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Repostería para mal hablados

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Con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque hay insultos muy elegantes
Con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque hay insultos muy elegantes

Insultar con ingenio e inteligencia requiere clase, elegancia y una preparación que no todo el mundo tiene, según defienden los riojanos Ángel María Fernández y José Antonio Ruiz en su libro “Insultario”, concebido como un manual de autodefensa ante las ofensas cotidianas.

De profesión profesor y albañil, respectivamente, estos quintos del 73 de Arnedo (La Rioja) apelan al sentido del humor como excusa para lanzarse improperios, siempre desde el cariño, según cuentan.

Amigos desde la infancia, un día comenzaron a enviarse sesudos improperios por SMS, y poco a poco, uno picaba al otro, para comprobar quién soltaba “la parida mas surrealista y absurda”, ha explicado Fernández.

Cinco años después, reconocen estar “enganchados a insultarse”, ahora a través de WhatsApp, pero según ha bromeado Ruiz, las ofensas de su amigo son aún “peor”, porque “tiene carrera”.

“Sin insulto no hay halago”, ha añadido, pero “hay que odiar rápidamente para que se pase el enfado”, como una especie de terapia liberalizadora.

Hay que tener “desparpajo”, pero también hay que ser “cariñoso”, por muy “bruta” que sea la expresión que se lance, precisa el profesor, quien sostiene que los dos son igual de “mamarrachos”.

En el “Insultario” también hay insultos que hay que leer dos veces para llegar al fondo de la ofensa, porque estos amigos rehuyen el improperio “grueso” que se lanza sin sentido a cualquiera, ha añadido Fernández.

“El insultador pretende herir al insultado, por lo que en ocasiones suele caer en lo más burdo y simplón, que es lo fácil, hay que ofender con ingenio”, defiende.

Su amigo lamenta que con las redes sociales “se ha perdido el arte de insultar a la cara, ahora es todo virtual”.

“Te daría hostias de dos en dos hasta que fueran impares” y “No digo que sea precisamente hoy, pero en cuanto puedas vete a la mierda” son dos de las frases que aparecen en el manual, ilustrado por Carmelo Baya y editado por Pepitas de Calabaza.

También hay “maldiciones paganas” como: “Un tacto rectal y una colonoscopia cada dos horas es lo que te deseo”, “Ojalá la película sea coreana sin subtítulos”, “Lo que te iría bien es cogerte la chorra con la cremallera” y “Ojalá se te termine el plastidecor de color carne y tengas que colorear con el naranja muy flojito”.

En el libro ironizan sobre modas y “postureo”, de modo que lanzan pullas a veganos, runners, hipsters, metrosexuales y tertulianos.

Los autores no descartan publicar un segundo volumen, aunque, para compensar, entienden que estaría bien recopilar halagos en un “Piropario”.

Insultos de manual

“Incrúspido”, “cayuco”, “ufanero”, “rompegalas”; los insultos también pueden -y deben- usarse “con propiedad”, como demuestra un nuevo compendio que recoge los vocablos necesarios para salir del paso en cualquier ocasión y rompe con la idea de lo que son “las buenas y las malas palabras”.

“Todo el día insultamos”, y “a todos”, incluso a nosotros mismos-, por lo que el “Diccionario de insultos” ayuda a dejar fluir esa “catarsis” que, tras un momento de rabia, nos mantiene “firmes”, señala Pilar Montes de Oca, directora de la editorial Algarabía.

El abanico de insultos, recogidos del léxico de todos los países de habla hispana, es casi inagotable. Y es que, ¿por qué limitarse a emplear el término “tacaño” teniendo “durañón”, “codo” y “cenaoscuras”? ¿Por qué conformarse con el habitual “torpe” cuando existen “pañuso” o “chambón?

El compendio, de más de 2.000 entradas, es un diccionario de uso, que aporta ejemplos destinados a evitar la excesiva reiteración de palabras como el popular “pendejo” en México, que, desde el punto de vista de Montes de Oca, está “demasiado usado y es altisonante”.

