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Estilo para la eternidad

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Kerr, en una escena de "Suspense" ("The Innocents"), una obra maestra del terror gótico inglés en la que la actriz se movía como pez en el agua en el rol de institutriz
Kerr, en una escena de “Suspense” (“The Innocents”), una obra maestra del terror gótico inglés en la que la actriz se movía como pez en el agua en el rol de institutriz

La actriz británica Deborah Kerr (1921, Helensburgh, Escocia), protagonista de películas como ‘De aquí a la eternidad’ (1953) o ‘El Rey y yo’ (1956), era una de las grandes damas de Hollywood, pero pese a todo su éxito, su carrera estuvo plagada de oportunidades que se desvanecieron. No sólo porque en ‘Tú y yo’ protagonizara la cita frustrada más famosa de la historia del cine, sino, sobre todo, porque en casi ocho décadas ninguna mujer ha tenido tan mala suerte como ella con los Oscar: seis nominaciones y ninguna estatuilla, hasta que finalmente la Academia le entregó el Oscar en reconocimiento de toda su carrera.

Algunas escenas de esta escocesa, que comenzó su carrera como bailarina, son ya toda una leyenda. Una inolvidable es su apasionado beso entre las olas con Burt Lancaster en ‘De aquí a la eternidad’. O su papel junto a Yul Brynner en ‘El rey y yo’, cuando el rey de Siam, pese a las estrictas reglas palaciegas, sucumbe al encanto de una pequeña profesora inglesa.

Y sin olvidar su interpretación de orgullosa romana en clásicos como ‘Julius Caesar’ y ‘Quo Vadis?’, o cuando encarnó a una monja irlandesa en ‘Sólo Dios lo sabe’.

La actriz participó en más de 50 películas. La más memorable sea quizás ‘Tú y yo’, una de las grandes historias de amor hollywoodenses que protagonizó junto a Cary Grant y que debería haberse titulado en España ‘Algo para recordar’. La pareja se da cita en la cima del Empire State, pero un trágico accidente convierte el reencuentro en drama. Su mirada al darse cuenta de que el gran amor de su vida se le ha escapado todavía hoy hace saltar las lágrimas.

Su nombre y su imagen saltaron a la fama con las películas ‘Las minas del rey Salomón’, (1950), junto a Stewart Granger; ‘Quo Vadis?’ (1951), junto a Robert Taylor; ‘De aquí a la eternidad’ (1953), en la que compartió rol con Burt Lancaster, con quien protagonizó uno de los besos más famosos de la historia del cine, que en la época llegó a rozar lo escandaloso; y ‘El Rey y yo’ (1956), junto a Yul Brynner.

La belleza pelirroja de Kerr y su imagen de rosa inglesa la convirtieron en la querida de Hollywood, y protagonizó más de 40 películas en una trayectoria de 50 años en el cine. “Su tipo de sensualidad refinada probó ser refrescantemente atractiva, ya que insinuaba deseos escondidos y sentimientos prohibidos, dándole a su actuación una arista e interés extra”, escribió el Daily Telegraph en su obituario.

Deborah Jane Kerr-Trimmer nació el 30 de septiembre de 1921 en Helensburgh, Escocia, en el hogar de un militar afectado por heridas físicas adquiridas durante la Primera Guerra Mundial.

La actriz logró su primer rol importante en la pantalla como una asustada trabajadora del Ejército de Salvación, en una adaptación con primeras estrellas de la sátira “Major Barbara”. En 1947 Kerr se mudó a Hollywood, y en 1953 hizo pedazos su imagen decorosa al interpretar a una adúltera esposa del Ejército que tenía una relación ilícita con otro oficial, rol desempeñado por Burt Lancaster.

Su afamado abrazo en la playa, ella y Lancaster envueltos por las olas, es una de las imágenes más perdurables del cine, y el papel que le concedió a Kerr su segunda nominación de la Academia, luego de Edward, My Son, cuatro años antes. El famoso beso provocó sueños eróticos en generaciones enteras de adolescentes que vieron el filme en aquella época.

Esa playa de Hawaii, que fue bautizada luego como Eternity Cove, en honor al filme, se volvió un lugar de peregrinación, y es visitada por turistas del mundo entero.

En Hollywood, la escocesa estaba considerada como el prototipo de mujer elegante y con estilo, ideal para interpretar los romances más decentes. Salvo en la escena del beso del filme ‘De aquí a la eternidad’, apenas encarnó a otro tipo de mujeres.

Y esa imagen moral volvió a encajar perfectamente cuando a finales de los salvajes años 60 se despidió de Hollywood, asqueada por la oleada de sexo y violencia que inundaba los cines, como escriben sus biógrafos.

“Nunca tuvo una escena mala”, escribió el autor Leonard Malton sobre su carrera. Tampoco sus compañeros de reparto escatimaron en halagos: Robert Mitchum, con quien se puso tres veces ante las cámaras, afirmó que congeniaban tan bien que sus escenas podían rodarse en lugares distintos y después mezclarse en el estudio sin que los espectadores llegaran a notarlo.

Hasta mediados de los 80 todavía podía verse a Kerr en algunas producciones de teatro y televisión. Desde entonces, todo ha sido silencio en torno a ella. La actriz pasó la mayor parte del tiempo junto a su segundo marido, el escritor y guionista Peter Viertel, en un monasterio de Suiza. En sus últimos años, enferma de Parkinson, buscó la cercanía de su familia y regresó a Gran Bretaña. Tenía dos hijas.

