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El anhelo de una lengua universal

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El Klingon es una lengua desarrollada por Marc Okrand para los estudios Paramount Pictures.Este idioma pertenece a los Klingons, una raza que durante los comienzos de la serie original de Star Trek no iba a tener mayor protagonismo, sin embargo, la sencillez y los bajos costos en maquillaje les garantizaron su permanencia. James Doohan creó los sonidos básicos y algunas palabras para la primera película basada en la serie original Star Trek: The Motion Picture (1979). Hasta ese momento los klingon solo se habían expresado en inglés. Luego, Okrand creó un amplio léxico y una gramática completa para Star Trek III: En busca de Spock (The Search for Spock) y las siguientes producciones de la franquicia.
El Klingon es una lengua desarrollada por Marc Okrand para los estudios Paramount Pictures.Este idioma pertenece a los Klingons, una raza que durante los comienzos de la serie original de Star Trek no iba a tener mayor protagonismo, sin embargo, la sencillez y los bajos costos en maquillaje les garantizaron su permanencia. James Doohan creó los sonidos básicos y algunas palabras para la primera película basada en la serie original Star Trek: The Motion Picture (1979). Hasta ese momento los klingon solo se habían expresado en inglés. Luego, Okrand creó un amplio léxico y una gramática completa para Star Trek III: En busca de Spock (The Search for Spock) y las siguientes producciones de la franquicia.

Del quenya al klingon pasando por el simlish o el alto valyrio, los idiomas extravagantes forman parte del imaginario de la literatura fantástica y en ocasiones tienen tanto cuerpo gramatical como el volapük o el esperanto, lenguas artificiales creadas para la comunicación en el mundo real.

El hervidero político europeo durante el siglo XIX, alimentado por el Romanticismo, desembocó en nacionalismos extremos que habrían de conducir durante el siglo siguiente a los dos peores conflictos bélicos registrados históricamente en el Viejo Continente.

Como reacción a estos movimientos exageradamente patrióticos, un puñado de idealistas lanzó la idea de crear un lenguaje universal como vehículo de fraternidad para evitar los enfrentamientos internacionales y así surgieron varias iniciativas en el mundo real que tuvieron su reflejo posterior en el género fantástico, donde además sirvieron para dotar de estructura y credibilidad a algunas de sus obras más famosas.

El párroco católico alemán Johann Martin Schleyer fue el primero en diseñar una lengua artificial destinada a facilitar la comprensión entre las distintas culturas en una Europa que había comenzado el siglo XIX con las guerras napoleónicas y se acercaba a su final tras la guerra francoprusiana y los conflictos exteriores como el de los bóers en Suráfrica o el de los bóxers en China.

Schleyer creó el volapük en 1879 basándose en el lema “Menefe bal, püki bal” (“Una única lengua para una única humanidad”) y obtuvo un gran éxito de inmediato: 100.000 personas de 280 asociaciones llegaron a utilizarla y publicar más de 300 libros de texto.

Pero su complejidad gramatical y, sobre todo, los enfrentamientos entre su fundador y uno de sus discípulos, el holandés Auguste Kerckhoffs, terminaron con su popularidad.

Muchos partidarios del idioma universal se pasaron entonces al esperanto, un experimento similar impulsado por el oftalmólogo judeopolaco Ludwik Lejzer Zamenhof, quien también conocía el volapük.

De hecho, hablaba alemán, polaco, ruso, yiddish, latín, griego, hebreo clásico, francés e inglés, además de poseer conocimientos básicos de español, italiano y otras lenguas.

Zamenhof soñaba con el perfecto idioma auxiliar para la comunicación internacional y en 1887 publicó el “Unua Libro” (“Primer Libro”) que describe el esperanto tal cual hoy lo conocemos aunque, pese a sus esfuerzos, ninguna nación lo adoptó jamás como lengua oficial y se estima que hoy día lo manejan menos de 10.000 personas.

