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Hollywood y su turbio amanecer

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Bette Davis enamorada de Errol Flynn; Robert Mitchum antisemita; John Barrymore (en la foto), a falta de alcohol, dándole a la colonia, o Steve McQueen contento -profesionalmente- por la muerte de James Dean. Son sólo algunos ejemplos del lado "salvaje" de Hollywood
Bette Davis enamorada de Errol Flynn; Robert Mitchum antisemita; John Barrymore (en la foto), a falta de alcohol, dándole a la colonia, o Steve McQueen contento -profesionalmente- por la muerte de James Dean. Son sólo algunos ejemplos del lado “salvaje” de Hollywood

En “El grupo salvaje de Hollywood. Dioses y monstruos”, Juan Tejero retrata a una decena de grandes estrellas del cine, conocidas por sus excesos, de las que cuenta, con un estilo ágil y directo, hasta el último detalle de episodios conocidos, y de otros que no lo son tanto.

Se trata del primer volumen de una trilogía dedicada a las estrellas hollywoodienses, y en él Tejero ha buscado “tratar en profundidad a unos pocos actores, en lugar de dedicar ocho páginas a un montón de ellos”.

Para ello, realizó la selección final teniendo en cuenta la inexistencia de libros en español que trataran con detalle los capítulos más sórdidos o salvajes de actores muy conocidos. Y, a la vez, para aprovechar y contar rodajes de sus películas más significativas, o la estructura mediática que ya desde los años treinta existía en torno al mundo del cine y de la que las columnistas Louella Parsons y Heda Hopper eran el ejemplo más temible.

“Eran dos columnistas importantísimas, con un enorme poder. Incluso intentaron acabar con ‘Ciudadano Kane’, y se dedicaban a perseguir a todos los famosos y a sacar rumores ya fueran verdad o mentira”, explica Tejero.

Aunque también es cierto que muchas de esas historia eran realidad, a pesar de sus tintes de invención. Es el caso de algunas de las protagonizadas por John Barrymore, uno de los miembros más conocidos de esa familia de actores de la que su nieta Drew es el último exponente.

Su interminable lista de conquistas, que aumentaba exponencialmente mientras disminuía la edad de las mujeres, es tan conocida como su alcoholismo, pero no lo es tanto lo que pasó en un crucero al que su esposa Dolores Costello le llevó precisamente para alejarle de tentaciones.

John buscó alcohol por todo el barco y, ante su ausencia, “no le quedó otro remedio que beberse el perfume de su esposa. Se dedicó a empinar el codo con elixir bucal, amoniaco y, al final, con el alcohol del sistema de ventilación del barco”, relata el libro.

Pero si las andanzas de Barrymore fueron famosas, no lo fueron menos las del protagonista del volumen, Errol Flynn, el inolvidable Robin Hood. Un consumado conquistador que también recibió algunas calabazas, como las de Bette Davis, durante el rodaje de “The private lives of Elizabeth and Essex”.

Tejero cuenta en su libro cómo la diva estaba secretamente enamorada de Flynn pero no quería aceptar sus insinuaciones, lo que creó una tensión en el plató que derivó en peleas reales, en una de las cuales la actriz le lanzó sin mucho tino un atizador de hierro a la cabeza.

Naderías si se tiene en cuenta que, poco después de aquello, a Flynn le acusaron de mantener relaciones sexuales con dos menores, una denuncia que sin embargo no prosperó. Al igual que pasó con el considerado caso más famoso de la historia de Hollywood, el del juicio por violación y muerte de la actriz Virginia Rappe en 1921, hechos de los que se acusó a la entonces estrella Roscoe “Fatty” Arbuckle. Un caso que sigue siendo famoso hoy en día pero del que pocos cuentan que las pruebas presentadas fueron endebles, los testimonios aún más y que Arbuckle fue absuelto tras tres procesos larguísimos y totalmente públicos que acabaron con su carrera.

Menos inocentes aparecen en el libro otras estrellas como Robert Mitchum, que pasó por la cárcel por consumo de marihuana. Conocido como “el chico malo de Hollywood”, Mitchum era un tipo tan duro en la pantalla como en la vida real, y a sus excesos y arrebatos de violencia se une el hecho menos conocido de su antisemitismo.

Y también que fue el primer actor en denunciar a una revista “Confidential” por publicar que se había desnudado en una fiesta, se había untado todo el cuerpo de ketchup y había dicho: “Esto es una fiesta de disfraces, ¿no? Bueno, pues yo soy una hamburguesa”.

No ganó la demanda pero abrió el camino a otros actores que comenzaron a querellarse contra “Confidential”, la revista más popular de la época, cuyo lema era “Cuenta los hechos, da los nombres”.

