franquismo

Cante por derecho y por la izquierda

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Manuel Vallejo recibiendo la Llave de Oro del Cante de las manos de Manuel Torre
Manuel Vallejo recibiendo la Llave de Oro del Cante de las manos de Manuel Torre

Manuel Jiménez Martínez de Pinillos, “Manuel Vallejo” (1891-1960), es reconocido como el cantaor más completo de su época por la maestría que demostraba a la hora de interpretar una gran variedad de palos, y es además recordado por haber sido uno de los pocos cantaores que a lo largo de la historia se han hecho con la codiciada Llave de Oro del Cante en el año 1926.

Vallejo se alineó del lado de la República, antes y después del advenimiento de ésta. Pero ya antes se había plantado la semilla de una utopía cultural y social en la piel de toro. El impagable ensayo de Alfredo Grimaldos Historia social del flamenco (Península, 2010) se documenta que ya en los inicios del siglo XIX sucesos de gran importancia política como la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis o el fusilamiento de Torrijos fueron recogidos por el cante de la época, que se alineaba con la revolución liberal española. Y en el libro del doble cedé Cantes y cantos de la República, editado por Marita y la Agencia Andaluza del Flamenco, se hace referencia a los cantaores de los años treinta como precursores de la canción protesta que conquistó los mercados de todo el mundo en la era hippie. «Este tipo de cuestiones está en el flamenco desde su origen», opina Vergillos, «ya cantó Siverio la “Seguiriya de Riego”, pero lo que pasó a partir de 1931 es que por fin se podía hablar abiertamente de estos temas».

Hasta el punto de que la exaltación de la República y sus héroes o de la bandera tricolor y las referencias a problemas sociales llegaron a convertirse en una moda propiamente dicha, un género en sí mismo. «Gran parte de los flamencos eran gente del pueblo, así que la mayoría se alineó con el nuevo régimen. También fue una moda, no estrictamente flamenca, sino española, y algunos se sumaron por seguirla, claro. Tal y como señaló Pericón de Cádiz en sus deliciosas memorias, donde comentó que él cantó letras reivindicativas para llegar a un público mayor», explica este historiador.

Así aparecieron los fandangos republicanos y sus derivados, la mayoría grabados por discográficas de Barcelona. El flamenco había alcanzado gran relevancia en esta ciudad desde la Exposición Universal con la apertura de nuevos locales con espectáculos dirigidos tanto al público local como al primer turismo y visitantes de la aristocracia europea, como relata Montse Madrilejos en la revista de investigación sobre flamenco La Madrugá (nº2, junio 2010). Estos sellos juntaron a los guitarristas locales más importantes del momento, como Pepe Hurtado, Manolo Bulerías y Miguel Borrull hijo, con los cantantes que más frecuentaban Cataluña y aprovechaban su estancia para grabar.

A modo de anécdota y para demostrar que la poca simpatía que Vallejo profesaba por el régimen monárquico era más que sabida por todos (incluso por el propio rey), podría recordarse su actuación en el que, en años posteriores, sería el hoy famoso hotel Alfonso XIII, sito en la capital hispalense. Con la intención de participar en el concurso de cante flamenco que allí se celebraba, en 1925 se dieron cita en este lugar algunas de las figuras del cante, encontrándose entre las más destacadas Manuel Vallejo. No obstante, cuando le llega el momento de actuar, el monarca decide abandonar la sala para no escuchar las que posiblemente serían letras cargadas de contenido social, político y, casi con total seguridad, comprometidas con el sistema republicano.

Entre sus muchos méritos, es digno de mención el hecho de que fue el primero que grabó fandangos cantados a la II República (apenas un mes después de su proclamación) cuyas letras fueron escritas por Emilio Mezquita y Vaca, la música fue creada por el maestro Quiroga y editado por la discográfica catalana La Voz de su Amo (también conocida a través de las siglas HMV). Algunos de ellos son los llamados Al grito de Viva España y Un minuto de silencio, que sirven a la perfección de muestra para ilustrar el alto contenido político que se concentraba en sus letras.

Al grito de viva España
después de escuchar el himno
canto el fandango gitano
y en el que llevo puesta mi alma
como buen republicano.
Por la libertá de España
murió Hernández, y Galán.
Un minuto de silencio
por los que ya en gloria están,
suplico en estos momentos.

Tras la contienda civil, Manuel Vallejo no vuelve a vivir el éxito profesional al que estaba acostumbrado: tan solo publica un disco más y no volverá a tener nunca una compañía propia. Sufrió represalias por sus vínculos políticos y, aunque salvó la vida, no logró remontar su carrera.

Así, fueron andaluces los artistas flamencos que se comprometieron en la defensa de la legalidad republicana, y que dieron la vida por ello. Primero en el advenimiento del régimen, saludado con efusión por la estrella flamenca del periodo, Manuel Vallejo, a través de una serie de grabaciones de “fandangos republicanos” que enseguida fueron secundadas por otras estrellas del periodo como Guerrita, Niño de la Huerta, Niño Fanegas o el señalado Corruco de Algeciras.

Un repaso necesario

La discográfica andaluza Pasarela compila una importante obra que tiene como protagonista a Manuel Jiménez Martínez de Pinillo (Sevilla, 1891-1960), Manuel Vallejo en la historia del flamenco. Vallejo es uno de los cantaores ciertamente grandes que dieron hasta hoy.

Dicha obra, dirigida por Manuel Cerrejón, está integrada por un libro del que son autores el mismo Cerrejón y Juan Luis Franco, cuatro discos compactos con grabaciones restauradas digitalmente y opiniones de viva voz sobre el cantaor, una reproducción a escala del trofeo Copa Pavón que ganó en 1925 y una reproducción de la II Llave de Oro del Cante que recibió en 1926. La obra se titula Manuel Vallejo. Vida y obra de una leyenda del flamenco.

Vallejo fue una de las grandes estrellas del cante, que tuvo su apogeo en los tiempos de esplendor de la llamada ópera flamenca, es decir, desde los años veinte hasta la Guerra Civil Española, cuando las plazas de toros se llenaban para oír a los cantaores más populares de la época, entre los que el sevillano era casi siempre cabecera de cartel. El libro, que forma parte de la obra que comentamos, reproduce, entre otros muchos documentos gráficos, docenas de carteles que acreditan una popularidad incuestionable junto a La Niña de los Peines y otros grandes de la época.

Manuel Vallejo y Ramón Montoya
Manuel Vallejo y Ramón Montoya

Manuel Vallejo fue en verdad un cantaor muy notable. Cantaor general, que podía y sabía cantarlo todo, aunque lógicamente hubo géneros que frecuentaba más que otros, en consonancia con los gustos de aquel tiempo: fandangos y fandanguillos, cantes de ida y vuelta o de influencia americana, granaína y media granaína, saetas… Y por bulerías, pese a no ser gitano, era un fenómeno, cantándolas y bailándolas de manera sensacional. Buen siguiriyero también, buen malagueñero, en fin, un cantaor completo, aunque su calidad de voz, a mi parecer un tanto chillona, no fuera la ideal para el flamenco.

