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El anhelo de una lengua universal

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El Klingon es una lengua desarrollada por Marc Okrand para los estudios Paramount Pictures.Este idioma pertenece a los Klingons, una raza que durante los comienzos de la serie original de Star Trek no iba a tener mayor protagonismo, sin embargo, la sencillez y los bajos costos en maquillaje les garantizaron su permanencia. James Doohan creó los sonidos básicos y algunas palabras para la primera película basada en la serie original Star Trek: The Motion Picture (1979). Hasta ese momento los klingon solo se habían expresado en inglés. Luego, Okrand creó un amplio léxico y una gramática completa para Star Trek III: En busca de Spock (The Search for Spock) y las siguientes producciones de la franquicia.
El Klingon es una lengua desarrollada por Marc Okrand para los estudios Paramount Pictures.Este idioma pertenece a los Klingons, una raza que durante los comienzos de la serie original de Star Trek no iba a tener mayor protagonismo, sin embargo, la sencillez y los bajos costos en maquillaje les garantizaron su permanencia. James Doohan creó los sonidos básicos y algunas palabras para la primera película basada en la serie original Star Trek: The Motion Picture (1979). Hasta ese momento los klingon solo se habían expresado en inglés. Luego, Okrand creó un amplio léxico y una gramática completa para Star Trek III: En busca de Spock (The Search for Spock) y las siguientes producciones de la franquicia.

Del quenya al klingon pasando por el simlish o el alto valyrio, los idiomas extravagantes forman parte del imaginario de la literatura fantástica y en ocasiones tienen tanto cuerpo gramatical como el volapük o el esperanto, lenguas artificiales creadas para la comunicación en el mundo real.

El hervidero político europeo durante el siglo XIX, alimentado por el Romanticismo, desembocó en nacionalismos extremos que habrían de conducir durante el siglo siguiente a los dos peores conflictos bélicos registrados históricamente en el Viejo Continente.

Como reacción a estos movimientos exageradamente patrióticos, un puñado de idealistas lanzó la idea de crear un lenguaje universal como vehículo de fraternidad para evitar los enfrentamientos internacionales y así surgieron varias iniciativas en el mundo real que tuvieron su reflejo posterior en el género fantástico, donde además sirvieron para dotar de estructura y credibilidad a algunas de sus obras más famosas.

El párroco católico alemán Johann Martin Schleyer fue el primero en diseñar una lengua artificial destinada a facilitar la comprensión entre las distintas culturas en una Europa que había comenzado el siglo XIX con las guerras napoleónicas y se acercaba a su final tras la guerra francoprusiana y los conflictos exteriores como el de los bóers en Suráfrica o el de los bóxers en China.

Schleyer creó el volapük en 1879 basándose en el lema “Menefe bal, püki bal” (“Una única lengua para una única humanidad”) y obtuvo un gran éxito de inmediato: 100.000 personas de 280 asociaciones llegaron a utilizarla y publicar más de 300 libros de texto.

Pero su complejidad gramatical y, sobre todo, los enfrentamientos entre su fundador y uno de sus discípulos, el holandés Auguste Kerckhoffs, terminaron con su popularidad.

Muchos partidarios del idioma universal se pasaron entonces al esperanto, un experimento similar impulsado por el oftalmólogo judeopolaco Ludwik Lejzer Zamenhof, quien también conocía el volapük.

De hecho, hablaba alemán, polaco, ruso, yiddish, latín, griego, hebreo clásico, francés e inglés, además de poseer conocimientos básicos de español, italiano y otras lenguas.

Zamenhof soñaba con el perfecto idioma auxiliar para la comunicación internacional y en 1887 publicó el “Unua Libro” (“Primer Libro”) que describe el esperanto tal cual hoy lo conocemos aunque, pese a sus esfuerzos, ninguna nación lo adoptó jamás como lengua oficial y se estima que hoy día lo manejan menos de 10.000 personas.

Entre los escritores del género fantástico que han desarrollado lenguajes artificiales para sus obras, el gran maestro es J.R.R.Tolkien, el autor de “El Señor de los Anillos” y “El Hobbit”.

Lingüista destacado, desarrolló durante toda su vida algunos de sus idiomas más famosos, como el quenya o lenguaje de los altos elfos de Valinor.