Una revista contaba en detalle la vida de los famosos de la época, desde Elizabeth Taylor y su colección de maridos, a la chulería de Steve McQueen, feliz por las oportunidades profesionales que le brindaba la muerte de James Dean. Y es que el hecho de ser estrella de Hollywood no convierte a nadie en santo ni en honrado ni, muchísimo menos, en un ejemplo de vida.

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La pluma del gallo de corral

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Clark Gable and Jean Harlow in "Hold Your Man"
Clark Gable y Jean Harlow

Conocido como el ‘Rey de Hollywood’, Clark Gable se casó cinco veces y conquistó a un sinfín de bellas mujeres, aunque su fama de galán ha quedado un poco empañada por una polémica biografía que asegura que tuvo relaciones homosexuales.

La inexpugnable masculinidad de Gable se tambalea en la obra ‘Clarke Gable: tormented star’ (“Clarke Gable: estrella atormentada”), del escritor David Bret, que califica a la estrella de “bisexual reprimido”.

Famoso por su inconfundible bigote fino que parecía trazado a lápiz, el actor (1901-1960) dominó el mundo del celuloide durante los años treinta y principios de los cuarenta, como protagonista de películas tan legendarias como ‘Lo que el viento se llevó’ (1939).

Fuera de la gran pantalla fue la envida de muchos hombres por sus innumerables aventuras amorosas con las divas del cine de aquella época: Carole Lombard (el gran amor de su vida), Grace Kelly y Joan Crawford, entre otras bellezas, cayeron rendidas en sus brazos.

Sin embargo, Bret, autor de origen francés que vive en el norte de Inglaterra y se ha especializado en elaborar biografías de celebridades, sostiene en su libro que Gable se vio envuelto en varios escarceos homosexuales al comienzo de su carrera. “Mantuvo relaciones sexuales con hombres para ascender en Hollywood. Era parte de la rutina para darse a conocer en Hollywood”, explicó el biógrafo, al precisar que “eso aún sucede hoy”.

Según comentó Bret, Gable se dejó seducir por actores homosexuales -conducta inaceptable entonces- como Earle Larimore, Rod La Rocque y William Haines, que “fueron grandes estrellas del cine mudo y en aquella época eran muy influyentes en los estudios”.

Escudándose en “muchas pruebas y muchas gente que ha sido entrevistada”, el autor va todavía más lejos y sostiene que el galán ejerció de “homosexual de pago”, o sea, que “no le hacía ascos a cobrar por sus servicios”.

Marilyn Monroe, una hija más que una amante

El actor, empero, se caracterizaría durante su vida pública por adoptar una imagen de macho arquetípico y denunciar la homosexualidad, empujado -según Bret- por un complejo que arrastrada desde la infancia, cuando su padre le llamaba “mariquita”.

Pese a esas polémicas alegaciones, Bret asegura que “a los admiradores de Gable les gusta el libro”, dadas las “buenas reacciones” de las que se ha hecho eco, aunque lamentó la demoledora reseña publicada por el “New York Times”, que ha cuestionado las fuentes de esa “biografía de ínfima calidad que quita el aliento”. La controvertida obra también revela que Gable no vivió un romance con Marilyn Monroe (gran mito sexual y cinematográfico de los años cincuenta) durante el rodaje del filme ‘Vidas rebeldes’ (1961), como ha venido predicando la leyenda de Hollywood.

Obsesionado con la higiene personal, el actor no soportaba los malos hábitos de la explosiva rubia, quien “se duchaba poco, dormía desnuda y comía con frecuencia en la cama, arrojando bajo las sábanas los restos del plato antes de dormirse”, escribe Bret.

De cualquier manera, declara el autor, “creo que él (Gable) la consideraba a ella (Marilyn) más como una hija que como una posible compañera de cama”. ‘Vidas Rebeldes’ resultó, de hecho, la última película de Marilyn Monroe, que acabó suicidándose un año y medio más tarde, y del propio Gable.

A la edad de 59 años, el ‘Rey de Hollywood’ murió de un ataque al corazón en Los Ángeles (EEUU) el 16 de noviembre de 1960, dos meses y medio antes del estreno de ‘Vidas rebeldes’. “El Rey ha muerto”, proclamó el ‘New York Times’ en un obituario dedicado a un genio del celuloide que ganó un Oscar por el filme ‘Sucedió una noche’ (1934) y participó en más de setenta películas.

Varios años después de su muerte, Joan Crawford, su gran amor después de Carole Lombard, fue entrevistada por el popular periodista de televisión británico David Frost, quien le preguntó cuál era el secreto de la irresistible atracción de Clark Gable. Mirando fijamente a los ojos de Frost, Joan Crawford respondió: “¡Cojones. Él los tenía!”.

