literatura norteamericana

Liberalismo en aguas pantanosas

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Nacida en Nueva Orleans, Lillian Hellman vivirá el ambiente familiar de la alta burguesía sudista que más tarde retratará implacablemente en la obra teatral The Little Foxes o La Loba (William Wyler, 1941) en su adaptación para la pantalla y donde la autora ajustaba cuentas con su linaje materno
Nacida en Nueva Orleans, Lillian Hellman vivirá el ambiente familiar de la alta burguesía sudista que más tarde retratará implacablemente en la obra teatral The Little Foxes o La Loba (William Wyler, 1941) en su adaptación para la pantalla y donde la autora ajustaba cuentas con su linaje materno

Lillian Hellman, conocida en España sobre todo por “Pentimento”, a partir del cual se elaboró la película “Julia”, publicó su primera obra teatral, The children´s hour, en 1934.

Luchadora tenaz en tiempos del macartismo, denunció a través de sus obras distintas caras de las injusticias y horrores del tiempo que le tocó vivir. La traducción al castellano de una de sus novelas autobiográficas, La mujer inacabada, relata su experiencia en la España de la Guerra Civil.

Lillian Hellman fue una superviviente de la caza de brujas del macartismo en los años de 1950 a 1954. Fue juzgada y perseguida por sus supuestas actividades antinorteamericanas, acusación a la que contestó con una frase que ha sido citada tantas veces que se ha convertido en tópico: “No puedo ni quiero sacrificar mi conciencia a las exigencias de la moda de este año”. Una frase que resume bien el carácter de esta escritora que a través de sus obras y de las luchas que emprendió en distintos frentes legó un ejemplo de integridad.

Lillian Hellman vivió la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial, y en su país expresó su rechazo por los abusos del macartismo, su solidaridad con los judíos y las minorías raciales norteamericanas. Sin embargo, en su obra los personajes son seres algo insólitos que no reflejan esta gran inquietud política.

Durante la entrega de los Oscars en 1976 las ovaciones del público no se dirigían a los actores y directores convocados para esa ocasión. Lillian Hellman subió al escenario ante los aplausos que los asistentes le dedicaron, puestos en pie, en señal de aprecio por esta prestigiosa luchadora liberal norteamericana.

Mal conocida en España, Lillian Hellman empezó quizá a captar mayor interés en este país a raíz del estreno de la película Julia, adaptada por Fred Zinneman. Varias de sus obras han sido llevadas al cine. La primera, The chil children’s hour, se adaptó en 1936 con el título These three y luego en una nueva versión con el mismo título en 1962. Ella misma fue autora de algunos guiones cinematográficos, además de doce obras teatrales y tres obras autobiográficas.

Lillian Hellman nació en Nueva Orleans en 1905. A los 19 años encuentra su primer trabajo como lectora en una editorial, la de Horace Liveright, que había dado a conocer a celebridades como William Faulkner, Eugene O’Neill y Sherwood Anderson, entre otros. No le va muy bien.

Más tarde se casa con Arthur Koeber, agente teatral y periodista, de quien se divorcia pocos años después. Para entonces había conocido al escritor Dashiell Hammet, con quien mantuvo unas relaciones que tu tuvieron una gran importancia para la escritora y que se prolongaron hasta la muerte de Hammet en 1961.

Su obra puede parecer pasada de moda actualmente, porque sea excesivamente dramática, en cierto sentido, pero su vida y su personalidad siguen siendo muy atractivas. Su voz era ronca, su piel en estos años lucía muy arrugada, no era una mujer hermosa pero no pasaba desapercibida. Los tres volúmenes de su obra autobiográfica Pentimento, La mujer inacabada y Tiempo de canallas reúnen una larga lista de curiosidades y retratos de personajes de su época que los convierten en importantes documentos.

La relación de Lillían Hellman con España no se limitó a describirla en la ficción de una de sus novelas. En 1931; colaboró con Hemingway y el realizador Joris Ivens en el guión de la película The Spanish Earth (La tierra española). Esta película se realizó para reunir fondos para la causa republicana durante la Guerra, Civil. Esta joven norteamericana llegó a España movida por sus intereses políticos y fue una de las seducidas por las causas que entonces defendió.

Biografía en castellano

“No puedo recortar mi conciencia para ajustarla a la moda de este año”, dijo la estadounidense Lillian Hellman al Comité de Actividades Anti-Americanas en 1952, una frase que resume el carácter de esta famosa dramaturga y que recupera un volumen de sus memorias.

Bajo el título “Lillian Hellman. Una mujer con atributos”, la editorial Lumen ha reunido dos de los tres libros de memorias de esta mujer, considerada una de las más inteligentes del siglo XX: “Una mujer inacabada” y “Pentimento”, en un volumen que ha sido prologado por la guionista y exministra de Cultura Ángeles González Sinde.

González Sinde reivindica la actualidad de una voz “furibunda, divertida, triste, afectuosa, áspera y sutilmente femenina”, la de esta mujer, autora de doce obras de teatro y once películas, y compañera sentimental del escritor de novela negra Dashiell Hammet, con el que mantuvo una relación de 31 años.

Nacida en 1905, Lillian Hellman estuvo presente en los conflictos más importantes de su época, como la Guerra Civil española y la resistencia antinazi en Austria y Alemania, la oficialidad soviética…

Hellman fue acusada de comunismo por el senador Joseph McCarthy, un hecho que la obligó a renunciar a su carrera como guionista de Hollywood al negarse a declarar acerca de sus actividades políticas.