También creó el sindarin o élfico gris, el adunaico de Númenor y otros, hasta un total de quince lenguajes diferentes.

Dentro de la Ciencia Ficción propiamente dicha, uno de los idiomas artificiales más populares es el klingon, desarrollado por otro lingüista, el norteamericano Marc Okrand, quien recibió el encargo de dotar con su propio idioma a la belicosa y homónima raza extraterrestre que aparece en “Star Trek”.

A este idioma se han traducido algunas obras de Shakespeare como “Hamlet” y “Mucho ruido y pocas nueces” porque, como dice el Canciller Gorkon, uno de los personajes klingon: “usted no ha experimentado realmente a Shakespeare hasta que no lo ha leído en el klingon original”.

Okrand también inventó el vulcaniano, idioma de los nativos de Vulcano como el doctor Spock, aunque la frigidez emocional y la rigidez social de esta raza lo han convertido en una lengua poco utilizada.

Menos elaborado es el Simlish o lengua ficticia de los videojuegos de Maxis para sus aventuras con los Sims.

Pese a su sencillez, es un lenguaje difícil ya que está compuesto por balbuceos y sonidos como el de los bebés, con expresiones como “Sool-Sool” (“Hola”) o “Veena Fredishay” (“Vamos a jugar”).

El idioma de moda en el fandom en la actualidad es el alto valyrio, una lengua muerta pero recordada a través de multitud de canciones y libros que aparecen en la saga de “Hielo y Fuego” de G.R.R. Martin, popularizada mundialmente gracias a la serie televisiva de “Juego de Tronos”.

Su frase más popular es “Valar Morghulis” (“Todos los hombres deben morir”), como bien saben los numerosos personajes decapitados, apuñalados, quemados, envenenados y, en general, asesinados por Martin en sus libros.

De todas formas, hay que recordar que la Ciencia Ficción resolvió hace mucho tiempo el problema del lenguaje universal gracias a la telepatía. Pero ésa es otra historia…

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El castellano alegra; las canciones en inglés, deprimen

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Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas
Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas

El lenguaje es la mayor tecnología social desarrollada por la humanidad, capaz de reflejar en la mente el contenido de las historias que los propios hombres y mujeres elaboran y cuentan. El efecto de los idiomas en la configuración de los pensamientos ha sido durante mucho tiempo un tema controvertido. En 1969, Boucher y Osgood formularon la hipótesis de Pollyanna, que propone la existencia de un sesgo hacia la positividad en la comunicación humana.

Ahora, un equipo de investigadores de Estados Unidos y Australia ha podido confirmar esta hipótesis. En su trabajo han evaluado 100.000 palabras repartidas en 24 corpus de 10 idiomas diferentes en origen y cultura: español de México, francés, alemán, portugués de Brasil, coreano, chino, ruso, indonesio y árabe.

Las fuentes de estos corpus de palabras han sido varias: libros de Google Books, medios de comunicación como The New York Times, la red social Twitter, páginas web, subtítulos de televisión y de cine y letras de canciones musicales. Y en todos ellos se ha comprobado que las palabras alegres priman sobre las tristes.

Los investigadores, encabezados por Peter Sheridan Dodds de la Universidad de Vermont (Estados Unidos), apuntan que los resultados obtenidos prueban “una profunda huella de sociabilidad humana en el lenguaje”, lo que se refleja en que “las palabras del lenguaje humano natural poseen un sesgo hacia la positividad universal, en que el contenido emocional estimado de las palabras es consistente entre las lenguas bajo traducción, y en que este sesgo de positividad es independiente de la frecuencia de uso de las palabras”.

A partir de técnicas de minería de datos, el equipo de científicos localizó las 10.000 palabras más utilizadas en cada uno de los diez idiomas y seleccionó a nativos para que puntuaran en una escala de 1 a 9 puntos cada una de las palabras en función del optimismo que reflejaran, dando menos puntuación a las palabras negativas –como desgracia, muerte o cáncer– y más a las positivas –como cumpleaños, vida o sorpresa–.

En todos los corpus de palabras analizados se encontró un sesgo hacia lo positivo, aunque las mayores tasas se identificaron en las páginas web en español, los Google Books en español y Twitter en español, seguidas de las páginas web en portugués y Twitter en portugués. Las tasas más bajas se registraron, por el contrario, en las letras de las canciones en inglés, los subtítulos de las películas en coreano y los Google Books en chino.

