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Espiritismo para burgueses y proletarios

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El espiritismo, entendido como la doctrina elaborada por Kardec, llegó a Barcelona en la década de los 1860s. Desde su llegada hasta la Guerra Civil Española, con la excepción de la dictadura de Primo de Rivera, el espiritismo se convierte en una doctrina muy popular sobre todo entre las clases trabajadoras, ya que se utiliza como alternativa a el imperante y aleccionador catolicismo. Se establecen en la ciudad cientos de centros espiritistas, se publican revistas y libros, se organizan actos de caridad... También se asocia con otros movimientos que luchan contra el orden establecido como el feminismo, la enseñanza laica o el naturismo. Por estas razones, el espiritismo se presenta como un instrumento para cambiar el orden social mediante el cambio del orden espiritual
El espiritismo, entendido como la doctrina elaborada por Kardec, llegó a Barcelona en la década de los 1860s. Desde su llegada hasta la Guerra Civil Española, con la excepción de la dictadura de Primo de Rivera, el espiritismo se convierte en una doctrina muy popular sobre todo entre las clases trabajadoras, ya que se utiliza como alternativa a el imperante y aleccionador catolicismo. Se establecen en la ciudad cientos de centros espiritistas, se publican revistas y libros, se organizan actos de caridad… También se asocia con otros movimientos que luchan contra el orden establecido como el feminismo, la enseñanza laica o el naturismo. Por estas razones, el espiritismo se presenta como un instrumento para cambiar el orden social mediante el cambio del orden espiritual

En su libro, “Amalia i els esperits”, Patricia Gabancho se sumerge en la Barcelona de finales del siglo XIX a través de la vida de Amalia Domingo Soler, principal divulgadora del espiritismo, que “desde los márgenes buscaba las respuestas que la ciencia o el poder no dan ni quieren que se den”.

El libro narra la historia de Amalia, una sevillana pobre con problemas de vista, que se convirtió en la principal voz del movimiento espiritista cuando llegó, en 1876, al entonces independiente municipio barcelonés de Gràcia y fundó, auspiciada por unos mecenas, “La luz del porvenir”, una de las revistas más importantes del espiritismo.

Este “ensayo narrativo”, como lo define la autora, navega a través de las memorias de esta espiritista, médium y librepensadora, y explica la historia de la tendencia espiritista que se fue expandiendo entre la clase obrera de la Barcelona del cambio de siglo, en un contexto de ebullición, cambio y transformación.

Gabancho asegura que se sintió llamada a escribir sobre Amalia, pues se interesó por cómo “el espiritismo era una forma de buscar respuestas a las mismas preguntas que nos venimos haciendo desde hace cientos de años”, como qué es el alma, qué hay después de la muerte y el porqué del sufrimiento terrenal.

La autora explica que llegó hasta el personaje de Amalia gracias a un trabajo previo que había hecho, “El fil secret de la història”, donde recoge “todos los movimientos de disidencia que surgen en Cataluña desde la Edad Media hasta la actualidad: alquimistas, espiritistas, cátaros y algunas sectas”.

“Tenía claro que solo con la historia de Amalia no bastaba para un libro. Hacia falta ponerla en contexto: una Barcelona que crece con las anexiones, donde se desarrolla el primer catalanismo y el anarquismo. Todo esto me permite crear un libro que tiene una cierta potencia histórica”, señala Gabancho.

En el libro, además del contexto histórico, se exploran las memorias de esta misteriosa mujer, unas memorias que “son muy ambiguas, porque dan un personaje muy encerrado, muy autista, muy desligada de su época”, precisa la escritora originaria de Buenos Aires, pero radicada en Barcelona desde 1974.

“Yo siempre pongo en duda estas memorias, porque ella está construyendo un personaje. El hecho que no hable de nada que no sea su vida como espiritista ya te da una pauta. Hay cosas en su relato que no son del todo coherentes, pero es el testimonio que ella deja”, afirma Gabancho.

Por este motivo, a parte de las memorias, la autora indagó en archivos, bibliotecas y a través de académicos y especialistas en el tema; realizando una búsqueda que la narradora relata en el libro en primera persona, convirtiendo a la propia investigación en el hilo conductor de toda la narración.

“Esta forma de narrar justifica la introducción de algunos hechos de actualidad que buscan demostrar que la sociedad continúa haciéndose hoy en día las mismas preguntas que hace cien años y que el espiritismo era una forma de buscar respuestas a esto, aunque ya no esté de moda”, ha explicado la autora.

La obra explora está relación que tiene el espiritismo con el momento de cambio y tensión que vivía la sociedad de finales del siglo XIX, donde “cada clase social busca su propio camino de cambio y ruptura” a través de movimientos tan dispares como el catalanismo, el anarquismo y el espiritismo, que tenían lazos entre ellos.

“El espiritismo entra por medio de las clases nobles, pero no se vuelve popular hasta que no llega a los obreros. El espiritismo está dentro de esta cosmovisión nueva que está creando el anarquismo, que incluye al feminismo, al naturismo y al esperanto. Es una búsqueda de explicación a tanto sufrimiento y explotación”, señala Gabancho.

A través de una serie de obreros ilustrados, “porque la doctrina necesita ser leída”, el espiritismo se extiende a las clases subalternas mediante conversaciones de taberna, reuniones y círculos espiritistas.