Posible violación

Loretta Young y Clark Gable. Ella era una de las estrellas más bellas del cine y él uno de esos galanes que seducía con tan solo una mirada. Ambos coincidieron en la película «La llamada de la selva», que rodaban bajo la batuta de William A. Wellman en 1935. El actor comenzó a llamarla «mi chica», y ella cayó en sus redes, aunque no como hubiese querido a juzgar por las últimas noticias.

Young y Gable
Young y Gable

Más allá de la trama del filme, los dos actores protagonizaron otra historia, una oculta durante ochenta años y que, gracias a Linda Lewis, la nuera de Young, sale por fin a la luz.

El coqueteo de estas dos estrellas del cine tuvo su súmmum en el tren de regreso a Los Ángeles, cuando al parecer, el actor entró en el compartimento privado de Young y la violó. Según recoge «Daily Mail» a partir de las declaraciones de Lewis, un mes después la intérprete, católica convencida, se daba cuenta de que estaba embarazada, y la consumación no habría sido consentida. Un secreto que se llevó consigo a la tumba cuando falleció en el 2000 y que solo compartió con la familia.

Lewis hizo público el secreto después de que todos los protagonistas de la historia hubiesen fallecido. «Judy ya no está aquí para sentirse dolida por esto», explica Lewis sobre la hija de ambos, Judy, fruto de la violación de Gable a Young. Todo el secretismo habría sido un ardid de Young para evitar que su hija Judy sufriera con la verdad. «Eso es lo que Loretta realmente quería evitar, porque ¿quién no quiere ser concebido con amor?», sostiene Lewis, esposa de Chris, hijo de la actriz y su segundo esposo Tom Lewis.

Young habría intentado contarle la nueva a Gable a través de un telegrama: «Hermosa, de ojos azules, rubia, nacida a las 8:15 de esta mañana». Pero el mito del cine no respondió a la misiva. El actor se desvinculó de la actriz y nunca pudo ser identificado como el padre de la pequeña Judy, fallecida en 2011.

El resultado del rodaje fue una película normal y una de las historias encubiertas más elaboradas de la historia de Hollywood.

Pistolero antes que fraile

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Eastwood, con la actriz Sandra Locke, una de sus muchas esposas
Eastwood, con la actriz Sandra Locke, una de sus muchas esposas

Personaje polémico y carismático a partes iguales, tachado de racista y machista, lo que nadie pone en duda es la calidad de Clint Eastwood como director. Y para demostrarlo, “Eastwood on Eastwood”, un completo recorrido por su vida y obra a través de 25 años de entrevistas.

El crítico y director de documentales Michael Henry Wilson recopila, en un volumen de gran formato publicado por Cahiers du Cinema, dieciséis entrevistas realizadas entre 1984 y 2009 en las que abarca toda su producción como realizador, desde su primera película tras la cámara, “Play misty for me” (1971) hasta “Invictus” (2009).

Treinta largometrajes que reflejan la evolución de Eastwood como cineasta hacia una clásica solidez que hace de cada uno de sus trabajos un ejemplo de buen cine y con una serie de elementos comunes que hacen totalmente reconocibles cada una de sus obras, por las que ha ganado cuatro ‘Oscar’.

Uno de los más característicos es la luz, o más concreto, la mezcla de luz y oscuridad, el manejo de la atmósfera lumínica como parte integrante de la historia. Algo que hace a Wilson calificar a Eastwood, de 81 años, como “el príncipe del claroscuro”.

Desde las imágenes sofisticadas de “Midnight in the Garden of Good and Evil” (1997) a la luz sugestiva de “The Bridges of Madison County” (1995) pasando por el deslumbrante sol de “A Perfect World” (1993), Eastwood ha conjugado perfectamente los juegos luminosos con la música, otra de sus obsesiones.

Él ha sido el responsable de 21 de las bandas sonoras de sus películas, en las que ha demostrado una inquebrantable adoración al jazz, al que homenajeó a través de la figura de Charlie Parker en “Bird” (1988) y que incluso marca la estructura de sus películas.

“El jazz es un arte de espontaneidad. A veces el ritmo de una escena me viene como el ritmo de una pieza le llega a un jazzman que está improvisando sobre algún tema. Me ocurre cuando estoy en el set de rodaje y también en el montaje”, explica Eastwood en una de las entrevistas con Wilson.

Un ritmo muy alejado de las vertiginosas historias propias del Hollywood actual y del 3D.

“Aprecio las novedades tecnológicas que aportan esas películas pero no es el estilo que me gusta abordar. No estoy interesado en efectos especiales. Quiero hacer historias sobre gente”, afirmaba Eastwood durante el rodaje de “Unforgiven” (1992), la película que le consagró como realizador.