Entre los escritores del género fantástico que han desarrollado lenguajes artificiales para sus obras, el gran maestro es J.R.R.Tolkien, el autor de “El Señor de los Anillos” y “El Hobbit”.

Lingüista destacado, desarrolló durante toda su vida algunos de sus idiomas más famosos, como el quenya o lenguaje de los altos elfos de Valinor.

También creó el sindarin o élfico gris, el adunaico de Númenor y otros, hasta un total de quince lenguajes diferentes.

Dentro de la Ciencia Ficción propiamente dicha, uno de los idiomas artificiales más populares es el klingon, desarrollado por otro lingüista, el norteamericano Marc Okrand, quien recibió el encargo de dotar con su propio idioma a la belicosa y homónima raza extraterrestre que aparece en “Star Trek”.

A este idioma se han traducido algunas obras de Shakespeare como “Hamlet” y “Mucho ruido y pocas nueces” porque, como dice el Canciller Gorkon, uno de los personajes klingon: “usted no ha experimentado realmente a Shakespeare hasta que no lo ha leído en el klingon original”.

Okrand también inventó el vulcaniano, idioma de los nativos de Vulcano como el doctor Spock, aunque la frigidez emocional y la rigidez social de esta raza lo han convertido en una lengua poco utilizada.

Menos elaborado es el Simlish o lengua ficticia de los videojuegos de Maxis para sus aventuras con los Sims.

Pese a su sencillez, es un lenguaje difícil ya que está compuesto por balbuceos y sonidos como el de los bebés, con expresiones como “Sool-Sool” (“Hola”) o “Veena Fredishay” (“Vamos a jugar”).

El idioma de moda en el fandom en la actualidad es el alto valyrio, una lengua muerta pero recordada a través de multitud de canciones y libros que aparecen en la saga de “Hielo y Fuego” de G.R.R. Martin, popularizada mundialmente gracias a la serie televisiva de “Juego de Tronos”.

Su frase más popular es “Valar Morghulis” (“Todos los hombres deben morir”), como bien saben los numerosos personajes decapitados, apuñalados, quemados, envenenados y, en general, asesinados por Martin en sus libros.

De todas formas, hay que recordar que la Ciencia Ficción resolvió hace mucho tiempo el problema del lenguaje universal gracias a la telepatía. Pero ésa es otra historia…

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El castellano alegra; las canciones en inglés, deprimen

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Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas
Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas

El lenguaje es la mayor tecnología social desarrollada por la humanidad, capaz de reflejar en la mente el contenido de las historias que los propios hombres y mujeres elaboran y cuentan. El efecto de los idiomas en la configuración de los pensamientos ha sido durante mucho tiempo un tema controvertido. En 1969, Boucher y Osgood formularon la hipótesis de Pollyanna, que propone la existencia de un sesgo hacia la positividad en la comunicación humana.

Ahora, un equipo de investigadores de Estados Unidos y Australia ha podido confirmar esta hipótesis. En su trabajo han evaluado 100.000 palabras repartidas en 24 corpus de 10 idiomas diferentes en origen y cultura: español de México, francés, alemán, portugués de Brasil, coreano, chino, ruso, indonesio y árabe.

Las fuentes de estos corpus de palabras han sido varias: libros de Google Books, medios de comunicación como The New York Times, la red social Twitter, páginas web, subtítulos de televisión y de cine y letras de canciones musicales. Y en todos ellos se ha comprobado que las palabras alegres priman sobre las tristes.

Los investigadores, encabezados por Peter Sheridan Dodds de la Universidad de Vermont (Estados Unidos), apuntan que los resultados obtenidos prueban “una profunda huella de sociabilidad humana en el lenguaje”, lo que se refleja en que “las palabras del lenguaje humano natural poseen un sesgo hacia la positividad universal, en que el contenido emocional estimado de las palabras es consistente entre las lenguas bajo traducción, y en que este sesgo de positividad es independiente de la frecuencia de uso de las palabras”.

