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A golpes con el diccionario

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El deficiente empleo del castellano es una afección extendida y sus manifestaciones sonrojan pese a que muchas de ellas habiten en la sorna
El deficiente empleo del castellano es una afección extendida y sus manifestaciones sonrojan pese a que muchas de ellas habiten en la sorna

Expresiones como “No seas pájaro de paragüero”, “Elevaduras eléctricos” o “Todo quedará en agua de borrascas” son algunas muestras de los “destrozos” de frases hechas que, con mayor o menor frecuencia, pueden oirse y que han sido recopiladas por cinco hermanos que ahora han publicado en un libro.

Editado por Espasa, este libro de humor reúne varias decenas de estas expresiones mal dichas que durante tiempo fueron incluyendo en una lista 5 de los 12 hermanos Abadía, hijos de Leopoldo Abadía, autor del libro superventas sobre la crisis mundial “La crisis ninja”.

Es Leopoldo Abadía quien prologa este libro que han titulado “No seas pájaro de paragüero y otras blabladurías”, y en el que expresa su ilusión por ver impresas y agrupadas las frases que sirvieron durante años para que se rieran en casa.

Explica cómo debido al trabajo profesional y las relaciones sociales, uno va tropezándose a lo largo de la vida con personas que destrozan frases hechas, aunque lo hagan con buena voluntad, y cómo sus hijos han ido apuntando estas “herejías lingüísticas”.

Los autores -Gonzalo, Javier, Jorge, Rafael y Alfonso Abadía- han seleccionado estas “blabladurías” entre más de 500 frases de toda naturaleza que han ido escuchando a lo largo de los últimos años.

Así, explican, desde 2012 los cinco hermanos han estado “atentos” al peculiar uso del lenguaje “intentando cazar al vuelo las efímeras blabladurías en conversaciones, confidencias, reuniones o charlas en la barra del bar”.

Todas las expresiones reunidas en el libro, que cuenta con numerosas ilustraciones de Gonzalo Abadía y Pedro Villa, han sido escuchadas por alguno de los autores de alguna persona que las ha pronunciado de forma “natural y espontánea”, aseguran. Y junto al dicho “mal dicho”, incluyen y explican la verdadera y correcta forma de emplearlas.

En el capítulo dedicado a la naturaleza y el mundo animal destacan, además del pájaro de “paragüero”, el dicho transformado de “es más astuta que las gallinas”, mientras que para hablar de algo complicado reproducen la frase: “esto es como enhebrar una aguja en un pajar”.

Aunque no hay que conformarse con estar en la brecha, los autores consideran que con estar en la cresta de la ola es suficiente y no hace falta, como han oído, asegurar que “no siempre se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola”.

“Este es un tema vudú”, para referirse a algo que no debe ser comentado, en lugar de “tema tabú”, o “lo dijo para adornarme la píldora”, en vez de dorarla, son otras de las expresiones que incluye el libro.

Tener “orejas de soplido”, creerse algo “a pies puntillas” o que un famoso salga en la tele porque tiene mucha “audición” son otros disparates cazados al vuelo por los autores, que también han escuchado a alguna persona lamentarse asegurando: “Es que monto un circo y me echan los enanos”.

Sobre la dedicación de los progenitores a sus hijos estando siempre “al pié del cañón”, la “blabladuría” se vuelve más peligrosa cuando se transforma en algo como: “Tu padre, como siempre, al pie del camión”.

“Lo hizo sin quererlo ni comerlo” es una cuestión ante la que no hay “que arriesgar las vestiduras” sino hablarlo “a calzoncillo quitado”, a no ser que sea alguien que “ni lo siente ni lo parece”. A buen entendedor, con pocas palabras bastan.

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Palabras con buena onda

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En clásicos como "Moby Dick" predominan, pese a sus momentos truculentos,  las palabras positivas
En clásicos como “Moby Dick” predominan, pese a sus momentos truculentos, las palabras positivas

Un estudio publicado por la Universidad de Vermont (Burlington) revela que las palabras positivas son predominantes, se aprenden con mayor facilidad, son usadas con frecuencia y se consideran más significativas.