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Penn, retratista de la jauría

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Arthur Penn y Faye Dunaway, durante el rodaje de "Bonnie and Clyde"
Arthur Penn y Faye Dunaway, durante el rodaje de “Bonnie and Clyde”

Arthur Penn, nacido el 27 de septiembre de 1922 en Filadelfia y casado desde 1955 con Peggy Maurer, fue uno de los directores más revolucionarios e influyentes del siglo XX. Sus obsesiones sociopolíticas se materializaron en obras innovadoras e inmortales como “Bonnie and Clyde”.

El cineasta fue tres veces candidato al Óscar al mejor director por “El milagro de Ana Sullivan” (1962), “Bonnie and Clyde” (1967) y “El restaurante de Alicia” (1969).

También obtuvo una nominación al Globo de Oro como mejor director por “Bonnie and Clyde”, una obra de culto que logró un tremendo impacto en EEUU.

“Son jóvenes, están enamorados… y matan a gente”. Aquel fue el eslogan promocional de la cinta, que narraba una huida fatal protagonizada por unos criminales inolvidables (Warren Beatty y Faye Dunaway) que se convirtió en todo un canto liberal, rebelde y antisistema que hizo mella en aquella época.

Eran los tiempos del rechazo a la Guerra de Vietnam y la censura en las películas. Y sin embargo, la escena final del filme, con la muerte de la pareja en un tiroteo, es una de las más famosas del cine.

Fue el propio Beatty quien tuvo que convencer al cineasta para dirigir la cinta, escrita por Robert Benton y David Newman, e inspirada en las películas europeas de arte y ensayo de la década de 1960. De hecho Francois Truffaut y Jean Luc-Godard rechazaron sendas invitaciones para dirigir la película.

“Pensé que si íbamos a mostrar la violencia, realmente debíamos mostrarla como tal”, dijo el propio director en el documental “Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano”.

“Debemos mostrar cómo es cuando alguien recibe un tiro”, añadió.

El cine cambió para siempre a partir de la crudeza exhibida en aquella película, y obras dirigidas por otros directores, como “Easy Rider”, “Taxi Driver” o incluso “El Padrino” tomaron el testigo.

Conocido por su facilidad para extraer lo mejor de sus intérpretes, Penn dirigió a ocho de ellos (Patty Duke, Anne Bancroft, Estelle Parsons, Warren Beatty, Faye Dunaway, Gene Hackman, Michael J. Pollard y Chief Dan George) en actuaciones que consiguieron una candidatura al Óscar. Duke, Bancroft y Parsons se hicieron finalmente con la estatuilla dorada por esos papeles.

Penn se dio pronto a conocer en el medio televisivo, en donde logró una candidatura al Emmy por “Playhouse 90” (1956).

Posteriormente dio el salto a Broadway como director de las obras de teatro “The Miracle Worker” y “All the Way Home”, ganadoras del premio Tony, hasta que el cine le dio su primera oportunidad a finales de la década de 1950, con el western “El zurdo” (1958), protagonizado por Paul Newman.

Más tarde llegarían “La jauría humana” (1966), donde dirigió a Marlon Brando, Robert Redford y Jane Fonda; “Pequeño gran hombre” (1970), que narraba la conquista del Oeste desde una óptica diferente a la habitual (los indios eran los buenos), y “La noche se mueve” (1975), con Gene Hackman como un incisivo detective privado.

Entonces empezó a distanciarse de una industria que por esa época abrazaba otro tipo de producto, mucho más cercano al entretenimiento y al espectáculo que comenzaba a ofrecer Steven Spielberg que al íntimo y reflexivo que había marcado su carrera.

“La industria ha cambiado: ahora está Spielberg, que es un maravilloso relator de historias, haciendo cintas benignas que son tremendamente exitosas. Yo hago películas sobre gente que dispara y se hace daño. Amo su trabajo, pero yo nunca podría hacer algo similar”, manifestó por aquella época.

Sus últimas obras estrenadas en cines fueron “Dead of Winter” (1987), con Mary Steenburgen, y “Penn & Teller Get Killed” (1989).

Blasco Ibáñez, el antisistema

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Vicente Blasco Ibáñez fue, ante todo, un personaje incómodo. Lo fue para la Iglesia, pues su anticlericalismo era contundente. Lo fue para las clases dominantes, pues siempre defendió las causas de los más necesitados desde su diario El Pueblo; tendencia que se puede verificar en sus novelas de temática valenciana: La Barraca, Cañas y Barro o Entre Naranjos, entre otras. Lo fue para los partidos conservadores liderando el republicanismo valenciano y un movimiento, el blasquismo, de amplio arraigo en Valencia. Y lo fue para los autores y escritores de su tiempo, pues él logro un triunfo personal y una fortuna económica con sus obras que los demás nunca alcanzaron
Vicente Blasco Ibáñez fue, ante todo, un personaje incómodo. Lo fue para la Iglesia, pues su anticlericalismo era contundente. Lo fue para las clases dominantes, pues siempre defendió las causas de los más necesitados desde su diario El Pueblo; tendencia que se puede verificar en sus novelas de temática valenciana: La Barraca, Cañas y Barro o Entre Naranjos, entre otras. Lo fue para los partidos conservadores liderando el republicanismo valenciano y un movimiento, el blasquismo, de amplio arraigo en Valencia. Y lo fue para los autores y escritores de su tiempo, pues él logro un triunfo personal y una fortuna económica con sus obras que los demás nunca alcanzaron

La exagerada biografía de Vicente Blasco Ibáñez —escritor, inventor del best seller, guionista de Hollywood, periodista, editor, político, agitador de masas, diputado, preso, exiliado, duelista, fugaz masón y abogado todavía más breve— da vida a un cómic dibujado por Cristina Durán con guion de Miguel Ángel Giner Bou, autores, entre otras obras de “Una posibilidad entre mil”, “La máquina de Efrén” y “Cuando no sabes qué decir”.