Pero antes se había dado a conocer con “La calumnia”, una obra de teatro que trata sobre dos profesoras víctimas de la homofobia y que protagonizaron en el cine Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. Su fama se consolidó con el drama “La loba”, que fue llevado a la gran pantalla con Bette Davis.

Íntima amiga de la también escritora Dorothy Parker, las memorias de esta intelectual recogen su relación con Dashiell Hammet, su amigo “más íntimo y querido” y el hombre “más interesante” que conoció en su vida.

Fue, asegura González Sinde, “una mujer sin domesticar que jamás vivió en cautiverio, aunque tuviera que pagar un precio por ello”.

Explica en el prólogo que a pesar de que Hellman y Parker tuvieron mucho éxito, ser mujer y escribir profesionalmente en los años 30 no era frecuente, aunque, dice la exministra, tampoco es algo en lo que se haya avanzado mucho desde entonces ya que “las artes siguen siendo uno de los sectores más reacios a la igualdad”.

El secreto de Lillian Hellman fue “trabajar, trabajar y trabajar” de tal forma que aunque “se hundió más de una vez”, tuvo el instinto y la inteligencia para recuperarse y volver a sentarse ante la máquina de escribir, señala.

González Sinde confiesa su admiración por esta intelectual y asegura que prologar sus memorias le ha llevado a enfrentarse, casi sin querer, con su propia biografía, cuando su madre le recordó que su padre, el productor, guionista y director de cine José María González Sinde, pudo entrevistar a esta célebre artista.

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Años de fantasmas y costumbres represivas

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Si se dijera que una persona que vivió a fines del siglo XIX era abiertamente bisexual, que recorrió en moto el frente durante la I Guerra Mundial, que cruzó el Atlántico más de 60 veces y que ganó un Premio Pulitzer, nadie pensaría que se trata de una mujer. Mucho menos de una que se consideraba a sí misma "antifeminista". Esta mujer fue Edith Wharton (Estados Unidos, 1862 - Francia, 1937)
Si se dijera que una persona que vivió a fines del siglo XIX era abiertamente bisexual, que recorrió en moto el frente durante la I Guerra Mundial, que cruzó el Atlántico más de 60 veces y que ganó un Premio Pulitzer, nadie pensaría que se trata de una mujer. Mucho menos de una que se consideraba a sí misma “antifeminista”. Esta mujer fue Edith Wharton (Estados Unidos, 1862 – Francia, 1937)

Con una literatura profundamente progresista pero a la vez declarada antifeminista, escritora de lo doméstico y al mismo tiempo gótica, Edith Wharton está considerada la mejor novelista americana de su generación pero también una gran cuentista, como demuestran sus relatos reunidos en español.

La editorial Páginas de Espuma, especializada en el relato corto, acaba publica el primer tomo de los “Cuentos completos” de Wharton, primera mujer en ganar el premio Pulitzer y que estuvo nominada al Nobel en varias ocasiones.

Cerca de medio centenar de cuentos en casi mil páginas componen este primer tomo que abarca los relatos que Edith Wharton (Nueva York, Estados Unidos, 1862- Saint-Brice-sous-Forêt, Francia, 1937) escribió entre 1891 y 1908 y al que sigue un segundo volumen.

Una recopilación que ha prologado la escritora hispano argentina Clara Obligado, que recalca que Wharton habla en sus relatos “de hoy”: “Tiene los mismos conflictos que tienen las mujeres de hoy”.

El matrimonio, del que era partidaria aunque con matices; la situación del hombre y la mujer en la época, la vida después del divorcio, la lucha de la mujer por su propia libertad pero también los asuntos domésticos son algunos de los temas que predominan en sus cuentos, que publicó a lo largo de su vida en revistas y periódicos.

En ellos hay además conversaciones con la pintura, los viajes, el propio oficio de escribir y la casa como espacio poético.

Admirada por Henry James, Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau y Ernest Hemingway, la escritora firmó más de 40 libros de todos los géneros, entre ellos la conocida novela “La edad de la inocencia”, escrita en 1920 y con la que ganó el Premio Pulitzer.

Los cuentos han sido traducidos al español por Emma Cotro, Maite Fernández Estañán, Eva Gallud y Juan Carlos García.

Una autora, fácil de leer pero difícil de traducir, según explica Enmma Cotro, quien califica sus relatos como “alta literatura” y entre ellos también destacan algunos de temática gótica, ya que era una enamorada de los cuentos de fantasmas.

Wharton, que se casó a los 23 años y se separó a los 51, tuvo relaciones sentimentales con hombres y mujeres. A pesar de proceder de una familia adinerada, no quiso una vida acomodada y recorrió los frentes de la Primera Guerra Mundial en motocicleta.

Edith Wharton era crítica con todo lo que no le gustaba “pero sin sermones”, como destaca Clara Obligado, que ha subrayado también el humor en su literatura.

Por eso, Obligado ha propuesto “mirar de nuevo” a través de sus relatos a esta escritora que encarna “la contradicción en estado puro”.