El cantaor dejó abundante discografía. Según sus biógrafos actuales, se halla entre los cuatro flamencos que más grabaciones hicieron en 78 revoluciones: un total de más de 145 placas realizadas entre los años 1922 y 1950. Los otros tres fueron El Mochuelo, Pastora la de los Peines y Pepe Marchena.

Sin embargo, no todas las grabaciones de Vallejo fueron estimables, por las condiciones técnicas entonces existentes y la rapidez con que habitualmente las realizaban, pero el nivel medio es de gran interés.

Todas las contenidas en los cuatro compactos de esta colección son una buena muestra del arte de Vallejo, y en ellas le acompañan guitarristas de la categoría de Montoya, Niño Ricardo, Borrull, Niño Pérez, Antonio Moreno y otros.

Los discos conforman una obra que servirá a muchos -especialmente a los jóvenes aficionados, para quienes el personaje puede resultar más extraño y desconocido- para ahondar bien en un cantaor de primer rango en la historia de lo jondo, como los autores del libro que la integra ponen buena atención en dejar sentado y bien sentado.

También servirá para conocer una época del flamenco que fue, pese a sus aspectos negativos, de las fundamentales en este arte. Pero el exceso de hagiografía, que lo hay, es quizá lo menos interesante del conjunto, pues el cantaor no necesita para nada enaltecimientos que acaban siendo un tanto excesivos. Pero ya sabemos que en el flamenco las cosas son así, y las filias pueden ser tan radicales como las fobias.

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Tentativas de arte en las cavernas

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Fotograma de "Rojo y Negro", film de 1942 dirigido por Carlos Arévalo
Fotograma de “Rojo y Negro”, film de 1942 dirigido por Carlos Arévalo

La Guerra Civil española ha dado un gran número de películas, algunas de las cuales podrían calificarse de “malditas”, pues o desaparecieron sin dejar rastro o han sufrido tantas alteraciones que prácticamente las dejaron irreconocibles.

“Sierra de Teruel” (“Espòir”, 1938), dirigida por el escritor francés André Malraux, es una de las películas más conocidas (y quizá menos vistas) de exaltación de la República y ello por motivos vinculados al devenir de la contienda, pues no se pudo estrenar hasta 1945, una vez concluida la II Guerra Mundial.

La película tuvo un rodaje muy accidentado y siempre condicionado a los avatares de la guerra, ya que comenzó a rodarse entre 1937 y 1938 en Cataluña, sufrió algunos parones y finalmente no pudo concluirse allí por la entrada de las tropas franquistas.

Finalmente, el rodaje terminó en París, ya en 1939, cuando la guerra estaba perdida para la República por lo que la eficacia del filme como instrumento de propaganda había quedado muy mermada.

El franquismo fue pródigo en generar películas, algunas de ellas “malditas”, muchas veces por motivos confusos que podían estar vinculados a la mala calidad del filme o a ciertas desviaciones ideológicas mínimas (y en ningún caso críticas) con respecto a las directrices oficiales.

“El crucero Baleares” (Enrique del Campo, 1941) podría ser un ejemplo de película suprimida por su ínfima calidad. Narra la peripecia del buque del mismo nombre hundido por la Marina republicana en la conocida como Batalla del Cabo de Palos (1938), un episodio que la historiografía áulica franquista presentó siempre como ejemplo del valor militar.

Actualmente, no queda ni rastro de la película, ni una sola copia, ni un solo fragmento o tráiler; tan solo la Filmoteca de Cataluña conserva una sinopsis argumental y unas cuantas fotos del rodaje.

Desde luego, la historia, con el colofón (real o supuesto) de la tripulación del “Baleares” formada en cubierta cantando el “Cara al sol” mientras se hunde el buque, era muy propicia para ser llevada al cine.

De hecho, la película se rodó con normalidad y su estreno estaba previsto para el 12 de abril de 1941 en el cine Avenida de Madrid.

Sin embargo, dos días antes se hizo un pase privado en la sede del Ministerio de Marina en Madrid, al que asistieron algunas autoridades, que al parecer expresaron su disgusto con la película.

Como explica el director de la Filmoteca de Cataluña, Esteve Riambau, “la película no gustó” por lo que se ordenó retirarla; en todo caso, comenta, “fue una decisión de última hora y desde muy arriba”, aunque “no está claro quién la pudo tomar”.

“Estaban intentando hacer el ‘Potemkin’ español y, claro, eso era muy difícil”, señala Riambau en alusión, no exenta de ironía, a la película rusa “El acorazado Potemkin” (Sergei M. Eisenstein, 1925), considerada una las obras fundamentales de la historia del cine.

Riambau hace referencia al libro “La Guerra de España y el cine” (1972) del historiador Carlos Fernández Cuenca, afín al régimen franquista, y en el que se da a entender que la película era esencialmente mala sin paliativos.

“Rojo y negro” (Carlos Arévalo, 1942), protagonizada por Conchita Montenegro e Ismael Merlo, es otro ejemplo de filme “maldito” pese a que debería de haber sido del agrado del régimen franquista, pero fue retirado a las tres semanas de haberse estrenado, también por oscuras razones que podrían referirse a que los vencedores de la contienda no aceptaban la hipótesis argumental.

Considerada como la única película verdaderamente “falangista” rodada durante el franquismo y con notables alardes de clara influencia expresionista, narra la peripecia de dos jóvenes enamorados, Luisa (militante de Falange Española) y Miguel (anarquista) en el Madrid inmediatamente posterior al estallido de la Guerra Civil.

El típico y tan utilizado instrumento de manipulación que el cineasta de ideología falangista Carlos Arévalo emplea son, principalmente, poderosas imágenes de archivo en las que somos testigos durante la Segunda República de explosiones, personas que huyen del horror, destrucción de símbolos religiosos por parte del sector comunista, etc; sin olvidar al legionario que rasga la pantalla con su sable. Incluso hay insertos de planos del citado film de Eisenstein extraídos de la mítica secuencia de la escalera de Odessa.

“Rojo y negro” es, en este sentido, deudora del tan efectivo montaje soviético, sobre todo en los momentos aludidos. Imágenes montadas con rapidez, efectivas para el propósito que persiguen, que no dejan respiro alguno y que son tan audaces que logran transmitirnos una de las muchas lecciones de buen cine que posee esta película. Pero no sólo en el uso de este tipo de montaje el film consigue su objetivo, esto es, glorificar la Falange, sino también en imágenes aisladas, como en aquél plano en el que uno de los protagonistas de la historia, Miguel (Ismael Merlo), recoge del suelo una insignia falangista que se le ha caído a su amada Luisa (Conchita Montenegro), mostrada en plano detalle.