El equipo de académicos de la Universidad de Vermont, liderado por Peter Sheridan Dodds y Christopher Danforth, establece que “la comunicación humana a través del lenguaje es predominantemente positiva”.

El estudio se realizó a partir de la hipótesis denominada “Pollyanna”, formulada por los estudiosos Charles Osgood y Jerry Boucher en 1969, que ponía de manifiesto que las personas, independientemente de la cultura a la que pertenezcan, utilizan con mayor frecuencia palabras positivas.

Los diez idiomas analizados fueron el inglés, el español, el portugués, el alemán, el francés, el chino, el ruso, el indonesio, el árabe y el coreano y los resultados revelaron que “la comunicación en la lengua española es la más positiva”, seguida de cerca por la portuguesa y la inglesa.

Asimismo, entre todos los idiomas analizados, los resultados revelaron que “el intercambio en chino y en ruso suele ser los menos positivos”.

El estudio analizó 100.000 palabras en veinticuatro soportes diferentes, como entradas de Twitter, letras de canciones, subtítulos de programas televisivos, emisiones de radio y clásicos de la literatura universal.

Dodds y Danforth concluyen que la hipótesis Pollyanna sigue siendo válida después de 45 años respecto a la tendencia de “usar palabras positivas en la comunicación”.

En este sentido, el informe sugiere que los humanos tienden a recordar mejor la información gratificante que las vivencias desagradables y que el ser positivo juega un rol importante en la sicología humana.

El equipo de la universidad de Vermont cataloga además cerca de cincuenta valoraciones por palabra analizada, unas 10.000 en total, a partir de la clasificación realizada por parte de los participantes, a los que se les pagó para valorar sus sensaciones buenas o malas.

Con una base de datos en la que se recogieron alrededor de cinco millones de valoraciones por persona, Dodds y Danforth distribuyeron los resultados de acuerdo con la percepción favorable o desfavorable de cada idioma analizado.

El informe revela además que el uso de palabras positivas es “muy frecuente” y “sobrepasa a los términos negativos” en los clásicos de la literatura universal, como Moby Dick, El Quijote, Ulises, Oliver Twist, Crimen y Castigo o El Conde de Montecristo.

A partir de los resultados del estudio, los académicos han puesto en marcha una herramienta en internet denominada Hedonometro, que permite visualizar un análisis de las obras literarias en cuanto al lenguaje positivo que utilizan.

De pícaros y maliciosos

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Lazarillo de Tormes es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos
Lazarillo de Tormes es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos

La palabra pícaro no suele estar mal vista en la sociedad española, y si decimos de alguien que lo es, tal calificativo conlleva normalmente la connotación cariñosa de considerarlo una persona algo sinvergüenza, pero simpática, astuta, divertida y carente de maldad.

La Real Academia, sin embargo, en su diccionario es bastante más dura a la hora de definir el término: ‘bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso’…

Esta falta de sintonía entre la Academia y la calle se debe a que el público identifica la figura del pícaro con Lázaro de Tormes, mientras que los eruditos saben que Lazarillo fue solo el precursor, y los verdaderos pícaros, bastante más malvados, como el Buscón o Guzmán de Alfarache, aparecieron cincuenta años más tarde, en el Barroco.

Si los protagonistas de las novelas picarescas son siempre antihéroes, en el caso de Lázaro de Tormes nos encontramos con un auténtico infeliz. En el primer capítulo del relato asistimos al peregrinar de un niño en compañía de un ciego que le trata con bastante crueldad; la primera enseñanza del amo será sacudirle un tremendo golpe para que aprenda a desconfiar de los demás.

