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Atronador silencio y luminosa oscuridad

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Abocado a la desesperación y al dolor, Suvorov reaccionó repentinamente tras oír un discurso en el que no se admitía la capacidad de ser íntegras a las personas con deficiencias graves. Hoy en día es doctor en Psicología y trabaja con niños sordociegos
Abocado a la desesperación y al dolor, Suvorov reaccionó repentinamente tras oír un discurso en el que no se admitía la capacidad de ser íntegras a las personas con deficiencias graves. Hoy en día es doctor en Psicología y trabaja con niños sordociegos

“Quien puede estudiar en una clase ‘normal’ del colegio, bienvenido sea. Pero no todos pueden, por eso tiene que haber una alternativa”, afirma el psicólogo ruso Alexander Suvorov. Sordociego desde la infancia, este profesional trabaja sobre la importancia de educar la imaginación en niños con discapacidad sensorial.

“Ingresé en la escuela especial de Zagorsk, cerca de Moscú”, recuerda Suvorov, “poco antes de que mi muerte espiritual fuera irremediable. Allí logré conservar la capacidad de hablar y aprendí la dactilología” (lenguaje basado en el contacto manual con un asistente). Al principio consideraba el ajedrez “como un mero entretenimiento”, pero después se convirtió “en una herramienta esencial para establecer relaciones amistosas con los niños”.

Alguis Arlauscas, amigo de Suvorov, fue director de una película protagonizada por éste que ganó tres premios internacionales. Tanto en el guión del filme como en la tesis doctoral, el autor se declara “irreconciliable con los métodos típicamente fascistas de quienes pretenden marginar para siempre a los sordomudos ciegos convirtiendo las escuelas en inclusas”.

Durante los años en que peleaba por salir de la desesperación, a finales de la década de los 80 del pasado siglo, Suvorov definía su vida, en una entrevista para el diario El País, como “un eterno pensamiento. A veces, recordaba antes de su periplo como psicólogo, bajaba al parque “a pasear o a esquiar mientras sigo pensando y hablo en voz alta. Así me relajo sin dejar de trabajar. Cuando llego a casa escribo todo lo que se me ha ocurrido”. Le gustaba provocar a la gente, porque era “la mejor manera para establecer comunicación”. “Suelo llevar un silbato en el bolsillo -rememoraba- y cuando me siento agobiado y empujado por la gente en las escaleras del metro pito muy fuerte; como mínimo habrá un policía que me hará caso”.

De nuevo en el tiempo presente, Suvorov entiende que “la educación inclusiva puede ser formativa o personalizada”. Él se considera autor de la teoría de la inclusión de la personalidad, fuera del sistema educativo. Esta consiste en la integración de niños minusválidos con otros sin problemas en entornos distintos del colegio; por ejemplo, en campamentos. Suvorov expone que se encuentra en una situación complicada: “Por un lado, siempre abogo por la educación inclusiva, pero estoy muy en contra de que se convierta en una imposición en detrimento de otros modelos”, sostiene. Por ese motivo no hay una solución única para todas las personas minusválidas, sino que se debe resolver su formación teniendo en cuenta a cada uno individualmente, sumando si es necesario la educación inclusiva con otra educación especializada.

Asimismo, Suvorov explica que no le gusta hablar de ‘discapacidad’ y de ‘personas con limitaciones físicas o psíquicas’. “¿Quién de vosotros no tiene capacidades limitadas? No sois ni dioses, ni superhéroes”, interpela. Aclara que, en cambio, emplea con tranquilidad el término ‘minusválido’ porque la etimología de la palabra en ruso (‘invalide’) significa ‘veterano de guerra’.

En esa misma línea, el ruso define la psicología como “la ciencia sobre la imaginación” y, a su vez, su concepto de imaginación en cuanto actividad orientativa. “Percibimos nuestra actividad a través de una serie de modelos de existencia, de comportamiento, que creamos continuamente”, añade. Así pues, señala que para él la imaginación implica la percepción subjetiva de la realidad, además de la creación mental de imágenes.

Por último, con la perspectiva de la experiencia, Suvorov ofrece una reflexión: “Sin la mutua humanidad, sin la acción compartida, es imposible que la personalidad crezca”. Todo, desde el objeto más cotidiano hasta la música más extraordinaria, permite la comprensión y el entendimiento mutuo. “La especialización de cada cual aporta matices a su personalidad, pero lo esencial para su crecimiento viene de la posibilidad de encuentro con otros en una cultura compartida”, concluye.

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Sentimientos sin rostro

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El autismo no es una enfermedad, sino un síndrome. Es decir: un conjunto de síntomas que se presentan juntos, y que caracterizan un trastorno
El autismo no es una enfermedad, sino un síndrome. Es decir: un conjunto de síntomas que se presentan juntos, y que caracterizan un trastorno

Las personas con autismo presentan problemas a la hora de identificar sus propias emociones, lo que les provoca dificultades también en la relaciones interpersonales y constituye todo un reto con el que convivir.

Aunque esto no quiere decir que no sientan, rían, sufran y se expresen de peculiares formas, las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) sufren de alexitimia, es decir, la “dificultad de ponerle nombre a las emociones”.

Precisamente por esto, debe apostarse más por la terapia emocional a la hora de tratar a los pacientes.

Habitualmente se desecha por completo la terapia emocional y en la etapa juvenil y adulta existe una repercusión que parte de una alteración del neurodesarrollo que se manifiesta a muy temprana edad y que se expresa de manera diferente en cada persona.

La características principales son batacazos persistentes en las relaciones sociales, patrones de conducta repetitivos e intereses limitados.

