literatura sudamericana

El intransigente en la fantasía surrealista

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Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra
Emparentado con Borges como inteligentísimo cultivador del cuento fantástico, los relatos breves de Cortázar se apartaron sin embargo de la alegoría metafísica para indagar en las facetas inquietantes y enigmáticas de lo cotidiano, en una búsqueda de la autenticidad y del sentido profundo de lo real que halló siempre lejos del encorsetamiento de las creencias, patrones y rutinas establecidas. Su afán renovador se manifiesta sobre todo en el estilo y en la subversión de los géneros que se verifica en muchos de sus libros, de entre los cuales la novela Rayuela (1963), con sus dos posibles órdenes de lectura, sobresale como su obra maestra

Uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve. Este fue el legado que dejó Julio Cortázar, creador de importantes obras como ‘Rayuela’ o ‘Libro de Manuel’, que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en el mundo hispano, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal.

Puede que algunos le recuerden mejor con frases como esta: ‘Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’, que probablemente sea una de las más célebres de Cortázar, uno de los escritores más reconocidos a nivel mundial por su destacable obra, que va desde la realidad más surrealista a la fantasía más intransigente.

Perteneciente al ‘boom’ de la literatura hispanoamericana del siglo XX, lo mejor de Cortázar fue su fiel interés por la investigación de lo cotidiano, siempre buscando nuevas formas de atracción y originalidad que han conseguido situarle entre una de las influencias más notorias de los autores actuales.

Nacido en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914, el escritor vivió tanto su infancia como la adolescencia e incipiente madurez en Argentina. Algunas de sus memorias expresan cómo era su vida en aquella Argentina gris en la que creció y de la que habla como “un paraíso en el que yo era Adán, donde no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados”.

Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en la cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. A los nueve años ya había leído a algunos de los grandes como Julio Verne, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe.

En la década de los 50’s se trasladó a Europa para trabajar como traductor de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el Viejo Continente residió en Italia, España, Suiza y Francia, país que iba a ser referencia mundial a nivel social y cultural, así como el lugar en el que ambientó algunas de sus obras.

Durante su estancia, surgió un grupo de grandes autores entre los que Cortázar también se encontraba como protagonista. Los destacados escritores eran el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y los mexicanos Carlos Fuentes y Juan Rulfo aunque, entre todos ellos, destaca Jorge Luis Borges, también bonaerense.

Cortázar también se volcó en la preocupación social del momento, centrándose en los movimientos izquierdistas y las clases más desfavorecidas, así como en los temas institucionales. Viajó a Cuba durante la revolución de 1962, acudió a la posesión del presidente chileno Salvador Allende y apoyó al movimiento sandinista nicaragüense, por lo que se convirtió en un verdadero activista político.

Tras una vida de dedicación casi exclusiva al conocimiento y a la escritura, pasando por los viajes y la experimentación, Cortázar regresó a Argentina al finalizar la dictadura, donde fue recibido con mucha emoción y cariño.

Sin embargo, volvió a Francia, lugar donde vivió sus últimos días hasta que una leucemia se lo llevó el 12 de febrero de 1984. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, un lugar de peregrinación para los amantes de sus palabras y poesías.

La literatura de Cortázar parte de un cuestionamiento vital, cercano a los planteamientos existencialistas en la medida en que puede caracterizarse como una búsqueda de la autenticidad, del sentido profundo de la vida y del mundo. Tal temática se expresó en ocasiones en obras de marcado carácter experimental, que lo convierten en uno de los mayores innovadores de la lengua y la narrativa en lengua castellana.

Como en Jorge Luis Borges, sus relatos ahondan en lo fantástico, aunque sin abandonar por ello el referente de la realidad cotidiana: de hecho, la aparición de lo fantástico en la vida cotidiana muestra precisamente la abismal complejidad de lo “real”. Para Cortázar, la realidad inmediata significa una vía de acceso a otros registros de lo real, donde la plenitud de la vida alcanza múltiples formulaciones. De ahí que su narrativa constituya un permanente cuestionamiento de la razón y de los esquemas convencionales de pensamiento.

En la obra de Cortázar, el instinto, el azar, el goce de los sentidos, el humor y el juego terminan por identificarse con la escritura, que es a su vez la formulación del existir en el mundo. Las rupturas de los órdenes cronológico y espacial sacan al lector de su punto de vista convencional, proponiéndole diferentes posibilidades de participación, de modo que el acto de la lectura es llamado a completar el universo narrativo. Tales propuestas alcanzaron sus más acabadas expresiones en las novelas, especialmente en Rayuela, considerada una de las obras fundamentales de la literatura de lengua castellana, y en sus relatos breves, donde, pese a su originalísimo estilo y su dominio inigualable del ritmo narrativo, se mantuvo más cercano a la convenciones del género. Cabe destacar, entre otros muchos cuentos, Casa tomada o Las babas del diablo, ambos llevados al cine, y El perseguidor, cuyo protagonista evoca la figura del saxofonista negro Charlie Parker.

