literatura sudamericana

El flanco izquierdo de Neruda

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A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS
A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS

Mientras en Rusia los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno de Petrogrado, Ricardo Neftalí Reyes —quien pasó a la posteridad con el nombre de Pablo Neruda— tenía apenas 13 años y estaba publicando sus primeros artículos en prensa. Entre sus lecturas se encontraban, sin embargo, “los grandes novelistas rusos del siglo XIX y principios del XX”, explica Mario Amorós, autor de la biografía ‘Neruda: el príncipe de los poetas’.

Sin embargo, su acercamiento a los ideales de 1917 demoró un poco más. En su juventud, Neruda (1904-1973) cultivó una simpatía por los anarquistas y tuvo una época de poesía “más bien existencialista” hacia fines de los años 20. Más entrado en la madurez, cuando fue destinado como cónsul de Chile en Madrid en 1935, se acercó a círculos vinculados con el comunismo.

“Por ser diplomático no podía aparecer públicamente como comunista, pero fue amigo de grandes poetas de esa ideología en España, como Rafael Alberti. Su propia compañera del momento Delia del Carril, era comunista”, recuerda Amorós.

El paso de Neruda por España en momentos de la Guerra Civil (1936-1939) se verá plasmado en su obra poética, especialmente la resistencia de la República, “a la que la Unión Soviética ayudó”.

Es más evidente la emoción que provocó en el chileno “la resistencia heroica de Stalingrado ante la agresión nazi contra la URSS”, que llevó a “una serie de discursos y poemas muy interesantes”, cuenta su biógrafo.

“Es algo muy impactante: pensemos en el mundo de aquel tiempo, pensemos en el impacto de la resistencia de los soviéticos ante millones de soldados enviados por Hitler para destruir su patria y cómo eso impresionó muchísimo a Neruda y al mundo”, apunta Amorós en referencia al ‘Nuevo canto de amor a Stalingrado’.

La fascinación hacia Rusia no es unidireccional. Ya terminada la guerra, Neruda entabló una amistad con Ilya Ehrenburg, quien tradujo al idioma de Pushkin los poemas del chileno y los recopiló en una antología publicada en 1949.

Para ese entonces, Neruda ya militaba abiertamente en filas del Partido Comunista de Chile y hasta consiguió un escaño en el Senado por esa fuerza. Luego, por sus ideas debió partir al exilio, escapando a caballo por la cordillera.

“Viajó por primera vez a la URSS como un gran poeta comunista de América y como tal lo hizo prácticamente cada año. Tuvo distintas fases en su relación con la URSS: desde un encantamiento inicial hasta una decepción cuando se conoce el informe de Kruschev al [XX Congreso del] Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, que no cambia su compromiso político inalterable pero sí su poesía”, explica Amorós.

La exaltación al socialismo en el Este de Europa se volvió menor, pero en definitiva “siempre fue un defensor de la URSS”, agrega el autor. En ‘Las uvas y el viento’ (1954), Neruda realizó “un gran canto a los países socialistas; a la reconstrucción de un mundo que la agresión nazifascista dejó en ruinas”.

“Él cree que hay una nueva era para la humanidad en ese renacer de las sociedades socialistas después del gigantesco esfuerzo de la guerra, pero viene lo que el mundo conoce en el año 56: la dimensión de los años de Stalin, lo que fue un golpe para muchos comunistas en el mundo”, explica Amorós.

A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda “nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS”, pero “tampoco se lo podía permitir porque era un símbolo del Partido Comunista en Chile”.

La obra del chileno no estaba circunscrita a ámbitos cerrados de intelectuales, sino que el gran público los leía. Millones de personas leyeron los ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ o el ‘Canto general’.

“Yo creo que todo eso ayudó a que muchas personas se hicieran comunistas y a que la URSS tuviera una imagen positiva en muchas personas”, concluye Amorós.