El libro relata cómo este movimiento “librepensador y rupturista” se expandió rápidamente en la sociedad catalana, lo cual llevó a que en 1888, el mismo año de la primera Exposición Universal, se celebrara en Barcelona el primer Congreso Internacional Espiritista de la historia.

“Es un congreso con muy pocos efectos prácticos, pero es el primero. Muchos toman como el primer congreso el que se hizo en París al año siguiente. Pero en Barcelona hubo propuestas revolucionarias, como la creación de un comité internacional de paz para dirimir conflictos entre los pueblos”, relata Gabancho.

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Recuerdos del cíclico odio

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Esta película, realizada en Viena en 1924 y basada en una novela del escritor y periodista judío Hugo Bettauer, muestra de forma inquietante la expulsión de la población judía y el consiguiente empobrecimiento cultural y económico de una sociedad. Incluso entonces, el rodaje provocó una acalorada controversia que culminó con el asesinato de Hugo Bettauer
Esta película, realizada en Viena en 1924 y basada en una novela del escritor y periodista judío Hugo Bettauer, muestra de forma inquietante la expulsión de la población judía y el consiguiente empobrecimiento cultural y económico de una sociedad. Incluso entonces, el rodaje provocó una acalorada controversia que culminó con el asesinato de Hugo Bettauer

La inflación y el paro están por las nubes pero los habitantes de una ciudad de habla alemana tras la Primera Guerra Mundial ya tienen un chivo expiatorio, la población judía, y una solución: expulsarla.

Esto que parece reflejar el antisemitismo del Tercer Reich es el profético argumento de la película muda ‘La ciudad sin judíos’, estrenada en 1924, cuando el partido nazi todavía estaba prohibido y Adolf Hitler escribía en la cárcel Mein Kampf.

Basada en una novela satírica del escritor judío Hugo Bettauer, el largometraje desapareció en la década de los años 30 hasta que un coleccionista encontró una copia completa en 2015 en un mercadillo de París. Ahora, la cinta restaurada está a disposición de cinéfilos y curiosos..

«’La ciudad sin judíos’ no es una película muda más, sino un muy temprano mensaje antinazi», y «la primera obra visual dedicada en exclusiva a criticar el antisemitismo», explica el director gerente de Filmarchiv Austria, Nikolaus Wostry. «El Filmarchiv es casi la biblioteca nacional de las películas austríacas, por lo que tenemos un especial deber con esta obra por su mensaje de tolerancia», agrega.

La trama del filme muestra no solo las circunstancias económicas que llevaron al auge del antisemitismo, sino que también relata las consecuencias del éxodo de la población judía de Viena, llamada ‘Utopía’ en la cinta.

La deportación de los judíos se celebra con fuegos artificiales, pero la economía, lejos de mejorar, se dirige a la ruina absoluta, el paro y la pobreza aumentan y la vida cultural decae. Al final, los judíos son bienvenidos por la misma multitud que festejó su partida.

La realidad superó apenas 15 años después a la ficción, cuando los judíos fueron asesinados en masa en campos de exterminio nazis. «En 1924 no se podía concebir que se pudiera asesinar a personas de forma industrial. Esas imágenes no se encuentran en esta película. En ese sentido no es una profecía de lo que sucedió, sino una llamada a la tolerancia», reflexiona Wostry.

La nueva copia ofrece novedades frente a la única versión incompleta conservada, hallada en 1991 en Amsterdam y que carecía de final porque faltaba el último rollo del filme. En la versión restaurada se observa la virulencia del antisemitismo desde el primer momento, incluidos ataques físicos, y el final es una llamada a la tolerancia y la convivencia.

«Es una película muy inusual porque aborda el antisemitismo de forma explícita. Y en una película eso tiene más impacto que en una novela, es más visual», explica Wostry.

La ficción muestra un final feliz con la vuelta de la población judía, algo que contrasta con la realidad austríaca tras el Holocausto, destaca el director gerente de Filmarchiv. Austria no sólo no ayudó a los supervivientes del Holocausto sino que, critica el experto, tardó décadas en reconocer su responsabilidad como Estado en el Holocausto.

«La población judía austríaca hizo una enorme contribución a la cultura y la ciencia de este país. Posiblemente no hay ningún otro país en Europa que deba tanto a su población judía», recuerda. «Existe una contradicción en la historia de Austria», expone Wostry, y afirma que su país suele identificarse con artistas y científicos judíos, como Sigmund Freud, el «padre del psicoanálisis», o el escritor y dramaturgo Arthur Schnitzler, pero afrontó de mala gana su historial antisemita.

La cinta se ha podido restaurar gracias a una campaña de micromecenazgo que logró reunir más de 75.000 euros. Wostry no oculta su decepción porque no hubiera fondos públicos para restaurar una película tan importante, pero se muestra muy orgulloso de la gran respuesta de la sociedad civil.

La restauración es también importante por su actualidad, resalta, ya que la película habla de las desastrosas consecuencias de demonizar a una minoría y eso se aplica tanto entonces como ahora, cuando crecen las tendencias nacionalistas en Europa.

El estreno en 1924 de ‘La ciudad sin judíos’ causó protestas de simpatizantes nazis y hubo incluso agresiones contra quienes iban a ver la película.

La cinta marcó la vida de muchos de los que tuvieron que ver con ella: Bettauer, el autor de la novela que la inspiró, fue asesinado por un nazi meses después del estreno.

