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Los años sofisticados del ‘Duque’

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Billy Strayhorn y Duke Ellington
Billy Strayhorn y Duke Ellington

A finales de los años treinta, el swing se había impuesto en la música de jazz. Las casas discográficas exigían material para baile y el gran Duke Ellington se las ingenió para crear la mejor música de baile sin renunciar a su estilo. El responsable de este nuevo sonido fue el nuevo arreglista de la orquesta, Billy Strayhorn. A finales de 1938, después de una actuación, Billy, todavía un joven estudiante de música, se acercó a Ellington y le interpretó algunas de sus composiciones. El maestro le animó a marchar a Nueva York y un año más tarde le volvió a visitar. Duke le recibió y desde ese momento ingresó en la orquesta.

En poco tiempo Strayhorn demostró su dominio de los arreglos para grandes orquestas y pasó a ocuparse de los mismos, bajo la supervisión de Ellington. A diferencia de Duke, Billy había estudiado a los clásicos y era un gran intérprete de piano, como lo demostraron los dúos con el propio Ellington. Strayhorn se convirtió en pieza clave del sonido de Ellington, hasta el punto de que muchos críticos afirman que no se hubiera creado sin ayuda del arreglista. Otros dos músicos entraron a pertenecer a la familia ellingtoniana. El primero fue el saxo tenor Ben Webster, procedente de Kansas City y antiguo integrante de la orquesta de Fletcher Henderson, entre otras. La inclusión de un saxo tenor en la banda fue vital para que la sección de viento adquiriera más vigor. Con anterioridad, Barney Bigard se encargaba de tocar las partes de tenor y de clarinete, lo que no permitía escuchar ambos instrumentos simultáneamente en la misma sección. Con el añadido de Ben Webster la banda tenía por primera vez una sección de cinco instrumentos de viento, lo que supuso un sonido con mayor poderío.

No hay que subestimar la gran labor que realizó Webster como solista durante su corta estancia en la banda. Su saxo tenor se afirmó como uno de los instrumentos solistas tanto para canciones con mucho swing, como para baladas suaves, su gran especialidad. Su mejores solos se encuentran en los clásicos «Cottontail», «Conga brava» y «All to soon», entre otras. El saxo de Webster fue punto de referencia para todos los siguientes especialistas del instrumento en la banda, como Paul Gonsalves, y también para los de fuera de ella. El segundo de los músicos incorporados en 1940 fue Jimmy Blanton, considerado como el primer gran solista de contrabajo y como uno de los pioneros de bebop. Este malogrado artista, al igual que otros genios del jazz, no pudo madurar su arte debido a una muerte prematura. Sin embargo, su creatividad era tan grande que en tan sólo dos años de experiencia revolucionó el mundo del jazz. Todo empezó una noche en un pequeño club de la ciudad de St. Louis. Varios de los músicos de la orquesta de Ellington fueron a pasar un rato al club, tras su concierto vespertino. En poco tiempo se montó una informal jam session entre los músicos locales y los de la orquesta.

Billy Strayhorn no podía creer lo que estaba escuchando: había un joven bajista con una increíble técnica, «tocando las notas precisas en el lugar adecuado». Billy y Ben Webster corrieron al hotel donde se hospedaban y levantaron a Ellington para que pudiera presenciarlo. Al día siguiente Jimmy Blanton era miembro de la orquesta. Su experiencia musical se limitaba a las actuaciones en trío que había realizado junto a su madre, que era pianista. Duke se encontró con el problema de tener dos bajistas en la formación. No quiso prescindir de Blanton, ni despedir a Billy Taylor, que presentó la dimisión avergonzado por la calidad de su joven colega. Blanton pasó a ser, durante un período de año y medio, el solista principal de la banda, algo inaudito en una big band. Sus grandes interpretaciones en «Koko», «Jack the bear», «Sepia panorama» y «Bojangles» lo avalan como el más importante bajista en la historia del jazz. Son de gran calidad las grabaciones realizadas a dúo con Ellington y también destaca el importante papel que tuvo en la sección de ritmo de la banda, que les permitió convertirse en la mejor de las orquestas swing.

