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Valle-Inclán en las trincheras

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Valle se inspiró en su experiencia real en la Gran Guerra para escribir una obra a medio camino entrea la crónica periodística y la poesía en prosa
Valle se inspiró en su experiencia real en la Gran Guerra para escribir una obra a medio camino entre la crónica periodística y la poesía en prosa

Cuando el tipo manco y barbado bordeó la trinchera, la infantería gala le tomó por un alto mando. Era mayo de 1916 y Ramón María del Valle-Inclán narraba la contienda para “El Imparcial”, una inesperada antología de crónicas que la editorial Gallimard rescata en el primer centenario de la Gran Guerra.

Porque Valle, pese a lo poco o nada que se recuerde, fue corresponsal en el frente de Alsacia y lo fue según esa manera suya, entre misticismo y crudeza, que, en opinión del coordinador de la traducción e hispanista François Géal, avanza el tono de su obra posterior. Y -quién sabe- de las obras de otros.

“Es el estilo inimitable de Valle, un tratamiento literario muy particular donde se esfuman las fronteras entre relato, teatro y poesía”, argumenta Géal, autor además de un esclarecedor prefacio al texto.

Como Ortega y Gasset o Gregorio Marañón, el dramaturgo era aliadófilo con todo lo que ello significaba en el paisaje intelectual ibérico de la época, sembrado de manifiestos a un lado y al otro de esa “neutralidad forzosa”, sostuvo Azaña, que exigían las carencias del país.

Y Valle impactó a la tropa. Géal cita los elogios de un tal capitán Roberts, admirado ante la entereza de un dramaturgo fiel a su mítica personal al que le gustaba recordar cómo, en el curso de la operación que le amputó el brazo, reclamó un habano para engañar el dolor.

A finales de 1916 y bajo el título de “Un día de guerra (Visión Estelar)”, el suplemento literario “Los Lunes de el Imparcial” publicaba las crónicas en dos remesas -“La media noche” y “En la luz del día”- para facilitar las cosas al lector de una España que, bajo el reinado de Alfonso XIII, aún rumiaba el desastre colonial.

Si bien la primera terminaría por encuadernarse en 1917, la segunda tuvo peor destino y permaneció en la sombra durante cinco décadas hasta que, en los años setenta, la editorial Aguilar la recuperó en una reedición de las obras completas del genio gallego.

Ahora, en plena explosión impresa del conflicto, Gallimard publica “Un jour de guerre vu des étoiles” (“Un día de guerra visto desde las estrellas”), una esmerada edición bilingüe cuyo título alude a esa “visión estelar” que, tras sobrevolar el frente en plena noche, impresionó al cronista. “Fue una revelación”, diría después.

Luego se contó -Géal cita a un testigo de la particular epifanía- que Valle, entonces recién nombrado profesor de Estética en Madrid, aprovechó el vuelo sobre las líneas alemanas para arrojar un puñado de cartas de visita con su nombre. La anécdota genera dudas aunque el personaje, advierte el hispanista, no invite a desecharla.

Pero la visión estelar era, antes de nada, un recurso narrativo: un punto de vista omnisciente, múltiple, que pretendía condensar “los varios y diversos lances de un día de guerra en Francia”, según reconocía Valle en el prólogo a la edición de 1917.

Era 1916 o, lo que es lo mismo, Joyce no empezaría a publicar su monumental “Ulises” hasta cuatro años después, y también es antes del “Manhattan Transfer” de Dos Passos, obras que aspiraban a narrar los entresijos de una sola jornada.

Así que aquel Valle de “capote, boina y polainas”, como le describió su confidente Corpus Barga, se adelantó, según Géal, a cierta modernidad por mucho que “fracasase en el empeño” -o eso llegó a decir el escritor-, pues el resultado apenas rebasaba un “balbuceo del ideal soñado”.

De la marinería a una aldea “destripada” o al tedio mortal de la trinchera, la mirada del cronista asombra cuando evita el “ritmo del cañoneo” para detenerse en las pupilas de un campesino, “llenas del amor por las cosas”, o en ese tren que “derrama su cabellera de chispas en la cerrazón de la noche”.

Valle describe una “negra llanura” donde los hombres, “asomados a las troneras, contemplan el incendio de las granadas”; o donde un perro de lanas sostiene entre los dientes el brazo de un cuerpo que se hunde: “Se ve la mano lívida. El perro nada hacia la luz”.

Son imágenes de la “dimensión vanguardista” del autor, señala Géal, quien sugiere en su prólogo que la crónica debe ser leída como el laboratorio de una obra que ya anunciaba “Luces de Bohemia”, publicada en 1920, mientras prefiguraba los mimbres del esperpento.

Y aunque, como ironiza el hispanista, siempre lloviese en la Alsacia de Valle -era verano-, las imprecisiones y licencias continúan revelando un narrador “capaz de alcanzar otra verdad: a menudo más profunda que la suministrada por los hechos probados”.