El cómic, un encargo del Ayuntamiento de Valencia con motivo del 150 aniversario del nacimiento del novelista, recorre su vida desde su nacimiento en la calle de la Jabonería nueva —hoy, Editor Manuel Aguilar—, a tiro de piedra del Mercado Central, entonces el corazón de la ciudad, y el regreso de sus restos a Valencia, en 1933, ya con el Gobierno republicano en España, cinco años después de su fallecimiento en Fontana Rosa (sur de Francia).

Un Blasco dibujado muy pequeño junto a una barricada de adoquines afirma que su “primera emoción” fue ver en la calle a los milicianos republicanos federales en 1869, en los agitados tiempos que siguieron a la revolución conocida como La Gloriosa.

Como le sucede a muchas personas cuando observan de cerca la trayectoria de Blasco, Durán ha contado que la fase de documentación le impactó: “He acabado obsesionada con él, enamorada de todo lo que hizo. Hasta soñé un día con su voz después de haber leído tantas veces lo buen orador que era”.

El personaje hubiera dado para hacer un cómic de 300 o 400 páginas —el editado tiene 52—, dadas las tres o cuatro vidas en una que encarnó Blasco, ha afirmado Giner Bou, socio creativo y marido de Durán. “Nuestro objetivo ha sido que no fuera un libro de texto, sino encontrar un punto que permitiera entrar en la vida de Blasco Ibáñez con más pasión y atraer a las generaciones más jóvenes”. Para ello, ha utilizado la relación entre un abuelo pescador y su nieto, un recurso que ha calificado como propio de Hemingway.

El cómic, que comprime en fogonazos la vida de Blasco, relata su empeño revolucionario: su credo republicano, contrario a la tradición de los caciques y anticlerical. Cómo concibió el periodismo y su faceta de editor como instrumentos de difusión de sus ideas políticas. Y el precio en términos personales que pagó, incluido el atentado del que fue víctima en Valencia, perpetrado por los sorianistas, un grupo de republicanos rivales, y el tiro en la pierna que le disparó un redactor del diario La Correspondencia Militar.

El novelista, narra el álbum, tuvo a la literatura como una actividad inicialmente secundaria, a la que se dedicaba sobre todo cuando no podía hacer otra cosa por estar en la cárcel, escondido de la policía o en el exilio, que experimentó varias veces. “Todos los hombres con talento tienen dos patrias: una, donde nacieron; la otra es Francia”, escribió Blasco

Éxito irresistible

Pero desde “La barraca” —originalmente un cuento titulado La venganza moruna—, publicado como folletín en su periódico El pueblo, en 1898, su éxito fue irresistible. Se convirtió en una celebridad en España, Francia —donde fue distinguido como comendador de la Legión de Honor—, Argentina y Estados Unidos. En este último país, “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, con la Primera Guerra Mundial de telón de fondo, llegó a ser el libro más leído después de la Biblia. Y su adaptación al cine, en una superproducción que tuvo al galán Rodolfo Valentino de protagonista, le abrió las puertas de Hollywood.

El cómic dedica un par de páginas a su aventura argentina, donde, sobre terrenos que le regaló el Gobierno, fundó dos colonias, Cervantes y Nueva Valencia, a la que llevó a trabajar a agricultores valencianos. Blasco renunció a su empresa tras invertir cinco años —en los que no escribió— y su fortuna.

El vanguardista obsesivo y compulsivo

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 El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal
“Dadme dos páginas cualesquiera de la Biblia y con ellas haré una película”, decía Cecil B. DeMille, el tiránico cineasta que en el Hollywood primerizo levantó faraónicas superproducciones como “Los diez mandamientos” y fundó la estatuilla más famosa de todos los tiempos: el Oscar.

Manipulador mojigato; voyeur bíblico; megalómano del cine; poseía una estrambótica colección de libros pornográficos, y tenía una fijación enfermiza por los tobillos y los pies de las mujeres.

En el apogeo de la censura norteamericana, utilizó los relatos sagrados para mostrar mujeres de pechos desbordados, hombres bien dotados, diálogos lascivos, escenas lujuriosas, orgías, crímenes y lenguajes descarnados, a pesar del severo “Código Hays”.

Cecil B. DeMille mezcló la religiosidad con el mercantilismo de sus mastodónticas películas, con miles de extras, efectos especiales nunca vistos, escenarios monumentales y una voracidad pantagruélica por las ganancias ante todo.

