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Blancanieves en el infierno

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Fredy Hirsch no habita el imaginario colectivo de los héroes del Holocausto. Quizá su memoria quedó secuestrada por el prejuicio debido a su “supuesto” suicidio tardíamente aclarado como envenenamiento inducido, y a su condición homosexual que durante el Holocausto y después, en una Checoeslovaquia comunista era tabú mencionar
Fredy Hirsch no habita el imaginario colectivo de los héroes del Holocausto. Quizá su memoria quedó secuestrada por el prejuicio debido a su “supuesto” suicidio tardíamente aclarado como envenenamiento inducido, y a su condición homosexual que durante el Holocausto y después, en una Checoslovaquia comunista era tabú mencionar

A su corta edad, estaban condenados a sufrir los horrores del Holocausto; sin embargo, alguien se interpuso entre un grupo de niños internados en Auschwitz y su terrible destino. Fue Fredy Hirsch, un judío que construyó “un paraíso” infantil en medio del infierno nazi.

En el más emblemático campo de exterminio había un barracón diferente de los demás. Tenía el número 31 y estaba decorado con un mural de Blancanieves, que rodeaba el espacio donde niños checoslovacos aprendían música, geografía e historia de la mano de Hirsch.

Este asombroso y desconocido relato es el que aborda el documental “Paraíso en Auschwitz”, dirigido por el matrimonio mexicano y judío de Aarón y Esther Cohen, quienes presentarán el filme este sábado y domingo en el Cine Tonalá de Ciudad de México tras el éxito que ha tenido en varios festivales de cine judío.

“Fredy negoció con los alemanes una especie de escuelita para niños donde los maestros eran escogidos entre los internos. Así logró hacer un espacio totalmente inaudito en medio del infierno”, explica Aarón, director del documental.

“Los niños pudieron vivir una situación en la que aprendieron a compartir, a tolerar, y se educaron en humanidades y arte. Gracias a esa experiencia que tuvieron, pudieron emerger de la muerte y tener una vida digna y sana”, relata Esther, la productora.

Admite que el título del filme es “controvertido” al juntar las palabras “paraíso” y “Auschwitz”, pero argumentó que tras escuchar los 13 testimonios del documental, el título cobra sentido.

Alfred “Fredy” Hirsch, nacido en 1916 en Alemania, huyó de su país tras la promulgación de las leyes de Nuremberg que discriminaban a los judíos y se trasladó a Checoslovaquia, donde se dedicó a la educación infantil dirigiendo un grupo de “boy scouts judíos”.

En 1941, con la ocupación nazi ya consumada, fue deportado al gueto checoslovaco de Terezín como parte de un comando encargado de organizar actividades para embellecer el lugar ante la inminente visita de la Cruz Roja Internacional.

“Consiguió dar clases de música, literatura, gimnasia y deportes para distraer a los niños de la terrible situación del gueto, donde moría gente por enfermedades y hacinamiento”, concede el director.

En 1943, un primer cargamento de 5.000 judíos de Terezín, entre los que se encontraba Hirsch, fueron deportados hacia la fábrica de la muerte de Auschwitz, donde fueron ubicados en un “campo familiar” que simulaba mejores condiciones para los internos con el objetivo de engañar a los organismos internacionales.

Las condiciones eran igualmente inhumanas en esa zona de Auschwitz, donde los nazis simulaban repartos de comida que los internos tenían prohibido comer. Sin embargo, Hirsch aprovechó esas circunstancias y su dominio del alemán para convencer a los carceleros para montar su “escuelita”.

Fredy Hirsch autosuficiente, desenvuelto y audaz, se granjeaba a los guardias de la SS, y le otorgaban algunos privilegios que usaba para beneficiar a los niños con algo de comida o ropa extra. A pesar de esa imagen siempre en control, a Fredy su homosexualidad le creaba un gran conflicto que ocultaba con cierto éxito. Esta condición no les era desconocida a sus colaboradores y tampoco era obstáculo para valorarlo, quererlo y admirarlo. Organizó equipos de atletismo, clases de box y campeonatos de futbol y baloncesto. En 1943, Fredy creó su propio campeonato de futbol y 10 equipos disputaron la Copa de Terezín. En plena ocupación nazi formó la Liga de Terezín con jugadores reconocidos en la escena deportiva de checos, austriacos, daneses, alemanes e italianos prisioneros, y convenció a los nazis de formar un equipo de Soccer con guardias, para enfrentar a los internos.

En un principio los nazis prohibían estas actividades, pero más tarde ante los rumores de las siniestras acciones de los nazis y de la alarma sobre La Solución Final, las utilizaron para crear la imagen de una ciudad normal. En mayo de 1944 le permitieron a la Cruz Roja Internacional, una visita al gueto-campo de Terezín. Con este motivo, en el otoño de 1943 se inició una campaña intensa de embellecimiento y deportaron a 15,000 ancianos y enfermos para dar una imagen saludable. Los Delegados de la Cruz Roja recorrieron la escenografía de instalaciones maquilladas y asistieron a magníficos conciertos, terminando con una función de la ópera Brundibar de Hans Krasa, actuada por niños, lo que acabó de redondear la farsa. La puesta en escena fue tan exitosa que la delegación consideró innecesario continuar su visita a Auschwitz. La desilusión de los prisioneros fue enorme, ya que nadie se enteraría de su suerte.

