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Amor a prueba de genocidio

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Lale Sokolov y Gita Fuhrmannova
Lale Sokolov y Gita Fuhrmannova

Para los sobrevivientes, esos números impresos en la piel se convirtieron en un recuerdo imborrable de los horrores de los campos de concentración nazis. Pero para Lale Sokolov el número que grabó en el brazo de Gita Fuhrmannova fue lo que le permitió encontrar el amor. La increíble historia de supervivencia y romance nacido en medio del horror del Holocausto es revelada por el libro El tatuador de Auschwitz, de la escritora Heather Morris.

Lale Sokolovconoció a quien se convertiría en su esposa un día de julio de 1942. En el libro, Morris relata que cuando esa muchacha se presentó para ser tatuada sintió horror. Había algo en esa joven y en sus ojos, contó. Quería evitar esa tarea, pero su jefe -un francés llamado Pepan- lo obligó para no desatar la ira de los nazis. Fue en ese momento que se tatuó su «número en el corazón», según contó el hombre a Morris.

El número que tuvo que grabar el 34902. La mujer, descubrió después, se llamaba Gita Fuhrmannova y estaba en el campo de mujeres de Birkenau.

Al poco tiempo, gracias a la ayuda del guardia SS que lo supervisaba, empezó a intercambiar cartas con Gita. Luego logró conseguirle raciones de comida extra y hacer que fuera trasladada a un sitio de trabajo en el campo mejor.

Lale-un diminutivo de Ludwig, su verdadero nombre- había llegado a Auschwitz unos meses antes, en abril de 1942. Tenía 26 años. Nacido en Eslovaquia de familia judía -su apellido era Eisenberg- se había ofrecido a los nazis para ser enviado al campo con la esperanza de salvar al resto de su familia. Pero sus padres murieron en el campo unos meses antes de su llegada, sin que Sokolov jamás se enterara, reveló la extensa investigación que Morris llevó a cabo para confirmar la historia.

Él también, cuando llegó al campo, fue marcado con un número: 32407. Pero poco después, Lale se enfermó de fiebre tifoidea. Lo cuidó un francés llamado Pepan, el mismo hombre que le había tatuado el número al llegar a Auschwitz. Pepan lo tomó bajo su protección y le enseñó el oficio. Hasta que un día desapareció.

Fue entonces que Lale, gracias a su conocimiento de los idiomas -eslovaco, alemán, ruso, francés, húngaro y polaco- fue elegido por los nazis para ser el nuevo tatuador del campo. Comenzó así a trabajar para el ala política de las SS y, en los dos años siguientes, tatuó con la ayuda de asistentes a miles y miles de prisioneros.

El procedimiento se llevó a cabo sólo en Auschwitz y en los campos secundarios de Birkenau y Monowitz. Comenzó en el otoño de 1941; para 1943 todos los prisioneros estaban tatuados. La práctica, al privar a los prisioneros de su nombre, era parte del proceso de degradación y deshumanización al que eran sometidos los prisioneros.

Pero el nuevo cargo le dio a Sokolov una posición privilegiada respecto a los otros prisioneros, lo cual probablemente le permitió escapar a la muerte.

Esos privilegios le permitieron comenzar la relación con Gita. Ambos podían verse en secreto, aunque «Gita tenía dudas», escribe Morris en el libro. «No veía un futuro. Él sabía, en el profundo, que iba a sobrevivir».

En 1945 Gita pudo dejar el campo antes de la llegada de los rusos. Poco después, hizo lo mismo Sokolov, quien regresó a su ciudad de Krompachy en Checoslovaquia, donde se reunió con su hermana y el resto de su familia.

Pero él quería reencontrar a Gita. Viajó a Bratislava en una carroza, esperando poder encontrar con la mujer.

Esperó en la estación de trenes durante semanas, hasta que el jefe de la estación le dijo que intentara en la sede de la Cruz Roja. Cuando se dirigía allí, una mujer se paró frente a su caballo. Era Gita.

Se casaron en octubre de 1945. Pero el hombre fue detenido poco después por enviar dinero en apoyo al estado de Israel. Entonces dejaron el país: Viena, París y finalmente Australia, donde vivieron el resto de sus vidas en Melbourne. Él comenzó un negocio en la industria textil, ella diseñaba vestidos. Tuvieron un hijo en 1961.

