julio cortazar

El intransigente en la fantasía surrealista

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Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra
Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra

Uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve. Este fue el legado que dejó Julio Cortázar, creador de importantes obras como ‘Rayuela’ o ‘Libro de Manuel’, que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en el mundo hispano, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal.

Puede que algunos le recuerden mejor con frases como esta: ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’, que probablemente sea una de las más célebres de Cortázar, uno de los escritores más reconocidos a nivel mundial por su destacable obra, que va desde la realidad más surrealista a la fantasía más intransigente.

Perteneciente al ‘boom’ de la literatura hispanoamericana del siglo XX, lo mejor de Cortázar fue su fiel interés por la investigación de lo cotidiano, siempre buscando nuevas formas de atracción y originalidad que han conseguido situarle entre una de las influencias más notorias de los autores actuales.

Nacido en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914, el escritor vivió tanto su infancia como la adolescencia e incipiente madurez en Argentina. Algunas de sus memorias expresan cómo era su vida en aquella Argentina gris en la que creció y de la que habla como «un paraíso en el que yo era Adán, donde no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados».

Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en la cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. A los nueve años ya había leído a algunos de los grandes como Julio Verne, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe.

En la década de los 50’s se trasladó a Europa para trabajar como traductor de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el Viejo Continente residió en Italia, España, Suiza y Francia, país que iba a ser referencia mundial a nivel social y cultural, así como el lugar en el que ambientó algunas de sus obras.

Durante su estancia, surgió un grupo de grandes autores entre los que Cortázar también se encontraba como protagonista. Los destacados escritores eran el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y los mexicanos Carlos Fuentes y Juan Rulfo aunque, entre todos ellos, destaca Jorge Luis Borges, también bonaerense.

Cortázar también se volcó en la preocupación social del momento, centrándose en los movimientos izquierdistas y las clases más desfavorecidas, así como en los temas institucionales. Viajó a Cuba durante la revolución de 1962, acudió a la posesión del presidente chileno Salvador Allende y apoyó al movimiento sandinista nicaragüense, por lo que se convirtió en un verdadero activista político.

Tras una vida de dedicación casi exclusiva al conocimiento y a la escritura, pasando por los viajes y la experimentación, Cortázar regresó a Argentina al finalizar la dictadura, donde fue recibido con mucha emoción y cariño.

Sin embargo, volvió a Francia, lugar donde vivió sus últimos días hasta que una leucemia se lo llevó el 12 de febrero de 1984. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, un lugar de peregrinación para los amantes de sus palabras y poesías.

La literatura de Cortázar parte de un cuestionamiento vital, cercano a los planteamientos existencialistas en la medida en que puede caracterizarse como una búsqueda de la autenticidad, del sentido profundo de la vida y del mundo. Tal temática se expresó en ocasiones en obras de marcado carácter experimental, que lo convierten en uno de los mayores innovadores de la lengua y la narrativa en lengua castellana.

Como en Jorge Luis Borges, sus relatos ahondan en lo fantástico, aunque sin abandonar por ello el referente de la realidad cotidiana: de hecho, la aparición de lo fantástico en la vida cotidiana muestra precisamente la abismal complejidad de lo «real». Para Cortázar, la realidad inmediata significa una vía de acceso a otros registros de lo real, donde la plenitud de la vida alcanza múltiples formulaciones. De ahí que su narrativa constituya un permanente cuestionamiento de la razón y de los esquemas convencionales de pensamiento.

En la obra de Cortázar, el instinto, el azar, el goce de los sentidos, el humor y el juego terminan por identificarse con la escritura, que es a su vez la formulación del existir en el mundo. Las rupturas de los órdenes cronológico y espacial sacan al lector de su punto de vista convencional, proponiéndole diferentes posibilidades de participación, de modo que el acto de la lectura es llamado a completar el universo narrativo. Tales propuestas alcanzaron sus más acabadas expresiones en las novelas, especialmente en Rayuela, considerada una de las obras fundamentales de la literatura de lengua castellana, y en sus relatos breves, donde, pese a su originalísimo estilo y su dominio inigualable del ritmo narrativo, se mantuvo más cercano a la convenciones del género. Cabe destacar, entre otros muchos cuentos, Casa tomada o Las babas del diablo, ambos llevados al cine, y El perseguidor, cuyo protagonista evoca la figura del saxofonista negro Charlie Parker.