Según él, los norteamericanos solo sentían atracción por el sexo y el dinero; temas que explotó en las 70 películas que dirigió desde que en 1913 produjera The Squaw Man o El prófugo , considerado el primer largometraje del cine. El término squaw –derivado de la lengua indígena algonquina– se usa de manera peyorativa, racista y sexista para referirse a las mujeres nativas en Estados Unidos.

Sus biógrafos lo consideran el inventor de la narrativa cinematográfica y creador del primer estilo fílmico, que por primera vez logró transformar al espectador en cómplice de lo que sucedía en la pantalla.

El público identifica a DeMille con las cintas que suelen proyectarse en Semana Santa: Los diez mandamientos; Sansón y Dalila; Cleopatra; El signo de la cruz; Rey de reyes; o su obra magna: El espectáculo más grande del mundo , que le mereció el Óscar a mejor filme en 1953.

Los dueños de los Estudios Paramount consideraban que los filmes bíblicos eran un pésimo negocio y, por eso, no querían financiar Sansón y Dalila; pero Cecil los convenció al enseñarles las provocativas fotos de Víctor Mature y Hedy Lamarr, actriz de origen checo que había realizado –en 1932– un desnudo y un orgasmo en la película Éxtasis .

DeMille pidió a la actriz que, en la primera escena de Sansón y Dalila , apareciera sentada en un muro, pero con las piernas abiertas, lo cual encendió a los espectadores y engatusó a los censores de la Liga de la Decencia con el cuento de que era una escena del Antiguo Testamento.

Algo similar ocurrió con Los diez mandamientos. Los productores querían a la ingenua de Audrey Hepburn para el papel de Nefertari, esposa el faraón Ramsés. DeMille se opuso porque consideró a Hepburn muy enclenque y prefirió a la exuberante y carnal Anne Baxter, que, a su vez, heredó el rol de Sephora –esposa de Moisés– a la extraordinaria Yvonne De Carlo.

Su versión del Signo de la cruz, de 1932, está plagada de orgías, sadismo y otras acrobacias sexuales; Claudette Colbert –como la malvada Popea– destila erotismo y se baña en leche mientras el emperador Nerón –interpretado por Charles Laughton– la devora con los ojos.

Ese interés por las imágenes sensuales también está presente en Rey de reyes , de 1927, que arranca con una sensual y cortesana María Magdalena, asediada por los hombres.

Aún así, DeMille siempre se mantuvo a la vanguardia cinematográfica y, en 1922, con su película Manslaughter, filmó el primer beso del cine entre dos lesbianas. El Código Hays permitía ósculos entre parejas heterosexuales, pero únicamente en posición vertical. Vale recordar que el filme Don Juan, de 1926, contiene 191 besos: uno cada 53 segundos.

Vida épica

El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal, y probó suerte como actor y escritor de varias obras representadas en el Madison Square Theater, en la ciudad de Nueva York.

DeMille nació el 12 de agosto de 1881, en Massachusetts y cuando Henry murió, su madre Matilda fundó una escuela para niñas y más tarde una agencia teatral, con la cual mantuvo al pequeño Cecil y a su hermano William.

La formación del futuro cineasta comenzó en un Colegio Militar; más tarde estudió en una Academia de Arte Dramático, que lo llevó a interpretar su primera obra en 1900: Hearts are Trumps.

Durante un tiempo integró una compañía itinerante y así conoció a su esposa Constance Adams, con la cual estuvo casado hasta su muerte el 21 de enero de 1959. La pareja tuvo una hija biológica, Cecilia, pero adoptó tres niños más: Katherine, Richard y John.

El espíritu emprendedor de Cecile lo encaminó hacia otros negocios. Uno de ellos fue la Mercury Aviation, primera aerolínea comercial en transportar pasajeros con itinerario en 1919. También fue director del Banco de Italia, nombre original del Banco de América, y de ahí se vinculó con la financiación de la industria cinematográfica, reseñó Scott Eyman en La vida épica de Cecil B. DeMille.

Con Jesee L. Lasky y Samuel Goldwyn, fundó la empresa The Lasky, que años después se convertiría en la Paramount Pictures, con la cual filmaría El signo de la cruz, su primer mazazo en la taquilla.

Fuera del cine fue director y anfitrión, de 1936 a 1944, del programa Lux Radio Theater, que adaptó a la radiodifusión películas populares, con la asistencia de reconocidas artistas y luminarias de Hollywood. Todo iba de maravilla hasta que se peleó con la Federación de Artistas de Radio y el programa se suspendió.

Sus problemas con el gremio artístico llegaron al punto más álgido cuando algunos colegas lo acusaron de soplón y de redactar una lista negra para el Comité de Actividades Antiamericanas, del senador Joseph McCarthy.

Cecil transformó la manera en que se producía el cine en Hollywood y murió con las botas puestas. Durante la filmación de Los diez mandamientos sufrió un ataque cardíaco en unas locaciones en Egipto, pero se recobró apenas para finalizar lo que sería su última película.

Estrenada en 1956 contó con un reparto de ensueño; 12.000 extras, 15.000 animales, rodada en Egipto y el Monte Sinaí, usó casi millón y medio de litros de agua para la escena del Mar Rojo; un guion tan ágil que los espectadores apenas notan las cuatro horas de duración del filme.