Wharton era todo un hombre”, ironiza la prologuista del libro. “Estaba acostumbrada a ser poderosa, se identificaba en gran parte con los hombres y su error fue no haber sido más sensible a los movimientos feministas de su época”, explica. Fue esto lo que le costó que la erradicaran de la literatura por tanto tiempo, primero por ser mujer, y luego por no haber entrado más abiertamente en los conflictos de su época.

Otras compilaciones de Wharton

El sello andaluz Paréntesis reune en la antología ‘Madame de Treymes y otros relatos’ algunas narraciones breves de la escritora neoyorquina Edith Warthon.

Sin embargo, pese a su Premio Pulitzer de 1920 por ‘La edad de la inocencia’ y a la impecable versión cinematográfica que de la novela realizó Martin Scorsese, Edith Wharton es aún casi una desconocida para el lector español.

Estos relatos constituyen “un suculento muestrario de los méritos de esta escritora a la que insistentemente se ha comparado con Henry James”. En este sentido, aun admitiendo las innegables similitudes con el autor de ‘Washington Square’, la americana brilla con una prosa personalísima cuyas virtudes más destacables son sus hilarantes ironías y el hábil empleo de la elipsis.

Paréntesis publica esta antología de la narrativa breve de la autora con prólogo de Lale González-Cotta, quien explica cómo Wharton, con “su perspicaz discernimiento de los procesos mentales, supo mostrar a perfección los convencionalismos de las clases altas”.

Sin embargo, a pesar de sus denuncias, afirma que “nunca encontró la manera de resolver el conflicto que se plantea entre las aspiraciones sociales y la realización del individuo”. Éste, así como la represión sexual y la glamourosa existencia de la clase alta, son algunos de los temas que aparecen en sus cuentos.

Por otro lado, apunta que sus relatos de fantasmas, recogidos en diversas antologías en español, son muy apreciados por los amantes del género. No obstante, González-Cotta manifiesta que “se hace imprescindible conocer a Wharton en el ámbito costumbrista de estos deliciosos relatos que se leen sin que se desvanezca la sonrisa de los labios”.

Edith Wharton, escritora perteneciente a la alta sociedad neoyorquina, vivió desde 1907 en Francia. Publicó relatos para Scribner’s Magazine, novelas, libros de viajes y poemas. En 1905 publicó la novela ‘The House of Mirth’, y en 1911 ‘Ethan Frome’. Su obra más conocida es ‘La edad de la inocencia’, con la que ganó el premio Pulitzer en 1921.

Asimismo, se le reconoce como la heredera de la novela costumbrista europea al otro lado del Atlántico. Así, su larga lista de reconocimientos incluye el haber sido la primera mujer en ser nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Yale y en recibir la medalla de oro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras en 1924 por parte del gobierno de Estados Unidos.

Testosterona en el balneario

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Walt Whitman (1819-1892) fue una multitud. Periodista, tipógrafo, carpintero, maestro y creador de folletines, el padre de la poesía moderna americana tardó años en hallarse a sí mismo. Antes de entrar en la eternidad en 1855 con Hojas de hierba, Whitman se buscó en un conjunto heterogéneo de escritos que luego condenaría al olvido
Walt Whitman (1819-1892) fue una multitud. Periodista, tipógrafo, carpintero, maestro y creador de folletines, el padre de la poesía moderna americana tardó años en hallarse a sí mismo. Antes de entrar en la eternidad en 1855 con Hojas de hierba, Whitman se buscó en un conjunto heterogéneo de escritos que luego condenaría al olvido

El poeta estadounidense Walt Whitman escribió en 1858, bajo el seudónimo de Mose Velsor, una serie de columnas periodísticas sobre los buenos hábitos masculinos, textos ahora publicados por primera vez en español que “reivindican” la modernidad de la obra del autor de Hojas de hierba.

“Guía para la salud y el entrenamiento masculinos” es el título editado por Nórdica Libros, una adaptación de los artículos que Whitman (1819 – 1892) escribió para el periódico The New York Atlas.

Las columnas originalmente se titularon “La salud y el entrenamiento masculinos, con pistas informales sobre su condición” y durante más de 150 años se ignoró de la autoría del poeta neoyorquino.

Fue en 2014 cuando un joven que hacía su tesis “descubrió estos textos”, asegura en una entrevista con Efe el editor de Nórdica, Diego Moreno, que califica el hecho como “una sorpresa enorme, porque no se pensaba que se podía encontrar un Whitman inédito a estas alturas”.

El libro, traducido por Íñigo Jáuregui e ilustrado por Matthew Allen, recoge consejos y reflexiones relacionados a la salud, los buenos hábitos, el ejercicio, el aseo, la comida, la salud mental, la fortaleza moral o el valor del entretenimiento.

“Esta manera de dar consejos tan directos, de incitar al lector a hacer cosas nuevas, vivir bien, tener cuidado, hacer ejercicio y comer bien está presente también en la poesía de Walt Whitman”, dice Moreno sobre los textos publicados en inglés el año pasado.

Esta colección, explica, significa “la reivindicación de la modernidad de la obra de Whitman”, un escritor que llama “a la pasión, a vivir”.

“A ti, oficinista, hombre de letras, persona sedentaria, hombre de fortuna, ocioso, te digo… ¡levántate!”, son algunas de las primeras líneas de las 47.000 palabras escritas por Whitman que componen esta serie.