El director y guionista, Hans Karl Breslauer, no volvió a dirigir y murió en la pobreza en 1965. La coguionista Ida Jenbach fue deportada al gueto de Minsk y murió allí en 1941.

Y en un cruce de destinos, el actor que interpretó al protagonista judío de la película, Johannes Riemann, se afilió al partido nazi y en 1944 llegó a actuar para las SS en Auschwitz. Por el contrario, Hans Moser, que encarnó a un furibundo antisemita, se negó durante el régimen nazi a divorciarse de su esposa judía

Desolación para nazis a precio de saldo

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Los moai, las gigantescas estatuas de la Isla de Pascua, constituyen la expresión más importante del arte escultórico Rapa Nui y se han convertido en su seña de identidad. No obstante, a pesar de su fama mundial y la multitud de estudios realizados sobre ellos, todavía quedan muchas preguntas sin resolver en torno a estos gigantes de piedra
Los moai, las gigantescas estatuas de la Isla de Pascua, constituyen la expresión más importante del arte escultórico Rapa Nui y se han convertido en su seña de identidad. No obstante, a pesar de su fama mundial y la multitud de estudios realizados sobre ellos, todavía quedan muchas preguntas sin resolver en torno a estos gigantes de piedra

En 1937, la ahora paradisiaca Isla de Pascua tenía poco valor para el Gobierno chileno, que la ofreció en venta a la Alemania nazi. Era un tiempo en el que la lepra campaba en el lugar y dos compañías ganaderas explotaban a sus pobladores con métodos esclavistas.

Este panorama es retratado por el historiador y periodista español Mario Amorós en “Rapa Nui, una herida en el océano”, libro que narra la historia de “sufrimiento y de opresión” que vivió el pueblo originario de la isla durante ocho décadas.

Amorós cuenta haber realizado un esfuerzo de síntesis para contar la historia de Isla de Pascua desde sus orígenes y aportar aspectos nuevos de su pasado, sobre el que cree que existe “un gran desconocimiento”.

La Isla de Pascua, denominada Rapa Nui en la lengua de su pueblo originario, los rapanuis, y ubicada a unos 3.800 kilómetros al oeste de la costa de Chile, en el océano Pacífico, es uno de los destinos turísticos más conocidos del país austral y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995.

Los 887 moáis, las icónicas y mundialmente conocidas esculturas de piedra que hay en la isla, son su mayor seña de identidad.

Hace unas décadas la situación era muy diferente y los propios rapanuis buscaron escapar de un lugar en el que fueron confinados a sólo una parte de su territorio, y explotados y violados en sus derechos más elementales como mano de obra barata por dos compañías privadas a las que Chile arrendó las tierras de la isla.

La lepra se extendía, las condiciones médicas y sanitarias eran precarias y el Gobierno de Chile, que veía la isla como destino perfecto para deportados políticos, la llegó a ofrecer en venta a países extranjeros, entre ellos la Alemania nazi, para financiar la construcción de dos busques de guerra para la Armada.

Este punto es uno de los más novedosos que divulga el libro de Amorós, que se hace eco de una investigación del profesor húngaro Ferenc Fischer presentada en un congreso de Historia en Cádiz, en 2011.

Fischer desveló que en 1937 hubo conversaciones entre la embajada alemana en Chile y el Gobierno del país austral por la venta de Rapa Nui para costear los buques de guerra.

En ese mismo año, Chile ofreció la venta de Rapa Nui a Estados Unidos, Japón y Reino Unido.

“Detrás de la imagen de una isla reconocida universalmente por los moáis hay una historia muy dura de sufrimiento y de opresión por responsabilidad del Estado de Chile, que miró la isla como una colonia”, resumió Amorós.

En 1888, por el llamado Acuerdo de Voluntades, el pueblo rapanui cedió a Chile la soberanía de Isla de Pascua, pero no la propiedad de sus tierras.

No obstante, el Estado chileno arrendó Rapa Nui a dos empresas privadas para su explotación ganadera, a la Compañía Merlet, en 1895, y a la Compañía Exploradora de la Isla de Pascual, en 1903.

Ambas sometieron a los rapanuis al confinamiento y produjeron “toda clase de vejaciones y atropellos a los Derechos Humanos, utilizando a la población como esclavos (y) obligándolos a trabajar en extenuantes jornadas”, relató en 2003 la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas.

Con la entrada y expansión de la lepra, la isla se transformó en un lugar “maldito”, y el peligro para los habitantes del continente hizo que la enfermedad se usara para prohibir a los rapanuis salir del territorio insular.

El acuerdo entre Chile y las compañías privadas se mantuvo hasta 1953, pero no fue hasta 1966 que el Estado reconoció los derechos civiles y políticos de los rapanuis y admitió haber incumplido el Acuerdo de Voluntades.

En la actualidad, los descendientes de aquellos isleños han demandado a Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

En su denuncia no impugnan la pertenencia de la isla a la República de Chile, pero piden la restitución de sus tierras ancestrales y de los recursos naturales.

Exigen también las disculpas públicas del Estado de Chile por el régimen de esclavitud y las violaciones de los derechos humanos que sufrieron hasta mediados de los años 60.

“Tengo entendido que es una de las causas relacionada con los pueblos originarios de América más importante que maneja la CIDH”, dijo Amorós.

