folk

Y al décimo álbum se hizo la luz

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Joni y Charlie, durante la grabación de "Mingus" (1979)
Joni y Charlie, durante la grabación de “Mingus” (1979)

“Mingus” fue el décimo álbum grabado en estudio de Joni Mitchell, en colaboración con el músico de jazz Charles Mingus. Grabado en los meses anteriores a la muerte de Mingus, sería en definitiva su proyecto musical final.

El álbum es bastante experimental, jazz minimalista, oyéndose zumbidos de guitarras acústicas e incluso lobos aullando en “El lobo que vive en Lindsey”.

Todas las letras son de Mitchell, mientras que la música de cuatro de las canciones fue compuesta por Mingus: tres son temas nuevos, un cuarto de su homenaje al saxofonista Lester Young de su clásico de 1959 “Mingus Ah Um” (el tema “Goodbye Pork Pie Hat”, para el que Mitchell escribió la letra).

Mitchell contrató a personal del grupo de jazz fusión Weather Report para tocar en las sesiones. “Mingus” marcó también la primera reunión del saxofonista Wayne Shorter y el pianista Herbie Hancock en el estudio desde que fueran miembros de la banda de Miles Davis en 1969.

El Album está empalmado con extractos de grabaciones (Raps) proporcionados por Graham-Sue Mingus, entre ellos un canto en interacción entre Mingus y Joni. Discuten sobre la edad de Mingus en una fiesta de cumpleaños; en “Funeral” Mingus y otros argumentan cuánto tiempo tendrá que vivir y cómo será su funeral.

“God Must Be a Boogie Man” fue la única canción que Mingus no pudo oir, ya que se terminó dos días después de su muerte.

El trabajo de arte presenta varias pinturas hechas por la propia Michell de Mingus.

La infravalorada Mitchell

Multi-instrumentista como pocas, excelente compositoras y gran vocalista. Su música paseaba por diferentes ritmos, y tenía un estilo muy partícula, ya que componía afinando su guitarra en diferentes escalas. Sin embargo, luego que lograra la plenitud de su carrera en los 70’, las próximas décadas fueron inhóspitas para esta genial canadiense. Cuando comenzaron a fijar sus ojos en sus talentos, con el objetivo de ponerle una corona y sentarla en un trono, Mitchell comenzó a quitar el pie del acelerador de su carrera. Al parecer sintió temor, y no le gustó ese futuro para ella, que la industria le estaba preparando.

Aparte de la música, Mitchell pintaba cuadros, y era su gran excusa cuando abandonaba en algún momento el piano, o sus instrumentos de cuerdas. Sin embargo con la música, a pesas de sus continuas idas y venidas, Joni Mitchell ha logrado grandes cosas.

En sus comienzos, Mitchell componía su música para otros cantantes del momento. Y con sus primeras canciones con estilo folk, se pudo comprobar el gran gancho que tenía en la gente. “Urge for Going” fue un éxito en las interpretaciones del cantante country George Hamilton IV, del intérprete folk Tom Rush y, muchos años después, de la banda escocesa Travis. También la irlandesa Luka Bloom grabó la canción. La versión original de este tema, grabada por Joni Mitchell en 1967, no vio la luz hasta 1972, como cara B del single de 1972 “You Turn Me On I’m A Radio”, y no fue editada en álbum hasta el recopilatorio “Hits”, en 1996.

Otros intérpretes lograron éxitos con canciones de Joni Mitchell: Judy Collins, a principios de 1968, grabó “Both Sides Now” y el grupo de folk rock británico Fairport Convention incluyó “Chelsea Morning” y “I Don’t Know Where I Stand” en su álbum de debut, grabado a finales de 1967, y “Eastern Rain” en su segundo álbum al años siguiente.

