como la facultad de no obedecer ninguna ley externa en cuya elaboración no se haya prestado consentimiento, la segunda tendría como rasgos distintivos la no coacción y la limitación. Esta última consiste en la ausencia de impedimentos externos de las acciones, de modo que cada individuo pueda con sus acciones buscar su felicidad con tal de no impedir la de los demás. Si Rousseau pasa por ser el pensador por excelencia de la libertad positiva, es la tradición liberal, desde Hobbes en adelante, la que habría encarnado el proyecto de la negativa, al defender la prioridad absoluta de la libertad frente a la igualdad.

Hijo de un emigrante ruso comerciante de maderas, judío, que se instala en Inglaterra, Isaiah Berlin consiguió los mayores honores en su país de acogida y, sobre todo, ser considerado uno de los pensadores políticos más influyentes del siglo XX. Entre 1957 y 1967 fue profesor de Teoría Social y Política en la Universidad de Oxford, fundó y presidió el Wolfson College, fue presidente de la Academia Británica entre 1974 y 1978 y recibió, en 1979, el Premio Jerusalén. Entre sus estudios publicados en castellano figuran «El erizo y la zorra: un ensayo sobre el enfoque de la historia de Tolstoi» (1953), «Dos conceptos de libertad» (1958), «Cuatro ensayos sobre la libertad» (1969), «Contra la corriente: ensayo sobre la historia de las ideas» (1979), «Ha nacido Isaías Nitor» (1992) o «El sentido de la realidad» (1996).

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La piel del camaleón pensante

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Ortega y Gasset, en uno de sus viajes a Argentina. De una conferencias en este país en 1939 surgió el libro Meditación del pueblo joven, en el que encontramos una de sus frases más célebres: “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”
Ortega y Gasset, en uno de sus viajes a Argentina. De una conferencias en este país en 1939 surgió el libro Meditación del pueblo joven, en el que encontramos una de sus frases más célebres: “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”

El escritor Jordi Gracia equilibra la dimensión humana con la faceta intelectual de José Ortega y Gasset en una exhaustiva biografía que desactiva varias leyendas sobre este gran pensador y ensayista, entre ellas la de su franquismo o su complicidad con los fascismos.

“En la Guerra Civil, Ortega decide que el bando que mejor protege sus intereses es el franquista. No fue tanto una elección como una resignada opción. Pero luego no tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen”, afirma.

Publicado por la Fundación Juan March y la editorial Taurus dentro de la prestigiosa colección “Españoles eminentes”, el libro rastrea cada año de la vida de Ortega para que se entienda bien cómo se forjó el pensamiento de quien fue “una figura absolutamente capital en la modernización intelectual de España”.

Ortega (1883-1955) era un hombre “insultantemente inteligente” y “una máquina de pensar infatigable”, entre otras razones porque “el placer inagotable de pensar es parte de su intimidad como sujeto”, dice Gracia, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y cuyos ensayos han merecido varios premios.

La vía mejor para adentrarse en la figura de Ortega ha sido “una inmersión integral” en sus cartas, que en su mayor parte permanecen inéditas pero están accesibles en la Fundación Ortega y Gasset.

Y ha trabajado, además, con “esa maravilla de 600 páginas” que es “Las cartas de un joven español”, un libro que muestra al “muchacho que era Ortega entonces, un joven superdotado, con una capacidad mental para organizar la descripción del mundo que era única”, comenta el autor de esta biografía de 700 páginas, fruto de cinco años de trabajo.

Al no escamotear la dimensión humana, Jordi Gracia refleja también las facetas más antipáticas de Ortega, en especial “su complejo de superioridad”. “Era muy engreído y muy suspicaz. No encajaba las críticas”.

“Y tenía un impulso mesiánico redentor”. El horizonte de su ambición intelectual, añade el biógrafo, “era gestar la transformación de España en un país moderno”.

Ortega también descubre pronto que “puede llegar a ser el formulador de la nueva filosofía”. La teoría de la relatividad de Einstein, “en la medida en que descubre un nuevo tiempo en términos físicos, necesita una nueva filosofía”, y esa es la que iba a aportar Ortega, comenta el autor.