“Creo que va a ser un proceso largo, pero dentro de unos años la CIDH dirá lo que como historiador yo creo: que el pueblo rapanui tiene razón en su reclamo para recuperar sus tierras ancestrales y gestionar los recursos naturales de la isla”, concluyó el autor

La indiferencia que sostuvo al fascismo español

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Franco y Hitler en Hendaya
Franco y Hitler en Hendaya

El historiador Carlos Collado Seidel desentraña en su libro “El telegrama que salvó a Franco” las intrigas y conspiraciones que propiciaron la supervivencia del régimen de Franco después del desembarco aliado en el norte de África a finales de 1942.

Carlos Collado Seidel, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad alemana de Marburgo, explica que en la historiografía sobre el período “faltaba una visión de conjunto y sobre todo el planteamiento de las razones que explican la asombrosa supervivencia de un régimen que era considerado como fascista y hechura de Hitler y Mussolini”.

La documentación inédita consultada por Collado constata que Churchill fue el principal culpable de que la República no recibiera la ayuda de las democracias occidentales y que su “opción preferida era la restauración de la monarquía en la persona de don Juan”.

Sin embargo, a los monárquicos españoles se les veía igual de fragmentados que a los republicanos e “incapaces de llegar a una postura unánime para reemplazar a Franco”.

Ante esta situación, continúa el autor, el ejecutivo londinense, contrariamente a las maquinaciones del embajador británico en Madrid, Samuel Hoare, “tampoco se planteó la opción de tomar partido de manera abierta por la causa monárquica”.

El profundo conservadurismo y anticomunismo de Churchill no explican, a su juicio, por sí solos que apostará por mantener a Franco, pues aquel “se movía por los intereses del Imperio británico, y el paso por el estrecho de Gibraltar seguía teniendo una relevancia vital para su abastecimiento y sus comunicaciones marítimas”.

Piensa Collado que “Churchill seguía actuando según los parámetros de la diplomacia británica decimonónica, y su ministro de Exteriores, Anthony Eden, discrepaba de este planteamiento, pues estaba convencido de que los factores ideológicos serían relevantes en la posguerra, y la pervivencia del régimen de Franco sí afectaría a los intereses británicos”.

En sus consultas a archivos públicos y privados, el historiador español ha descubierto “aquel borrador de telegrama que hubiera dado un giro fundamental a la política hacia España”.

Así, destaca el “informe del jefe del servicio de inteligencia estadounidense (OSS), William Donovan, que urgía que se emprendiera una operación encubierta para desbancar a Franco y establecer un gobierno bajo el liderazgo del dirigente nacionalista vasco, José Antonio Aguirre”.

Desde su llegada a EE.UU., Aguirre mantuvo estrechos contactos con las autoridades estadounidenses y sobre todo con Donovan, a quien puso a su disposición su red de agentes, y además “Aguirre había logrado un grado importante de aceptación por parte los diversos grupos de oposición que se encontraban en el exilio americano”.

Donovan partía del convencimiento de que los intereses nacionales estadounidenses se verían “seriamente perjudicados ante la pervivencia de un régimen considerado netamente como fascista”. Si la propuesta también contó con apoyos en el Departamento de Estado, finalmente no prosperó por las dudas de que un nacionalista vasco fuera capaz de liderar un movimiento a nivel nacional, agrega.

En el período comprendido desde la defenestración de Mussolini en el verano de 1943 y del desembarco de Normandía un año más tarde, fueron determinantes las diferencias diplomáticas aliadas.

“Mientras Washington apostaba por una política dura de exigencias planteadas sin paliativos, en Londres se mantuvo el convencimiento de lo acertado de una política de presión mesurada, que debía desembocar en una restauración pacífica de la monarquía”, señala Collado.

Recuerda que ese desentendimiento sobre el método para destituir a Franco “culminó, en abril de 1944, en un durísimo enfrentamiento personal entre Roosevelt y Churchill”.

El borrador de telegrama que Churchill escribió para enviar a Roosevelt aceptando las condiciones norteamericanas se escribió en el momento culminante de ese enfrentamiento, relata Collado.

“La presión estadounidense resultó ser tan grande que el gobierno británico finalmente estuvo dispuesto a plegarse y a pasar el bastón de mando a los estadounidenses, pero finalmente no fue necesario enviar dicho cable, pues llegó otro desde ultramar que anunciaba que Washington desistía de su pretensión maximalista; ante la tenacidad mostrada por Churchill y por su embajador en Madrid”.

Aquel 25 de abril de 1944 -asegura Collado- se jugó el destino del régimen y a su juicio, “se trató de una cuestión de horas”.

Este documento era accesible al público desde hacía mucho tiempo, junto con copiosa documentación al respecto que se conserva en los National Archives londinenses, pero “al tratarse de un borrador ha pasado desapercibido en medio de la gran cantidad de material de archivo”.

Una historia que duele y supura

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Napoleón sufría en silencio por su almorranas, como lo hacía Marx por su supuración constante.
Napoleón sufría en silencio por sus almorranas, como lo hacía Marx por su supuración constante.

Un ataque repentino de almorranas habría llevado a Napoleón a perder la batalla de Waterloo, según una de las 500 anécdotas recogidas por el historiador José Miguel Carrillo de Albornoz en su libro “Las hemorroides de Napoleón”.

Carrillo ha dicho que la anécdota que da título al libro es muy ilustrativa de lo banal que puede llegar a ser la Historia.

