literatura francesa

La miga de la magdalena

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Marcel Proust es considerado como uno de los más grandes autores del siglo XX y su obra En busca del tiempo perdido, publicada en 7 volúmenes, es clave en la literatura contemporánea
Marcel Proust es considerado como uno de los más grandes autores del siglo XX y su obra En busca del tiempo perdido, publicada en 7 volúmenes, es clave en la literatura contemporánea

Las letras francesas se rinden ante Marcel Proust al recordar la aparición de “Por el camino de Swann”, un manuscrito inicialmente rechazado que abre “En busca del tiempo perdido”, una obra monumental que se convirtió en uno de los textos literarios más influyentes del siglo XX.

En 1918 llegaba a las librerías francesas el primer tomo de esa excelsa y suntuosa obra de siete volúmenes y casi cuatro mil páginas que el propio Proust comparó con la estructura de una catedral gótica.

El literato escribió “Por el camino de Swann” tras la muerte de sus padres, mientras su delicada salud se deterioraba por el asma y la depresión y encerrado en una habitación forrada de corcho en el número 102 del bulevar Haussmann de París, donde permaneció voluntariamente recluido del mundo durante quince años.

El resultado, que le valió el premio Goncourt, fue una novela dividida en tres partes, con una factura innovadora y moderna, regada de interminables descripciones y evocaciones, que rastrea un laberinto de recuerdos desde la “memoria involuntaria”, según acuñó el autor.

Proust teje un aplaudido retrato de época desde un escrupuloso análisis de los personajes, como el amor de Swann por Odette de Crécy y el desprecio que las familias de alta cuna sienten por la muchacha, y de escenas cotidianas instaladas en el recuerdo infantil, como los paseos y entretenimientos de la vida social aristocrática.

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, escribe al inicio de su obra maestra Proust, que traza en esa obra el célebre pasaje sobre las magdalenas, que le recuerdan a las que preparaba su tía abuela y, por ende, al mundo en el que vivía entonces.

Al mojar una magdalena en una infusión, el narrador abre la puerta a un universo de reminiscencias involuntarias donde los recuerdos se asoman a partir de los sentidos primarios y trasladan al sujeto a un estadio de satisfacción despojado de la subjetividad de la memoria consciente. Un clásico de la teoría proustiana.

Proust, un escritor valiente que se refugia en un narrador escurridizo, también exploró ampliamente en sus páginas las relaciones entre hombres y mujeres del mismo sexo, gesto poco o nada habitual en las páginas publicadas hasta entonces, pero vivió en secreto su propia homosexualidad.

Sería una de las cosas que le recriminaría siempre André Gide, escritor y amigo de Proust que pudo haber cercenado de raíz su sueño de convertirse en escritor.

Nacido en una familia burguesa en el París de finales del siglo XIX, Proust (1871-1922) tuvo que financiar de su propio bolsillo la edición de su ópera prima, descartado por Gallimard y publicado inicialmente por Grasset.

Gide rechazó la obra tras una primera lectura, error que comprendió rápidamente y del que se disculpó en una carta. “Me confieso ante usted esta mañana, suplicándole que sea conmigo más indulgente de lo que hoy soy yo conmigo mismo”, escribía profundamente arrepentido Gide, que en 1947 ganaría el premio Nobel de Literatura.

Ese documento fue el inicio de “En busca del tiempo perdido”, una obra circular e innovadora cuyas últimas tres partes (“La prisionera”, “La desaparición de Albertina” y “El tiempo recobrado”) fueron publicadas póstumamente, tras la temprana muerte del autor en 1922 por una bronquitis.

Su deceso, a los 51 años, privó a los lectores de más páginas firmadas por una de las mentes literarias más celebradas de la historia y a Francia, el país con más premios Nobel de Literatura (14), y de un nuevo laureado, cuyos restos yacen ahora en el parisino cementerio de Pére-Lachaise.

Quién no se vea con fuerzas de abordar de golpe con las cerca de 4.000 páginas de impecable literatura de Proust, puede optar por introducirse en su universo con la serie de su obra en cómic editada por Gallimard desde 2011, que comienza con las viñetas en blanco y negro firmadas por Yan Nascimbene y concebidas a partir de Por el camino de Swann.