Al recibir el golpe, Lázaro siente que acaba de dejar de ser niño, y que de ahí en adelante deberá espabilar, porque nadie va a velar por él. Su segundo amo, un tacañísimo clérigo, le enseñará a saber lo que es pasar hambre, y al pobre chico, que ya le había descalabrado su anterior amo, le vuelve a abrir la cabeza este siniestro cura.

Con el tercer amo, al menos, Lázaro recibe un trato correcto. Un hidalgo empobrecido le toma como criado en Toledo, y con él descubriremos lo que es el mundo de las apariencias: el hidalgo se muere de hambre, pero su clase social le hace despreciar el trabajo y, por encima de todo, disimula ante los demás su precariedad.

Nuestro amigo Lazarillo, que tanta hambre ha pasado con sus dos amos anteriores, con el actual no solo sigue sufriéndola…, es que, además, lo poco que consigue para comer termina repartiéndolo con el hidalgo y es el criado quien tiene que conseguir el sustento para el amo.

En los siguientes capítulos, Lázaro sigue sirviendo a distintos amos; las críticas a la Iglesia se suceden, pues no en vano la sombra del erasmismo planeaba sobre la España de la época. El niño se va convirtiendo en mozo, y luego en joven que lucha con todas sus fuerzas por salir de su estado menesteroso.

Su oportunidad le llegará de la mano de un arcipreste, también en Toledo, que no solo le ofrece el puesto de pregonero, sino que le casa con su criada y le ofrece una casita al lado de la del propio clérigo. En ese momento, Lázaro se considerará «en la cumbre de toda buena fortuna».

Algunas malas lenguas, sin embargo, pretenden amargarle su felicidad. Todos los cotillas de la ciudad murmuraban que la mujer de Lázaro era, en realidad, la barragana o querida del arcipreste, y que este había urdido el matrimonio exclusivamente para acallar las habladurías y poder seguir con sus manejos de un modo mucho más discreto.

Lázaro se hace el tonto y mira para otro lado; debió de pensar que conceptos como el de la honra eran más bien propios del mundo de los ricos, y que los pobres bastante trabajo tenían con tratar de aplacar su hambre.

Un antihéroe, un infeliz, un pringado era, en definitiva, el pobre Lázaro. Es bastante probable que los pícaros de hoy se parezcan, más que a Lazarillo, a sus congéneres del Barroco, y que su actuación quede perfectamente reflejada por la implacable definición del diccionario: ‘bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso’.

Palabras y sonidos que inundan desde el silencio

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El arte sordo se encuentra en plena experimentación musical donde también juegan un papel importante los signos
El arte sordo se encuentra en plena experimentación musical donde también juegan un papel importante los signos

La lengua de signos permite a los sordos no sólo hablar, sino cantar, interpretar y recitar poemas con las manos, creando un arte único y singular que traspasa la barrera del sonido y poco a poco va abriéndose camino.

“Ser sordo no es ni mucho menos un límite para la expresión artística, pero hay pocas personas sordas dedicadas al arte, sólo ahora se les están empezando a abrir las puertas al arte”, explica la directora del centro argentino ADAS (Asociación de Artes y Señas), Gabriela Bianco.

ADAS es un grupo de artistas y pedagogos de Buenos Aires que trabaja para fomentar el arte en silencio a través de la música, el teatro y la poesía entre los miembros de la comunidad sorda.

Su lema, “Habitar el cuerpo. Danzar las palabras. Escribir el silencio. Reinventar el silencio”, describe el sentido del arte sordo que evoluciona también en el mundo musical, como demuestran músicos de todo el mundo que padecen de sordera.

“Beethoven´s Nightmare” es un grupo de rock hawaiano compuesto por tres músicos sordos que sienten la música a través del movimiento y las vibraciones. Para percibirla con precisión en los ensayos sujetan globos de aire con las manos, sintiendo vibrar cada nota.

“Veo cambios en nuestro mundo sordo. Las personas sordas han ido más allá de sus limitaciones para aceptar la música como parte de un experimento para encontrarse a sí mismos”, señala el bajista del grupo, Ed Chevy.