Asimismo, las personas con autismo no tienen problemas de lenguaje, tienen problemas de comunicación.

Existe en ellos una verdadera dificultad para comprender el entorno social, el lenguaje no verbal, el lenguaje verbal, las señas, los guiños, esto que comunicamos con el cuerpo que para todos nosotros es sencillo pero para ellos es sumamente complejo.

Esto se explica porque para relacionarse con gente se requiere una inteligencia dinámica que ellos no tienen tan desarrollada.

En cambio, utilizan la inteligencia estática, esencial para actividades como utilizar la computadora, que habitualmente supone “un refugio” para este tipo de personas.

Con todo, lo predecible -como es el caso de la tecnología- es un alivio para ellos, ya que todo lo que irrumpe en su tranquilidad, como ruidos o cambios bruscos, les perturba.

De ahí este gran interés que ellos muestran en las cosas muy objetivas, muy constantes, los juegos de vídeo, las computadoras, no porque sean súper genios en eso, en realidad es como una especie de refugio donde no les cuesta trabajo estar.

Las personas dentro del espectro presentan un estilo de pensamiento rígido, lineal, con intereses muy restringidos que les arrojan a buscar un tipo de actividades y rutinas que les dan tranquilidad.

Y es que enfrentarse a la interacción social puede provocarles crisis de ansiedad en algunas ocasiones extremas.

Los casos de autismo van en aumento, y ha habido una variación considerable en las estadísticas, que hace 20 años marcaban que una de cada 10.000 personas estaba dentro del espectro autista. Ahora, un niño de cada 160 padece un trastorno del espectro autista.

Estos datos son alarmantes y el incremento puede atribuirse a los factores genéticos predisponentes y los detonantes ambientales que hacen que determinados genes se expresen.

No es que lo provoquen, pero un individuo con esa predisposición genética que está expuesto a todos estos factores ambientales de alta toxicidad puede tener más posibilidades de que esos genes se expresen.

El autismo viene acompañado de una alta frecuencia de problemas médicos concomitantes como alteraciones mitocondriales y alteraciones del sistema inmunológico.

Este trastorno no tiene cura, sin embargo, la calidad de vida de las personas mejora si reciben una atención temprana, personalizada, adecuada a sus necesidades y a lo largo de toda su vida.

El duro trabajo del cerebro disléxico

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La dislexia es la dificultad que presentan algunos niños para adquirir las destrezas lectoras, dificultad que les impide alcanzar con normalidad los aprendizajes relacionados con la escritura, independientemente de sus otras destrezas cognitivas, tales como la inteligencia, el razonamiento o la memoria
La dislexia es la dificultad que presentan algunos niños para adquirir las destrezas lectoras, dificultad que les impide alcanzar con normalidad los aprendizajes relacionados con la escritura, independientemente de sus otras destrezas cognitivas, tales como la inteligencia, el razonamiento o la memoria

La dificultad que las personas con dislexia tienen para leer puede deberse a un déficit en un mecanismo del cerebro que facilita la percepción.

Científicos de la Universidad de Boston y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) descubrieron que el cerebro de los individuos con este trastorno del aprendizaje tiene una menor adaptación neuronal, es decir, un déficit en la capacidad de adecuarse rápidamente a los distintos estímulos.

«Esta adaptación es una suerte de aprendizaje de corto plazo que refleja con cuanta eficacia se procesan los estímulos», explica Tyler Perrachione, uno de los investigadores que trabajó en el estudio.

Para llegar a este descubrimiento, los científicos utilizaron imágenes por resonancia magnética funcional para medir la actividad en los cerebros de adultos con y sin dislexia.

En los experimentos, los sujetos escuchaban grabaciones y veían fotografías de objetos o rostros, mientras los investigadores medían la adaptación neuronal, un fenómeno por el que la cantidad de la actividad cerebral disminuye a medida que una persona percibe una imagen o una palabra varias veces.

«Comparados con los lectores típicos, los individuos con dislexia muestran una menor adaptación, de apenas la mitad en promedio. Tanto los adultos como los niños con dislexia han mostrado este bajo nivel inusual», puntualizó Perrachione.

En las imágenes observadas por los investigadores, el cerebro de una persona sin dislexia mostraba una rápida adaptación cuando el individuo escuchaba una misma voz que leía una serie de palabras.

No obstante, la adaptación no ocurría cuando el experimento presentaba múltiples voces, por lo que en esos casos la actividad cerebral se mantenía alta.

En cambio, en los individuos que tienen dislexia, la actividad cerebral siempre era alta, lo que sugería que no se adaptaban fácilmente incluso cuando la voz que oían era la misma.

Los investigadores creen que este «déficit de adaptación» en los casos de dislexia muestra que los cerebros de estas personas «no aprenden a procesar los estímulos de una forma más eficiente en el corto plazo».

Debido a que la eficiencia que brinda esta adaptación ayuda a realizar un proceso sensorial más sencillo, Perrachione considera que «los cerebros de los individuos con dislexia deben de estar trabajando muy duro todo el tiempo para procesar los estímulos» porque parecen «no poder aprovechar la ventaja de la adaptación neural».

«Estos resultados tienen importantes consecuencias en las formas que pensamos para remediar las capacidades de lectura en los individuos con dislexia, dado el perfil distinto de aprendizaje que muestran sus cerebros», asegura Perrachione.

Esta línea de trabajo muestra «un potencial» para «ayudar a entender cuál es la diferencia fundamental del cerebro disléxico que hace que aprender a leer sea desproporcionadamente difícil».