A partir de técnicas de minería de datos, el equipo de científicos localizó las 10.000 palabras más utilizadas en cada uno de los diez idiomas y seleccionó a nativos para que puntuaran en una escala de 1 a 9 puntos cada una de las palabras en función del optimismo que reflejaran, dando menos puntuación a las palabras negativas –como desgracia, muerte o cáncer– y más a las positivas –como cumpleaños, vida o sorpresa–.

En todos los corpus de palabras analizados se encontró un sesgo hacia lo positivo, aunque las mayores tasas se identificaron en las páginas web en español, los Google Books en español y Twitter en español, seguidas de las páginas web en portugués y Twitter en portugués. Las tasas más bajas se registraron, por el contrario, en las letras de las canciones en inglés, los subtítulos de las películas en coreano y los Google Books en chino.

A través de este método, los investigadores han desarrollado un hedonímetro, un sistema capaz de estimar la felicidad contenida en un texto escrito. El próximo objetivo será aplicar este método en otros lenguajes y en diferentes grupos demográficos.

Inglés de comida rápida

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Las obras publicadas por editoriales tanto británicas como norteamericanas han sufrido este proceso de americanización, el cual se acentúa sobre todo después de la publicación del primer diccionario americano en 1828 y durante la guerra fría, momento en el que los Estados Unidos afianzaron su posición como primera potencia mundial
Las obras publicadas por editoriales tanto británicas como norteamericanas han sufrido este proceso de americanización, el cual se acentúa sobre todo después de la publicación del primer diccionario americano en 1828 y durante la guerra fría, momento en el que los Estados Unidos afianzaron su posición como primera potencia mundial

Más de 30 millones de tuits y la base de datos de Google Books han servido a investigadores de la Universidad de las Islas Baleares para estudiar la distribución, tanto espacial como temporal, de las variantes británicas y americanas del inglés. Los resultados revelan que 23 de los 30 países anglófonos analizados utilizan más el inglés americano que el británico.

Del imperio británico se decía a finales del siglo XIX lo que ya se comentó antes del español: que en él nunca se ponía el sol. Desde Australia a Canadá, pasando por la India, Egipto, Sudáfrica o el Caribe, el territorio británico se extendió por los cinco continentes. Herencia de este extenso imperio es el puesto indiscutible del inglés como lengua internacional en política, ciencia, comercio e incluso cultura.

Sin embargo, el ascenso de los Estados Unidos como potencia mundial durante el siglo XX ha conducido a un cambio en el uso del inglés oral y escrito a lo ancho del mundo, dando lugar a un proceso de americanización del inglés.

Ahora un equipo de investigadores, entre los que se encuentran científicos del Instituto de Física Interdisciplinaria y Sistemas Complejos (IFISC, UIB-CSIC) y una investigadora del departamento de Filología Española, Moderna y Clásica de la Universitat de las Illes Balears, han analizado cómo se distribuyen espacial y temporalmente las variantes británicas y americanas del inglés.

Como base para su estudio tomaron un corpus de más de 30 millones de tuits geolocalizados, una herramienta útil para examinar la distribución espacial, así como la base de datos de Google Books para observar la evolución temporal. La variación lingüística se investigó a nivel léxico y ortográfico, empleando una selección de alternativas británicas y americanas.

“La ventaja de nuestro enfoque es que podemos abordar el lenguaje escrito estándar (con Google Books) y las formas más coloquiales de mensajes de microblogging (con Twitter)”, destacan los autores en su estudio, que publican en la revista Computation and Language.

De esta forma, se elaboró una lista de países ordenados por el nivel de americanización de su inglés. En los extremos del listado se encuentran, lógicamente, los Estados Unidos (como país con un mayor uso del inglés americano) y Reino Unido e Irlanda (como el país con más tuits en inglés británico).

Según los resultado del trabajo, el proceso de ‘americanización’ florece al observar que veintitrés de los treinta países de la lista utilizan más el inglés americano que el británico.

El vocabulario americano gana terreno

Incluso en los países con un mayor número de tuits que emplean la norma ortográfica británica, el vocabulario utilizado proviene de la variante norteamericana. Únicamente en el Reino Unido e Irlanda el uso del inglés británico domina tanto la ortografía como el vocabulario.