En 1914, Ortega ya era “el pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España”. Ese año fue clave en su trayectoria porque “lidera la movilización política de los jóvenes antisistema -entonces habría que llamarlo así- contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal”.

Y ese año publica “Meditaciones del Quijote”, la primera cristalización de su pensamiento. En 1916 “empieza a sentir que tiene ya armada la idea de su razón vital filosófica”.

Este “pensador ateo que identifica como enemigo de su proyecto a la iglesia católica” fue “admirado y respetado” por intelectuales como Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Machado, Juan Ramón Jiménez, Azaña, Gregorio Marañón o Américo Castro.

Esa admiración no evitó que algunos “detectaran pronto la soberbia” de Ortega. Fue Pérez de Ayala el que le dijo “en una carta feroz: ‘usted no acepta las críticas de nadie. Usted cree que es la verdad'”, recuerda Gracia.

Entre “las leyendas” que esta excelente biografía intenta desactivar está la de “la marginalidad política” de Ortega.

Su participación en política “fue muy activa”, asegura el biógrafo. Decidió liderar “la necesidad de ir a una II República” y de luchar contra la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía.

“En su fantasía más secreta estuvo incluso la posibilidad de presidir la República, pero de inmediato se dio cuenta de que era inviable”, señala el autor.

En la Guerra Civil, Ortega consideró “un mal menor” el bando franquista, pero no lo hizo público “salvo en unas pocas líneas en 1938. Por fin sí acepta colaborar con el servicio de propaganda franquista, y lo hace a través de un artículo larguísimo que le sirve para garantizar que él estaba en el lado franquista”, añade el autor.

Le echaron en cara su silencio durante la Guerra Civil, una actitud que “ya había predicado” en 1914. Las guerras, pensaba Ortega, “neutralizan la posibilidad de decir la verdad” y el único modo de estar a la altura era el silencio.

En su correspondencia consta que se suma al bando franquista, pero “eso no significa que de Ortega salga un franquista. No tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen”, subraya Gracia.

En la primera posguerra intentará regresar a España y “tanteará hasta dónde es verdad que él puede servir para reformar en sentido liberal al régimen”.

“El escarmiento es inmediato. Y se da cuenta de que utilizan como herramienta de legitimación del régimen su presencia en España, y sobre todo la conferencia que pronunció en el Ateneo de Madrid en 1946, que causó consternación entre los intelectuales del exilio.

Jordi Gracia tiene muy claro que a Ortega no se le puede asociar con el fascismo. “Ninguno de los dos totalitarismos del siglo XX era solución de nada, decía una y otra vez”, concluye.

Fervor carnal entre palabras

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Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882
Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882.  Lou Andreas-Salomé parodia a Nietzche representando la frase ¿Vas con hombres? No olvides el látigo ( Nietzche solía repetir la frase de su ama de llaves : “¿Vas con mujeres? No olvides el látigo”)

Nacida en San Petersburgo, Lou Andreas Salomé (1861-1937) fue una escritora, pensadora y psicoanalista que figuró en los círculos intelectuales más notables de la Europa de finales del siglo XIX. A pesar de convivir con las mentes más privilegiadas de su época, ella es hoy virtualmente desconocida, un hecho que nos obliga a cuestionarnos la validez de la fama.

Hija de un general ruso que trabajaba al servicio de la familia Romanov, a los 17 años conoció a su primer mentor, Henrik Gillot, maestro de los hijos del zar que la iniciaría en teología y en literatura francesa y alemana. Gillot, casado y con hijos, se enamoró rápidamente de Lou y pidió su mano, ella lo rechazó.

En 1880, Lou viajó a Zúrich con su madre donde cursó estudios de dogmática e historia de la religión en la Universidad de Zúrich. Dos años después se trasladó a Roma donde conoció a Paul Rée (quien sería su amante durante un tiempo) y a Friedrich Nietzsche, con quienes establecería un trío intelectual apabullante. Sus viajes y estudios continuaron, hasta que en 1887 conocería al hombre con quien se casaría, Carl Friedrich Andreas. El matrimonio con Andreas, que duró hasta la muerte de él en 1930, nunca fue consumado, pues se dice que él la chantajeó con suicidarse si no aceptaba casarse con él y que siempre vivieron en casas separadas, además de que Lou mantuvo relaciones con otros hombres durante el resto de su vida

Salomé mantendría una independencia económica de su marido escribiendo artículos y libros. Fue la primera en publicar estudios sobre la obra de Nietzsche, seis años antes la muerte del filósofo, quien en algún punto se enamoró de ella y le pidió matrimonio, propuesta que ella, una vez más, rechazaría. Algunos estudiosos creen que fue en esta etapa y bajo la influencia del desencanto que Nietzsche escribiría Así habló Zaratustra.