Joni Mitchell, fue escalando por varios estilos en su carrera. Luego de su exitoso inicio en el Folk, tomó el blues, luego el jazz, probó también el rock y el pop, cosechado varios premios Grammy en las diversas categorías, incluyendo pop tradicional, la música pop y su destacada trayectoria. Sus otras grabaciones exitosas notables incluyen Blue (1971), el silbido de céspedes de verano (1975), el altamente experimental Hégira (1976) y Turbulent Indigo (1994)

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La esencia del lobo solitario

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Neil Young y su perro Harte, en 1971
Neil Young y su perro Harte, en 1971

Neil Young siempre está en movimiento. Amante de los autos y de los trenes eléctricos, es un artista y un creativo en permanente estado de vibración que también lo llevó a desarrollar el Pono (un reproductor musical de alta calidad) y un prototipo de auto eléctrico. Ahora, es el turno de abrir sus archivos, un sitio en el que de manera gratuita (hasta el 30 de junio de 2018, luego se cobrará una suscripción), comparte toda su discografía en sonido de alta definición. No solamente sus discos, sino también grabaciones inéditas que sólo se conseguían a través de The Archives Vol. 1 1963–1972, un costosísimo box-set de más 8 CDs y DVDs que​ Stephen Thomas Erlewine, periodista del sitio Allmusic, definió como “un trabajo extraordinario que redefine lo que una autobiografía debe ser”.

Porque si de vida y obra se trata, probablemente Neil Young sea el músico de la cultura rock en formato o como eléctrico (como también sofisticadamente orquestal: basta escuchar esos “poemas sinfónicos” perfectos junto a la la Orquesta Sinfónica de Londres, como A Man Needs a Maid y There’s a World) que mejor simboliza esa música que nació a mitad del siglo pasado. ¿Existe acaso una curvatura narrativa –tanto ascendente como descendente– que empiece en los 60, atraviese el punk y que anticipe los últimos movimientos del rock? El comienzo del rock, el punk, y los 90 del grunge y Nirvana se cruzan en (tan sólo) uno de sus tantos clásicos, la canción Hey, hey, my my de 1978: “El Rey se ha ido pero no ha sido olvidado: ¿Es ésta la historia de Johnny Rotten?”. Y luego las palabras que usara Kurt Cobain en su nota de suicidio: “es mejor quemarse que extinguirse lentamente”. Un epitafio, una parábola del rock de un joven hippie veterano, coronando al líder de los Sex Pistols en tiempo real, a través de Elvis y predestinando el movimiento grunge.

En el enlace se puede disfrutar de su música en alta calidad de audio: sus discos solistas de los comienzos, sus primeros éxitos con Buffalo Springfield y la fama con el súper-grupo Crosby, Stills, Nash and Young. Pero también su pre-historia con sus primeros grupos Beat como The Squires. Es una forma, que aunque en principio suene morrocotuda y oceánica (son cientos y cientos de canciones) nos acerca a un artista canadiense que, como sus compatriotas Joni Mitchell y The Band, definió como pocos ese género estadounidense por excelencia llamado con rigor tautológico pero también con justicia, Americana: la amalgama del folk, el góspel y el blues, todo sazonado con swing. Un cantante, compositor, guitarrista, harmoniquista y eventual pianista que sigue dando obras maestras como el disco Harvest Moon en los 90 o el más reciente Prairie wind. Una manera de explorar la obra de un músico que fue versionado por Johnny Cash, Nick Cave o Radiohead.

Un caballero llamado Percival

Neil Percival Young nació en Toronto, Ontario, el 12 de noviembre de 1945. Los Neil Young Archives nos dan un vistazo de sus comienzos con su grupo adolescente The Squires: Un rock garagero, surfer y de toques hawaianos. Vale la pena detenerse en la canción I wonder, pura invasión british de la época o en canciones como Aurora y el demo de Sugar Mountain, una muestra de su joven talento del artista y de la que también encontramos una versión en vivo de 1969, en vivo en Toronto. El siguiente grupo de Young fue Mynah Birds, de los que más tarde surgirían los fundadores del grupo Steppenwolf y para buscar información de cualquiera de las encarnaciones de Young, los archivos ofrecen varias modalidades de búsqueda: el simple botón de search que permite buscar por canción, álbum o agrupación según la época y que nos conduce a información detalladísima sobre una entretenida plataforma de diseño vintage (como los viejos ficheros mecánicos alfabéticos), pero también a través de una línea de tiempo. La Timeline es una cronología que recorre desde los años 60 hasta la actualidad.