“Si estás en una escuela y dices ‘oiga, profesor, usted es un pendejo’, te van a correr (echar) de la escuela (…), si le dices ‘oiga, ¿no cree usted que su pregunta es muy zafia, profesor?’, lo estás insultando igual, pero de otra manera”, ejemplifica la lingüista.

Las palabras provienen de una investigación en diccionarios como el de la Real Academia de la Lengua, el María Moliner, el etimológico de Joan Corominas o el de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua.

Tras meses de trabajo, Montes de Oca se plantea: ¿Hay buenas o malas palabras? ¿Las buenas palabras dónde están, o por qué hay una palabra que está bien u otra que está mal?

Mientras que algunos insultos “pueden ayudar” a expresarse, “esas palabras que tienen que ver con el sexo, con la enfermedad y la integridad física (como ‘promiscuo’, ‘tullido’ o ‘gordo’), generalmente son las que se convierten en malas palabras”, señala.

Fuera de la recopilación han quedado términos “normales, los que utiliza todo el mundo”, a pesar de que se han infiltrado algunos de ellos, como “boludo”, pero haciendo referencia a la acepción original, que en ocasiones data de siglos atrás.

Es el caso de “boludo”, que en el diccionario aparece con la descripción de “torpe, lento”: “De ahí que los argentinos lo utilicen para decir que alguien es muy tonto, pero era torpe en el original”, explica la lingüista.

De acuerdo con los estudios, “las malas palabras se van desgastando y se van utilizando más; mientras más se utilizan, se va desgastando esa carga que tenían”.

Esto sucedió con la palabra “buey” en México, que inicialmente se empleaba para decir a alguien que era tonto y más tarde se convirtió en una muletilla, como en Argentina ocurre con “che”, relata Montes de Oca.

“No es que utilicemos más o menos (insultos), simplemente los jóvenes están más abiertos a utilizar las palabras que antes, que había una costumbre de que no podías usar malas palabras delante de tu papá”, añade.

En definitiva, argumenta, con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque “hay insultos muy elegantes “.

Y empleándolos, también “te estás llenando de cultura y de lenguaje antiguo”.

“Es un libro para insultar con propiedad, y un diccionario que les va a servir a todos”, concluye la lingüista, quien aspira a que el volumen se quede en el escritorio de los lectores y que, cuando envíen un mensaje de WhatsApp, este finalice con un inesperado “¡indino!”.

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Lucha en la cárcel de las palabras

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Bajo la batuta de un logopeda y un psicólogo se puede adquirir una mejor técnica de lenguaje
Bajo la batuta de un logopeda y un psicólogo se puede adquirir una mejor técnica de lenguaje

También conocida como tartamudez, la disfemia es una enfermedad que se manifiesta principalmente en la infancia, sin embargo, los adultos también pueden sufrirla por distintas causas. Esto hace que comunicarse sea una tarea estresante pero gracias a los expertos, se pueden aprender técnicas de lenguaje y a veces, recuperar el ritmo normal del habla.

Hablar en público es la peor pesadilla de muchos pero, para los disfémicos puede ser todo un infierno. Los primeros síntomas aparecen desde los tres o cuatro años de edad, momento en el que el niño comienza a desarrollar el habla. Ahí, los padres deben estar pendientes de la manera en que su hijo trata de expresarse.

“No se debe confundir con lo que llamamos ‘disfluencias normales evolutivas de la edad’. Al principio, los niños no van a terminar nunca una idea y son los padres los que deben ayudarle a hacerlo, eso es normal. Si esta situación se prolonga, entonces hay que ver a un especialista”, puntualiza la logopeda Elisabeth Dulcet, Secretaria Técnica del Consejo General de Colegios de Logopedas.

Consultar a un experto a tiempo hace la diferencia pues, mientras que en niños el problema desaparece un 99%, en adultos solo se controla, trayendo consigo baja autoestima y miedo a hablar con los demás.

“Lo que rodea a un disfémico son los complejos que se contraen. Si salen de casa, tratan de comunicarse lo menos posible, no quieren coger el teléfono nunca y su autoestima se ve afectada por la enfermedad”, señala la psicóloga Elena Borges.