«Este hombre guardó su secreto porque creía equivocadamente que tenía algo para esconder», explicó Heather Morris, quien para ganarse su confianza visitó al hombre varias veces a la semana durante tres años hasta su muerte en 2006.

Lale, contó, tenía miedo de ser visto como un colaborador de los nazis y guardando el secreto, que para él se había convertido en una carga, pensaba proteger a su familia. Fue sólo tras la muerte de Gita en 2003, cuando ya no había nadie para proteger, que se animó a contar su historia.

Nazis al servicio del esoterismo

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Numerosos mandos del Tercer Reich formaron parte de la sociedad ocultista Thule
Numerosos mandos del Tercer Reich formaron parte de la sociedad ocultista Thule

La relación de Adolf Hitler con el ocultismo y su influencia sobre el nazismo es uno de los ingredientes de «Hitler, el hombre que venció a la muerte», del escritor argentino Abel Basti, que sostiene que el dictador no murió en Alemania, sino en Paraguay.

En este trabajo, que Basti define como novela histórica y que es la primera entrega de una serie, el periodista y escritor argentino se centra en la figura de Hitler cuando Alemania está a punto de perder la II Guerra Mundial y en su búsqueda de un plan de huida alternativo en caso de derrota.

«Un plan b», explica Basti, que «se realizó en el marco de un acuerdo militar con Estados Unidos» para facilitar la salida de Alemania de científicos al servicio del nazismo que terminarían «sobre todo en Estados Unidos», según el escritor, pero también en otros países, como Argentina.

Basti sostiene que Hitler no se suicidó en Alemania tras perder la guerra sino que se trasladó a España, en abril de 1945, y desde allí viajó a la Patagonia argentina junto a Eva Braun en un submarino con la protección del entonces presidente de facto, Edelmiro Farrell, y de Juan Domingo Perón, su ministro de Guerra, que llegaría después al poder.

Durante los dos primeros mandatos de Perón (1946-1955), Hitler habría vivido en una hacienda próxima a la sureña ciudad argentina de Bariloche bajo el nombre de Adolf Schütelmayor, de acuerdo con las investigaciones de Basti.

Tras su derrocamiento, en 1955, Perón le habría pedido al dictador paraguayo Alfredo Stroessner que acogiera a Hitler en Paraguay donde, según el autor, Hitler habría muerto en 1971 y sus restos habrían sido enterrados en la cripta de un búnker subterráneo bajo un edificio hoy ocupado por un hotel.

En su primera novela, Basti, afincado en Bariloche y con varios libros de no ficción publicados sobre el tema, subraya la relación de Hitler con el ocultismo y sus conexiones internacionales a través de círculos que habrían influido en los pasos a seguir durante la guerra.

Grupos como la sociedad Thule, fundada como un círculo de estudio de las raíces alemanas, volcada en la reivindicación de los orígenes de la raza aria, y que apoyó al Partido Obrero Alemán, luego transformado en el Partido Nacionalsocialista liderado por Hitler.

Una sociedad, a la que Hitler no perteneció formalmente pero sí varios de los altos mandos del nazismo y que, según Basti, «no tomaron la guerra como una contienda entre un bando y otro sino como un gran episodio de transmutación de la humanidad, como una era que terminaba y otra que comenzaba».

«Es histórica la pertenencia de dirigentes nazis a estos grupos esotéricos en el momento de entreguerras», continúa el escritor, «lo que la novela ficciona es que esos grupos continuaron sesionando durante la guerra», pese a que oficialmente la sociedad Thule se disolvió tras la llegada de Hitler al poder (1933).

El escritor subraya la relación de este tipo de sociedades con el carácter de Hitler, su supervivencia a numerosos atentados y la creencia en algunos sectores de que tenía una suerte de «pacto con el diablo» para salvar su vida, de ahí el título de la novela, «el hombre que venció a la muerte».

Para Basti, que lleva años estudiando las huellas de Hitler en Argentina y Paraguay, el dictador nazi tenía una visión mesiánica de su papel en el mundo y lo plasmó en comentarios como el realizado en 1925 y con el que el escritor abre su libro: «La obra que Cristo emprendió, pero que no pudo acabar, yo -Adolf Hitler- la llevaré a su término».