Moreno reconoce que con estos textos el lector se sentirá identificado en la búsqueda, “común hoy en día”, “de lo auténtico, la naturaleza, de uno mismo, de disfrutar lo real, el campo, la soledad y el desarrollo intelectual”.

Y es que, en palabras de Whitman, un hombre con una ocupación regular y buenos hábitos, entre ellos el entrenamiento, “continuará hacia un grado cada vez mayor de búsqueda, conocimiento y perfección”.

“Cumplir las leyes del entrenamiento masculino, si se siguen debidamente, puede vencer y erradicar la maldición de una mente deprimida, la melancolía y el hastío que actualmente arruinan buena parte de los días de más de la mitad de los hombres”, relataba en sus artículos bajo el nombre de Mose Velsor.

Whitman, también ensayista y enfermero voluntario, afirmaba que el entrenamiento no consiste en el mero ejercicio sino en la alimentación, las costumbres, el sueño e incluso en respirar aire puro.

“Es importante que el organismo se purifique mediante la inspiración y respiración, con abundante reserva de aire puro, durante las seis, siete u ocho horas que se emplean en el sueño”.

Para tener buena salud y cambiar un escenario de debilidad e indecisión “a una vida de verdad”, recomendaba además rodearse de amigos, viajar, bailar y el desarrollo intelectual.

Moreno asegura que lo que hace moderna y atractiva a la “Guía para la salud y el entrenamiento masculinos” son las ilustraciones hechas por Matthew Allen, un surfista, ilustrador y fotógrafo del sur de California.

“Las ilustraciones -detalla- le dan un aire muy actual y urbano, en el sentido de vida de la sociedad y la reivindicación de la naturaleza. Creemos que hay una parte bastante moderna en estos textos escritos hace 150 años”.

Esta recopilación representa un trabajo desconocido pero con el “mismo espíritu” de la reconocida obra de Whitman, un autor que, asegura Moreno, “gusta muchísimo” y “siempre deja cosas nuevas para descubrir”.

Dorothy Parker y el pozo de la irreverencia

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Parker se casó, se divorció y se volvió a casar con su esposo Alan Campbell en un toma y daca que duraría hasta su muerte
Parker se casó, se divorció y se volvió a casar con su esposo Alan Campbell en un toma y daca que duraría hasta su muerte

“Mi vida es como una galería de arte/con pasillos estrechos por los que los espectadores pueden caminar”. Este verso pertenece a uno de los poemas de Dorothy Parker, la maestra cáustica del relato, los reportajes o la crítica literaria, que han sido reunidos en un libro en español.

Unos poemas “perdidos” que la editorial Nórdica, que está recuperando la obra de esta escritora moderna, irónica, mordaz y libertaria que supo recoger como nadie el espíritu neoyorquino de los años veinte del pasado siglo en Nueva York, ha publicado en un libro con la introducción de Stuart Y. Silverstein y traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross.

En los primeros años de su carrera, Dorothy Parker (West End, New Jersey, 1893 – Nueva York, 1967) escribió más de trescientos poemas para periódicos y revistas como Vogue, Vanity Fair o The New Yorker, pero fue en 1996 cuando Stuart Y. Silverstein recopiló estos 122 poemas “perdidos” que pueden verse ahora en esta edición.

No obstante, este volumen en castellano está basado en la segunda edición del libro en Estados Unidos, de 2009, matiza Diego Moreno, director de Nórdicas.

En edición bilingüe, el libro es un paseo de la mano de Parker por la vida y las relaciones de la autora en todas sus dimensiones, y no está escrito desde de la metafísica, la revelación o la trascendencia, sino con la ironía, la exageración o la aparente frivolidad en la que se resguarda el dolor y la fragilidad.

Y todo ello en medio de la sociedad de los años veinte, en un Nueva York loco y divertido que precedió a la Gran Depresión.

Unos poemas cuya materia prima suele ser la propia Dorothy Parker, una poesía “flapper” (aleteante, ligera). “La poesía de Miss Parker no es poesía de sociedad en el sentido antiguo; es poesía flapper” y como tal es sana, atractiva, sin corsé y no desprovista de gracia”, decía The New York Times.

Una cita que recoge Stuart en la extensa introducción del libro, que constituye toda una biografía de la autora de “Una rubia imponente”, quien no creía que su obra poética estuviera preparada para ser encerrada en un volumen, sino para que fuera publicada en prensa como en The New Yorker, Vogue o Vanity Fair, lo que, en opinión de Diego Moreno, “da un aire periodístico a estos versos”.

Aunque ella sí aceptó editar un libro después y ya en 1926 se publico el primero, “Enough Rope” (Cuerda suficiente), con gran éxito y en los años siguientes varias colecciones de poemas, “Sunset Gun” (Cañonazos de retreta) en 1928 y “Death and Taxes” (La muerte y los impuestos) en 1931. Y posteriormente una selección que ella misma hizo en “Not so deep as well” (No tan profundo como un pozo).

Una poesía en la que se proyectaba como mujer. “Una mujer moderna marcada y cáustica, austera, sin adornos, que se abría paso en un mundo nuevo y crudamente moderno, experimentada en el sexo, pero cínica en el amor, desafiando al público en general con una ocurrencia y una expresión de desdén…o un suspiro privado.

Dorothy Parker no solía tener más confianza en sus habilidades artísticas que cuando escribía sobre Dorothy Parker”, escribe Stuart Y. Silverstein.

