literatura sudamericana

Roa Bastos, el Supremo

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Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio
Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio

Uno de lo grandes escritores del ‘boom iberoamericano’, pese a que él no quisiese encuadrarse dentro, fue, sin duda, Augusto Roa Bastos. Centrado en los problemas de Paraguay, la recuperación de la historia y el bilingüísmo, el paraguayo destacó por los detalles en una vida ligada a la literatura.

Roa Bastos nació en Asunción, pero pronto su familia se trasladó a Iturbe. El gusto por la lectura se lo trasmitió su madre, quien le recitaba desde Shakespeare hasta la Biblia. Para completar su formación, sus padres decidieron mandarle de vuelta a la capital y fue allí, con el impulso de su tío, donde comenzó a devorar libros de historia y filosofía, configurándose como escritor.

Joven y despreocupado, se fugó de casa para alistarse en el frente paraguayo de la Guerra del Chaco (1932-1935). En este desempeñó tareas de enfermero y aguatero de las tropas, siendo unos años que supondrían un antes y un después en su vida. Se convirtieron también en el eje de su carrera literaria.

Tras diversos oficios, encontró en el periodismo su trabajo soñado. Ejerció como cronista en ‘El País’ y, más tarde, para ‘BBC’, siendo su primer locutor paraguayo. En plena II Guerra Mundial, consiguió entrevistar a Charles de Gaulle, general de la resistencia francesa, y presenció los juicios de Núremberg.

Tras un intento de golpe de Estado en 1947, la situación política de Paraguay se recrudeció. Roa Bastos fue perseguido y acusado de comunista. Pasó tres meses escondido en la embajada de Brasil hasta que pudo cruzar a Argentina. Allí pasaría más de 30 años de exilio. En 1982, en un breve intento de regresar, fue expulsado de nuevo.

Mientras Paraguay prohibía su literatura, censurándola y tachándola de falsear la realidad, el mundo entero le rendía homenaje. La Sociedad Argentina de Escritores, el premio de los Derechos Humanos, el galardón de la Fundación Pablo Iglesias… pero el reconocimiento más importante de todos fue la concesión del Premio Cervantes en 1989.

Después de más de 50 años de exilio, volvió a instalarse en Asunción en 1996, con la caída de la dictadura de Stroessner. Desde entonces y hasta sus últimos días, escribiría una columna de opinión en el diario Noticias. En 2005 sufrió un accidente doméstico por el que fue trasladado al hospital con un traumatismo craneoencefálico, pero murió cuatro días después. Fue enterrado con honores de jefe de Estado.

Roa Bastos comenzó su carrera literaria muy joven y junto a su madre. Ambos escribieron una obra de teatro cuando el autor contaba con 13 años. Dos años más tarde realizó su primer relato, ‘Lucha hasta el alba’, que no seria publicado hasta 1979.

‘El ruiseñor de la Aurora’ (1944) es uno de los poemarios paraguayos más importantes. Mezclando guaraní y castellano, ambas lenguas oficiales del país, resultó un revulsivo para la poesía iberoamericana de la época. El bilingüismo se convertiría en una de las características más reseñables de Roa Bastos, lo que le acarrearía críticas por parte de las élites sociales.

‘Hijo de hombre’ (1960), un recorrido por la historia reciente de Paraguay, le coloca en el panorama internacional. Tras seis años de silencio, publica la que se considera su obra maestra: ‘Yo el Supremo’. Tomando como protagonista al dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó Paraguay desde 1811 hasta 1840, el libro muestra las penalidades del país: racismo, extorsión, persecución y muerte.

Su prosa está bañada de neologismos, deformaciones del lenguaje y juegos léxicos. Entre castellano y guaraní, las costumbres, historias personales y preocupaciones de la población paraguaya se mezclan para hablar de una realidad cruda, sin ficcionar, convirtiendo a Roa Bastos en uno de los escritores que merece la pena leer al menos una vez en la vida.

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Cuba, la asignatura pendiente de Borges

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Borges no manifestaba simpatía alguna por la Revolución Cubana
Borges no manifestaba simpatía alguna por la Revolución Cubana

La mala suerte que la obra literaria de Jorge Luis Borges ha tenido en Cuba y la razón de que fuera uno de los “escritores innombrables” de la Revolución cubana son los temas centrales de un libro que acaba de publicarse en Estados Unidos.