For what it´s worth: el sonido de Vietnam

Algo está pasando aquí.
Y no está del todo claro.
Hay un hombre con una pistola por allí
Diciéndome que tenga cuidado.
Creo que es hora de parar.
Chicos, ¿Qué es ese sonido?

Formación de Buffalo Springfield, con Neil Young en el centro
Formación de Buffalo Springfield, con Neil Young en el centro

Young viaja a California y forma Buffalo Springfield, junto a Stephen Stills, antiguo compañero de escenarios canadienses. Se trata de su primer grupo de trascendencia y del grupo que junto a The Byrds fue pionero del sonido folk-rock politizado de la época (con parte de The Byrds luego formaría el Crosby, Stills, Nash & Young). Fueron tres discos muy buenos y varios intentos de reencuentro en las décadas venideras (con varias bajas a cuestas), pero sobre todo un disco debut contundente, que contaba ya con cinco composiciones de Young y uno de las grandes canciones contra la invasión en Vietnam: For what it´s worth, de la pluma de Stills, aun sigue repiqueteando inspirada, un llamado a parar la guerra que todavía suena creíble. En los archivos pueden escucharse tanto la versión original, como otras en vivo que llegan hasta el 2008, lo que prueba que se trata de un clásico de (o por) Young de largo aliento.

Buffalo Springfield Again, segundo disco del grupo ya contaba con lo que serían algunos de los éxitos imperecederos de Young: Mr. Soul, Expecting to Fly y Broken Arrow. El primero -que usaba el riff principal de (I Can’t Get No) Satisfaction de The Rolling Stones– serviría para demostrar como Young podía convertir un rock n roll de fuga hacia adelante en una canción folk y noir. Y los archivos ofrecen el encanto de comprobarlo a través de varias versiones: Una trasposición de lo acústico a lo eléctrico (o viceversa) que sería el procedimiento ejemplar en toda su carrera. Basta escuchar la versión de Mr. soul para su disco MTV Unplugged. La segunda y el tercera canción, capitales en su obra (su rancho privado se llama Broken arrow) nos enseñan algo aún más curioso sobre su poesía y su prosa: un espíritu ancestral y ornitológico, un autor para el que el folklore, las aves (el volar) y la libertad están íntimamente conectadas. ¿Ejemplos? Expecting to Fly, Birds, Danger bird, High flyin bird, Flying on the ground is wrong, su grupo de los comienzos Myna Birds o el ave en la tapa del disco Zuma.

¿Estás listo para el country?

Cronológicamente hablando, Neil volaba alto y no le alcanzaba con compartir un grupo. Su álbum debut, el homónimo Neil Young (con una ayudita de Ry Cooder y la producción de David Briggs, que sería su principal colaborador en el sonido de sus discos) es ya un disco solidísimo que incluye temas como The loner y I’ve been waiting for you (y de éste en los archivos podemos escuchar una mezcla de audios inédita). Si se observa las versiones que tendría ésta canción en el futuro (nada menos que por Dinosaur Jr., Pixies y David Bowie) podría decirse que en aquella ópera prima Neil ya miraba al futuro con un oráculo infalible. Y The best is yet to come, como cantara Sinatra: a partir de allí, y mientras su éxito con Crosby, Stills, Nash & Young no cejaba, 7 discos intensos, todos ellos disponibles en estos archivos y en versiones remasterizadas. Un primer canon-cancionero de Young, desde su disco debut hasta Zuma, donde muchas tradiciones conviven.

De izquierda a derecha, Neil Young, David Crosby, Stephen Stills y Graman Nash, quienes atisbaron el cuadrilátero perfecto en discos como "Dejà Vu"
De izquierda a derecha, Neil Young, David Crosby, Stephen Stills y Graman Nash, quienes atisbaron el cuadrilátero perfecto en discos como “Dejà Vu”