El resto es evidente. El guión y los personajes están construidos en torno a la figura del bueno y el malo: el falangista como víctima y el comunista como malvado y pérfido. Algunas secuencias rozan incluso la ingenuidad, ya que la caracterización de los personajes es demasiado descarada y roza lo caricaturesco.

Sin embargo “Rojo y negro” es susceptible de ser considerada una pequeña joya del cine español, desde luego una rareza absoluta y, dejando al margen sus intenciones propagandísticas, la total maestría de Carlos Arévalo reside a la hora de plantear y resolver secuencias en lo que a calidad de planos se refiere. Lo que más sorprende en esta cinta es precisamente eso, sus magníficos planos, y está totalmente arropada de ellos.

Incluso una película aparentemente “canónica” como es “Sin novedad en el Alcázar” (Augusto Genina, 1940) no está exenta de la maldición producto de los diversos retoques que sufrió el montaje original.

Con el tiempo, la versión italiana de la película (titulada “L’assedio dell’ Alcazar”), rodada en italiano, con un reparto casi entero de ese país, sufrió diversos cambios, según el investigador Ferrán Alberich en un ensayo de la Universidad de Valencia.

Así, una de las secuencias cumbre de la versión española presenta la explosión de alegría de los sitiados del Alcázar cuando alguien escucha en la radio que las tropas franquistas están próximas a Toledo. En ese momento comienzan a cantar el “Cara al sol”.

En una revisión del montaje que se hizo en Italia a finales de los cincuenta y que se puede ver en Youtube se conserva la secuencia pero ha desaparecido el himno falangista de la banda sonora.

Sin embargo, no se ha suprimido un plano de uno de los protagonistas, el actor italiano Fosco Giachetti, que por el movimiento de los labios se aprecia claramente que está cantando el “Cara al sol”.

Moralidad, yugo y familia

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Con la llegada de la II República se produce una explosión de derechos civiles y la sexualidad sale del cuarto oscuro donde la tenía metida el poder político y la Iglesia. Toda esta expresión de libertad republicana cambia de forma radical con el estallido de la guerra civil y la llegada del franquismo al poder (1939-1975)
Con la llegada de la II República se produce una explosión de derechos civiles y la sexualidad sale del cuarto oscuro donde la tenía metida el poder político y la Iglesia. Toda esta expresión de libertad republicana cambia de forma radical con el estallido de la guerra civil y la llegada del franquismo al poder (1939-1975)

La obra “Mujer, moral y franquismo: del velo al bikini”, de la autora y profesora de Historia de la Universidad de Málaga Lucía Prieto, analiza el control que el régimen franquista ejerció sobre la mujer y la política demográfica, con incidencia en la sexualidad femenina bajo valores católicos.

Así lo destaca la autora en un recorrido por las décadas más oscuras del franquismo, y en concreto del control que hizo a través del Patronato de protección a la mujer.

La institución se creó en 1941 y duró hasta 1971 con el objeto de “luchar contra la prostitución”, actividad que fue legal en España hasta 1956, con sus censos de “casas de lenocinio”, aunque el objetivo real fue controlar a las mujeres con “riesgo moral” o “comportamientos opuestos” al dictado de la Iglesia.

La creación de este organismo formó parte de la “estrategia demográfica” del régimen franquista, ha explicado la experta, para “controlar la moral y la sexualidad femeninas” y “garantizar la regeneración demográfica” tras la Guerra Civil y la procreación dentro del matrimonio católico, ya que nunca se incidió sobre el factor de la prostitución.

El fin de la guerra trajo consigo un “aumento espectacular” de la misma, ejercida de manera legal y clandestina, y como consecuencia social quedaron “mujeres solas, niñas huérfanas” o familias desestructuradas por el éxodo, con altos niveles de pobreza, registrando Barcelona y Málaga los mayores volúmenes de actividad.

Asimismo, se suprimió la legislación Republicana, y con ello la prohibición del divorcio, el matrimonio civil o el aborto.

Esto se tradujo en la “estigmatización” de las parejas que no estaban casadas por la Iglesia o de las madres solteras, la persecución del adulterio femenino, no así del masculino; o el “control de la vida sexual de las mujeres” con la interiorización del discurso de que éstas debían llegar “vírgenes al matrimonio” y reproducir.

El cambio social de los años 50 supuso en España que “el Estado invirtiera en la creación de reformatorios de mujeres”, donde quedaban “recluidas” chicas de entre 16 y 25 años que habían llevado una “conducta contraria al régimen”. Allí se ejercía un “control estricto”, pero “no orientado a formación intelectual”.

Otro de los aspectos que ha estudiado ha sido el funcionamiento de los centros de maternidad, en los que “el régimen acogía a madres solteras”, siendo su mayor preocupación el que los menores nacieran, pero olvidando a las mujeres.

El estudio se centra en Málaga, donde el Patronato tuvo especial intervención por la preocupación que existía en cuanto a los efectos del turismo y la “liberalización de las costumbre”, lo que provocó la “construcción de nuevos centros” como las “residencias de señoritas” bajo el control del patronato y la Iglesia.

Y es que en la capital malagueña se daba una de las mayores concentraciones del país de prostíbulos, similar a Barcelona, y que con la ilegalización del ejercicio en 1956 no desapareció, sino que “se incrementó”.

Prieto destaca que el régimen “implantó un programa de moralización para erradicar la prostitución” bajo un “control absoluto de la conducta de la mujer” y “un modelo de comportamiento basado en valores católicos” que la sociedad española arrastra hasta nuestros días.

La autora opina que la “educación en valores” en la escuela y el conocimiento son los instrumentos a través de los cuales se puede cambiar la sociedad, ya que la escuela en España “no es laica” y los “valores perviven”, ha criticado, aunque se han implementado políticas contrarias desde los gobiernos democráticos.

Por ello, aboga por seguir trabajando en la igualdad de género o “luchar contra la violencia simbólica”.

Adoctrinamiento desde la escuela

Según el periodista Edmundo Fayanas, “no de los aspectos del cambio que había realizado la II República es la implantación de la coeducación en el sistema educativo. Una de las primeras medidas del régimen franquista, una vez finalizada la guerra civil fue la prohibición de la coeducación, medida tomada, el uno de mayo de 1939. Es sabido, que los maestros republicanos fueron fuertemente represaliados, provocando la muerte de miles de ellos”.

Para Fayanas, “uno de los principales promotores del fin de la coeducación fue Onésimo Redondo, porque consideraba la coeducación como un capítulo de acción judía contra las naciones libres, un delito contra la salud del pueblo, que deben penar con sus cabezas los traidores responsables.

En el artículo 26 del Concordato firmado entre España y el Vaticano en el año 1953, decía: “Todos los centros docentes, de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustara a los principios del dogma y de la moral de la Iglesia católica”.