El final de la historia es triste. Un día Blanton se marchó y la única explicación que dio fue que estaba enfermo. En el hospital los médicos explicaron a Ellington la enfermedad y prometieron que cuidarían de él. Duke por aquel entonces tenía numerosas actuaciones comprometidas y tuvo que dejar a Blanton en manos de los médicos. Fue un gran error porque Jimmy no recibió el tratamiento ni los cuidados necesarios y cuando Duke volvió a visitarle vio que ya nada podía hacer por él. Ellington se sintió terriblemente apenado y nunca se perdonó no haber cuidado más de su joven bajista.

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Cuando el frío abrasó al bebop

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Miles Davis y Gil Evans
Miles Davis y Gil Evans

A finales de la década de los 40 del pasado siglo, después de dejar a Charlie Parker, Miles Davis se embarcó en un proyecto musical nuevo con el arreglista y compositor Gil Evans y que tendría por nombre «The birth of the cool». Evans quedó impresionado por la composición de Miles «Donna Lee» y propuso a éste llevar su trompeta a un ámbito orquestal a la manera de Ellington, pero con lenguaje cool. Junto a varios músicos blancos, como el propio Gil Evans, formaron un conjunto apropiado para los sonidos lentos y envolventes de Miles, con Lee Konitz y Gerry Mulligan entre otros músicos. El resultado fue magnífico y el nuevo sonido que habían creado Miles y Gil se empezó a imponer sobre el bop y la gran mayoría de músicos, en especial blancos, se volcaron hacia él.

Miles aceptó una oferta para actuar en un festival de jazz en París. Allí se enamoró de Juliette Greco, con la que mantuvo una relación sentimental durante su estancia en la capital. De vuelta a Estados Unidos, Miles sintió un gran vacío en su vida tras el término del romance y la hostilidad de su país de origen, por lo que se inició en el consumo de heroína. Durante los seis años que duró la pesadilla, Miles produjo muy poca música, y, además, fuera del estilo creado con Gil Evans en «The birth of the cool». Este nuevo sonido empezó a ser patrimonio de músicos blancos como Lennie Tristano, Stan Getz y Lee Konitz, por lo que la crítica oscureció la labor de Miles en este campo.

Tras varios intentos de dejar el hábito, en 1955, y con la ayuda de su padre, Miles quedo limpio y dispuesto a retomar el camino. Un empresario le ofreció un lugar en el recién creado Festival de Newport y viajó hasta allí con un conjunto renovado. La actuación fue memorable; el éxito de público y crítica así lo ratifica. Fue recibido con todos los honores por los músicos, conscientes del nuevo reinado del trompetista. Además, en su nuevo grupo se encontraba un nuevo saxofonista tenor, antiguo miembro del grupo de Dizzy Gillespie, llamado John Coltrane, que se estaba convirtiendo en el sucesor de la tradición de Parker y Lester Young, gracias a su increíble rapidez y su sobria ejecución.

Miles viajó de nuevo a París, donde contactó de nuevo con artistas y pensadores del país, como Sartre y el joven director de cine Louis Malle, todos ellos muy interesados en su música, lo que le impresionó mucho. Al contrario que en América, en París los músicos de jazz eran tratados como auténticos artistas. Louis Malle, gran aficionado al jazz, propuso a Miles encargarse de la banda sonora de su última película, «Ascensor para el cadalso», papel que aceptó y realizó, en compañía de músicos franceses, en una sesión totalmente improvisada. De vuelta a los Estados Unidos, Miles llamó a Gil Evans, con el que empezó a trabajar en un nuevo proyecto orquestal que se englobaría en el álbum «Miles ahead».