Marcado por el deseo

Más que un cineasta parecía un faraón, con poderes omnímodos y un despliegue de grandeza propio de un emperador del celuloide. En La vida secreta de los grandes directores se describe su fetichismo. Su oficina parecía el palacio de Odín; tenía el piso tapizado con pieles de oso polar, donde retozaba como un lobezno mientras un criado tocaba el violín. Adondequiera que iba lo acompañaba un sirviente filipino con un taburete a cuestas para que el director tuviera donde asentar sus augustas posaderas.

Quienes caían en su gracia podían ser invitados a una cabaña íntima, donde unas sugerentes mujeres bailaban la danza de los siete velos al ritmo del bolero de Ravel, para después saciar los apetitos de la mesa y de la cama.

No obstante, la obsesión que roía sus entrañas eran los pies y los tobillos de las mujeres, al punto que la actriz Bebe Daniels –una de sus amantes– reveló que DeMille se limitaba a lamerle el calcañar (o talón), mientras se autocomplacía. Esa pasión surgió, según algunos, después de que leyó que la artista Julia Faye presumía de tener “los pies y tobillos más hermosos de Estados Unidos”.

Una vez, Paulette Goddard, irrumpió en la oficina de Cecil y puso sus pies desnudos sobre el escritorio para que DeMille los catara y obtener así un papel en el filme Policía montada de Canadá.

Más allá de esos fetichismos era un marido maravilloso, y Claudette Colbert le echó los perros sin éxito cuando filmó El signo de la cruz. “Le amé profundamente. Debo confesar que por más que me insinué, por más situaciones que puse para comprometerle, nunca conseguí nada. ¡Estaba demasiado enamorado de su esposa! ¡Fue una lástima!”

Las mujeres lo adoraban por su nobleza, educación, ternura y elegancia. Filmar bajo sus órdenes era más importante que la paga o el trabajo mismo.

“Tenía el encanto del hombre maduro y del niño que todos los hombres llevan tras de sí. Hizo que me sintiera orgullosa de tener 29 años y ser como soy” recordó Gloria Grahame. Para Gloria Swanson, actuar en las obras de Cecil fue lo más gratificante de su carrera.

Actores como Charlton Heston o Yul Brynner lo consideraban un maestro, un confidente, un amigo y un padre que rescató lo mejor de sus personalidades, y les permitió interpretar sus papeles con absoluta libertad.

La actriz Hedy Lamarr dijo: “Nadie como él para extraer todo el erotismo que había en mí, y para hacer que Dalila fuera el mismo demonio. Estaba pendiente hasta de los más mínimos detalles sobre mi vestuario, si veía un pliegue que no le convencía de mi túnica, repetía la escena hasta estar convencido de que su caída era perfecta. Jamás conocí a alguien como Cecil, era único”.

El director Cecil B. DeMille creó el mito de las luminarias y las estrellas con sus desbordantes películas, hizo del cine el espectáculo más grande del mundo e inventó Hollywood.

La breve ascensión de la gata dominicana

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María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood
María Montez, bella y arrebatadora, fue una actriz de corto pero intenso recorrido en Hollywood

La dominicana María Montez (1912-1951) pasó a la posteridad como una de las más bellas y famosas actrices de su época, pero todo en su vida no fue éxito y felicidad, también hubo sufrimiento y dolor, según revela el escritor Pablo Clase en su libro “María Montez: Mujer y Estrella”.

Montez tuvo que soportar un verdadero “drama interior” al no poder alcanzar una meta que se había fijado en su vida artística, “lo que le generaba amargura e insatisfacción”, explica el autor del libro.

La diva caribeña alcanzó el éxito en Europa solo con la película “El mercader de Venecia “pero todo lo que la hizo famosa en Hollywood no pasó de ser mediocre”, y sin embargo “el público la adoraba porque era carismática”, dice.

La ‘Reina del Tecnicolor’ triunfó en Hollywood a pesar de no tener formación ni experiencia en materia cinematográfica.

“Tenía un físico exótico y aparte de eso siempre tenía a flor de labio frases ingeniosas que encantaban a los periodistas y eran destacadas en los titulares de los periódicos. Ella fue su propia promotora”, asegura el autor del libro, reeditado para la ocasión.

La biografía de la artista, cuya primera edición data de 1985 resalta también su gran espiritualidad. “Ella era muy devota de San Antonio, pero también un poco supersticiosa y amiga de visitar astrólogos”.

Esa era “la otra cara de María Montez”, una mujer muy diferente en público y en su vida privada, donde siempre fue discreta y nunca se vio envuelta en escándalos. “No tenía amantes ni nada de eso. Era una simple mujer de su hogar, que cuidaba a su niña y que nunca se separó de sus hermanas”, agrega.

Sin embargo, Clase admite que su condición de estrella era artificial y no duró más allá de cinco o diez años. Su máximo esplendor duró el tiempo que el mercado estadounidense la necesitó, entre 1942 y 1947.

Después su fulgor comenzó a apagarse y se fue de los Estados Unidos al no poder renovar su contrato cinematográfico, aunque “ella estaba convencida de que podía seguir adelante como actriz; de que había mucha María Montez por delante”, comenta el autor.

En todo caso, su país le brindó el máximo reconocimiento, y hasta recibió del entonces presidente Rafael Trujillo la Orden del Mérito de Juan Pablo Duarte y un pergamino entregado por su hija Flor de Oro.

El pueblo la idolatró y a su muerte se decretó duelo nacional y se guardó un minuto de silencio en las salas donde se proyectaban sus películas.