Silverio Lanza, el aristócrata anarquista

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Las novelas de Lanza son auténticos experimentos que parten del naturalismo, con escenas dialogadas, elipsis. Es un escritor siempre fragmentario, burlesco, satírico y quevedesco, una especie de aristócrata anarquista
Las novelas de Lanza son auténticos experimentos que parten del naturalismo, con escenas dialogadas, elipsis. Es un escritor siempre fragmentario, burlesco, satírico y quevedesco

El editor de la sátira política de Silverio Lanza, “El marqués del Mantillo”, fue admirado por Borges, Ramón Gómez de la Serna y los premios nobel Camilo José Cela y Juan Ramón Jiménez, quien le dedicó dos semblanzas.

Gómez de la Serna fue su albacea y le publicó una novela póstuma, además de dedicarle el libro titulado “Prólogo a la obra de Silverio Lanza”, del que Borges dijo que era su obra preferida de todas las de Ramón Gómez de la Serna, mientras que Camilo José Cela le dedicó un monográfico de su revista Papeles de Son Armadans en 1964.

Además de ser su editor en el nuevo sello El Paseo, David González Romero le ha dedicado la tesis doctoral titulada “Silverio Lanza, un escritor perdido”, en la que lo considera un heterodoxo, un escritor sin ninguna conexión en la tradición literaria española y “un modernista curtido en el posmodernismo, que anuncia las vanguardias”.

Silverio Lanza, cuyo verdadero nombre fue Juan Bautista Amorós (Madrid, 1856 – Getafe, 1912), publicó siete novelas y seis libros de cuentos, además de numerosas colaboraciones en la prensa política y literaria, y ha sido considerado uno de los escritores que más influyó en los miembros de la Generación del 98, pese a su condición de inclasificable.

“Las novelas de Lanza son auténticos experimentos que parten del naturalismo, con escenas dialogadas, elipsis. Es un escritor siempre fragmentario, burlesco, satírico y quevedesco, una especie de aristócrata anarquista que tras varios fracasos decidió establecerse en Getafe”, lo que le valió el sobrenombre del Solitario de Getafe, según ha recuerda editor.

El título íntegro de la novela rescatada, de 1889, es “Noticias biográficas del Excmo. Sr. marqués del Mantillo”, que González Romero ha considerado de mucha actualidad por tratarse de “una crítica total al sistema de la Restauración” con la alternancia bipartidista.

“El ascenso del marqués del Mantillo no es el de un tirano, ni un espadón del siglo XIX sino de alguien hecho en el sistema parlamentario, un mediocre, un analfabeto, un incapacitado que llega a lo máximo y logra convertirse en presidente del Gobierno empleando mecanismos demagógicos y populistas y manejando a los periodistas a su antojo”, señala.

Es un producto, añade el editor, de los problemas dejados por la Primera República, con la crisis territorial que originó el cantonalismo y con el inicio de la crisis colonial española, que desembocó en el 98. “Sagasta, como político logrero, populista y demagogo y muy hábil manejando la prensa”, puede ser una de las figuras que inspiraran a Lanza para su “Mantillo”, resalta.

El “Mantillo” de Lanza llega más lejos que cualquier otro, ya que para disimular su analfabetismo se finge ciego a lo largo de su carrera política, un engaño que logra sostener hasta el final de la narración.

González Romero editó para la editorial Berenice otra obra inclasificable de Lanza, “La antropocultura”, que ha considerado “una extravagancia” dentro de lo que el erudito mexicano Alfonso Reyes denominó la “tradición hispánica de los raros”.

La pasión según Virginia Woolf

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A pesar de los temores, Woolf consiguió "culminar" el juego de seducción que Sackville-West había iniciado desde la noche en la que se conocieron, que les llevaría a una relación en la que mediaron los celos -la aristócrata no dejó de tener amantes-, pero construida sobre un sólido amor y respeto intelectual que consiguió que nunca "se enfadaran en serio" y que supuso una auténtica transformación para ambas
A pesar de los temores, Woolf consiguió “culminar” el juego de seducción que Sackville-West había iniciado desde la noche en la que se conocieron, que les llevaría a una relación en la que mediaron los celos -la aristócrata no dejó de tener amantes-, pero construida sobre un sólido amor y respeto intelectual que consiguió que nunca “se enfadaran en serio” y que supuso una auténtica transformación para ambas

Estuvo casada hasta su trágico suicidio en 1941, pero Virginia Woolf mantuvo durante toda su vida relaciones con mujeres, y fue con la aristócrata Vita Sackville-West con quien “culminó” sus deseos y fantasmas, un romance que la española Pilar Bellver recrea en el relato epistolar “A Virginia le gustaba Vita”.

Virginia Woolf, la escritora “feminista por excelencia”, y Vita Sackville-West, “casi como la lesbiana oficial de la aristocracia inglesa”, fueron revolucionarias y pioneras de la élite londinense del siglo XX, dos escritoras casadas que, a pesar de ello, ya se habían enamorado anteriormente de mujeres, unas experiencias que no evitaron que el romance que mantuvieron las “transformase” radicalmente.

“Lo tenían las dos muy claro”, explica Pilar Bellver, autora de “A Virginia le gustaba Vita”, un relato epistolar en el que la “imaginación” rellena los íntimos momentos que mantuvieron la escritora Virginia Woolf (1882-1941) y la aristócrata Vita Sackviller-West (1892-1960), y de los que no hay material explícito que los documente.