En agosto de 1943 llegó a Terezín, un transporte con 1200 niños del recién liquidado gueto de Bialystok que habían sido testigos de la masacre perpetrada contra sus padres. Para mantener el secreto y poder continuar sin resistencia con el exterminio, cualquier comunicación con los niños estaba estrictamente prohibida. A pesar de la orden, Fredy Hirsch, visitó a los niños y fue descubierto. De castigo fue deportado a Auschwitz.

Fredy fue deportado a Auschwitz el 9 de Septiembre de 1943, con otros 5,000 prisioneros, aproximadamente cuando empezaban los preparativos en Terezín, para la gran farsa con la Cruz Roja. En Diciembre de 1943 se les unió un segundo transporte de Terezín con otros 5,000 prisioneros, en el que se encontraba Bedrich Steiner con su familia. No hay documentos oficiales que atestigüen la existencia de este Campo, salvo los testimonios personales de los sobrevivientes que en general coinciden abrumadoramente en el reconocimiento del papel de Fredy Hirsch en sus vidas y el imperativo de reconocer su heroísmo. Zuzana Ruzickova escribió: “Muchos niños pueden decir que salvó sus vidas, pero en realidad, salvó nuestras almas. Salimos más o menos intactos, gracias a él.”

Fredy siguió con su labor de preservar una estructura similar a la de Terezín asumiendo el puesto de Altester del Block 31. La rutina diaria iniciaba en las letrinas, luego, aseo en los lavaderos, con el agua sucia congelada tiritando con el frío de invierno, -para prevenir la diseminación de piojos y otras enfermedades. Seguía el desayuno, – Fredy consiguió que mejorara un poco la comida de los niños, -y en las clases, se enfatizaban los valores de decencia y solidaridad, que desgraciadamente en el contexto concentracionario se derrumbaban vertiginosamente.

Esta rutina les proporcionaba una cierta estabilidad. Cantar estaba permitido, pero no estudiar. El objetivo de Fredy y su staff de educadores, era alimentar la espiritualidad infantil, distraerlos de la realidad circundante y crear la ilusión de un destino esperanzador. Las clases se llevaban a cabo durante el día en el Block 31, una barraca como las demás, sin literas. Sentados en bancos, alrededor de los maestros, estaban tan cerca unos de otros, que podían escuchar tres clases diferentes al mismo tiempo.

En estas circunstancias, la disciplina era un imperativo. El equipo de Fredy consistía aproximadamente de 20 maestros y madrijim que él conocía con anterioridad. Aceptaba gente extra para favorecerlos, dado que en el Block había mejores condiciones que afuera. No importaba lo que enseñaran: geografía, historia o judaica.

Como no había cuadernos ni libros, las cualidades más valoradas eran la memoria, la imaginación y la habilidad de contar historias, de organizar juegos y representaciones. Otto Kraus magnetizaba a los niños por su manera de contar historias. A Avi Fischer le interesaba la Astronomía e Historia, y los deslumbraba con los fascinantes fenómenos del espacio e historias de pueblos exóticos. Cada maestro se especializaba en los libros que recordaba y se convirtieron en una biblioteca móvil, en libros con piernas. Cada grupo solicitaba un título y ellos hacían el “intercambio de libros”.

En los muros sin ventanas, de madera podrida, también se operó la magia. La atmósfera opresiva cambió. De la mano de Dina Babbit, de Mausi Hermann y otros asistentes, llegaron nuevos inquilinos. Las jóvenes pintoras poblaron las paredes con indios, esquimales, y africanos. Los pájaros dejaron de ser una rareza en Birkenau y en pleno invierno se llenó de flores, árboles y rocas, pero sobre todo, llegaron Hansel, Gretel, y Blanca Nieves con los siete enanitos. Dina Babbit antes de la deportación, fascinada por Blanca Nieves, vio clandestinamente siete veces la película de Disney estrenada en 1937. En esos años, hablar de cine en el mundo, era hablar de Hollywood. Fredy como siempre se hizo cargo y les consiguió papel, pinceles y colores. Gracias a su talento, Mausi y Dina aún adolescentes, fueron llamadas por Mengele a dibujar retratos en el Campo Familiar de los Gitanos. Fredy guió a cada uno de sus asistentes, a descubrir sus mejores atributos en medio de lo sórdido y lo más ruin del ser humano. Ninguno se preguntaba si era absurdo enseñar geografía o leyes gramaticales cuando la muerte era lo único real en esa puesta en escena. Ellos necesitaban creer, tanto como los niños.

Casi todos los maestros sobrevivieron y han dado sus testimonios. Entre las barracas del “familiencamp” y las regaderas, quedaba un patio que servía para deportes, y juegos scóuticos. Para los prisioneros, la imagen de los niños pequeños, paseando por el Campo, no lejos de ellos y de las torres de guardia, cantando y recogiendo piedritas, era una escena inverosímil.

Fredy Hirsch
Fredy Hirsch

Las actividades más recordadas del Block 31, eran las canciones y las representaciones. Avi Ofir enseñaba con entusiasmo las canciones a los niños y la canción favorita era Aluette, una canción infantil francesa que cantaban los niños constantemente a todo pulmón. “En momentos como esos podíamos ausentarnos de la realidad”. En las ceremonias de Shabat organizaban obritas y sketches que escribían los niños. Pero la que causó el mayor y más duradero impacto, la máxima sensación de este período, fue la puesta en escena de Blanca Nieves y los 7 enanitos con escenografía, vestuario y bailes, aunque rudimentarios, mas las canciones originales de la película de Disney. Kurt Rubichek, comunista y asistente de Fredy, escribió el guión y mucho tiempo ensayaron los papeles que los niños tenían que interpretar en alemán. El príncipe de la obra y alma de la producción general era Fredy, que conseguía lo necesario aprovechando sus privilegios. Todo era dinamismo, emoción y entusiasmo. El Dr. Mengele entraba ocasionalmente a ver los avances de la obra y les sonreía a los niños. Esto alimentaba la esperanza que subyacía en los maestros de que a los niños no les pasaría nada.