Escrito en primera persona por el cubano Alfredo Alonso Estenoz, “Borges en Cuba. Estudio de su recepción”, publicado por el Centro Borges de la Universidad de Pittsburgh, es un volumen de bolsillo que brilla por su enjundiosa investigación.

Alonso recrea una época en la que Cuba se cerró con siete candados con la idea de construir un “hombre nuevo”.

Según indica este profesor de literatura latinoamericana y lengua española en el Luther College de Iowa, “durante los años 70 y 80 Borges fue ignorado por el discurso crítico cubano, aunque (…) lo seguían leyendo los escritores que tenían acceso a su obra”.

El investigador recuerda que “durante esta década, el autor de “Ficciones” y “El Alpeh”, entre otras muchas obras, se convirtió en el antimodelo del tipo de intelectual que la Revolución promovía.

Para la reconstrucción total del periodo de unos veinte años en el que Borges estuvo vetado, que concluye con la publicación de la antología “Páginas escogidas de Jorge Luis Borges” en 1988, Alonso se apoya en muchísima bibliografía y dos fuentes fundamentales.

Una es el diario “Borges” que el amigo íntimo de éste y también escritor Adolfo Bioy Casares redactó con minucioso detalle y la otra es el prólogo de la antología que desde La Habana firma el crítico y director de Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar.

Por el diario de Bioy Casares (2006) se sabe que el haber firmado “un manifiesto en apoyo a los cubanos que en 1961 invadieron la isla por Bahía de Cochinos” fue suficiente para que el régimen castrista, que desde el comienzo centralizó toda gestión cultural, enviara al ostracismo a uno de los autores más universales y al latinoamericano hoy en día más citado.

Lo curioso es que, anteriormente, Borges había suscrito otro manifiesto condenando al dictador cubano Fulgencio Batista, pero aquella firma no se la tuvieron en cuenta los responsables de la política cultural que, como se encarga de consignar Alonso, no fueron pocos y respondían a una maquinaria muy bien engrasada.

Fernández Retamar, sempiterno director de Casa de las Américas, una institución estatal con fuerte enfoque político, primero arremetió contra Borges en la década de los años 70, para luego “reconciliarse” con él mediante la publicación de la antología.

Para tal empresa se reunió con Borges un año antes de que éste falleciera y obtuvo su autorización.

El diálogo de aquel encuentro en Buenos Aires, que Alonso extrae del prólogo de “Páginas escogidas de Jorge Luis Borges”, refleja, por un lado, que al final de su vida el escritor argentino continuaba siendo un electrón libre y por otro que la denominada “Revolución cubana” gozaba de un histrionismo conmovedor.

“Lo que no podemos es mandarle dólares”, expone Retamar. “A mí no me interesa el dinero”, responde Borges. “Le enviaremos cuadros o libros antiguos”, ofrece el otro.

El libro “Borges en Cuba. Estudio de su recepción” es algo más que un acto reivindicativo.

Entreverada presenta también una síntesis bastante clara y organizada de la historia de la censura oficial en Cuba desde 1959.

No escapan de estas 166 páginas autores como Luis Rogelio Nogueras, que al morir a los 41 años había dejado una obra fuertemente “borgeana” sin haberse atrevido a nombrarlo.

“Borges es el ‘ingrediente secreto’ que hace posible la distinción de Nogueras en la poesía cubana de la época”, escribe el investigador.

El infortunio que la obra de Borges ha tenido en Cuba llevó a que un estudiante universitario como lo era Alonso en los 90 confundiera el apellido del argentino con el del comandante sandinista Tomás Borge, autor bien visto y promocionado entonces en Cuba.

Aunque Retamar “rescató” a Borges en 1988 dejando claro que ya no era un escritor maldito, la antología, apunta Alonso, no se encuentra con facilidad en la isla.

Se vende en dólares y no está en librerías, sino en manos de anticuarios.

Octavio Paz en clave hindú

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En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última.
En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última

Coloridos “collages” del mexicano Vicente Rojo acompañan a los poemas de “Ladera este” que Octavio Paz escribió durante los seis años que vivió en la India, de 1962 a 1968, en una cuidada reedición que recuerda el viaje interior que el escritor mexicano realizó durante su estancia en Nueva Delhi.