A través de este método, los investigadores han desarrollado un hedonímetro, un sistema capaz de estimar la felicidad contenida en un texto escrito. El próximo objetivo será aplicar este método en otros lenguajes y en diferentes grupos demográficos.

Aprender dos lenguas disipa la amenaza de dislexia

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Los niños disléxicos que aprenden a la vez un idioma que se pronuncia como se escribe –como el castellano– y una segunda lengua en la que la misma letra puede tener varios sonidos –como el inglés– sufren menos esta alteración cuando leen o escriben en este último idioma
Los niños disléxicos que aprenden a la vez un idioma que se pronuncia como se escribe –como el castellano– y una segunda lengua en la que la misma letra puede tener varios sonidos –como el inglés– sufren menos esta alteración cuando leen o escriben en este último idioma

¿Dislexia o dsxiliea? Cualquier persona sin trastornos de lectura podría leer sin problemas la primera palabra. Pero si quien lo intenta sufre esa alteración, verá algo similar a la segunda.

La dislexia es un déficit de la capacidad lectora que dificulta el aprendizaje y que afecta a entre el 3 y 10% de la población. Su transmisión es en parte genética, y su diagnóstico se realiza en menores de entre 8 y 9 años, aunque los síntomas se manifiestan antes. Hasta el momento, la única forma de combatir este trastorno era a través de tratamientos precoces adaptados a la edad y síntomas del paciente.

Ahora, una investigación desarrollada por la Universidad de Bangor (Gales) y el Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL, por sus siglas en inglés) de San Sebastián ha demostrado que algunas combinaciones de bilingüismo, transmitidas desde edades muy tempranas, contribuyen a reducir sus síntomas.

El objeto principal era comprobar si un bilingüismo adquirido por niños que aprenden a leer en inglés y galés al mismo tiempo podía beneficiar a quienes sufrían dislexia evaluada en la lengua inglesa. “Y la respuesta es sí”, afirma tajante Marie Lallier, científica del BCBL y una de las autoras del estudio, publicado en Scientific Studies of Reading.

El trabajo se realizó con adultos que en su infancia crecieron con estos idiomas como lenguas maternas por una razón fundamental: el galés es de los llamados transparentes, es decir, sus letras siempre tienen el mismo sonido, como el castellano y el euskera. Sin embargo, el inglés, al igual que el francés, es considerado opaco, porque una misma letra puede tener varios sonidos al ser leída.

Las nuevas conclusiones revelan, por primera vez, una diferencia clara e inequívoca entre los síntomas que muestran las personas disléxicas bilingües y monolingües. Y su importancia radica en que se ha demostrado una transferencia entre idiomas en el caso de las personas que hablan dos lenguas.

“Un bilingüe se puede apoyar en los recursos que usa en un idioma para ayudar a procesar el otro, y eso es importante porque puede ser de gran ayuda para adultos con dificultades en el lenguaje”, subraya Lallier.

Resultado robusto

Los expertos partieron de una hipótesis: si una niña o un niño aprende un idioma transparente junto con otro opaco, el primero contribuirá a “la descodificación o la adquisición de la lectura del más complejo (es decir, el opaco)”. Y los resultados fueron concluyentes.

“El déficit de lectura y escritura en inglés que sufrían las personas disléxicas que habían aprendido a hablar en galés e inglés era menos fuerte que el de quienes habían adquirido solo un idioma opaco (el inglés). Era una diferencia significativa y bastante clara”, según explica Lallier.

Los investigadores utilizaron a 60 personas de entre 18 y 40 años distribuidas en cuatro grupos: en el primero juntaron a 15 adultos con dislexia monolingües ingleses y en el segundo, a otras 15 disléxicos bilingües en galés y en inglés. Los otros dos grupos, también de 15 miembros cada uno, estaban compuestos por los llamados controles, personas sin dislexia monolingües y bilingües utilizados para comparar los resultados.

Todos los participantes recibieron los mismos estímulos en inglés para comprobar si el hecho de haber aprendido a leer en los dos idiomas había permitido a los disléxicos bilingües tener problemas menos severos –en procesos de lectura y fonológicos– que los que no conocían el galés. “Todos tenían dislexia, pero demostramos que los bilingües sufrían problemas menos importantes en inglés que los de habla exclusivamente inglesa”.