“Ninguna actriz dominicana logró la fama que ella logró”, aunque su figura “después quedó un poco en el olvido” y ahora recibe nuevos reconocimientos, indica Clase.

La figura de María Montez ha sido objeto también de otros muchos estudios y biografías, como la de Margarita Vicens, una de las principales conocedoras de esta artista, de la que Clase señala que, como allegada a su familia “quiere que quede muy bien el personaje”, mientras que él intenta “ser un poco más crítico”.

Con esta reedición sale a la luz “un trabajo que estaba olvidado”, según el biógrafo, corrector de estilo del periódico Listín Diario y autor también de la biografía de Porfirio Rubirosa y de otras cincuenta figuras dominicanas, como el diseñador Óscar de la Renta, los expresidentes Juan Bosch y Joaquín Balaguer, el jugador de béisbol Juan Marichal y otros. Jesús Sanchis

La diva y los pechos fugaces

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Tensión pectoral entre Sophia Loren y Jane Mansfield
Tensión pectoral entre Sophia Loren y Jane Mansfield

En 1957 fue tomada la fotografía de la célebre actriz Sophia Loren y Jayne Mansfield en la que el escote y la mirada de envidia fueron protagonistas. Cabe recordar que  la célebre actriz Sophia Loren publicó su autobiografía donde narra su vida “sin paños calientes” en “Ieri, oggi, domani” (Ayer, hoy, mañana), una autobiografía en la que rememora su cruda infancia y en la que detalla su ascenso al olimpo de los ídolos de la cinematografía.

La mítica fotografía tomada por Joe Shere en la que la gran Sophia Loren (80 años) aparece mirando de reojo el exuberante escote de su colega Jayne Mansfield, uno de los mitos sexuales de la década de los 50, sigue generando titulares 57 años después. Aunque en estas casi tres décadas ha habido mil y una especulaciones sobre los motivos de san inquietante mirada, ahora ha sido la propia Loren la que ha ofrecido su versión de los hechos.

La actriz recuerda el escenario de aquel encuentro. “Paramount había organizado una fiesta para mí. Todo el mundo del cine estaba allí. Fue increíble. Entonces apareció Jayne Mansfield, que fue la última en llegar. Vino directamente a mi mesa, sabía que todos la estaban observando”, explica.

Fue en ese preciso momento cuando sus ojos se posaron en el escote de la explosiva actriz, que tenía mucha presencia en todo tipo de fiestas y eventos sociales. “Mira la foto. ¿Dónde están mis ojos? Estoy mirando fijamente a sus pezones porque tengo miedo de que fueran a caer en mi plato. En mi rostro se puede apreciar el miedo. Tengo mucho miedo de que todo en aquel vestido fuera a caer -¡booom!- y derramarse sobre la mesa”, relata al periodista con su habitual desparpajo.

Al ser preguntada por la última ocasión que vio la foto, Loren asegura que se la dan para que la firme “muchas muchas veces”.

Eso sí, por respeto a Mansfield, que falleció en 1967 a a los 34 años víctima de un accidente de tráfico, nunca lo hace. “No quiero tener nada que ver con eso. Y también por respeto a Jayne, que ya no está entre nosotros”.

Mansfield, que vino al mundo en la primavera de 1933, siempre soñó con ser estrella de Hollywood. Consciente de su exuberante físico, comenzó a concursar en certámenes de belleza para que le ayudasen a dar el salto al mundo del cine. A los 21 años, tras ganar varios concursos, se mudó a California, donde trabajó como modelo al principio.

En 1955 debutó en el cine con pequeños papeles de rubia explosiva. Participó en títulos como ‘El blues de Pete Kelly’ o ‘Una rubia en la cumbre’. Durante la década de los 60 era habitual de producciones mediocres en las que se intentaba mostrar una imagen como rival de Marilyn Monroe. Su vida se truncó al volver de una fiesta el 29 de junio de 1967, tan solo diez años después de una de las imágenes por las que siempre será recordada.

Actriz de largo recorrido

En cuento a Loren, “Ieri, oggi, domani” debe su título a la película homónima del director Vittorio De Sica (1965),protagonizada por la propia Loren. Harta de biografías no autorizadas que recogían “historias falsas”, la diva escribe sus memorias, dedicadas a sus cuatro nietos, que son, según refiere en la dedicatoria, “el gran milagro” de su vida.

El libro arranca con la actriz viendo junto a sus cuatro nietos en el salón de su casa la película de animación “Cars 2”, para la cual la actriz ha prestado su voz. Precisamente, esta estampa cálida y familiar se contrapone a su difícil infancia, marcada por el hambre y por la ausencia de la figura paterna, Riccardo Sciolone Murillo, un noble romano venido a menos de quien solo ha recibido “una gotita de sangre azul” y que no se responsabilizó de ella tras dejar embarazada a su madre. A ella, la “escandalosamente bella” Romilda Villani, la sitúa como una de las protagonistas de su vida, ya que, tras fracasar en su intento de acceder al mundo del cine, se volcó para que su hija lograra su mismo sueño.