En 1897, ya casada con Andreas, Lou conoció al escritor Rainer Maria Rilke, con quien mantendría una relación amorosa durante muchísimos años. El joven poeta, quince años menor que ella, se enamoró instantáneamente de Lou, que al principio lo rechazó. Después de tiempo y tras la insistencia de Rilke, ella accedió a tener una relación con él, que siempre osciló entre el amor, la amistad, la admiración, el amor platónico y una relación creativa muy profunda. Prueba de su prolongada e intensa relación son las cartas de amor que se escribieron y que aún se conservan. Entre otras muchas cosas, ella le enseñó ruso a Rilke, para que éste pudiera leer a Tolstói y a Pushkin.

En 1902, tras el suicidio de Paul Rée, Salomé entró en una profunda crisis de la que saldría con la ayuda del doctor vienés Friedrich Pineles. Ella mantendría una relación amorosa con él que resultaría en un aborto voluntario por parte de Lou.

Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. Más allá de la práctica del feminismo militante, se dedicó como deporte a probar hombres de máximo nivel, a sobrevolarlos, a enamorarlos y a abandonarlos a fin de hacerse inolvidable. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño
Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. Más allá de la práctica del feminismo militante, Lou se dedicó como deporte a probar hombres de máximo nivel, a sobrevolarlos, a enamorarlos y a abandonarlos a fin de hacerse inolvidable. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño

En 1911, ella conoció a Sigmund Freud e inmediatamente se enganchó con el psicoanálisis, siendo la única mujer aceptada en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Ambos mantendrían una relación amistosa de profundo respeto y cariño durante el resto de sus vidas. A partir de 1915, ella comenzó a dar consulta psicoanalítica en la ciudad alemana de Gotinga.

Lou se familiarizó rápidamente con los pensamientos fundamentales de Freud y le solicitó poder trabajar bajo su dirección, a lo que él accedió gustoso. En el plano personal, Freud llegó a decir de Lou que se había acostumbrado tanto a su presencia que se sentía molesto cuando su silla estaba vacía, además admiraba de Lou que supiese reírse de sí misma, que no fuera rencorosa y que no se jactara de sus hazañas ni celebrara sus amistades. La amistad entre ambos duró un cuarto de siglo, hasta la muerte de Freud. En el plano profesional, tras elegir la profesión de psiquiatra, se entrega a ésta en cuerpo y alma, a pesar de que Freud le advierte de los peligros de dedicar más de 10 horas diarias al psicoanálisis, ya que ella trabajaba incansablemente.

Uno de los temas que más interesó a Lou fue el instinto sexual, ya que ella había publicado su libro “El erotismo” un año antes de conocer a Freud, quien confirmó muchos de los hallazgos obtenidos por Lou independientemente de sus propias investigaciones; según Lou, la sexualidad era una necesidad física como el comer, el amor correspondido muere de saciedad y la vida amorosa natural se basa en la infidelidad. Además, para Lou, el amor sexual, la creación artística y el fervor religioso son tres aspectos distintos de la misma fuerza vital; el símbolo de este triple aspecto de la fuerza vital es la triple función de la mujer como amante, madre y virgen.

Lou Andreas Salomé murió en 1937, a los 76 años de edad, a causa de una falla renal. Su pensamiento mezcló el psicoanálisis freudiano con la filosofía de Nietzsche y sus estudios se basaron, principalmente, en el narcisismo y en la sexualidad femenina.

Se trata de una mujer que vivió su vida con una extrema libertad, fuera de lo común para su época; ella fue un ícono de la mujer liberada de principios del siglo XX. Y a pesar de que extrañamente permanecería en la región sombría de la memoria histórica, lo cierto es que algunos de los hombres fundamentales de los últimos cien años suspiraron más de una vez por ella.