Un segundo idioma no cura la dislexia
¿Y cómo influye este bilingüismo en los escolares, que son quienes potencialmente sufren con más dureza los efectos de la dislexia? Lallier precisa que este estudio solo se ha testado sobre adultos, pero se atreve a decir que “seguramente, estas personas bilingües angloparlantes tuvieron menos dificultades con la lectoescritura en inglés o superaron algunos trastornos con menor dificultad que los niños que no aprendieron galés”.

“No se puede decir que un segundo idioma cure la dislexia, porque los adultos del estudio siguen teniéndola; solo han disminuido algunos de los síntomas. En general, es bueno para combatirla, pero hay diferentes tipos de bilingüismo: unos aprenden un segundo idioma desde que nacen, otros a los seis años… por eso no se puede decir todavía que sea bueno para todos los casos”, puntualiza.

Los autores defienden que las personas bilingües afectadas por este trastorno deberían recibir siempre el apoyo y la reeducación de logopedas y personal especializado.

Las tripas de las letras

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Si llevas puesta una rebeca, la culpa la tiene Hitchcock o Joan Fontaine, al menos en lo que a lo del nombre se refiere. En la película de 1940 «Rebecca» la protagonista, Joan Fontaine, lucía un cárdigan de punto fino, sin cuello y abotonada por delante. Este tipo de chaqueta se puso muy de moda en nuestro país, hasta tal punto que adoptó como nombre el título de la película
Si llevas puesta una rebeca, la culpa la tiene Hitchcock o Joan Fontaine, al menos en lo que a lo del nombre se refiere. En la película de 1940 «Rebecca» la protagonista, Joan Fontaine, lucía un cárdigan de punto fino, sin cuello y abotonada por delante. Este tipo de chaqueta se puso muy de moda en nuestro país, hasta tal punto que adoptó como nombre el título de la película

Palabras como “adefesio”, procedente del latín “ad Ephesios”, la célebre epístola de San Pablo; “guiri”, de origen vasco, o “pasmo”, cuya etimología es la misma que la de “espasmo”, son fruto de una curiosa evolución que ha sido estudiada por el latinista Juan Gil en el libro “300 historias de palabras”.

Publicado por Espasa, este libro demuestra que la lengua “es un volcán en constante ebullición” y rastrea los sorprendentes cambios experimentados por una serie de términos, algunos de plena actualidad y otros ya en desuso, pero siempre “muy interesantes”, asegura Gil.

A más de uno le sorprenderá saber que, en la época en la que las misas se decían en latín, la expresión “in diebus illis” (en aquellos días) acabó convertida en “busilis”; que hubo un tiempo en que “mamotreto” significaba “criado por su abuela”; que “fetén” es un término caló, que “pánfilo” remite al nombre propio latino “Pamphilus”, que “tanga” procede del idioma tupí o que “zombi” podría tener su origen en África.

Académico de la Lengua y pionero de los estudios de latín medieval en España, Gil llama por ejemplo la atención sobre la palabra “asesino”, que tanto le debe al árabe “hassasin” (“adictos al cáñamo indio, es decir, al hachís”) desde que, en el siglo XI, los seguidores del líder Hassam e-Sabbah, del grupo chií ismailí de los nizaríes, asesinaban a sangre fría tras ingerir una poción elaborada con cannabis.

En la renovación del léxico influyen numerosos factores, desde los fonéticos (“respeto” y “respecto” tienen la misma etimología; “llaga” y “plaga” provienen de la misma raíz) hasta los cambios que ha experimentado el atuendo, visibles en voces como “bikini”, “bragas”, “corbata”, “pamela”, “rebeca” o la ya citada “tanga”.

A su vez, “pamela” y “rebeca” reflejan hasta qué punto algunos nombres propios pasan a ser comunes. La primera se debe al característico sombrero de amplias alas que lleva la protagonista de la novela “Pamela, o la virtud recompensada”, de Samuel Richardson, y la segunda, a la chaqueta de punto que vestía la actriz Joan Fontaine en la película “Rebeca”, de Hitchcock.