“En Auschwitz no fueron seleccionados entre los que iban a la cámara de gas y los que sobrevivían, sino que fueron mandados a un campo familiar. Al saber eso, nos dimos cuenta de que había una historia que contar y así nació el documental”, comenta Aarón.

Los Cohen comenzaron a perseguir la pista de Hirsch en 2008, cuando un amigo familiar y superviviente del Holocausto les contó de primera mano la historia de ese insólito campamento.

Entonces comenzaron a tirar del hilo. Acudieron al archivo del director Steven Spielberg compuesto por 50.000 testimonios digitales de víctimas del Holocausto y encontraron seis que hablaban de Fredy Hirsch. Posteriormente entrevistaron a seis supervivientes más en República Checa, Israel y Estados Unidos, en un proceso que duró ocho años.

“La historia está contada en el documental como un coro griego en el que los testimonios se complementan. Pero lo más impresionante es que en diferentes tiempos y espacios la historia que cuentan coincide completamente”, sostiene Esther.

“Se les iluminaba la cara cuando hablaban de Fredy. No querían hablar de lo que vivieron en Auschwitz sino de Fredy y de lo que hizo por ellos”, añade la productora, quien señala que Hirsch “les enseñó a valorar lo que tenían a su alrededor”.

Los documentalistas sospechan que la historia de Hirsch permaneció oculta durante mucho tiempo por su condición de homosexual, algo poco tolerado en los regímenes comunistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Pero Aarón y Esther desempolvaron este relato para retratar “el proceso de deterioro” que se vivía en Auschwitz y evitar que vuelva a ocurrir otro genocidio, pues “cuando la historia se olvida, tiende a repetirse”.

Pero también retratan una luz de esperanza, encarnada en un Hirsch que dio lo mejor de sí para adecentar la situación de aquellos niños.

¿Qué pasó con Fredy? “Es el chiste de la película”, sentencia el director.

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Pérez Solís y el baile ideológico de la Yenka

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Cuando Oscar Pérez Solís salió de la cárcel el 9 de agosto de 1927 era un hombre nuevo. Explicando a sus compañeros comunistas que necesitaba reponer su salud, se desplazó a Valladolid para retirarse temporalmente de la política. Aquel mismo otoño El Norte de Castilla se hacía eco del rumor de que Pérez Solís renegaba de su militancia a la vez que había aceptado un cargo directivo en una importante empresa de reciente creación
Cuando Oscar Pérez Solís salió de la cárcel el 9 de agosto de 1927 era un hombre nuevo. Explicando a sus compañeros comunistas que necesitaba reponer su salud, se desplazó a Valladolid para retirarse temporalmente de la política. Aquel mismo otoño El Norte de Castilla se hacía eco del rumor de que Pérez Solís renegaba de su militancia a la vez que había aceptado un cargo directivo en una importante empresa de reciente creación

El dirigente comunista asturiano Óscar Pérez Solís participó en 1924 en la Unión Soviética en el V Congreso de la Internacional Comunista y dos décadas más tarde se afilió a la Falange, un viaje ideológico del que se publica su testimonio.

“Un vocal español en la Komintern” es el título que, con el subtítulo “Y otros escritos sobre la Rusia Soviética”, ha puesto la editorial Renacimiento a los textos memorialísticos en los que el también periodista y escritor Óscar Pérez Solís dejó constancia de esta evolución política durante los años más convulsos del siglo XX.

Óscar Pérez Solís no fue un comunista cualquiera sino alguien que se entrevistó con Bujarin y con Stalin y que escribió una semblanza de Trotski de primera mano, ya que lo trató personalmente –“me recibió afabilísimamente”, cuenta en estas páginas– como también hizo con el dirigente soviético Zinoviev, además de haber sido amigo de Andreu Nin, quien le sirvió de intérprete en su entrevista con Stalin.

“Al cabo de mi estancia en la capital soviética llegué sentir el deseo de huir de allí cuanto antes”, escribe Pérez Solis en estas páginas, antes de confesar que durante aquel viaje no fue consciente del “terremoto espiritual que derrumbaba en lo hondo de mi consciencia los ídolos que (me) habían arrastrado a la peregrinación a Moscú”.

Tras su visita a la Rusia soviética “se deshacían en evidencias de fracasos las quimeras de aquella revolución ‘redentora’ que perdía todo su encanto vista desde cerca”, añade Pérez Solís al evocar su deserción de Moscú porque se sentía “incómodo” en la “capital del mundo” tal y como él mismo había definido a la capital soviética en un artículo que había publicado por aquellas fechas en el periódico francés “L’Humanité”, órgano de los comunistas franceses.

Para su viaje a Rusia, Pérez Solís viajo por media Europa con pasaporte falso y su regreso a España, a la que no deja de añorar según confiesa también en estas páginas, fue posible por la amnistía política decretada en el verano de 1924 por el general Primo de Rivera, a quien sólo dedica elogios, tal vez por el contraste con la dureza política y determinación sin fisuras que encontró en los líderes bolcheviques:

“Un buen día, nunca mejor dicho, se le ocurrió a aquel paternal dictador –paternal, y así le sacaron los ojos muchos de los cuervos que crió–, a aquel dictador bondadoso que fue D. Miguel Primo de Rivera, decretar una amplia amnistía para los delitos políticos. También D. Miguel era de esa especie candorosa de políticos ingenuos que se figuran que las ostras pueden abrirse por la persuasión”.