El complejo camino a la palabra

Mientras que la aparición de esta enfermedad durante los primeros años de vida no tiene una causa genética conocida, en los adultos hay dos motivos principales: un mal tratamiento del problema durante la infancia o algún accidente a nivel neurológico. A éste se le llama disfemia adquirida y puede afectar a cualquier persona.

“Se adquiere por enfermedades que producen alteraciones en una parte del cerebro, sobre todo accidentes cerebrovasculares, ictus, traumatismos cardioencefálicos, tumores e infecciones”, señala el neurólogo Carlos Tejero, vocal de la Sociedad Española de Neurología.

Todos estos males pueden dañar las conexiones involucradas en la compleja función del habla y, como detalla el especialista, cualquier error en el sistema consigue que se pierda esta tarea que realizamos a diario y que nos parece tan sencilla.

“Cuando se produce el tartamudeo el problema está en la anticipación que necesita el cerebro para que la palabra que queremos decir salga fluida y enlazada. Antes que se diga algo, se piensa, se crea en el cerebro. Ahora es sencillo, pero con disfemia se pierde esa capacidad de seguir la secuencia”, comenta el especialista.

Hablando de soluciones

La disfemia en adultos representa un doble esfuerzo pues, además de trabajar en disminuir el tartamudeo, hay que hacerlo con la seguridad de la persona, ya que el sentimiento de inferioridad empeora el habla.

“Hay una predisposición negativa para hablar en público, buscar pareja o hasta realizar una entrevista de empleo. Todas esas situaciones representan estrés y el estrés empeora la fluidez de las palabras”, detalla la logopeda Elisabeth Dulcet.

“Se les enseña a respirar, así como métodos de relajación. Se les da un enunciado y ellos van respirándolo e imitándolo. También hay otro ejercicio en el que se les pone un libro al frente para que vayan repitiendo las palabras hasta que logren lanzarlas en un solo golpe de voz”, detalla Elena Borges.

Otra técnica es la de enseñarle al enfermo a recitar las frases y hasta cantarlas, así se guiarán más por el ritmo y no pensarán tanto en la manera en la que salen las palabras.

En caso de tratarse de un problema neurológico, el médico también se apoya en estas dos especialidades, al tiempo que trata la enfermedad.

“Se intenta que los mecanismos que tiene el cerebro para repararse se pongan en marcha. Si es un tumor, se opera y muchas veces, la recuperación es completa, sobre todo en cerebros jóvenes”, explica el neurólogo, Carlos Tejero.

Fuerte, claro y como un rey

Paciencia es la clave para comenzar a ver resultados en un tratamiento contra la disfemia. Lo importante es no rendirse, seguir los ejercicios y confiar en que no importa la forma, sino el fondo.

“Muchas veces ayuda el enfocarse en algún movimiento de dedos o en otra actividad en lugar sólo de pensar en que se tiene que hablar”, comenta el neurólogo.

Curiosamente, los tres expertos encontraron el mejor ejemplo de esto en la cinta El Discurso del Rey, película en la que se retrata la tartamudez del rey Jorge VI y la manera en que la superó gracias a que buscó ayuda, justo como debe hacer todo aquel que sufra este problema.

Charlas encerradas en cantos de ratón

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Los ratones observan a los humanos y aprenden de ellos
Los ratones son animales observadores y comunicativos

El estudio de las canciones de los ratones de los bosques de Costa Rica ha permitido descubrir el circuito cerebral que permite los rápidos toma y daca de las conversaciones, lo que puede ayudar a tratar enfermedades como el autismo,según revela un estudio divulgado por la revista Science.

Los machos de la especie estudiada, el ratón cantor de Alston (Scotinomys teguina), producen canciones con casi un centenar de notas audibles y se baten con competidores mediante turnos de canciones, que alternan como los humanos al conversar.

El estudio, liderado por investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, abre la puerta a un nuevo campo de investigación que permite examinar los mecanismos cerebrales detrás de la precisión menor de un segundo en los turnos vocales.

“Necesitamos entender cómo nuestros cerebros generan respuestas verbales de manera instantánea usando cerca de un centenar de músculos si queremos diseñar nuevos tratamientos para quienes estos procesos han fallado, a menudo debido a enfermedades como el autismo o eventos traumáticos, como un infarto”, explica el autor principal, el doctor Michael Long, profesor asociado de Neurología.