Un día de marzo llegó la noticia de la muerte de Charlie Parker. El mundo del jazz se puso de luto, como homenaje al padre del jazz moderno. La capacidad musical de Bird había disminuido a medida que aumentaba su peso y su adicción a la heroína. En sus últimas actuaciones se había mostrado muy por debajo del nivel de los inicios de su carrera. Las drogas habian destrozado físicamente su cuerpo. El forense dictamino su edad: unos 50. En verdad tenia 35.

En 1955, el responsable del cambio del bebop hacia otras tendencias era Miles. En esa época se vivía un auge del jazz en general, lo que permitió a Miles obtener buenas ofertas para actuaciones en clubes. La escena jazzística neoyorquina se había trasladado al Greenwich Village, barrio en el que vivían gran número de intelectuales y artistas. Allí, Miles consiguió uno de los mejores salarios que se podían ofrecer a un combo. La verdad es que el grupo que entonces lideraba era uno de los más completos, con Coltrane y Cannonball Adderley tocando saxos. En este grupo se daban cita numerosas tendencias: un poco de swing con blues, mezclado con el sonido bebop y cool, todo gracias a las grandes dotes de los intérpretes. Desgraciadamente, Coltrane también se enganchó en la heroína y Miles decidió prescindir de él, ya que no quería revivir sus propios problemas con las drogas.

El cornetista destruido por la evolución del ‘Rag’

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'Creole Jazz Band'. Sentado, King Oliver. De pie, tercero por la derecha, Louis Armstrong
‘Creole Jazz Band’. Sentado, King Oliver. De pie, tercero por la derecha, Louis Armstrong

King Oliver pertenece a esa clase de músicos a los que se ha dedicado extensas y completísimas biografías. Si esto es así entre los estudiosos del jazz, podremos imaginarnos el impacto y la fuerza que tuvo en las noches de Chicago. Oliver, hijo de una cocinera, se había formado musicalmente tocando en numerosas bandas callejeras, como la Eagle Brass Band. Una de sus colaboraciones mas fructíferas fue con la orquesta del trombonista Kid Ory, que según se cuenta fue quien nombró a Joe Oliver «rey de la corneta». Pese a todo, por aquel entonces rondaban por Nueva Orleans otros cornetas tan eficaces e importantes como Oliver —es el caso de Freddie Keppard o Bunk Johnson—, aunque no alcanzaron un título tan alto. En aquella época, King Oliver frecuentaba dos de los locales más importantes de Storyville: el cabaret de Pete Lala y el «101 Ranch». La afluencia de gente a dichos locales corroboraba el grado de aceptación que tuvo Oliver durante estos años.

Tanto era así que cuando emigró a Chicago, Oliver lo hacía con dos contratos simultáneos en el bolsillo para dos salas diferentes: el «Royal Gardens» y el «Dreamland». El estilo de Oliver se impuso por su prodigiosa memoria musical unida a un manejo maestro de todo tipo de sordinas. Para ello utilizaba tazas, vasos y otros objetos, que incluso hoy causarían la admiración de cualquiera. Las sordinas, decía Oliver, le permitían obtener la modificación tonal deseada. De 1919 hasta 1921, Oliver anduvo dando saltos de unas salas a otras hasta que finalmente montó su propia orquesta. Cansado del ambiente y la podredumbre de Chicago, marchó con su orquesta primero a San Francisco, luego a Los Ángeles y por último a Oakland. La banda de Oliver, bautizada como Creole Jazz Band, disponía de músicos de talla como Louis Armstrong, que tenía el papel de segundo corneta, y Bill Johnson, al que —como ya hemos apuntado— se reconoce como el introductor de la técnica del pizzicatto en el contrabajo de jazz, al parecer de forma improvisada, al romper el arco en el transcurso de una grabación.