Y eso que Pérez Solís reconoce que la vida como invitado político en Rusia no era desagradable: “Aun cuando la generalidad de la población tuviera que afrontar en Rusia grandes privaciones, los capitostes revolucionarios –al menos los que estábamos allí en calidad de huéspedes de la ‘Komintern’– no lo pasábamos del todo mal, sin que nadáramos en la abundancia. Caramba: no podíamos quejarnos. Lo teníamos pagado todo, y por añadidura percibíamos, para gastos menudos, unos dos rublos diarios”.

Pérez Solís nació en Bello (Asturias) en 1882 y falleció en Valladolid en 1951, fue dirigente del PSOE en los años diez y se integró en las filas comunistas en los años veinte cuando fue designado como vocal español en Congreso de la Internacional Comunista, para en 1936 apoyar el levantamiento militar y luchar con el bando sublevado en Oviedo.

De esta edición se ha encargado el profesor italiano Steven Forti, especializado en la estudio sobre el tránsito de dirigentes políticos de la izquierda al fascismo y quien ha comparado el caso de Pérez Solís con el de Paul Marion, conocido en Francia, ya que pasó a ser director del departamento de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Francés a hacerse cargo de la secretaria general de Información y Propaganda del régimen de Vichy.

La evolución política de Marion también estuvo marcada por un viaje y una larga estancia en la Unión Soviética, donde permaneció entre 1927 y 1929 como invitado para asistir a los cursos de la Escuela Marxista-Leninista de Moscú.

Juana de Arco, ecos divinos o patologías terrenales

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Juana de Arco, aconsejada por el Arcángel Miguel
Juana de Arco, aconsejada por el Arcángel Miguel

En 1429, cuando Francia estaba sumida en la Guerra de los Cien Años y vivía los peores momentos de su lucha contra Inglaterra, una campesina inculta que veía ángeles y escuchaba voces logró acceder al rey de Francia. En pocos días le convenció de que ella podía levantar la moral de su debilitado ejército. Se trataba de Juana de Arco y aquellas voces que oía la convirtieron en una heroína militar en el siglo XV. Sus interlocutores eran san Miguel, santa Catalina y santa Margarita, patrones de la región del este francés de donde procedía Juana y ordenaron el asedio de Orleans o la campaña del Loira.

Casi 600 añ0s después, el neurólogo Guiseppe d’Orsi de la Universidad de Foggia y el profesor adjunto de Ciencias Biomédicas y Neuromotores, Paolo Tinuper, de la Universidad de Bolonia en Italia han sugerido que las voces misteriosas que oía Juana de Arco podían ser causadas por una forma de epilepsia, que influye en la parte del cerebro responsable por la capacidad auditiva.

La idea se les ocurrió cuando los científicos analizaban los documentos del proceso de Juana de Arco en el que sería acusada de herejía y brujería, siendo sentenciada a ser quemada en la hoguera en 1431. Varios síntomas de la francesa detallados en los registros históricos apoyan este diagnóstico.

Cuando una persona padece esta enfermedad, experimenta convulsiones recurrentes involuntarias. Son debidas a un desequilibrio en la actividad eléctrica de las neuronas en alguna zona del cerebro. Esto puede ocasionar que cuando una persona con epilepsia entra en este estado queda aturdido y confundido. Dependiendo cómo sean las convulsiones y a qué zona del cerebro afecten, la persona puede reaccionar de diversas formas (como oyendo voces que en realidad no están allí).

Según historiadores, Juana sellaba las cartas “con cera dejando la huella de su dedo y un pelo” para probar su identidad. Sin embargo, estas cartas no han sido encontradas y por ahora es complicado demostrar la hipótesis propuesta.

Las alucinaciones auditivas son una característica común de muchos trastornos psiquiátricos, como la psicosis, la esquizofrenia y el trastorno bipolar, pero también son experimentados por personas sin trastornos psiquiátricos. Se estima que entre el 5 y el 15 por ciento de los adultos experimentan alucinaciones auditivas durante su vida. La parapsicología también se ha aproximado a este extraño fenómeno que, ocasionalmente, revela información sorprendente para quien lo experimenta aunque no hay consenso entre si las voces son exógenas (espíritus o entidades) o endógenas (una creación de nuestra mente o yo interno que nos advierte y nos alerta).

Morriña en un nido de espías

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Joan Puyol y Araceli González, los Garbo
Joan Puyol y Araceli González, los Garbo

Araceli González, la esposa del espía español Juan Pujol García, alias “Garbo” -el más importante agente doble del Reino Unido en la segunda Guerra Mundial- casi levantó su tapadera, al no poder aguantar su vida en Inglaterra, revelan unos documentos oficiales desclasificados.

Estos informes, escritos por el servicio de contraespionaje británico MI5 y hechos públicos por los Archivos Nacionales de Kew, explican cómo en 1943 la joven esposa y madre amenazó con ir a la embajada española y revelar la identidad de su marido si no le permitían viajar a España para ver a su familia.

La pareja residía en la población de Harrow, cercana a Londres, desde donde él supuestamente gestionaba para los nazis una red de subagentes, que en realidad eran ficticios y ocultaba su trabajo para el MI5.