Y una constante a lo largo de la historia, comenta Gil, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Sevilla, es que el extranjero es mirado “siempre con recelo” y a veces “con desprecio”, y así lo refleja la historia de “bárbaro”, “bujarrón”, “esclavo”, “flamenco”, “gabacho” o “yanqui”.

Si hoy en día hay “una invasión” de anglicismos, en el XVIII el idioma dominante era el francés y de esta lengua proceden palabras como “popurrí”, “acoquinar” o “sabotaje”.

En el castellano abundan los préstamos de otras lenguas. Del japonés proceden, por ejemplo, “harakiri” y la más reciente “tsunami”. “¿Quién hubiera dicho que ‘tsunami’ acabaría, hoy por hoy, sustituyendo a ‘maremoto’?”, se pregunta Gil, director de este libro en el que las labores de redacción y documentación han corrido a cargo de Fernando de la Orden.

Del neerlandés procede “flamenco” y del italiano “fascista” viene “facha”, pero, en un elevado porcentaje, la mayoría de las voces castellanas provienen del latín y del griego, dos lenguas que, “desgraciadamente”, cada vez tienen menos presencia en los planes de enseñanza, dice Gil.

“Se debería fomentar el estudio etimológico entre los más jóvenes, porque eso les ayudaría a conocer mejor su propio idioma”, afirma este experto en la historia de Cristóbal Colón.

El desconocimiento del latín causaba estragos también en el pasado, como lo refleja el ya mencionado “busilis”, que significa “punto en que estriba la dificultad de una cosa” y que tiene su origen en la expresión “in diebus illis”.

De la misma forma, cuenta Gil, “el pueblo iletrado creyó reconocer en el ‘da nobis hodie’ (danos hoy) del padrenuestro una hipotética dama: doña Bisodia”, y todo por un falso corte de palabras: “dano bishodie”.

El sustantivo “adefesio”, que actualmente significa “persona o cosa ridícula o de gran fealdad”, tiene uno de los orígenes “más sorprendentes del léxico español”, asegura Gil. En el siglo XVI, “hablar ad Ephesios” tenía el significado de “inútilmente, disparatadamente”, dado lo improductivo de lo que predicaba San Pablo.

O, como decía Unamuno, porque a los novios “les entran por un oído y les salen por otro las recomendaciones que se dan sobre el matrimonio” en el capítulo quinto de la famosa epístola.

En “300 historias de palabras” (el título es un guiño a los trescientos espartanos que combatieron contra Jerjes en las Termópilas) se critica también la afición de los políticos a los eufemismos. “La verdad duele y quita votos”, concluye Gil.

A golpes con el diccionario

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El deficiente empleo del castellano es una afección extendida y sus manifestaciones sonrojan pese a que muchas de ellas habiten en la sorna
El deficiente empleo del castellano es una afección extendida y sus manifestaciones sonrojan pese a que muchas de ellas habiten en la sorna

Expresiones como “No seas pájaro de paragüero”, “Elevaduras eléctricos” o “Todo quedará en agua de borrascas” son algunas muestras de los “destrozos” de frases hechas que, con mayor o menor frecuencia, pueden oirse y que han sido recopiladas por cinco hermanos que ahora han publicado en un libro.

Editado por Espasa, este libro de humor reúne varias decenas de estas expresiones mal dichas que durante tiempo fueron incluyendo en una lista 5 de los 12 hermanos Abadía, hijos de Leopoldo Abadía, autor del libro superventas sobre la crisis mundial “La crisis ninja”.

Es Leopoldo Abadía quien prologa este libro que han titulado “No seas pájaro de paragüero y otras blabladurías”, y en el que expresa su ilusión por ver impresas y agrupadas las frases que sirvieron durante años para que se rieran en casa.

Explica cómo debido al trabajo profesional y las relaciones sociales, uno va tropezándose a lo largo de la vida con personas que destrozan frases hechas, aunque lo hagan con buena voluntad, y cómo sus hijos han ido apuntando estas “herejías lingüísticas”.

Los autores -Gonzalo, Javier, Jorge, Rafael y Alfonso Abadía- han seleccionado estas “blabladurías” entre más de 500 frases de toda naturaleza que han ido escuchando a lo largo de los últimos años.