Un filme centrado en la violencia, en su efecto en la víctimas pero también en el responsable, otro de los argumentos repetidos a lo largo de sus películas.

“Nuestra sociedad ha llegado a ser increíblemente permisiva con el comportamiento violento; nuestros padres nunca hubieran tolerado lo que nosotros toleramos. Aceptamos la violencia, al menos mientras no nos afecte”, señalaba Eastwood, que por eso quiso que en “Sin perdón” se mostrara los remordimientos del culpable de esa violencia.

“A Perfect World”, su siguiente película también trata de la violencia en un medio rural de clase media americana, de los abusos físicos y sexuales a niños. Porque si algo busca Eastwood en sus películas es mostrar la realidad que nos rodea. Y, exclama con convicción: “¡La vida no es nunca idílica, excepto en las películas de Disney!”.

Pero en su filmografía no sólo hay historias duras. También las hay románticas y hasta poéticas, como “The Bridges of Madison County”, una historia que Eastwood recuerda con especial agrado porque, finalmente, pudo trabajar sin sombrero.

Y que, pese a la prosa un tanto “florida” del libro original, cautivó a Eastwood porque no era un culebrón. “No había enfermedad incurable (…) sólo el encuentro de dos extraños, un fotógrafo trotamundos y una ama de casa frustrada. Los dos descubren que su vida no está acabada”.

Una historia “con magia y que no se parecía a nada que se hubiera hecho en cine o literatura” en palabras de un Eastwood que, entrevista a entrevista, desmonta los tópicos sobre su persona en este libro

“Soy un viejo republicano. Pero no soy sectario. Ha habido ocasiones en las que he votado a los Demócratas”, afirma sobre sus ideas políticas conservadoras.

En cuanto al racismo, rechaza las acusaciones que pesan sobre él en este sentido y lamenta que este problema siga existiendo. “Estamos aún luchando por la tolerancia racial en la mayoría de las sociedades del mundo (…) Creo que necesitamos alguien con la inteligencia de un Mandela para acabar con ello”.

Y habla de sus influencias cinematográficas -Sergio Leone y Don Siegel, principalmente-, de su amor por la música, por el cine clásico de Hollywood, de su defensa a ultranza de su independencia profesional y de la labor del destino en su carrera.

Un libro que demuestra que el paso de los años no es siempre sinónimo de decadencia y que es un recorrido claro y detallado por la evolución ascendente de Eastwood como director, a través de sus declaraciones y de una estupenda selección de imágenes de los rodajes, de la vida personal y de los fotogramas de sus películas.

La trayectoria de un inconformista que no está dispuesto a abandonar el cine en un momento en el que tiene el control absoluto. “Ahora hago lo que quiero hacer y de la forma que quiero hacerlo. Me ha llevado bastante tiempo llegar a este punto”.

Russell, erotismo ‘anti-Garbo’

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El multimillonario y excéntrico Howard Hugues descubrió a Russell cuando trabajaba como recepcionista en una clínica dental. El mujeriego filántropo quedó prendado de los encantos físicos de 'la Russell', una voluptuosidad que marcó su carrera, y quizas su vida, hasta el final
El multimillonario y excéntrico Howard Hugues descubrió a Russell cuando trabajaba como recepcionista en una clínica dental. El mujeriego filántropo quedó prendado de los encantos físicos de ‘la Russell’, una voluptuosidad que marcó su carrera, y quizás su vida, hasta el final

La culpa de que Jane Russell fuera conocida años antes de que su primera película se estrenara la tuvo el Código Hays, que fue abolido en 1968. La censura se ensañó con «El forajido» (1943), producida y dirigida por el excéntrico multimillonario Howard Hughes, que fue quien descubrió a la actriz y le firmó un contrato en exclusiva por siete años, durante los cuales no pudo interpretar ninguna otra película. Basada en la famosa historia de Pat Garret y Billy el Niño, fue filmada en 1941, pero no se estrenó hasta dos años después, en 1943, y de forma bastante limitada.

La Liga para la Decencia Americana tuvo dos buena razones para prohibirla y retrasar su estreno durante seis años: los pechos de Jane Russell. Unos senos tan enormes y apetecibles para los muchachos que combatían en Europa contra Hitler que su publicidad corría de mano en mano en las revistas sensacionalistas.

La anti-Garbo

Pechos como nunca antes se habían visto en el «star-system» de Hollywood, poblado por estrellas exóticas y con un aura perversa como Garbo y Marlene, pero carentes del erotismo salvaje que poseía Jane Russell. Aún faltaban unos años para que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, las «maggioratas» italianas impusieran en el cine los senos grandiosos y las nalgas ingrávidas que se movían como pocillos de gelatina de fresa, y Jane Mansfield parodiara su exuberancia y también la de Marilyn Monroe, en «The Girl Can’t Help it» (1956).