Los documentos desclasificados revelan que, para evitar ser reconocidos, Pujol mantenía a su esposa y a sus dos hijos encerrados en casa y controlados, lo que acabó hartando a Araceli, que amenazó con ir a la embajada española y contarlo todo.

“No quiero vivir ni cinco minutos más con mi esposo”, espetó la joven al oficial británico a cargo de “Garbo”, Tomas Harris, según los informes.

“Aunque me maten, me voy a la embajada”, añadió.

El MI5 no podía dejarla ir porque ello hubiera levantado la tapadera de Pujol, a quien había contratado en 1942, tras comprobar que se había ganado la confianza del régimen nazi, con el alias de “Garbo” y un supuesto empleo como traductor de la cadena pública BBC.

Para evitar una crisis, el agente Harris engañó a Araceli, diciéndole que su esposo había sido despedido por su actitud insensata.

Pujol fue aún más lejos, pues, para erradicar cualquier trazo de rebeldía, sugirió montar una trama para hacer creer a su esposa que había sido encarcelado al intentar defenderla -lo que la llevó a protagonizar un aparente intento de suicidio-.

Como parte de este montaje, los agentes del MI5 llevaron a Araceli a ver a su esposo al centro de detención donde supuestamente estaba preso, lo que hizo que ella prometiera portarse bien a cambio de que le dejaran en libertad.

Harris alaba en el documento la destreza de Pujol al urdir una farsa “que permitió salvar una situación que, de otra manera, hubiera sido intolerable”.

En otro documento difundido hoy, se revela que en 1945 Harris valoró infiltrar al espía español en los servicios secretos rusos, para que les sirviera de fuente en el Gobierno de Joseph Stalin de cara a la inminente Guerra Fría.

Esto al final no se llevó a cabo y el agente doble y su esposa se fueron a vivir a Venezuela, donde él murió en 1988, mientras que ella falleció en Madrid dos años después.

Portugal, paraíso de espías

Portugal fue un enclave estratégico de las redes de espionaje durante la II Guerra Mundial que dejaron a su paso historias de grandes agentes secretos como Garbo o Popov, aunque también de otros que abusaban de su picardía.

La neutralidad de la dictadura de António Salazar y el uso del país como punto de partida hacia América atrajeron a Portugal a los mejores espías de la época, que convivieron con otros que se hacían pasar por agentes secretos o vendían información falsa a cualquier bando.

El espía español Juan Pujol, alias 'Garbo', en uniforme republicano y caracterizado
El espía español Juan Pujol, alias ‘Garbo’, en uniforme republicano y caracterizado

El catalán Joan Pujol, “Garbo” para los británicos y uno de los grandes nombres del espionaje mundial, pasó dos veces por Portugal y se movía entre Lisboa y la costa de Estoril, un nido de espías, de grandes figuras políticas exiliadas y de refugiados de Europa que huían del desastre bélico.

Durante su estadía en el hotel Suiza Atlántico en el centro de la capital, el agente urdió parte de su estratagema para engañar al bando alemán y actuar como doble espía para los aliados.

“Los británicos escuchaban cómo (Pujol) engañaba a los alemanes y poco después lo reclutaron”, explica la historiadora Irene Pimentel, autora del libro “Espías en Portugal durante al II Guerra Mundial”, en el que relata este episodio.

“Garbo” fingía estar en Londres, que nunca había pisado y que describía con la ayuda de una guía de viajes comprada en Lisboa para hablar de las localizaciones y detalles de la ciudad.

Con su pericia y abnegación, iba enviando informaciones falsas a la dirección del espionaje de los alemanes en Madrid y su audacia fue pronto detectada por las escuchas de los británicos, a quienes les había ofrecido sus servicios pero aún no habían confiado en él.

Poco después, pasó a formar parte del Comité de la Doble Cruz británico que funcionó como sistema de contraespionaje durante la contienda y en el que el espía español fue clave al convencer a Adolf Hitler de que el desembarco iba a ser en el Paso de Calais (Francia) y no en Normandía, como finalmente ocurrió.

Con un perfil muy diferente, se movía por las calles de Lisboa el agente doble Dusko Popov de los aliados. Los informes del FBI enviados a los servicios ingleses afirmaban que el yugoslavo andaba con un “aire de play-boy”, una vida de lujo, coches caros, hoteles de primera y amantes que sucumbían a su carisma.

“Popov fue como Garbo, el otro gran espía que alejó a los alemanes del desembarco de Normandía. Consiguió mantener la confianza de los alemanes hasta el final de la guerra”, señala Pimentel.

Otro espía famoso en Portugal fue Ian Fleming, funcionario de la Inteligencia Naval Británica y director de la oficina ibérica del servicio de espionaje inglés.

El escritor de las novelas de James Bond se alojó en el Hotel Palacio de Estoril y, como la mayoría de espías, controlaba los movimientos marítimos del bando alemán en el Atlántico sur.

Compartía copas con agentes alemanes en los bares de la zona, que solían hospedarse en el vecino Hotel Parque, en el que años después se encontraron micrófonos ocultos bajo el suelo.

La genialidad de la inteligencia mundial convivió con la picardía de los ciudadanos de a pie que supieron aprovechar el ambiente de intriga, desconfianza y espionaje que gobernó aquella Lisboa cosmopolita.

Los portugueses se acercaban a los cafés y hoteles donde se hospedaban los espías y diplomáticos a la caza de informaciones, y funcionarios de aduanas, policías y estibadores participaban en aquel gran mercado de intercambio de secretos.