“Tenía interés personal en su época en la India y a la vez quería una obra completa pero breve”, explica el editor Pedro Tabernero, que encontró en “Ladera este” la mejor obra para rendir tributo al nobel de literatura 1990.

Publicada por primera vez en 1969, esta nueva edición, que saldrá a la venta este verano, contará con textos complementarios del académico de la lengua Juan Gil; el director del Instituto Cervantes de París, Juan Manuel Bonet; el escritor Juan Bonilla y el poeta Jacobo Cortines.

Será el octavo volumen de la colección Poetas y Ciudades, que el Grupo Pandora dedica a grandes poetas y las ciudades que amaban.

En el caso de Paz se ha elegido su relación con la India por la influencia que tuvo tanto en su vida como en su obra.

De los años pasados allí como embajador de México, Paz escribió tres obras: “Ladera este”, “El mono gramático” (1974) y “Vislumbres de la India” (1995).

Y Tabernero consiguió que la viuda del escritor, la francesa Marie-Jose Paz, le cediera los derechos para volver a editar “Ladera este”, con la estrecha colaboración de Vicente Rojo, un artista cuya obra está muy ligada a la literatura.

Creador de la portada de la primera edición de “Cien años de soledad”, Rojo diseñó las cubiertas de muchos de los libros de Gabriel García Márquez y de otros autores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatiowska y Octavio Paz, con el que además colaboró en el proyecto “Discos visuales” (1968).

Su estrecha relación con Paz le llevó a aceptar el ofrecimiento de Tabernero de participar en la reedición de una de sus obras.

“Vicente Rojo y yo estuvimos tres años pensando qué obra hacer. La primera idea era un libro sobre México, pero habría que haber hecho una selección de partes de sus obras porque no hay una entera dedicada a su país”.

“Y un día me cogí las obras completas y leí sus libros sobre India, que son especialmente desconocidos en la obra de Paz, y que incluyen referencias artísticas, religiosas, mitológicas y de paisaje”, explica Tabernero.

De ahí surgió la idea de la India y optaron por “Ladera este” porque es el principal, el que tiene más referencias de localizaciones en la India, el que más sitúa los temas. Y además “las notas que hizo a la primera edición son muy clarificadoras”.

Cuando se decidió qué libro editar, Rojo comenzó a trabajar en las ilustraciones.

Un año de trabajo ha dado como resultado unos 40 “collages” que no solo ilustran, sino que complementan el libro con unos atractivos diseños que recuerdan a la India sin mostrarla directamente.

Flores, motivos naturales y formas geométricas se superponen en estos trabajos de líneas tan puras como los poemas de Paz.

Porque “no se trata de ilustrar un libro: es más dotar de imágenes a algo que no tiene, establecer un discurso enriquecedor, de modo que la ilustración no tiene por qué responder exactamente a lo que se está leyendo pero sí establecer un diálogo interesante”, explicó Tabernero.

Diálogo que protagoniza la colección Poetas y Ciudades, de la que ya se han editado “Poeta en Nueva York”, de Federico García Lorca; “Diario de un poeta recién casado”, de Juan Ramón Jiménez; “Sombra del Paraíso” de Vicente Aleixandre; “Fervor de Buenos Aires”, de Jorge Luis Borges; “Las piedras de Chile”, de Pablo Neruda; “El contemplado”, de Pedro Salinas, y “Ocnos”, de Luis Cernuda.

El nuevo volumen de Octavio Paz se presentará en Nueva Delhi, México y París, y para el año próximo está previsto que salga “Diario de Argónida”, de José Manuel Caballero Bonald, con estudio de Víctor García de la Concha, y dibujos de Manuel Fernández.

Pero será después de los poemas indios de Octavio Paz, que él mismo describió así: “Viajes en el espacio exterior y en el interior, realidades que vemos alternativamente con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, paisajes nunca vistos y paisajes siempre vistos: la extrañeza de la India se fundió con mi propia extrañeza, es decir, con mi vida”.