Es en 1923 cuando Oliver y su grupo pisan por primera vez un estudio de grabación. A pesar de que la Original Dixieland Jazz Band y otros grupos de jazz blanco habían grabado con anterioridad, las grabaciones de la Creole constituyen el primer documento sonoro del verdadero jazz. En estas grabaciones se puede percibir el estilo de la Creole Jazz Band. Era una de las pocas orquestas que tocaban una música ordenada sin caer en un caos improvisativo, por lo que no había cabida para solos y para otros virtuosismos. Oliver ejercía una férrea dirección sobre el grupo y lo único que quería era que los músicos conociesen su función y que se ajustaran a ella. Este estilo de conjunto necesitaba de un personal fijo que tocase un repertorio establecido. Por lo tanto, Oliver siempre se rodeó de los mismos músicos: Lil Hardin, Dutrey, Baby Dodds, Johnson, Scott, Johnny St. Cyr y Armstrong. Entre los defectos que se señalan a esta formación resalta la inclusión de una segunda corneta, la de Armstrong, y la mala utilización del saxofón, que todavía no se había integrado en los conjuntos de jazz de manera satisfactoria.

El conjunto de Oliver tocaba frecuentemente en el Lincoln Gardens de Chicago, lugar especializado en la música de baile. La Creole Jazz Band tocaba un repertorio de música bailable; no las danzas lentas de las tabernas de Storyville, sino los populares foxtrots o el toadle y el bunny hug que estaban de moda en los años veinte. La carrera de King Oliver sufrió un tremendo bache a partir de 1924. En este año Oliver veía cómo uno de sus mejores músicos, Louis Armstrong, le abandonaba para comenzar su carrera musical en solitario. Ese mismo año el local donde la banda actuaba era pasto de las llamas provocadas por envidiosos músicos locales, que no admitían que los mejores puestos de trabajo fueran siempre destinados a los artistas forasteros procedentes de Nueva Orleans. Oliver no tuvo mas remedio que trasladar su espectáculo a un cabaret llamado «Plantation». Tras dos años de inactividad discográfica, Oliver vuelve a los estudios con una nueva formación, King Oliver y sus Dixie Syncopators.

A partir de entonces, la orientación musical de Oliver cambió hacia nuevas formas, intentando desarrollar una música de baile distinta y planteándose la necesidad de incluir arreglos, sistema que había puesto en boga la orquesta de Fletcher Henderson. En los últimos años, Oliver tuvo muchas dificultades, no sólo por estrecheces económicas sino también por la competencia musical existente. A partir de 1927, empezó a tener problemas con la dentadura, lo que le impedía tocar la corneta a gusto. A pesar de que se puso dientes postizos, no conseguía realizar sus famosos efectos de gruñido con la corneta, por lo que tuvo que ceder este papel a otros músicos que habían aprendido la técnica de manos del maestro. La depresión del 29 dejó a Oliver en la más absoluta miseria, que se agravó con la rescisión del contrato discográfico con la compañía Victor.

Embarcado con su orquesta en un viejo autobús, marchó de gira intentando evitar las grandes ciudades del sur donde tan buena fama tenía, prefiriendo tocar en pueblos. Uno de sus músicos cuenta que Oliver padecía grandes dolores en la boca cuando tocaba. Por esta razón sólo podía aguantar hasta la mitad de la actuación, se iba luego del escenario y regresaba para tocar los últimos temas. Poco a poco sus músicos le fueron abandonando y sus últimas actividades conocidas fueron trabajos menores y fuera de la música, como barrer billares. King Oliver murió en la más absoluta miseria con un dólar y setenta centavos en el bolsillo. La fama de Joe Oliver reside más en el trabajo de conjunto de la orquesta que en sus méritos como improvisador. Nunca fue un músico imaginativo, ya que seguía atado a los rígidos ritmos de los rags, de los que músicos como Armstrong y Bechet ya se habían liberado. Por esta razón Joe Oliver abdicó el papel de «King» en su alumno más aventajado, Louis Armstrong, que lo mantendría hasta el final de su carrera.

Y al décimo álbum se hizo la luz

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Joni y Charlie, durante la grabación de "Mingus" (1979)
Joni y Charlie, durante la grabación de “Mingus” (1979)

“Mingus” fue el décimo álbum grabado en estudio de Joni Mitchell, en colaboración con el músico de jazz Charles Mingus. Grabado en los meses anteriores a la muerte de Mingus, sería en definitiva su proyecto musical final.