Una de la leyendas de las que Young echó mano, no fue la del cowboy o a la del outlaw proscrito, si no a la del indio. Los tiempos estaban cambiando como cantaba su colega Dylan, y al son de la protesta contra Vietnam, el revisionismo histórico reconocía las masacres indígenas en los libros de texto estudiantil o en films “anti-western” como Little big man. Inspirado en la mítica leyenda del cacique Caballo Loco, Young recluta a los que serían los miembros de su grupo más estable y los bautiza Crazy Horse. Young traspasa la frontera de la canción Americana y funda su propia tribu de creaciones acústicas y eléctricas: durante décadas galopará con los Crazy Horse, una banda simple y radical de guitarra, batería y bajo que renace en cada disco y década tras década. Entre esos músicos de apellidos latinos (como Molina y Sampedro) también encontraría una veta autoral que aún hoy resulta sorprendente para un músico nacido en Ontario, Canadá: sí, Young, desde hace 40 años, compone canciones que se llaman Ride my llama, Cortez the Killer, Like an Inca o Pocahontas. Nombres con raíces o palabras hispánicas y latinas muchísimo antes de que EE. UU. se enamorara de lo “latin” a través de Ricky Martin, Macarena o Despacito.

Tras el temerario pero exitoso segundo disco, Everybody Knows This Is Nowhere, con sus largos solos de guitarra, adelantados en su anarquía a la explosión del punk y con esas alteraciones sónicas de las cuales abrevaría el pulso sónico de los 90, llega el perfecto After the gold rush. Luego de la orgía de sonidos, una calma inquieta: el flugelhorn por Bill Peterson en la canción que da título al disco es tal vez, junto a la orquestación de Penny Lane, uno de los más simples y memorables arreglos de viento de la época. Basta escuchar como la fina voz Young canta (atención a la versión del bootleg, Live at the Cellar Door, apenas piano y voz): “Look at Mother Nature on the run, in the nineteen seventies.”… Young contempla esa naturaleza americana desnuda, pero esta huye. Y él, aunque joven, ya no puede alcanzarla. Aún faltaban décadas, pero allí estaría el brote de los músicos alienados y pacientes, extraterrestres y hermosos, como Thom Yorke que cantaría su propia versión de esta gema maestra. O los Flaming Lips, que inspirados en este desenchufado dolor youngiano, compondrían canciones como Chewing the apple of my eye. El amor nos destrozará de Joy Division y todo ese pop “dark” aún parece muy lejano en el tiempo, pero el canadiense sabe. Sabe que sólo el amor puede romper los corazones, como canta en Only love can break your heart (en los ficheros de su web podemos encontrar al menos cuatro versiones diferentes). Neil Young, siempre ha sido, como Iggy Pop o Lou Reed, un artista en el lugar apropiado pero adelantado a su tiempo, tendiendo puentes para que las generaciones venideras se alimenten de su manantial creativo.

En 1972 llegaría el disco Harvest. Un paseo por el country, una invitación a la ancha y vasta EE. UU. con la canción Are you ready for the country como todo soundtrack de los urbanitas que aún sueñan con huir de la metrópoli pero no se animan. Con arreglos orquestales incluidos, fue el disco que le conseguiría su único número 1 en las radios, con Heart of gold. Pero allí, en ese disco, está sobre todo The Needle and the Damage Done. La canción sobre la adicción y el daño. Daño desgraciadamente ya casi hecho, porque el guitarrista de los Crazy Horse, en quien se inspiró Young, Danny Whitten, moriría de sobredosis un año después de la grabación. Es una obra épica, completamente desnuda (tanto en los arreglos como en la honestidad de su mensaje): “Canto esta canción porque amo al hombre… cada adicto es un sol que se apaga“. Tiene el realismo ‘burroughsiano’ de El almuerzo desnudo y porta una imagen musculosa en la que casi se puede ver los lerdos filamentos de la hemoglobina entrando en la aguja hipodérmica de la heroína. Young también nos dice: “Milk-blood, to keep from running out” (“leche- sangre, para evitar que se acabe“). Su tono nos hunde en un precipicio. Y en la unión de esos sustantivos (“leche y sangre“), Young crea uno nuevo, biforme e inseparable. La historia de la canción conoce pocos momentos así. Vale la pena la interpretación que hace Young en vivo en 1971 en el Massey Hall, a menos de un año de su lanzamiento y con un público que la reconoce al instante.