Rosario Castellanos, el eterno femenino

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Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)
Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)

Rosario Castellanos fue una mujer hecha a sí misma, una escritora necesaria. Nació un 25 de mayo de 1925 y muy pronto destacó por sus versos. “Tuvo, desde su infancia, una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres”, relata Amalia Bautista, poetisa española, en el prólogo de una de sus antologías.

Castellanos nació en Ciudad de México, pero pasó su infancia en la hacienda de sus padres en Comitán (Altos de Chiapas). Esta región congrega la mayor cantidad de población indígena mexicana. A los 22 años se quedó huérfana, sumando la muerte de su hermano años atrás. Estas dos circunstancias la marcaron profundamente. Donó su hacienda y se fue a la capital en busca de una vida mejor.

Se graduó en filosofía y letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que posteriormente ejercería como profesora. Gracias a una beca, cursó estudios de estética en Madrid. Compaginó la docencia con la escritura en el periódico Excélsior, uno de los diarios mexicanos más prestigiosos. Además, trabajó como promotora cultural para el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Guitiérrez y para el Instituto Nacional Indigenista. Castellanos fue nombrada embajadora de México en Jerusalén en 1971.

Aunque le quedaban muchas cosas por contar, su vida se apagó de forma prematura el 7 de agosto de 1974. La escritora estaba en la ducha y salió corriendo a contestar el teléfono, una lámpara se cruzó en su camino y falleció a causa de la descarga eléctrica que atravesó su cuerpo. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres de Ciudad de México.

Rosario Castellanos escribió once poemarios, tres novelas, ensayos, libros de cuentos, relatos, obras de teatro, textos periodísticos… cultivó múltiples géneros, pero todos ellos con un punto en común: un marcado carácter político y la defensa de los derechos de las mujeres.

A través de obras de teatro como Tablero de damas (1952) y El eterno femenino (publicada póstumamente en 1975), fue reconocida como símbolo del feminismo latinoamericano, al revelarse como una de las iniciadoras de la defensa de los derechos de las mujeres, cita su perfil publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

A decir de la crítica especializada, Castellanos forma parte de un selecto grupo de escritoras mexicanas del siglo XX que incursionaron en diferentes géneros literarios, desde poesía, narrativa, teatro y ensayo, hasta textos periodísticos.

Todas sus obras se consideran autobiográficas, en mayor o menor medida. Su fallido matrimonio con el filósofo Ricardo Guerra, las infidelidades de este, sus diversos abortos y depresiones configuran el tema angular de sus escritos.

‘Balún Canán’ (1957) es su obra más conocida. Supuso una gran innovación en las letras iberoamericanas, ya que fue uno de los primeros casos de feminismo literario. Narra, a través de una niña sin identificar, la muerte de su hermano y su desamparo en un mundo controlado por hombres blancos.

‘Ciudad Real’, publicado en 1960, se define en la portada como ‘cuentos sobre la opresión a las culturas indígenas’. En él presenta las costumbres de diferentes tribus, así como las diversos ofensas que tienen que soportar estas minorías. El libro descubre los antecedentes del levantamiento zapatista de 1994.

Entre los temas que ahondó en su obra destacan la inadaptación del espíritu femenino en un mundo dominado por los hombres, la sumisión a la que se vio obligada desde la infancia por el hecho de ser mujer y la melancolía meditabunda. En Lívida luz (1960), la autora revela sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en una sociedad machista.

Uno de sus últimos documentos publicados es ‘Mujer que sabe latín’ (1973). Haciendo un gran manejo de la ironía, Castellanos proclama: “La mujer no está preparada ni interesada en el pensamiento”. La autora no lo hace como una crítica, sino como una llamada de atención sobre la mujer, que durante siglos y siglos ha sido, y es, juzgada por cómo va vestida, cómo trabaja o cómo actúa.

Rosario Castellanos fue necesaria y continua siéndolo. Una escritora que, pese a una vida llena de luces y sombras, trató de iluminar el camino de las mujeres hacia la concienciación de si mismas en pro de una mayor libertad.

La bella flagelada de América

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Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica
Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou fue una mujer “transgresora” en la literatura latinoamericana, con una obra que se vio marcada por la violencia de género, las drogas y un amor prohibido, según desvela el libro Al encuentro de las Tres Marías, del escritor Diego Fischer.