Cioran, ese oscuro horizonte

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Emil Cioran, denunciador de la miseria humana e ironista empedernido, melancólico y febril
Emil Cioran, denunciador de la miseria humana e ironista empedernido, melancólico y febril

Hijo de un prelado de la Iglesia ortodoxa, E. M. Cioran nació en Rasinari (1911), un pequeño pueblo de Transilvania, donde transcurrió su infancia en contacto con la naturaleza. De la madre parece heredar su inclinación a la melancolía. Por oposición a su padre, a quien, sin embargo, respeta, fue hasta los 17 años un ateo furioso.

Con “De lágrimas y de santos” (1937), cuarto de los cinco libros escritos y publicados en su país, Cioran conjura la gran crisis religiosa de su vida. Reescribe cuatro veces su primer libro en francés, lengua cuyo rigor le resulta “inhumano, infernal”; Gallimard publica inmediatamente ese libro (Breviario de podredumbre, 1949), al que seguirá una obra singular (“Silogismos de la amargura”). Vendrán después “La tentación de existir”, “El aciago demiurgo”, “Del inconveniente de haber nacido” (editado por Taurus), “La caída en el tiempo” (Monteávila) e “Historia y utopía” (Artífice). Hasta llegar a “Desgarradura” (Montesinos, 1983), libro en el que Cioran suscita posiciones extremas, y los extremos comprometen siempre.

Maestro del aforismo, ese “fuego sin llama” que permite aventurarse en la paradoja humana, inclinado a hurgar en las llagas propias, desgarrado entre la maldición de haber nacido y el vicio de vivir, al escritor rumano le queda pequeña la condición de hombre.

En 1996, el filósofo y escritor rumano publica “De La caída en el tiempo”. En el texto, observa que “el encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo deforme, linda con la indecencia”. “Sin duda es deplorable que todavía devoren en ciertas tribus a los ancianos estorbosos; sin embargo, no hay que olvidar que el canibalismo representa, tanto un modelo de economía cerrada, como una costumbre que, algún día, seducirá al atestado planeta. y a pesar de que se persiga sin piedad a los antropófagos, no me conmueve que vivan en el terror y que terminen por desaparecer, minoría ya de por sí, desprovista de confianza en sí misma, incapaz de abogar por su propia causa”, dice.

Apunta además Cioran que distinta, y en extremo distinta subraya, es “la situación de los analfabetos, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre cuando desaparezca el último iletrado”.

Así, Ciorán cree que “el interés de los hombres civilizados por los pueblos que se llaman atrasados es muy sospechoso. Incapaz de soportarse más a sí mismo, el hombre civilizado descarga sobre esos pueblos el excedente de males que lo agobian, los incita a compartir sus miserias, los conjura para que afronten un destino que él ya no puede afrontar solo.

A fuerza de considerar la suerte que han tenido de no “evolucionar”, experimenta hacia ellos los resentimientos de un audaz desconcertado y falto de equilibrio. ¿Con qué derecho permanecen aparte, fuera del proceso de degradación al cual él se encuentra sometido desde hace tanto tiempo sin poder liberarse?

La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. “Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno”, es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo.

Excedido por sus taras y, más aún, por sus “luces”, sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. El hombre civilizado ya procedía así incluso en la época en que no era ni tan “ilustrado” ni estaba tan harto, sino entregado a la avaricia y a su sed de aventuras y de infamias. Los españoles, por ejemplo, en la cúspide de su carrera, debieron sentirse tan oprimidos por las exigencias de su fe y los rigores de la Iglesia, que se vengaron de ellos mediante la Conquista”.

“¿Alguien trata de convertir a otro? No será jamás para salvarlo, sino para obligarlo a padecer, para exponerlo a las mismas pruebas por las que atravesó el impaciente convertidor: ¿vigilia, plegaria tormento? Pues que al otro le ocurra lo mismo, que suspire, que aúlle, que se debata en medio de iguales torturas. La intolerancia es propia de espíritus devastados cuya fe se reduce a un suplicio más o menos buscado que desearían ver generalizado, instituido. La felicidad del prójimo no ha sido nunca ni un móvil ni un principio de acción, y sólo se la invoca para alimentar la buena conciencia y cubrirse de nobles pretextos: el impulso que nos guía y que precipita la ejecución de cualquiera de nuestros actos, es casi siempre inconfesable. Nadie salva a nadie; no se salva uno más que a sí mismo, aunque se disfrace con convicciones la desgracia que se quiere otorgar. Por mucho prestigio que tengan las apariencias, el proselitismo deriva de una generosidad dudosa, en sus efectos que una abierta agresividad. Nadie está dispuesto a soportar solo la disciplina que ha asumido ni el yugo que ha aceptado. La venganza asoma bajo la alegría del misionero y del apóstol. Su aplicación en convertir no es para liberar sino para convertir”