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Talentos y afectos convergentes

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Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges en Mar del Plata
Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges en Mar del Plata

La profunda admiración que se profesaban Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo queda relatada en ‘Diálogo con Borges’, una obra que la escritora argentina escribió en 1960 y que ahora se publica reeditada con textos e imágenes inéditas, que se adentran en la amistad que unió a estas dos figuras clave de la literatura argentina.

“En muchos de los textos reunidos aquí, ambos, con una extraña fascinación se prestan voluntariamente al juego y al esfuerzo de determinar, en su recorrido personal, lo que los une, su pertenencia histórica, cultural y geográfica; emociones de la infancia,…”, asegura Odile Felgine, quien escribe la introducción de esta obra.

Textos, cartas y fotos de Borges y Ocampo permiten descubrir al lector el profundo respeto que se guardaban ambos escritores, a pesar de los malentendidos y de que, en muchos aspectos, sus opiniones eran divergentes.

“Las cartas de Borges a Victoria, impregnadas de una constante gratitud, de humor, son la marca de su admiración recíproca, a pesar de los malentendidos. (…) Borges suministra varios relatos breves y concisos sobre su familia. Mientras que Victoria, en su misiva, se revela fogosa, pragmática”, confiesa Felgine.

Ocampo destaca el tono irónico que acostumbraba a utilizar Borges y confiesa su profunda admiración por la literatura del autor del ‘Aleph’, al mimo tiempo que se adentra en su infancia y en sus primeros coqueteos con la literatura, conformando un minucioso relato de la personalidad y el carácter del argentino más universal.

Charles Dickens, Robert Louis Stevenson o Edgar Allan Poe son algunos de los escritores con los que Borges se inició en la que siempre fue su gran pasión: la literatura. De hecho, según revela esta obra, el autor del Aleph escribió su primer relato con tan solo seis años.

Admiración mutua

“¿Qué voy a poder decirle a Victoria? ¡A Victoria Ocampo!”, dice con inquietud el joven a su madre Leonor un día antes de ir a almorzar con la escritora, donde comprobó que “naturalmente conversaron mucho”.

Victoria lo describe como “un muchacho de veinticinco años con una cierta timidez en la marcha, en la voz, en el apretón de manos y en sus ojos de vidente o de médium”.

Los dos tienen mucho  en común: Han nacido en el mismo barrio de Buenos Aires, a algunas cuadras de distancia. Los dos han sido educados por institutrices europeas, una inglesa, en el caso de Borges y una francesa y otra inglesa, en el caso de Victoria (…)los dos han viajado y vivido en Europa.

Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges

En muchos de los textos reunidos aquí, ambos, con una extraña fascinación se prestan voluntariamente al juego y al esfuerzo de determinar, en su recorrido personal, lo que los une, su pertenencia histórica, cultural y geográfica; emociones de la infancia, recuerdos de los inicios de Sur.

Aunque sus opiniones sobre la literatura y la vida divergen, sus caracteres también, ambos se respetan y para Borges, su participación en Sur lo hará conocido en el extranjero.

“`El Diálogo`, las cartas de Borges a Victoria, impregnadas de una constante gratitud, de humor, son la marca de su admiración recíproca, a pesar de los malentendidos. (…) Borges suministra varios relatos breves y concisos sobre su familia. Mientras que Victoria, en su misiva, se revela fogosa, pragmática”, desliza.

Ocampo escribe: “La ironía de Borges actuaba sobre mí como el limón sobre la ostra abierta” (…) y repasa el itinerario literario del escritor, comenzando con un cuento titulado “El río fatal” que escribió a los 6 años y repasa datos conocidos como sus lecturas de niño (Dickens, Stevenson, Kipling, Bulwer-Lytton, Mark Twain, Edgar Allan Poe), su aprendizaje del alemán con un libro de poemas de Heine, ayudado solo por un diccionario alemán-inglés.

En su relato, Victoria cuenta que el primer número de Sur incluyó un artículo de Borges sobre “El coronel Ascasubi” y en el segundo una nota acerca de Martín Fierro.