Aunque su primer libro fueron los poemas de Presencia (1938, firmados con el seudónimo de «Julio Denis»), seguidos por Los reyes, una reconstrucción igualmente poética del mito del Minotauro, esta etapa se considera en general la prehistoria cortazariana, y suelen darse como inicio de su bibliografía los relatos que integraron Bestiario (1951), publicados en la misma fecha en la que inició su exilio. A esta tardía iniciación (se acercaba por entonces a los cuarenta años) suele atribuirse la perfección de su obra, que desde esa entrega no contendrá un solo texto que pueda considerarse menor.

Cabe señalar, además, una singularidad inaugurada en simultáneo con esa entrega: las sucesivas recopilaciones de relatos de Cortázar conservarían esa especie de perfección estructural casi clasicista, dentro de los cánones del género. El resto de su producción (novelas extraordinariamente rupturistas y textos misceláneos) se aleja hasta tal punto de las convenciones genéricas que es difícilmente clasificable. De hecho, buena parte de la crítica aprecia más su faceta de cuentista impecable que la de prosista subversivo.

Los cuentos

En el ámbito del cuento, Julio Cortázar es un exquisito cultivador del género fantástico, con una singular capacidad para fusionar en sus relatos los mundos de la imaginación y de lo cotidiano, obteniendo como resultado un producto altamente inquietante. Ilustración de ello es, en Bestiario (1951), un cuento como «Casa tomada», en el que una pareja de hermanos percibe cómo, diariamente, su amplio caserón va siendo ocupado por presencias extrañas e indefinibles que terminan provocando, primero, su confinamiento dentro de la propia casa, y, más tarde, su expulsión definitiva.

Lo mismo podría decirse a propósito de Las armas secretas (1959), entre cuyos cuentos destaca «El perseguidor», que tiene por protagonista a un crítico de jazz que ha escrito un libro sobre un célebre saxofonista borracho y drogadicto. Cuando se dispone a preparar la segunda edición del mismo, Jonnhy, el saxofonista, quiere exponerle sus opiniones acerca de su propia música y el libro, pero, en realidad, no le cuenta nada; no parece que tenga nada profundo que decir, como tampoco lo tiene el autor del libro, por lo que, muerto Jonnhy, la segunda edición únicamente se diferencia de la primera por el añadido de una necrológica.

En los cuentos de Final del juego (1964), encontramos algunas de las descripciones más crueles de Cortázar, como por ejemplo «Las ménades», una auténtica pesadilla; pero también hay sátiras, como ocurre en «La banda», en el que su protagonista, cansado del sistema imperante en su país (clara alusión al peronismo), se destierra voluntariamente, como Cortázar hizo a París en 1951. En «Axolotl», tras contemplar diaria y obsesivamente un ejemplar de estos anfibios en un acuario, el narrador del cuento se ve convertido en uno más de ellos, recuperando de tal manera el tema del viejo mito azteca.

De Todos los fuegos el fuego (1966), compuesto por otros ocho relatos, hay que destacar «La autopista del Sur», historia de un amor nacido durante un embotellamiento, cuyos protagonistas, que no se han dicho sus nombres, son arrastrados por la riada de vehículos cuando el atasco se deshace y no vuelven ya nunca a encontrarse. Impresionante es asimismo el cuento que da título a la colección, en el que se mezclan admirablemente una historia actual con otra ocurrida cientos de años atrás.

En los también ocho cuentos de Octaedro (1974), lo fantástico vuelve a mezclarse con la vida de los hombres, casi siempre en el momento más inesperado de su existencia. Más cercanas a lo cotidiano y abiertas a la normalidad son sus tres últimas colecciones de relatos, Alguien que anda por ahí (1977), Queremos tanto a Glenda y otros relatos (1980) y Deshoras (1982), sin que por ello dejen de estar presentes los temas y motivos que caracterizan su producción.

Rayuela

Para muchos, su gran obra maestra es ‘Rayuela’, una de las mejores de la literatura hispana de los últimos tiempos, publicada a comienzos de los 60 y capaz de generar diferentes conciencias tras su lectura.