Esta ambición irrumpió en los planes de la pequeña Sofía en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzaron a proyectarse las cintas que triunfaban en Hollywood en todas aquellas ciudades italianas que los aliados liberaban del fascismo. Fue en ese instante, según recuerda, cuando se enamoró “perdidamente” de Tyron Power, del pelo encrespado de Rita Hayworth, de la oscura mirada de Jennifer Jones o de Gregory Peck y comenzó a soñar en convertirse en ellos, en adoptar su capacidad “de expresar lo que sentían”. Posteriormente, se trasladó a Roma junto con su madre, después de ganar una serie de concursos de belleza que le confirieron cierta reputación.

Sophia Loren, actriz consagrada. Jane Mansfield, despampanante y frágil
Sophia Loren, actriz consagrada. Jane Mansfield, despampanante y frágil

La primera oportunidad se la concedió el cineasta Mervyn LeRoy, quien, tras una cómica conversación con la actriz -que dijo saber inglés a pesar de no hablarlo-, decidió ofrecerla un papel como vestal en “Quo Vadis?” (1951).Pero la verdadera posibilidad surgió de la mano de quien se convertiría en su marido, Carlo Ponti, 22 años mayor que ella y uno de los productores cinematográficos más importantes del momento. Tras varias citas en las que le sorprendió “su extraordinario sentido de seguridad y familiaridad”, Sofía aceptó llevar a cabo una prueba que resultó un desastre, porque, según el fotógrafo, “tenía un rostro demasiado corto, una boca demasiado ancha y una nariz demasiado larga”.

No obstante, Sofía alcanzó finalmente las más altas cimas cinematográficas, encarnando -según escribe- al patito feo que se convierte en un cisne y que pasa de una infancia complicada a una vida de éxito, lujo y fama. Una trayectoria premiada con el Óscar honorario en 1991 y que suma hoy más de 75 títulos, entre ellos “La Ciociara” (Vittorio De Sica, 1960), que le valió el Óscar, el primero para una interpretación hecha en un idioma distinto al inglés.

Ha rodado bajo las órdenes de los más grandes cineastas, como es el caso de Charles Chaplin, concretamente en “La condesa de Hong Kong” (1967), junto al actor Marlon Brando, a quien tuvo que detener en su intento de propasarse, según recuerda en el libro. “Un día, antes de grabar la escena más romántica del filme, de repente alargó las manos. Me di la vuelta y tranquilamente y como una gata acariciada a contrapelo le espeté a la cara: ‘No vuelvas a intentarlo, nunca más'”, explica. “Ieri, oggi, domani” incluye además una sección titulada “Mi baúl de los recuerdos”, en la que la actriz publica una serie de documentos y fotografías personales tomadas durante sus múltiples rodajes y junto a su marido.

Destaca de entre ellas las que muestran a Sophia Loren y a Cary Gran juntos, dando muestras de una gran sintonía como en la que aparecen agarrados del brazo y comiéndose un helado en los aledaños del parque del Retiro de Madrid en 1956. La actriz rememora con humor las múltiples intentonas del actor para conquistarla, a pesar de ser consciente -tal y como Grant reconoce en dichos documentos- de que en ocasiones era “demasiado agobiante” con la mítica actriz italiana.

El esplendor y el ímpetu

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Natalie Wood y Robert Wagner, en una escena de "All the Fine Young Cannibals"
Natalie Wood y Robert Wagner, en una escena de “All the Fine Young Cannibals”

Natalie Wood fue una de las primeras actrices que se hizo famosa por encarnar a la típica chica estadounidense en la pantalla grande. Sin embargo, sus orígenes estaban muy lejos de aquel país del norte: sus padres habían abandonado su Rusia natal para buscar una vida mejor para ellos y la familia que tenían en mente construir.

Ya desde antes de nacer, la vida de Natalia Nikolaevna Zajárenko -ese era su verdadero nombre- estuvo signada por el misterio, por los caprichos y las inseguridades de su entorno. Cuando María, su madre, estaba embarazada, se hizo leer las manos por una gitana. Las palabas de aquella mujer calarían tan hondo en su mente, que terminarían obsesionándola y marcando el destino de la pequeña por nacer. “Su hija será una gran estrella, pero deberá tener mucho cuidado con las aguas oscuras”, cuenta la leyenda que profetizó aquella adivina a cambio de unas monedas.

Empujada por la obsesión y la ambición de María, Natasha comenzó a trabajar en el mundo del espectáculo a los 9 años. Sus expresivos ojos oscuros, su belleza y su desenfado la convirtieron rápidamente en una estella que lejos de perder su brillo, resplandeció con más fuerza durante su adolescencia.

A esa primera película, Milagro en la Calle 34, protagonizada por Maureen O’Hara y John Payne en 1947, le seguirían otras en las que su nombre estaría a la altura de las grandes estrellas del momento: Rebelde sin causa (1955), junto a James Dean, Centauros en el desierto (1956), junto a John Wayne, y Esplendor en la hierba (1961), junto a Warren Beatty. También compondría a María en el exitoso musical West Side Story, todo un clásico que luego desembarcaría en Broadway.

En los sets encontró no sólo el lugar ideal para desarrollar su carrera sino que conoció, también, el amor. Se casó enamoradísima del Robert Wagner y encontró en ese matrimonio la salida perfecta de la potestad de su despótica madre.

Sin embargo, la relación fue un fracaso. Tras pasar de nuevo por el altar con el productor Richard Gregson reincidió -como lo haría su principal competidora, Elizabeth Taylor con Richard Burton- con el actor. En el medio, muchos aseguran que encontró en amor y la pasión en Warren Beatty, y que esa relación habría durado décadas.