Sentido vital

Dorothy Parker, que en realidad se llamaba Dorothy Rothschild, pero tomó el apellido de su primer esposo, Edwin Pond Parker, con quien se casó en 1917, era hija de una familia de clase media, no perteneció a la rama rica de los Rothschild, y fue una mujer inteligente, lúcida y moderna, una avanzada de su tiempo, feminista y de izquierdas.

Como muchas personas con dotes cómicas, la crítica, poeta y escritora de cuentos “Dottie” Parker era una mujer de sombrías profundidades, y usaba su lengua afilada para mantener a la gente a distancia, incluso mientras hacía comedia a partir de sus desventuras. Ella también era aficionada a la autodramatización. Como su amigo Wyatt Cooper lo describió en un perfil de Esquire en 1968, titulado “Lo que creas que Dorothy Parker”, tenía una “afinidad por la angustia”. Aún así, parece justo decir que su infancia estuvo lejos de ser feliz.

Ella era dos meses prematura y perdería a su madre escocesa-americana antes de su quinto cumpleaños; poco después empezaría a convivir con una madrastra odiada. Su padre judío había sido un fabricante de ropa exitoso, pero a su muerte en 1913 el negocio estaba fallando, dejando sola a Parker para mantenerse, primero como pianista de escuela de baile y luego en el mundo frágil y sofisticado de la publicación de la revista New Yorker.

Una figura pequeña, casi frágil, su ingenio letal la marcó desde el principio. Su oportunidad llegó cuando envió un poema, Any Porch, al editor carismático de Vanity Fair, Frank Crowninshield. Pronto pasó de vivir como autora de viñetas de Vogue a ser la escritora de Vanity Fair, convirtiéndose finalmente en la crítica de drama de la revista. En 1920, ese mismo ingenio legendario la auto-despidió cuando no pudo resistirse a gastar una broma pesada a costa de la actriz Billie Burke, esposa de uno de los mayores anunciantes de la revista.

Sin embargo, la década de 1920 sería la década de Parker. Publicó unos 300 poemas y versículos gratuitos en varias revistas; en 1926, su primer volumen de poesía se convirtió en un éxito de ventas y obtuvo críticas positivas, a pesar de ser descartada como “verso flapper” por The New York Times. Al mismo tiempo, ella suministró cuentos a The New Yorker. Y, por supuesto, fue durante esos años cuando se convirtió en parte de ‘The In-Crowd’, el club de almuerzos de literatos que surgió en el hotel Algonquin y se hizo conocido como la ‘Mesa Redonda’.

Desafortunadamente, su trabajo encarnaba la vertiginosa mezcla de cinismo y sentimentalismo de la época. Una vez que la Depresión acalló los tapones de champán y las nubes de la guerra comenzaron a reunirse en Europa, Parker parecía anticuada, y más tarde se la dio por muerta. En sus últimos años, viviendo sola con su perro en una habitación de hotel en el Upper East Side de Manhattan, la respuesta más común a todo lo que logró escribir fue la sorpresa de que todavía estuviera viva (apenas ayudó a que gran parte de sus versos flirtearan tanto con la idea de deshacerse de ella misma).

Su vida personal, mientras tanto, era un desastre. Bajo su dura sátira, una corriente de anhelos íntimos, insatisfechos, a través de sus versos, cuyas tristes lecciones se aprendieron de la manera difícil, a través de enredos con una serie de hombres que en aquellos días podrían llamarse emocionalmente no disponibles, o a veces simplemente casados. “Tomame o dejame; o, como es el orden habitual de las cosas, ambos”, escribió.

La escritura fue una lucha, la buena escritura siempre lo es. "La brevedad es el alma de la lencería". "Si quieres saber qué piensa Dios del dinero, solo mira a la gente a la que se lo dio". "Puedes liderar una horticultura, pero no puedes hacerla pensar". Las líneas como estas que se desconectan de la lengua y se alojan en la mente con tanta prontitud pueden parecer ventosas y no producidas, pero como una vez dijo Parker, por cada cinco palabras que escribía, ella cambiaba siete
La escritura fue una lucha, la buena escritura siempre lo es. “La brevedad es el alma de la lencería”. “Si quieres saber qué piensa Dios del dinero, solo mira a la gente a la que se lo dio”. “Puedes liderar a una horticultora, pero no puedes hacerla pensar”. Las líneas como estas que se desconectan de la lengua y se alojan en la mente con tanta prontitud pueden parecer ventosas y no producidas, pero como una vez dijo Parker, por cada cinco palabras que escribía, ella cambiaba siete

Su primer marido, Edwin Pond Parker II, un corredor de bolsa de Wall Street cuyo nombre ella conservó, era un adicto a la morfina y al alcohol. Se casaron en 1917 y se divorciaron en 1928, pero el matrimonio terminó mucho antes. Su segundo marido, Alan Campbell, era un actor y escritor bisexual 11 años menor que ella, y, si bien no era infiel, era un coqueto terrible. Su matrimonio terminó en divorcio, pero luego se volvieron a casar, unidos en una danza de empuje y atracción que continuaría hasta su muerte (como su primer marido, Campbell murió a causa de una sobredosis de drogas). Se automedicó (no era una escritora con problemas de bebida, bromeaba, sino una bebedora con un problema de escritura) y mal manejo crónico de sus asuntos financieros. Intentó suicidarse dos veces (una vez después de un aborto), y quedó embarazada a los 42 años.