En el caso de la evolución temporal, se puede observar cómo las obras publicadas por editoriales tanto británicas como norteamericanas han sufrido este proceso de americanización, el cual se acentúa sobre todo después de la publicación del primer diccionario americano en 1828 y durante la guerra fría, momento en el que los Estados Unidos afianzaron su posición como primera potencia mundial.

El estudio constituye un ejemplo de cómo el empleo de datos masivos (big data) permite analizar y caracterizar el modo en que las lenguas evolucionan en el espacio y el tiempo, tanto en un registro formal como coloquial, según los autores. Del mismo modo, el artículo pone de manifiesto cómo ciertos eventos históricos suponen puntos de inflexión en la evolución del uso de las lenguas.

El míster, el night club y el bungalow

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La invasión de anglicismos y la economía en el vocabulario llevan a usos únicos de la lengua
La invasión de anglicismos y la economía en el vocabulario llevan a usos únicos de la lengua

La “comodidad” léxica a la hora de usar anglicismos cuando hablamos o escribimos en castellano ha provocado que muchos de ellos hayan sufrido modificaciones en su forma o en su significado que, de utilizarse en zonas anglófonas, carecerían de comprensión o conducirían a una confusión, como “crack” o “night club”.

Términos futbolísticos como “córner”, que hace referencia al saque de esquina, o “crack”, en alusión a un buen jugador, son el resultado de esa “economía” y “comodidad”, en un proceso denominado elipsis por el que se omite parte de una frase o palabra compuesta.

Lo correcto en inglés es decir que Messi o Ronaldo son “crack players”, pues entre los distintos significados que ofrece la palabra inglesa “crack” figuran los relacionados con droga o ruptura.

Es la opinión del catedrático de Filología Inglesa en la Universidad de Alicante (UA) Félix Rodríguez, coautor del libro “Nuevo diccionario de anglicismos” y quien recientemente ha terminado un trabajo de investigación titulado “Pseudo en el español actual, Revisión crítica y tratamiento lexicográfico”.

Esta elipsis también se observa en términos como cóctel -del inglés cocktail-, anglicismo empleado para referirnos a una mezcla de bebidas o a una fiesta donde habrá algún tipo de comida, explica Rodríguez.

Esta última acepción precisa de la palabra “party” si viviéramos en el Reino Unido, pues de lo contrario se entendería que vamos a meternos dentro de una bebida, una “confusión” que también podría darse si quisiéramos anunciar que “nos vamos a hacer cross”, es decir campo a través, ya que para este uso es necesario decir “cross country”. “Cross”, en modo simple, hace referencia a una cruz.

Es por ello que este tipo de abreviaturas, surgidas de “mínimos esfuerzos” ante la complejidad del uso de los anglicismos, puede carecer de sentido o generar confusión en el país de origen.

“Top” por “top model”, “paddle” por “paddle tennis” o “las tenis” por “tennis shoes” son otros de los muchos ejemplos aportados por el catedrático alicantino.

El otro proceso de transformación de los anglicismos hace referencia al uso y sentido de los mismos, pues en ocasiones han sido modificados de tal forma que cuando son utilizados en países anglófonos por castellano parlantes o viceversa pueden generar confusión.

Si un inocente británico entrara en “night club” español se llevaría una buena o mala sorpresa, según como lo mire, pues este término no tiene connotación sexual o erótica en el léxico inglés.

Si este mismo ciudadano británico expusiera en una inmobiliaria española su intención de comprar un bungaló (bungalow), el agente se equivocaría al enseñarle un adosado o un inmueble único de dos o más alturas sin ningún tipo de jardín o uno de reducidas dimensiones.  Lo que busca es lo que se conoce en España por chalé, precisa Rodríguez. “Con el uso, las palabras se desgastan”, explica.