La investigación, agrega, “demuestra de manera directa que una región del cerebro llamada corteza motora es necesaria tanto para estos ratones como para los humanos para interactuar de forma vocal”.

Las canciones cambian con las situaciones sociales

Long y su equipo descubrieron que, junto a áreas específicas del cerebro que ordenan a los músculos crear notas, circuitos separados en la corteza motora permiten los súbitos inicios y paradas que forman una conversación.

“Al segregar la producción de sonidos y los circuitos de control, la evolución ha equipado los cerebros de los ratones cantantes con el preciso control vocal también visto en intercambios entre grillos, duetos entre pájaros y, posiblemente, discusión entre humanos”, apunta Arkarup Banerjee, estudiante de doctorado del equipo de Long.

Los investigadores hallaron que las canciones de estos roedores cambian en situaciones sociales a medida que tiene que “modificar y quebrar” estas a modo de conversación.

Se estudiaron por electromiografías

Esta estrecha conexión entre patrones de canto y lectura tomadas por electromiografías, que capturan las señales eléctricas a medida que el cerebro genera contracciones musculares, llevaron a los científicos a determinar la relación entre centros cerebrales y musculatura de las canciones.

El punto de conexión funcional está situado en la corteza motora orofacial, que es donde se regulan los tiempos del canto o conversación.

Como consecuencia de este hallazgo, los investigadores están usando ya este modelo de los ratones para guiar la exploración de los circuitos del habla en los humanos.

Al entender la actividad que permite a dos cerebros implicarse en una conversación, explicaron, se pueden observar los procesos que se desarrollan incorrectamente cuando una enfermedad interfiere en la comunicación y potencialmente desencadenar el desarrollo de nuevos tratamientos.

Ratones en el ultrasonido

Previamente, se creía que los ratones, así como otros roedores, producían frecuencias ultrasónicas haciendo vibrar sus cuerdas vocales inaudibles para el oído humano.

Sin embargo, un último estudio de la Universidad de Cambrigde y publicado en el diario Current Biology ha descubierto que producen estos ruidos usando un mecanismo similar al de los motores.

La investigación demuestra que los ratones exhalan un chorro de aire pequeño procedente de la tráquea contra la pared interna de la laringe, causando una resonancia y produciendo así un silbido ultrasónico.

Otro de los usos de estos sonidos ultrasónicos es para orientarse. Los ratones son normalmente activos en la oscuridad. Debido a esto, a menudo puede ser difícil para ellos ver. Afortunadamente, utilizan los ultrasonidos para ayudarse a orientarse en la oscuridad.

Ya sabemos que son animales bastante ágiles, ya que no solo pueden saltar verticalmente 25,4 centímetros, sino que también pueden escalar paredes completamente verticales de hasta dos metros.

Por lo que los ultrasonidos son útiles en estas situaciones, y se ha llegado a sugerir que los roedores podrían utilizarlo para obtener información sobre la profundidad del terreno y la situación de objetos a su alrededor.

Los ratones verdaderamente son criaturas fascinantes y astutas. Es por eso que son una de las plagas con más éxito del mundo.

Sentimientos sin rostro

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El autismo no es una enfermedad, sino un síndrome. Es decir: un conjunto de síntomas que se presentan juntos, y que caracterizan un trastorno
El autismo no es una enfermedad, sino un síndrome. Es decir: un conjunto de síntomas que se presentan juntos, y que caracterizan un trastorno

Las personas con autismo presentan problemas a la hora de identificar sus propias emociones, lo que les provoca dificultades también en la relaciones interpersonales y constituye todo un reto con el que convivir.

Aunque esto no quiere decir que no sientan, rían, sufran y se expresen de peculiares formas, las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) sufren de alexitimia, es decir, la “dificultad de ponerle nombre a las emociones”.

Precisamente por esto, debe apostarse más por la terapia emocional a la hora de tratar a los pacientes.

