literatura fantastica

El infinito planeta Pratchett

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Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido:  la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas
Fue el último deseo de sir Terry Pratchett, el novelista de fantasía que creó el estrafalario universo de Mundodisco. Que sus obras inconclusas fueran destruidas por una apisonadora de vapor. Y así se ha cumplido: la aplanadora John Fowler & Co, de nombre Lord Jericho, pasó por encima del disco duro que contenía las novelas inacabadas del prolífico autor británico, que falleció, a los 66 años, tras vender más de 85 millones de sus 70 obras publicadas

Terence David John Pratchett, más conocido como Terry Pratchett, el satírico demiurgo del Mundodisco, legó uno de los universos fantásticos más originales de la creación contemporánea, que ha sido capaz de vender más de 85 millones de libros en 37 idiomas.

De hecho, se trata del segundo autor británico de ficción con mejores ventas después de J.K.Rowling pero, a diferencia de ésta que obtuvo el éxito exclusivamente por su saga de Harry Potter, la producción del de Beaconsfield es mucho más prolífica y novedosa y abarca también novelas juveniles, relatos cortos e incluso guiones para las adaptaciones televisivas de sus novelas.

El joven Pratchett publicó su primer relato a los 13 años en una revista de su colegio y se orientó profesionalmente hacia el periodismo para desarrollar su don para la escritura, que ejercía con facilidad y gran fluidez como demuestra su larga lista de publicaciones.

Después de todo, tal y como dejó dicho en su Papá puerco: “A los dioses no les gusta que las personas no trabajen mucho. Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar, por ejemplo”.

En 1971, trabajando ya como periodista, publicó con 23 años su primer libro, La gente de la alfombra, que fue muy bien recibido por la crítica y que supuso el comienzo de una producción ininterrumpida que alcanzó el definitivo éxito comercial a partir de 1983 gracias a El color de la magia, la primera de sus cuarenta obras publicadas sobre el Mundodisco.

El escenario de todas ellas es una dimensión paralela construida sobre la base de las antiguas leyendas orientales: un territorio plano que se sujeta sobre cuatro colosales elefantes a su vez apoyados en el caparazón de una inmensa tortuga cósmica.

En este Mundodisco se suceden las aventuras de multitud de personajes que se ambientan en épocas distintas entre la Edad Media y la época victoriana, parodiando desde los cuentos de hadas tradicionales hasta la obra de verdaderos colosos del género fantástico, como H.P. Lovecraft, Robert E. Howard, J.R.R. Tolkien e incluso con referencias a William Shakespeare.

Entre los protagonistas de su saga figuran el antiheroico hechicero Rincewind -al que le gustaría tener una vida mucho más aburrida de la que le depara su autor-, La Muerte -tradicionalmente esquelética y armada con guadaña, pero acompañada igualmente por familiares como su nieta Susan Sto Helit-, un envejecido pero animoso bárbaro llamado Cohen -trasunto humorístico del original Conan-, la aprendiz de bruja Tiffany Arching -ayudada por unos duendecillos indeseables apodados pictsies– y hasta un mueble con iniciativa propia -y muy mala uva- llamado simplemente el Equipaje.

Dioses de humor variable, magos de todos los pelajes, bibliotecarios transformados en orangutanes, estafadores malévolos y muchos otros seres aparecen en esta saga que cuenta con obras especialmente memorables como La luz fantástica, Mort, ¡Guardias, guardias! o Los pequeños hombres libres, entre otras.

Además de las novelas de Mundodisco, Pratchett escribió otros textos célebres como la conocida trilogía de los gnomos (Camioneros, Cavadores y La nave) y la de Johnny Maxwell (Sólo tú puedes salvar a la humanidad, Johnny y la bomba y Johnny y los muertos) o novelas en colaboración como Buenos presagios con Neil Gaiman y La tierra larga con Stephen Baxter.

Su obra ha conocido adaptaciones con mayor o menor fortuna a la televisión, el cine, los dibujos animados, los videojuegos y hasta el teatro.

La imagen de Pratchett, hombre afable e irónico que fue uno de los primeros escritores en comunicarse personalmente con sus fans a través de internet, era particularmente reconocible en las convenciones del fandom merced a su inconfundible sombrero negro que le confería un aire de brujo de otra dimensión, mal camuflado a la hora de manifestarse en la nuestra.