Grageas de amor para la desigualdad

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María Zambrano, de joven, en el ponte Vecchio de Florencia
María Zambrano, de joven, en el ponte Vecchio de Florencia

«Pero si los hombres hubiesen amado de otro modo a la mujer! Mira, lo veo claro, lo sé, las mujeres seríamos de otro modo», escribe una joven María Zambrano a su novio, Gregorio del Campo, en una de las casi 70 cartas inéditas que ven la luz ahora, veinte años después de la muerte de la pensadora.

Unas cartas inéditas de una María Zambrano veinteañera pero muy intensa en las que se vislumbran todos sus temas y preocupaciones, una «protomaría», como explica la profesora, poeta y experta en la pensadora malagueña Marifé Santiago Bolaños, que ha reunido este revelador material en un bello libro, editado por Linteo.

Cartas y misivas escritas en los años 20 del pasado siglo en Segovia, a donde María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) se trasladó con su familia y donde estudió el bachillerato antes de pasar a Madrid. Ahora se han hecho públicas gracias a la familia de Gregorio del Campo, que las ha conservado cuidadosamente.

«Eran las cartas de dos enamorados. Gregorio del Campo, «uno de los miles de desaparecidos en las fosas comunes de la memoria histórica», fue encarcelado en 1936, siendo ya el capitán Gregorio del Campo. Pero, en los años veinte, el joven enamorado era un alférez de artillería que estaba estudiando para ingeniero industrial en la Academia de Zaragoza.

La sobrina de Gregorio del Campo le habló de estas cartas «conservadas con tanto amor» a Marifé Santiago, un material que no eran las cartas de María Zambrano sino las de la novia del tío, conservadas por la abuela, con toda la carga afectiva que conlleva ello, precisa la editora.

Y unas cartas de las que María Zambrano nunca volvió a hablar. «Parece fácil, pero no lo fue. La familia pensó en ponerse en contacto con ella cuando regresó del exilio en 1984, tras 45 años de exilio, pero al final no lo hicieron por puro escrúpulo».

Santiago Bolaños cuenta en la introducción del libro que la relación entre ambos fue entre 1921 y 1928, pero también que el primer amor de la autora de El hombre y lo divino fue Miguel Pizarro, su primo, a quien conoció en Segovia con 13 años.

Una relación que se tornaría más íntima poco tiempo después, en 1920 y que no vería con buenos ojos el padre de la pensadora. Después Pizarro se fue a Japón y María Zambrano comenzó a salir con Gregorio del Campo en 1921. Pizarro vuelve en 1928 y es cuando Zambrano rompe su noviazgo con Gregorio.

«Las cartas demuestran el amor adolescente que va madurando ante la sorpresa que supone descubrir el propio cuerpo o la reflexión extrema desde el mismo dolor, el silencio, los secretos que la memoria guarda: lo que la vida destierra, lo que la vida deja más allá de la tierra; también lo que la memoria, de pronto destierra», escribe la editora.

Contra la desigualdad

María Zambrano criticó desde su primer libro de 1930, “Horizonte de Liberalismo”, publicado ahora en el volumen I de sus Obras Completas, todo sistema fuente de injusta desigualdad. La pensadora participaba con 24 años en actividades cívicas y en la FUE, que precipitó la caída de Primo de Rivera.

Este reclamo ético de igualdad y libertad, base de su defensa de la democracia en favor de las clases humilladas, llega en un nuevo volumen de sus Obras Completas.

Zambrano advirtió antes de morir en 1991 de la necesidad de “renacer” de un Occidente que “había perdido el alma, el mundo y la tierra” y propuso una “razón poética” que recuperase las raíces del sentir y de la experiencia del hombre.