“Napoleón habría perdido la gran y definitiva batalla de Waterloo precisamente porque necesitaba refrescar su imperial trasero y de no haber tenido que estar sentado en una bañera para calmar los terribles dolores que le impedían subirse a su caballo, tal vez su estrategia militar hubiese sido otra”.

Según el autor, “Las hemorroides de Napoleón” (Styria) demuestra que “la Historia está marcada por hechos que acabaron definiendo lo que luego sería Europa y el mundo”.

El historiador apunta que quizá “unos forúnculos espantosos y pestilentes y el consiguiente rechazo social estarían en el origen de la forma de ser y de pensar de Karl Marx, unas ideas que habrían cristalizado en su obra cumbre, ‘El Capital'”.

Otra de las curiosidades recogidas por Carrillo sorprende al lector actual: la Torre Eiffel podría estar hoy en pleno centro de Barcelona, en donde hay ahora un modesto Arco de Triunfo, y no en París.

“Cuando Eiffel presentó la propuesta a las autoridades locales con motivo de la Exposición Universal de 1888, a aquellos prohombres les pareció excéntrica, exagerada y muy costosa, y se construyó en París sólo por un voto y con la idea de derribarla a los pocos años, como luego pidieron diversas manifestaciones populares”.

Sólo un visionario, añade el historiador, la salvó del derribo porque convenció al resto de que “podría servir como torre para las comunicaciones”.

En algunas ocasiones la Historia acabó poniendo en su sitio a aquellos que inicialmente no fueron reconocidos: “Einstein no aprendió a leer hasta los 7 años y rechazaron sus tesis por irrelevantes y poco originales; el general McArthur fue rechazado dos veces en West Point; o que Rodin fue tachado de ‘poco talentoso’ por su padre por haber suspendido en el colegio”.

Igual de poco afortunados resultaron las decisiones del Ejército inglés que no aceptó a Lawrence de Arabia por no dar la talla o la de la agencia de publicidad neoyorquina que aconsejó a Marilyn Monroe que se dedicara a otra cosa porque “no llegaría a ser ni buena modelo ni buena actriz”.

En otros casos, el devenir histórico pudo haber impedido males mayores como cuando “la madre de Hitler llevó al pequeño Adolfo al psiquiatra, quien recomendó que lo internase, pero ella se negó”.

El autor, que lleva años recopilando estas anécdotas aprovechando las investigaciones que realiza para sus libros, desenmascara algunas ideas aceptadas.

Graham Bell no fue el inventor del teléfono sino Elisha Gray, una inventora autodidacta estadounidense que no alcanzó la gloria “por un error administrativo en el registro de la invención”.

Tampoco Pasionaria fue la autora de la célebre frase “No pasarán”, como se acepta popularmente, sino que fue “un grito de guerra utilizado veinte años antes durante la I Guerra Mundial en la batalla de Verdún, en la que un oficial gritó a sus soldados: ‘Il ne passeron pas’ (No pasarán)”.

Carrillo desentierra asimismo rarezas de la Historia como que “el rey más breve de todos los tiempos fue Luis Felipe de Portugal, cuyo reinado fue de veinte minutos, el tiempo que sobrevivió al atentado de 1908 en el que murió su padre Carlos I; o que cuando se produjo el magnicidio de Kennedy asesinar al presidente de EEUU no era delito federal”.

Las chicas son guerreras y surcan los cielos

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Estas avispadas y hábiles mujeres no tenían nada de sobrenatural.  Pero sí una gran habilidad y una gran valentía. Sus nombres eran Polina Osipenko, Valentina Grizodúbovatres y Marina Raskova. Las aviadoras militares del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética, a quienes los alemanes tenían auténtico pánico. Tanto, que se ganaron a pulso el sobrenombre de “Las brujas de la noche”
Estas avispadas y hábiles mujeres no tenían nada de sobrenatural. Pero sí una gran habilidad y una gran valentía. Sus nombres eran Polina Osipenko, Valentina Grizodúbovatres y Marina Raskova. Las aviadoras militares del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética, a quienes los alemanes tenían auténtico pánico. Tanto, que se ganaron a pulso el sobrenombre de “Las brujas de la noche”

No eran escobas en lo que volaban, pero casi. No había otra cosa para hacerlo, así que estas «brujas» soviéticas no tenían más opción que la de usar un avión de instrucción para ir a la batalla. De contrachapado y tela. Un modelo biplaza que en su versión individual era utilizado para fumigar los campos, para que se vayan haciendo una idea del panorama. Con él debían ir, dejar la carga y, con un poco de suerte, volver. Y lo hicieron. Una y otra vez. Tantas, que a día de hoy sus hazañas todavía son recordadas. Era su sueño. Querían ir al frente. Ahora, son leyenda. Lera Jomiakova, Tamara Kazarinova, Lilia Litviak, Katia Budanova, Masaha Kuznetsova, Masha Dolina… «Las brujas de la noche». Como ya hiciera Svetlana Alexievich, en «La guerra no tiene rostro de mujer», narrando la historia de Aleksandra Popova, Lyuba Vinogradova ha querido recoger las vidas de un puñado de las pilotos rusas que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