En tierra yerma también crecen flores

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El "desmontaje" del cine nazi pone en evidencia las contradicciones del régimen, por ejemplo en el tratamiento de la homosexualidad, condenada por el Código Penal, pero con excepciones como la de Gustaf Grundgens, director del principal teatro de Berlín
El «desmontaje» del cine nazi pone en evidencia las contradicciones del régimen, por ejemplo en el tratamiento de la homosexualidad, condenada por el Código Penal, pero con excepciones como la de Gustaf Grundgens, director del principal teatro de Berlín

La industria cinematográfica nazi produjo más de 1.200 títulos entre 1933 y 1945, pero la mayoría siguen siendo hoy grandes desconocidos para público y crítica. Marco Da Costa arroja luz sobre esa producción en el libro «El cine del III Reich», publicado por Notorius Ediciones.

Según el autor, las películas de Leni Riefenstahl, como «El triunfo de la voluntad» u «Olympia», son sólo la punta del iceberg de un fenómeno marginado durante décadas, no sin poderosas razones, como su dudosa calidad, la férrea censura goebbeliana y la condena moral del antisemitismo y todo lo relacionado con el führer.

A ello hay que añadir las dificultades de acceso a los filmes más representativos: la Fundación Murnau tiene los derechos de unas 40 películas que, 70 años después del final de la guerra, sólo se pueden ver en sesiones especiales con una introducción de un experto.

O la idea ampliamente instalada de que la «fuga de cerebros» a Hollywood -desde Fritz Lang a Billy Wilder, Marlene Dietrich o Peter Lorre- había dejado desierto el panorama artístico alemán.

Sin embargo, Da Costa, Licenciado en Filología Hispánica y autor de varios volúmenes sobre cine, demuestra que no todo lo que en aquellos años salió de la UFA, la Terra Filmkunst y Tobis-Filmkunst -las tres grandes ‘majors’ alemanas de la época- era deshechable, ni mucho menos.

«La propaganda y la férrea censura no consiguieron ahogar del todo un élan creativo que hasta 1933 había protagonizado la aventura cinematográfica más deslumbrante del planeta», señala en el prólogo el escritor y académico Luis Alberto de Cuenca.

En las páginas del libro se recogen cumbres del cine fantástico como «Las aventuras del Barón Münchhausen» (1943), protagonizada por el galán Hans Albers y con despliegue de efectos especiales, ejemplo de que los nazis entendieron perfectamente el poder del cine como válvula de escape.

O «Fährmann María» (1936), de Frank Wisbar, un cuento moral de estética expresionista -pese a que los nazis habían tachado a este movimiento como «arte degenerado»- y que el autor compara con «Las tres luces» de Fritz Lang.

Otra joya oculta es «Víctor o Victoria» (1933), la película en la que se inspiró Blake Edwards para su comedia con Julie Andrews y que debió coger desprevenido a Goebbels, recién nombrado ministro de Propaganda, ya que la relajación moral del mundo artístico no era precisamente lo que el nazismo consideraba edificante.

El libro incluye también rarezas como un «Sherlock Holmes» (1937) con Albers en la piel del personaje más emblemático de la literatura de Inglaterra, país enemigo de Alemania. O un «Titanic» (1943) previo al «blockbuster» de James Cameron, mucho menos azucarado, dirigido por Herbert Selpin y utilizado como arma propagandística para desacreditar a los británicos.

El «desmontaje» del cine nazi pone en evidencia las contradicciones del régimen, por ejemplo en el tratamiento de la homosexualidad, condenada por el Código Penal, pero con excepciones como la de Gustaf Grundgens, director del principal teatro de Berlín.

También el hecho de que Hitler permitiera trabajar al director judío Reinhold Schünzel, y hasta le otorgara el título de ario honorario. El director de «Víctor o Victoria» acabó exiliándose en 1937 en EEUU donde siguió trabajando como realizador y como actor en filmes como «Notorius» de Hitchcock.

O que hubiese algún actor negro como Louis Brody que logró ganarse la vida en películas como «La habanera» (1937), «Canitoga» (1939) o «El judío Süss» (1940), pese a que en la propaganda nazi se consideraba una raza inferior y semisalvaje.

«El cine en el III Reich» aspira a contribuir a derribar el tabú en torno a la filmografía nazi, de modo que «deje de ser un enigma para sectarios iniciados y se convierta en un capítulo más de la historia del cine, sin restricciones».