‘Living with war’

Pero, además, parte de estos discos tendrían, nuevamente, consecuencias políticas. No sólo el clásico Ohio, junto a sus compañeros de Crosby Stills, Nash & Young sobre la masacre en la universidad de Kent, sino también la crítica al sur más rancio y segregacionista tuvo una reacción: la notable canción Sweet Home Alabama. Allí, el grupo Lynyrd Skynyrd le cantaba y contestaba, bandera confederada al hombro, a canciones como Alabama y Southern man en las que Young criticaba al Sur: “Espero que Neil Young sepa / el hombre sureño no lo precisa por estos lares nunca más“.

Después de discos seminales y corrosivos como Rust never sleeps y Rust live de 1979, la década del 80 no sería considerada la década más creativa del prolífico Young (aunque vale la pena revisar entre los archivos discos como Hawks & Doves y Old ways). Pero la semilla de la semilla ya estaba plantada con la canción Hey, hey, my, my en sus versiones eléctricas y acústicas. Y ese gesto anti-oxido de Neil, anticipado y siempre a la vuelta de la esquina del cambio de década, vuelve en 1989 con Keep on rockin’ in the free world: la prefiguración del movimiento grunge y el renacimiento de los Crazy Horse con el disco Ragged Glory, de 1991. Después de esa rebelión sonora efervescente, llegaría el acústico, perfecto y ajardinado disco Harvest Moon, guiño al disco Harvest. Una invitación a escanciar el nuevo té de la cosecha de Young.

‘Not forgotten’

Detenerse en cada disco y canción llevaría cientos de párrafos. Aunque audiovisualmente lo han contado mejor directores de cine como Jim Jarmusch (en la muy buena Year of the horse) o la trilogía documental de Jonathan Demme (que aún no se encuentran disponibles en los archivos aunque las palabra preliminares del sitio anuncian que se podrán ver pronto). En los 2000 Neil Young sobrevivió a una operación de aneurisma y siguió arrojando discos excelentes, grabados en estudio y sonando como una usina nueva: en Living with war, The Monsanto years o el nuevo The visitor (con su crítica a Donald Trump en el single Children of Destiny) sigue mostrando un espíritu ecológico y politizado inquebrantable.

Neil Young, en 1974, durante su concierto en el Wembley Stadium
Neil Young, en 1974, durante su concierto en el Wembley Stadium

Aire, tierra, fuego, viento: Neil Young es, por qué no, el quinto elemento de la naturaleza musical norteamericana. Entre la madera (guitarra acústica) y el metal (viola eléctrica) de los elementos del taoísmo chino, en un mismo genio oscilan la quietud y la furia, baladas y rock and roll. Young muerde las palabras antes de soltarlas o las sopla, tiernamente, como un chico: y hace de ventrílocuo musical de América del Norte, tanto del silencio pastoral de sus aborígenes como del estruendo de sus gobiernos. Un músico de un metro ochenta que en los escenarios parece gigantesco y que descuajeringado, aporrea su guitarra a los 72 años como si tuviera 20, que rockea al borde de un mundo sulfatado con grandeza destartalada. Todos las canciones (demos, ensayos, en vivo) son el audio veritè de un conductor musical que porta un combustible creativo continuo. Escuchar cada uno de ellas es recorrer la cinta oscura del asfalto de una road-movie que no queremos que jamás llegue al final del surco.

El intérprete folk en la jauría

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Guthrie y su guitarra, en la que puede leerse "This machine kills fascists" ("Esta máquina mata fascistas")
Guthrie y su guitarra, en la que puede leerse “This machine kills fascists” (“Esta máquina mata fascistas”)

Alguna tarde de 1947, Woody Guthrie se sentó delante de la máquina de escribir y comenzó a disparar palabra a palabra la novela ‘Una casa de tierra’, un relato inédito que trae a España la editorial Anagrama, con edición e introducción de Douglas Brinkley y Johnny Depp, así como varias ilustraciones realizadas por el artista.

Este relato narra la historia de un matrimonio que vive en una precaria chabola de madera en las áridas tierras de una granja de Texas y sueña con una vida mejor en un mundo corrupto, unas páginas con las que Guthrie retrató los devastadores efectos de la Gran Depresión de los años 30.

