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Renacimiento y reivindicación en años andrógenos

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Isabel Oyarzábal nació en la época equivocada; se trata de uno de esos personajes que por sus valores parecen haber nacido en el Medievo o al contrario, personas nacidas en pleno encorsetamiento social del siglo XIX y con unas ideas que si viajaran en el tiempo hasta la actualidad no llamarían la atención por lo moderno de sus ideas.
Isabel Oyarzábal nació en la época equivocada; se trata de uno de esos personajes que por sus valores parecen haber nacido en el Medievo o al contrario, personas nacidas en pleno encorsetamiento social del siglo XIX y con unas ideas que si viajaran en el tiempo hasta la actualidad no llamarían la atención por lo moderno de sus planteamientos

Las memorias de la escritora, periodista y diplomática Isabel Oyarzábal Smith (1878-1974), primera mujer embajadora de España, que murió durante su exilio en México, se encuentran en castellano, con una diferencia de más de 70 años sobre la versión inglesa de una editorial estadounidense.

Se titulan ‘Hambre de libertad. Memorias de una embajadora republicana’ y el primer establo en editarlas fue la editorial granadina Almed.

Nacida en Málaga en 1878, de madre escocesa y padre de origen vasco, Isabel Oyarzábal fue también una firme defensora de los derechos de la mujer y la primera inspectora de Trabajo en España por oposición, como ha recordado Aurora Luque, directora del Centro Cultural de la Generación del 27, que colaboró en la edición.

Como escritora, colaboró con periódicos ingleses, tradujo textos en este idioma y publicó relatos, obras de teatro, una novela y la biografía de una embajadora soviética a la que conoció en su destino diplomático de Suecia.

Ya en México, «vivió de su escritura y gozó de prestigio en círculos tan impenetrables como la sociedad literaria neoyorquina de los años 40», destaca Luque.

En su faceta política, destacó por su lucha feminista y sus reivindicaciones laborales, acudió al congreso de la Alianza por el Sufragio Universal en Ginebra. En 1931 fue candidata socialista a las Cortes constituyentes y dos años después se convirtió en la primera mujer inspectora de Trabajo en España por oposición.

Además, en los inicios de la Guerra Civil completó una extenuant» gira de conferencias que la llevó a 42 ciudades de los Estados Unidos y Canadá en 53 días, para recabar apoyos para la República, y llegó a dirigirse a un auditorio de 25.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York.

José Fernández Oyarzábal, sobrino nieto de la diplomática, recuerda cómo su madre conservó siempre en el hogar familiar «un librito que guardaba en un armario y que se resistía a enseñar a sus hijos».

Aquel libro era una primera edición de 1935, «preciosamente impresa», del ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, a la que «le faltaba una hoja, la primera, donde había estado la dedicatoria que Isabel Oyarzábal había conseguido de Lorca para mi madre», relata Fernández Oyarzábal.

Adelantada a su época

La escritora malagueña fue una  mujer que dedicó toda su vida a defender los ideales que creía justos, nadando siempre contracorriente, y que jamás dejó de creer en la validez del proyecto republicano. Sus dispares experiencias y sus polifacéticos talentos le marcaron el itinerario en el que se reflejó la lucha que las mujeres abordaron por sus derechos y su plena inserción en la vida laboral.

Isabel contaba con todo lujo de detalles cómo su apertura hacia las novedades intelectuales de principios de siglo, le hacían seguir con absoluta curiosidad los eventos culturales que acontecían en su Málaga natal. En un homenaje a la actriz María Tubau conoció a Ceferino Palencia, hijo de la actriz y futuro marido suyo. Este hecho cambiaría el rumbo de una joven, en principio conservadora, influenciada por una estricta educación religiosa y unos códigos de comportamiento adecuados a su clase social de burguesa.

El día 8 de julio de 1909, según sus propias palabras «uno de los días más calurosos que se han conocido en Madrid» (1940: 102), se casó con Ceferino Palencia. Fue una ceremonia poco convencional, pues Isabel se negó a llevar el tradicional vestido blanco, propio de una novia de su clase, lo que disgustó a su madre.

En 1918 comienza su militancia feminista en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), de la que llegó a ser presidenta. En 1920 asistiría como delegada al Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer (Ginebra), como Secretaria del Consejo Supremo Feminista de España. Su sección del diario El Sol, «Crónicas Femeninas», las firmaba como Beatriz Galindo. A esta faceta de mujer triunfadora se le oponía su fracaso matrimonial. A los adulterios del marido respondió con la intensificación de su trabajo feminista.

La labor periodística de Isabel durante la década del veinte merece un comentario aparte a la hora de esclarecer su personalidad. María Luisa Mateos Ruiz realiza un estudio detallado de los artículos publicados por Isabel de Palencia en la revista Blanco y Negro, entre los años de 1925 y 1928 (Mateos, 2005: 205-216). Escribió un total de 35 artículos, que son de interés por las ideas avanzadas, liberales y progresistas que contiene, acordes con la ideología de la autora, una feminista para su época, en el sentido que hoy se considera este término. Todos ellos plantean situaciones y asuntos relacionados con el mundo de las mujeres, muy particularmente, los que conciernen a su emancipación, a la educación y a lo que hoy se conoce como conciliación de la vida profesional y familiar.

Como actriz trabajó con María Tubau y colaboró con ‘‘El Mirlo Blanco’’; actuó en la boda de Alfonso XIII; ejerció la crítica y la traducción para compañías como la de Margarita Xirgu.

Carlos Rodríguez Alonso editó en 1999 las obras de teatro escritas en los años 20 por Isabel de Palencia, que ella recopiló y publicó bajo el título Diálogos con el dolor, una vez en México, en la editorial Leyenda entre 1940 y 1944. Son nueve dramas breves y un cuento titulado Alcayata, que complementa el sentido de la publicación, de acuerdo al prólogo de la autora. Asimismo, estas obras dramáticas son interesantes en dos sentidos: de un lado nos dan plena información de la intensa atmósfera teatral en Madrid en la década de los 20, y de otro lado, son una muestra de los motivos recurrentes en la obra de Isabel: el pensamiento cristiano, que implica la caridad hacia el prójimo y la entrega solidaria a los oprimidos, entre los que destacan las mujeres, los afectados de algún tipo de enfermedad y los desfavorecidos económicamente.

Oyarzábal fue una celebrada conferenciante; casó y en no pocos momentos fue su trabajo el que sacó adelante a la familia; corresponsal para varios periódicos británicos, fue nuestra primera representante ante la Sociedad de Naciones; formó parte activa de todas las iniciativas protagonizadas por mujeres entre 1915 y 1939; fue la primera mujer que sacó plaza en el cuerpo de Inspectores de Trabajo y con responsabilidades diplomáticas en España; marchó al exilio y continuó su actividad desde México. 96 años de vida asombrosa con una coherencia y una firmeza admirables.

Aun así, Isabel Oyarzábal pertenece a una generación anterior a la del 27, pero su presencia enriquece, aclara y aporta. Como las vidas de las verdaderas pioneras: Pardo-Bazán, Concha Espina, María de Maeztu…