Aunque su primer libro fueron los poemas de Presencia (1938, firmados con el seudónimo de «Julio Denis»), seguidos por Los reyes, una reconstrucción igualmente poética del mito del Minotauro, esta etapa se considera en general la prehistoria cortazariana, y suelen darse como inicio de su bibliografía los relatos que integraron Bestiario (1951), publicados en la misma fecha en la que inició su exilio. A esta tardía iniciación (se acercaba por entonces a los cuarenta años) suele atribuirse la perfección de su obra, que desde esa entrega no contendrá un solo texto que pueda considerarse menor.

Cabe señalar, además, una singularidad inaugurada en simultáneo con esa entrega: las sucesivas recopilaciones de relatos de Cortázar conservarían esa especie de perfección estructural casi clasicista, dentro de los cánones del género. El resto de su producción (novelas extraordinariamente rupturistas y textos misceláneos) se aleja hasta tal punto de las convenciones genéricas que es difícilmente clasificable. De hecho, buena parte de la crítica aprecia más su faceta de cuentista impecable que la de prosista subversivo.

Los cuentos

En el ámbito del cuento, Julio Cortázar es un exquisito cultivador del género fantástico, con una singular capacidad para fusionar en sus relatos los mundos de la imaginación y de lo cotidiano, obteniendo como resultado un producto altamente inquietante. Ilustración de ello es, en Bestiario (1951), un cuento como “Casa tomada”, en el que una pareja de hermanos percibe cómo, diariamente, su amplio caserón va siendo ocupado por presencias extrañas e indefinibles que terminan provocando, primero, su confinamiento dentro de la propia casa, y, más tarde, su expulsión definitiva.

Lo mismo podría decirse a propósito de Las armas secretas (1959), entre cuyos cuentos destaca “El perseguidor”, que tiene por protagonista a un crítico de jazz que ha escrito un libro sobre un célebre saxofonista borracho y drogadicto. Cuando se dispone a preparar la segunda edición del mismo, Jonnhy, el saxofonista, quiere exponerle sus opiniones acerca de su propia música y el libro, pero, en realidad, no le cuenta nada; no parece que tenga nada profundo que decir, como tampoco lo tiene el autor del libro, por lo que, muerto Jonnhy, la segunda edición únicamente se diferencia de la primera por el añadido de una necrológica.

En los cuentos de Final del juego (1964), encontramos algunas de las descripciones más crueles de Cortázar, como por ejemplo “Las ménades”, una auténtica pesadilla; pero también hay sátiras, como ocurre en “La banda”, en el que su protagonista, cansado del sistema imperante en su país (clara alusión al peronismo), se destierra voluntariamente, como Cortázar hizo a París en 1951. En “Axolotl”, tras contemplar diaria y obsesivamente un ejemplar de estos anfibios en un acuario, el narrador del cuento se ve convertido en uno más de ellos, recuperando de tal manera el tema del viejo mito azteca.

De Todos los fuegos el fuego (1966), compuesto por otros ocho relatos, hay que destacar “La autopista del Sur”, historia de un amor nacido durante un embotellamiento, cuyos protagonistas, que no se han dicho sus nombres, son arrastrados por la riada de vehículos cuando el atasco se deshace y no vuelven ya nunca a encontrarse. Impresionante es asimismo el cuento que da título a la colección, en el que se mezclan admirablemente una historia actual con otra ocurrida cientos de años atrás.

En los también ocho cuentos de Octaedro (1974), lo fantástico vuelve a mezclarse con la vida de los hombres, casi siempre en el momento más inesperado de su existencia. Más cercanas a lo cotidiano y abiertas a la normalidad son sus tres últimas colecciones de relatos, Alguien que anda por ahí (1977), Queremos tanto a Glenda y otros relatos (1980) y Deshoras (1982), sin que por ello dejen de estar presentes los temas y motivos que caracterizan su producción.

Rayuela

Para muchos, su gran obra maestra es ‘Rayuela’, una de las mejores de la literatura hispana de los últimos tiempos, publicada a comienzos de los 60 y capaz de generar diferentes conciencias tras su lectura.

‘La Maga’ es su protagonista, uno de los personajes más complejos y misteriosos de todos sus trabajos. La metafórica forma de desentrañar a su personaje está inscrita bajo la sensualidad y el fatalismo, una magia que se mueve entre lo bohemio y lo trágico a ritmo de jazz y desenfado.

Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce(1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)
Es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce (1984). El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963)

Sus múltiples ángulos de lectura, con episodios salteados que proponen una perspectiva original y diferente a cualquier otro documento, generan un nuevo punto de vista sobre el amor y el romanticismo.

También destaca ‘Bestiario’, su primera obra, publicada en 1951 e integrada por ocho cuentos, en la que ya se intuía su capacidad artística para hilar lo más ordinario con su aspecto más contradictorio.

Más adelante, en 1959 apareció ‘Las armas secretas’, una recopilación de cinco cuentos entre los que se encuentra ‘El perseguidor’, señalado como uno de los fragmentos más importantes de su obra.

Gracias al nacimiento de géneros tan inabarcables como el rock y el jazz y los movimientos por la paz en París en 1969, Cortázar adquirió una amplia experiencia que le sirvió de inspiración para sus prosas y cuentos. Sin embargo, entre dichos influjos de conocimiento también aparecieron los idearios políticos que le llevaron a romper la linealidad de los cuentos.

Ente ellos destaca ‘Libro de Manuel’, publicado en 1973 como un conjunto de gráficos artículos periodísticos que le sirvieron de base para mostrar su línea de pensamiento más realista y, en consecuencia, más criticada por los especialistas.