El álbum es bastante experimental, jazz minimalista, oyéndose zumbidos de guitarras acústicas e incluso lobos aullando en “El lobo que vive en Lindsey”.

Todas las letras son de Mitchell, mientras que la música de cuatro de las canciones fue compuesta por Mingus: tres son temas nuevos, un cuarto de su homenaje al saxofonista Lester Young de su clásico de 1959 “Mingus Ah Um” (el tema “Goodbye Pork Pie Hat”, para el que Mitchell escribió la letra).

Mitchell contrató a personal del grupo de jazz fusión Weather Report para tocar en las sesiones. “Mingus” marcó también la primera reunión del saxofonista Wayne Shorter y el pianista Herbie Hancock en el estudio desde que fueran miembros de la banda de Miles Davis en 1969.

El Album está empalmado con extractos de grabaciones (Raps) proporcionados por Graham-Sue Mingus, entre ellos un canto en interacción entre Mingus y Joni. Discuten sobre la edad de Mingus en una fiesta de cumpleaños; en “Funeral” Mingus y otros argumentan cuánto tiempo tendrá que vivir y cómo será su funeral.

“God Must Be a Boogie Man” fue la única canción que Mingus no pudo oir, ya que se terminó dos días después de su muerte.

El trabajo de arte presenta varias pinturas hechas por la propia Michell de Mingus.

La infravalorada Mitchell

Multi-instrumentista como pocas, excelente compositoras y gran vocalista. Su música paseaba por diferentes ritmos, y tenía un estilo muy partícula, ya que componía afinando su guitarra en diferentes escalas. Sin embargo, luego que lograra la plenitud de su carrera en los 70’, las próximas décadas fueron inhóspitas para esta genial canadiense. Cuando comenzaron a fijar sus ojos en sus talentos, con el objetivo de ponerle una corona y sentarla en un trono, Mitchell comenzó a quitar el pie del acelerador de su carrera. Al parecer sintió temor, y no le gustó ese futuro para ella, que la industria le estaba preparando.

Aparte de la música, Mitchell pintaba cuadros, y era su gran excusa cuando abandonaba en algún momento el piano, o sus instrumentos de cuerdas. Sin embargo con la música, a pesas de sus continuas idas y venidas, Joni Mitchell ha logrado grandes cosas.

En sus comienzos, Mitchell componía su música para otros cantantes del momento. Y con sus primeras canciones con estilo folk, se pudo comprobar el gran gancho que tenía en la gente. “Urge for Going” fue un éxito en las interpretaciones del cantante country George Hamilton IV, del intérprete folk Tom Rush y, muchos años después, de la banda escocesa Travis. También la irlandesa Luka Bloom grabó la canción. La versión original de este tema, grabada por Joni Mitchell en 1967, no vio la luz hasta 1972, como cara B del single de 1972 “You Turn Me On I’m A Radio”, y no fue editada en álbum hasta el recopilatorio “Hits”, en 1996.

Otros intérpretes lograron éxitos con canciones de Joni Mitchell: Judy Collins, a principios de 1968, grabó “Both Sides Now” y el grupo de folk rock británico Fairport Convention incluyó “Chelsea Morning” y “I Don’t Know Where I Stand” en su álbum de debut, grabado a finales de 1967, y “Eastern Rain” en su segundo álbum al años siguiente.

Joni Mitchell, fue escalando por varios estilos en su carrera. Luego de su exitoso inicio en el Folk, tomó el blues, luego el jazz, probó también el rock y el pop, cosechado varios premios Grammy en las diversas categorías, incluyendo pop tradicional, la música pop y su destacada trayectoria. Sus otras grabaciones exitosas notables incluyen Blue (1971), el silbido de céspedes de verano (1975), el altamente experimental Hégira (1976) y Turbulent Indigo (1994)