El volumen I de las Obras Completas de María Zambrano (Vélez-Málaga 1904-Madrid 1991), es el tercero en aparecer de los ocho que componen finalmente la edición que publica Galaxia Gutenberg, bajo la dirección de Jesús Moreno Sanz, profesor de Filosofía de la UNED y especialista en la obra de la pensadora.

Recupera este volumen varios textos inéditos y recoge los cuatro primeros libros de Zambrano, fechados entre 1930 y 1939: “Horizonte de Liberalismo” (1930) y “Los intelectuales en el drama de España” (1937), de carácter cívico y político, y “Pensamiento y poesía en la vida española “(1939) y “Filosofía y poesía” (1939), en los que busca la “razón poética” antes de salir para el exilio, en el que vivió cuarenta años.

En estos primeros libros está ya la raíz del pensamiento de María Zambrano, en la que se entrecruzan la razón cívica, que se ocupa de la libertad y de los problemas de la ciudadanía, y la razón poética, con la que propuso recuperar la unión en el pensar de filosofía, poesía y religión.

Ella ve muy claramente la malversación de la política, por eso busca la raíz de la política como algo vivo, la “razón cívica”, que es lo que ella hizo implicándose en actividades ciudadanas y en grupos como la FUE (Federación Universitaria Escolar), que al decir de muchos historiadores de ese momento precipitó la caída de la dictadura de Primo de Rivera.

Lo que propone es un nuevo liberalismo y una mayor igualdad económica, para lo que habría de reformarse radicalmente el capitalismo. Y, claro, una libertad cultural. Es el pistoletazo de salida del pensar de María Zambrano, que antecede a su valerosa opción republicana, en el segundo libro, “Los intelectuales en el drama de España”, una crítica al fascismo, preludio de su crítica al totalitarismo a partir de 1940.

“Escribo bajo las bombas”, le dice en carta a Rosa Chacel, cuando trabaja en este libro en Barcelona, después de su regreso a España en 1937, en un momento en que se daba ya por perdida la guerra para los republicanos. Le preguntó un periodista: ¿cómo vuelve ahora que todo el mundo se va y la guerra está perdida? “Por eso, precisamente”, respondió.

En “Los intelectuales en el drama de España” es muy visible cómo la pensadora pasa de la defensa de la República, muy vehemente y apasionada en sus primeros textos, simbolizada en Atenea con escudo, casco y armas, a la razón misericordiosa, encabezada por el artículo sobre “Misericordia” de Galdós, que supera todo rencor sin dejar de defender la República.

Esta razón misericordiosa antecede a la “razón poética”, que nacerá ya como tal entre 1954 y 1956.

En ‘Pensamiento y poesía española’ resalta que en el propio fracaso español anida la ‘trágica esperanza’, que atravesará toda la obra de la pensadora, en suma, la máxima esperanza en el resurgir de una democracia en España, como la historia ha demostrado. ‘Filosofía y poesía’ es ya el máximo impulso de esa razón cívica hacia la ‘razón poética’.

Angustia existencial frente a la cafetera

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En la II Guerre Mundial, Sartre primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión
En la II Guerre Mundial, Sartre primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión

Sarah Bakewell publica en España ‘En el café de los existencialistas’ (Ariel), un recorrido por las vidas de los filósofos franceses surgidos a mitad del siglo XX (Sartre, Beauvoir o Camus) acompañados de sus textos más famosos, algo que la autora considera “inseparables”.

“Me di cuenta de que me interesaba mucho más cómo afectaba su vida a sus pensamientos, aunque también me atraía el otro polo, el de cómo los pensamientos les llevaban a actuar de esa forma. En realidad, para el existencialismo la vida es inseparable de la filosofía”, explica Bakewell.

Bakewell había publicado antes de este trabajo un ensayo sobre la figura de Montaigne, ‘Cómo vivir’. La autora reconoce que hay muchas conexiones entre el escritor francés y los existencialistas, sobre todo en la importancia de “la experiencia vivida”, aunque una con una diferencia “fundamental”.

“En el existencialismo hay una ansiedad que no la encuentras en Montaigne. Él no estaba conectado con esa angustia existencial, aunque pasó por una crisis y una depresión justo antes de escribir sus ensayos”, señala.