La “Juana de América”, como la bautizaron los universitarios y hombres de letras de Uruguay en 1929, es una de las principales figuras literarias de este país y adquiere una nueva dimensión con la biografía novelada de Fischer, que fue presentada hoy en Montevideo.

“Fue transgresora en el verso, fue transgresora en su forma de vivir y de dirigirse a un mundo literario dominado por hombres”, explica el autor en una entrevista sobre la mujer que fue primer Premio Nacional de Literatura de Uruguay, en 1959.

Al encuentro de las Tres Marías. Juana de Ibarbourou, más allá del mito (Editorial Santillana), recorre la trayectoria de esta poetisa, que nació en la villa de Melo el 8 de marzo de 1892, y murió el 15 de julio de 1979, en medio de una dictadura que le rindió honras fúnebres de ministro de Estado, pese a que ella siempre se opuso al oropel de los militares.

“Siempre le pido a los míos que cuando me muera, dejen a un lado las vanidades y me entierren simplemente en tierra, lo más a flor de tierra posible”, había dicho la poetisa en una carta al escritor español Miguel de Unamuno, uno de los primeros en alabar su ingenio.

Juana de Ibarbourou fue aplaudida por escritores nacionales, como Carlos Reyles y Juan Zorrilla de San Martín, y foráneos, como el chileno Pablo Neruda o los españoles Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Salvador de Madariaga y Federico García Lorca.

Cuando apenas empezaba con su primer poemario, Juana “le escribe a Unamuno, pero no sólo le escribe. Le envía tres libros y le pide que se los haga llegar a (Antonio) Machado y a Juan Ramón Jiménez. Tenía muy claro a dónde quería llegar”, asevera Fischer.

“Los principales admiradores de la poesía de Ibarbourou eran hombres. El nombramiento como “Juana de América” en el Palacio Legislativo parte de los estudiantes y al acto asisten los intelectuales más prominentes de la época”, dice Fischer.

De Ibarbourou se apellidaba en realidad Fernández Morales, pero tomó ese apellido de su marido, un militar, por quien sintió una gran pasión en los primeros años de matrimonio, que la reflejó en Las lenguas de diamante, su primer poemario, pero que se transformó después en tristeza y dolor.

Fischer recuerda que el gran éxito editorial de ese primer libro fue proporcional al escándalo que produjeron en la sociedad montevideana y porteña sus imágenes sobre el amor carnal y las figuras de los amantes.

“Ella habla del amor y de hacer el amor. Afirmaba que tanto sufre por una pasión el cuerpo como el alma. Esto suponía una evidente transgresión para una mujer, casada con un militar en 1919”, explica Fischer.

Su fama se extendió rápidamente y a ello ayudó su extremada belleza, que “supo manejar para lograr ser una poetisa consagrada” sin rozar los límites que le impuso un matrimonio infeliz, en el que el marido, como después el hijo, llegó a la violencia física.

Pero no todo es luminoso en esta biografía novelada. Se describe también la adicción por la morfina y otros narcóticos, de una mujer desesperada, con un matrimonio señalado por la indiferencia y con un hijo ludópata que se convertiría en una pesadilla.

Juana y Federico
Juana y Federico

El libro de Fischer se basa en una carta de Ibarbourou a la que tuvo acceso hace quince años en la que también se relata la pasión que la volvió a embargar cuando tenía 59 años y su belleza comenzaba a marchitarse.

“Fue su gran amor. Así lo dice también en sus versos”, señala Fischer sobre la relación que la poetisa mantuvo, ya muerto su esposo, con el médico argentino Eduardo de Robertis, de 38 años, apenas mayor que su hijo Julio César.

“En los años cincuenta, esa relación, siendo ella quien era, una mujer reconocida mundialmente, no podía ser aceptada pero, la cuenta en sus versos, sobre todo en Mensaje del escriba, donde el setenta por ciento de los versos está dedicado a él”, dice Fischer.

El escritor afirma que De Robertis logró apartarla de la droga, pero después, la tiranía de su hijo y la pérdida de ese postrer amor la volvieron a encadenar a una adicción, que, según ella, le permitía subir a “las tres Marías”, en referencia a las estrellas de la constelación de Orión, y evadir la adversidad, aunque fuera sólo unos instantes.