Y habla de la relación de su hermana Silvina y de Adolfo Bioy Casares, con Borges: “En 1941, los tres cómplices publicaron una Antología poética argentina. Cómplices porque yo los encuentro ahí un poco arbitrarios. Y ellos pensarán la misma cosa sobre mí”.

Muy al pasar, Ocampo menciona a Perón (“un oscuro coronel”), sin nombrarlo, y recuerda que cuando Borges fue designado director de la Biblioteca Nacional, su vista ya lo había traicionado. “De esta ciudad de libros hizo dueños/ A unos ojos sin luz, que solo pueden/ leer en las bibliotecas de los sueños (…).

En el volumen hay una larga entrevista que Victoria le hace a Borges, salpicada por fotos que ilustran los temas tratados, relativos a la infancia, la génesis creativa del escritor, los ancestros, sus padres y su hermana Norah, entre otros.

En su momento Manuel Mujica Láinez dijo: “Es como si los diversos personajes que en el libro figuran y los dos conversadores fuesen contemporáneos entre sí, y estuviesen situados, simultáneamente, en un aire, más allá de los días, que convoca para la historia, en pie de igualdad, a seres cuyas existencias y cuyos pensamientos se vinculan con lo profundo del alma humana”.

– ¿Qué es lo que atrae en figuras como el orillero y el compadrito?, pregunta Victoria.

– Me atrae lo que Evaristo Carriego llamaba `el culto del coraje`. Pienso que esos orilleros eran pobre gente que, para justificarse de algún modo, crearon lo que yo llamé alguna vez `la secta del cuchillo y del coraje`. Del coraje desinteresado, se entiende, contesta el escritor.

Más adelante, ella le pregunta por Adrogué: “Descríbame un poco ese lugar donde han veraneado tantos años”. Y él recuerda aquel “perdido y tranquilo laberinto de quintas, plazas de calles que convergían y divergían, de jarrones de mampostería y de quintas con verjas de fierro”.

Borges coincide con Victoria en que algunas palabras no existen en otros idiomas porque la gente que los habla no ha sentido necesidad de inventarlas (…). En cambio, tenemos en inglés o en escocés la palabra `uncanny` y en alemán la palabra análoga `unheimlich` porque esa gente ha sentido la presencia de algo de sobrenatural y maligno a la vez (…) si a un idioma le falta una palabra es porque le falta un concepto o, mejor dicho, un sentimiento”.

Entre las cartas reunidas en el texto figuran cuatro escritas por Borges a Victoria; y otras firmadas por Georgie y Leonor, su madre.

“Mi gratitud por el amparo de este manto, que me deparó la transitoria ilusión de participar de su esplendor, querida Victoria” (29 de marzo, Mar del Plata, día de lluvia) le escribe Georgie con una caligrafía vacilante, en lo que parece ser un agradecimiento por un trozo de género con el que se guarnecieron de la lluvia él y Bioy.

Victoria Ocampo
Victoria Ocampo

Para el final, se transcribe el emblemático texto de despedida, que escribió Borges, a la muerte de Victoria.

“Yo sólo le debo favores. Favores hechos de la manera más delicada posible”, escribe Borges y recuerda que le debe a Victoria su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional.

“Yo le dije a Victoria. `¡Que disparate, me queda grande el cargo!¡Si pudieran nombrarme director de la Biblioteca de Lomas de Zamora, sería suficiente!`. Y ella me dijo:`¡No seas idiota!`. Y consiguió aquello, que era un cargo mucho más importante”.

“Siempre nos tratamos de usted. Además ella era mayor que yo, nunca me hubiera atrevido a tutearla. Soportó la crítica y la incomprensión muchas veces, pero no creo que le doliera. Era muy valiente. (…) Es imposible definirla con una sola palabra. La mejor forma de definirla es decir Victoria Ocampo”, la honra su amigo.

Wilms Montt, pantalones para un alma desnuda

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“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo. Cuando me dieron la espalda, yo di la cara. Cuando me dejaron sola, di compañía. Cuando quisieron matarme, di vida. Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad. Cuando me amaban sin amor, yo di más amor. Cuando trataron de callarme, grité. Cuando me golpearon, contesté. Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad. Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí. Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.
“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.