Buddy Bolden, en el ‘Big Bang’ de la música moderna

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Bolden (de pie, segundo por la izquierda), en la única foto que se conoce junto a su banda de ragtime
Bolden (de pie, segundo por la izquierda), en la única foto que se conoce junto a su banda de ragtime

Buddy Bolden es considerado por los entendidos del jazz como el primero de los músicos que interpretaron música de jazz. Poseía tal potencia que cuando actuaba en el «Lincoln Parker» de Nueva Orleans el sonido de su trompeta se escuchaba desde el otro lado del barrio. La principal innovación de Bolden fue que la música que tocaba con su banda se hallaba a medio camino entre el ragtime y el blues, lo que no tardó en ser copiado por otros músicos de este barrio. Las casas discográficas no mostraban por aquel entonces ningún interés por la música que se estaba desarrollando en la ciudad, privando a los aficionados de documentos sonoros del propio Bolden. El estilo de Buddy resulta, por lo tanto, difícil de definir con exactitud, porque no llegó a grabar durante su carrera musical, aunque un trombonista de Nueva Orleans, Willie Cornish, aseguró en una ocasión que Bolden había grabado con él. Pero esa grabación nunca se ha encontrado.

La vida de Bolden siempre estuvo envuelta en un halo de misterio. Sus aventuras musicales fueron contadas por músicos que le conocieron y tratadas por críticos y biógrafos que hicieron de él un personaje mítico del jazz. Los biógrafos han comprobado que muchas informaciones se contradecían y ello convirtió la personalidad de Bolden en una leyenda. La mayor parte de los autores coinciden en que Buddy trabajaba en una barbería y aprovechaba sus ratos libres para ejercer como periodista en una gacetilla sensacionalista llamada «The Cricket». Pero la viuda de Bolden desmintió dichas actividades y nunca se halló ningún ejemplar de dicha gaceta. La información sobre Bolden fue confirmada cuando se hallaron los certificados de nacimiento, matrimonio y defunción en los archivos del Estado de Louisiana. No fue bautizado hasta los siete años. Posiblemente ésta fue la causa de las antiguas confusiones sobre su fecha de nacimiento.

Los padres de Buddy cambiaron cuatro veces de lugar su residencia hasta situarse en la First Street, calle considerada como un ‘not slave quarter’, es decir, un barrio poblado por ciudadanos no ex esclavos. Aquellas casas, propiedad de ricos burgueses, eran alquiladas tanto por criollos como por blancos. Los padres de Buddy en su condición de criollos disfrutaban de una vida diferente de la que llevaba la población negra. Los primeros contactos musicales de Buddy aparecen ligados a las celebraciones religiosas y a las bandas que a menudo pasaban bajo las ventanas de su casa. Pero Buddy no tocó en bandas callejeras, lo que hace pensar que la música y el estilo de Bolden eran tan diferentes de los cornetistas conocidos hasta entonces como afirman sus contemporáneos. Su actividad musical tenía lugar en picnics y en fiestas de baile. La constitución de sus bandas fue siempre diferente a las conocidas, lo que le permitió ser considerado como el primer músico de jazz.

Entre los años 1900 a 1906, Buddy se convirtió en el músico más popular de Nueva Orleans, pero un año más tarde, con sólo treinta de edad, Bolden sufrió un primer ataque de etilismo agudo que le llevaría a ser ingresado en el manicomio. Con ello Nueva Orleans perdería al músico más importante y mítico de la historia del jazz. Al margen de las bandas tipo Bolden, se creó en la parte pobre de la ciudad un tipo de formación musical que recibió el nombre de washboard band. Las bandas «de tabla de lavar» eran bandas espasmódicas que utilizaban instrumentos de fabricación casera como barreños, kazoos, guitarras de construcción doméstica y tablas de lavar. Esta música presentaba una gran influencia de los blues procedentes de las plantaciones y servía como acompañamiento musical en humildes tabernas. En años posteriores, este tipo de formación seguiría perviviendo y practicando uno de los estilos de blues más conocidos y más apreciados por estudiosos y puristas, aunque el tipismo de los grupos apenas les diera para malvivir.