Otro ejemplo, la palabra “míster”. A pesar de ser un claro anglicismo -empleado como tratamiento de cortesía equivalente a “señor”-, sólo es utilizado para hacer referencia a un “entrenador” en España y en Italia, pero no en Gran Bretaña.

El término SMS, formado por la siglas del término “short message service”, comenzó a emplearse fuera del ámbito anglófono “por economía o comodidad”. “Ahora comienza a ser utilizado también en estos países, que hasta ahora usaban las palabras “text message”, expone Rodríguez en un ejemplo de “exportación e importación” léxica.

Mil maneras de llamar a alguien tonto

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Con más de 70.000 entradas y más de 120.000 acepciones, el "Diccionario de americanismos" es "una obra ingente" que contiene la descripción "más completa del léxico americano" que se haya hecho hasta ahora
Con más de 70.000 entradas y más de 120.000 acepciones, el “Diccionario de americanismos” es una obra ingente que contiene la descripción “más completa del léxico americano” que se haya hecho hasta ahora

Si uno se ataranta, se agarra patín, se enfarola o se maicea, en buena parte de América entenderán que esa persona se ha emborrachado, y si a alguien le dicen abismado, cabeceburro, comegofio, lentejo o paparulo tendrá que saber que le están llamando tonto en muchos países hispanoamericanos.

Estos ejemplos ponen de relieve la facilidad de los hablantes para crear sinónimos, como refleja el “Diccionario de americanismos”, esa gran obra preparada por las Academias de la Lengua Española.

Con más de 70.000 entradas y más de 120.000 acepciones, el “Diccionario de americanismos” es “una obra ingente” que contiene la descripción “más completa del léxico americano” que se haya hecho hasta ahora.

“Nunca se ha hecho un Diccionario como este. Es un primer acercamiento serio a la totalidad del español de América”, afirma Humberto López Morales, director de este gran proyecto y secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Editada por Santillana, esta obra lleva un “Índice sinonímico” que, según López Morales, “es único en cualquier diccionario del mundo”.

Palabras como “tonto” y “borracho” tienen más de 300 sinónimos, y otras relacionadas con la sexualidad o lo escatológico tampoco andan muy lejos. También se dicen de múltiples formas en cada país sustantivos como “niño” o verbos como “morir” o “matar” a alguien.

Pero quizá la que se lleva la palma es la palabra “tonto” y su variante “bobo”, que aparecen juntas en ese amplio índice sinonímico y en el que no se precisa el país donde se usa cada término porque ese dato va en el cuerpo general del Diccionario.

Así, decirle a alguien “abismado”, “abombado”, “agilado”, “asnúpido”, “bachilín”, “cabeceburro”, “cabeceduro”, “cachirulo”, “caído de la hamaca”, “cocoliso”, “guacarnaco”, “guachinango”, “lentejo” o “majiriulo” equivale a decirle que no anda muy sobrado de inteligencia, por más que muchos de esos sinónimos se usen a veces de forma cariñosa.

También son tontos o lo parecen aquellos a los que llamen “mente de pollo”, “pajuilado”, “paparulo”, “pendejo”, “saco de peras”, “samuro”, “zanguango”, “soroco”, “talegón”, “tolongo”, “turuleco” o “zonzoneco”. Y ¡ojo! si a uno le dicen “pensador” porque puede no ser un elogio .

En algunos países hispanoamericanos, si alguien anda “arrastrando el mecate”, “arriando chanchos” o “cortando caña” es que se ha excedido con el alcohol, como también están borrachos, en unos casos más y en otros menos, los “aguarapados”, “cachucos”, “doblados”, “duraznos”, “empedados”, y los que están “hasta el moco”, “hasta el queque” o “hasta las tetas de Ofelia”. Y los que están “más jalaos que un timbre de guagua”.

Entre los sinónimos de borrachera figuran “alegrura”, “chupadera”, “cirindanga”, “llorona”, “mamadera”, “pachanga”, “rasca” y “zurrumba”, y si uno no quiere repetir en América el verbo emborracharse puede acudir a expresiones como “agarrar patín”, “amarrarse una perra”, “andar candela”, “patear el alambre”, o “pegarse la del oso”.