Un punto de vista más personal que, si bien nos hace conocer mejor al autor, también nos muestra una de esas caras de su poliédrica personalidad que tanto ha influido en la literatura. Contra tanta crítica, esta obra nos deja frases como “Los libros deben defenderse por su cuenta, y éste lo hace como un gato panza arriba cada vez que puede”.

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El escritor y la pasión lectora

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Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación
Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una “biblioteca personal”, la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación

Algunos de los libros que leía y sus anotaciones son el contenido de “La biblioteca de Borges”, una obra de la que se deduce que la mayoría de obras de ese espacio, que acoge 2 mil volúmenes, trata de filosofía y religión porque era ahí donde el argentino encontraba las claves de la felicidad.

Así lo explica el autor de la obra (Paripé Books), Fernando Flores. “Este trabajo muestra una filosofía de vida que apunta a la felicidad, Borges era una persona feliz que buscaba la felicidad”, destaca el artífice de hacer la selección de estas obras que se encuentran en la biblioteca de la Fundación Borges (Buenos Aires).

Para Kodama, según explica, esas anotaciones eran hechas por Borges para llamar la atención sobre algo que “le aportaba la posibilidad de reflexionar”, y matiza que no a “todo el mundo” le “pueden aportar este interés”.

“Este libro me parece muy interesante porque es una manera de que la gente tenga acceso a los libros que le gustaban, porque Borges -según sus palabras- decía que su obra no era para tanto. El disfrutaba leyendo a otros autores y ese placer lo quería transmitir a otros lectores para que se iniciaran en ese amor por los libros”.

Así, entre estas páginas se pueden encontrar fotografías realizadas por Javier Agustí de las portadas y páginas anotadas de libros de Jean Cocteau, Kipling, Dante Alighieri -de quien conservaba el mayor número de ejemplares-, Thomas Carlyle, Schopenhauer, Unamuno, Dickens, Quevedo, Homero, Henry James, T E Lawrence, o Spinoza.

Unos libros que, en su mayoría, pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde “muy pequeño estaba familiarizado con ellos”.

Obras en las que el autor de El Aleph (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) escribía con su propia letra acotaciones sobre los pasajes que habían despertado su interés.

“Son los libros que leía y quería, los libros que no le gustaban desaparecían o los regalaba”, destaca Kodama sobre estos ejemplares con los que su marido pasó horas y horas de lectura.

“Tus libros preferidos, lector, son como borradores de ese libro sin lectura final”, decía Borges, según recoge el libro, donde también se descubre cómo para él leer un libro de Cocteau era como “conversar con su cordial fantasma”.

Y donde se puede leer de su puño y letra esta anotación en el libro de La Eneida: “Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”.

Y también está la Biblia, donde Borges encontró un “interés literario” y, según la define, es una “biblioteca de los libros fundamentales de la literatura hebrea ordenados sin mayor rigor cronológico y atribuidos al Espíritu, al Ruach”.

“Cuando yo lo conocí ya no podía leer, pero podía caminar (…) -apunta Kodama- Pero tenía una memoria prodigiosa y cuando quería que le leyera algo me decía donde estaba cada uno de sus ejemplares y me decía ve más adelante, más hacia atrás”.

Tanto era el amor por los libros que tenía el argentino que, según dijo su viuda, nunca le regaló uno porque de haberlo hecho tendría que haber sido “uno espectacular” y hubiera sido “imposible de comprar”.

Vitale, cuando lo simple es arte

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La poesía de Vitale, acaso porque es sencilla de leer, parece fácil de escribir. Sin embargo, la calidad prodigiosa de recursos que crean musicalidad, sentido y atención por el despliegue verbal son muchos. Influida por grandes poetas americanos como Pablo Neruda, Delmira Agustini, César Vallejo y Gabriela Mistral, y por otros tantos españoles, sobre todo Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, la poeta uruguaya comenzó a escribir sonetos. Eso le dio, cuenta, talento para la medida y el ritmo
La poesía de Vitale, acaso porque es sencilla de leer, parece fácil de escribir. Sin embargo, la calidad prodigiosa de recursos que crean musicalidad, sentido y atención por el despliegue verbal son muchos. Influida por grandes poetas americanos como Pablo Neruda, Delmira Agustini, César Vallejo y Gabriela Mistral, y por otros tantos españoles, sobre todo Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, la poeta uruguaya comenzó a escribir sonetos. Eso le dio, cuenta, talento para la medida y el ritmo

Ida Vitale es una creadora con mayúsculas, una voz limpia y cristalina cuya palabra cruza sin envejecer una poesía tan honda e íntima como su personalidad.

Nacida el 2 de noviembre de 1923 en Montevideo, la obra de Vitale denota un permanente afán de curiosidad, hilvanado con un gusto exquisito; en 2015 se convirtió en la quinta mujer en ganar el Premio Reina Sofía de Poesía, y en 2018 fue la quinta mujer en pasar a formar parte de la corta nómina de mujeres galardonadas con el Cervantes.