Según él, el arte sordo se encuentra en plena experimentación musical donde también juegan un papel importante los signos.

La lengua de signos enriquece actuaciones de autores que combinan su voz con los gestos de intérpretes para crear un espectáculo donde se mezclan los juegos de manos con los de palabras.

En España, el cantautor Juan Antonio Ipiña, más conocido como Tonxtu, ha dado 30 conciertos con una intérprete de la lengua de signos que sobre el escenario traduce sus letras para los oyentes y los no-oyentes, dándole un doble sentido a cada canción.

“Visualmente la interpretación de las canciones en la lengua de signos es una especie de danza en la que adivinas las palabras. Es una forma de bailar las canciones”, explica a Efe Tontxu.

Pero el cantante afirma que la traducción de metáforas y otras construcciones literarias era distinta y difícil de traducir al lenguaje de los signos que, a su vez, también crea un arte manual único muchas veces intraducible a la lengua oral.

“En la lengua de signos hay expresiones, giros y frases hechas que si las traduces literalmente no tienen ningún sentido en el idioma hablado”, afirma  un miembro de la Confederación Nacional de Sordos Españoles (CNSE).

Lo mismo ocurre con la expresión del sentimiento poético, que los sordos representan por medio de metáforas visuales rebosantes de potencial artístico procedente únicamente del gesto y de la mirada.

Gabriela Bianco opina que “traducir un poema signado en palabras lo banaliza, lo baja de categoría”.

Así, la lengua de signos puede crear verdaderas obras de arte con sus pinceladas gestuales.

“Muchos pueden pensar que la lengua de signos no puede expresar pensamientos abstractos y por eso, no puede expresarse en forma de poema. Eso es totalmente incierto”, sentencia una profesora del Centro de Estudios para Sordos de la Universidad de Bristol (suroeste de Inglaterra), Michiko Kaneko.

Bianco refleja la magia de la comunicación manual y gestual en su página web: “crecí rodeada de personas sordas comunicándose a través del movimiento de sus manos, gestos del rostro, usando todo su cuerpo para entrar en relación, para vincularse con los otros y con el mundo”.

El arte no tiene límites, ya lo han demostrados artistas discapacitados que pintan, escriben o tocan un instrumento con la boca o los pies. Igualmente, la lengua de signos comunica los sentimientos en silencio para un mundo sin oídos.

El lenguaje médico se extiende como un virus

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Existe una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico
Existe una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico

Los filólogos estiman que hay más de medio millón de términos médicos, un lenguaje que crece al mismo tiempo que avanza la ciencia. Vocablos latinos y griegos conviven con anglicismos y neologismos, una complejidad léxica que provoca incorrecciones y dudas frecuentes en los especialistas y en la sociedad.

Todos utilizamos palabras del lenguaje médico en nuestro día a día: fiebre, dolor, tensión arterial…Incluso recurrimos con soltura a palabras que se han tomado prestadas del inglés como shock, bypass o brackets, anglicismos que han llegado a desplazar con total naturalidad a su equivalente en castellano.

“El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados”, explica Cristina González, lexicógrafa de la Unidad de Terminología Médica de la Real Academia Nacional de Medicina, institución que vela por su buen uso.

Desde la Antigüedad, siempre ha hecho falta un término que denominara cualquier parte de nuestra compleja anatomía y de sus no menos complicadas dolencias.

Pero la imparable y veloz evolución de la ciencia médica ha supuesto la inclusión de multitud de términos técnicos, muchos ellos con raíz en las lenguas clásicas, y otros de nueva creación, neologismos.

La imagen del médico al que apenas entendíamoscuando hablaba y mucho menos cuando escribía, queda ya lejos. Muchos de los términos médicos forman parte de nuestro lenguaje cotidiano y, si no entendemos, tenemos diferentes vías para recabar información en la era de las nuevas tecnologías.