‘La Maga’ es su protagonista, uno de los personajes más complejos y misteriosos de todos sus trabajos. La metafórica forma de desentrañar a su personaje está inscrita bajo la sensualidad y el fatalismo, una magia que se mueve entre lo bohemio y lo trágico a ritmo de jazz y desenfado.

Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce(1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)
Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce (1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)

Sus múltiples ángulos de lectura, con episodios salteados que proponen una perspectiva original y diferente a cualquier otro documento, generan un nuevo punto de vista sobre el amor y el romanticismo.

También destaca ‘Bestiario’, su primera obra, publicada en 1951 e integrada por ocho cuentos, en la que ya se intuía su capacidad artística para hilar lo más ordinario con su aspecto más contradictorio.

Más adelante, en 1959 apareció ‘Las armas secretas’, una recopilación de cinco cuentos entre los que se encuentra ‘El perseguidor’, señalado como uno de los fragmentos más importantes de su obra.

Gracias al nacimiento de géneros tan inabarcables como el rock y el jazz y los movimientos por la paz en París en 1969, Cortázar adquirió una amplia experiencia que le sirvió de inspiración para sus prosas y cuentos. Sin embargo, entre dichos influjos de conocimiento también aparecieron los idearios políticos que le llevaron a romper la linealidad de los cuentos.

Ente ellos destaca ‘Libro de Manuel’, publicado en 1973 como un conjunto de gráficos artículos periodísticos que le sirvieron de base para mostrar su línea de pensamiento más realista y, en consecuencia, más criticada por los especialistas.

Un punto de vista más personal que, si bien nos hace conocer mejor al autor, también nos muestra una de esas caras de su poliédrica personalidad que tanto ha influido en la literatura. Contra tanta crítica, esta obra nos deja frases como «Los libros deben defenderse por su cuenta, y éste lo hace como un gato panza arriba cada vez que puede».

Octavio Paz en clave hindú

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En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última.
En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última

Coloridos «collages» del mexicano Vicente Rojo acompañan a los poemas de «Ladera este» que Octavio Paz escribió durante los seis años que vivió en la India, de 1962 a 1968, en una cuidada reedición que recuerda el viaje interior que el escritor mexicano realizó durante su estancia en Nueva Delhi.

«Tenía interés personal en su época en la India y a la vez quería una obra completa pero breve», explica el editor Pedro Tabernero, que encontró en «Ladera este» la mejor obra para rendir tributo al nobel de literatura 1990.

Publicada por primera vez en 1969, esta nueva edición, que saldrá a la venta este verano, contará con textos complementarios del académico de la lengua Juan Gil; el director del Instituto Cervantes de París, Juan Manuel Bonet; el escritor Juan Bonilla y el poeta Jacobo Cortines.

Será el octavo volumen de la colección Poetas y Ciudades, que el Grupo Pandora dedica a grandes poetas y las ciudades que amaban.

En el caso de Paz se ha elegido su relación con la India por la influencia que tuvo tanto en su vida como en su obra.

De los años pasados allí como embajador de México, Paz escribió tres obras: «Ladera este», «El mono gramático» (1974) y «Vislumbres de la India» (1995).

Y Tabernero consiguió que la viuda del escritor, la francesa Marie-Jose Paz, le cediera los derechos para volver a editar «Ladera este», con la estrecha colaboración de Vicente Rojo, un artista cuya obra está muy ligada a la literatura.

Creador de la portada de la primera edición de «Cien años de soledad», Rojo diseñó las cubiertas de muchos de los libros de Gabriel García Márquez y de otros autores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatiowska y Octavio Paz, con el que además colaboró en el proyecto «Discos visuales» (1968).

Su estrecha relación con Paz le llevó a aceptar el ofrecimiento de Tabernero de participar en la reedición de una de sus obras.

«Vicente Rojo y yo estuvimos tres años pensando qué obra hacer. La primera idea era un libro sobre México, pero habría que haber hecho una selección de partes de sus obras porque no hay una entera dedicada a su país».

«Y un día me cogí las obras completas y leí sus libros sobre India, que son especialmente desconocidos en la obra de Paz, y que incluyen referencias artísticas, religiosas, mitológicas y de paisaje», explica Tabernero.

De ahí surgió la idea de la India y optaron por «Ladera este» porque es el principal, el que tiene más referencias de localizaciones en la India, el que más sitúa los temas. Y además «las notas que hizo a la primera edición son muy clarificadoras».