Elegante, lúcida y culta, Vitale, que se exilió en México, huyendo de la dictadura de su país, en 1974, donde estuvo hasta 1989 y donde conoció a Octavio Paz, con quien trabajó en la revista Vuelta, y a José Bergamín, ha tenido siempre como referente y padre poético a Juan Ramón Jiménez, a quien también trató.

Desde 1989, Ida Vitale vivió en Austin (Texas, Estados Unidos) hasta 2016, año en que murió su marido Enrique Fierro. Meses después volvió con su hija a Uruguay.

Perteneciente a la llamada generación del 45, donde también se inscribe a Mario Benedetti, Idea Vilariño o Ángel Rama, entre otros muchos autores que tenían a Juan Carlos Onetti como gran referente, Ida Vitale, aseguró en 2010 su nulo interés en lo relativo a la poesía llamada “social o política”.

“Para mí, compromiso hay, pero ese es el moral. Eso es lo primero y a ese soy fiel eterna. Con la poesía social o comprometida no se ha conseguido el momento más decoroso de la poesía. No lo fue, ni siquiera con Pablo Neruda que fue un gran poeta. La poesía es otra cosa, y, ya digo, requiere una cierta intimidad, aunque coincida con la intimidad de los otros”, decía esta mujer, siempre atenta a la “escucha poética”.

Traductora, crítica y ensayista, Vitale, que estudió Humanidades, la figura de Vitale siempre se asociará a la de una mujer de pelo de blanco, rostro dulce y llena de humor. Una mujer siempre dispuesta a viajar y alerta a todo lo que ocurre a su alrededor.

Una de las frases más significativas de la escritora se refiere al carácter perenne de las letras: “Pese a las dificultades por las que atraviesa el mundo hoy: las prisas, el poder o el protagonismo mortal del dinero, la poesía perdurará y se leerá hoy y siempre”.

“Es como la música -recalcó- uno no puede vivir sin ella y siempre tienes que escucharla, pues con la poesía es lo mismo, es eterna y necesaria, porque es la vida. Yo gracias a YouTube escucho música y cosas muy buenas, pero me da miedo porque eso que ahora nos lo dan como un regalo seguro que luego nos lo quitarán”.

Su poesía la inició en 1949 con “La luz de esta memoria”, al que siguió “Palabra dada” (1953), ” Cada uno su noche” (1960) o “Paso a paso” (1963). Después llegarían otros muchos otros títulos de poesía y ensayo y reconocimientos, como El Premio Internacional Octavio Paz en 2009, El Reina Sofía o El Max Jacob en 2017.

Y su icónico poemario “Mella y Criba” (Pre textos), que publicó en España, y donde dice: “(…) La vida te ha ofrecido/imprevistas derivas, el riesgo de excavar/topo, túneles nuevos. /Pero la luz acecha/ aun para lo enterrado. Insiste en dar con ella”.

En 2015, cuando recogió el premio Reina Sofía de Poesía, se publicó su obra antológica “Todo pronto es nada”, y en ese acto recordó su conexión con España, a la que considera “su segunda patria”, desde su infancia.

“Recuerdo los años de la Guerra Civil, tras la cena se desplegaba en la mesa de su casa en Uruguay un mapa de la Península Ibérica donde seguían los partes que oían por radio”. “A España le debo, por un lado, la lengua y por otro que me enamoré de Benito Pérez Galdós”, dijo.

Vitale, además de escribir, entregó su vida a la lectura, manteniendo la ilusión infantil por ese misterio que es la poesía y su revelación. “No tengo nada claro como viene ese relámpago, sobre todo el primer verso es mágico, porque los demás vienen arrastrados”.

Consultada sobre el papel de la poesía en en los tiempos modernos, Vitale lamentó la contrición de esta a un lugar menor, aunque explicó que “quizás” ello corresponda a que “la cultura no es homogénea” y a que “cuando las cosas bajan, baja todo”, en relación a la degradación cultural de las sociedades.

De esta manera, recordó que en su infancia a su casa llegaban todos los días cuatro diarios que contenían sus respectivas páginas culturales, en las que era “normal” que se incluyeran poemas.

“No sé si eso ayudaba a que la gente se interesara por leer poesía o si eso lo hacían porque en ese momento la gente no tenía tan alejada a la poesía”, expresó y se preguntó: “¿El huevo o la gallina?”.

Vitale es sinónimo de recelo hacia la cruzada por imponer un lenguaje inclusivo, al considerar que se trata de una práctica que acarrea una “intención reductiva” de la lengua.

“El lenguaje es muchos o es uno, de acuerdo con hasta qué punto lo aprovechás o lo hacés evolucionar, pero no reducirlo”, en palabras de la autora, que también fue destacada con galardones como el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, así como el Internacional de Poesía de Federico García Lorca.

Vallejo contra el sectarismo

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Al leer cualquier palabra de César Vallejo se oye y se ve que el sentimiento es lo esencial y, sobre todo, su intensidad genuina, tan individual que llega a ser universal, tan peculiar, tan pleno de pulso vital que nos parece familiar y, al mismo tiempo, extraño. Por la ambigüedad aparente del estilo: es la personalidad, el ritmo esencial, la invención verbal. Vallejo se sitúa entre el lenguaje cotidiano y el cultural
Al leer cualquier palabra de César Vallejo se oye y se ve que el sentimiento es lo esencial y, sobre todo, su intensidad genuina, tan individual que llega a ser universal, tan peculiar, tan pleno de pulso vital que nos parece familiar y, al mismo tiempo, extraño. Por la ambigüedad aparente del estilo: es la personalidad, el ritmo esencial, la invención verbal. Vallejo se sitúa entre el lenguaje cotidiano y el cultural

Reconocido como uno de los grandes poetas del siglo XX, el peruano César Vallejo pasó una de las etapas más intensas de su vida en España donde, según una investigación publicada en su país natal, fue víctima del sectarismo de izquierda.