Ciertamente, la mayoría de las citas por las que la recuerdan provienen de su verso o de sus bromas en la ‘Mesa Redonda’, pero sus historias presentan personajes femeninos que intentan cuadrar nuevas y excitantes opciones con las limitaciones permanentes de las expectativas sociales. Algunas de sus heroínas son alcohólicas suicidas, pero otras son personajes innegablemente fuertes. Temporalmente libres del hedonismo de los años 20, sus vidas abarcan contradicciones y desafíos que son demasiado familiares para las mujeres del siglo XXI.

Amantes -entre ellos F. Scott Fitzgerald-, amores frustrados, varios intentos de suicidio y mucho alcohol rodearon su vida, en la que también hubo mucho compromiso. Durante la guerra civil viajó a España y apoyó a la República. Escribió varios reportajes sobre el tema.

Estuvo en la lista negra de Hollywood durante la famosa caza de brujas y murió en 1967 de un ataque al corazón. Tenía 73 años, su muerte fue portada en The New York Times

Y, “dado que nadie reclamó sus cenizas, estuvieron más de veinte años en el archivo de su abogado”, recalca Silvertein. Hoy sus restos reposan en la Asociación Nacional para el Desarrollo de las Personas de Raza Negra (NAACP) entidad a quien Parker nombró heredera.

Amor en prados incendiados

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Ya con 33 años Susan Sontag descubrió que esa estrategia de dar conocimiento a cambio de amor era una trampa, otro desamparo sin fin: “Mi hábito de intercambiar información a cambio de calor humano. Como poner un chelín en un contacto; dura cinco minutos, después hay que poner otro chelín”.
Ya con 33 años Susan Sontag descubrió que esa estrategia de dar conocimiento a cambio de amor era una trampa, otro desamparo sin fin: “Mi hábito de intercambiar información a cambio de calor humano. Como poner un chelín en un contacto; dura cinco minutos, después hay que poner otro chelín”.

Susan Sontag pasará a la historia como ‘pensadora pop’. Galardonada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003 junto con la escritora marroquí Fátima Mernissi, Sontag ingresó a los 15 años en la Universidad de California, en Berkeley. De allí pasó a la de Chicago, en la que se licenció en 1951 en Filosofía y Letras.

A los 17 años contrajo matrimonio con Phillip Rieff, un profesor de Sociología, con quien estuvo casada nueve años y tuvo un hijo, David Rieff, también escritor.

Publicó su primera novela en 1963, ‘El benefactor’, y luego dos ensayos muy leídos durante la década de los sesenta: ‘Against interpretation’ (1966, publicado en español con el título de ‘Contra la interpretación’) y ‘Notes on camp’.

Susan Sontag pasó a formar parte del selecto grupo de pensadores pop. Aquellos que como Foucault, Eco o Zizek, trascienden popularmente por sus apariciones mediáticas más que por sus publicaciones o teorías. Intelectuales que capturan los signos de los tiempos. Y les encanta

En 1968 fue como periodista a la guerra de Vietnam y las vivencias que tuvo le impidieron seguir escribiendo.

Comenzó entonces a pensar en la posibilidad de dirigir una película, lo que se plasmó en la invitación de un productor de Estocolmo para que fuese a Suecia.

En este país filmó ‘Duett for kannibaler’ (1969) y ‘Broder Carl’ (1971). Combinó la actividad cinematográfica con la publicación de otros títulos, como ‘Estilos radicales’ (1969).

Europa

En 1972 sufrió una crisis personal que dio como fruto el libro ‘Bajo el signo de Saturno’ (publicado en 1980), en el que narra su relación con Europa, su identificación y sus percepciones en ese continente.

Al año siguiente dirigió otra película, ‘Promised lands’, en los Altos del Golán y sobre la guerra árabe-israelí.

Dos años después, y a raíz de que se le diagnosticara un cáncer, escribió ‘Illness as metaphor’ (editada en español como ‘La enfermedad y sus metáforas’).

En 1977 publicó ‘On photography’ (‘Sobre la fotografía’), por la que recibió el premio del Círculo de la Crítica Literaria de Estados Unidos, y al año siguiente el libro de narraciones cortas ‘Yo, etcétera’, uno de cuyos relatos sería la base para el guión de otra película, ‘Unguided tour’, rodada en Italia para la televisión.

Sontag era una autora dotada de una gran formación filosófica, interesada por la literatura de vanguardia, y que, según su colega Gore Vidal, se convirtió “más que ningún otro estadounidense en el eslabón con la literatura europea actual”.

Bosnia

En 1992 publicó la novela ‘The volcano lover’ (‘El amante del volcán’) y un año después participó en la fundación del Parlamento Internacional de Escritores, creado en Estrasburgo (Francia) para defender la libertad de expresión y proteger a los autores perseguidos.

También viajó a Bosnia, en plena guerra, para impartir clases en la Academia Dramática de Sarajevo, donde montó, en colaboración con el director bosnio Haris Pasovic y actores de diferentes etnias, la obra ‘Esperando a Godot’, de Samuel Beckett.

Autora que consideraba que los intelectuales deben comprometerse, Sontag criticó duramente la negativa de otros escritores a viajar a Bosnia y pidió públicamente la intervención occidental en el conflicto.