Cuando se decidió qué libro editar, Rojo comenzó a trabajar en las ilustraciones.

Un año de trabajo ha dado como resultado unos 40 «collages» que no solo ilustran, sino que complementan el libro con unos atractivos diseños que recuerdan a la India sin mostrarla directamente.

Flores, motivos naturales y formas geométricas se superponen en estos trabajos de líneas tan puras como los poemas de Paz.

Porque «no se trata de ilustrar un libro: es más dotar de imágenes a algo que no tiene, establecer un discurso enriquecedor, de modo que la ilustración no tiene por qué responder exactamente a lo que se está leyendo pero sí establecer un diálogo interesante», explicó Tabernero.

Diálogo que protagoniza la colección Poetas y Ciudades, de la que ya se han editado «Poeta en Nueva York», de Federico García Lorca; «Diario de un poeta recién casado», de Juan Ramón Jiménez; «Sombra del Paraíso» de Vicente Aleixandre; «Fervor de Buenos Aires», de Jorge Luis Borges; «Las piedras de Chile», de Pablo Neruda; «El contemplado», de Pedro Salinas, y «Ocnos», de Luis Cernuda.

El nuevo volumen de Octavio Paz se presentará en Nueva Delhi, México y París, y para el año próximo está previsto que salga «Diario de Argónida», de José Manuel Caballero Bonald, con estudio de Víctor García de la Concha, y dibujos de Manuel Fernández.

Pero será después de los poemas indios de Octavio Paz, que él mismo describió así: «Viajes en el espacio exterior y en el interior, realidades que vemos alternativamente con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, paisajes nunca vistos y paisajes siempre vistos: la extrañeza de la India se fundió con mi propia extrañeza, es decir, con mi vida».

Cinco muecas de excelencia en castellano

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Isabel Allende piensa que "la literatura ha cambiado, ya nadie escribe esos libros barrocos, llenos de adjetivos, con frases eternas. La literatura es mucho más urbana, menos politizada, está influida por el cine, por la tecnología, por las drogas y por este mundo globalizado en que vivimos. Pero hay gente que está escribiendo muy bien"
Isabel Allende piensa que «la literatura ha cambiado, ya nadie escribe esos libros barrocos, llenos de adjetivos, con frases eternas. La literatura es mucho más urbana, menos politizada, está influida por el cine, por la tecnología, por las drogas y por este mundo globalizado en que vivimos. Pero hay gente que está escribiendo muy bien»

Pueblos ligados a una larga estirpe familiar, vidas cruzadas a ambos lados del Atlántico, crecer bajo el yugo de la disciplina, espíritus que hablan del pasado y del futuro o el choque entre la realidad y los recuerdos son algunas de las temáticas de las novelas insignes de la literatura iberoamericana, clásicos que trascenderán durante siglos.

No se puede hablar de novela en lengua castellana sin mencionar a alguno de los mejores narradores de todos los tiempos, como son el colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas LLosa, la chilena Isabel Allende o el mexicano Juan Rulfo.

Cien años de soledad

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Así, de forma magistral, comienza la historia de los Buendía, una estirpe eterna, todos con los mismos nombres, vinculados a un territorio único, Macondo, escenario mítico salido de la pluma del colombiano Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

Macondo es uno de los lugares más visitados del mundo, a pesar de no existir. Esta tierra de guerras infinitas, que tiene lejos el mar y en donde llueve sangre, es el escenario de ‘Cien años de soledad’, la obra más característica del realismo mágico iberoamericano.

En Macondo las mujeres más bellas ascienden a los cielos, mariposas sobrevuelan las cabezas de la gente, jóvenes dolidas comen cal de las paredes y una caravana de gitanos regresa siempre para descubrir el hielo, los imanes o la misma vida a unos personajes redondos, a los que amar, admirar u odiar.

Leer ‘Cien años de soledad’ es conocer Colombia y, mientras, a uno mismo. Es esta una de esas obras que explican la más cruda de las realidades a través de la más loca de las fantasías.

Rayuela

«¿Encontraría a la Maga?». Así comienza ‘Rayuela’, la obra insigne del escritor argentino Julio Cortázar, una novela que alcanza una complejidad tal que existen diversas maneras de leerla, algunas de ellas recogidas por el propio Cortazar al inicio del libro.