La esencia de la nota triste

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Dinah Washington fue llenando libros de una historia que sin embargo, terminó demasiado pronto. Se casó siete veces y tuvo infinidad de hombres. Decía haberlos amado a todos, tomaba pastillas para dormir y para adelgazar y derrochaba en autos y ropa
Dinah Washington fue llenando libros de una historia que sin embargo, terminó demasiado pronto. Se casó siete veces y tuvo infinidad de hombres. Decía haberlos amado a todos, tomaba pastillas para dormir y para adelgazar y derrochaba en autos y ropa

Son décadas de buen hacer y buen jazz, que el sello norteamericano celebra con un disco libro con dos cedés titulado “Essential Blue Note”, en el que se recogen temas emblemáticos de 38 artistas, en un abanico de lo más variado que va desde Miles Davis a Norah Jones, de Us3 a John Coltrane, de Lila Downs a Duke Ellington, o de Keren Ann a Billie Holiday.

Blue Note, una marca legendaria sinónimo de buena música, reúne en el libro que acompaña a los dos discos material gráfico con fotos de Francis Wolff y de los archivos de la propia compañía, y un texto del periodista Pedro Calvo, en el que relata la historia de la discográfica.

Entre los cortes del primer álbum figuran temas como “Come away with me”, “I get a kick out of you”, “Rock-A-Bye Basie”, “My one & only love”, “They can’t take that away from me”, “You’ve got the love I need”, “Blue Moon”, “Jeru”, o “Don’t worry be happy” interpretados, respectivamente, por Norah Jones, Patricia Barber, Count Basie, Chick Corea, Eliane Elias, Al Green, Billy Holiday, Miles Davis y Bobby McFerrin.

En el segundo CD, Dianne Reeves canta “Lovin’ you”, Gonzalo Rubalcaba “Los Büyes”, Dinah Washington “Lover Man”, Amos Lee “Baby, I want you”, Duke Ellington “Caravan”, Cassandra Wilson “I can’t stand the rain”, Lila Downs “Black magic woman”, Dexter Gordon “I guess I’ll hang my tears out to dry” o John Coltrane “Locomotion”.

Blue Note Records, fundada en enero de 1939 por Alfred Lion y Francis Wolf y relanzada hace 25 años por el actual presidente Bruce Lundvall, tomó su nombre de la característica nota azul del blues y el jazz y ahora pertenece al Grupo EMI. Aunque siempre ha estado vinculada al jazz, también forman parte de su sello grandes nombres del blues, el soul y el gospel.

Pero en palabras del propio Bruce Lundvall, que se recogen en el libro, Blue Note son los artistas, ya que ellos “sacan adelante este negocio, y cuando aparecen artistas originales el negocio echa a andar, no hay duda acerca de esto. No somos más que gente corriente del negocio, del tipo de los que llevan las compañías y trabajan en los sellos… así que tienes que elegir los artistas adecuados. Y creo que de esos tenemos un montón.”

Los pianistas de boggie-woogie, Albert Ammons y Meade “Lux” Lewis; el grupo Port Of Harlem Six y el criollo Sydney Bechet, el pianista Earl Hines, ell clarinetista Edmond Hall con su Celeste Quartet y el mítico guitarrista Charlie Christian fueron los primeros en grabar para Blue Note en 1939.

La II Guerra Mundial interrumpe durante los comienzos del sello, que vuelve con fuerza a mediados de los años 40, con una panorama jazzístico muy diferente, y los reyes del momento se llamaban Duke Ellington y Count Basie, y su palacio el Cotton Club.

Pero también surgieron con fuerza voces femeninas como las de Billie Holiday, Dinah Washinton y Betty Carter, madres musicales de otras de hoy en día como Norah Jones, Patricia Barber y la mexicana Lila Downs, u otras anteriores como Cassandra Wilson y Dianne Reeves, las reinas de los 80.