Sontag, que denunció en diversas ocasiones que el fascismo avanza en Estados Unidos, regresó varias veces a Sarajevo para impartir clases de cine y desarrollar proyectos de enseñanza, lo que le valió el premio de Cultura de la Fundación Montblanc en 1994.

Además, en 1999 protagonizó un enfrentamiento con el escritor austriaco Peter Handke, a quien criticó por su defensa de las posiciones serbias en la guerra en los Balcanes.

Ese mismo año fue distinguida por el Gobierno francés con la Orden de las Artes y las Letras, en grado de comendador.

En 2000 recibió el galardón National Book por su obra ‘In America’ (‘En América’), una novela de ficción histórica, y al año siguiente el Premio Jerusalén de Literatura, el más prestigioso de Israel para escritores extranjeros.

Obras traducidas a 26 idiomas

Sontag, cuyas obras han sido traducidas a 26 idiomas, aceptó el galardón pese a las presiones para que lo rechazara, pero aprovechó la ocasión para condenar la ocupación israelí en los territorios palestinos.

Tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, publicó un ensayo en la revista ‘The New Yorker’ en el que decía que los atentados no habían sido “cobardes”, como los calificó el Gobierno de George W. Bush, lo que le valió una lluvia de críticas.

Y en 2003, durante la Feria del Libro de Bogotá, recriminó al escritor colombiano Gabriel García Márquez por su silencio respecto a las ejecuciones y condenas de disidentes en Cuba.

Sus diarios

Considerada uno de los iconos intelectuales de Estados Unidos, Susan Sontag escribió a lo largo de su vida unos diarios que reflejaban su inteligencia audaz y su sed de cultura. David Rieff, su único hijo, publica la primera parte de estos textos, bajo el título de “Renacida”.

“Mi decisión sin duda viola su intimidad”, afirma con franqueza Rieff, al explicar en el prólogo de este libro, que verá la luz el 1 de abril editado por Mondadori, las razones que lo llevaron a difundir los diarios de su madre, que murió de cáncer sanguíneo en diciembre de 2004, a los 71 años, pero que, hasta pocas semanas antes de su fallecimiento, estaba “convencida de que sobreviviría”.

Ese afán por vivir hizo que Susan Sontag, galardonada con el Premio Jerusalén, el Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio de la Paz de los libreros alemanes, muriera “sin dejar instrucciones” sobre sus archivos o sus escritos dispersos.

No ha debido de ser fácil para Rieff lanzarse a publicar en tres volúmenes una selección de los más de cien cuadernos que la gran escritora, una de las voces más críticas de Estados Unidos, fue redactando desde los catorce años hasta la última etapa de su vida. Y los redactó “solo para ella”. “Nunca permitió que se publicara una frase siquiera”, señala el hijo.

“Mi madre no fue en ningún sentido una persona proclive a la confidencia. En particular, evitaba hasta donde le era posible, sin negarla, toda referencia a su homosexualidad o todo reconocimiento de su propia ambición. Así que mi decisión sin duda viola su intimidad”, afirma Rieff en el prólogo de “Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964”.

En realidad “los diarios físicos” no le pertenecen a Rieff, ya que su madre, “cuando aún gozaba de buena salud”, había vendido sus archivos a la biblioteca de la Universidad de California. El contrato establecía que ese sería su destino cuando muriera la novelista y ensayista, “como ha sido el caso”.

Por eso, y aunque este escritor y reportero de guerra no era proclive a publicarlos, se dio cuenta de que, o los seleccionaba y preparaba él, “o algún otro lo haría. Pareció preferible seguir adelante”.

“Creo que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, la Honradez”, escribía Susan Sontag a los 14 años en su diario del que su hijo no ha excluido los fragmentos en los que quedara patente la “franqueza sexual” de la escritora o “la crueldad” de algunos juicios que emitía.

A los quince años, Sontag ya tenía claro que “La montaña mágica”, de Thomas Mann, era “la mejor novela” que había leído hasta entonces, y hacía largas listas con los libros que debía leer.

La misma pasión que sentía por la literatura la trasladaba también a la música, “la más maravillosa, la más vivaz de todas las artes y la más sensual”, decía la autora de libros como “En América”, “Ante el dolor de los demás” y de la recopilación de sus ensayos en “Cuestión de énfasis”.

Y es que en estos diarios, señala Rieff, “el arte es visto como una cuestión de vida o muerte”.

“¿Cuánto hay de narcisismo en la homosexualidad?”, se preguntaba Sontag en 1949, cuando ya había aludido varias veces en el diario a su relación con Harriett Somhmers Zwerling, a la que conoció cuando tenía dieciséis años y con la cual viviría después en 1957, en París. Más tarde mantendría una relación con la dramaturga María Irene Fornes, presente igualmente en estos escritos.

Con la misma naturalidad que escribía en abril del 49 que “nada sino humillación y degradación” sentía si pensaba “en relaciones físicas con un hombre”, en septiembre reconocía que, tratándose de mujeres, hallaba “mayor satisfacción física en ser ‘pasiva’, aunque emocionalmente”, era sin duda “el tipo amante, no el amado… (Dios mío, ¡qué absurdo es todo esto!)”, añadía a continuación.

David Rieff cree que estos diarios “fluctúan entre el dolor y la ambición” y reflejan la “maestría en las artes” que tenía su madre, “su pasmosa confianza en la razón de sus propios juicios, su extraordinaria avidez”.