Habitualmente se desecha por completo la terapia emocional y en la etapa juvenil y adulta existe una repercusión que parte de una alteración del neurodesarrollo que se manifiesta a muy temprana edad y que se expresa de manera diferente en cada persona.

La características principales son batacazos persistentes en las relaciones sociales, patrones de conducta repetitivos e intereses limitados.

Asimismo, las personas con autismo no tienen problemas de lenguaje, tienen problemas de comunicación.

Existe en ellos una verdadera dificultad para comprender el entorno social, el lenguaje no verbal, el lenguaje verbal, las señas, los guiños, esto que comunicamos con el cuerpo que para todos nosotros es sencillo pero para ellos es sumamente complejo.

Esto se explica porque para relacionarse con gente se requiere una inteligencia dinámica que ellos no tienen tan desarrollada.

En cambio, utilizan la inteligencia estática, esencial para actividades como utilizar la computadora, que habitualmente supone “un refugio” para este tipo de personas.

Con todo, lo predecible -como es el caso de la tecnología- es un alivio para ellos, ya que todo lo que irrumpe en su tranquilidad, como ruidos o cambios bruscos, les perturba.

De ahí este gran interés que ellos muestran en las cosas muy objetivas, muy constantes, los juegos de vídeo, las computadoras, no porque sean súper genios en eso, en realidad es como una especie de refugio donde no les cuesta trabajo estar.

Las personas dentro del espectro presentan un estilo de pensamiento rígido, lineal, con intereses muy restringidos que les arrojan a buscar un tipo de actividades y rutinas que les dan tranquilidad.

Y es que enfrentarse a la interacción social puede provocarles crisis de ansiedad en algunas ocasiones extremas.

Los casos de autismo van en aumento, y ha habido una variación considerable en las estadísticas, que hace 20 años marcaban que una de cada 10.000 personas estaba dentro del espectro autista. Ahora, un niño de cada 160 padece un trastorno del espectro autista.

Estos datos son alarmantes y el incremento puede atribuirse a los factores genéticos predisponentes y los detonantes ambientales que hacen que determinados genes se expresen.

No es que lo provoquen, pero un individuo con esa predisposición genética que está expuesto a todos estos factores ambientales de alta toxicidad puede tener más posibilidades de que esos genes se expresen.

El autismo viene acompañado de una alta frecuencia de problemas médicos concomitantes como alteraciones mitocondriales y alteraciones del sistema inmunológico.

Este trastorno no tiene cura, sin embargo, la calidad de vida de las personas mejora si reciben una atención temprana, personalizada, adecuada a sus necesidades y a lo largo de toda su vida.

Guerra contra la pedantería a la hora de cenar

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Alrededor de una mesa pueden confluir todo tipo de tics, que en una conversación desnudan a los pedantes pertinaces
Alrededor de una mesa pueden confluir todo tipo de tics, que en una conversación desnudan a los pedantes pertinaces

Es verdad que la filosofía no es un ingrediente forzoso de las cenas mundanas pero, si aparece, lo mejor es utilizar el humor y la erudición de Sven Ortoli y Michel Eltchaninoff para triturar palabras como metafísica u ontología y devolvérselas al pedante de turno como si fueran un misil tierra- aire.

El ‘Manual de supervivencia en cenas urbanas’ (Salamandra) que han escrito Ortoli y Eltchaninoff es un opúsculo repleto de humor negro e ingenio, propio de unos filósofos “tan franceses”, que se digiere como una deliciosa comida porque es “liviano, ágil y muy sabroso”.

La historia está jalonada de cenas memorables. Desde el banquete de Platon, al de Kierkegaard -en los que se comía y, sobre todo, se bebía en pos del “in vino veritas”- al festín de piedra del “Don Juan”, la Santa Cena, o los “peliculeros” de “La Grande Bouffe” o “Viridiana”.

Los autores creen que no hay grandes comidas sin la construcción de una historia y, a veces, de una revelación. No suele ser el caso de las cenas urbanas pero, advierten, no hay que pensar que se está tan lejos de aquellos festines en los que Aristófanes daba la réplica a las burlas de Alcibíades.