“Como muestran los pasajes explícitos de amor de su novela, no tenía miedo de nadie. No temía a nadie. Vivía su arte. Guthrie, en suma, inspiró no solo a las gentes de su tiempo, sino también a las de los tiempos que siguieron, gentes enfurecidas por la injusticia, ávidos de verdad, anhelantes de la esquiva resolución de la desigualdad entre las clases”, señalan Brinkley y Depp en el prólogo.

La novela tuvo el ‘honor’ en 2013 de ser una de las candidatas a ganar el premio que concede anualmente la revista «Literary Review» al libro de ficción con la peor escena de sexo.

Estos curiosos premios reconocen «los pasajes más atroces de descripción sexual» de una novela y la revista que los concede, «Literary Review», justifica su existencia para «atraer la atención a los redundantes y a menudo superficiales pasajes de descripciones sexuales vulgares, mal escritos, de la novela moderna, y para desalentar de escribirlos».

En el caso de la novela de Guthrie, fueron frases como «Su cuerpo se fundió en una única nota de música con el cielo» las que sirvieron para que, casi cinco décadas después de su fallecimiento, compita a ese galardón.

Guitarra que mata fascistas

En sus actuaciones, el músico lucía en su guitarra una frase: “This machine kilss fascists” (“esta máquina mata fascistas”), un activismo progresista que mostró también en esta novela y que se convierte en una obra paralela a su famoso himno ‘This land is your land’, que tantas veces ha sonado desde que el artista puso letra a una melodía popular.

Su legado musical alcanza las más de tres mil canciones, en las que el artista plasma su activismo político y su sensibilidad espiritual, y en su producción artística también se encuentran textos que, junto a sus grabaciones, se conservan en los Archivos Woody Guthrie, la Biblioteca del Congreso estadounidense y la Smithsonian Institution.

Guthrie (Oklahoma, 1912 – Nueva York, 1967) fue un símbolo para las generaciones posteriores de cantautores y artistas folk y pop, entre los que destacan Bob Dylan, Pete Seeger, Joan Baez, Grams Parsons, Tim Hardin, Billy Bragg, Wilco, Bruce Springsteen y un largo etcéteca.

De hecho, Wilco y Bragg publicaron dos discos con 15 temas cada uno –Mermaid Avenue I, (1998) y Mermaid avenue II, (2000)– en los que rescataron las letras del cantautor y las acompañaron de música.

Dylan, el poeta nihilista de instintos suicidas

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"Soy el tipo de persona que se suicidaría. Me pegaría un tiro en el cerebro. Si las cosas fueran mal, saltaría por la ventana", dice. Sobre sus canciones, que han sido objeto de decenas de sesudos ensayos, análisis y tesis doctorales, Dylan afirma que se las toma "con menos seriedad que cualquier otra persona"
“Soy el tipo de persona que se suicidaría. Me pegaría un tiro en el cerebro. Si las cosas fueran mal, saltaría por la ventana”, dice. Sobre sus canciones, que han sido objeto de decenas de sesudos ensayos, análisis y tesis doctorales, Dylan afirma que se las toma “con menos seriedad que cualquier otra persona”

Bob Dylan pensó en el suicidio y estuvo enganchado a la heroína en su momento de máximo éxito, en la década de los sesenta, según una entrevista del cantante Robert Shelton. «Dejé el consumo de heroína en Nueva York. Estuve muy, muy colgado durante una temporada, realmente muy enganchado y dejé el vicio. Tenía un vicio, tenía un vicio de 25 dólares al día y lo dejé», afirmó en una entrevista grabada en un avión en 1966.

Fue el año en que Dylan había causado una gran controversia, al dejar sus raíces folk para apostar por la música rock, en una gira por Europa en la que estuvo acompañado por un grupo de rockeros que posteriormente se convertirían en The Band. Su concierto en Manchester (Reino Unido), en el marco de esa gira, quedó para la posteridad después de que un miembro de la audiencia increpara a Dylan al grito de «Judas» por dejar atrás su trayectoria de música acústica folk.