Son muchas las cartas y los diarios que dan cuenta de la relación romántica que vivieron las dos escritoras desde que se conociesen el 14 de diciembre de 1922, pero Bellver hace de esta obra ficticia, con base biográfica, una “aportación” de aquellos detalles que no se conocen.

“He contado lo que, después de tantas páginas de diario, no está contado. La noche de amor entre ellas, esas noches que nos faltan, la fantasía, lo que no llegaron a decir”, asegura la escritora.

Así, “A Virginia le gustaba Vita” (Dos Bigotes) toma como punto de partida el momento en que Woolf asume, en una carta destinada a Sackville-West, que el romance que han mantenido durante más de un año por correspondencia había de desembocar, inevitablemente, en una relación íntima y sexual.

Algo que, en el fondo, “le daba miedo” a ambas mujeres: “A Vita le daba miedo tener una relación muy intensa con ella”, explica Bellver, porque “todo el mundo” temía que Woolf se “desmoronase” a la mínima de cambio por sus antecedentes depresivos.

Para Bellver, Woolf era mucho más fuerte de lo que el resto pensaba, aunque admite que la autora de títulos como “Orlando” -un “regalo” destinado precisamente a Sackville-West, para que su mansión familiar, Knole, fuera “eternamente suya” ya que no podría heredarla por ser hija única-, también temía dar el siguiente paso en su relación.

“Virginia tenía también miedo, en mi opinión, de dónde pudiera llevarle todo eso. Ella ya se había enamorado de mujeres antes que de Vita, pero nunca había tenido relaciones con ellas”, explica sobre esta mujer que se sentía “muy insegura en el aspecto físico”.

A pesar de los temores, Woolf consiguió “culminar” el juego de seducción que Sackville-West había iniciado desde la noche en la que se conocieron, que les llevaría a una relación en la que mediaron los celos -la aristócrata no dejó de tener amantes-, pero construida sobre un sólido amor y respeto intelectual que consiguió que nunca “se enfadaran en serio” y que supuso una auténtica transformación para ambas.

“Vita le dio a Virginia alegría de vivir, entusiasmo, y se siente mucho más segura como mujer, como persona sexual. Y Virginia le dio a Vita solidez ética e intelectual”, resalta Bellver, que se lamenta de que no haya material íntimo sobre su relación porque Woolf fue parca en palabras al respecto en sus diarios para evitar que su marido, Leonard Woolf, conociese los detalles.

Aunque su esposo, uno de los fundadores del Partido Laborista, sí estaba al tanto de la relación entre las mujeres, al igual que el marido de Sackville-West, el diplomático, también homosexual, Harold Nicolson.

Es precisamente en una carta entre la aristócrata y su marido donde se revela la fecha exacta en la que Woolf y Sackville-West mantuvieron su primera relación sexual, en la noche del 17 al 18 de diciembre de 1925.

“A Virginia le gustaba Vita”, que en un principio fue un capítulo de la antología “Ábreme con cuidado” (Dos Bigotes) y se convirtió finalmente en una novela con voz propia, pretende, explica Bellver, “ser una guía casi pedagógica” a través de sus numerosas notas.

“Tiene dos planos: para la gente que sí conoce la historia y les falta algo, y para la gente que no la conoce y que disfruta aprendiendo”, apostilla Bellver sobre esta historia de amor que la actriz Eileen Atkins escribió para teatro en 1992 con la obra “Vita y Virginia” y que la directora Chanya Button está adaptando en la gran pantalla

Seres mitológicos y monstruos de paseo por tiempos de reguetón y Facebook

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La idea de ver cómo interactúa un ser mitológico o un monstruo con sus coetáneos es rescatada de modo ingenioso por Alejandro Hernández
La idea de ver cómo interactúa un ser mitológico o un monstruo con sus coetáneos es rescatada de modo ingenioso por Alejandro Hernández

¿Qué haría una ninfa un duende o un hombre lobo en el siglo XXI?. Ese es el planteamiento de “En busca de Avalon”, un grupo de relatos sobre seres mágicos en la actualidad, que además muestra cómo la creatividad puede unirse a la discapacidad ya que su autor, Alejandro Hernández, padece trastorno bipolar.

Así lo indica Hernández en una entrevista en la que precisa que tras un proyecto frustrado, “En busca de Avalon” regresa en una edición “totalmente renovada” a cargo de la editorial Edicions Leon, que también ha publicado la guía “De bipolar a bipolar”, del mismo escritor.

La está compuesta por cuatro relatos largos y doce cortos, y sigue la idea de “coger los mitos y leyendas del pasado, de la Europa pagana, precristiana y medieval, y plantear qué ocurriría si todos esos seres mágicos y mitológicos estuviesen conviviendo ocultos entre nosotros”.

Los seres de la mitología feérica estaban siempre en contacto con los humanos, que podían encontrarlos en bosques y lagos, y Hernández traslada “esa idiosincracia de los mitos cercanos a la actualidad con el espíritu de rescatar las leyendas y pasarlas al presente”.

Que la agricultura no sea ya la actividad principal “no quiere decir que esos seres no estén en nuestras ciudades, con los mismos problemas y preocupaciones, sólo que hemos olvidado esa vinculación”, explica el escritor.