Luis Alonso Tejada, en su libro “La represión sexual en la España de Franco”, analiza cómo el sistema educativo creado por el franquismo tenía como objetivo la limitación de las posibilidades intelectuales de las niñas y las mujeres, cuya única finalidad era encaminarlas a actividades de inferior rango cultural y social, es decir. al mundo del hogar y cumplieran su finalidad reproductiva.

El discurso franquista hablaba de la necesidad de una educación adaptada a cada uno de los sexos, para que así se pudieran desarrollar las características masculinas y femeninas. La mezcla de los sexos resultaba pues muy peligrosa para el desarrollo de los individuos, suponiendo una masculinización para las mujeres y una feminización para los hombres.

Botella Llusía rector de la Universidad Complutense de Madrid lo dejaba bien claro, cuando decía lo siguiente: “En esta educación juvenil de la mujer, es un error educar a las mujeres igual que a los hombres: la preocupación que deben recibir para la vida es radical y fundamentalmente distinta. Un formación encaminada no a hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera, en un ser útil a sus semejantes”.

Pilar Primo de Rivera y otras mujeres de la Sección Femenina en Alemania
Pilar Primo de Rivera y otras mujeres de la Sección Femenina en Alemania

En el año 1943, Pilar Primo de Rivera decía: “Las mujeres nunca descubren nada, les falta talento creador, reservado por Dios para las inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho… por eso hay que apegar a la mujer con nuestra enseñanza a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta, tenemos que hacer que la mujer encuentre allí toda su vida y el hombre todo su descanso”.

Como podemos comprobar actualmente, todavía quedan rasgos muy importantes de la educación franquista en nuestra sociedad. No hemos avanzado mucho cuando hoy en día, los colegios del OPUS DEI segregan por género, renunciando a un principio básico cual es la igualdad de género y la coeducación.

Se practicaba la doble moral en el franquismo y regía tanto en los comportamientos masculinos como en los femeninos. La feminidad significa pertenecer a un solo hombre y por tanto era fundamental conservar la virginidad para el matrimonio. Sin embargo, se aconseja que los hombres fueran castos hasta el matrimonio, pero sí se les permitía tener relaciones con prostitutas.

Matrimonio y castidad femenina

Por Orden ministerial del diez de marzo de 1941, se plantea que las parejas que no deseasen casarse por el matrimonio religioso, podían hacerlo solamente por lo civil siempre y cuando justificasen el no ser católicos mediante un certificado. Prácticamente nadie empleó esta disposición, porque era considerado esto ser republicano y en consecuencia una traición política al régimen franquista, poniendo en riesgo su libertad.

Fayanas explica que “un aspecto muy llamativo dentro del franquismo es la prohibición del uso de los anticonceptivos, de ahí que muchos españoles son hijos del método anticonceptivo de la ‘marcha atrás’. Estaba prohibida cualquier cosa que impidiera la reproducción”.

En el Código Penal del año 1944 aparece la figura “del parricidio por honor” -recuerda Fayanas- cuando se sorprendía a la mujer en adulterio, no así el hombre. Esta figura del adulterio estuvo vigente hasta el año 1963.

Las mujeres solo podían pertenecer a un solo hombre. En cambio, el marido cometía el delito del adulterio solo cuando su amante vivía con él, o sea en el hogar familiar, con la esposa y los hijos, o cuando la relación era públicamente conocida y provocase un escándalo público.

Para la familia franquista la virginidad femenina era esencial, ya que si se perdía no sólo se ponía en duda la honestidad de la chica, sino también la de la familia. Cuando una chica soltera comunicaba a sus padres su embarazo algunos la protegían escondiéndola o ayudando al aborto o al infanticidio. Sin embargo muchos padres decidían echar a la hija del hogar para salvar el honor de la familia.

Los chicos que mantenían relaciones sexuales antes del matrimonio no eran culpables de nada, sino que aparecían como los más viriles del mundo. Muchos fueron clientes adictos de las prostitutas y la sociedad nunca los juzgó como sí hacían con las mujeres.

Las mujeres no podían denunciar a sus maridos por adulterio cuando éste mantenía relaciones sexuales con otra mujer. La legislación franquista les obligaba a demostrar la existencia de una vida en común entre los dos amantes.

El padre Quintín Sariegos en su libro “La luz en el camino” dice: “En el 90% de los casos son ellas las que desperezan la fiera que duerme en la naturaleza del hombre con el ofrecimiento de su celo apetitoso”.

Las chicas de la burguesía franquista con la educación que recibían acaban siendo frígidas. Su práctica sexual era timorata, haciendo el amor a oscuras, siempre con pijama y exclusivamente con fines reproductivos y no como forma de placer. Si una mujer tenía un orgasmo ultrajaba al marido e inmediatamente se iba a confesar. En el trabajo “Las españolas en secreto, comportamiento sexual de la mujer en España” realizado por José Antonio Valverde y Adolfo Abril, publicado en el año 1975 decía lo siguiente: “Podemos estimar las insatisfacciones sexuales femeninas entre un 74% y 78%. Esto es muy claro, que cada cien españolas con actividad sexual generalmente dentro del matrimonio, setenta y seis no encuentran satisfacción; de cada cien, setenta y seis no alcanzan el orgasmo y, en muchas ocasiones, ni lo han conocido”.

La Sección Femenina del Movimiento enseñando a las mujeres a ser mujeres
La Sección Femenina del Movimiento enseñando a las mujeres a ser mujeres

Esta falta de placer de la mujer casada española era algo impuesto por la educación que se les proporcionaba. Si seguimos al famoso rector de la Universidad Complutense de Madrid, Botella Llusía decía:

“Hay muchas mujeres, madres de hijos numerosos, que confiesan no haber notado más que muy raramente, y algunas no haber llegado a notar nada, el placer sexual, y esto sin embargo, no las frustra, porque la mujer, aunque diga lo contrario, lo que busca detrás del hombre es la maternidad… Yo he llegado a pensar alguna vez que la mujer es fisiológicamente frígida, y hasta la excitación de la libido en la mujer es un carácter masculinoide, y que no son las mujeres femeninas las que tienen por el sexo opuesto una atracción mayor, sino al contrario”.

El matrimonio franquista solo busca una sexualidad procreadora que dependía del plano divino. Los hombres y las mujeres solo debían colaborar con Dios y se les prohibía que utilizasen la relación sexual con el único fin de gozar.

La masturbación

Siempre ha sido una obsesión del franquismo y de la iglesia católica española. El padre García Figar atribuía a la masturbación problemas físicos y mentales y decía “Desnutrición orgánica. Debilidad corporal. Anemia general. Caries dental. Flojera de piernas. Sudor en las manos. Opresión grande en el pecho. Dolor de nuca y espalda. Pereza y desgana para el trabajo y hasta la imposibilidad de realizarlo. Acortamiento de la vida sexual, imposible de rescatar más tarde. Pérdida de atracción para el sexo contrario y repugnancia al matrimonio. Esterilidad espermatozoide. Retentivo nulo. Oscuridad en el entendimiento. Obsesiones y desvarios. Voluntad débil. Incapacidad para el sacrificio. Aficiones animales”.