Mistral, palabra y volcán

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Gabriela Mistral y Doris Dana
Gabriela Mistral y Doris Dana

El libro “Niña Errante”, un epistolario íntimo entre la poeta Gabriela Mistral y su asistente estadounidense Doris Dana, ha desatado nuevamente el debate sobre la sexualidad de la Premio Nobel de Literatura 1945.

Tras la muerte de Dana, en noviembre de 2006, su sobrina y heredera, Doris Atkinson, donó al Gobierno chileno el legado literario de Mistral, de más de 40.000 documentos, para que sea custodiado por la Biblioteca Nacional, incluidas las 250 cartas escogidas por Zegers para la publicación.

Dana conoció a Gabriela en 1946, cuando la chilena colaboró con ella en la publicación de un libro sobre Thomas Mann. La primera carta incluida en el libro data de 1948 y la última de 1956.

“Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí”, escribió Mistral a Dana el 22 de abril de 1949.

En la misma fecha responde Dana, que fue la albacea de la poeta a la muerte de ésta, en abril de 1957: “Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que éstos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí”.

“Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”, escribió Mistral en una libreta, en la que precisa: “lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”.

Dana responde que quiere conocer esas “cosas subterráneas”, que ha dado a Mistral “la prueba de su confianza” y que ha pasado “siglos” buscándola.

Hay en ellas, en sus cartas, “un cruce de intensas personalidades cargadas de emotividad y pasión. De admiración y de orgullo, de velos y entreveros, de felicidad y de angustia”, según Zegers.

“El lector me va a decir, ‘no me vengan con cuentos, si eso está claro’, pero yo dejo abierta la posibilidad de cualquier especulación y, más que especulación, dejo abierta la puerta hacia la verdad”, señala el recopilador de las cartas.

Zegers opina que a lo largo de las cartas Gabriela Mistral “se va integrando al mundo, se convierte en un ser de carne y hueso”.

El mundo literario y académico chileno reaccionó de inmediato. Para Armando Uribe, Premio Nacional de Literatura 2004, se trata de “una correspondencia de mucha fuerza literaria y emoción. Me atrevería a calificarlas (las cartas) de poesía en prosa”.

“Muestran una relación que podría considerarse bastante tórrida, pero planteada con dignidad” cuentaUribe, para quien “no hay que escandalizarse” por una relación que fue más que una amistad.

En cambio, la socióloga Sonia Montecinos sintió pudor y cuestionó que del enorme legado de la poeta se hayan seleccionado estas cartas, “en un contexto chileno, anegado de voyeurismo y fisgoneo, de goce perverso por los cominillos de la farándula, un libro como éste puede entenderse como parte de una cultura que busca solazarse con lo íntimo”, opina.

Para Jaime Quezada, presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral, se trata “un amor pleno, una amistad mayúscula (…) que ayudará a desmoronar algunos mitos y fábulas, sobre todo en un país donde la leyenda nunca dejó en paz a Gabriela”.

“Ahora la poeta queda en su sitio, como quien supo amar a alguien más, sea éste un hombre o una mujer”, afirmó Quezada, mientras el, académico y ensayista Grinor Rojo opinó que el tipo de relación entre ambas importa poco.

Rojo, autor de ‘Dirán que está en la gloria’, una biografía de la poeta (1889-1957), considera posible que ambas mantuvieran una relación de pareja, “pero eso no cambia mayormente nada sobre la interpretación sobre su obra”.

“Me preocuparía si complejizara su poesía, si le diera un vuelco a la lectura que estamos haciendo de su poesía. Y me parece que eso no pasa. En cuanto a la imagen pública, me tiene enteramente sin cuidado”, concluyó.

Sin miedo a perder

Hacen falta más mujeres con el carácter y temperamento de Gabriela Mistral. Una mujer sincera a la que no le daba miedo amar, pero tampoco perder.

Esta poetisa nació el 7 de abril de 1889 en una pequeña región de Chile a la que, años más tarde, rendiría culto en numerosos versos. Sus poemas son el reflejo de una vida que desde pequeña empezó de forma brusca. El abandono de su padre a los cuatro años sumió a su familia en la pobreza y definió a la pequeña Gabriela Mistral. En ese entonces todavía no se hacía llamar así, su verdadero nombre es Lucila de María pero Gabriela Mistral es su pseudónimo y el nombre con el que todos la conocieron.