Así, explican, desde 2012 los cinco hermanos han estado “atentos” al peculiar uso del lenguaje “intentando cazar al vuelo las efímeras blabladurías en conversaciones, confidencias, reuniones o charlas en la barra del bar”.

Todas las expresiones reunidas en el libro, que cuenta con numerosas ilustraciones de Gonzalo Abadía y Pedro Villa, han sido escuchadas por alguno de los autores de alguna persona que las ha pronunciado de forma “natural y espontánea”, aseguran. Y junto al dicho “mal dicho”, incluyen y explican la verdadera y correcta forma de emplearlas.

En el capítulo dedicado a la naturaleza y el mundo animal destacan, además del pájaro de “paragüero”, el dicho transformado de “es más astuta que las gallinas”, mientras que para hablar de algo complicado reproducen la frase: “esto es como enhebrar una aguja en un pajar”.

Aunque no hay que conformarse con estar en la brecha, los autores consideran que con estar en la cresta de la ola es suficiente y no hace falta, como han oído, asegurar que “no siempre se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola”.

“Este es un tema vudú”, para referirse a algo que no debe ser comentado, en lugar de “tema tabú”, o “lo dijo para adornarme la píldora”, en vez de dorarla, son otras de las expresiones que incluye el libro.

Tener “orejas de soplido”, creerse algo “a pies puntillas” o que un famoso salga en la tele porque tiene mucha “audición” son otros disparates cazados al vuelo por los autores, que también han escuchado a alguna persona lamentarse asegurando: “Es que monto un circo y me echan los enanos”.

Sobre la dedicación de los progenitores a sus hijos estando siempre “al pié del cañón”, la “blabladuría” se vuelve más peligrosa cuando se transforma en algo como: “Tu padre, como siempre, al pie del camión”.

“Lo hizo sin quererlo ni comerlo” es una cuestión ante la que no hay “que arriesgar las vestiduras” sino hablarlo “a calzoncillo quitado”, a no ser que sea alguien que “ni lo siente ni lo parece”. A buen entendedor, con pocas palabras bastan.

Palabras con buena onda

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En clásicos como "Moby Dick" predominan, pese a sus momentos truculentos,  las palabras positivas
En clásicos como “Moby Dick” predominan, pese a sus momentos truculentos, las palabras positivas

Un estudio publicado por la Universidad de Vermont (Burlington) revela que las palabras positivas son predominantes, se aprenden con mayor facilidad, son usadas con frecuencia y se consideran más significativas.

El equipo de académicos de la Universidad de Vermont, liderado por Peter Sheridan Dodds y Christopher Danforth, establece que “la comunicación humana a través del lenguaje es predominantemente positiva”.

El estudio se realizó a partir de la hipótesis denominada “Pollyanna”, formulada por los estudiosos Charles Osgood y Jerry Boucher en 1969, que ponía de manifiesto que las personas, independientemente de la cultura a la que pertenezcan, utilizan con mayor frecuencia palabras positivas.

Los diez idiomas analizados fueron el inglés, el español, el portugués, el alemán, el francés, el chino, el ruso, el indonesio, el árabe y el coreano y los resultados revelaron que “la comunicación en la lengua española es la más positiva”, seguida de cerca por la portuguesa y la inglesa.

Asimismo, entre todos los idiomas analizados, los resultados revelaron que “el intercambio en chino y en ruso suele ser los menos positivos”.

El estudio analizó 100.000 palabras en veinticuatro soportes diferentes, como entradas de Twitter, letras de canciones, subtítulos de programas televisivos, emisiones de radio y clásicos de la literatura universal.

Dodds y Danforth concluyen que la hipótesis Pollyanna sigue siendo válida después de 45 años respecto a la tendencia de “usar palabras positivas en la comunicación”.

En este sentido, el informe sugiere que los humanos tienden a recordar mejor la información gratificante que las vivencias desagradables y que el ser positivo juega un rol importante en la sicología humana.

El equipo de la universidad de Vermont cataloga además cerca de cincuenta valoraciones por palabra analizada, unas 10.000 en total, a partir de la clasificación realizada por parte de los participantes, a los que se les pagó para valorar sus sensaciones buenas o malas.