Existían manuales, que señalaban como debían dormir los niños/as. Siempre las manos fuera de las sábanas y de la manta. Se intentaba que los colchones fueran duros y se recomendaba no llevar ropa interior de lana, porque producía mucho calor y podría excitar al portador.

En los internados (que eran muy numerosos en esas épocas pues era la forma de que los chicos/as de los pueblos pudiéramos estudiar) se recomendaba que por la mañana, una vez despierto, no permanecieras más tiempo en la cama, pues puedes caer en el pecado de la impureza. Se llegaba al extremo de prohibir a los chicos meter la mano en los bolsillos.

El escritor Francisco Umbral en su libro “Memoria de un chico de derechas” describía lo siguiente:

“Nos enseñaron a odiar el propio cuerpo, a temerlo, a ver en su desnudez rojeces de Satanás, repeluznos de Luzbel, frondosidades infernales. Odiábamos nuestro cuerpo, le temíamos, era el enemigo, pero vivíamos con él, y sentíamos que eso no podía ser así, que la batalla del día y la noche contra nuestra propia carne era una batalla en sueños, porque ¿De dónde tomar fuerza contra la carne sino de la propia carne? Había un enemigo que vencer, el demonio, pero el demonio era uno mismo”.

El noviazgo

Emilio Encisó Viana escribía en el año 1952 el libro “La muchacha y la pureza”, en el decía: “Cuando los vestidos, por frivolidad o por tontería de la moda o por descuido, se achican, se ciñen, o de otro modo resultan provocativos, son inmodestos… Haya quien dice ¿Qué tiene que ver en el vestido femenino un centímetro más o menos? Son tonterías de los curas y las beatas ¿No han de tener nada que ver? Ese centímetro hace que en el vestido no exista la moderación, la regla, el equilibrio que exige la decencia cristiana, y es ocasión de que, al verlo, ofenda la pureza ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, que los novios vayan cogidos del brazo? ¿No ha de tener que ver? Esas intimidades, esa licencia de coger el novio el brazo de la novia, es una puerta que se abre al pecado, es una facilidad para él, es un incentivo, es una hoja arrancada a la flor de la pureza, es la corteza que se ha quitado a la fruta”.

Era habitual en esta época franquista que en la prensa provincial aparecieran relaciones de parejas que habían sido multadas por atentar a la moral con actos obscenos en la vía pública.

El padre Antonio Aradillas escribió un título ¿El beso…?, decía: “Pero un día pudo más la pasión que el cariño, y el novio sorprendió a Maribel con un beso brutal clavado con saña de bestia en la mejilla de nieve de f13la chica piadosa. El beso del novio se había clavado punzante en la mejilla, y con rabia comenzó Maribel a restregar su cara, intentando borrar toda huella posible. Y claro, la huella se hizo más ancha, más roja y más profunda. Se le ve a simple vista en su cara… Ha llegado a sentir auténtico asco de todos los labios humanos”.

Era habitual en las familias burguesas franquistas tener criadas. Era cotidiano que los chicos de esas familias iniciaban sus primeras experiencias sexuales con las criadas familiares.

La conocida literata Carmen Martín Gaite escribió el libro “Usos amorosos de la postguerra española”. En dicho libro, nos relata como era habitual en esta época que las chicas con pocos recursos que trabajaban como criadas, no podían aguantar la presión de los chicos. Cuando eran sorprendidas en este tipo de relaciones eran despedidas, lo que provocaba que muchas acabaran en la prostitución al no tener otra posibilidad para poder sobrevivir. Se decía que los chicos se podían sobrepasar con las criadas todo lo que querían y para ello utilizaban el chantaje.

Homosexualidad

Fayanas explica que “la iglesia veía la homosexualidad como una sexualidad no reproductiva y pecaminosa”. “Desde el punto de vista militar -prosigue-, era una traición a los valores militares, y desde el punto de vista del poder franquista se veía como prácticas de la izquierda, es decir, rojos, ateos y decadentes. La palabra ‘maricón’ se convirtió en el insulto por excelencia”.

Titular en el que se destaca la detención de transexuales
Titular en el que se destaca la detención de transexuales

Cuando el franquismo se asentó, se empezó a perseguir a la homosexualidad de una forma más clara, los llamados “violetas”. Los hombres considerados homosexuales durante el franquismo eran tachados de enfermos y sometidos a terapias muy duras.

El régimen había creado los modelos del hombre y la mujer, basándose en la ortodoxia de la moral del nacional catolicismo. El hombre debía ser viril, fuerte y líder, mientras que la mujer, relegada al hogar, tenía que mostrarse buena esposa y madre al cuidado de la prole. La dictadura entró en la vida privada de las personas indagando en las conductas desviadas y en las inclinaciones impropias de los verdaderos españoles. El clima social opresivo condenó a los homosexuales al miedo y a la clandestinidad.

Para el franquismo la relación sexual entre dos mujeres era algo que no se podía concebir. Era impensable que una mujer pudiera disfrutar de su sexualidad y en consecuencia no estaba permitido salirse del papel que la sociedad del régimen les había encomendado que no era otro que el de tener hijos y atender el hogar. Es decir, para el régimen franquista el lesbianismo no existía. De esta forma, dos mujeres podían pasear y estar juntas siempre, sin que se pusiera en cuestión su sexualidad, mientras que esto era imposible en el hombre.

La homosexualidad masculina, como estamos viendo se reprimió con dureza y claridad: leyes de peligrosidad social, listas de maleantes, detenidos. Sin embargo, para el franquismo el lesbianismo no se contemplaba, en consecuencia se silenciaba y negaba su existencia. Si algo se ignora o se niega, no existe: así pensaba el régimen.

No obstante, Fayanas destaca que “las lesbianas desarrollaron hasta redes económicas para no depender de los hombres. Eran solidarias y crearon increíbles espacios de libertad: desde acampadas hasta zonas bohemias, como el Paralelo o las Ramblas de Barcelona. Sus relaciones eran clandestinas, pero disimulables: nadie podía imaginarse que dos amigas del brazo podían llegar a tener una relación “tan subversiva”, como dice Matilde Albarracín.

Brebaje de resignación para mujeres oprimidas

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El libro "Las cartas de Elena Francis, una educación sentimental bajo el franquismo",  retrata al personaje de ficción —“una policía moral”— y a sus atormentadas seguidoras —mujeres de carne y hueso a las que la dictadura alejó de las cotas de libertad alcanzadas en la República
El libro “Las cartas de Elena Francis, una educación sentimental bajo el franquismo”, retrata al personaje de ficción —“una policía moral”— y a sus atormentadas seguidoras —mujeres de carne y hueso a las que la dictadura alejó de las cotas de libertad alcanzadas en la República

“A las mujeres, aunque tengamos la razón, siempre nos toca perderla”, “Darte unos azotes, con muchísimo cariño”. “Hágase la ciega, sorda y muda. Es lo mejor”. Estas son algunas de las recomendaciones que Elena Francis daba a las mujeres en su consultorio radiofónico y que ahora analiza un libro.

Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, de Armand Balsebre y Rosario Fontova, es el título del libro que edita Cátedra y que saca a la luz la correspondencia inédita de Elena Francis, un personaje de ficción que se convirtió en la consejera sentimental de las españolas, “un fenómeno de masas del brazo de la ideología nacionalcatólica”.

Un jugoso material que fue encontrado por azar. Más de un millón de cartas que fueron halladas en 2005, abandonadas en un almacén de Cornellá (Barcelona) dirigidas a Elena Francis. 100.000 de estas cartas pudieron ser rescatadas de su deterioro para su estudio por Mari Luz Retuerta, directora del Archivo Comarcal del Baix Llobegrat.

Así, un 10 por ciento de este material ha sido catalogado y digitalizado ya y el estudio que recoge este libro analiza más de 4000 cartas escritas entre 1950 y 1972. Balsebre y Fontova, las autoras del libro, no desvelan la identidad ni dirección de las mujeres firmantes.

Un análisis que, según escriben las autoras en el prólogo del volumen”, demuestra “la severa amputación mental a que eran sometidas las mujeres españolas, su falta de autonomía personal y profesional y su sumisión endémica respecto al hombre; su infelicidad provocada por el ñoño sentimentalismo ambiental en el que vivían, atrapadas en ‘el que dirán’ y en la castradora institución familiar”.

El 27 de noviembre de 1950 comenzó desde las antenas del Radio Barcelona -en 1965 se trasladó a Radio Nacional de España- el consultorio de Elena Francis, un personaje que duró 33 años, construido por un grupo de guionistas y que fue una plataforma para vender los productos de belleza del Instituto Francis.

Violencia sexual

La ficticia Elena Francis actuaba como “guía y consuelo” a millones de mujeres a las que brindaba protección e introducía respuestas “de acuerdo con los principios morales y religiosos promovidos por el franquismo”. Cartas en las que se relataban episodios de violencia sexual, malos tratos, faltas de oportunidades o detalles íntimos de la vida matrimonial.

“Si usted tiene paciencia su esposo volverá a su lado”. Decía Elena Francis a sus oyentes en su programa en donde nunca leía las cartas recibidas y solo sus respuestas a un auditorio mayoritariamente perteneciente a la clase trabajadora. Aunque la audiencia potencial a la que aspiraba el Instituto Belleza Francis, en cambio, estaba más cerca de la clase media alta, que era el público que podía pagar sus productor, según las autoras.

“No amiguita, no. Yo creo que una mujer debe luchar denonadamente para conservar a su lado a su esposo, cuando este lo es, y debe aguantar hasta ciertos actos suyos por bien del matrimonio”… contestaba Elena Francis, personaje creado en su primera etapa por una guionista llamada Ángela Castells, “siguiendo las coordenadas ideológicas de la Sección Femenina de Falange y los postulados religiosos y morales”.

“Amiga invisible”, “ángel de la guarda”, “un hada buena” o “mamá francis” son también algunos de los apelativos con los que los oyentes llamaban a Elena Francis, mujeres que depositaban en este personaje más confianza que a nadie. Una guía para una formación moral que quiso amoldarse a los nuevos tiempos tras la muerte de Franco.

Pero Elena Francis seguía editorializando contra esa sociedad moderna “sometida a fuertes corrientes liberalizadoras, ninguna de ellas justifica el libertinaje que, como habría escuchado en este mismo consultorio, muchas veces solo produce madres solteras, hijos ilegítimos e intentos de suicidio”, dijo en 1977 y en 1984 el consultorio puso punto final.

Dignidad creciente, calidad menguante

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El flamenco es un arte de transmisión oral que, durante mucho tiempo, se ha preservado, fundamentalmente, en el seno de grandes dinastías gitanas de la Baja Andalucía, transmitiéndose de generación en generación en el ámbito familiar y en el barrio. En sus letras hay un poso de rebeldía, fruto de la persecución y la marginación. Durante los años 30, se dedicaron fandangos al capitán de Jaca Fermín Galán y a las banderitas republicanas. Por otro lado, a lo largo de los últimos años del franquismo y la Transición, numerosos artistas adquirieron un claro compromiso sociopolítico. Del duro trabajo en el campo y las noches en vela cantando para los señoritos en las ventas, los flamencos pasaron a los tablaos y los festivales veraniegos, primero, para alcanzar después, los teatros. Los profesionales del arte jondo gozan hoy de mayor consideración social que nunca, aunque en el camino se hayan perdido muchas cosas. La crónica de esta evolución la hacen aquí sus propios protagonistas: Antonio Mairena, El Sordera, Farruco, Juan Habichuela, Juan Varea, Rancapino, Fernanda de Utrera, Chano Lobato, José Menese, Enrique Morente, Paco de Lucía... Figuras incuestionables de este arte y, algunos de ellos, grandes patriarcas gitanos. Los testimonios han sido recogidos por el autor que, con ritmo periodístico y rigor en clave de tragicomedia, transita desde la pena de la seguiriya al envolvente compás de las alegrías de Cádiz
El flamenco es un arte de transmisión oral que, durante mucho tiempo, se ha preservado, fundamentalmente, en el seno de grandes dinastías gitanas de la Baja Andalucía, transmitiéndose de generación en generación en el ámbito familiar y en el barrio

‘Historia Social del Flamenco’, de Alfredo Grimaldos reúne más de 300 páginas que recogen un relato sobre el cante jondo contado desde la pobreza, o bien un relato de la pobreza contado desde lo jondo.

En las letras flamencas hay un poso de rebeldía, fruto de la persecución y la marginación. Durante los años 30, se dedicaron fandangos al capitán de Jaca Fermín Galán y a las banderitas republicanas.

Por otro lado, a lo largo de los últimos años del franquismo y la Transición, numerosos artistas adquirieron un claro compromiso sociopolítico. Del duro trabajo en el campo y las noches en vela cantando para los señoritos en las ventas, los flamencos pasaron a los tablaos y los festivales veraniegos, primero, para alcanzar después, los teatros. L

os profesionales del arte jondo gozan hoy de mayor consideración social que nunca, aunque en el camino se hayan perdido muchas cosas. La crónica de esta evolución la hacen aquí sus propios protagonistas: Antonio Mairena, El Sordera, Farruco, Juan Habichuela, Juan Varea, Rancapino, Fernanda de Utrera, Chano Lobato, José Menese, Enrique Morente, Paco de Lucía… Figuras incuestionables de este arte y, algunos de ellos, grandes patriarcas gitanos. Los testimonios han sido recogidos por el autor que, con ritmo periodístico y rigor en clave de tragicomedia, transita desde la pena de la seguiriya al envolvente compás de las alegrías de Cádiz.