Era una joven muy tímida pero cuando escribía se sentía libre de desordenar la sintaxis, de desrealizar la realidad o de vivificar lo inanimado. En su juventud descubrió que poseía un don con los niños y en la tarea de educar así que fue, durante muchos años, profesora en distintas escuelas.

Fervorosa creyente de la Biblia pensaba que sus pies de mujer solo estaban seguros en “este suelo cristiano” pero a Gabriela Mistral la sacudió otra tragedia. El suicidio de Romelio Ureta, su primer gran amor al que dedicó largos poemas, en concreto ‘Sonetos de muerte’. Gracias a estos sonetos adquirió popularidad nacional y en 1921 su éxito se catapultó a nivel mundial.

En 1924 viajó a Estados Unidos y continuo su viaje por Europa, en ambos casos se dedicaba a dar conferencias y reuniones sobre la educación. Participó en proyectos de reforma educacional en México y hasta construyeron un colegio en su honor por su ayuda en la organización. En ese entonces ya había escrito una parte de ‘Desolación’, considerada su primera obra maestra.

Cuando viajó a España se encontró con la crueldad de la Guerra Civil. Esta experiencia se quedó grabada en su retina y años más tarde, tras dedicar el libro ‘Tala’ a los niños vascos, víctimas de la guerra, donó todo el dinero recaudado a instituciones de albergue de la zona devastada.

En España conoció al joven Pablo Neruda y caminó junto a él por la senda del modernismo. Otra de sus grandes influencias fue Rubén Darío, con el que compartió el gusto por el simbolismo del color en el que acentuaba diferentes matices vivenciales y exaltaba una experiencia. Podemos encontrar ejemplos en poemarios como ‘Ternura’ o ‘Mis libros’. En cualquier creación poética Mistral utilizó siempre de manera magistral los recursos lingüísticos como el epíteto, la metáfora gráfica, la antítesis o la hipérbole.

Gabriela Mistral fue una adelantada a su tiempo. Es la primera y única mujer iberoamericana en ganar el premio Nobel de Literatura. Lo ganó en 1945 y con solo cuatro libros publicados.

El hecho de ser pacifista, libertaria y feminista le causó problemas. Luchó por los Derechos Humanos, el voto de la mujer y la igualdad con el hombre y pidió al sector femenino que se instruyera para no ser considerada objeto de la sociedad. Defendió en el lenguaje el uso de indigenismos y asumió como bandera de lucha el mestizaje. Por eso, y por muchas cosas más, Gabriela Mistral sigue siendo ejemplo de honestidad, de espíritu social y de humanismo.

Cinco muecas de excelencia en castellano

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Isabel Allende piensa que "la literatura ha cambiado, ya nadie escribe esos libros barrocos, llenos de adjetivos, con frases eternas. La literatura es mucho más urbana, menos politizada, está influida por el cine, por la tecnología, por las drogas y por este mundo globalizado en que vivimos. Pero hay gente que está escribiendo muy bien"
Isabel Allende piensa que “la literatura ha cambiado, ya nadie escribe esos libros barrocos, llenos de adjetivos, con frases eternas. La literatura es mucho más urbana, menos politizada, está influida por el cine, por la tecnología, por las drogas y por este mundo globalizado en que vivimos. Pero hay gente que está escribiendo muy bien”

Pueblos ligados a una larga estirpe familiar, vidas cruzadas a ambos lados del Atlántico, crecer bajo el yugo de la disciplina, espíritus que hablan del pasado y del futuro o el choque entre la realidad y los recuerdos son algunas de las temáticas de las novelas insignes de la literatura iberoamericana, clásicos que trascenderán durante siglos.

No se puede hablar de novela en lengua castellana sin mencionar a alguno de los mejores narradores de todos los tiempos, como son el colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas LLosa, la chilena Isabel Allende o el mexicano Juan Rulfo.