Los hombres caían como chinches en combate y el Ejército Rojo las necesitaba –la autora hace referencia a unas estadísticas que leyó «hace un tiempo» en las que de, los nacidos en el año 23, sólo el 3% sobrevivió–. Hasta un millón de mujeres –más enfermeras– llegaron a desfilar por las tropas soviéticas. Pero aquí se recogen unas muy concretas, aquellas que lo hicieron a los mandos de un avión. «En proporción eran una minoría comparadas con sus compañeras, pero sí que inspiraban a las demás», comenta la Vinogradova –colaboradora habitual de Antony Beevor y Max Hasting–. Buena culpa de ello la tuvo Marina Raskova. Había forjado su nombre pilotando durante los años 30 y su popularidad fue tal que las adolescentes querían ser como ella. «Sin su figura, hubiera sido imposible hacer un regimiento exclusivo de mujeres. Hubieran llamado a alguna para un escuadrón masculino, pero ya», comenta. La propaganda, siempre atenta a cualquier oportunidad, también ayudó: «¡Muchachas, a pilotar!», rezaba. Después se utilizaron sus hazañas para dar visibilidad a un país abierto y plural. Siendo la realidad que las mujeres estaban ahí.

Así, centenares de muchachas, cuyas edades difícilmente pasaba la veintena, se enamoraron de la idea de realizarse en el cielo. «Todavía les brillaban los ojos cuando recordaban esa época durante las entrevistas que hice a las supervivientes», recuerda la investigadora. Algunos nazis les llamaban “bisexuales” pues creían que eran mitad hombres por la valentía que emanaban.

Tres fueron los regimientos exclusivos para ellas: «586», de caza; «587», de bombardero pesado; y «588», el nocturno de las «Brujas de la noche». Un mote que Vinogradova no ha logrado desmenuzar en su totalidad, pero que sí cree que fueron ellas mismas las que se lo pusieron. Nada de los nazis. A donde sí ha llegado es a cómo «fardaban –explica– de que los alemanas les tuvieran miedo». Casi tanto como el que tenían los comandantes soviéticos: «No querían enviarlas al frente porque no se podían permitir que al verlas, tras un derribo, pensaran/descubrieran que se habían quedado sin hombres». Muestra del machismo que todas ellas sufrieron. «Por supuesto que lo vivieron. A día de hoy Rusia sigue siendo uno de los países que más discrimina a la mujer en este sentido. Y entonces los soldados y pilotos se tomaban como una ofensa personal a su hombría que una mujer estuviera a su nivel, o por encima».

Defendieron a los suyos pese a que estos no confiaban en ellas. Terminaron siendo admiradas por sus compatriotas, y siendo un ejemplo para las jóvenes de la URSS. Años después, son leyenda. No sólo combatieron a los nazis en la oscuridad de la noche a bordo de rudimentarios aviones, sino que se enfrentaron a los convencionalismos hasta salir victoriosas.

Blancanieves en el infierno

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Fredy Hirsch no habita el imaginario colectivo de los héroes del Holocausto. Quizá su memoria quedó secuestrada por el prejuicio debido a su “supuesto” suicidio tardíamente aclarado como envenenamiento inducido, y a su condición homosexual que durante el Holocausto y después, en una Checoeslovaquia comunista era tabú mencionar
Fredy Hirsch no habita el imaginario colectivo de los héroes del Holocausto. Quizá su memoria quedó secuestrada por el prejuicio debido a su “supuesto” suicidio tardíamente aclarado como envenenamiento inducido, y a su condición homosexual que durante el Holocausto y después, en una Checoslovaquia comunista era tabú mencionar

A su corta edad, estaban condenados a sufrir los horrores del Holocausto; sin embargo, alguien se interpuso entre un grupo de niños internados en Auschwitz y su terrible destino. Fue Fredy Hirsch, un judío que construyó “un paraíso” infantil en medio del infierno nazi.

En el más emblemático campo de exterminio había un barracón diferente de los demás. Tenía el número 31 y estaba decorado con un mural de Blancanieves, que rodeaba el espacio donde niños checoslovacos aprendían música, geografía e historia de la mano de Hirsch.

Este asombroso y desconocido relato es el que aborda el documental “Paraíso en Auschwitz”, dirigido por el matrimonio mexicano y judío de Aarón y Esther Cohen, quienes presentarán el filme este sábado y domingo en el Cine Tonalá de Ciudad de México tras el éxito que ha tenido en varios festivales de cine judío.

“Fredy negoció con los alemanes una especie de escuelita para niños donde los maestros eran escogidos entre los internos. Así logró hacer un espacio totalmente inaudito en medio del infierno”, explica Aarón, director del documental.

“Los niños pudieron vivir una situación en la que aprendieron a compartir, a tolerar, y se educaron en humanidades y arte. Gracias a esa experiencia que tuvieron, pudieron emerger de la muerte y tener una vida digna y sana”, relata Esther, la productora.

Admite que el título del filme es “controvertido” al juntar las palabras “paraíso” y “Auschwitz”, pero argumentó que tras escuchar los 13 testimonios del documental, el título cobra sentido.

Alfred “Fredy” Hirsch, nacido en 1916 en Alemania, huyó de su país tras la promulgación de las leyes de Nuremberg que discriminaban a los judíos y se trasladó a Checoslovaquia, donde se dedicó a la educación infantil dirigiendo un grupo de “boy scouts judíos”.