Hasta los alemanes tuvieron que desconfiar de las prostitutas del barrio de Cais de Sodré, cercano al puerto, que ayudaban a los aliados con las horas de salida y entrada de los barcos germanos gracias a sus clientes.

En general, los portugueses trabajaban como informadores de cualquiera de los bandos a cambio de dinero, alimentos o ropa, otros se hacían pasar por espías y los que de verdad lo eran tampoco tenían buena fama.

“No eran bien vistos. Según los ingleses, los portugueses rápidamente decían que eran espías y no guardaban bien los secretos. Y los alemanes decían que se inventaban la información cuando no tenían”, explica Pimentel.

Otros exigían pagos cada vez mayores de los que los alemanes se quejaban. Un funcionario que vigiló a los duques de Windsor exigía zapatos para toda la familia porque decía que todos habían ayudado en el seguimiento.

Aunque unos mejores que otros, con espías dobles y hasta algunos triples, Portugal siguió hasta el final de la guerra como punto de paso para el espionaje que Salazar gestionaba “con pinzas”, según Pimentel, y que solo prohibió a partir de 1943.

Motín previo al ‘Verano del Amor’

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En 1966, los vecinos y dueños de comercios y negocios del distrito molestos por los ruidos, atascos y congestión del tráfico que generaban las concentraciones de hippies en la zona, habían alentado el establecimiento de leyes contra el vagabundeo e incluso la imposición de un toque de queda a partir de las diez de la noche. Esto fue percibido por los jóvenes, los hippies y  los aficionados a la música rock locales como una violación de sus derechos civiles, y, así, el sábado 12 de noviembre de 1966, se distribuyeron folletos y octavillas a lo largo del lugar invitando a la gente a manifestarse al atardecer
En 1966, los vecinos y dueños de comercios y negocios del distrito molestos por los ruidos, atascos y congestión del tráfico que generaban las concentraciones de hippies en la zona, habían alentado el establecimiento de leyes contra el vagabundeo e incluso la imposición de un toque de queda a partir de las diez de la noche. Esto fue percibido por los jóvenes, los hippies y los aficionados a la música rock locales como una violación de sus derechos civiles, y, así, el sábado 12 de noviembre de 1966, se distribuyeron folletos y octavillas a lo largo del lugar invitando a la gente a manifestarse al atardecer

Los disturbios de Sunset Strip enfrentaron a los jóvenes y las autoridades de la ciudad y dejaron huella en la contracultura californiana. Las protestas desataron una serie de enfrentamientos entre seguidores del Movimiento Hippie y la policía de Los Ángeles. Estos disturbios tuvieron períodos de reincidencia y se prolongaron hasta avanzados los años setenta.

Los altercados simbolizaron el choque generacional entre una juventud abierta a la libertad y experiencias de toda clase, desde el rock a las drogas, frente a unas autoridades que no comprendían los nuevos tiempos.

Si en San Francisco los hippies habían elegido el distrito de Haigh-Ashbury como el lugar preferido para su exaltación de la libertad, en Los Ángeles la zona tomada por los hippies fue Sunset Boulevard, y más específicamente la zona más estrecha de la calle que se denominaba Sunset Strip. Las tiendas se llenaban de objetos y souvenirs variados relacionados con el movimiento hippie, cafés con inquietudes literarias, ropa usada muy florista, “tuneada” y coloreada con una viveza desconocida hasta entonces, todo ello imbuido en un aroma de incienso, bucolismo y LSD.

Los hippies detestaban el convencionalismo americano, su nivel de vida acomodado, sus valores, el surf, los coches y, en especial, cierta música blanca ingenua, ligera y no comprometida.

Sin embargo, el movimiento hippie fue algo prácticamente exclusivo de los blancos, los sujetos de raza negra enseguida se apartaron de él porque creían que finalmente se les relegaría como había sucedido siempre. Pese a ello, la música del movimiento se surtía de fuentes del Soul, el Blues y el Rythm and Blues; prueba de ello son Jefferson Airplane, Big Brother and The Holding Company y Grateful Dead, entre otros.

El serpenteante tramo de Sunset Boulevard conocido como Sunset Strip era el lugar de reunión para los adolescentes a mitad de los años 60 en torno a una palpitante escena musical que mezclaba el folk, la psicodelia y el garage con artistas como Love, The Byrds, The Seeds, Frank Zappa o The Doors.

Los problemas de tráfico y las aglomeraciones de los adolescentes en la zona, donde había clubs como el Whisky a Go Go y se reunían hippies, moteros y rebeldes de todo tipo, llevaron a las fuerzas de seguridad a reforzar su presencia en el lugar como respuesta a las quejas de residentes y propietarios de negocios.

En 1966 se estableció un toque de queda a las 10 de la noche para los menores de 18 años y esta decisión, que consideraban era sólo una muestra más del acoso y la represión contra ellos, provocó que los jóvenes convocaran una protesta el 12 de noviembre en el club Pandora’s Box.

Portando pancartas con lemas como “Apoyad los derechos de los jóvenes” o “Derechos también para la juventud”, se manifestaron cientos de personas vinculadas a la contracultura entre los que se encontraba el actor Peter Fonda (“Easy Rider”, 1969), que fue detenido por la policía y liberado cuando se comprobó que estaba rodando imágenes para un documental.