“Hay más transparencia, antes buscábamos en la enciclopedia, ahora con un golpe de tecla puedes tener cualquier información. Incide en que la gente se cuide más al tener un mayor conocimiento de los riesgos. Hay ventajas, pero también inconvenientes”, considera Carmen Remacha, también lexicógrafa de la Real Academia de Medicina.

Una opinión compartida por Celia Villar, filóloga y lexicógrafa de la Fundación Español Urgente (Fundéu BBVA), institución que tiene la mirada puesta en impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación a través de recomendaciones diarias y una activa presencia en redes sociales y foros, entre otras iniciativas.

Fundéu ha pasado de responder a consultas sobre dudas o confusiones clásicas de términos médicos (como, por ejemplo, la diferencia entre epidemia y pandemia), a tratar de dudas sobre el género de un término (la médica) o a informar de manera exhaustiva sobre el correcto tratamiento de esta terminología.

“Quizá esta evolución se deba a que el público cada vez entiende más, detecta cuándo se le cuenta una noticia con terminología rigurosa y clara, y quiere enterarse de lo que está pasando”, indica Celia Villar.

El médico, un traductor

Para comprender, utilizamos al propio médico que se convierte en traductor: le dice al paciente que tiene juanetes, pero en la ficha clínica escribe hallus valgus, el nombre científico de origen latino, pero con sus colegas comentará en inglés algunos aspectos técnicos ya que este idioma se encumbra como la lengua de los ámbitos científicos.

Pero, a veces, estos escalones se simplifican y los anglicismos acaban imponiéndose. “Podemos pensar que cuanto más términos ingleses utilicemos más cultos somos, pero no es así. No enriquecen mientras dejen obsoleto el vocablo en castellano que se utilizaba”, indica Carmen Remacha.

“La contaminación lingüística -según esta lexicógrafa de la Academia de Medicina- es algo intrínseco a la lengua, si no hablaríamos todos latín y no habría evolucionado el castellano. No podemos ser inmovilistas, pero tampoco introducir por esnobismo términos que empobrecen nuestro léxico”.

“Que no haya anglicismos depredadores, sino que se utilicen cuando no haya otro término”, incide su compañera Cristina González.

Las dudas y errores más frecuentes

Pero no solo son los anglicismos, el uso del lenguaje médico genera dudas y errores frecuentes en los especialistas, en los periodistas y en los ciudadanos.

Fundéu y la Real Academia Nacional de Medicina colaboran para difundir recomendaciones linguísticas relativas a términos médicos. El análisis de ambas instituciones coincide:

⇒ Uno de los errores más frecuentes: usar severo como sinónimo de “grave”, cuando en castellano no tiene esa acepción, sino que significa “estricto”. Un anglicismo procedente de severe, adjetivo que sí significa “grave“ en ese idioma.

⇒ Faltas de ortografía como no utilizar la doble erre en términos como colorrectal.

⇒ Utilizar estadío, palabra no registrada en el diccionario de la Real Academia Española, en lugar de estadio cuando nos referimos a ‘etapa o fase de un proceso’.

⇒ Escribir las enfermedades en mayúsculas. Por ejemplo, el término alzhéimer se escribe con minúscula inicial y con tilde, excepto si se utilizan las expresiones enfermedad de Alzheimer o mal de Alzheimer, en las que se respeta la grafía del apellido del neurólogo que lo investigó y se escribe, por tanto, con mayúscula inicial y sin tilde. Lo mismo ocurre con ébola o virus del Ébola (que toma el nombre de un río africano).

⇒ Dudas sobre cuál es el término correcto en casos como alérgico (‘el que padece alergia’), alergénico (‘el que la produce’) o alérgeno (‘sustantivo que se refiere a la sustancia que la provoca’). También entubar o intubar (ambas formas correctas).

⇒ Dudas sobre acentuación en casos como mamoplastia o mamoplastía, rinoplastía o rinoplastia, blefaroplastia o blefaroplastía.