Las palabras relacionadas con la sexualidad generan una gran riqueza sinonímica en América. El “cortico” es un hombre de pene pequeño en Cuba, mientras que “aventajado” expresa lo contrario en Perú y “cargado” se usa en Colombia para referirse a quien está bien dotado en este terreno, como también lo estarían el “chiludo” y el “macanudo” en El Salvador, o el “miembrudo” en Puerto Rico.

La imaginación de los hispanohablantes queda también patente a la hora de referirse al hombre homosexual. “Achorongado”, “cantimplora”, “tamarindo”, o “ser del otro bando” serían algunos de esos sinónimos, al igual que para decir lesbiana valdrían “arepa”, “cachapa” o “manflora”, si bien es cierto que la lista es mucho menos amplia que en el caso de los hombres.

En algunas zonas de América decir “abalear”, “convertir en chanfaina”, “dar el vire”, “mandar al papayo”, “mandar para el otro lado” o “pasar por la chágara” es lo mismo que matar a alguien. Y sinónimos de morir son “aletear”, “dar el changazo”, “entregar las herramientas”, “hacerse pomada”, “irse al tacho”, “irse con Pancho”, “marcar calavera” o “pegar el baquinazo”.

Y a los niños se les puede llamar también “bichín”, “calincho”, “chamaco”, “chupamoco”, “culisucio”, “chiquiningo”, “huahuita”, “indizuelo”, “pipito”, “soplamocos” o “tripón”. Unos serán más amables que otros, pero todos son sinónimos de niño.

El lenguaje médico se extiende como un virus

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Existe una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico
Existe una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico

Los filólogos estiman que hay más de medio millón de términos médicos, un lenguaje que crece al mismo tiempo que avanza la ciencia. Vocablos latinos y griegos conviven con anglicismos y neologismos, una complejidad léxica que provoca incorrecciones y dudas frecuentes en los especialistas y en la sociedad.

Todos utilizamos palabras del lenguaje médico en nuestro día a día: fiebre, dolor, tensión arterial…Incluso recurrimos con soltura a palabras que se han tomado prestadas del inglés como shock, bypass o brackets, anglicismos que han llegado a desplazar con total naturalidad a su equivalente en castellano.

“El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados”, explica Cristina González, lexicógrafa de la Unidad de Terminología Médica de la Real Academia Nacional de Medicina, institución que vela por su buen uso.

Desde la Antigüedad, siempre ha hecho falta un término que denominara cualquier parte de nuestra compleja anatomía y de sus no menos complicadas dolencias.

Pero la imparable y veloz evolución de la ciencia médica ha supuesto la inclusión de multitud de términos técnicos, muchos ellos con raíz en las lenguas clásicas, y otros de nueva creación, neologismos.

La imagen del médico al que apenas entendíamoscuando hablaba y mucho menos cuando escribía, queda ya lejos. Muchos de los términos médicos forman parte de nuestro lenguaje cotidiano y, si no entendemos, tenemos diferentes vías para recabar información en la era de las nuevas tecnologías.

“Hay más transparencia, antes buscábamos en la enciclopedia, ahora con un golpe de tecla puedes tener cualquier información. Incide en que la gente se cuide más al tener un mayor conocimiento de los riesgos. Hay ventajas, pero también inconvenientes”, considera Carmen Remacha, también lexicógrafa de la Real Academia de Medicina.

Una opinión compartida por Celia Villar, filóloga y lexicógrafa de la Fundación Español Urgente (Fundéu BBVA), institución que tiene la mirada puesta en impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación a través de recomendaciones diarias y una activa presencia en redes sociales y foros, entre otras iniciativas.

Fundéu ha pasado de responder a consultas sobre dudas o confusiones clásicas de términos médicos (como, por ejemplo, la diferencia entre epidemia y pandemia), a tratar de dudas sobre el género de un término (la médica) o a informar de manera exhaustiva sobre el correcto tratamiento de esta terminología.