Shelton explicó a la BBC que tiene la intención de incluir esta y otras grabaciones inéditas de conversaciones con Dylan en una nueva edición de su libro No Direction Home . El biógrafo autorizó la difusión de parte de esas grabaciones, como la referente al suicidio, en la que se escucha a Dylan decir: «para mi la muerte no es nada. Podría haberlo hecho fácilmente». «Soy el tipo de persona que se suicidaría. Me pegaría un tiro en el cerebro. Si las cosas fueran mal, saltaría por la ventana», dice. Sobre sus canciones, que han sido objeto de decenas de sesudos ensayos, análisis y tesis doctorales, Dylan afirma que se las toma «con menos seriedad que cualquier otra persona». «Sé que no me van a acercar ni un paso al cielo, que no me van a sacar de la ardiente caldera. Ciertamente no van a alargarme la vida y no van a hacerme feliz. No se puede ser feliz haciendo algo genial y divertido», señala.

Ganador del Nobel de Literatura en 2016 y de un Globo de Oro y un Óscar en 2001 por la canción Things Have Changed, escrita para el filme Wonder Boys , es miembro asimismo del salón de la fama del rock’n’roll. Un expediente de oro para un hombre que tuvo muy claro desde el principio que debía salir de Hibbing, en su gélida Minesota natal, para encontrar la luz en las calles inyectadas de vida del Greenwich Village neoyorquino, donde halló inspiración en la poesía de Dylan Thomas (un habitual en sus gustos junto a Hank Williams y Woody Guthrie) para dar con el nombre que le acompañaría el resto de su vida artística.

Robert Allen Zimmerman, su nombre real, es un símbolo de la contracultura estadounidense desde comienzos de la década de 1960, cuando su encendido repertorio de cantautor encontró acomodo en las proclamas de una sociedad que hervía por la guerra de Vietnam al tiempo que se unía en la lucha por los derechos civiles.

“Mis canciones no son sermones y no considero que haya nada en ellas que diga que soy un portavoz de nada ni de nadie”, argumentó, al tratar de restar valor a composiciones míticas como las incendiarias y comprometidas “Like a Rolling Stone”, “Blowin’ In The Wind” o “The Times They Are A-Changin”. Su carácter huidizo y misterioso le ha granjeado a Dylan fama de genio huraño.

Unas canciones con las que, en su opinión, sólo trataba de plasmar la realidad que veía pasar ante sus ojos como buen artista “folk”, cuyas letras siguen vigentes y se pasan de generación en generación.

Es uno de los músicos más influyentes de la historia, capaz de usar las letras para expiar sus propios pecados y convertirlos en prosa adictiva, ya sea a modo de pop, rock, country o folk, mientras deja escapar sus lamentos por esa garganta que pudiera parecer rota por momentos pero siempre acariciada por su inseparable armónica.

Ganador de un Globo de Oro y un Óscar en 2001 por la canción “Things Have Changed”, escrita para el filme “Wonder Boys”, es miembro asimismo del salón de la fama del rock’n’roll.

Un expediente de oro para un hombre que tuvo muy claro desde el principio que debía salir de Hibbing, en su gélida Minnesota natal, para encontrar la luz en las calles inyectadas de vida del Greenwich Village neoyorquino, donde halló inspiración en la poesía de Dylan Thomas (un habitual en sus gustos junto a Hank Williams y Woody Guthrie) para dar con el nombre que le acompañaría el resto de su vida artística.

A su primer disco, “Bob Dylan” (1962), le siguieron otros como los imprescindibles “The Freewheelin’ Bob Dylan” (1963), “The Times They Are a-Changin” (1964), “Another Side of Bob Dylan” (1964), “Highway 61 Revisited” (1965) o “Blonde on Blonde” (1966), que contenían himnos clásicos de protesta política.

Era la primera fase de su época más brillante, continuada con obras más líricas y eléctricas como “New Morning” (1970), “Pat Garrett & Billy the Kid” (1973), “Desire” (1975) -donde aparecía la inolvidable “Hurricane”- o “Blood on the Tracks” (1975), antes de caer en un bache creativo especialmente notable en la década de 1990, su peor etapa en cuanto a ventas.