Las cenas contemporáneas, dicen, están repletas de tics de esnobismo, falsas paradojas, amaneramientos diversos y “pasadas” sin paliativos, falsificaciones conceptuales y “teorías definitivas” que ambicionan el mismo efecto letal que las bombas de racimo que arroja un B52.

Ortoli y Eltchaninoff dejan traslucir que ellos mismos son los valerosos y orgullosos supervivientes de muchas de esas cenas y lo hacen con una ironía muy próxima, aunque lo suyo no es un “recetario” de respuestas ingeniosas, sino más bien un divertimento para los amantes de la dialéctica y, por supuesto, de la filosofía.

Se puede entrar al trapo siempre que se quiera pero, recomiendan, “si no se siente con fuerza o ganas para batallar con un pedante profesional, recurra a Epicteto: si alguien nos llama ignorantes y no nos ofendemos, sepamos que empezamos a ser filósofos”.

Y nunca, nunca olvide, subrayan, que como afirmaba Lewis Carroll, “lo que se dice tres veces es verdad, y punto”.

Divididos entre la llegada, el aperitivo, los entrantes, el plato fuerte, la ensalada, los quesos, el postre, y el café y la copa, proponen “lecciones” como “¿Es el principio de Popper afrodisiaco?”, “Yo no tomo postre, soy epicúreo”, o “Cómo comportarse con un periodistósofo”, aunque sobresale por derecho propio el prefacio, firmado por un tal Marcello Yashvili-Mc Gregor, junior.

El sujeto es nada menos que Premio Nobel de Filosofía (1987), profesor invitado del Corleone Collège (Cambridge), profesor asociado de la madraza Michel-Foucault de Qom y titular de la cátedra de Metafísica Cuántica del Instituto de Transdisciplinaridad de México (MIT).

Ni hay Nobel de Filosofía ni existe el Corleone Collège de Cambridge, claro, como tampoco tiene Qom, la ciudad santa del chiísmo (Irán) una madraza Michel-Foucault, por no hablar de que es la física la que es cuántica, no la metafísica.

Y como epílogo proponen una de “ontología” esencial para la vida: “la esencia del queso gruyère es su amenaza”, porque su ser son los agujeros. “A más gruyére, más agujeros; a más agujeros, menos gruyére; luego a más gruyére, menos gruyére”. Y a la cama todo el mundo.

Mujeres en la sopa de letras

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María Moliner siempre mostró interés por realizar un diccionario del español que superara las carencias que apreciaba en los diccionarios existentes. La circularidad de las definiciones, el lenguaje ya anticuado y en desuso, la falta de información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos eran características de los diccionarios del momento que consideraba conveniente mejorar
María Moliner siempre mostró interés por realizar un diccionario del español que superara las carencias que apreciaba en los diccionarios existentes. La circularidad de las definiciones, el lenguaje ya anticuado y en desuso, la falta de información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos eran características de los diccionarios del momento que consideraba conveniente mejorar

Desde que Antonio de Nebrija escribiese en 1492 la primera gramática castellana, la historia de la lingüística española ha estado escrita en masculino plural. La prueba es que la Real Academia Española (RAE) tardó 298 años en permitir que una mujer filóloga, Inés Fernández-Ordóñez, ocupase uno de sus sillones. Claro que la RAE tampoco aceptó en sus filas a María Moliner, cuyo diccionario han utilizado millones de personas en todo el mundo.

Esa falta de visibilidad y reconocimiento por parte de la ortodoxia académica no significa que las mujeres no se hayan ocupado del estudio del lenguaje. Al contrario. Solo en el caso español, entre el siglo XV y el XIX, fueron cientos las mujeres que ocuparon cátedras de lenguas clásicas, monjas de clausura que cultivaron la lengua vulgar castellana, mujeres traductoras, periodistas, filósofas, gramáticas…

Su obra, sin embargo, quedó oculta tras figuras como la de Nebrija en el siglo XV o el mismísimo Noam Chomsky en pleno siglo XX. Es lo que la catedrática de Lingüística de la Universidad de Córdoba María Luisa Calero llama “lingüística subterránea”. Hasta que un equipo internacional de investigadoras, coordinado por las profesoras de la Universidad de Cambrigde Wendy Ayres-Bennett y Helena Sanson y en el que participó la profesora Calero, recuperó e hizo visible las obras de las mujeres lingüistas a lo largo de la historia y en diferentes tradiciones, desde las lenguas clásicas o el castellano hasta las lenguas orientales.