“Quizá esta evolución se deba a que el público cada vez entiende más, detecta cuándo se le cuenta una noticia con terminología rigurosa y clara, y quiere enterarse de lo que está pasando”, indica Celia Villar.

El médico, un traductor

Para comprender, utilizamos al propio médico que se convierte en traductor: le dice al paciente que tiene juanetes, pero en la ficha clínica escribe hallus valgus, el nombre científico de origen latino, pero con sus colegas comentará en inglés algunos aspectos técnicos ya que este idioma se encumbra como la lengua de los ámbitos científicos.

Pero, a veces, estos escalones se simplifican y los anglicismos acaban imponiéndose. “Podemos pensar que cuanto más términos ingleses utilicemos más cultos somos, pero no es así. No enriquecen mientras dejen obsoleto el vocablo en castellano que se utilizaba”, indica Carmen Remacha.

“La contaminación lingüística -según esta lexicógrafa de la Academia de Medicina- es algo intrínseco a la lengua, si no hablaríamos todos latín y no habría evolucionado el castellano. No podemos ser inmovilistas, pero tampoco introducir por esnobismo términos que empobrecen nuestro léxico”.

“Que no haya anglicismos depredadores, sino que se utilicen cuando no haya otro término”, incide su compañera Cristina González.

Las dudas y errores más frecuentes

Pero no solo son los anglicismos, el uso del lenguaje médico genera dudas y errores frecuentes en los especialistas, en los periodistas y en los ciudadanos.

Fundéu y la Real Academia Nacional de Medicina colaboran para difundir recomendaciones linguísticas relativas a términos médicos. El análisis de ambas instituciones coincide:

⇒ Uno de los errores más frecuentes: usar severo como sinónimo de “grave”, cuando en castellano no tiene esa acepción, sino que significa “estricto”. Un anglicismo procedente de severe, adjetivo que sí significa “grave“ en ese idioma.

⇒ Faltas de ortografía como no utilizar la doble erre en términos como colorrectal.

⇒ Utilizar estadío, palabra no registrada en el diccionario de la Real Academia Española, en lugar de estadio cuando nos referimos a ‘etapa o fase de un proceso’.

⇒ Escribir las enfermedades en mayúsculas. Por ejemplo, el término alzhéimer se escribe con minúscula inicial y con tilde, excepto si se utilizan las expresiones enfermedad de Alzheimer o mal de Alzheimer, en las que se respeta la grafía del apellido del neurólogo que lo investigó y se escribe, por tanto, con mayúscula inicial y sin tilde. Lo mismo ocurre con ébola o virus del Ébola (que toma el nombre de un río africano).

⇒ Dudas sobre cuál es el término correcto en casos como alérgico (‘el que padece alergia’), alergénico (‘el que la produce’) o alérgeno (‘sustantivo que se refiere a la sustancia que la provoca’). También entubar o intubar (ambas formas correctas).

⇒ Dudas sobre acentuación en casos como mamoplastia o mamoplastía, rinoplastía o rinoplastia, blefaroplastia o blefaroplastía.

⇒ Error al utilizar cirugía (‘disciplina médica’) como sinónimo de “operación“ o “intervención quirúrgica“. No debe decirse, por ejemplo, “Se le practicaron dos cirugías”.

⇒ Uso de mayúsculas/minúsculas en nombres de especialidades médicas o pruebas médicas.

⇒ Abuso de siglas que muchas veces no sabemos exactamente qué significan: TAC, EPOC, PET…

El lenguaje médico en los medios

Muchas de estas incorrecciones las leemos y escuchamos cada día en los medios de comunicación. Errores que en la mayoría de los casos proceden de la fuente médica y que se pueden instalar en la sociedad si no lo remediamos.

“En Fundéu hemos observado una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico, para luego plasmarlo con fidelidad y claridad en las noticias”, apunta la lexicógrafa de esta institución.