También es posible acercarse a Proust a través de revisiones de su trabajo, como “Dicctinaire amoureux de Marcel Proust”, coescrito por los filósofos Jean-Paul y Raphaël Enthonven; “Proust contre Cocteau”, en el que el ensayista Claude Arnaud indaga sobre la relación amistosa y literaria entre ambos escritores; o “Lettres a sa voisine”, una recopilación de misivas del literato a su casera.

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Letras en los jardines de la adicción

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En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida
En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, Artaud fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida

Si los dibujos y cuadernos de Antonin Artaud hablaran desprenderían un aullido de dolor, un lamento de sufrimiento y zozobra que fue lo que condujo la vida de este genio maldito, enfermo y loco.

Poeta, actor, dramaturgo y dibujante, Antonin Artaud (Marsella, 1896-Ivry, 1948) recorrió un periodo del siglo XX convulso y frenético. Con sus primeros poemas sedujo a los surrealistas. liderados por André Breton, pero al poco tiempo los abandonó y comenzó su carrera de actor y, al no tener el reconocimiento deseado, se dedicó a la estudio teórico del teatro.

Considerado por los críticos franceses como el “padre de la nueva escena”, en 1938 aparece una recopilación de sus ensayos bajo el título “El teatro y su doble” -obra mítica junto a “Para acabar con el juicio de Dios”-, que incluye el texto “El teatro y la crueldad”, donde escribe “En el punto de desgaste a que ha llegado nuestra sensibilidad, lo cierto es que tenemos necesidad ante todo de un teatro que nos despierte: nervios y corazón”.

De familia de clase media, enfermo desde niño y tratado por psiquiatras, Artaud siempre fue un rebelde al que sus padres no sabían cómo tratar.

Tras vivir varios meses en México con los indios tarahumanos, experiencia de la que saldría “Los Tarahumaras”, permaneció una etapa de diez años en un sanatorio psiquiátrico por sus obsesiones y delirios.

Desde joven los médicos le recomendaron el uso del opio y otras drogas para mitigar su dolor, una adicción que marcaría toda su vida.

Fue un periodo muy duro, en plena ocupación nazi, con un tratamiento arcaico a enfermos en instituciones que apenas habían evolucionado desde la Edad Media.

Pero en 1943, a petición de su familia, el doctor Gaston Ferdière, director del hospital psiquiátrico de Rodez (Averyon), amigo de los surrealistas y un médico culto, pionero en las terapias artísticas, consiguió que le trasladaran a un psiquiátrico de Rodez, en una zona no ocupada.

En esa época los electroshock se mezclaron en la vida de este creador y seductor, de intensos ojos azules, con el dibujo, la pintura, los textos de inspiración mística y su interés por San Juan de la Cruz, la Cábala, Eckhart, la Biblia o Baudelaire.

Estos dibujos, hechos en su mayoría en el psiquiátrico de Rodez, con los papeles que le daba el doctor Ferdière, los hacia de pie, y entre ellos destacan sus propias retratos (“hechos sin espejo”) con un rostro envejecido, escuálido de mirada perdida y torturada.

“Mis dibujos nos son dibujos sino documentos, hay que mirarlos y comprender lo que hay dentro”, escribió.

Abrumado, o infecciosamente lúcido, Antonin Artaud  pasó en los sanatorios una buena parte de su vida. De ellos dijo: «El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales». En su Carta a los directores de manicomios, el artista, sometido a terapias electroconvulsivas, sostenía que la concepción de la realidad de aquellos llamados «locos» era tan legítima como la de cualquier otro.

Tanto su reinvención del lenguaje como su crítica a la institución psiquiátrica, que sólo tenía sobre los pacientes «la superioridad que da la fuerza», calaron en los artistas de la posguerra. ¿Qué es en realidad el lenguaje y cómo Artaud trató de trascender sus límites? ¿Acaso no se pueden inventar nuevos códigos que transmitan con la misma efectividad, o incluso más, el contenido de un mensaje?

Artaud fue un pensador radical, vanguardista, que propuso las ideas de lo que llamó el Teatro de la Crueldad, que impactara profundamente en el espectador hasta hacerlo salir de la complaciente pasividad ante el teatro de entretenimiento. Junto a ello ponía como ejemplo el teatro balinés -asistió fascinado a dos representaciones en 1922 y 1931-, basado exclusivamente en la fisicidad y el simbolismo, opuesto a los excesos del diálogo en el teatro burgués occidental. Los textos reunidos en El teatro y su doble (publicado en 1938) siguen siendo una lectura intensa y reveladora, no sólo para los amantes de este género.