⇒ Error al utilizar cirugía (‘disciplina médica’) como sinónimo de “operación“ o “intervención quirúrgica“. No debe decirse, por ejemplo, “Se le practicaron dos cirugías”.

⇒ Uso de mayúsculas/minúsculas en nombres de especialidades médicas o pruebas médicas.

⇒ Abuso de siglas que muchas veces no sabemos exactamente qué significan: TAC, EPOC, PET…

El lenguaje médico en los medios

Muchas de estas incorrecciones las leemos y escuchamos cada día en los medios de comunicación. Errores que en la mayoría de los casos proceden de la fuente médica y que se pueden instalar en la sociedad si no lo remediamos.

“En Fundéu hemos observado una mejoría en el uso del lenguaje médico derivada, quizá, de un mayor interés por documentarse tanto sobre la exactitud de los conceptos como sobre su correcto empleo lingüístico, para luego plasmarlo con fidelidad y claridad en las noticias”, apunta la lexicógrafa de esta institución.

El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados
El lenguaje médico siempre ha estado más arraigado en el lenguaje común que otros especializados

Cristina González, como experta de la Academia de Medicina, considera que los medios de comunicación, incluidas las publicaciones científicas, deberían tener aún “mayor cuidado” al tratarse de un ámbito de especial sensibilidad para el ciudadano.

Crear un manual de estilo para todos aquellos que utilizan el lenguaje médico es un reto de podría plantearse la Academia de Medicina, así como crear un departamento de consultas y términovigilancia, si los recortes económicos que sufre la Administración lo permiten.

En lo que sí ya han empezado a trabajar es en el Diccionario panhispánico de términos médicos que, con unos 80.000 vocablos, pretende recoger las variantes linguísticas de cada país hispanohablante, una obra colectiva de las academias de medicina latinoamericanas.

Se trata de establecer las variantes para facilitar la comunicación entre los países hispanoamericanos y Estados Unidos, país este último con una creciente población hispana y segundo que más consulta la versión digital del Diccionario de términos médicos de la Academia española de Medicina.

Este diccionario, que incluye más de 66.000 acepciones con definiciones, información etimológica, equivalente en inglés, sinónimos y observaciones, está dirigido a los especialistas biosanitarios.

“Hasta que este diccionario se editó, los médicos no tenían un referente. En el lenguaje general tenemos el diccionario de la RAE, pero no en el técnico. Los académicos de medicina han tenido la voluntad de buscar el mejor equivalente y divulgarlo”, señala la lexicógrafa.

Y los términos más consultados recientemente este diccionario han sido “ébola”, coincidiendo con los casos de españoles infectados con este virus africano, y “patología”, una búsqueda que llama la atención en usuarios “especializados”. La explicación la ofrece el propio diccionario: no indica solo su significado, sino cómo se utiliza.

La vieja guardia caligráfica contra la inmediatez

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Escribir a mano va camino de convertirse en un arte primero desterrado y luego, olvidado
Escribir a mano va camino de convertirse en un arte primero desterrado y luego, olvidado

¿Dejaremos de escribir a mano en un mundo dominado por la comunicación digital? ¿Y serviría para algo la escritura caligráfica en ese caso? Especialistas expresan matices diferentes sobre este asunto, después de que Finlandia haya planteado que ya no sea obligatorio aprenderla.

La caligrafía tradicional o escritura ligada en cursiva pasaría a ser optativa para los niños y se fomentaría la escritura manual con letra de imprenta (separada) y con ordenador.

“No se trata de oponerse al cambio o de aferrarse a la tradición (…) sino de la salud de nuestro cerebro, del cerebro de los niños que comienzan a escribir”, según mantiene la grafóloga Sandra Cerro.

Colaboradora de la Asociación Aragonesa de Psicopedagogía, esta perita calígrafa ha abierto un debate con sus alumnos de segundo de Grafología para llegar a las siguientes conclusiones:

• Escribir seguido, fluido, con letras enlazadas y sin levantar el útil de escritura es ya de por sí un acto de “continuidad” que está implicando “constancia, perseverancia, capacidad para mantener el hilo de los pensamientos”.