El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados
El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados

Cristina González, como experta de la Academia de Medicina, considera que los medios de comunicación, incluidas las publicaciones científicas, deberían tener aún “mayor cuidado” al tratarse de un ámbito de especial sensibilidad para el ciudadano.

Crear un manual de estilo para todos aquellos que utilizan el lenguaje médico es un reto de podría plantearse la Academia de Medicina, así como crear un departamento de consultas y términovigilancia, si los recortes económicos que sufre la Administración lo permiten.

En lo que sí ya han empezado a trabajar es en el Diccionario panhispánico de términos médicos que, con unos 80.000 vocablos, pretende recoger las variantes linguísticas de cada país hispanohablante, una obra colectiva de las academias de medicina latinoamericanas.

Se trata de establecer las variantes para facilitar la comunicación entre los países hispanoamericanos y Estados Unidos, país este último con una creciente población hispana y segundo que más consulta la versión digital del Diccionario de términos médicos de la Academia española de Medicina.

Este diccionario, que incluye más de 66.000 acepciones con definiciones, información etimológica, equivalente en inglés, sinónimos y observaciones, está dirigido a los especialistas biosanitarios.

“Hasta que este diccionario se editó, los médicos no tenían un referente. En el lenguaje general tenemos el diccionario de la RAE, pero no en el técnico. Los académicos de medicina han tenido la voluntad de buscar el mejor equivalente y divulgarlo”, señala la lexicógrafa.

Y los términos más consultados recientemente este diccionario han sido “ébola”, coincidiendo con los casos de españoles infectados con este virus africano, y “patología”, una búsqueda que llama la atención en usuarios “especializados”. La explicación la ofrece el propio diccionario: no indica solo su significado, sino cómo se utiliza.

Pitágoras y Cervantes comparten genes

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Aproximadamente la mitad de los genes que influyen en la habilidad lectora del niño inciden también en su capacidad para las matemáticas
Aproximadamente la mitad de los genes que influyen en la habilidad lectora del niño inciden también en su capacidad para las matemáticas

La habilidad para las matemáticas y la lengua la determinan en buena medida los mismos genes, sin olvidar la importancia que también tiene el entorno para el desarrollo del individuo.

Científicos ingleses han utilizado datos del llamado Estudio del desarrollo temprano de gemelos (Teds, en inglés) para ver la influencia de los genes en las habilidades para leer y hacer cálculos de niños de 12 años de 2.800 familias británicas.

El equipo hizo un seguimiento a gemelos, con genes compartidos, y a otros niños, a quienes hicieron pruebas de comprensión oral y de fluidez verbal así como de matemáticas, según las exigencias del sistema escolar británico.

La combinación de los resultados de los exámenes y de los datos de ADN indicaron que hay un “solapamiento significativo” de los genes que determinan la habilidad para la lengua y los números.

Aproximadamente la mitad de los genes que influyen en la habilidad lectora del niño inciden también en su capacidad para las matemáticas, según este estudio, que también confirmó sin embargo que el entorno familiar y la educación escolar son clave para el desarrollo del pequeño.

Los niños difieren genéticamente en cómo les resulta de fácil o difícil aprender y por ello hay que reconocer y respetar estas diferencias individuales.

Haber hallado que hay una fuerte influencia genética no significa que no se pueda hacer nada cuando a un niño le cuesta aprender: que sea hereditario no implica que esté grabado en piedra, solamente significa que llevará más esfuerzo de los padres y en las escuelas para apoyar a ese alumno.

El estudio no identifica genes específicos que determinan esas habilidades, sino que más bien identifica conjuntos de genes o de diferencias genéticas que individualmente contribuyen en pequeña medida a moldear a la persona.

La investigación demuestra que grupos similares de sutiles diferencias de ADN son importantes para la lectura y las matemáticas.

Sin embargo, también queda claro cómo es de importante nuestra experiencia vital en hacer que seamos mejores en una cosa o en otra.

Es la compleja interrelación entre naturaleza y entorno a medida que crecemos lo que nos hace quienes somos.