De ese bajón logró salir con trabajos tan triunfantes como “Time Out of Mind” (1997) y especialmente, ya en el nuevo siglo, con “Modern Times” (2006).

Son casi seis décadas sobre los escenarios, incluidos los que pisó en China, para una trayectoria que vivió un importante punto y aparte en 1966, cuando sufrió un grave accidente de moto que le llevó a recluirse de la fama y la presión, alejándose de los escenarios mientras pasaba más tiempo con su familia. Es precisamente en esa época cuando Bob Dylan pensó en el suicidio y estuvo enganchado a la heroína en su momento de máximo éxito.

Dylan se casó en dos ocasiones: en 1965 con Sara Lownds (de quien se divorció en 1977), con la que tuvo cuatro hijos (incluido Jakob, vocalista de “The Wallflowers), y con Carolynn Dennis en 1986 (se divorciaron seis años después), con quien tuvo una hija más.

Cecilia, la chica de dulces historias y despedidas inesperadas

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Hace 40 años que la cantante Cecilia, Evangelina Sobredo Galanes, murió en un accidente de tráfico junto a su batería, Carlos de la Iglesia. Cecilia falleció cuando regresaba con sus músicos de dar un concierto en Vigo, en Colinas de Trasmonte (Zamora), un suceso que conmocionó al mundo de la música.

Poco después de las dos de la madrugada, al terminar la que sería su última canción, Cecilia comentaba: «Este ha sido uno de los shows más bonitos de mi vida». Había cantado Dama, dama, Mi querida España y Un millón de muertos, canción que le planteó problemas administrativos.

Cecilia no había cumplido 28 años cuando falleció, pero había compuesto e interpretado casi un centenar de canciones con letras que exploran todos los registros, desde los más provocadores hasta los más tiernos y esos temas, dicen, siguen 40 años después inspirando a muchos.

En su época, la del tardofranquismo, Cecilia, a diferencia de muchos cantautores de entonces, traía, por su educación estadounidense, aires transoceánicos, es decir los que emanaban de artistas como Bob Dylan, Paul Simon o Joan Baez.

Ella componía con un estilo original, incluso cuando lo hacía en inglés, idioma en el que era capaz de escribir en versos acrósticos, como hizo en alguna estrofa de su enigmática ‘Lady in the Limousine’.

Las letras de la autora de “Un ramito de violetas” o “Dama, dama”, bastante transgresoras para la España de Franco, han atravesado el tiempo porque exploran todos los registros, y forman parte del imaginario colectivo.

Hay canciones como “Mi querida España”, recuerdan, que han sido muy versionados -de Raphael a Rozalen- y que han servido tanto a quienes defienden la unidad de España como a los que quieren una España republicana; a los que apoyan al juez Garzón y a los indignados.

Según escribía hace unos años el periodista Eduardo Rolland, “es la única española en el dramático Club de los 27”. “El que forman Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain y, desde fecha reciente, Amy Winehouse. Todos ellos murieron a esa edad. Al igual que Evangelina Sobredo, esa chica madrileña que triunfó como cantautora bajo el nombre artístico de Cecilia”.

Rolland se refiere a que Evangelina conocía bien el país. De hecho, su padre, José Ramón Sobredo, era de origen gallego. Militar de carrera y, más tarde, diplomático, desempeñó cargos en las embajadas de EE UU, Jordania, Costa Rica, Argelia y la República Popular China. Lo que brindó a sus hijos la oportunidad de criarse recorriendo el mundo. La crítica dice que el peculiar estilo de Cecilia procedía de sus influencias del exterior, con guiños a The Beatles o Paul Simon incluso en las portadas de sus discos.

«Vivir es morir cada día», escribía en una canción llena de tristeza, propia de una de las crisis que eran frecuentes en ella. Se declaraba católica a su manera. Un despacho pasado por la agencia Logos, y anulado con posterioridad, le atribuía estas palabras: «Creo que hay un Dios pero no sé lo que es. Leo mucho la Biblia, pero no soy muy rigurosa para seguir con los ojos cerrados ni a los curas ni al Papa».