literatura alemana

Arendt, la verdad en la neblina

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A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Se enamoró hasta las cachas de su profesor, Martin Heiddegger
A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Martin Heidegger y Hannah Arendt vivieron un intenso romance en Marburgo desde finales de 1924 hasta la primavera de 1926. Hannah tenía 17 años cuando conoció a su profesor de filosofía, que había cumplido los 35 y estaba casado. No hay más que leer las cartas de amor entre ambos para comprender la profundidad de la relación, que fue para ambos la más importante de su vida. Aunque el alejamiento físico se produce en 1926, los dos siguieron escribiéndose hasta julio de 1975, fecha de la última misiva de Heidegger, un año antes de su muerte.

La gran filósofa alemana de origen judío Hanna Arendt, fallecida en 1975 en Estados Unidos, es justamente recordada gracias a una biografía de la escritora francesa Laure Adler. En ‘Hanna Arendt’, que ha editado Destino, Adler, también autora de una conocida biografía de Marguerite Duras y de varios estudios sobre el feminismo, se acerca a esta imponente pensadora, sin duda una de las figuras más fascinantes de todo el siglo XX, con el ánimo de acercarla al gran público.

Hija de padres judíos laicos, Hanna Arendt, cuyo legado va adquiriendo cada vez más peso, fue una intelectual adelantada a su tiempo que supo crear una obra lúcida y brillante que va desde la filosofía a la religión, pasando por la política y la ética.

Nació en Linden (Hanover) y creció en Konigsberg, la ciudad de su admirado Emanuel Kant, y Berlín, estudió Filosofía en Marburgo con Heidegger, con quien mantendría un breve romance a finales de los años 20 y a cuyo favor testificaría dos décadas después, cuando se estudiaba el alcance de su pasada vinculación con el nazismo.

A ella, aquellos años oscuros le supusieron la pérdida del derecho a la enseñanza y la obligaron a escapar, primero a Francia, donde trabajó ayudando a enviar niños judíos en peligro a Palestina, y, finalmente, a Nueva York, donde residiría hasta su muerte y donde obtendría la nacionalidad estadounidense.

Fue, dice Adler en la introducción de su libro, “una intelectual libre, ejemplo de independencia y valentía”, que, en nombre de sus propias ideas, sola, sin escuela ni sostén, optó durante 60 años por preguntarse lo que produce el mal y lo que no funciona”.

Es, añade su biógrafa, una pensadora “que sabe diagnosticar las causas del mal que gangrena nuestras sociedades” pero también “que cree en la fuerza del bien, en los recursos de nuestra humanidad”, una persona en quien se aúnan “la voluntad de creer en una ley moral compartida por todos y la interrogación sobre la fragilidad de los asuntos humanos”.

Con su relato, Laure Adler, cuya biografía viene a sumarse a las que antes hicieron Elisabeth Young-Bruehl —recientemente reeditada—, Julia Kristeva o Martine Leibovici, trata de “restituir la fuerza y la valentía de los combates que libró durante toda su existencia” esta mujer tan buena conocedora del sufrimiento y el desgarro como persona luminosa, y de “despertar el deseo de leer, releer y meditar sobre lo que escribió”.

Autora de obras como ‘Los orígenes del totalitarismo’, donde reflexiona sobre el totalitarismo tanto de Hitler como de Stalin (1951), ‘La condición humana’ (1958), ‘Eichmann en Jerusalén’, en torno al proceso al nazi Adolf Eichmann y que le acarreó fuertes críticas en Israel, o ‘La vida del espíritu’, Hanna Arendt fue siempre, dice su biógrafa, “una sirviente del espíritu” para quien la verdad fue siempre “el más elevado signo del pensamiento”.

La incómoda Arendt

A través de sus abuelos , Hanna Arendt conoció el judaísmo reformista alemán de principios del siglo XX, y si bien no perteneció a ninguna comunidad religiosa, siempre se consideró judía, aunque estudió en profundidad el cristianismo.

En 1924 ingresó a la universidad de Marburgo (Hesse) y durante un año asistió a las clases de Filosofía de Martín Heidegger y de Nicolai Hartmann, y a las de teología protestante de Rudolf Bultmann, además de griego.