Con ese objetivo, en 2016 tuvo lugar en la Royal Society de Londres un cónclave de investigadoras de más de veinte países en el congreso científico ‘Distant and neglected voices: women in the history of linguistics’, que repasó el papel de las mujeres en el estudio del latín y el castellano desde el siglo XV hasta el XIX. Un encuentro en el que se analizó la contribución de las mujeres en el estudio del lenguaje desde tradiciones tan diferentes como la occidental, la africana, la oriental o la árabe.

El objetivo, según explicaba Calero, es que “esta imponente herencia femenina se incorpore con toda naturalidad a la historiografía lingüística oficial, así como a los programas de enseñanza universitaria. Será un proceso largo, que seguramente encontrará las inevitables resistencias, pero esa incorporación de las voces de las mujeres lingüistas a la historia común será, a partir de la publicación de esta historia de las mujeres lingüistas, un hecho imparable”.

El lenguaje y la historia

Esta nueva línea de investigación no fue el primer intento de la profesora Calero de acercarse a un análisis histórico del estudio del lenguaje. Desde que en 1994 publicara el libro ‘Proyectos de lengua universal. La contribución española’, en el que repasaba los intentos españoles por crear lenguas artificiales, la catedrática de Lingüística de la Universidad de Córdoba siempre utilizó la perspectiva historiográfica para arrojar luz a la evolución del lenguaje.

En este sentido, Calero dictó un curso en la Universidad de Extremadura en el que presentó el ‘neocriollo’, una suerte de lengua mitad castellano mitad portugués que el pintor argentino Xul Solar imaginó como el idioma común para América Latina. Una idea que no prosperó pero que presenta un ejemplo más de los intentos por facilitar el entendimiento universal.

Entre las cientos de lenguas artificiales que se conocen, son muy escasas las que han llegado a prosperar como lenguas de comunicación real y efectiva. La más célebre entre ellas es el esperanto, creado en 1876 por el polaco L. Zamenhof y hoy hablada por más de dos millones de personas en el mundo, según explica Calero. Para la profesora, el esperanto es el ejemplo más claro de una de las muchas aportaciones que han hecho las lenguas artificiales a la comunicación en general.

Xul Solar
Xul Solar

También los inventores de lenguas artificiales han ayudado a crear nuevos códigos lingüísticos para encriptar mensajes, como fue el caso del español Juan Caramuel en el siglo XVII, entre otros. Algunos otros creadores de lenguas vieron la posibilidad de inventar nuevos lenguajes científicos para una más exacta denominación del ámbito de la botánica, la zoología, la química, la medicina, etc., como el Padre Sarmiento en el siglo XVIII.

“Todos estos casos sirven también para demostrar la aportación de las lenguas artificiales al lenguaje en particular, puesto que todos estos autores que se preocuparon por inventar nuevas lenguas de comunicación realizaron a la vez un gran esfuerzo de reflexión sobre las lenguas y el lenguaje, en su intento de hallar rasgos comunes a todas las lenguas para que esas nuevas lenguas inventadas fueran eficaces como medios de comunicación universal”, explica Calero.

Un oxímoron que pone a trabajar al cerebro

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Muerto viviente, silencio atronador, ortodoxia punk y monstruo hermoso. Son ejemplos de oxímoron, una combinación de dos palabras que al juntarse cambian su significado individual, y que además generan una intensa actividad en el área frontal izquierda del cerebro. Cuanto menos natural es la expresión, más recursos requiere para ser procesada en la parte frontal izquierda del cerebro
Muerto viviente, silencio atronador, ortodoxia punk y monstruo hermoso. Son ejemplos de oxímoron, una combinación de dos palabras que al juntarse cambian su significado individual, y que además generan una intensa actividad en el área frontal izquierda del cerebro. Cuanto menos natural es la expresión, más recursos requiere para ser procesada en la parte frontal izquierda del cerebro

Los políticos en sus discursos, los generales en sus arengas y los amantes en sus poemas han utilizado desde siempre las figuras retóricas para convencer, infundir valor o seducir. El poder de las palabras hábilmente combinadas se conoce desde la Grecia clásica, pero ahora los científicos han logrado medir empíricamente la capacidad de una figura literaria para generar actividad cerebral en las personas.