Mujer en un mundo donde es difícil serlo. Apasionada, anarquista, con ganas de vivir y de pelear, Teresa Wilms Montt fue una adelantada a su tiempo. Una escritora “no apta para señoritas” que “destilaba mujer”.

Nació el 8 de septiembre de 1893, siendo la segunda de siete hermanas. Sus padres, pertenecientes a la aristocracia chilena, encargaron su educación a estrictas institutrices. Así, las formaron siguiendo las normas de la época: dominar el protocolo de las élites sociales para encontrar un buen marido.

Wilms Montt, sin embargo, no se sentía cómoda rodeada de lujos ni de grandes banquetes. Su espíritu rebelde la empujó a leer y aprender idiomas. A los 17 años, en contra de la voluntad de su familia, se casó con un funcionario con el que tuvo dos hijas.

Intentando buscarse a sí misma, los siguientes años los pasó entre Iquique, Valdivia y otras muchas ciudades. Fue en esta época cuando comenzó a escribir con más asiduidad, publicando sus primeros trabajos bajo el pseudónimo de ‘Tebac’.

El alcoholismo de su marido y una aventura amorosa de ella finalizaron con su matrimonio. La escritora, sin un trabajo fijo, no se pudo hacer cargo de sus hijas, por lo que se fueron a vivir con su padre. Este, sin embargo, la ponía multitud de trabas cada vez que quería verlas, lo que siempre le causó una profunda tristeza.

Forzada a internarse en un convento para corregir su vida, la situación extrema la llevó a intentar suicidarse en 1916. Ayudada por el poeta Vicente Huidobro, escapó de allí y se dirigió a Buenos Aires, donde crecería como persona y como mujer.

De la mano de Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges descubrió el intelectualismo bonaerense y los pantalones femeninos, prenda que desde entonces consideraría imprescindible.

El destino quiso que uno de sus amantes se suicidara delante de ella. Sintiéndose culpable, huyó y se integró en la Cruz Roja para ayudar a los heridos de la I Guerra Mundial.

Finalizada la contienda, se instaló en Madrid. Allí conoció a Ramón Gómez de la Serna y a Ramón María del Valle-Inclán, quienes la recomendaron publicar en España. Después de años de viajes, encontró su residencia en París, ciudad de la que se enamoró.

Tras un periodo de convivencia junto a sus hijas, no pudo superar que volvieran a Chile. Temblando y llena de miedo, tomó una gran dosis de ansiolíticos. Tildado por algunos como un nuevo intento de suicidio, la vida de Wilms Montt llegó a su fin el 24 de diciembre de 1921, a la edad de 28 años.

Teresa Wilms Montt dejó solamente seis libros publicados, desde 1917 hasta el póstumo de 1922. La chilena desnudó su alma en cada uno de ellos, teniendo a la muerte y al erotismo como punto central, aderezado con dolor e inocencia.

‘Inquietudes sentimentales’ (1917) fue su primer título. Es un conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas que gozó de un éxito arrollador entre los círculos intelectuales. Lo mismo ocurrió con su segunda obra, ‘Los tres cantos’ (1917), donde exploró lo espiritual.

Al trasladarse a Madrid, en 1918 publicó ‘En la quietud del mármol’ y ‘Anuarí’. La primera es una elegía de tono lírico sobre el amor y el sufrimiento. ‘Anuarí’, en cambio, es un homenaje a su amante muerto.

Al regresar a Buenos Aires en 1919 lanzó su quinto libro titulado ‘Cuentos para hombres que todavía son niños’. Mediante una narración fantástica, evoca su infancia e intimidad.

‘Lo que no se ha dicho’ (1922) configura su última obra, publicada de forma póstuma. Son sus diarios, escritos íntegramente en francés, donde dejó plasmado su espíritu, su creatividad y sus ansias de mujer. “Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había”, plasmó en la última página.