Silvana Mangano en «Arroz amargo» y «Ana», con la famosa escena del bailón, y Sofía Loren en las comedias neorrealistas, copiaron su lujuriosa provocación, incluso el mohín despectivo que tenía su boca.

El tipo de nueva estrella que Jane Russell representaba a comienzos de los años 40 era mucho más próxima y disponible que los grandes mitos del viejo Hollywood. La carnalidad de la actriz resultaba tan sumamente evidente que todo hacía pensar que su presencia sensual y sus ademanes provocadores incitaban a los hombres a disponer de ella. Un modelo de bomba sexual que, sin su estruendosa aparición en el cine, seguirían también la mayoría de las estrellas y pin-ups norteamericanas de los años cincuenta, como Marilyn Monroe, Ava Gardner, Lana Turner y Rita Hayworth.

Howard Hughes, que además de consumado aviador fue un ingeniero aeronáutico excepcional, vivía tan obsesionado por los pechos de las mujeres que diseñó un sostén especial, que estaba basado en la aerodinámica ascensional que poseían los paracaídas, para que los de su nueva estrella resaltaran exultantes y turgentes en la famosa escena del granero, donde Jane Russell aparece tumbada sobre el heno con una pose tan provocativa que hasta ese momento se desconocía en el cine, mordisqueando indolente una paja. La escena la catapultó al estrellato y la película cosechó un éxito impensable tras años de prohibiciones. En España no se estrenó hasta 1976.

Como buen obsesivo, Hughes había basado la película y su promoción en la idea de resaltar los pechos de su estrella. En realidad, la cinta está centrada en Pat Garret y Billy el Niño, y la presencia de Russell estaba destinada a potenciar el alto voltaje que llevaba aparejada la escena del pajar. En 1946 se inició la campaña publicitaria con un aeroplano que describía en el inmenso cielo de San Francisco dos grandes círculos con un punto en el centro. No había necesidad de adivinar a qué hacía referencia el reclamo.

Jane Russell volvió al cine diez años después con la comedia «Los caballeros las prefieren rubias», de Howard Hawks, amigo de Hughes, y de quien se dice que dirigió múltiples secuencias de «El forajido». El tándem con Marilyn Monroe no podía resultar ante las cámaras más explosivo para interpretar a las dos pueblerinas de Little Rock que tratan de engatusar a un millonario y casarse con él. Una historia basada en el libro de Anita Loos, famoso por sus réplicas mordaces y el aura sofisticada del viejo Hollywood.

Nunca Jane Russell lució tan hermosa y divertida como en esta comedia musical. La escena que se desarrolla en la piscina, en la que baila con un grupo de culturistas es el epítome del erotismo sin tapujos ni oropeles. En el fondo, destilaba en las comedias un aire de candidez y distanciamiento bastante alejado de la imagen de bomba sexual en la que fue encasillada.

Su carrera decayó en los años 60 y durante los 70 se convirtió en la imagen de los sujetadores de la marca Playtex, para la que protagonizó la campaña El cruzado mágico. Publicidad que le reportó mucha popularidad y que realizó a lo largo de toda su vida. No obstante, aunque a partir de esa época hizo muy pocas películas, en 1989 recibió el premio Women’s International Center Living Legacy Award, dedicado a mujeres que hicieron grandes contribuciones a la Humanidad. En su caso, por su actividad en favor de la infancia y las adopciones (sufrió un aborto, no podía tener hijos y adoptó a tres huérfanos).

Jane Russell se casó tres veces y ahogó sus penas en el alcohol. A pesar de todo, ‘”la morena más famosa” no perdió la fe ni su carácter bravo hasta el final. “Moriré en mi silla de montar. No me convertiré en una anciana sentada en casa”, aseguró la actriz. Sus vaticinios no se cumplieron. La diva más polémica del Hollywood dorado se fue en silencio, a los 89 años

Malas calles teñidas de tizón

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Chandler elevó el humilde misterio al ámbito de la literatura. Fue un maldito escritor divertido que dominó el arte de la reparación y el 'bon mot'. El tipo que tomó el lenguaje de la calle, la jerga estadounidense, y lo hizo cantar. El rey de los símiles. El bardo de las malas rubias. Y quizás, sobre todo, lo recordamos como uno de los grandes estilistas literarios estadounidense
Chandler elevó el humilde misterio al ámbito de la literatura. Fue un maldito escritor divertido que dominó el arte de la reparación y el ‘bon mot’. El tipo que tomó el lenguaje de la calle, la jerga estadounidense, y lo hizo cantar. El rey de los símiles. El bardo de las malas rubias. Y quizás, sobre todo, lo recordamos como uno de los grandes estilistas literarios estadounidense

Raymond Chandler fue un autor legendario de la novela negra estadounidense, cuya influencia se extendió al campo cinematográfico gracias al detective privado Philip Marlowe, interpretado, entre otros, por Humphrey Bogart o Robert Mitchum.