Investigadores del centro donostiarra Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL) han demostrado que el oxímoron genera una intensa actividad cerebral en el área frontal izquierda del cerebro, una actividad que no se produce cuando se trata de una expresión neutra o de una incorrecta.

Un oxímoron es una combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido. Por ejemplo: noche blanca, muerto viviente o silencio atronador.

“Nuestra investigación demuestra el éxito a nivel retórico de las figuras literarias, y la razón de su efectividad es que atraen la atención de quien las escucha”, explica Nicola Molinaro, autor principal del estudio. “Se reactiva la parte frontal del cerebro y se emplean más recursos en el proceso cerebral de esa expresión”.

El investigador señala que el resultado de los experimentos se relaciona “con la actividad que requiere procesar la abstracción de figuras retóricas como el oxímoron, que tratan de comunicar cosas que no existen”.

Entre todas las figuras retóricas se escogió ésta por su fórmula sencilla de construir, lo que facilita medir con mayor precisión la actividad cerebral que genera. No ocurre así con otras figuras más complejas, como las metáforas.

El descubrimiento se ha publicado en la revista NeuroImage, una de las cabeceras más prestigiosas en este campo. La aceptación del artículo no ha necesitado de imágenes, algo inusitado en esta publicación, ya que toda la fase experimental se ha ejecutado por medio de electroencefalogramas.

El experimento del monstruo y sus adjetivos

Molinaro, junto a sus compañeros Jon Andoni Duñabeitia y Manuel Carreiras –director del BCBL–, han ideado varias listas de frases incorrectas, neutras, oxímoron y pleonasmos (vocablos innecesarios que añaden expresividad), empleando el mismo sustantivo como sujeto: la palabra ‘monstruo’.

Los investigadores han utilizado ‘monstruo geográfico’ como expresión incorrecta, ‘monstruo solitario’ como expresión neutra, ‘monstruo hermoso’ como oxímoron, y ‘monstruo horrible’ como pleonasmo. Después, se les mostraron estas listas a personas de entre 18 y 25 años y se midió su actividad cerebral cuando las procesaban por medio del electroencefalograma.

Los resultados muestran que cuanto menos natural es la expresión más recursos requiere para ser procesada en la parte frontal izquierda del cerebro. La frase neutra ‘monstruo solitario’ es la que menos recursos cerebrales necesita para procesarse. En cuanto a la expresión incorrecta ‘monstruo geográfico’, 400 milisegundos después de percibirla, el cerebro reacciona al detectar que hay un error.

Sin embargo, en el caso de los oxímoron, como ‘monstruo hermoso’, 500 milisegundos después de percibirse la expresión se midió una intensa actividad cerebral en la parte frontal izquierda del cerebro, un área íntimamente relacionada con el lenguaje que los seres humanos tienen muy desarrollada en comparación con otras especies. En el caso del pleonasmo ‘monstruo horrible’ se midió una actividad mayor que en la expresión neutra, pero menor que en el caso del oxímoron.

Esta investigación forma parte de una de las grandes áreas de estudio del BCBL: el lenguaje. En sus instalaciones de San Sebastián, entre otros campos relacionados con la investigación del cerebro, el centro estudia múltiples aspectos de la relación entre la cognición y el lenguaje, como el aprendizaje, el bilingüismo o los problemas asociados.

Una vez comprobado el éxito de este trabajo, el centro ha decidido ampliar el estudio de este campo. Molinaro ya ha comenzado a repetir este experimento con la resonancia magnética, para obtener imágenes de la actividad cerebral cuando se procesan figuras retóricas. El objetivo es estudiar las conexiones entre dos áreas muy implicadas en el procesamiento del significado: el hipocampo, una parte interna del cerebro, y el área frontal izquierda.