También se ha perdido el miedo “reverencial” a los animales, pues de los asaltos en la Edad Media de lobos y murciélagos que transmitían la rabia proceden las leyendas de vampiros y hombres lobo, los seres “más oscuros” de la mitología y que ahora son distorsionados con relatos románticos o situándolos en mundos extraterrestres.

Por ejemplo, su relato “Luna de rabia” narra la historia de los hombres lobo míticos de la Europa del Este, los “vukodlaks”, no los que se transforman con la Luna llena, precisa Hernández, sino los que “sacan lo mejor de los seres humanos y lo mejor de las bestias”, y que en su historia protagonizan un embajador de Rumanía en España, su hijo y un ama de llaves.

En “La misión” relata las peripecias de una ninfa exiliada en la Barcelona de 2004 que vive ejerciendo la prostitución, mientras en “Legado de sangre” un estudiante de doctorado trabaja en un archivo histórico restaurando documentos antiguos que “han despertado el interés de ciertos seres similares a Nosferatu, pues están escritos con sangre”.

Artesanos en los bajos fondos

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Barbara Steele, en una escena de "El horrible secreto del Doctor Hitchcock", una película de manufactura profesional y ambiente sórdido que ha sido relegada al cajón de la Serie B
Barbara Steele, en una escena de “El horrible secreto del Doctor Hitchcock”, una película de manufactura profesional y ambiente sórdido que ha sido relegada al cajón de la Serie B

¿Qué tienen en común Pamela Anderson, Jackie Chan, Chuck Norris y John Carpenter? Pues que todos son estrellas del celuloide popular, un género que ha cautivado a figuras como Quentin Tarantino y al que da “un repaso” el libro “Los iconos del cine de serie-B”, de José de Diego.

Este extenso volumen de 600 páginas, que ya está en las librerías editado por Bookland Press, es obra del también autor de “Cine Bizarro”, doctor en estudios cinematográficos por la Universidad de Columbia (Nueva york).

“Los iconos del cine de serie-B” es un gran diccionario que recupera a actores, directores y productores que comparten la adscripción al celuloide popular, generalmente denostado por la crítica, pero que trabajaron estilos muy dispares: del “spaguetti western” al cine de artes marciales, pasando por el de alta carga erótica.

Pero De Diego decidió no centrar su libro en los géneros y títulos sino en los iconos de este celuloide porque, como concluye en su prólogo, “muchas veces, en el serie-B, el material iconográfico era infinitamente mejor que los filmes que anunciaba”.

Nombres tan populares como los de la “rubia explosiva por excelencia” Pamela Anderson, los “fuertotes” Jackie Chan o Chuck Norris -“estandarte del cine de acción de videoclub”- conviven en este libro con realizadores ya de culto como John Carpenter, Darío Argento y Laura Antonelli, entre otros de esta corriente surgida en los años 50 del siglo pasado.

“La paradoja de Carpenter es que nunca es tan bueno como cuando rueda con libertad total, incluso con los presupuestos más míseros”, escribe de Diego sobre el cineasta estadounidense (Nueva York, 1948), reconocido, dice el autor, como “uno de los autores fundamentales del cine fantástico norteamericano”.

En “Los iconos del cine de serie-B” las biografías están acompañadas por una gran cantidad de material gráfico que aúna fotografías y carteles de filmes míticos del género, como “El horrible secreto del doctor Hichcock” (1962), del italiano Riccardo Freda, o “Gli invincibili”, de Cecil B. DeMille.

Entre las instantáneas recogidas en este volumen abundan las escenas de artes marciales (muy recurrentes en la filmografía de serie-B) y, sobre todo, los pechos descubiertos.

Y es que el desnudo, especialmente femenino, fue muy utilizado como elemento de subversión, de ahí la variedad de estas imágenes en el libro y lo llamativo de muchas de ellas, como la de la estadounidense Sharon Kelley tocando desnuda el violonchelo.

El cine de serie-B erótico se denomina, según la introducción de de Diego, “sexploitation”, término procedente de la palabra americana para denominar a este género -“exploitation”- y que es la raíz del nombre anglosajón de todas sus variantes.

La “blaxpoitation”, protagonizada por actores negros o la “nunxploutation”, con monjas, son algunas de ellas, entre las que se encuentra también la “bruceploitation”, que engloba a aquellas cintas con “émulos-clones” de Bruce Lee.

los_iconos_del_cine_de_serie_bUno de ellos, el taiwanés Bruce Le -con una sola “e”- está reconocido en este libro de de Diego como “uno de los más célebres y prolíficos ‘falsos Bruce Lee’ que invadieron las pantallas tras la muerte del astro del kung-fu”.

También nombres del cine español desfilan por las páginas de “Los iconos del cine de serie-B”. Es el caso, por ejemplo, del mítico intérprete murciano Paco Rabal, “un genio en su oficio, capaz de hacer de todo y todo creíble”.

Pero la nacionalidad “estrella” en este tipo de celuloide, y en este libro, es la italiana, con actrices como la mítica Laura Antonelli, Valentina Cortese, Eleonora Giorgi o Sabrina Siani, y directores como el antes citado Riccardo Freda o el “prestigioso” Lucio Fulci, autor del cuarteto de películas “Tetralogía del Horror”.