Preguntada por los motivos que le han llevado a abordar la vida y obra de esta generación, Bakewell señala que el existencialismo “tiene mucho que ofrecer” a la sociedad actual. “Simplificando mucho, es una filosofía de experiencia, no tan teórica como otras, y con un sentido muy fuerte de esperanza. Es una filosofía bastante optimista”, añade.

‘En el café de los existencialistas’ recoge numerosas anécdotas de las caras visibles de esta filosofía. Empezando por Heiddeger, quien “seguramente” sea para Bakewell “el filósofo más importante del siglo XX”. A pesar de haber sido orillado por su acercamiento a los nazis y de su lenguaje teorético, el filósofo alemán ha conseguido influir en distintos campos como la arquitectura o el arte.

“Karl Jaspers, que acabó enfrentado a él, creía que lo más importante era comunicar y llegar a la gente. Heidegger era muy malo en ese apartado, porque usaba un lenguaje muy opaco, lo tienes que leer en sus propios términos y no hace esfuerzos para ser legible. Pero viendo su posterior influencia…¿quién fue el comunicador de verdad?”, pregunta irónicamente.

La II Guerra Mundial se cruzó en el camino de Sartre, Camus y compañía, que se vieron obligados a tomar decisiones que no acompañaban siempre sus ideales. “Por ejemplo, durante la ocupación alemana, Camus publicó ‘El rebelde’ y tuvo que omitir todo un episodio que iba sobre Kafka, que era judío. No habría podido publicarlo con ese capítulo y accedió a quitarlo”, señala la autora.

Por el contrario, Bakewell cuenta que Sartre tuvo más suerte en este conflicto y primero fue llevado a un puesto fronterizo donde nunca pasaba nada y podía invertir su tiempo en leer y escribir. “Posteriormente, con la llegada de los nazis, fue llevado a un campo de guerra y consiguió salir simplemente pidiendo ver a un óptico por sus problemas de visión”, cuenta con humor.

Pero sobre todos ellos, Bakewell destaca la figura de Simone de Beauvoir, autora del ‘Segundo sexo’, “posiblemente la obra más influyente” de estos existencialistas. “Consiguió cambiar la forma de pensar de la gente, es como Darwin con la ciencia o Marx con la política. Antes de ‘El segundo sexo’, la gente hablaba del hombre en abstracto como si fuera universal, y todo lo relacionado con la mujer se separaba específicamente. Eso ha cambiado”, resalta.

La atracción de los franceses por Estados Unidos ocupa otra parte del libro. “Había un interés recíproco, pero mal entendido: los americanos les veían como algo muy europeo, muy ‘noir’, que venían de sórdidos cafés…mientras que en Francia eran admirados como algo salvaje que te hacía bailar toda la noche y tener muchas relaciones sexuales”, concluye.

Emerson y Nietzsche en los contornos del alma

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De izquierda a derecha, Nietzsche y Waldo Emerson
De izquierda a derecha, Nietzsche y Waldo Emerson

La vida y obra del destacado filósofo Friedrich Nietzsche sigue siendo motivo de estudio. Así lo demuestra, el libro “Nietzsche parásito de Emerson”, concebido por el autor chileno Jorge Luis Gómez.

El autor explica que se trata de un libro que “muestra facetas de la vida de Nietzsche la importancia sobredimensionada que ve éste en las ideas y conceptos de Waldo Emerson”.

“Nietzsche parásito de Emerson” desarrolla una mirada crítica sobre el pensamiento nietzscheano, rastreando sus orígenes en el escritor y filósofo estadounidense del siglo XIX que se cultivó en la línea del trascendentalismo (que en su caso, y como lo escribe Gómez, “piensa en lo inteligible que hay en la naturaleza… omitiendo al dios para destacar, sin más, al hombre representativo y superior”).

Hay una comparación en Nietzsche entre Waldo Emerson y su amigo Thomas Carlyle que dibuja bien los contornos de su alma: Emerson, mucho más ilustrado, fantasioso, variado y sutil que Carlyle, sobre todo mucho más feliz… Es alguien que, instintivamente, se alimenta sólo de ambrosía, que deja lo indigerible en las cosas… Comparado con Carlyle, un hombre con gusto… Emerson tiene esa bondadosa e ingeniosa amenidad que desarma a cualquier gravedad.