• Son habilidades de razonamiento lógico y, con todo ello, “un trabajo extraordinario de agilidad mental y dinamismo neuronal” que favorece también las relaciones afectivas y sociales.

• “Cuando escribimos una idea a mano sobre el papel, nuestro cerebro entiende que estamos dando prioridad a esa idea sobre otras de las muchas que circulan por él”, entre otras conclusiones.

• La letra tradicional cursiva obliga a los niños a mantener el trazo continuo y ligado y, muchas veces sin saberlo, los hace “creativos, sociales, maduros y libres”, según indica Cerro.

También la empresa editorial valenciana Rubio, famosa por sus cuadernillos de caligrafía, ha defendido que la práctica de la escritura a mano reporta beneficios neurológicos, según estudios científicos, y puede ser complementaria a los soportes digitales.

El profesor de Pedagogía Aplicada de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Guillermo Bautista prefiere no ser tan categórico e insiste en que las autoridades educativas finlandesas no plantean suprimir la escritura manual, sino “sustituir” la caligráfica.

Aunque se aprenda esa letra de pequeño, que es “muy mecánica y repetitiva”, todo el mundo acaba escribiendo de una manera determinada, diferente y personalizada, añade.

Percibe un “miedo excesivo” de sustituir elementos del currículum escolar porque parece que no queramos que se pierda nada, menos la escritura como algo que “arrastramos culturalmente de tiempos remotos”.

Desde la perspectiva neurocognitiva, en cualquier caso, se debería ir con cuidado en este asunto, recomienda, y contar con estudios que permitieran conocer las consecuencias.

Desde el punto de vista pedagógico, prosigue, se habla sobre las posibles consecuencias de perder la escritura caligráfica, pero no de las que tienen las metodologías de enseñanza y aprendizaje que se mantienen desde hace decenas de años.

Se sigue dando prioridad al discurso oral en la docencia y al aprendizaje mediante textos, cuando otras formas de expresión y comunicación, como la audiovisual, son cada vez más frecuentes entre niños y adolescentes.

La competencia de hablar en público es importante también y, sin embargo, eso se trabaja poco en las aulas, señala.

Sin ser neuropsicólogo, según reconoce, Bautista apunta que aquellos procesos y áreas del pensamiento complejo a los que puede ayudar la escritura caligráfica también pueden desarrollarse por otras vías, sin querer decir que desaparezca la escritura manual: “El pensamiento se puede llegar a representar por con lápiz y papel o con otros medios como el audiovisual”.

El director de la Unidad de Evaluación Neuropsicológica del Instituto de Orientación Psicológica EOS, Francisco Rodríguez Santos, comenta que escribir en letra cursiva te da un margen de tiempo que quizás no permite el teclado, sobre todo a la hora de imaginar, de expresar las ideas.

Otro aspecto está relacionado con el desarrollo de la “motricidad fina” (dedos y manos), pues la escritura manual conlleva “una melodía cinética”.

“La escritura enseña o favorece el aprendizaje de esa motricidad fina, que no es solo movimiento, sino un movimiento acompasado”.

La escritura manual personal de cada uno ayuda a articular el pensamiento y la forma de expresar tu estado de animo, tu carácter y tu situación en ese momento, es la parte emocional del cerebro, concluye.

Y Anna Coll, profesora de la escuela de caligrafía artística Deletras, sintetiza: “Si quieres ser más reflexivo y realmente concienzudo, hay mucha gente que escribe a mano”.