“Iba bajando por Laurel Canyon Boulevard y fui recibido por los disturbios”, recuerda en el libro “Riot On Sunset Strip” el guitarrista Stephen Stills, por aquel entonces en el grupo Buffalo Springfield junto a Neil Young y que se sirvió de lo sucedido para componer la inolvidable canción “For What It’s Worth”.

“Me senté y escribí la canción en quince minutos (…). Los disturbios de Sunset Strip fueron sólo un funeral por un bar (el Pandora’s Box). Pero entonces llegó el genio inmortal de los idiotas que dirigían la Policía de Los Ángeles, que puso ahí a todos esos oficiales en formación de batalla, como si fueran el ejército macedonio, contra un grupo de chavales”, añade.

Las protestas continuaron durante semanas y, además del tema “For What It’s Worth”, inspiraron las canciones “Plastic People” de Frank Zappa y “Safe In My Garden” de The Mamas and the Papas. La canción de The Standells “Riot On Sunset Strip” se inspiró en estas protestas y se hizo una película al año siguiente (1967) sobre estos sucesos en la cual esta pieza era la central de la banda sonora del film.

Hay que reseñar que unos grandes y poderosos aliados de los hippies fueron sorprendentemente Los Ángeles del Infierno, que aunque no tenían una ideología de izquierdas, ante la lucha y oposición al poder establecido, se ponían de lado de los hippies y los apoyaban en sus altercados..

Los disturbios fueron un punto destacado en el declive de Sunset Strip, según el periodista Dominic Priore, que sostiene que durante dos años ése fue el foco central de la contracultura californiana antes de que la juventud mirara y se desplazara al norte del estado.

“En 1967 la antorcha revolucionaria pasó de los habitantes de la escena del rock de Sunset Strip a San Francisco a través de la organización del festival de Monterrey”, escribe Priore al referirse a la génesis de lo que posteriormente se conocería como “El Verano del Amor” de San Francisco.

Auschwitz, prostitución o muerte

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Ya fuera como activistas, como prostitutas o como prisioneras regulares, miles de mujeres sufrieron las tremendas condiciones de vida del campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau durante el nazism
Ya fuera como activistas, como prostitutas o como prisioneras regulares, miles de mujeres sufrieron las tremendas condiciones de vida del campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau durante el nazismo

Hay capítulos que parece que han sido borrados de la historia del campo de Auschwitz-Bikernau. La existencia de un prostíbulo en él es uno de ellos, sin embargo han sido numerosos los testimonios que han sostenido su existencia y con los años las pruebas se han hecho más evidentes, a pesar de que ni los paneles ni la mayor parte de libros sobre el campo realizan mención alguna.

Un reportaje de la BBC, Auschwitz: los nazis y la “solución final”, explica como la mayor parte de las trabajadoras del burdel era internas del campo de Birkenau y los alemanes las obligan a mantener relaciones, al menos, con seis hombres diferentes cada día.

En su concepción estos lugares habían sido construidos para premiar a los presos por su buen comportamiento, su trabajo o, especialmente, su utilidad para el personal nazi en el campo. Las mujeres recibían un ultimátum: o la prostitución, o la muerte.

El comandante en jefe de las SS Heinrich Himmler ordenó crear prostíbulos hasta en diez campos diferentes, pero ninguno como el de Auschwitz: 200 mujeres al servicio de los hombres privilegiados por los nazis.

Su funcionamiento era sencillo: los presos recibían una especie de ticket y pasaban un breve examen médico, para detectar que no tenían ninguna enfermedad venérea. A continuación se les asignaba un número y al toque de campana, cada quince minutos, subían a la habitación que se les había asignado.

Al contrario de lo que pueda parecer, los nazis se ocupaban de que las judías tuvieran buen aspecto y su ropa fuera bonita y limpia, pues consideraban que estos premios eran muy importantes para mantener la calma en el campo. Los presos que provocaban reyertas, insubordinaciones o problemas eran privados durante muchos meses del derecho a traspasar sus puertas.

Ryszard Dacko fue uno de los guardias de prisiones que visitó el barracón 24. Este hombre, que por aquel entonces llevaba tres años y medio arrestado, asegura “no arrepentirse, ni avergonzarse de nada”. “Era una chica muy agradable y yo llevaba tres años y medio sin ver a mi mujer”, relata Dacko, que asegura que a las mujeres “se las trataba muy bien, tenían buena comida y podían dar paseos”.

‘Mejor esto que ser un cadáver más’

Tras la liberación del campo por las tropas rusas aquel 27 de enero de 1945, las mujeres no se atrevieron a dar testimonio de lo que sucedía en los llamados Sonderbaracke. “Es mejor entrar en un burdel que tener que tirar todos los días el cadáver de otra mujer”, relata una de las prisioneras.

Las mujeres eran seleccionadas y se las presentaba desnudas delante de los oficiales de las SS. Después de alimentarlas para que ganaran algo de peso, peinarlas y maquillarlas, estaban listas para su función. Para evitar embarazos, fueron sometidas a esterilizaciones y en caso de quedarse encintas, se interrumpía el embarazo sin ningún pudor.

Las trabajadoras de los Sonderbaracke eran vistas “con cierta envidia” por el resto de reclusas, según relata el historiador Robert Sommer, que explica que las mujeres jóvenes recibían “algo más de comida que el resto, algún regalo de los presos y menos malos tratos por parte de los vigilantes”.