¿Qué sucede para que el pensamiento de Emerson sea apropiado y destacado bajo la escritura nietzscheana? Por una parte, ideas como ‘voluntad de poder’ o ‘superhombre’ fueron desarrollados por Emerson en un contexto que lo liga mucho más al ámbito religioso-existencial que al filosófico. Algo de lo que Nietzsche pareciese aprehender, elaborando un sistema de pensamiento riguroso y próximo al lenguaje de la filosofía. Lograr desentrañar esta realidad fue posible únicamente, para Gómez, tras la lectura de los textos póstumos de Nietzsche, aquellos que muchas de las veces escaparon de las lecciones universitarias de filósofos de la altura de Martin Heidegger (y uno de sus más elocuentes investigadores).

Son en estos escritos, desarrollados en la etapa juvenil del pensador alemán, en los que es plausible una relación directa con Emerson. Al respecto, Gómez expone que fue a los 17 años cuando Nietzsche leyó por primera vez al estadounidense. Tres años antes, en su diario, él anotaría que “en nuestra juventud nos acostumbramos a imitar aquello que nos gusta”. Y posiblemente esta es la entrada para conocer a la perfección que él era consciente de que sus lecturas juveniles influenciarían, de algún modo, en su posterior producción intelectual. Así, en sus largas jornadas de lectura, se dio forma a esta relación filial con el pensador del trascendentalismo.

Para lograr establecer una línea tan clara en las relaciones entre estos pensadores, Gómez hace usanza de una de las herramientas que lo han caracterizado como académico: la escuela filológica germánica.

Autor de las famosas obras “Así habló Zaratustra”, “El Anticristo” y “El crepúsculo de los dioses”, Friedrich Nietzsche quien fue llamado “el Filósofo de la psicología” nació el 15 de octubre de 1844, en Röcken, Prusia.

Los primeros años de su vida transcurrieron en el seno de una familia que lo educó en un ambiente religioso, ya que su abuelo y su padre eran pastores protestantes.

Cuando Nietzsche tenía cinco años enfrentó la muerte de su progenitor y pasó parte de su infancia en un hogar integrado por cinco mujeres: su madre Franziska, su hermana menor Elisabeth, su abuela materna y dos tías solteras.

Sus estudios superiores en Filología clásica los cursó en las universidades de Bonn y Leipzig, y a los 24 años obtuvo la cátedra extraordinaria de la Universidad de Basilea, para ejercer como docente, la cual dejó al decepcionarse por el academicismo universitario.

El filósofo tuvo tres etapas en su vida; una primera estética o romántica, a partir de 1968, influenciado por su amigo Richard Wagner (1813-1883), con quien mantuvo una relación de amistad-odio.

La segunda, la cual data a partir de 1978 en la que su modo de vida modesto y austero se ve perseguido por sus problemas de salud. Época donde nació su interés por la cultura griega, la cual influenció su ideología.

Durante ese lapso, Nietzsche pretendió en matrimonio a la poetisa Lou Andreas Salomé (1861-1937) por quien fue rechazado, tras lo cual se recluyó definitivamente en su trabajo.

La tercera etapa empezó desde la segunda mitad de los años 80, denominada como su madurez, y termina hasta su internado en Basilea en 1889. En este periodo escribe sus obras destacadas “Así habló Zaratustra” (1883-1885), “Más allá del bien y del mal” (1886) y “El Anticristo” (1888).

A finales de esa década, Nietzsche fue recluido en una casa de locos, en Basilea con el diagnóstico de parálisis progresiva. Meses después su madre lo sacó de ahí y lo llevó a Jena, a la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Binswanger.

Para el año siguiente, el filósofo llegó a la ciudad alemana de Naumburg, en donde en compañía de hermana vivió con su madre, hasta que ella murió en 1897 por lo que Nietzsche fue cuidado por su hermana hasta la llegada de su fallecimiento, ocurrido el 25 de agosto de 1900.

Entre otras obras célebres del autor destacan “La genealogía de la moral” (1887), “El crepúsculo de los dioses” (1888), “Ecce Homo” (1889).