“Los artistas flamencos han surgido, históricamente, de los estratos sociales más desfavorecidos económicamente. Esa es una realidad constatable”, explica el autor. “Los señoritos eran los que pagaban las fiestas en los colmaos y las ventas donde, de forma obligatoria, se buscaban la vida los flamencos. Ese esquema empezó a cambiar durante los años 60, con la proliferación de los festivales flamencos y de los tablaos, donde los profesionales percibían un salario o cobraban su caché. A partir de los años 80, el cante salió de los reductos de ‘cabales’ y amplió enormemente su público. Paradójicamente, ahora hay una oferta artística menos variada”.

En paralelo a ese relato socio-económico, el libro es un estudio político de la historia del flamenco, desde los tiempos de la Guerra de la Independencia contra los franceses, hasta nuestros días, con parada especial en los años de la Transición: “El compromiso explícitamente político de unos cuantos cantaores durante a Transición fue algo inusual, hasta entonces, en la historia del flamenco”. Y continúa: “Poco a poco se ha ido rebajando el compromiso, ante la gran ‘estafa democrática’ con la que culminó la venerada Transición: un rey puesto por Franco hace ya 35 años y un bipartidismo cada vez más corrupto”.

Alfredo Grimaldos publica un ensayo con la voz íntima y confidencial de los grandes del cante a través de encuentros y entrevistas de los que se resume, según el periodista, la pérdida de autenticidad de este arte. “Los flamencos están mejor ahora y el flamenco peor” –cuenta- “se ha pasado de la pobreza del trabajo en el campo y las noches en vela cantando en las ventas a los festivales y a los grandes teatros. Se han perdido muchas cosas en el camino”. Para el autor, la persecución y la marginación de otras épocas marcaron un poso de rebeldía que siempre ha acompañado al cante jondo y que hoy no existe en el flamenco. El libro está cuajado de anécdotas que dan cuenta de la relación de los flamencos con los distintos avatares sociopolíticos de la historia.

“Si coges el primer cancionero flamenco, el de “Demófilo”, la cantidad de letras alusivas a la represión, la cárcel y la guardia civil son tremendas. El flamenco siempre ha sido una música con un gran poso de rebeldía; una música en la que se ha cantado a la marginación, a la discriminación racial; en definitiva, a la pobreza, pero sin una elaboración política grande; salvo, como digo en el libro, en los momentos de la República, en los que unos cuantos cantaores –payos, es importante la matización– cantan a Fermín Galán, a García Hernández y a los capitanes de Jaca, etc. Cantan a la República y se comprometen con ese proceso. Después, en los años duros de la posguerra, se vuelve a cantar a la pobreza y la marginación”, explica Grimaldos.

“La gran transformación se produce con Pepe Menese y las letras de Francisco Moreno Galván, los dos de la Puebla de Cazalla y militantes del PCE. Renuevan las coplas flamencas partiendo de las raíces populares. En los discos de Menese se habla abiertamente de los maquis, la guerrilla, los últimos fusilamientos de Franco, la muerte de Grimau y de Centeno, etc”, continúa.

Grimaldos relata que “progresivamente, el flamenco fue saliendo de sus círculos naturales y se fue convirtiendo en otra cosa en la medida en que la sociedad iba evolucionando, se globalizaba”. Por tanto, “no se puede analizar aisladamente el flamenco”.

Así, a juicio del autor, “una determinada forma de flamenco, que es la que a mí me gusta, se está acabando”. “Ya no salen cantaores de ese corte, la sociedad es otra; el patio de vecinos donde vivía la Piriñaca y nació el Terremoto, el tabanco donde cantaba el Sordera, eso ya no existe. Ahora hay cantaores globales, como Miguel Poveda, que ha aprendido a cantar escuchando discos y que lo canta todo bien, a un nivel profesional, pero sin sabor ni pellizco: las alegrías no saben a Cádiz, las bulerías no saben a Jerez… El flamenco vinculado a las raíces sociales va desapareciendo, como desaparece el lince ibérico o los bolcheviques”, concluye.

Neville en el reino de las palabras

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Chaplin y Edgar Nevlle
Chaplin y Edgar Nevlle

Liberal, en el sentido tradicional de la palabra, ingenioso, abierto, con sentido del humor, lleno de sátira, brillante y alegre. Así define al periodista y escritor Edgar Neville José María Goicoechea, que reúne los “Cuentos completos y relatos rescatados”, en Reino de Cordelia.

El libro es una edición con todos los relatos de los libros publicados en vida del escritor y cineasta madrileño Edgar Neville (1899-1967). Se trata de 80 cuentos de seis libros, de los cuales 16 nunca habían sido publicados y que han sido rescatados de los periódicos de la época.

El Reino de Cordelia ya había publicado una novela corta y una guía de viajes de Neville, “Mi España particular”, y ahora le tocaba a los cuentos, los relatos de los libros publicados en vida de Nevile: “Eva y Adán”, “Música de fondo”, “Frente de Madrid”, “Torito bravo”, “El día más largo de monsieur Marcel” y “Dos cuentos crueles”.

Están ordenados cronológicamente, y Goicoechea ha optado por la primera versión cuando se ha tratado de textos aparecidos en diferentes ediciones, salvo en el caso de “Su único amigo”, que se publicó por primera vez en 1936 y en una versión mejorada en 1965, explica el antólogo.

El ritmo de publicación de esos libros, recuerda Goicoechea en el prólogo de su edición, fue de uno cada década, en paralelo siempre a la producción de teatro, cine, novelas y a los centenares de artículos en prensa, además de algo de poesía y “unos pinitos” en la pintura en sus últimos años.

Neville “no había cumplido aún los 27” y ya era amigo de García Lorca; ya había tenido “amoríos” con “cupletistas y actrices”; ya había estrenado alguna obra de teatro, “con polémica incluida”; “ya había estado en el Marruecos colonial” y “ya había pasado por la Facultad de Derecho” e ingresado en la carrera diplomática.

En los cuarenta años que median entre la publicación de “Eva y Adán” (1926) y “Dos cuentos crueles” (1966), Neville escribió cerca de cien relatos con una “sorprendente capacidad para adelantarse a su tiempo y defender una literatura de humor de enorme raigambre española y, al mismo tiempo, completamente universal”.

“Vitalista, elegante y hedonista, toda su obra supone un alegato contra la rancia burguesía surgida tras la Guerra Civil española, la cursilería y la estrechez de miras disfrazada de sentido común”, añade el editor.

El humor de una generación de los años 20 y 30, que fue una época dorada, y a la que se le llamó la otra generación del 27, con Jardiel Poncela, Neville, Tono y José López Rubio, el guionista y director de la película “La Malquerida”, que acuñó este término.