Esa etapa poco conocida de la vida del autor de “Trilce” ha sido investigada por el peruano Miguel Pachas Almeyda, ganador de una mención del “Premio Letra Telefónica de investigación sobre la estancia de César Vallejo en Madrid en el año 1931”.

Pachas afirma que su investigación le ha permitido determinar que Vallejo (1892-1938) afrontó un año intensamente político en España, pero fue víctima del sectarismo de la izquierda de entonces, que le impidió publicar muchos de sus libros.

El poeta Rafael Alberti recordaba a Vallejo con estas palabras: “Cuando llegó aquí, ya había publicado ‘Los heraldos negros’, un libro que influyó poderosamente en la poesía española e iberoamericana de entonces. Sentía un profundo amor por España, un sentimiento realmente grande, que no tenía nada que ver con esa especie de literatura medio diplomática, medio de tomar un güisqui, y cosas por estilo. Cuando estalló la Guerra Civil tuvo una gran preocupación por la situación de la República y asistió al Congreso de Escritores por la Paz, que se celebró en Valencia en 1937. Por aquel tiempo comenzó a escribir un libro muy bueno, ‘España, aparta de mí este cáliz’, que a pesar de no ser una obra larga, tiene poemas fundamentales. Su salud, muy precaria, no le permitió ver el final de la contienda”.

Autor de una biografía de Georgette Philippart, la esposa francesa de Vallejo, Pachas remarca que se podría pensar que, por ser comunista, el poeta no pudo publicar más libros porque fue rechazado por los conservadores y la derecha española.

Añade, sin embargo, que Vallejo “era un heterodoxo cuyo objetivo principal era publicar los avances del socialismo de Rusia, pero eso no significaba que estaba a favor de Stalin”.

“De ninguna manera, porque también es demostrable que tenía una simpatía por Trotsky, pero los trotskistas no permitían eso, para ellos no era correcto que Vallejo estuviera en ese centro, para ellos era un tibio, no se definía”, acota.

Esto llevó a que editoriales españolas como Zenith, que le publicó ‘El Tungsteno’, o Ulises, que editó ‘Rusia en 1931’, “a pesar de que eran antiestalinistas y a la vez simpatizantes del trotskismo, no le publicaron sus otros libros”.

“Es fundamental recalcar que es la política de izquierda, en este caso la más radical del comunismo en esa época, la responsable de que Vallejo no haya publicado más libros”, señala.

Vallejo en España

Pachas recuerda que Vallejo llegó a España en medio de una pobreza extrema, pero contó con el apoyo de Rafael Alberti, aunque por sus ideas políticas se alejó de otros escritores que también conocía, como Miguel de Unamuno, José Bergamín o Gerardo Diego.

Vallejo, que había visitado por primera vez la península en 1926, le comunicó en 1930 a algunas de sus amistades que presentía que iba a tener que salir de Francia, por lo que manifestó incluso su deseo de volver a Perú, de donde había partido en 1923.

El poeta señaló que, si no podía regresar a su país, intentaría viajar a Alemania o a Colombia, pero finalmente escogió ir a España, país con el que tenía vínculos muy fuertes.

“Ahí estaba su sangre y creo que en eso demuestra por qué hasta ahora los españoles lo quieren tanto, debido a que José Rufo Vallejo, un habitante de Extremadura, fue su abuelo”, indica Pachas.

Su vida en España no fue fácil, ya que no logró mejorar su difícil situación económica, a pesar de que su libro de reportajes “Rusia en 1931” fue un éxito de ventas.

“Vallejo se sintió mal, porque no podía publicar sus otros libros, llegó a decir que tenía que guardarlos con cerrojo, eso demuestra por qué en el 32, cuando regresó a París, bajó muchísimo todo ese torbellino político que sentía por Rusia, como desencantado de la situación”, apunta el investigador.

A pesar de esa aparente desilusión por la política, el poeta mantuvo su profundo vínculo con España, país al que dedicó uno de sus libros más intensos: “España, aparta de mí este cáliz”

Palabras a ras de césped

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Sublime poeta, lúcido escritor y extraordinario cineasta, Pier Paolo Pasolini también era un enamorado del fútbol. En este célebre texto nos habla sobre los lenguajes del juego. El futbol, a lo largo de la historia, ha despertado grandes pasiones entre los escritores, pero también grandes fobias, como las que sentía Kipling y Borges. Pero en los últimos tiempos una gran nómina de reputados autores, como Camus, Nabokov, Benedetti, Neruda, Galeano o Javier Marías han saltado al terreno de juego para demostrar que la literatura no está reñida con el futbol
Sublime poeta, lúcido escritor y extraordinario cineasta, Pier Paolo Pasolini también era un enamorado del fútbol, que, a lo largo de la historia, ha despertado grandes pasiones entre los escritores, pero también grandes fobias, como las que sentía Kipling y Borges. Pero en los últimos tiempos una gran nómina de reputados autores, como Camus, Nabokov, Benedetti, Neruda, Galeano o Javier Marías han saltado al terreno de juego para demostrar que la literatura no está reñida con el futbol

Ilusión, solidaridad, diversión, alegría, pasión o incitación al olvido y al rencor. Éstas son algunas palabras que van unidas al deporte del futbol, y que narradores y poetas han acuñado desde los tiempos más remotos, como en la literatura griega que ya cantaba a los héroes deportivos.