Cartas del buscador de afecto

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Truman Capote, un escritor de lengua flageladora y vaivenes vitales
Truman Capote, un escritor de lengua flageladora y vaivenes vitales

“Como sabrás, mi apellido ya no es Persons sino Capote , y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote , ya que todo el mundo me llama así”. Con esta carta, que dirige el autor de “A sangre fría” a su padre biológico, comienza “Un placer fugaz”, el libro que reúne todo su epistolario.

Editado por Lumen, es uno de los bocados exquisitos con los que poder deleitarse dentro de la obra del excéntrico y vulnerable Truman Capote, reivindicado no sólo por su talento en vida, sino en constantes guiños a su carrera, como en la novela inédita “Crucero de verano”, publicada por Anagrama, y esta reveladora correspondencia.

También Ediciones B ha reeditado la biografía de Gerald Clarke, en la que basó la película “Capote”, protagonizada por Philip Seymour Hoffman. Clarke ha sido el editor de esta abultada correspondencia que, como explica él mismo en el prólogo, “constituye una especie de biografía”.

Truman Capote (Nueva Orleans, 1924-Los Angeles, 1984) queda así retratado, a pesar de los fuegos de artificio que siempre encendía a su alrededor para desviar la mirada de su auténtica verdad. El autor de “Desayuno en Tiffany’s” (1958) y de “A sangre fría”, la novela que hizo cambiar su vida (en la que confundió ficción y realidad al convertir un suceso real, el asesinato de la familia Clutter, en una novela basada también en los relatos que le revelaron los autores del crimen), se llamaba Truman Persons y se convirtió en Truman Capote después del divorcio de sus padres y tras ser adoptado por su padrastro, Joe Capote. Y la carta con la que se inicia este libro, que tiene una extensión de 700 páginas, y que escribió cuando tenía doce años, ratifica el cambio de identidad.

Del optimismo al Capote apagado

El editor explica en el prólogo que en el epistolario “aparece un jovencísimo Capote casi infantil en su exuberancia y optimismo, que en los meses que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial se zambulló en las turbias aguas de la escena literaria neoyorquina. Después viene el Capote apagado -aunque solo levemente- de los años cincuenta”.

En esa época, Capote , vivió la mayor parte del tiempo en Europa con Jack Dunphy, que era su pareja desde 1948, y se dedicó a escribir teatro, guiones, ficción y experimentos periodísticos.

Le sigue el Capote de los sesenta, cuando escribió “A sangre fría” y decía “cada palabra me cuesta sangre”, y, finalmente, aparece el Capote de los setenta y primeros ochenta “desilusionado con su vida y su carrera, que se aficionó cada vez más y de un modo evidente a las drogas y el alcohol”. Clarke recuerda que entre la primera carta y el último “afligido telegrama hay para el lector todo un mundo de fascinación, placer y diversión”.

“El resultado son unas cartas que muestran una espontaneidad de la que adolece la correspondencia de otros escritores, más cautos y deudores de otras servidumbres”, dice. “Tu carta era un placer demasiado fugaz”, le dijo a un amigo.

Cariñoso, generoso… y cotilla

Por la correspondencia queda claro lo que todo el mundo sabía que a Capote le encantaban los cotilleos. “Envíame otra de esas fantásticas cartas llenas de chismes: me hacen sentir como si estuviéramos juntos en algún lugar tomando una copa”, escribió a uno de sus corresponsales.

Pero también era un ser tierno, cariñoso, generoso y muy leal a sus amigos, como demuestran las cartas, aunque con una lengua de látigo, que sacaba con todo aquel que le hubiese decepcionado o traicionado, y palabras como “corazón”, “cariño”, “querido” o “corderito” son constantes en sus escritos. ” Capote era como un niño necesitado de afecto, apreciaba a sus amigos sin reservas -eso les decía una y otra vez- y esperaba de ellos un cariño equivalente”.

“Hoy solo hago que sentir amor por ti”, le escribe a Andrew Lyndon, un hombre con el que nunca tuvo sexo de por medio. “Amigo incondicional, cotilla impenitente, un tipo boyante: todo eso era Capote “, resume el editor de “Un placer fugaz”.

Conexiones humanas contra murallas

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“Hay una necesidad de recuperar esa noción de que somos parte del todo. Me deporten o no, sigo estando conectada”, afirma la mexicana, quien alude indirectamente a la situación en Estados Unidos y al surgimiento de movimientos nacionalistas en Europa
“Hay una necesidad de recuperar esa noción de que somos parte del todo. Me deporten o no, sigo estando conectada”, afirma la mexicana, quien alude indirectamente a la situación en Estados Unidos y al surgimiento de movimientos nacionalistas en Europa

El “ego sin límites” genera una fragmentación de la sociedad y un aislamiento de las personas, y al mismo tiempo se fija en “muros que separan”, según señala la escritora mexicana Laura Esquivel.

La autora del fenómeno de ventas “Como agua para chocolate” (1989) afirma que la separación y ese “fijarnos en lo que nos diferencia” va en contra de lo que la ciencia moderna y la visión de los pueblos ancestrales revela: Que los seres humanos “somos uno con el todo”.