Con una base de datos en la que se recogieron alrededor de cinco millones de valoraciones por persona, Dodds y Danforth distribuyeron los resultados de acuerdo con la percepción favorable o desfavorable de cada idioma analizado.

El informe revela además que el uso de palabras positivas es “muy frecuente” y “sobrepasa a los términos negativos” en los clásicos de la literatura universal, como Moby Dick, El Quijote, Ulises, Oliver Twist, Crimen y Castigo o El Conde de Montecristo.

A partir de los resultados del estudio, los académicos han puesto en marcha una herramienta en internet denominada Hedonometro, que permite visualizar un análisis de las obras literarias en cuanto al lenguaje positivo que utilizan.

De pícaros y maliciosos

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Lazarillo de Tormes es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos
Lazarillo de Tormes es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos

La palabra pícaro no suele estar mal vista en la sociedad española, y si decimos de alguien que lo es, tal calificativo conlleva normalmente la connotación cariñosa de considerarlo una persona algo sinvergüenza, pero simpática, astuta, divertida y carente de maldad.

La Real Academia, sin embargo, en su diccionario es bastante más dura a la hora de definir el término: ‘bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso’…

Esta falta de sintonía entre la Academia y la calle se debe a que el público identifica la figura del pícaro con Lázaro de Tormes, mientras que los eruditos saben que Lazarillo fue solo el precursor, y los verdaderos pícaros, bastante más malvados, como el Buscón o Guzmán de Alfarache, aparecieron cincuenta años más tarde, en el Barroco.

Si los protagonistas de las novelas picarescas son siempre antihéroes, en el caso de Lázaro de Tormes nos encontramos con un auténtico infeliz. En el primer capítulo del relato asistimos al peregrinar de un niño en compañía de un ciego que le trata con bastante crueldad; la primera enseñanza del amo será sacudirle un tremendo golpe para que aprenda a desconfiar de los demás.

Al recibir el golpe, Lázaro siente que acaba de dejar de ser niño, y que de ahí en adelante deberá espabilar, porque nadie va a velar por él. Su segundo amo, un tacañísimo clérigo, le enseñará a saber lo que es pasar hambre, y al pobre chico, que ya le había descalabrado su anterior amo, le vuelve a abrir la cabeza este siniestro cura.

Con el tercer amo, al menos, Lázaro recibe un trato correcto. Un hidalgo empobrecido le toma como criado en Toledo, y con él descubriremos lo que es el mundo de las apariencias: el hidalgo se muere de hambre, pero su clase social le hace despreciar el trabajo y, por encima de todo, disimula ante los demás su precariedad.

Nuestro amigo Lazarillo, que tanta hambre ha pasado con sus dos amos anteriores, con el actual no solo sigue sufriéndola…, es que, además, lo poco que consigue para comer termina repartiéndolo con el hidalgo y es el criado quien tiene que conseguir el sustento para el amo.

En los siguientes capítulos, Lázaro sigue sirviendo a distintos amos; las críticas a la Iglesia se suceden, pues no en vano la sombra del erasmismo planeaba sobre la España de la época. El niño se va convirtiendo en mozo, y luego en joven que lucha con todas sus fuerzas por salir de su estado menesteroso.

Su oportunidad le llegará de la mano de un arcipreste, también en Toledo, que no solo le ofrece el puesto de pregonero, sino que le casa con su criada y le ofrece una casita al lado de la del propio clérigo. En ese momento, Lázaro se considerará «en la cumbre de toda buena fortuna».

Algunas malas lenguas, sin embargo, pretenden amargarle su felicidad. Todos los cotillas de la ciudad murmuraban que la mujer de Lázaro era, en realidad, la barragana o querida del arcipreste, y que este había urdido el matrimonio exclusivamente para acallar las habladurías y poder seguir con sus manejos de un modo mucho más discreto.

Lázaro se hace el tonto y mira para otro lado; debió de pensar que conceptos como el de la honra eran más bien propios del mundo de los ricos, y que los pobres bastante trabajo tenían con tratar de aplacar su hambre.

Un antihéroe, un infeliz, un pringado era, en definitiva, el pobre Lázaro. Es bastante probable que los pícaros de hoy se parezcan, más que a Lazarillo, a sus congéneres del Barroco, y que su actuación quede perfectamente reflejada por la implacable definición del diccionario: ‘bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso’.