En 1941, con la ocupación nazi ya consumada, fue deportado al gueto checoslovaco de Terezín como parte de un comando encargado de organizar actividades para embellecer el lugar ante la inminente visita de la Cruz Roja Internacional.

“Consiguió dar clases de música, literatura, gimnasia y deportes para distraer a los niños de la terrible situación del gueto, donde moría gente por enfermedades y hacinamiento”, concede el director.

En 1943, un primer cargamento de 5.000 judíos de Terezín, entre los que se encontraba Hirsch, fueron deportados hacia la fábrica de la muerte de Auschwitz, donde fueron ubicados en un “campo familiar” que simulaba mejores condiciones para los internos con el objetivo de engañar a los organismos internacionales.

Las condiciones eran igualmente inhumanas en esa zona de Auschwitz, donde los nazis simulaban repartos de comida que los internos tenían prohibido comer. Sin embargo, Hirsch aprovechó esas circunstancias y su dominio del alemán para convencer a los carceleros para montar su “escuelita”.

Fredy Hirsch autosuficiente, desenvuelto y audaz, se granjeaba a los guardias de la SS, y le otorgaban algunos privilegios que usaba para beneficiar a los niños con algo de comida o ropa extra. A pesar de esa imagen siempre en control, a Fredy su homosexualidad le creaba un gran conflicto que ocultaba con cierto éxito. Esta condición no les era desconocida a sus colaboradores y tampoco era obstáculo para valorarlo, quererlo y admirarlo. Organizó equipos de atletismo, clases de box y campeonatos de futbol y baloncesto. En 1943, Fredy creó su propio campeonato de futbol y 10 equipos disputaron la Copa de Terezín. En plena ocupación nazi formó la Liga de Terezín con jugadores reconocidos en la escena deportiva de checos, austriacos, daneses, alemanes e italianos prisioneros, y convenció a los nazis de formar un equipo de Soccer con guardias, para enfrentar a los internos.

En un principio los nazis prohibían estas actividades, pero más tarde ante los rumores de las siniestras acciones de los nazis y de la alarma sobre La Solución Final, las utilizaron para crear la imagen de una ciudad normal. En mayo de 1944 le permitieron a la Cruz Roja Internacional, una visita al gueto-campo de Terezín. Con este motivo, en el otoño de 1943 se inició una campaña intensa de embellecimiento y deportaron a 15,000 ancianos y enfermos para dar una imagen saludable. Los Delegados de la Cruz Roja recorrieron la escenografía de instalaciones maquilladas y asistieron a magníficos conciertos, terminando con una función de la ópera Brundibar de Hans Krasa, actuada por niños, lo que acabó de redondear la farsa. La puesta en escena fue tan exitosa que la delegación consideró innecesario continuar su visita a Auschwitz. La desilusión de los prisioneros fue enorme, ya que nadie se enteraría de su suerte.

En agosto de 1943 llegó a Terezín, un transporte con 1200 niños del recién liquidado gueto de Bialystok que habían sido testigos de la masacre perpetrada contra sus padres. Para mantener el secreto y poder continuar sin resistencia con el exterminio, cualquier comunicación con los niños estaba estrictamente prohibida. A pesar de la orden, Fredy Hirsch, visitó a los niños y fue descubierto. De castigo fue deportado a Auschwitz.

Fredy fue deportado a Auschwitz el 9 de Septiembre de 1943, con otros 5,000 prisioneros, aproximadamente cuando empezaban los preparativos en Terezín, para la gran farsa con la Cruz Roja. En Diciembre de 1943 se les unió un segundo transporte de Terezín con otros 5,000 prisioneros, en el que se encontraba Bedrich Steiner con su familia. No hay documentos oficiales que atestigüen la existencia de este Campo, salvo los testimonios personales de los sobrevivientes que en general coinciden abrumadoramente en el reconocimiento del papel de Fredy Hirsch en sus vidas y el imperativo de reconocer su heroísmo. Zuzana Ruzickova escribió: “Muchos niños pueden decir que salvó sus vidas, pero en realidad, salvó nuestras almas. Salimos más o menos intactos, gracias a él.”

Fredy siguió con su labor de preservar una estructura similar a la de Terezín asumiendo el puesto de Altester del Block 31. La rutina diaria iniciaba en las letrinas, luego, aseo en los lavaderos, con el agua sucia congelada tiritando con el frío de invierno, -para prevenir la diseminación de piojos y otras enfermedades. Seguía el desayuno, – Fredy consiguió que mejorara un poco la comida de los niños, -y en las clases, se enfatizaban los valores de decencia y solidaridad, que desgraciadamente en el contexto concentracionario se derrumbaban vertiginosamente.

Esta rutina les proporcionaba una cierta estabilidad. Cantar estaba permitido, pero no estudiar. El objetivo de Fredy y su staff de educadores, era alimentar la espiritualidad infantil, distraerlos de la realidad circundante y crear la ilusión de un destino esperanzador. Las clases se llevaban a cabo durante el día en el Block 31, una barraca como las demás, sin literas. Sentados en bancos, alrededor de los maestros, estaban tan cerca unos de otros, que podían escuchar tres clases diferentes al mismo tiempo.

En estas circunstancias, la disciplina era un imperativo. El equipo de Fredy consistía aproximadamente de 20 maestros y madrijim que él conocía con anterioridad. Aceptaba gente extra para favorecerlos, dado que en el Block había mejores condiciones que afuera. No importaba lo que enseñaran: geografía, historia o judaica.