“Hay una necesidad de recuperar esa noción de que somos parte del todo. Me deporten o no, sigo estando conectada”, afirma la mexicana, quien alude indirectamente a la situación en Estados Unidos y al surgimiento de movimientos nacionalistas en Europa.

“No hay un dolor que alguien tenga que no esté afectando a los demás”, insiste la escritora, quien estima que una vía para “reconectar” entre unos y otros, quizás “la más bella”, es crear una “memoria común”.

Esquivel cree que la palabra, hablada o escrita, tiene el poder para “sacarnos, liberarnos”, y en ese sentido saca a colación una de sus últimas novelas, “A Lupita le gustaba planchar”, ya distribuida en el mercado estadounidense.

“En ‘Lupita..’, el tema es la desconexión profunda en nuestra época, en la que aparentemente nos sentimos mas comunicados, pero a la vez hay más problemas de soledad, depresión, aislamiento y problemas de adicciones”, manifiesta.

La protagonista de esta historia, una mujer policía “poco agraciada físicamente y con problemas de alcoholismo”, presencia un asesinato y en su proceso posterior se cuestiona asuntos vertebrales que tienen que ver con la espiritualidad y con la manera para, “desde una condición material, volver a la luz, al todo”, según explica su autora.

La novela contiene el identificable sesgo que cruza la obra literaria de la mexicana desde su popular libro debut de 1989, que de la mano de Alfonso Arau dio el salto a la gran pantalla en 1992, y en el que a través de la comida se construyen redes, propulsadas por el afecto y el amor.

“Detrás de cada tomate, cebolla y olor hay mucha información, que finalmente es solo vibración y que finalmente es luz”, desliza la autora, que a su fijación por el mito del dios Quetzalcóatl, en el que se fusiona la dualidad materia-espíritu, confiesa también estar recientemente atraída por libros científicos.

Tras 27 años, la mexicana confiesa que jamás imaginó que su primera novela obtendría tal reconocimiento, como lo viene cosechando su continuación “El diario de Tita” (2016), que recupera 20 años no conocidos en su novela antecesora y que muestra a una protagonista más madura.

Esquivel piensa culminar la historia con una trilogía, cuya última entrega, “Mi negro pasado”, se ubicará en el tiempo actual, con una protagonista que es tataranieta de Pedro, el gran amor de Tita y de su hermana Rosaura, y aunque no se enfrente a una madre opresora sí lo hará contra “un sistema que quiere decidir por ella”.

“(La protagonista) no cocina, es gorda, tiene problemas con la comida y lo que va a restablecer este rompimiento (con el pasado) es el diario de Tita”, adelanta la escritora, quien disiente con aquellos que la alinean con el realismo mágico, la etiqueta por excelencia de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo pasado.

“Nunca escribí con esa intención, eso se lo dejo a los académicos”, afirma.

Miembro de la Cámara de Diputados federal en México, en representación del izquierdista Movimiento de Regeneración Nacional, su agenda en los últimos años le ha impedido cumplir con su lista de lecturas pendientes, compuesta principalmente por nuevas escritoras.

Vuelve siempre a publicaciones sobre filosofía y espiritualidad y lee ensayos científicos, que le demuestran que entre ambas orillas hay puntos de encuentro.

“La ciencia y la espiritualidad nos están llevando al mismo lugar”, señala.

La estela pregeriátrica de Leif Garrett

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Leif Garrett, icono de finales de los 70 e ídolo de pies de barro
Leif Garrett, icono de finales de los 70 del pasado siglo e ídolo de pies de barro

Perdieron la virginidad con los luminosos sones de Supertramp de fondo, decidieron ser periodistas viendo en televisión a “Lou Grant” y ahora se reencuentran con sus amigos del instituto gracias a Facebook para comprobar en qué quedó realmente “todo aquél mundo que creían que les tocaba vivir”.

Así son los protagonistas de la novela “Leif Garrett en el dormitorio de mi hermana”, en la que el periodista y escritor Ignacio Elgero (Madrid, 1964) ha novelado su generación, la del “baby boom”, para reflexionar sobre “el paso del tiempo” recurriendo a “esa parte lúdica de iconos que tuvo nuestra juventud y nuestra infancia”, explica.

“La nuestra es una generación más de iconos que de banderas”, apunta el periodista, director de programas de RNE y conductor en la radio pública del programa literario “La estación azul”, que ha preferido abrir nuevos caminos para contar aquélla época “sin entrar en los tópicos de la Transición”.

La protagonista de su novela, Teresa, es una mujer de 49 años -“ese momento en que se empieza a dejar atrás la juventud”, apunta el autor- que comienza a rebobinar su vida cuando en una mudanza familiar descubre un póster del ídolo juvenil de los setenta Leif Garrett, y piensa “en todas las ilusiones que se han quedado por el camino”.

Teresa se convierte en conductora de un viaje por las vivencias más íntimas de esa generación, como el descubrimiento del sexo o el amor, “el desencanto amoroso” y las urgencias del “reloj biológico” ante la maternidad; y también las propias de una sociedad que se sorprende con la llegada del divorcio o de las drogas.