Arendt mantuvo un romance con Heidegger, padre de familia de 35 años, que tuvieron que mantener en secreto. A comienzos de 1926, al no soportar más la situación, ella decidió cambiarse de universidad y se trasladó durante un semestre a la universidad Albert Ludwig, en Friburgo, para aprender con Edmund Husserl. A continuación, estudió Filosofía en la universidad de Heidelberg (Baden-Wurtemberg) donde se doctoró en 1928 bajo la tutoría de Karl Jaspers, con la tesis “El concepto del amor en San Agustín”, el primer libro que publicó un año después en Berlín. A su vez estableció una importante relación de amistad con Jaspers, que duraría hasta la muerte de él.

En Berlín se relacionó con el filósofo Günther Stern (que se llamaría más tarde Günther Anders), con quien se casó poco después. También comenzó a escribir notas periodísticas sobre su especialidad, la filosofía, mientras participaba de seminarios dictados por Paul Tillich y Karl Mannheim y se interesaba cada vez más por cuestiones políticas.

Analizó la exclusión social de los judíos, a pesar de la asimilación, en base al concepto de «paria», empleado por primera vez por Max Weber. A este término opuso “parvenu” (advenedizo), inspirada por los escritos de Bernard Lazare. En 1932 publicó en la revista Geschichte der Juden in Deutschland (Historia de los judíos en Alemania) el artículo «Aufklärung und Judenfrage» (La Ilustración y la cuestión judía), en el que desarrolla sus ideas sobre la independencia del judaísmo, enfrentándolas a las de los ilustrados Gotthold Ephraim Lessing y Moses Mendelssohn y el precursor del Romanticismo Johann Gottfried Herder.

Con el acceso al poder de Alemania del nazismo, el 30 de enero de 1933, su esposo se trasladó a París, mientras que ella permaneció en Berlín y comenzó su actividad política, estudiando la persecución de los judíos, que estaba en sus comienzos. Su casa sirvió de estación de tránsito para refugiados y en julio de 1933 fue detenida durante ocho días por la Gestapo. Al ser liberada se trasladó a París, pasando por Checoslovaquia e Italia.

En Francia ayudó a jóvenes judíos a trasladarse a Eretz Israel y a denunciar la persecución que sufrían los judíos alemanes, por lo que se le retiró la ciudadanía alemana en 1937, convirtiéndola en apátrida. Ese año se separó de su marido y tres años más tarde se casó con Heinrich Blücher.

Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad
Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad

Al rendirse Francia a Alemania en 1940, ella fue internada con otros emigrados, pero consiguió huir y logró que se le permitiera ingresar en Estados Unidos, junto a su esposo y su madre. Allí colaboró en numerosas revistas y, tras haber sido invitada sucesivamente por las universidades, enseñó teoría política en la School for Social Research de Nueva York.

En 1951 se nacionalizó estadounidense y trascendió el ámbito universitario con su trabajo titulado “Los orígenes del totalitarismo”, en el que, mediante el análisis del imperialismo del siglo XIX y de los regímenes totalitarios del XX, intentaba reconstruir las vicisitudes histórico-políticas que desembocaron en el antisemitismo.

Durante la década del ’50 del siglo pasado Hannah Arendt también modificó su apreciación sobre el sionismo, que había apoyado en los años ’30 y ’40 y también asumió una postura crítica sobre el Estado de Israel.

A partir de la publicación de sus crónicas en el New Yorker fue sumamente criticada por dos motivos: primero, su opinión sobre Eichmann, a quien consideraba un hombre banal que estaba convencido de que su deber era cumplir estrictamente las órdenes recibidas, enviar la mayor cantidad de judíos a los campos de exterminio ubicados en el territorio polaco sin tener conciencia del mal que estaba llevando a cabo; y segundo, debido a la acusación a los “dirigentes judíos” en los ghettos por no haber actuado correctamente al aceptar elaborar las listas para las deportaciones que le solicitaban los nazis.

A principios de la década del ‘60 todavía era común escuchar que los judíos, en su gran mayoría, “fueron como corderos al matadero”. Además, fue justamente el juicio a Eichmann el que inició el cambio de actitud hacia los sobrevivientes y las víctimas de la Shoá, que se acentuó a partir de los testimonios de aquellos que padecieron en carne propia el horror.