Pero el futbol, el deporte rey, el más universal, el que une a ricos y pobres y a gente de todos los rincones del planeta, también desde hace años ha sido criticado y despreciado por algunos de los grandes de las letras. Un divorcio que comenzó en 1880 con el escritor británico Rudyard Kipling, quien decía que son “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.

Desprecio intelectual

Una idea a la que se sumó el gran Jorge Luis Borges, quien odiaba el futbol y lo consideraba una estupidez, “una estupidez de ingleses”, decía. “Feo estéticamente y un deporte violento que despierta las peores pasiones”, añadía.

Pero como dijo el sociólogo e historiador holandés Johan Huizinga en su famoso libro Homo ludens: el hombre es juego. “El hombre juega como un niño, por gusto y recreo, por debajo del nivel de la vida seria…”

Y esta pasión, que mueve a millones de almas, y que alcanza su máxima gloria con los Mundiales de Futbol, ha tenido y tiene en el mundo de las letras a infinitos enamorados que hacen que el tópico sobre que los intelectuales desprecian el balón, y frases como “pensar con los pies”, se difumine cada día más.

El hombre es juego para Camus, Pasolini, Neruda o Alberti

Para Albert Camús, quien jugó de portero, todo lo que sabía “con mayor certeza respecto a la moral” y a las obligaciones de los hombres lo había aprendido del futbol.

Una pasión que también tocó a un iconoclasta Pier Paolo Pasolini, quien escribió que “el goleador es siempre el mejor poeta del año”, y a Vladimir Nabokov, autor de Lolita , quien también fue arquero durante su estancia en Cambridge.

Los poetas también se han visto inspirados al ver una pelota correr y Pablo Neruda escribió el poema Los jugadores : “Juegan, juegan/Agachados, arrugados, decrépitos…”. Tiempo después compuso Colección nocturna , incluido en Residencia en la tierra .

También Rafael Alberti se sintió subyugado por el futbolista húngaro Franz Platko, guardameta del Barcelona en los años 20 del siglo pasado, a quien le escribió Oda a Platko : “No nadie, nadie, nadie/camisetas azules y blancas, sobre el aire/camisetas reales, contrarias, contra ti, volando y arrastrándote…”.

El poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti fue otro apasionado del futbol, como mucho de sus compatriotas, un romance que dio a los lectores uno de los cuentos más famosos del balompié: Puntero izquierdo, que en opinión de algunos especialistas ayudó mucho a romper ese supuesto divorcio entre las letras y el balón, sobre todo viniendo de alguien de la izquierda, un pensamiento que muchas veces ha relacionado al futbol con el opio del pueblo, y a frases como “pan y futbol” o “pan y toros”.

Y otro de los autores que más ha reflexionado y ficcionado sobre las letras y la teoría del balón es el uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra y quien ha hablado de este apasionado asunto.

“Abundan los intelectuales que aman a la humanidad —dice— pero desprecian a la gente. Y no importa si son, o dicen ser, de izquierdas o de derechas: si son de izquierdas creen que el futbol tiene la culpa de que la gente no piense, y si son de derechas creen que el futbol es la prueba de que la gente piensa con los pies”.

“De cualquier manera —aclara el escritor—, digan lo que digan, el futbol bien jugado es una suerte de danza con pelota, una fiesta de las piernas que lo juegan y los ojos que lo miran, y ésa es la explicación que a la vista está, de que los Mundiales sean de veras Mundiales. Es casi unánime.

“Y digo casi —continúa Galeano—, por sus pocas excepciones. Un periodista deportivo de los Estados Unidos me dijo: “Aquí el futbol es el deporte del futuro. Y siempre lo será”. Sin embargo, hasta ellos están empezando a incorporarse a la única religión universal que no tiene ateos. Están empezando ellas, en realidad. Muchísimas mujeres estadounidenses juegan al futbol, el ‘soccer’ que le dicen, y juegan muy bien”, concluye.

El boom de la literatura latinoamericana con Gabriel García Márquez a la cabeza, quien se confesó hincha, también reveló su romance con el balón, como Onetti o Vargas Llosa, quien se ha manifestado recientemente “hincha hasta la muerte” del “Universitario de Deportes”.

Valdano, Javier Marías y el Real Madrid

El argentino Jorge Valdano, ex jugador y actual director general del Real Madrid, y quien tiene el corazón partido entre la pelota y las letras, es uno de los grandes compiladores de cuentos de futbol.

Relatos de prestigiosos escritores unidos en dos volúmenes, editados por Alfaguara, y en cuyo prólogo Valdano escribe: “Este libro es un encuentro para el músculo y el pensamiento con la intención de que vayan perdiendo la desconfianza que se tienen. Un juego, el del futbol, metido dentro de otro juego, el de la literatura”.