Elguero ha querido que toda esta “reflexión sentimental y emocional” surja de la visión de una mujer que, en su opinión, siempre será mejor que la de un hombre”, sobre todo si está acompañada de “un grupo de amigas”.

Y todo ello profusamente acompañado en las páginas de la novela por referencias y letras de canciones de iconos juveniles como Leif Garret o Shaun Cassidy, y también de artistas y grupos emblemáticos, desde los Bee Gees, Supertramp o Fleetwood Mac, a Umberto Tozzi, Francis Cabrel o Jackson Browne.

En esta auténtica “banda sonora” de la época también hay momentos de efervescencia roquera con Deep Purple, Rod Stewart o David Bowie, y de reflexión íntima junto a Jacques Brell, Victor Jara, Edith Piaf o Adamo.

Mientras, los personajes de la novela ven en televisión series con más iconos juveniles, como “Con ocho basta”, “Los ángeles de Charlie” o “Fama”, y otras que “llevaban a muchos jóvenes en los 80 a elegir su carrera profesional”, como “Lou Grant”, de periodistas, o “La ley de Los Ángeles”, de abogados.

El cine apuntala también el relato con los puntos cronológicos de estrenos como “El planeta de los simios”, “Grease”, “Regreso al Futuro” o “Nueve semanas y media”, aunque el autor reconoce que “nada tiene un poder evocador más potente que la música”.

No obstante, el autor no ha querido incluir en la novela la famosa movida de los 80, a pesar de que él mismo participó en ella en Madrid con su grupo; “al fin y al cabo la movida era minoritaria, mientras que a Umberto Tozzi lo conoce todo el mundo porque sonaba en la radios a todas horas”, apunta.

leig_garrett_en_el_dormitorio_de_mi_hermanaTodo un repaso sentimental a un época que el autor ya trató en sus ensayos “Los niños de los Chiripitifláuticos” (2004) y “!Al encerado!” (2011), y al que ahora espera sumar público más joven porque la novela refleja temas “universales”, como “el pánico infantil a la desaparición de los padres, los miedos adolescentes al amor o los temores juveniles a ubicarse en la vida y en el trabajo”.

La novela transita por tiempos en los que todavía “había novios de verano”, pero, como no podía ser de otra manera, acaba en Faccebook, medio por el que los protagonistas vuelven a contactar con sus amigos de la infancia para comprobar “qué querían ser y qué son”, concluye el autor.

Teresa, la protagonista, al menos se queda con la parte “luminosa” de la historia, en un mensaje optimista muy lejano del auténtico final de Leif Garrett, que dilapidó su imagen de rostro angelical con varias detenciones por su adicción a las drogas.

El clan de las letras borrachas

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Charles Bjukowski, escritor etílico
Charles Bukowski, escritor etílico y pieza clave en la narrativa contemporánea

Scott Fitzgerald, Hemingway, Poe, Bukowski y Silvia Plath son algunos de los autores que hicieron realidad la leyenda del narrador maldito que acudía al alcohol para enfrentarse a la escritura. Una íntima relación que hoy ha cambiado y que repasa el español Carlos Mayoral en su libro “Etílico”.

“(El vodka) no sabía a nada pero bajaba directamente hasta mi estómago como la espada de un tragasables y me hacía sentir poderosa y semejante a un dios”, confiesa la poeta Silvia Plath (EEUU, 1932-1963) en su obra “La campana de cristal”.

Este pasaje y una velada de copas con sus editores fueron la inspiración de Mayoral (Madrid, 1986) para profundizar en el vínculo entre creación literaria y alcohol en su nueva novela.

El tema que aborda “Etílico” – que edita Libros.com – admite este filólogo y colaborador de distintos medios de comunicación, está “muy trillado”, aunque, siempre se había abordado desde un punto de vista “demasiado informativo y ensayístico”.

Por eso, el autor se lanzó a darle forma de novela, apoyándose en “situaciones reales contadas en toda esa bibliografía trillada” para reconstruir “el pensamiento, los sentimientos y la imaginación” de los personajes desde la ficción.

Fitzgerald, Hemingway, Poe, Bukowski y Plath son los protagonistas de esta historia, por la que también desfilan otros grandes como el poeta parisino Charles Baudelaire y en la que bien lo podrían hacer otros literatos como Quevedo, Góngora o el británico Malcolm Lowry.

Y es que, “ya desde el Siglo de Oro español”, el vínculo entre creación literaria y alcohol es tan estrecho que, a causa de su accesibilidad, es “casi imposible” no recurrir a él.

“Solo en la generación Beat americana y los movimientos musicales que la siguieron, como el punk o el glam, -asegura Mayoral- se utilizaba el alcohol como sustancia complementaria a la que otorgaban menor importancia que a otras como el LSD y la cocaína”.

Sin embargo, desde el punto de vista del madrileño, este “gusto por el malditismo” ha perdido “autenticidad” en la literatura actual porque el escritor, que antes no gozaba de popularidad y sabía que iba a “morir pobre”, es ahora “parte del producto”.

“El consumo de alcohol por parte de los creadores era antes una necesidad pero -concluye- quienes enarbolan hoy esa bandera lo hacen más por una cuestión de imagen que de deseo”.