Si la literatura ha dado inolvidables personajes de ese estilo, Philip Marlowe se encuentra en el olimpo de los más recordados, junto al Sam Spade de Dashiell Hammett, el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan-Doyle y el Hércules Poirot de Agatha Christie.

Marlowe, uno de los primeros grandes antihéroes de EEUU, resulta irónico, cínico y bruto a la par que encantador, todo un arquetipo de la masculinidad.

“Hizo que la corrupción y el vicio fueran extremadamente atractivos”, sostiene el periódico Los Angeles Times.

Chandler tenía 51 años cuando publicó su primera novela, “El sueño eterno” (The Big Sleep, en 1939). Después llegarían “Adiós, muñeca” (Farewell, My Lovely, 1940), “La ventana alta” (The High Window, 1942), “La dama del lago” (The Lady in the Lake, 1943), “La hermana pequeña”, (The Little Sister, 1949), “El largo adiós” (The Long Goodbye, 1954), “Playback” (1958) y la inconclusa “Poodle Springs” (1959), que fue rematada por su admirador Robert B. Parker.

Todas ellas con Marlowe como protagonista y como extensión sobre el papel de su propio autor.

La primera adaptación al cine de “El sueño eterno” fue el clásico del cine negro dirigido por Howard Hawks en 1946, con Bogart en la piel del detective y Lauren Bacall como la perfecta femme fatale.

Años después, en 1978, fue Robert Mitchum quien tomó el relevo de Bogart en una nueva versión realizada por Michael Winner. El actor estadounidense repetía por entonces ese personaje, ya que en 1975 protagonizó “Adiós muñeca”, de Dick Richards.

A Marlowe también lo encarnaron otros actores como Dick Powell, George Montgomery, Robert Montgomery, James Garner, Elliot Gould y James Caan, el más reciente (Poodle Springs, 1998), quienes insuflaron al papel las necesarias dosis de humanidad y hasta cierta ternura.

Además Chandler redactó más de veinte relatos cortos detectivescos -los primeros fueron publicados en las revistas “pulp” Black Mask y Dime Detective– así como un par de ensayos de relumbrón, sobre todo The Simple Art of Murder, donde nació la expresión “mean streets” (“malas calles”), usada por Martin Scorsese en una de sus primeras películas.

El cine, no obstante, fue siempre objeto de deseo para Chandler, quien colaboró en los guiones de “Perdición” (Double Indemnity, 1944) de Billy Wilder, y “Extraños en un tren” (Strangers on a Train, 1951), de Alfred Hitchcock, basada en la novela de Patricia Highsmith.

El único libreto que redactó por sí mismo fue el de la cinta “La dalia azul” (The Blue Dahlia, 1946), con Alan Ladd y Veronica Lake, por la que fue candidato al óscar.

Chandler, nacido en Chicago (Illinois) en 1888, se casó en 1924 con Cissy Hurlbut, una mujer 18 años mayor que él con la que había comenzado una relación cinco años antes, cuando ésta estaba casada, y con la que nunca tuvo hijos.

Tras la muerte de Cissy en 1954, el novelista emprendió un descenso a los infiernos ahogado en alcohol, que le llevó a varios intentos de suicidio.

Cuando murió en San Diego (California) el 26 de marzo de 1959, a los 70 años, dejó todo su patrimonio -60.000 dólares y los futuros ingresos por derechos de autor- a su amiga y agente literaria, Helga Greene.

En las novelas de Chandler, además de sus personajes, el contexto cobra una gran importancia. Sus personajes se desenvuelven en un hábitat que el escritor conocía muy bien: Los ángeles, una ciudad tan brillante en su exterior como vacía en su interior, según la novelista Judith Freeman, autora de The Long Embrace: Raymond Chandler and the Woman He Loved.

En ese libro Freeman sostiene que Chandler describió a la perfección “la soledad estadounidense”, retratada en esa ciudad californiana por “gente abandonada en el paraíso, entre la abundancia y la riqueza extrema”, como policías al margen de la ley, médicos drogadictos, matones ingenuos y millonarias con la intención de engrosar, de cualquier forma, su patrimonio.