Otro de los más reputados escritores actuales, el madrileño Javier Marías, quien fue extremo izquierdo en la infancia, también ha dejado por escrito su pasión futbolera y su incondicional amor al Real Madrid, en un libro que reúne todo su material acerca del futbol y que se acaba de reeditar con treinta nuevos textos, con motivo del Mundial de Sudáfrica.

“Pocas cosas me han hecho tanta ilusión en los últimos años como que me pidieran escribir sobre futbol de vez en cuando: un descanso”, escribió el autor al margen de su primer texto futbolístico Vida del fantasma , en 1995. Para Marías, el futbol va unido a su infancia.

El uruguayo Horacio Quiroga, el austríaco Peter Handke, el checo Milan Kundera y los españoles Camilo José Cela, Miguel Hernández, Miguel Delibes, Vázquez Montalbán, Enrique Vila-Matas, Joaquín Sabina, Ray Loriga, Gonzalo Suárez o García Hortelano son otros de los escritores que han teorizado, ficcionado o mostrado su pasión por todo lo que pasa en los terrenos de juego.

Al igual que el escritor madrileño Javier Reverte para quien el posible recelo que existe entre los literatos y los futboleros se reduce a “una cosa muy española”.

“Yo creo que esto sólo pasa en España, donde se dice eso de ‘pan y toros’ o ‘pan y circo’, porque en Estados Unidos no ocurre. Allí los grandes autores norteamericanos han escrito de rugby americano, de boxeo, de beisbol. Y en el mundo anglosajón tampoco, donde hay grandes cronistas deportivos”.

Tópico español

Para Javier Reverte, que fue jugador, y autor de libros de viajes como la trilogía de África, o la trilogía de Centroamérica, el futbol es “solidaridad, alegría, triunfo compartido, euforia”, y nunca está ligado a ningún régimen político, “como algunas veces quieren hacer ver”. Es verdad que el poder ha utilizado al futbol, como Franco lo hizo en España, o como ahora (Joan) Laporta lo está haciendo con el Barcelona, que parece que quiere que represente a un independentismo, pero no así.

“La selección actual española es buenísima y está compuesta con chicos de todas las partes y autonomías de España”, concluye.

Es este sentido, y ante el Mundial de Sudáfrica acaban también de salir al mercado dos libros, Los secretos de la Roja , con prólogo de Iker Casillas y escrito por Miguel Ángel Díez, donde se cuenta la “intrahistoria” de la selección, y el Libro de futbol , que reúne relatos y pinturas sobre el tema.

A la vida, a la muerte

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Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer 'Gracias a la vida', una de sus canciones más reconocidas
Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer ‘Gracias a la vida’, una de sus canciones más reconocidas

La poesía hace visible lo invisible, cura o mata, porque esa sensibilidad de los poetas para regalar al mundo experiencias radicales puede tener un coste caro y más si se es mujer. Violeta Parra, Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik son algunas de estas poetas que pusieron fin a su vida de forma trágica.

Y así lo muestra el libro, “Poetas suicidas y otras muertes extrañas” de Luzmaría Jiménez Faro, que publica Torremozas y que recoge la biografía de poetas de América Latina y España que tuvieron la presencia oscura de la muerte en sus vidas.

Edelmira Agustini, Eunice Odio, Julia de Burgos, Teresa Wilms, Carolina Coronado, Clementina Suárez y María Mercedes Carranza forman parte de este libro, que encabeza por Parra, Storni y Pizarnik.

“Cuando la palabra se vuelve desesperanza, cuando las horas se deshojan, cuando no se ve la luz al fondo del túnel, cuando se pierde la ilusión y nos rodea la indiferencia (…) aparece la necesidad de transgredir la frontera de la vida”, escribe en el prólogo del libro Jiménez Faro.

Suicidas o víctimas de una muerte trágica, estas mujeres inteligentes, creativas y con ciencia de género tuvieron una vida apasionante con amores y desamores al límite. Todas ellas forman hoy parte de la gran historia de la literatura, como dice Jiménez faro y todas ellas tienen en común que escriben en español.

Uno de los grandes ejemplos lo encarna la poeta y cantante chilena Violeta Parra (1917-1967) a la que Pablo Neruda bautizó “Santa de greda pura” y que en algún momento ya había dicho que “el día que no tenga un amor, me dejaré morir”, se quitó la vida de un tiro en la cabeza, poco después de escribir lo que sería su legado más importante “Gracias a la vida”.

Apasionada, la hermana del poeta Nicanor Parra, se casó con Luis Cereceda en 1938 con el que tuvo dos hijos, Violeta Isabel y Luis Ángel, y al que advirtió que nunca dejaría de cantar. Se separaron y en 1949 se volvió a casar con Luis Arce, ebanista, con el que tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosita Clara. Pero tras separase y ya muy desilusionada le llegó un amor loco con un músico suizo, Gilbert Favre, 18 años más joven, del que se enamoró perdidamente.