Cuando seleccionó a los autores que formarían parte de “Etílico”, Mayoral elaboró una lista de más de cincuenta nombres entre los que se decantó por los cinco autores antes citados porque, en sus casos, el alcohol bien fue “clave” en sus vidas, bien ejerció una “fuerte influencia” en su obra.

La impronta de la bebida en cada uno de ellos fue diferente, desde el caso de Edgar Allan Poe, a quien le sentaba “estupendamente” el consumo para escribir, hasta el de Hemingway, autor de “El viejo y el mar”, quien decía que “escribía borracho y editaba sobrio”.

De entre los elegidos, todos ellos estadounidenses, solo hay una mujer, Sylvia Plath, algo que se corresponde con el porcentaje femenino hallado en la primera “radiografía general”.

“Nos encontramos con que había muy pocas mujeres. Es fruto de un estereotipo que no tiene que ver con ninguna cuestión fisiológica sino con el machismo histórico que ha reprimido a las mujeres a la hora de dar rienda suelta a su escritura”, subraya el autor.

Letras que brillan en la oscuridad

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Para Poe, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos
Para Poe, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos

La conocida fotografía de Edgar Allan Poe, la que ha recorrido el mundo y ha ilustrado la mayor parte de las ediciones de sus libros, es una muestra clara de los tormentos que albergaba en su interior.

Con el pelo revuelto y la corbata torcida. De mirada melancólica y huidiza, con sus finos labios arqueados hacia la barbilla, bajo la sombra de un espeso bigote, su rostro resulta una metáfora del contenido de su obra.

La azarosa y trágica vida de Poe comienza poco después de su nacimiento. De padres actores, cuando Edgar tiene dos años su padre desaparece y al año siguiente su madre muere de tuberculosis.

Fue adoptado por la familia Allan, John y Frances, un acomodado matrimonio sureño. Poe llegó a adorar a su madre adoptiva, pero las relaciones con su padre se fueron deteriorando cuando aquella murió. Estas primeras experiencias marcarían definitivamente al escritor.

Desde muy joven mostró inteligencia, sensibilidad y elegancia, además de un carácter excitable y propenso a la debilidad nerviosa, que se vio acrecentada por el sentimiento de soledad a la que se había visto abocado en su vida. Poe, quien no descuidó nunca los estudios, comenzó a aficionarse a las juergas etílicas y al juego, para los que le pedía incesantemente dinero a su padrastro. Allan acabó excluyéndolo del testamento.

La afición a la bebida comenzó a torcer la vida de Poe que fue expulsado, en 1827, de la Universidad de Virginia donde estudió. Su padre adoptivo le procuró un puesto de empleado que abandonó poco tiempo después para regresar a su ciudad natal, Boston, donde publicaría anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas en 1827.

Se alistó en el Ejército, donde estuvo dos años hasta que, de nuevo por influencia de su padre adoptivo obtuvo un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que pocos meses después fue expulsado por negligencia en el cumplimiento de su deber.

Las mujeres se convirtieron en uno de los ejes centrales en los que giraban sus escritos, pues Poe tuvo que sufrir además de las muertes de su madre y se madrastra en su juventud, la de su propia esposa.

El escritor contrajo matrimonio con su prima Virginia cuando ella tenía 13 años y él 27. Una larga enfermedad que terminó con la vida de Virginia, en 1847, agravó su tendencia al alcoholismo y a las drogas. Dos años más tarde, el consumo de estas dos sustancias se convertiría en la causa de su propia muerte.

Personajes femeninos como Berenice, Annabel Lee o Ligeia, se transforman en elegías a bellas jóvenes que exudan soledad y melancolía. Según su biógrafo, el novelista y crítico británico Peter Ackroyd, Poe consideraba su relación con las mujeres como algo espiritual y “sentía necesidad constante de afecto y atención femeninos”.

Los cuentos de terror de Poe revolucionaron el género de la narración corta desde el horror y los mundos subterráneos y, a pesar de que fueron estos los que llevaron al escritor a la fama, sin embargo, Poe siempre mostró debilidad por la poesía. Para el escritor, la poesía es la máxima expresión literaria y a ella dedicó sus mayores esfuerzos. Entre los más célebres se encuentra El cuervo, Las Campanas, Ulalume y Annabel Lee.

Edgar Allan Poe también asentó las bases de los relatos detectivescos, donde creó el personaje C. Augusted Dupin, con el que se asignó la paternidad del género negro que luego encumbraría a Arthur Conan Doyle.

Entre estos se encuentra los más famosos, Los crímenes de la calle Morgue o La carta robada, en los que Poe combina análisis con altas dosis de ironía.

Edgar Allan Poe fue encontrado en 1849 en una taberna de la ciudad estadounidense de Baltimore tras seis días en los que nadie supo dónde se encontraba ni qué hizo. Fue hallado “completamente enajenado”, según crónicas de la época y con ropas que no le pertenecían.

Tras tres días de delirio, Poe expiró en un hospital. Las hipótesis posteriores señalaron que, después de emborracharlo, le utilizaron para votar en las elecciones con nombres distintos, algo solía suceder en aquella época.