Si bien cualquier intento de resumir ‘Rayuela’ sería absolutamente infructuoso, podemos apuntar que esta ‘antinovela’ está contada en dos partes, divididas por el espacio, que no por el tiempo.

En primer lugar, Cortázar narra la historia de su protagonista, Horacio Quiroga, «del lado de allá», en París. La segunda parte de la novela acontece, sin embargo, «del lado de acá», en Argentina. Por su excepcionalidad y la necesaria implicación del lector, que se convierte en un sujeto más de la novela, esta es una obra imprescindible de la literatura universal.

La ciudad y los perros

«-Cuatro -dijo el Jaguar». Es el Jaguar uno de los personajes principales de la aclamada obra ‘La ciudad y los perros’ del Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa.

En esta novela, en la que se puede ver lo peor de la condición humana, Vargas Llosa narra el desarrollo de unos jóvenes en un colegio militar, donde son sometidos a una férrea disciplina, a actos violentos y a humillaciones, episodios que moldean de forma definitiva su carácter.

Una novela crítica con la vida militar y la disciplina castrense en la que la alienación lleva la batuta de la historia. Tras esta dura realidad, un halo de esperanza: algunos cadetes siguen adelante y es esta dura situación la que les obliga a sacar la fortaleza que solo algunos llevan dentro.

La casa de los espíritus

«Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía». Clara seguirá apuntando en sus ‘libros de escribir la vida’ todo lo que acontece a la familia Trueba-Del Valle, en la que, al contrario que en el caso de los Buendías, los nombres no pueden repetirse porque crean confusión en la narración, según narra su escritora, una de las novelistas más leídas del mundo, la chilena Isabel Allende.

La realidad y la magia se entremezclan en una obra con personajes redondos, algunos más oníricos que otros, que se ven involucrados en uno de los episodios más cruentos de la historia chilena, el golpe de estado de Augusto Pinochet.

Clara, Blanca y Alba; abuela, madre e hija, son las protagonistas de una historia magnífica, en la que se suceden las maldiciones y donde los espíritus campan a sus anchas, creando incluso la estructura de una casa según sus necesidades. Un relato profundamente humano y esperanzador que es, en su esencia, la historia de todas las familias del mundo.

Pedro Páramo

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Así comienza la historia de Juan Preciado, el protagonista hijo de Pedro Páramo, pero que lleva el apellido de su madre, Dolores Preciado, quien le pide en su lecho de muerte que vaya a buscar a su padre y a recuperar lo que le pertenece. Comala nace de la pluma del gran autor mexicano Juan Rulfo.

Cantaba Sabina que «en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Y así fue. Lejos del Edén de juventud que le relataba su madre, Juan descubre un pueblo lleno de muerte, en el que el pasado, el presente y el futuro se solapan, donde encontrará un padre cruel, todo ello enmarcado en la Revolución Mexicana.

La complejidad de ‘Pedro Páramo’ se deriva de que no cuenta con una línea temporal, sino una construcción confusa que permite su lectura de varias formas. Una novela profunda que acerca al lector a la ‘vida’ tras la muerte.

El latido del Jazz en la obra de Cortázar

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"El jazz es para mí una especie de presencia continua, incluso en lo que escribo. Mi trabajo de escritor se da de una manera en donde hay una especie de ritmo, que no tiene nada que ver con las rimas y las aliteraciones, si no una especie de latido, de swing, como dicen los hombres de jazz, que si no está en lo que yo hago, es una prueba de que no sirve y hay que tirarlo"
«El jazz es para mí una especie de presencia continua, incluso en lo que escribo. Mi trabajo de escritor se da de una manera en donde hay una especie de ritmo, que no tiene nada que ver con las rimas y las aliteraciones, si no una especie de latido, de swing, como dicen los hombres de jazz, que si no está en lo que yo hago, es una prueba de que no sirve y hay que tirarlo»

«Tuve que vender íntegra mi discoteca de jazz y le aseguro que fue un dolor grande», escribió Julio Cortázar en una carta. Los casetes de Louis Armstrong, Billie Holiday y Ella Fitzgerald le acompañaron durante toda su vida. Por esta razón, si su prosa tuviera un sonido, seria el del jazz.