Cien años de soledad

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Así, de forma magistral, comienza la historia de los Buendía, una estirpe eterna, todos con los mismos nombres, vinculados a un territorio único, Macondo, escenario mítico salido de la pluma del colombiano Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

Macondo es uno de los lugares más visitados del mundo, a pesar de no existir. Esta tierra de guerras infinitas, que tiene lejos el mar y en donde llueve sangre, es el escenario de ‘Cien años de soledad’, la obra más característica del realismo mágico iberoamericano.

En Macondo las mujeres más bellas ascienden a los cielos, mariposas sobrevuelan las cabezas de la gente, jóvenes dolidas comen cal de las paredes y una caravana de gitanos regresa siempre para descubrir el hielo, los imanes o la misma vida a unos personajes redondos, a los que amar, admirar u odiar.

Leer ‘Cien años de soledad’ es conocer Colombia y, mientras, a uno mismo. Es esta una de esas obras que explican la más cruda de las realidades a través de la más loca de las fantasías.

Rayuela

“¿Encontraría a la Maga?”. Así comienza ‘Rayuela’, la obra insigne del escritor argentino Julio Cortázar, una novela que alcanza una complejidad tal que existen diversas maneras de leerla, algunas de ellas recogidas por el propio Cortazar al inicio del libro.

Si bien cualquier intento de resumir ‘Rayuela’ sería absolutamente infructuoso, podemos apuntar que esta ‘antinovela’ está contada en dos partes, divididas por el espacio, que no por el tiempo.

En primer lugar, Cortázar narra la historia de su protagonista, Horacio Quiroga, “del lado de allá”, en París. La segunda parte de la novela acontece, sin embargo, “del lado de acá”, en Argentina. Por su excepcionalidad y la necesaria implicación del lector, que se convierte en un sujeto más de la novela, esta es una obra imprescindible de la literatura universal.

La ciudad y los perros

“-Cuatro -dijo el Jaguar”. Es el Jaguar uno de los personajes principales de la aclamada obra ‘La ciudad y los perros’ del Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa.

En esta novela, en la que se puede ver lo peor de la condición humana, Vargas Llosa narra el desarrollo de unos jóvenes en un colegio militar, donde son sometidos a una férrea disciplina, a actos violentos y a humillaciones, episodios que moldean de forma definitiva su carácter.

Una novela crítica con la vida militar y la disciplina castrense en la que la alienación lleva la batuta de la historia. Tras esta dura realidad, un halo de esperanza: algunos cadetes siguen adelante y es esta dura situación la que les obliga a sacar la fortaleza que solo algunos llevan dentro.

La casa de los espíritus

“Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía”. Clara seguirá apuntando en sus ‘libros de escribir la vida’ todo lo que acontece a la familia Trueba-Del Valle, en la que, al contrario que en el caso de los Buendías, los nombres no pueden repetirse porque crean confusión en la narración, según narra su escritora, una de las novelistas más leídas del mundo, la chilena Isabel Allende.

La realidad y la magia se entremezclan en una obra con personajes redondos, algunos más oníricos que otros, que se ven involucrados en uno de los episodios más cruentos de la historia chilena, el golpe de estado de Augusto Pinochet.

Clara, Blanca y Alba; abuela, madre e hija, son las protagonistas de una historia magnífica, en la que se suceden las maldiciones y donde los espíritus campan a sus anchas, creando incluso la estructura de una casa según sus necesidades. Un relato profundamente humano y esperanzador que es, en su esencia, la historia de todas las familias del mundo.

Pedro Páramo

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Así comienza la historia de Juan Preciado, el protagonista hijo de Pedro Páramo, pero que lleva el apellido de su madre, Dolores Preciado, quien le pide en su lecho de muerte que vaya a buscar a su padre y a recuperar lo que le pertenece. Comala nace de la pluma del gran autor mexicano Juan Rulfo.

Cantaba Sabina que “en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Y así fue. Lejos del Edén de juventud que le relataba su madre, Juan descubre un pueblo lleno de muerte, en el que el pasado, el presente y el futuro se solapan, donde encontrará un padre cruel, todo ello enmarcado en la Revolución Mexicana.

La complejidad de ‘Pedro Páramo’ se deriva de que no cuenta con una línea temporal, sino una construcción confusa que permite su lectura de varias formas. Una novela profunda que acerca al lector a la ‘vida’ tras la muerte.