Reivindicación necesaria

Republicano en su día y efusivo falangista durante un breve período de reparador purgatorio, Neville, por su inserción biográfica en el franquismo y por su sostenida condición de aristocrático vividor a su aire, había pasado por una expectante cuarentena durante los primeros años de la democracia. Un libro y un ciclo retrospectivo de su filmografía, a cargo ambos del crítico e historiador de cine Julio Pérez Perucha, en la Seminci del año 1982, fueron el inicio de una “operación rescate” que no cesa de prolongarse.

El gran problema del director fue que ni la derecha ni la izquierda lo aceptaron: un snob en el mundillo del cine y del teatro no estaba bien visto en ambas partes. «Era un republicano de centro-derecha. El franquismo no era lo suyo», dice sobre un hombre del que no se conocían ideas religiosas importantes y casado pero con una amante. «Esto y su cine no cuadran con el movimiento, lo que quiere decir que se le aplicó la cuarentena de quien ha sido una figura durante el franquismo aunque no fuera ostensiblemente de esa ideología». En definitiva, un hombre libre, un artista libre.

Si sus comedias teatrales El baile (1952) o La vida en un hilo (1959) –catorce años antes rechazada por el público como película- disfrutaban de la condición de perdurables y dignas de ediciones anotadas, los mejores de sus variopintos filmes han merecido la atención y el reconocimiento del público gracias a la televisión y muy especialmente, en los últimos tiempos, gracias al programa “Historia de nuestro cine” de La 2.

Entre una cosa y otra, nadie duda de que películas como La torre de los siete jorobados (1944), Domingo de carnaval (1945), El crimen de la calle Bordadores (1946), Nada (1947), El último caballo (1950) o, entre otras, Mi calle (1960), la última de las suyas, sean obras muy notables, cuando no singulares, innovadoras y fuera de las tendencias de su época.

La piel del camaleón pensante

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Ortega y Gasset, en uno de sus viajes a Argentina. De una conferencias en este país en 1939 surgió el libro Meditación del pueblo joven, en el que encontramos una de sus frases más célebres: “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”
Ortega y Gasset, en uno de sus viajes a Argentina. De una conferencias en este país en 1939 surgió el libro Meditación del pueblo joven, en el que encontramos una de sus frases más célebres: “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”

El escritor Jordi Gracia equilibra la dimensión humana con la faceta intelectual de José Ortega y Gasset en una exhaustiva biografía que desactiva varias leyendas sobre este gran pensador y ensayista, entre ellas la de su franquismo o su complicidad con los fascismos.

“En la Guerra Civil, Ortega decide que el bando que mejor protege sus intereses es el franquista. No fue tanto una elección como una resignada opción. Pero luego no tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen”, afirma.

Publicado por la Fundación Juan March y la editorial Taurus dentro de la prestigiosa colección “Españoles eminentes”, el libro rastrea cada año de la vida de Ortega para que se entienda bien cómo se forjó el pensamiento de quien fue “una figura absolutamente capital en la modernización intelectual de España”.

Ortega (1883-1955) era un hombre “insultantemente inteligente” y “una máquina de pensar infatigable”, entre otras razones porque “el placer inagotable de pensar es parte de su intimidad como sujeto”, dice Gracia, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y cuyos ensayos han merecido varios premios.

La vía mejor para adentrarse en la figura de Ortega ha sido “una inmersión integral” en sus cartas, que en su mayor parte permanecen inéditas pero están accesibles en la Fundación Ortega y Gasset.

Y ha trabajado, además, con “esa maravilla de 600 páginas” que es “Las cartas de un joven español”, un libro que muestra al “muchacho que era Ortega entonces, un joven superdotado, con una capacidad mental para organizar la descripción del mundo que era única”, comenta el autor de esta biografía de 700 páginas, fruto de cinco años de trabajo.

Al no escamotear la dimensión humana, Jordi Gracia refleja también las facetas más antipáticas de Ortega, en especial “su complejo de superioridad”. “Era muy engreído y muy suspicaz. No encajaba las críticas”.

“Y tenía un impulso mesiánico redentor”. El horizonte de su ambición intelectual, añade el biógrafo, “era gestar la transformación de España en un país moderno”.

Ortega también descubre pronto que “puede llegar a ser el formulador de la nueva filosofía”. La teoría de la relatividad de Einstein, “en la medida en que descubre un nuevo tiempo en términos físicos, necesita una nueva filosofía”, y esa es la que iba a aportar Ortega, comenta el autor.

En 1914, Ortega ya era “el pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España”. Ese año fue clave en su trayectoria porque “lidera la movilización política de los jóvenes antisistema -entonces habría que llamarlo así- contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal”.

Y ese año publica “Meditaciones del Quijote”, la primera cristalización de su pensamiento. En 1916 “empieza a sentir que tiene ya armada la idea de su razón vital filosófica”.

Este “pensador ateo que identifica como enemigo de su proyecto a la iglesia católica” fue “admirado y respetado” por intelectuales como Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Machado, Juan Ramón Jiménez, Azaña, Gregorio Marañón o Américo Castro.

Esa admiración no evitó que algunos “detectaran pronto la soberbia” de Ortega. Fue Pérez de Ayala el que le dijo “en una carta feroz: ‘usted no acepta las críticas de nadie. Usted cree que es la verdad'”, recuerda Gracia.

Entre “las leyendas” que esta excelente biografía intenta desactivar está la de “la marginalidad política” de Ortega.

Su participación en política “fue muy activa”, asegura el biógrafo. Decidió liderar “la necesidad de ir a una II República” y de luchar contra la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía.

“En su fantasía más secreta estuvo incluso la posibilidad de presidir la República, pero de inmediato se dio cuenta de que era inviable”, señala el autor.

En la Guerra Civil, Ortega consideró “un mal menor” el bando franquista, pero no lo hizo público “salvo en unas pocas líneas en 1938. Por fin sí acepta colaborar con el servicio de propaganda franquista, y lo hace a través de un artículo larguísimo que le sirve para garantizar que él estaba en el lado franquista”, añade el autor.

Le echaron en cara su silencio durante la Guerra Civil, una actitud que “ya había predicado” en 1914. Las guerras, pensaba Ortega, “neutralizan la posibilidad de decir la verdad” y el único modo de estar a la altura era el silencio.

En su correspondencia consta que se suma al bando franquista, pero “eso no significa que de Ortega salga un franquista. No tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen”, subraya Gracia.

En la primera posguerra intentará regresar a España y “tanteará hasta dónde es verdad que él puede servir para reformar en sentido liberal al régimen”.

“El escarmiento es inmediato. Y se da cuenta de que utilizan como herramienta de legitimación del régimen su presencia en España, y sobre todo la conferencia que pronunció en el Ateneo de Madrid en 1946, que causó consternación entre los intelectuales del exilio.

Jordi Gracia tiene muy claro que a Ortega no se le puede asociar con el fascismo. “Ninguno de los dos totalitarismos del siglo XX era solución de nada, decía una y otra vez”, concluye.