Blue Note es jazz y el jazz, como decía García Lorca, es una de las “únicas cosas que Estados Unidos ha dado al mundo junto a los rascacielos y los cócteles”; un género que realmente nadie sabe como describir, tal y como comentaba Louis Armstrong: “Tío, si tienes que preguntar qué es el jazz, nunca lo vas a saber.”

Lo que sí que parece que está claro es que “la vida se parece mucho al jazz… mejora cuando improvisas”, razonaba George Gershwin.

Jazz, del objetivo a la retina

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Johnny Halliday, con Serge Gainsbourg, Errol Garner, Fernand Raynaud, Juliette Gréco y H. Salvador, en París en 1962
Johnny Halliday, con Serge Gainsbourg, Errol Garner, Fernand Raynaud, Juliette Gréco y Henry Salvador, en París en 1962

El día de la liberación de París, un soldado estadounidense le dejó su cámara para que le fotografiara, y cambió su vida. Su primera foto conocida, la orquesta del pianista Jef Gilson, la publicó, en mayo de 1951, la revista Jazz Hot. Jean-Pierre Leloir (1931-2010) se dedicó a retratar a los músicos de jazz que pasaban por París: lo hizo en las llegadas de aeropuertos y estaciones de tren, camerinos de clubs y teatros, habitaciones de hoteles… Y lo hizo con una gran habilidad para captar su intimidad. Quizá porque amaba a la gente a la que fotografiaba: aseguraba que era incapaz de fotografiar a un artista del que que no apreciara su música.

Era un músico, pero su instrumento era la cámara de fotos, de la que no se separaba, cuenta Michel Legrand en “Jazz Images”. Ashley Kahn, autor de libros de referencia como “A Love Supreme”, indica que Leloir aparece en el documental The Miles Davis Story con una flamante corbata, gafas redondas y su grueso bigote. La introducción de “Jazz Images” la ha firmado Quincy Jones, al que se puede ver, en una fotografía tomada en 1958, en su piso de París, escuchando música en el suelo junto a Sarah Vaughan, y que asegura recordar incluso las canciones que estaban escuchando en ese preciso momento.

En sus miles de negativos guardó a gigantes del jazz como Chet Baker, Charles Mingus, Thelonius Monk, Lester Young, Billie Holiday, Bill Evans, Ella Fitzgerald… Ahí están Louis Armstrong, con los pantalones arremangados durante un ensayo; Miles Davis jugando al boliche en la playa o Nina Simone bañándose en la piscina de un hotel. Eran tiempos en los que los músicos afroamericanos sufrían todo tipo de humillaciones en Estados Unidos. Y, en Europa, encontraron un ambiente más propicio para su arte y una mayor libertad. Miles, que llegó por primera vez a París en 1949, dijo en su autobiografía que nunca se había sentido de aquella manera, “tratado como un ser humano, como alguien importante”.

Una habitación de hotel en Antibes: John Coltrane se pone a tocar, con un pie sobre la silla, mirando la foto de Eric Dolphy que el francés acaba de regalarle. La cámara fija el instante. Es una de las favoritas de Leloir, que no solo fotografió jazz, también a Dylan, Hendrix o Zappa. Su hija Marion cuida de las más de 100.000 fotografías del legado paterno cuya instantánea más famosa probablemente sea la que tomó de Jacques Brel, Georges Brassens y Léo Ferré.

Más de 150 de esas fotos, la mayoría inéditas, están recogidas en Jazz Images, libro de tapa dura de 31 por 31 centímetros, que incluye un CD con una pequeña muestra de la colección de 50 LP clásicos del jazz que han organizado Gerardo Cañellas y Jordi Soley —responsables de Jazz Images—, también con material gráfico de Jean-Pierre Leloir, creador de una obra tan valiosa como las de Herman Leonard, William Claxton, Roy DeCarava o Francis Wolff. Dice Quincy Jones que Leloir era un preservador de historias. “Y el único modo de que las generaciones futuras sepan algo de sus ancestros, y de cómo forjaron la historia, es que transmitamos estas historias y la sabiduría que conllevan”.