Un amor que no fue nada fácil, con distancias y altibajos, pero que hace que Violeta pueda “volver a los diecisiete”, otra de su composiciones míticas. Aunque finalmente “el cansancio, las dudas, la nostalgia…” contribuyen a que su vida se vuelva oscura. Y así, el 5 de febrero en la “Carpa de la Reina”, el barrio de Santiago de Chile, aparcó su vida de un disparo en su pequeña habitación.

Otra amante de la palabra, defensora reivindicadora del universo femenino y suicida es Alfonsina Storni, que nació el 29 de mayo de 1892 en Suiza, aunque se trasladó a los cuatro años a Argentina. Mujer apasionada, y al final víctima de un cáncer de pecho, el 18 de octubre de 1938 tomó un trena con dirección al Mar de plata, se alojó en una pensión y a los pocos días, el 25, por la noche envuelta en un manto se entregó al mar.

Una muerte que se ha convertido en leyenda y en canción “Alfonsina y el mar” de Ariel Ramírez e interpretada por Mercedes Sosa.

Dos poetas simbólicas a las que se suman en el libro, la argentina Delfina Tiscorida (1966-1996, autora del poema “Quiero arrancar la muerte de vida” o la limeña Marta Kornblith (1959-1997), que se quito la vida tirándose de un quinto piso, autora de “La calle está llena/ y hay una mujer que en el fondo de su cuarto/llora sola”.

El libro que reproduce muchos poemas, encierra a estas poetas y a otras mucho menos conocidas y se completa con abundante material gráfico en un capítulo denominado “Ellas y el silencio”.

Roa Bastos, el Supremo

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Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio
Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio

Uno de lo grandes escritores del ‘boom iberoamericano’, pese a que él no quisiese encuadrarse dentro, fue, sin duda, Augusto Roa Bastos. Centrado en los problemas de Paraguay, la recuperación de la historia y el bilingüísmo, el paraguayo destacó por los detalles en una vida ligada a la literatura.

Roa Bastos nació en Asunción, pero pronto su familia se trasladó a Iturbe. El gusto por la lectura se lo trasmitió su madre, quien le recitaba desde Shakespeare hasta la Biblia. Para completar su formación, sus padres decidieron mandarle de vuelta a la capital y fue allí, con el impulso de su tío, donde comenzó a devorar libros de historia y filosofía, configurándose como escritor.

Joven y despreocupado, se fugó de casa para alistarse en el frente paraguayo de la Guerra del Chaco (1932-1935). En este desempeñó tareas de enfermero y aguatero de las tropas, siendo unos años que supondrían un antes y un después en su vida. Se convirtieron también en el eje de su carrera literaria.

Tras diversos oficios, encontró en el periodismo su trabajo soñado. Ejerció como cronista en ‘El País’ y, más tarde, para ‘BBC’, siendo su primer locutor paraguayo. En plena II Guerra Mundial, consiguió entrevistar a Charles de Gaulle, general de la resistencia francesa, y presenció los juicios de Núremberg.

Tras un intento de golpe de Estado en 1947, la situación política de Paraguay se recrudeció. Roa Bastos fue perseguido y acusado de comunista. Pasó tres meses escondido en la embajada de Brasil hasta que pudo cruzar a Argentina. Allí pasaría más de 30 años de exilio. En 1982, en un breve intento de regresar, fue expulsado de nuevo.

Mientras Paraguay prohibía su literatura, censurándola y tachándola de falsear la realidad, el mundo entero le rendía homenaje. La Sociedad Argentina de Escritores, el premio de los Derechos Humanos, el galardón de la Fundación Pablo Iglesias… pero el reconocimiento más importante de todos fue la concesión del Premio Cervantes en 1989.

Después de más de 50 años de exilio, volvió a instalarse en Asunción en 1996, con la caída de la dictadura de Stroessner. Desde entonces y hasta sus últimos días, escribiría una columna de opinión en el diario Noticias. En 2005 sufrió un accidente doméstico por el que fue trasladado al hospital con un traumatismo craneoencefálico, pero murió cuatro días después. Fue enterrado con honores de jefe de Estado.

Roa Bastos comenzó su carrera literaria muy joven y junto a su madre. Ambos escribieron una obra de teatro cuando el autor contaba con 13 años. Dos años más tarde realizó su primer relato, ‘Lucha hasta el alba’, que no seria publicado hasta 1979.

‘El ruiseñor de la Aurora’ (1944) es uno de los poemarios paraguayos más importantes. Mezclando guaraní y castellano, ambas lenguas oficiales del país, resultó un revulsivo para la poesía iberoamericana de la época. El bilingüismo se convertiría en una de las características más reseñables de Roa Bastos, lo que le acarrearía críticas por parte de las élites sociales.

‘Hijo de hombre’ (1960), un recorrido por la historia reciente de Paraguay, le coloca en el panorama internacional. Tras seis años de silencio, publica la que se considera su obra maestra: ‘Yo el Supremo’. Tomando como protagonista al dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó Paraguay desde 1811 hasta 1840, el libro muestra las penalidades del país: racismo, extorsión, persecución y muerte.

Su prosa está bañada de neologismos, deformaciones del lenguaje y juegos léxicos. Entre castellano y guaraní, las costumbres, historias personales y preocupaciones de la población paraguaya se mezclan para hablar de una realidad cruda, sin ficcionar, convirtiendo a Roa Bastos en uno de los escritores que merece la pena leer al menos una vez en la vida.