Dos lobas en su crepúsculo

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Es tierno, catártico y trágico ver a esas dos titanas de Hollywood dejar a un lado su vulnerabilidad para conectar. La triste ironía de la fantasía, sin embargo, es que en los últimos y solitarios años en la vida de esas dos mujeres nunca llegaron a comprender cuánto tenían en común. Ambas fueron mujeres fuertes que batallaron contra el sistema de estudios para construir carreras longevas, solo para ser reducidas a carne de cañón para los programas de cotilleos en el momento en que la industria decidió que había llegado su fecha de caducidad
Es tierno, catártico y trágico ver a esas dos titanas de Hollywood dejar a un lado su vulnerabilidad para conectar. La triste ironía de la fantasía, sin embargo, es que en los últimos y solitarios años en la vida de esas dos mujeres nunca llegaron a comprender cuánto tenían en común. Ambas fueron mujeres fuertes que batallaron contra el sistema de estudios para construir carreras longevas, solo para ser reducidas a carne de cañón para los programas de cotilleos en el momento en que la industria decidió que había llegado su fecha de caducidad

Protagonizaron el mayor duelo de divas de la historia del cine en “¿Qué fue de Baby Jane?”, pero la rivalidad entre Bette Davies y Joan Crawford venía de lejos, alimentada por la ambición y los celos de ambas y también por un Hollywood machista que utilizaba y desechaba a las actrices a partir de cierta edad.

A la revisión de esta relación que propuso Ryan Murphy en la serie de HBO “Feud” se une un libro, “Bette&Joan. Ambición ciega”, de Guillermo Balmori, experto en cine, escritor y coeditor e Notorius Ediciones, que ahonda en sus causas y circunstancias.

Procedían de clases sociales distintas. Davies, de familia acomodada y educada, aunque le encantaba blasfemar, mientras que Crawford sólo conoció la miseria en su infancia y adolescencia, y por el contrario era “un dechado de gazmoñería y refinamiento”.

Según el autor, la que fue estrella de la Metro, Crawford, siempre admiró a Davies, pero no al revés. “Davies fue la gran sádica de Hollywood y Crawford la gran masoquista”, señala en las páginas del libro, dando por buena una sentencia de un crítico de la época.

Muchas de las cosas que se han escrito sobre la mala relación entre ambas, desde su enfrentamiento por un hombre, el actor Franchot Tone, hasta los entresijos del rodaje de su única película juntas, “¿Qué fue de Baby Jane?”, deben tomarse con cierta reserva.

Y es que no solo los reporteros y columnistas de la época se encargaron de sacar toda la punta posible a una historia ideal para un público morboso, sino que la jefa de prensa de la película y hasta las propias actrices se encargaron de alimentar el circo.

Quizá uno de los chascarrillos más famosos del rodaje del filme dirigido por Robert Aldrich fue la patada que Davies le propinó en la cabeza a su compañera en una escena en la que supuestamente debía fingir los golpes y que aderezó convenientemente la célebre columnista Hedda Hopper.

Y la revancha que Crawford se tomó cuando, en otra escena en la que Davies debía llevarla a rastras, se ocultó en el talle un cinturón de levantador de pesas con refuerzos de plomo.

Para entonces, ambas habían pasado por altibajos en su trayectoria. Las dos habían ganado al menos un Oscar: Crawford por “Alma en suplicio” (1945) y Davies por “Peligrosa” (1935) y “Jezabel” (1938), pero también sabían lo que era recibir la etiqueta de “veneno para la taquilla”.

Se dio la circunstancia de que el Oscar de Crawford fue por un papel que Davies había rechazado. Después de eso, su carrera languideció, mientras que Crawford se erigía como nueva reina del melodrama en Warner.

Pese a todas las diferencias, tenían una herida en común, el abandono paterno. El director Vincent Sherman señalaba así esta similitud: “Pese a que se aborrecían entre ellas, debajo de la piel eran hermanas. Ambas habían sido abandonadas por su padre, lo que les dejó como secuela una eterna desconfianza hacia los hombres”.

El otro aspecto en común es que eran dos actrices de carácter en una industria dominada por hombres. Tenían que pelear para que los estudios les ofrecieran papeles interesantes y esto alimentó su rivalidad. Bette Davies llegó a plantarle cara al mismísimo Jack Warner en los tribunales.

En el juicio se habló de “esclavitud laboral” y salieron a la luz cláusulas por las que un actor se veía obligado a hacer todo lo que el estudio le ordenaba. Pese a ello, el juez le dio la razón a Warner, aunque al menos Davies logró mejorar su contrato con el estudio.