Como no había cuadernos ni libros, las cualidades más valoradas eran la memoria, la imaginación y la habilidad de contar historias, de organizar juegos y representaciones. Otto Kraus magnetizaba a los niños por su manera de contar historias. A Avi Fischer le interesaba la Astronomía e Historia, y los deslumbraba con los fascinantes fenómenos del espacio e historias de pueblos exóticos. Cada maestro se especializaba en los libros que recordaba y se convirtieron en una biblioteca móvil, en libros con piernas. Cada grupo solicitaba un título y ellos hacían el “intercambio de libros”.

En los muros sin ventanas, de madera podrida, también se operó la magia. La atmósfera opresiva cambió. De la mano de Dina Babbit, de Mausi Hermann y otros asistentes, llegaron nuevos inquilinos. Las jóvenes pintoras poblaron las paredes con indios, esquimales, y africanos. Los pájaros dejaron de ser una rareza en Birkenau y en pleno invierno se llenó de flores, árboles y rocas, pero sobre todo, llegaron Hansel, Gretel, y Blanca Nieves con los siete enanitos. Dina Babbit antes de la deportación, fascinada por Blanca Nieves, vio clandestinamente siete veces la película de Disney estrenada en 1937. En esos años, hablar de cine en el mundo, era hablar de Hollywood. Fredy como siempre se hizo cargo y les consiguió papel, pinceles y colores. Gracias a su talento, Mausi y Dina aún adolescentes, fueron llamadas por Mengele a dibujar retratos en el Campo Familiar de los Gitanos. Fredy guió a cada uno de sus asistentes, a descubrir sus mejores atributos en medio de lo sórdido y lo más ruin del ser humano. Ninguno se preguntaba si era absurdo enseñar geografía o leyes gramaticales cuando la muerte era lo único real en esa puesta en escena. Ellos necesitaban creer, tanto como los niños.

Casi todos los maestros sobrevivieron y han dado sus testimonios. Entre las barracas del “familiencamp” y las regaderas, quedaba un patio que servía para deportes, y juegos scóuticos. Para los prisioneros, la imagen de los niños pequeños, paseando por el Campo, no lejos de ellos y de las torres de guardia, cantando y recogiendo piedritas, era una escena inverosímil.

Fredy Hirsch
Fredy Hirsch

Las actividades más recordadas del Block 31, eran las canciones y las representaciones. Avi Ofir enseñaba con entusiasmo las canciones a los niños y la canción favorita era Aluette, una canción infantil francesa que cantaban los niños constantemente a todo pulmón. “En momentos como esos podíamos ausentarnos de la realidad”. En las ceremonias de Shabat organizaban obritas y sketches que escribían los niños. Pero la que causó el mayor y más duradero impacto, la máxima sensación de este período, fue la puesta en escena de Blanca Nieves y los 7 enanitos con escenografía, vestuario y bailes, aunque rudimentarios, mas las canciones originales de la película de Disney. Kurt Rubichek, comunista y asistente de Fredy, escribió el guión y mucho tiempo ensayaron los papeles que los niños tenían que interpretar en alemán. El príncipe de la obra y alma de la producción general era Fredy, que conseguía lo necesario aprovechando sus privilegios. Todo era dinamismo, emoción y entusiasmo. El Dr. Mengele entraba ocasionalmente a ver los avances de la obra y les sonreía a los niños. Esto alimentaba la esperanza que subyacía en los maestros de que a los niños no les pasaría nada.

“En Auschwitz no fueron seleccionados entre los que iban a la cámara de gas y los que sobrevivían, sino que fueron mandados a un campo familiar. Al saber eso, nos dimos cuenta de que había una historia que contar y así nació el documental”, comenta Aarón.

Los Cohen comenzaron a perseguir la pista de Hirsch en 2008, cuando un amigo familiar y superviviente del Holocausto les contó de primera mano la historia de ese insólito campamento.

Entonces comenzaron a tirar del hilo. Acudieron al archivo del director Steven Spielberg compuesto por 50.000 testimonios digitales de víctimas del Holocausto y encontraron seis que hablaban de Fredy Hirsch. Posteriormente entrevistaron a seis supervivientes más en República Checa, Israel y Estados Unidos, en un proceso que duró ocho años.

“La historia está contada en el documental como un coro griego en el que los testimonios se complementan. Pero lo más impresionante es que en diferentes tiempos y espacios la historia que cuentan coincide completamente”, sostiene Esther.

“Se les iluminaba la cara cuando hablaban de Fredy. No querían hablar de lo que vivieron en Auschwitz sino de Fredy y de lo que hizo por ellos”, añade la productora, quien señala que Hirsch “les enseñó a valorar lo que tenían a su alrededor”.

Los documentalistas sospechan que la historia de Hirsch permaneció oculta durante mucho tiempo por su condición de homosexual, algo poco tolerado en los regímenes comunistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Pero Aarón y Esther desempolvaron este relato para retratar “el proceso de deterioro” que se vivía en Auschwitz y evitar que vuelva a ocurrir otro genocidio, pues “cuando la historia se olvida, tiende a repetirse”.

Pero también retratan una luz de esperanza, encarnada en un Hirsch que dio lo mejor de sí para adecentar la situación de aquellos niños.

¿Qué pasó con Fredy? “Es el chiste de la película”, sentencia el director.