Estos hechos que Arendt no tomó en cuenta generaron que muchos de quienes habían sido sus amigos por años decidieran dejar de serlo, pues consideraron inaceptable en una intelectual de su categoría los ignorara. También fue criticada por su relación con de Martin Heidegger, no por la mantenida en su juventud, sino por haberla renovado en 1950, cuando visitó Alemania.

De este modo, Hannah Arendt es el único escritor político apreciado, a la vez, por doctrinarios de la izquierda más radical –aun tratándose de una autora obviamente antimarxista—, por politólogos liberales –aun cuando convirtió el liberalismo en su blanco—, así como por comunitaristas y autores archiconservadores

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Las trincheras de los Mann

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Heinrich y Thomas Mann
Heinrich y Thomas Mann

La disputa que enfrentó a los escritores Heinrich y Thomas Mann durante la I Guerra Mundial es el paradigma de la lucha fratricida que provocó la contienda. Se trata de los ángulos más oscuros de Thomas, símbolo de la literatura alemana desde la publicación de “La montaña mágica” en 1924 y la obtención del Nobel de Literatura en 1929.

Heinrich Mann, desde la declaración de guerra en agosto de 1914, predijo la catástrofe en la que ésta desembocaría. Su novela “El súbdito”, que terminó en 1914 pero no pudo publicar hasta 1918, además, daba una visión crítica y descarnada de las estructuras autoritarias del imperio de Guillermo II.

Su hermano Thomas, en cambio, se sumó a los entusiastas de la contienda en textos como “Ideas en la guerra” o sus muy criticadas “Consideraciones de un apolítico”.

Durante la conflagración, Thomas y Heinrich sólo se vieron una vez, en la boda de su hermano menor Viktor, antes de que este se fuera al frente.

Sin embargo, los escritos de ambos en esos años parecía una especie de mensajes cruzados.

Heinrich Mann, pese a tener dificultades para publicar en esos años por su actitud política, logró editar una revista pacifista en Suiza llamada “Weisses Blätter”.

En ella publicó un ensayo sobre el novelista y polemista francés Emile Zola, a quien presentaba como un abogado de la civilización frente a aquellos que, en su empeño por convertirse en poetas nacionales, le preparaban el terreno a la catástrofe.

Thomas Mann sintió que la argumentación de su hermano era en buena parte un ataque personal en su contra y empezó a escribir, en 1915, sus “Consideraciones de un apolítico”.

En ese texto, recurría a figuras de la cultura alemana, desde Lutero hasta Eichendorf pasando por Federico El Grande, Goethe, Wagner y Nietzsche, para elaborar un discurso a favor de la guerra y de la particularidad alemana y en contra de Francia y de los literatos afrancesados.

Los ataques contra los literatos civilizados y afrancesados de Thomas Mann apuntaban evidentemente a su hermano, aunque sin mencionarlo expresamente.

Las diferencias políticas entre los dos hicieron que sus relaciones personales se interrumpieran casi por completo y no volvieran a reanudarse sino hasta cuatro años después del final de la guerra, en 1922.

En ese mismo año Thomas Mann por primera vez hizo una profesión de fe en la república, a la que todavía en 1918 había rechazado.

“La disputa entre los dos hermanos sobre la I Guerra Mundial y sobre la república y la monarquía reflejan los cambios de mentalidad de toda una generación”, resume el director de los Museos Estatales de Lübeck, Hans Wisskirchen.

Las diferencias políticas entre los dos hermanos venían desde antes. El republicanismo de Heinrich Mannn, y su rechazo al imperio guillermino, había marcado buena parte de su obra. Thomas Mann, en cambio, creía en el imperio y en una diferencia esencial de Alemania frente el resto de Europa.

Años más tarde, los dos estarían unidos en su rechazo al nacionalsocialismo. Sin embargo, el primero en expresar abiertamente ese rechazo fue otra vez Heinrich Mann, en un artículo publicado en la portada de la revista “Die Sammlung” en 1933.

“Die Sammlung” era un órgano de expresión de los intelectuales alemanes en el exilio que dirigía Klaus Mann, el hijo mayor de Thomas Mann.

Inicialmente, Thomas, exiliado en Suiza desde 1933, se mostró reacio a manifestar en público su rechazo al nacionalsocialismo -temía que sus libros dejarán de ser distribuidos en Alemania-.

No llegó a hacerlo sino hasta 1936, en parte animado por sus hijos Klaus y Erika, desde el comienzo del lado de su tío Klaus en la lucha antifascista.