Fuller, el indómito polivalente

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Los cinéfilos veneran el nombre de Samuel Fuller (1912-1927) como el de uno de esos directores que siempre se movieron en los márgenes de la serie B y el cine de género, revelando una notable personalidad que, en su caso, parte además del hecho, insólito en un profesional de su tipo, de ser habitualmente el firmante de sus propios guiones
Los cinéfilos veneran el nombre de Samuel Fuller (1912-1997) como el de uno de esos directores que siempre se movieron en los márgenes de la serie B y el cine de género, revelando una notable personalidad que, en su caso, parte además del hecho, insólito en un profesional de su tipo, de ser habitualmente el firmante de sus propios guiones

Soldado, reportero, trashumante, fumador de puros, Samuel Fuller dio su pleno significado al término “auténtico” aplicado al cine y luego se marchó de Hollywood y se convirtió en un polémico héroe en Francia, donde residió muchos años. Autor de filmes como “Uno Rojo, división de choque” o “La casa de bambú”, hizo su última aparición en la pantalla como actor en el filme de Wim Wenders “El fin de la violencia”.

“El perro blanco” fue la última película que rodó en EE.UU, y por ella le acusaron de racista ya que trataba de un perro entrenado para atacar a negros. una muesca más en el subrayado a la aparentemente irreversible tendencia del cine americano a polarizarse en extremos: la superproducción o el cine de ínfimo presupuesto, dejando vacío el terreno del cine intermedio, de carácter, a veces identificado con el llamado cine de serie B. En ese terreno fue donde Sam Fuller desarrolló su filmografía, antes de verse obligado a escapar de EE UU y refugiarse en Europa. El crítico de cine Leonard Maltin le define como el pionero de los independientes: “Escribía, producía y dirigía sus películas, es decir, era una triple amenaza”.

Fuller nació en Worcester (Massachussets) en 1911, entró a trabajar en el ya desaparecido periódico The New York Journal cuando tenía 12 años y a los 17 estaba cubriendo sucesos para el rotativo californiano The San Diego Sun. Posteriormente, mientras John Steinbeck narraba las durezas de la vida rural en plena depresión económica, Sam. Fuller se dedicaba a recorrer el país a bordo de trenes de mercancías.

En los años treinta escribió varias novelas pulp como “Burn Baby Burn” y empezó a trabajar como guionista. Después de la guerra (sirvió meritoriamente en el norte de África y Europa) regresó a Hollywood y dirigió su primera película, “I shot Jesse James” (“Yo maté a Jesse James”).

El estilo de Fuller era dinámico, vigoroso, arrogante a veces, pero también moralmente confuso y sucio, ambiguo y reticente a dar respuestas claras. Con ese enfoque tan móvil como su cámara hablaba de racismo, violencia y política. Sus filmes bélicos de los años cincuenta incluyen “The Steel Helmet” y “Fixed Bayonets”, y en 1979, dentro de ese género, la que algunos consideran su obra maestra: “The Big Red One”, un relato autobiográfico de la Segunda Guerra Mundial protagonizado por Lee Marvin y Mark Hamill.

Fuller también había demostrado saber moverse dentro del sistema de los grandes estudios, como demostró en los cincuenta con títulos memorables como “Pickup on south street”, con Richard Widinark y Thelma Ritter, pero al final de esa década decidió establecer su propia productora.

La actitud siempre radical e individualista de Fuller le valió no pocas críticas y dificultades con la industria de Hollywood, que terminó por cerrarle puertas. “Cuando se estrenó Casco de acero, en 1950, me acusaron de comunista, pero en la película siguiente me convirtieron en reaccionario recalcitrante”, explicó en una de sus visitas a España. “En Atlanta rompieron la pantalla y derribaron la taquilla hiriendo a la taquillera. Con La casa de bambú también hubo tumultos, butacas reventadas y peleas entre espectadores. Les parecía escandaloso que una mujer, cuando ha de elegir entre dos hombres, prefiera a un japonés a un americano. Los de Columbia intentaron censurar el filme, imponerme que el americano fuera un malvado, de manera que la elección de ella quedara justificada. Me negué. Yo nunca he hecho política. La única causa por la que lucho es la de la erradicación del racismo”.

Autoexilio

Autoexiliado en Francia debido al desproporcionado escándalo de “El perro blanco” en 1982 -otro desgarrado alegato contra el racismo-, Fuller se dedicó a colaborar como actor en los proyectos europeos que le apetecía, mientras que en EE UU directores como Martin Scorsese y posteriomente Quentin Tarantino, reclamaban su lugar en la historia del cine americano. En 1997, Fuller apareció en la película “El fin de la violencia”, de Wim Wenders, a cuyas órdenes ya se había puesto en Hammett en 1983 y en 1977 haciendo de gángster en “El amigo americano”. En 1996, Fuller fue objeto de un documental biográfico hecho en Gran Bretaña, cuyo título, “La máquina de escribir, el rifle y la cámara de cine”, responde a las tres grandes etapas y las tres grandes pasiones de su vida.