De hecho, vivía en una casa muy cerca del singular entorno lítico de Stonehenge, en el condado de Wiltshire, por lo que en realidad no sería nada extraño que viniera de un mundo paralelo y se hiciera pasar por un ser humano corriente…

De fino humor e intereses múltiples, él mismo advertía de que “el problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro de uno para poner allí sus cosas”.

Su popularidad alcanzó tal calibre que en 1998 fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, aunque con su habitual sorna en principio estuvo tentado a rechazar un nombramiento que creía era una simple tomadura de pelo.

Entre otros reconocimientos recibió también el título de doctor honoris causa por las universidades de Warwick y de Portsmouth, además de premios como el Margaret Edwards o el Wodehouse.

El propio autor anunció oficialmente en diciembre de 2007 que padecía una de las enfermedades más crueles del mundo moderno: el mal de Alzheimer, que acabó con su vida 8 años después, el 12 de marzo de 2015.

Con gran entereza, trabajó hasta el momento en el que la enfermedad le imposibilitó seguir materializando el enjambre de ideas y planes que aún guardaba en su cabeza, pero nunca mostró miedo ante su destino pues, como dice uno de sus personajes en Tiempos interesantes: “lo que no muere no puede vivir, lo que no vive no puede cambiar, lo que no cambia no puede aprender… La criatura más diminuta que muere en la hierba sabe más que tú, diosa”.

O, quién sabe, tal vez se aburrió de la creciente seriedad imperante en el mundo y decidió volver a Ankh-Morpork, en busca de algo más interesante que el olor de las amapolas…

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El escritor y la pasión lectora

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Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación
Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación

Algunos de los libros que leía y sus anotaciones son el contenido de “La biblioteca de Borges”, una obra de la que se deduce que la mayoría de obras de ese espacio, que acoge 2 mil volúmenes, trata de filosofía y religión porque era ahí donde el argentino encontraba las claves de la felicidad.

Así lo explica el autor de la obra (Paripé Books), Fernando Flores. “Este trabajo muestra una filosofía de vida que apunta a la felicidad, Borges era una persona feliz que buscaba la felicidad”, destaca el artífice de hacer la selección de estas obras que se encuentran en la biblioteca de la Fundación Borges (Buenos Aires).

Para Kodama, según explica, esas anotaciones eran hechas por Borges para llamar la atención sobre algo que “le aportaba la posibilidad de reflexionar”, y matiza que no a “todo el mundo” le “pueden aportar este interés”.

“Este libro me parece muy interesante porque es una manera de que la gente tenga acceso a los libros que le gustaban, porque Borges -según sus palabras- decía que su obra no era para tanto. El disfrutaba leyendo a otros autores y ese placer lo quería transmitir a otros lectores para que se iniciaran en ese amor por los libros”.

Así, entre estas páginas se pueden encontrar fotografías realizadas por Javier Agustí de las portadas y páginas anotadas de libros de Jean Cocteau, Kipling, Dante Alighieri -de quien conservaba el mayor número de ejemplares-, Thomas Carlyle, Schopenhauer, Unamuno, Dickens, Quevedo, Homero, Henry James, T E Lawrence, o Spinoza.

Unos libros que, en su mayoría, pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde “muy pequeño estaba familiarizado con ellos”.

Obras en las que el autor de El Aleph (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) escribía con su propia letra acotaciones sobre los pasajes que habían despertado su interés.

“Son los libros que leía y quería, los libros que no le gustaban desaparecían o los regalaba”, destaca Kodama sobre estos ejemplares con los que su marido pasó horas y horas de lectura.

“Tus libros preferidos, lector, son como borradores de ese libro sin lectura final”, decía Borges, según recoge el libro, donde también se descubre cómo para él leer un libro de Cocteau era como “conversar con su cordial fantasma”.

Y donde se puede leer de su puño y letra esta anotación en el libro de La Eneida: “Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”.

Y también está la Biblia, donde Borges encontró un “interés literario” y, según la define, es una “biblioteca de los libros fundamentales de la literatura hebrea ordenados sin mayor rigor cronológico y atribuidos al Espíritu, al Ruach”.

“Cuando yo lo conocí ya no podía leer, pero podía caminar (…) -apunta Kodama- Pero tenía una memoria prodigiosa y cuando quería que le leyera algo me decía donde estaba cada uno de sus ejemplares y me decía ve más adelante, más hacia atrás”.

Tanto era el amor por los libros que tenía el argentino que, según dijo su viuda, nunca le regaló uno porque de haberlo hecho tendría que haber sido “uno espectacular” y hubiera sido “imposible de comprar”.