Calificado como ‘música de negros’ o ‘de salvajes’, el jazz tuvo unos comienzos duros en los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Su expansión comenzó en la década de 1920, pero no fue hasta 1950 cuando se empezó a escuchar por los círculos de intelectuales de Europa y América.

Configurado como un conjunto de géneros que van desde lo bailable a la escucha lenta, sus características principales son la improvisación y un fuerte carácter racial. Blues, swing, bebop y hard bop son algunas de sus variedades más conocidas.

Cortázar consideraba que escuchar música clásica le había proporcionado ‘swing’. Frases largas, musicales y armónicas que muchas veces se rompían en las traducciones, por eso le gustaba revisarlas.

‘Rayuela’ (1963) contiene citas a 24 músicos, ‘La vuelta al día en ochenta mundos’ (1967) está relacionada con tres. Sin embargo, el mayor ejemplo se puede ver en ‘El perseguidor’ (1959). El personaje principal, Johhny Carter, se basa en la figura del saxofonista norteamericano Charlie Parker.

«Como un árbol que abre sus ramas a derecha, a izquierda, hacia arriba, hacia abajo, permitiendo todos los estilos, ofreciendo todas las posibilidades», definió Cortázar a su música predilecta y que tanto vale para su propia literatura.

El jazz, sin dudas, atrapaba a Cortázar desde su libertad de improvisación, desde su vuelo casi afiebrado, y tal vez desde ese lugar constituía una representación de la forma en que él concebía su propia literatura. Dijo alguna vez:

“Cuando escribo mis cuentos, yo sé cómo comienzan, pero nunca cómo van a terminar”. Entonces, hay un juego simbiótico entre el jazz (a través de su expresión poética) y los textos de Cortázar (a través de sus rasgos de improvisación).

Más allá de las referencias concretas a la música en diferentes momentos de Rayuela, cuando Horacio y La Maga se juntan con su Club de amigos a escuchar y discutir sobre jazz; más allá del gusto por el tango (más por Buenos Aires que por el tango) que lo llevó a escribir algunas canciones junto a su amigo Tata Cedrón, quedan unas definiciones a voz en cuello sobre cómo percibía la música. Aquí van algunas de ellas, no sin cierto análisis esquemático:

“El primer disco de jazz que escuché por la radio quedó casi ahogado por los alaridos de espanto de mi familia, que naturalmente calificaba eso de música de negros, eran incapaces de descubrir la melodía y el ritmo no les importaba».

A partir de ahí empezaron las peleas, porque yo trataba de sintonizar jazz y ellos buscaban tangos. De todos modos empecé a retener nombres y me metí en un universo musical que a mí me parecía extraordinario. Por la simple razón de que, aunque me gustaba y me sigue gustando el tango, me bastó escuchar algunas grandes interpretaciones de jazz para medir la inmensa diferencia cualitativa que hay entre esas dos músicas. […]»

«El tango es muy pobre con relación al jazz, el tango es pobrísimo, paupérrimo, permite únicamente una ejecución basada en la partitura y sólo algunos instrumentistas muy buenos –en este caso los bandoneonistas– se permiten variaciones o improvisaciones mientras todos los demás de la orquesta están sujetos a una escritura. […]

”El jazz, en cambio, está basado en el principio opuesto, en el principio de la improvisación.

”Una de las experiencias más bellas en el jazz es escuchar eso que llaman los takes, es decir, los distintos ensayos de una pieza antes de ser grabada, y observar cómo siendo siempre la misma es también otra cosa. […]

”Todo lo cual a mí me parecía tener una analogía muy tentadora de establecer con el surrealismo. […] el jazz me daba a mí el equivalente surrealista en la música, esa música que no necesitaba una partitura.”

”Nadie ha podido explicar qué cosa es el swing. La explicación más aproximada es que si vos tenés un tiempo de cuatro por cuatro, el músico de jazz adelanta o atrasa instintivamente esos tiempos, que según el metrónomo deberían ser iguales. […] El buen auditor de jazz escucha ese jazz e inmediatamente está en un estado de tensión. El músico lo atrapa por el lado del swing, del ritmo, de ese ritmo especial. Y, mutatis mutandis, eso es lo que yo siempre he tratado de hacer en mis cuentos.”