El pequeño coste de custodiar la lengua

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La Academia "no siempre está a la altura de la exigencia de cuidar la lengua" y acepta "despropósitos" como "en ciernes", cuando la forma consagrada es "en cierne", según Celdrán
La Academia “no siempre está a la altura de la exigencia de cuidar la lengua” y acepta “despropósitos” como “en ciernes”, cuando la forma consagrada es “en cierne”, según Celdrán

Preocupado por el escaso cuidado que hoy día se le presta al lenguaje, Pancracio Celdrán intenta resolver las dudas más frecuentes que asaltan a los hispanohablantes en su libro, “Hablar bien no cuesta tanto”, una obra en la que deja claro que “con la lengua no se mercadea”.

“Con la lengua no se juega, no cabe ser políticamente correcto, ya que las consecuencias de tan descabellada actitud son nefastas”, asegura Celdrán, quien critica a la Real Academia Española porque “no siempre está a la altura” de lo que se espera de ella y “levanta la mano para que pasen despropósitos y usos mostrencos”.

El libro de Celdrán (Murcia, 1942) realiza un ameno recorrido por la lengua española, y aunque es útil para cualquiera que esté interesado por estas cuestiones, sus destinatarios particulares son los profesionales de radio y televisión, ya que, en opinión del autor, los tertulianos, presentadores y periodistas “confunden y equivocan a la población con su mal uso del idioma”.

“La enseñanza del idioma no está tanto en la universidad o el instituto, cuanto en los micrófonos y cámaras de televisión, y no se puede asumir la responsabilidad de hablar para el gran público sin una preparación lingüística seria”, afirma este lingüista y profesor, apasionado desde niño por la historia de las palabras, su evolución, su etimología.

¿Es correcto decir autodidacto y polígloto? ¿Existió la intemerata? ¿De dónde vienen las expresiones “sursum corda” o alma de cántaro? ¿Es admisible la palabra wikipedista? ¿Qué significa “negar la mayor” o “metérsela a alguien doblada”? ¿Existe el término pichichi? Todas estas preguntas encuentran debida respuesta en “Hablar bien no cuesta tanto”, en el que Celdrán se hace eco del interés que suscitan estos asuntos entre el gran público.

El escritor, que ha sido profesor de distintas universidades americanas, europeas y de Oriente Próximo, critica “la incompetencia lingüística” y “la pobreza de léxico” que tienen muchos profesionales de radio y televisión, y en cierto modo les atribuye el que “la escalada en la incorrección lingüística oral y escrita vaya en aumento”.

“No les pedimos que sean Demóstenes ni Cicerón, pero sí que conozcan y utilicen las reglas por las que se rige el lenguaje, la gramática, la sintaxis o el vocabulario”, señala Celdrán, autor de obras como “El gran libro de los insultos” y “Hablar con corrección”.

A este profesor le molesta especialmente “la orgía de despropósitos” puestos en circulación por algunos políticos, empeñados en decir “vascos y vascas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “padres y madres”, olvidándose de que, en esos casos, el masculino plural puede incluir a personas de uno y otro sexo.

En “Hablar bien no cuesta tanto”, Pancracio Celdrán aborda también el leísmo, laísmo y loísmo, y constata que el dequeísmo “se bate ya en retirada”, pero dejando tras de sí “un campo de minas: el del queísmo, error consistente en suprimir la preposición ´de´ o la conjunción ´que´ sin venir a cuento”, como, por ejemplo, en “se han enterado que vas a venir”.

El autor de “El libro de los elogios” recuerda que la lengua es “una convención de hablantes y tiene una estructura, unas normas, una personalidad contra lo cual no debemos atentar”.

Por eso, la Real Academia Española, como “gestora de ese patrimonio extraordinario que es la lengua, tiene la obligación de preservarlo de impurezas”.

Pero, en su opinión, la Academia “no siempre está a la altura de esa exigencia” y acepta “despropósitos” como “en ciernes”, cuando la forma consagrada es “en cierne”; o como “modisto”.

La palabra “modista”, recuerda el autor, es de género común por la naturaleza del sufijo “-ista”, indicativo de profesión. “Decir modisto es tan disparatado como decir electricisto”, asegura