Parece que la intención era que el prostíbulo contribuyera a la desaparición de las relaciones homosexuales por parte de los hombres, algo penado por la legislación nazi. La homosexualidad misma podía ser motivo de internamiento en el campo, y a los reclusos arrestados por esta causa se les obligaba a llevar cosido un triángulo rosa a sus harapientos uniformes. Las lesbianas sin embargo no fueron catalogadas como homosexuales dentro del lager. “Eran vistas como asociales –personas que no se comportaban de acuerdo a las normas y que, por tanto, eran susceptibles de detención e internamiento– pero sólo unas pocas fueron hechas prisioneras por su condición sexual”, señala el United States Holocaust Memorial Museum.

Según esta fuente, en comparación con los hombres, los casos en que las lesbianas fueron arrestadas por su condición sexual fueron raros, lo que no quita para que mostrar abiertamente su sexualidad en el campo resultara peligroso. “Las lesbianas sufrieron la misma discriminación que el común de las mujeres, a quienes los nazis adjudicaban el papel de esposas y madres”, señala la institución.

En este contexto, las lesbianas no fueron perseguidas sistemáticamente durante el Tercer Reich, pues su actividad sexual no estaba explícitamente penada por ley o, al menos, no tanto como en el caso de los hombres. No obstante, sí que sufrieron penurias económicas siendo obligadas a trabajar por salarios míseros durante la guerra, como cualquier otra mujer. En este caso, al no compartir su vida con un varón, no podían tener ese dinero de más que a las casadas les reportaban los ingresos de sus maridos quienes, por el mero hecho de ser hombres, recibían una retribución mayor.

Un plan fallido

En la mente de Heinrich Himmler el último fin de los prostíbulos era aumentar la productividad de aquellos hombres que, hasta ese momento, habían logrado esquivar la muerte y servían para aumentar la capacidad productiva del Tercer Reich. Ni premio, ni recompensa, en la cabeza del comandante de las SS no cabía ningún tipo de compasión por el pueblo judío y mucho menos por sus mujeres.

Su plan fracasó porque no aumentó la productividad de Auschwitz, al contrario hubo una pequeña disminución, y algunos presos llegaron a casarse después con las mujeres que habían amado en los burdeles nazis. 70 años después no ha trascendido el nombre de casi ninguna de ellas, su condición las convirtió en víctimas dobles del Holocausto nazi, pero también les permitió salvar la vida en la inmensa mayoría de los casos.

Zarandajas pecaminosas en el románico

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La publicación recoge los estudios y teorías de siete reconocidos investigadores que indagan en el significado de las imágenes románicas con una fuerte carga sexual y tratan de darles una explicación coherente, tanto desde el punto de vista religioso como desde el acercamiento a la sociedad medieval en la que fueron creadas
La publicación recoge los estudios y teorías de siete reconocidos investigadores que indagan en el significado de las imágenes románicas con una fuerte carga sexual y tratan de darles una explicación coherente, tanto desde el punto de vista religioso como desde el acercamiento a la sociedad medieval en la que fueron creadas

El sexo, la masturbación, el adulterio y la homosexualidad en la Edad Media es analizada a través del libro “Arte y sexualidad en los siglos del románico”, que reúne textos de siete investigadores en torno a imágenes románicas con fuerte carga sexual.

La obra editada por la Fundación Santa María la Real ahonda en la comprensión de estas piezas desde el punto de vista religioso y el acercamiento a la sociedad medieval.

Las esculturas románicas representan a hombres que muestran su pene erecto, mujeres que enseñan su vagina, parejas besándose o “muchos ejemplos de las escenas obscenas” que aún encontramos en arelos y pilas bautismales.

La publicación abre con el ensayo de Iñaki Bazán que aborda el concepto de sexualidad transgesora con especial atención con el adulterio, castigado en el plano moral, a través del pecado, y la justicia, como un delito.

Estas teorías buscan avanzar en el conocimiento de una temática tan sorprendente como cautivadora, por lo que no supone un punto final.

Miguel C. Vivancos aborda la sistematización de las penas y castigos para perdonar los pecados siguiendo libros penitenciales de algunos monasterios. En este escrito se muestra que el “aborto o infanticidio” no eran considerados pecados sexuales, sino se equiparaban al “homicidio” y se castigaban con penas de muerte, reducidas después a excomunión perpetua o diez años de penitencia.

Por otro lado, la homosexualidad masculina era considerada más grave que el adulterio, el incesto, la fornicación, el bestialismo, la masturbación o el lesbianismo.

Paloma Moral se dedica en su ensayo la relación entre la medicina y la religión. En la Edad Media esta materia sirvió para ahondar los problemas que podía ocasionar la castidad. Los clérigos no podían masturbarse, mientras las religiosas sí podían siempre que la practicaran con su propia mano o con un consolador de fabricación especial.

El texto de Alicia Migueléz aborda cómo el lenguaje gestual plasmado en las piezas contribuye a la Historia de las Emociones; Miren Eukene Martínez se adentra en la figura de la mujer como símbolo de la lujuria.

Este pensamiento misógino cristalizó a finales del siglo XI y que tuvo como impulsores a monjes y clérigos que hicieron de la naturaleza femenina un “sinónimo de tentación, sexo y pecado”, indica Pedro Luis Huerta.

Ee el penúltimo trabajo del libro, Agustín Gómez estudio las escenas de la concepción, gestación, alumbramiento y lactancia. Se aborda desde la perspectiva divina, a través de la virgen María, y el pecado en alusión al realismo de escenas procaces o grotescas.

José Luis Hernando cierra la obra con un texto que interpreta las representaciones obscenas y su valor apotropaico, es decir, para nautralizar las fuerzas del mal.