El actor al que no le llegaba la gloria

La carrera de Robert Wagner fue menos espectacular. Fue descubierto a pricipios de la década del 50 por el cazador de talentos Henry Willson, el mismo que lanzó a la fama a Rock Hudson, entre otros. Al principio, contó con el padrinazgo del actor Clifton Webb, aunque los comentarios maliciosos de la época indicaban que la relación iba más allá de una simple amistad.

Webb le consiguió un papel junto a él en Stars and Stripes Forever (1952), y su desempeño le valió una nominación a los Globos de Oro. Ese mismo año su participación en Con una canción en mi corazón, junto a Susan Hayward, hizo que los críticos y el público pusieran los ojos en él. Luego, Webb logró que participara junto a él de TItanic (1953), pero algo le faltaba a su carrera: un romance digno de las revistas del corazón. Y allí, en 1956, se cruzó en su camino Natalie Wood.

Una historia de idas y venidas que teminó en tragedia

Se casaron un año más tarde, cuando ella tenía apenas 18 y él 26. En 1960 protagonizaron Los jóvenes caníbales. Sus fanáticos estaban felices de verlos juntos dentro y fuera de la pantalla. Y a pesar de que todo indicaba que la relación duraría por siempre, decidieron divorciarse en 1962.

Volverían a pasar por el altar una década después. En el medio, ella estuvo casada con Gregson y tuvo a su primera hija, Natasha. El también volvería a casarse, en su caso con Marion Marshall, con quien, también, tuvo una niña.

Esta “segunda vuelta” junto a Natalie le imprimió a la carrera de Wagner el brillo que le faltaba. Ahora eran más maduros, pero no por eso menos pasionales. Los rumores de infidelidades entre ellos comenzaron a poblar las páginas de las publicaciones especializadas. Sin embargo, ellos seguían apostando a la familia: en 1974 nació la única hija de la pareja, Courtney. Ella, con una sonrisa, definió alguna vez qué fue lo que la llevó a volver a casarse con Robert: “A veces es mejor estar con el diablo que ya conoces que con el que no conoces”.

Mientras la carrera de Natalie seguía desarrollándose, Wagner conoció el gran éxito en la televisión, como protagonista de una serie que se convertiría un uno de los programas más recordados de la década del ’70: Ladrón sin destino.

El 29 de noviembre de 1981, la segunda parte del enigmático designio de aquella gitana se volvió realidad. A la una y media de la madrugada, los guardacostas reciben un llamado del yate Splendour, propiedad de la pareja: Natalie había desaparecido.

La tragedia

La pareja había invitado a navegar a su amigo, el actor Christopher Walken, quien acababa de rodar junto a la actriz Brainstorming. Habían partido de Los Ángeles dos días antes y juntos habían recorrido distintos puntos de la Isla Catalina, en la costa oeste estadounidense.

Junto a ellos se encontraba el capitán Dennis Davern. Esa noche, cenaron en un restaurante y, según los testigos, bebieron varias botellas de vino y de champán. Tres horas después de haber vuelto a la embarcación, Davern y Wagner llamaron a la guardia costera para denunciar la desaparición de Natalie. Qué fue lo que ocurrió durante esas tres horas es el secreto mejor guardado de Hollywood. Y, a la vez, las tres horas más comentadas por la prensa y que más especulaciones despertaron.

Primero apareció el bote inflable, que también había desaparecido. Luego, cuando el sol ya se encontraba a medio camino de alcanzar la cima del cielo, fue divisado el cuerpo de Natalie, flotando junto a un grupo de rocas.

La primera autopsia reveló que la actriz de 43 años había muerto ahogada. Sin embargo, sus brazos, sus piernas y su mejilla izquierda presentaban golpes que abonaban en familiares de la víctima y en el público en general la idea de que algo extraño había pasado antes de que la actriz cayese al agua.

La versión oficial asegura que Natalie habría intentado subir al bote inflable, pero la previa ingesta de alcohol la había hecho perder el control de su cuerpo y habría caído al agua. Aún aquellos que creyeron esa versión coincidieron en que había un dato que merecía una explicación: ¿por qué Natalie quiso huir del yate a mitad de la noche? La presencia de Walken aquella noche no pasó desapercibida para los tabloides, que comenzaron a especular con que la pareja y el actor formaban parte de un triángulo maldito.

Algunos aseguran que Natalie y Walken mantenían un romance y fueron descubiertos; Wagner habría estallado de celos y su mujer, desesperada, habría querido escapar. Otros creen que fue ella quien encontró a su marido y a su amigo en una situación que logró espantarla tanto que intentó huir del lugar. En sus primeras declaraciones, Wagner expresó que aquella noche no había existido ninguna pelea entre él y su mujer, aunque terminó revelando que los tres habían mantenido una discusión “sobre el desarrollo de sus carreras”.

En 2012 el caso volvió a abrirse. Nuevas autopsias aseguraron esta vez que Natalie había sufrido varios golpes antes de caer al agua y morir ahogada. Sin embargo, otra vez, nadie fue declarado culpable.

Luego de enviudar, Wagner volvió a casarse con su amiga, la actriz Jill St.John. Los familiares de Wood, en tanto, lo siguen señalando como el responsable de los hechos que terminaron empujando a la hermosa actriz a cumplir con un oscuro designio.