Pero también revelan “su sensación de fracaso, su incapacidad para el amor e incluso para el eros. Se sentía tan incómoda con su cuerpo como tranquila con su mente”, asegura Rieff.

Pícaros voltios de euforia

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El periodismo, insistía Tom Wolfe, es ante todo una cuestión de mirada. De mirada y, claro, también de almidón tensando los cuellos de esas camisas blancas firmemente apresadas bajo unos trajes aún más blancos
El periodismo, insistía Tom Wolfe, es ante todo una cuestión de mirada. De mirada y, claro, también de almidón tensando los cuellos de esas camisas blancas firmemente apresadas bajo unos trajes aún más blancos

En “La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop”, Tom Wolfe examina provocativamente, sobre el terreno, los recientes monstruos sagrados, las instituciones de la era pop, los representantes de la nueva cultura…

… Los surfers, los locos de la moto, los Muchachos de la Melena y la estética de lo rancio, Hefner (Playboy), el rey de los reclusos voluntarios, la top–less trucada con silicona, el revoltijo mcluhaniano, los swinging London, las heathfields y las dollies, los hoteles climatizados, la decadencia del cocktail-party y la aparición de la cena-con-mono, la nueva etiqueta de la nueva café-society neoyorkina.

Entre los sorprendentes fenómenos sociales que estimulan a Tom Wolfe aparece un tema recurrente: la búsqueda de status por parte de las nuevas generaciones o (lo que es el reverso de la medalla) el ocaso de las jerarquías sociales tradicionales.

En conexión con este fenómeno se testimonia la aparición de fórmulas artísticas y códigos de conducta absolutamente ajenos al viejo stablishment.

“Escribí estas historias –señala el autor–, salvo dos («El hotel automatizado» y «Nuevo libro de etiqueta de Tom Wolfe»), en un período de diez meses, después de la publicación de mi primer libro: The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby. Fue una época extraña para mí, con varios pícaros voltios de euforia. Anduve de un lado a otro del país y luego, de un lado a otro de Inglaterra. ¡Qué gente conocí…! ¡Qué cosas hacían…! Estaba extasiado. Conocí a Carol Doda. Había inflado sus pechos con silicona emulsificada; más tarde se convirtió en pieza clave de la industria turística de San Francisco. Conocí a un grupo de surfers: la banda de la casa de la bomba. Asistieron a la sublevación de Watts como si se tratase de una partida en la bolera de Rose, en Pasadena. Fueron a ver a los «negros borrachos» y éstos los reprendieron por escandalosos. En Londres conocí a Nicki, una tenaz muchacha de diecisiete años, que se apuntó un tanto frente a sus condiscípulas al hacerse con un amante kurdo y cojo. Conocí a un oficinista de los de nueve libras a la semana, llamado Larry Lynch. Pasaba todos los días la hora del almuerzo, con otros cientos de trabajadores adolescentes, en las profundidades alucinantes y oscuras como boca de lobo del Tiles, un club nocturno de mediodía. Todos en éxtasis por el frug, el rock and roIl y Dios sabe qué más, durante una hora…”

El reino del lenguaje

Tom Wolfe nació en Richmond (Virginia), se doctoró en la universidad de Yale y vivió hasta su muerte en Nueva York. En la década de los sesenta se reveló como genial reportero y agudísimo cronista. Fue el impulsor y teórico del llamado «nuevo periodismo», al que definió como el género literario más vivo de la época y el más apto para captar los vertiginosos cambios y estilos de vida de las dos últimas décadas, arrebatando su primacía a la novela.

Wolfe siempre quiso ser escritor, aunque jamás soñó con alumbrar un nuevo género del que beberían (hasta saciarse) casi todas las generaciones posteriores de periodistas. Fascinado por la mitología oscura del Chicago de finales de los años veinte -«reporteros borrachos huido de los pupitres del News meando en el río al amanecer; noches enteras en el bar escuchando como cantaba “Back Of The Yards” un barítono que no era otra cosa que una tortillera ciega y solitaria…»-, estudió literatura y periodismo, fracasó en su intento por dedicarse al béisbol, y a principios de los sesenta empezó a teclear noticias para el «Springfield Union», un diario de Massachussets.

De la huelga de periódicos neoyorquinos de 1962, a la que Wolfe llegó al borde de la bancarrota, surgió su primera gran hazaña: 3.000 palabras sobre una feria de coches tuneados de Los Ángeles que dejaron al director de «Esquire» boquiabierto. Ahí estaban, brincando y dándose codazos, los primeros ejemplos de una manera de entender el periodismo que, según Wolfe, tenía que ser «absolutamente verídico y al mismo tiempo, tener la cualidad absorbente de la ficción».

Siguiendo esas directrices autoimpuestas, Wolfe creó un molde por el que pasaron surferos, bandas de motoristas, la alta sociedad estadounidense, el swinging london, el arte y la arquitectura moderna o las inclinaciones radicales de la izquierda chic neoyorquina. A su ejemplo «se deben las mejores páginas del periodismo moderno y quizá algunas de las peores», escribe Eduardo Mendoza en el prólogo de «La Izquierda Exquisita», una de las antologías que, junto a «La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la Era Pop», «El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron», «Ponche de ácido lisérgico» y «La palabra pintada», reúnen algunos de sus mejores textos.